Era 1974. Esa efervescencia antifranquista tan conocida ahora aún no había conseguido que el último dictador fascista muriera en la cama de viejo cuando mi madre, Smaug, recién estrenada su mayoría de edad legal (21 años) se quedó embarazada y tuvo que decirlo a su familia.
La reacción en su casa fue variopinta, y cada cual respondió como habría esperado cualquiera que los conociera. Una de mis tías, la mayor, amante de melodramas y escenas, se desmayó escandalizada y aparatosamente, pues en su concepción del mundo eso les ocurría a otras familias para que ella pudiera murmurar; el tiempo ha demostrado que nunca sería su rigor e integridad moral aplicable a sí misma. Mi otra tía, que siempre ha rehuido las situaciones potencialmente conflictivas, recordó en ese momento que había quedado con las amigas y desapareció. Mi abuelo con un “de las cosas de la casa de ocupa Dolors” se fue al trabajo, mientras mi bisabuela, con la perspectiva que dan los años, sentenció divertida que no entendía tanto jaleo, pues no era mi madre la primera ni sería la última a quien le ocurriera. Así que en mi abuela recayó el deber de dar la respuesta familiar a la situación. Conservadora, católica, consciente de vieja estirpe (probablemente la única en toda su familia en no olvidarlo nunca), formaba ya entonces parte de la escogida y reducida elite económica de Biluba, y su matrimonio con un falangista había beneficiado sus aspiraciones sociales, hasta el punto de casi borrar el doble baldón de un padre cenetista y un hermano rojo y masón. Controlando una ira seguramente inevitable, evaluó la situación, para concluir que mi padre, medio andaluz, hijo de comunistas y ateos represaliados -con razón, pensaría- no era lo que esperaba, ni lo que deseaba ni lo que quería como yerno.
Mi madre y mi padre estaban de pie, esperando un estallido que no llegaba, mientras la silenciosa hostilidad de mi abuela iba solidificándose en torno a ellos. Finalmente, se levantó, descolgó el teléfono y llamó a su sobrino de Barcelona:
-Por favor, mírame cuando sale un avión a Londres y me llamas- la abuela, de rosario y novena, de misa semanal, mantilla y plato en la mesa para el cura por Sant Esteve, se dirigió por primera vez a mi madre-. Prepara tus cosas, que te vas a Inglaterra y te sacas ‘eso’ de dentro; no quiero ni oír hablar de ninguna otra opción, es inaceptabe. Cállate, si no te han enseñado las monjas a cerrar las piernas a tiempo, al menos aprende a cerrar la boca. Y tú -se dirigió a mi padre, con tanta rabia que le temblaba el índice acusador-, pon un precio y desaparece.
Siete meses después de esta escena, es un hospital de Barcelona nacía yo; junto a mi madre, la patrona del piso en que vivía mientras acababa la carrera y mi abuela paterna; mi padre no pudo venir, pues cabo de ingenieros, tenía órdenes de acabar el nuevo campo de tiro del cuartel de Hoyo de Manzanares donde meses después, licenciado ya, serían ejecutados los últimos fusilados del franquismo.
Esta es mi historia y quizá el motivo de que no pueda pronunciarme contundentemente sobre el tema; en otra ocasión he hablado ya de la cuestión, pero desde la lejanía que da la reflexión histórica, sin dar mi parecer. Quizá mi experiencia condicione mi posición, pero creo que el ser humano lo es desde el momento de la fecundación (y no desde los 40 días que dicen San Agustín y Santo Tomás); rechazo que el aborto sea un derecho porque en mi mundo nadie tiene derecho a disponer de ninguna vida ajena, ni el Estado a aplicar penas de muerte ni la madre con su feto. La única muerte que cada cual tiene derecho a dispensar es la propia.
El aborto no es un derecho, pero es una realidad, y enmascarar o negar las cosas nunca ha servido para resolverlas, sino todo lo contrario. Estoy harto de oír frivolidades de quienes hacen política con cualquier cosa, por impolitizable que sea, y afirman alegremente que el aborto es ahora un método anticonceptivo más, como si esta decisión por la que me cortaría un brazo con tal de no hallarme jamás en la tesitura de planteármela fuera tomada por cuatro niñas malcriadas con la misma indiferencia con la que eligen un pantalón u otro en el Zara. Estoy harto de que se criminalice a unas mujeres que, en la inmensa mayoría de los casos, han llegado a esa elección tras un dolorosísimo camino, y que esa elección les conduce a otra senda no menos dolorosa. No negaré que hay quien no se plantea nada más con el aborto que una solución rápida y fácil, pero me saca de mis casillas que se pretenda vender como norma lo que es una excepción. Y, cínicamente pensando, ¿qué futuro le esperaría al niño educado y criado por una persona con semejante ausencia de principios y de todo?
El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso. Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir? ¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir? Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking? Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día? Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia. Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.

Vamos al último párrafo, porque el resto es literatura y no de la mejor.
“El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso.”
Cierto. Como el crimen.
“Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir?”
Ni más ni menos que lo que dijeron.
“¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir?”
Que ocurrirá en medida mucho menor es indudable.
“Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking?”
Si el del aborto no es un derecho, no debemos preocuparnos de hacer más llevadera la existencia a quienes intentan burlar la ley. En realidad, tuvieron más alternativas, como dar al hijo en adopción… o simplemente no concebir.
“Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día?”
No necesariamente. La pena puede ser para el facultativo. Por lo demás, si tan dolorosa fue esa decisión, ¿por qué se tomó? En la inmensa mayoría de casos es por egoísmo.
“Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia.”
En absoluto. La civilización, cristiana o no, ha proscrito el aborto desde hace milenios.
“Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.”
También puede descarrilar.
IRICHC,
Bienvenido por aquí. No tenía ninguna pretensión literaria, así que no me preocupa mucho su calidad. Efectivamente, tanto el aborto, como el crimen como el hecho religioso o muchas otras cosas son realidades a las que debe atenderse caso por caso, cada uno puede compararlas con lo que mejor le parezca, por no por ello la identificación tiene porque ser universalmente válida. Discrepo de casi todo lo que dices pero afirmar que en la inmensa mayoría de las ocasiones la decisión se toma por egoísmo o es frivolizar y tomar lo marginal por norma o es tener un concepto de egoísmo extremadamente riguroso. También me parece muy interesante que no entres en cuestiones como abortos para ricos y demás, así como obvies el tema de las violaciones alegremente al afirmar que ’siempre tuvieron alternativas (…) simplemente no concebir’.
Saludos
Gracias por la bienvenida, y disculpa lo abrupto de la entrada.
¿Qué porcentaje de abortos se debe a violaciones? ¿Y qué medios tenemos para verificar que se trata de violaciones efectivas y no de bulos? ¿Por qué asumimos que el aborto es lo más justo y lo más natural en estos casos?
Si sólo se abortara en el Tercer Mundo, o fuera cosa exclusiva de pobres, la izquierda se rasgaría las vestiduras. Y, ahora que lo pienso, si sólo abortaran los ricos sucedería exactamente lo mismo. Hasta puede que ZP inventara un impuesto “ad hoc”.
Se apoya el aborto en el Tercer Mundo porque así nos apoyamos a nosotros mismos, clase media occidental, a fin de ser moralmente autárquicos. Pero el aborto es una injusticia, y nace de una injusticia. La izquierda no lo reivindica en su suma de agravios porque es un fenómeno interclasista que no pone en cuestión al capitalismo. De lo contrario, escucharíamos hablar de “la esclavitud de los vientres”, “la enajenación de la mujer”, “el genocidio silencioso” y semejantes. Marx, aunque fuera malthusiano, sabía que sin prole el proletariado era una abstracción carente de todo contenido. Estas consideraciones importan poco al postsocialismo hedonista en la medida en que han dejado de ser definitorias del segmento de población explotada, como sí siguen siéndolo en cambio el hambre y la discriminación racial.
IRICH,
Realmente, no sé las cifras de cuántos abortos se deben a violaciones; en general dudo muchísimo que los profesionales que deben certificar una violación se dejen engañar por bulos, y si esto ocurre, debe ser en un porcentaje mínimo.
En otra ocasión, cuando traté el tema por otros motivos, dije que me gustan las palabras, y que cada una significa lo que debe significar, y no es un cajón de sastre en que todo cabe. Por eso me gusta la palabra ‘despenalizar’, y por eso me opongo a la ley de plazos que pretende establecer como derecho lo que en ningún caso contemplo como tal. Y no considero tampoco ni natural ni justo el aborto en el caso de violación, pero sí considero justa su despenalización.
Me parece peligroso y triste que unos y otros frivolicen con el aborto y que la información que constantemente de suministra por los medios de comunicación sea tan maliciosa o ignorantemente sesgada y errónea. El aborto no está legalizado, y los partidarios del sí y del no hablan de ello como si lo estuviera y así puede perfectamente ocurrir que quien lo escuche acabe creyéndose que es un derecho, que es un remedio que papá Estado pone a las consecuencias de no pensar. Y no es así o no debería serlo.
Es evidente, y sería estúpido negarlo, que hay adolescentes que ven en el aborto, sino un anticonceptivo, sí una especie de seguro, y eso es grave, y habría que decirles unas cuantas cosas a algunos padres, pero no creo que esta sea la percepción general ni muchísimo menos.
Un cordial saludo!
El aborto debería ser un derecho, porque conlleva el derecho a elegir. Estoy completamente de acuerdo contigo en que no podemos seguir con abortos en el extranjero para cuatro ricos y aquí intervenciones carísimas en clínicas privadas que no tienen los mismos recursos para asistir, por ejemplo, una parada cardio-respiratoria, que un hospital público.
Obviamente no es un método anticonceptivo más pero hay momentos en los que hay que recurrir a él. No por un “ay es que con la pasión se nos olvidó coger el preservativo” sino poque este se rompa, una pastilla que ni nos acordamos que tomamos que anuló el efecto de la píldora/parche etc.
Lo mejor de tu artículo, es que al principio no resaltas (y creo que deberías porque está bien) la gran oportunidad que tu madre tuvo de que tu abuela le ofreciese un aborto en el 74. Conozco otras muchas mujeres que incluso a finales de los 80 se quedaron embarazadas con 15 o 16 años y no tuvieron otra que tener a sus hijos. Me hago cargo de que muchas de ellas lo hicieron por principios, pero otro gran porcentaje vio cómo su vida cambiaba radicalmente porque sus padres no tenían ni los contactos ni, mucho menos, el dinero para permitirles un aborto.
Ahora hay muchos métodos anticonceptivos y la población está informada, pero aún así hay casos, como ya cité, que pueden desembocar en embarazo, porque la posibilidad siempre está ahí a no ser que se abogue por la abstinencia: una opción poco viable hoy en día pero que los políticos se empeñan en promover (tomemos a la ya abuela Sarah Palin). También existen casos más leves de desinformación generalizada en ciertos ambientes sociales.
Así que concluyo con un firme sí a la ley del aborto, porque tenemos derecho a elegir cuándo queremos ser madres y, lo más básico y que otros muchos dan ya por sentado, si queremos serlo. En mi opinión, no hay nada peor que un hijo no deseado (para él) y ver cómo tu cuerpo y tu vida cambian mientras te odias a ti misma por seguir ese camino. Ya está bien de “poner la otra mejilla”. Ya es hora de que seamos dueños de nuestras vidas y dejemos ese culto al sufrimiento que tan arraigado está en el cristianismo. Yo no quiero poner la otra mejilla, y si puedo, no dejaré que me toquen ni la primera.