Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.
El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.
Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.
De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicos. X y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ’sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.
-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó
-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.
-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.
-¿No os avisaron de que se escupe el vino?
-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!
-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…
-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.
-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?
Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.
-No sé si podré conducir mucho -decía X
-No, no podrás. Quédate en mi casa.
-Es que tengo que llevar a mi amiga…
-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.
-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.
Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

Theo, puede que hayamos rondado el uno del otro bien cerca y sin saberlo. Yo estuve en Vetera este fin de semana. Vetera… sí, solo puede ser ahí, por lo que cuentas…
Yo estuve el viernes. Probé un Atrium tinto y un cava de la misma bodega. No entiendo nada de toques aterciopelados ni destellos azul prusia, pero ambos me parecieron buenísimos.
Como jazzero empedernido me lo pasé bien. Fossati me pareció interesante -algo frío, quizás-, aunque la asignatura pendiente de los técnicos de sonido sigue siendo sonorizar un contrabajo con credibilidad. Spyro Gyra me sorprendió, un concepto genuínamente yankee de la fusión.
Este certámen de vino y jazz lo encuentro muy agradable y muy logrado. Es el segundo año que voy, y si puedo seguiré yendo. El cartel del sábado también era interesante. Bueno, si las bodegas pagan por la buena música, pues un suplemento de larga vida al buen vino.
Saludos!
PD: el próximo año, si vas, ponte un clavel rojo en el ojal. Yo llevaré un sombrero Panamá.
JAUME,
Sin duda, estuviste en Vetera. Al final, con los vinos, lo que importa no son ni los matices de jazmín ni es tacto aterciopelado ni los aromas a jaula de monos… lo único que importa es si te gusta o no.
Mis amigos que entienden de jazz dicen que el cartel es muy bueno, y así lo digo. Yo no puedo decir nada porque nada sé…
Sombrero panamá y traje blanco es lo que yo llevaba, jejeje, sólo que no me acerqué ni a las casetas ni a los escenarios!
Saludos!
Mi sabiduría sobre el vino es escasa, solo sé que lo hay tinto, blanco y clarete (o rosado, según circunstancias que desconozco). La gente que se dedica a buscar esos matices, en mi opinión, se los inventan sobre la marcha como si se tratase de un concurso a la descripción más extravagante, aunque luego no tenga nada que ver con el propio vino. Y eso lo vi una vez en una cata en la que no sé como hicimos para ser invitados un amigo y yo, con algunas frases tan floridas como las que pones. De jazz, yo ni idea.
EDMOND,
Y el que vende Asunción, “que ni es blanco, ni es negro ni tiene color”… De jazz tampoco sé demasiado, la verdad.
Saludos!
Vino y jazz… suena bien, un poco snob pero interesante. Sinceramente a mi me va mas el cava fresquito y el grupo Low o música por el estilo, te lo recomiendo.
MIKY,
En verano, el cava frío es una tentación muy peligrosa, jejeje. Intentaré escuchar algo de Low, gracias por la recomendación!
Saludos
Jo ho canviaria per: Daikiris, hombres y Pop
ARQUEÒLEG,
Jajajaja! Que cada cual elija lo que mejor le parezca, por supuesto!
Saludos!
Pues no sé yo, si esos patanes se dirigen a las mujeres en los mismos terminos tiene que ser divertido escucharles.
Ay el vino que se sube a la cabeza. ¿o también está mal vista su euforia?
http://www.youtube.com/watch?v=OAPVwTdnlGc
en mi tierra se bebe y se canta, aunque esto cada vez menos, y con vino peleón, y que bien que lo pasan.
LEV,
Lo de los txiquiteros es fantástico, cuatro amigos tomando vinos y cantando… creo que es lo único que extraño de mis años en Iruña…
Saludos!
Lo fastidiado de tanto enteradillo en el mundo del vino es que estan consiguiendo que los precios se pongan por las nubes. No añoro el Baturrico de otras épocas, pero en muchas bodegas de Barcelona se vendía vino a granel bastante decente a precios muy asequibles. Y todo eso ha desaparecido. Ahora, los cosecheros siguen haciendo el mismo vino, pero lo embotellan, le ponen una etiqueta con la clase de cepa que tienen y unas cuantas rases del estilo que tu señalas, y ya está: 10 euros la botella en la bodega.
FERRAN,
Esa es otra, que todo está por las nubes y es casi imposible encontrar ahora un vino decente por menos de diez euros la botella. Lo de los bodegueros a la violeta mejor no lo comento, jejeje.
Saludos!
Estimado Theo, la única vez que me vi en tales lides (al menos, al principio, que luego iba tan ciego que no distinguía una farola de una monja) fue en la “Fiesta del Albariño”, celebrada en la pontevedresa Cambados, célebre por sus vinos, sus pazos y sus narcotraficantes. El problema de tales muestras higastronómicas es que, si bien no hay querencia por las florituras linguísticas – todo se resume en “está frío” o “parece meado” -, es que el albariño es suave como la caricia de una amante… pero de una amante con muy mala follá, pues tras trasegar como posesos ese néctar de dioses, a los miembros de tal alcohólica expedición nos quedó el cerebro hecho papilla que, muy diligentemente, nuestros estómagos insistían en expulsar vía oral.
¿Conclusión? Que, sepa a olmo viejo o a estratocúmulo de color rosa, lo mejor es hacer un consumo responsable.
O hacerse viejo y temer una muerte por cirrosis.
Afectadísimos y martincodaxeros saludos.