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No pienso dejar de fumar

Aunque debería, pero no por motivos de salud, sino simplemente por joder. Si supiese como funcionan esas cosas de las redes sociales, montaría una propuesta de que todos los fumadores dejásemos de comprar tabaco durante un mes, a ver cómo le cuadran las cuentas sin nuestros impuestos. Porque fumadores y catalanes empezamos a coincidir en muchas cosas: una minoría que molesta, sospechosa de todo crimen y delito, insolidarios con el bien común y de los que sólo se espera que paguen y callen, que su dinerito bien nos viene (la última subida del tabaco pagará las exenciones fiscales a las pymes, qué malos somos los fumadores).

Fumo. Y no pienso dejar de hacerlo, no soy Saulo reconvertido en Paulo ni la ley me hará caer del caballo como a tantos otros que ya hacen propósito de enmienda y juran transmutarse el dos de enero en personas de bien y abandonar la senda del vicio y el pecado. No pienso hacerlo. No soy un delincuente por más que así pretendan que me sienta. Porque, las cosas por su nombre, que es hora de que, como Boileu, empecemos a llamar “un chat un chat, et Rolet un fripon”, y esta ley antitabaco no es más que una ley antifumadores. Porque si fuera una ley antitabaco, prohibiría su consumo o, al menos, retiraría las subvenciones a sus cultivadores.

Y sigamos desmontando falacias. ¿Qué es eso de que no se podrá fumar en espacios públicos cerrados? Que yo sepa, hace muchos años que no se puede… ahora tampoco se podrá fumar en espacios privados de uso público, que no es lo mismo. Hace dos semanas, terminé de comer en un buen restaurante donde se permite fumar y, tras el permiso del propietario, me encendí mi gran Edmundo; no tardó ni dos minutos en aparecer uno de los cinco matrimonios con críos que me habían estado dando la murga con sus gritos, carreras, llantos y pataletas, para exigirme que, habiendo niños, saliese fuera a fumar. Siendo el restaurante de amigos, no quise responderle que, siendo de fumadores, los niños no pintaban nada allí, y salí con el frío a fumar al jardín. Al poco, mi amigo salí y me sugirió que entrase de nuevo, que los saludables papás preocupados por los pulmones de sus retoños estaban fumando tranquilamente. Y si esto ocurría antes, no quiero ni imaginarme qué pasará ahora que los talibán tendrán patente de corso…

Fumo cuando disfruto de mi tiempo. Por eso no fumo nunca en casa, donde sólo paro para dormir, que si no estoy con la tesis, estoy proyectos que no puedo acabar en el despacho; tampoco escaqueo dos minutos en el trabajo para apurar un cigarrillo entumecido bajo la lluvia; ni siquiera fumo tras el café del mediodía, que poco tiempo me queda para trabajar de nuevo. Fumo por la noche, en el pub de Jaume, relajado, hablando, o jugando la partida de butifarra eterna con los amigos, o tras una comida que lo merezca. Un larga pipa, un largo habano y disfruto con el humo que el mundo está bien hecho. O estaba, porque incluso eso me han robado.

Ahora los niños estarán protegidos del tabaco, me dicen. Qué bien. Y qué falso. Porque los niños que estaban en lugares con humo no era culpa de los fumadores, sino de padres inconscientes, y la nueva ley antifumadores no les dará conciencia, pues quod natura non dat, Salamanca (o la ley) non prestat. Por cierto, ¿y quién me protege a mí de niños indomesticados y sin vacunar y de sus despreocupados padres? La semana pasada, volvía de Barcelona a Vetera cuando subieron tras de mí dos señoras con tres criaturines que se pasaron el trayecto saltando sobre los asientos, corriendo arriba y abajo, chillando como cerdos por San Martín, arrasando con cuanto se interpusiera en sus asilvestrados juegos, para desesperación  de todos los viajeros menos de sus madres, que habían logrado eliminarlos de su campo auditivo y visual -técnica secreta en la que sólo han sido iniciados los padres de salvajes- y podían charlar tranquilamente sin esa molestia. Hasta que finalmente se pusieron a saltar frente al sasiento en el que yo intentaba leer a Duby…

-Señoras, ¿estos chimpancés son suyos? -acabé interpelándolas, agotada mi paciencia-. Pues átenlos, que los animales salvajes no pueden ir sueltos y sin vacunar.

-¡Qué maleducado!

-Los únicos maleducados son esos críos a los que nadie ha educado ni domesticado.

De no haber llegado su parada, la cosa habría podido llegar a mayores, que estaban las dos ya con la vena de la sien a punto de estallarles. Pero no perdieron oportunidad de bajar sin levantarme el dedo corazón y dedicarme un cortés: “Que te jodan”

Por suerte para esos niños, el Estado se preocupa por ellos y podrán ya correr y gritar y triscar y saltar libremente por cualquier local sin riesgo de que alguien cometa el delito de estar fumando.

No entiendo, Sócrates

No voy a unirme a las hordas de inquisidores que, recién caídos de un guindo, acaban de descubrir la verdadera catadura moral de sus héroes. No voy a sumer mi dedo cibernético a señalar a quienes hace mucho tiempo que andan retratándose. Dicen los que no saben leer sin contar que la frase que más se repite en La República de Platón es la que encabeza este post, y esta es la que se me viene a la cabeza cuando oigo tanto rechinar de dientes y rasgarse de vestiduras por algo que no me ha sorprendido.

Bien puede ocurrir que sea yo tan conspiranoico que, a fuerza de imaginar complots y ver dobles lecturas, alguna vez acierte, pues ya dijo Borges que un mono sentado durante un tiempo infinito ante una Olivetti escribiría el Quijote. Algo así será porque no me creo que haya pillado a todos con el paso cambiado lo que para mí no es más que otro coherente peldaño en una andadura vocinglera y chulesca sólidamente documentada.

Ni Pérez Reverte, ni el tándem Sánchez Dragó-Boadella, ni Jesús Neira ni el alcalde de Valladolid deberían a estas alturas sorprender a nadie. Espero que don Arturo no se enfade conmigo por hacerle encabezar semejante nómina, pero tantos años esforzándose por construirse una imagen de macarra hace que al final uno lo barrunte como ideólogo de los otros; tampoco temo mucho su enfado, pues aunque el académico mee a menudo fuera de tiesto hay que reconcerle que mea apuntando alto y dudo que pierda el tiempo en dedicar un twiter a un Juan Lanas como yo.

No entiendo los aspavientos indigandos de quienes hasta no hace mucho le reían las gracietas ocurrencias más dignas de club de carretera que de profesor universitario de Jesún Neira. Desde que nació para los micros no ha engañado a nadie sobre la naturaleza de su carácter, y mucho más dignas de escándalo me parecieron otras declaraciones suyas que la del vinillo que fue la que acabó defenestrándolo. Tampoco entiendo que llamar nenaza a un ex ministro sea tema que llevar al Congreso, cuando el autor del twitter ha soltado ex abruptos mayores sin haber despeinado a nadie ni que el anarcofascismo de Dragó resulte más digerible que unas ensoñaciones pederastas que tienen menos de recuerdo real que de alucinación hija de la senilidad, los medicamentos sin receta y de la necesidad de que hablen de él para saberse vivo aún.

En esencia, no entiendo cómo ha logrado calar tan hondo esta versión edulcorada pero igualmente gris y aburrida del puritanismo yankee que es la de lo políticamente correcto, erigida en credo por una progresía buenista que en lugar de fumarse porros le ha dado por enfundarse sayo de novicia y andar cogiéndosela con papel de fumar todo el día. El buenismo en el que andamos chapoteando es la peligrosa consecuencia de una visión Disney del mundo cada vez más extendida en una sociedad más peterpanizada en todos sus estratos.

No entiendo que el buenismo haya impuesto motivos de escándalo de primera y de segunda y que como borregos comulguemos con esas piedras de molino sin rechistar. Los de primera son causa de linchamiento público y los de segunda no tienen consecuencia ninguna, son pecadillos veniales. Lo más irritante es que lo que determina estar en uno u otro grupo es simplemente la moda, no la gravedad de la cuestión y, como en toda moda, no se persigue el origen, sino sólo sus síntomas.

El machismo y su colofón, la violencia de género, son una desgracia que debe ser resuelta desde la educación, no una moda con la que frivolizar yendo a la caza de expresiones machistas en el idioma ni violando la gramática para nombrar miembras. Mientras el buenismo nos obliga a andar agazapados escudriñando nimiedades, por detrás se cuelan los incendiarios y, cuando nos queremos dar cuenta, a nuestras espaldas arde Troya y nosotros ni nos habíamos enterado. ¿Son graves las afirmaciones de Dragó o León de Riva? Evidentemente que sí, pero son graves en sí, no porque ahora esté de moda y toque escandalizarse por eso, porque estas personas y otras parecidas llevan mucho tiempo dando señales de por dónde andan como para enterarnos ahora.

El buenismo es el credo new age que ha secuestrado el discurso de la izquierda y cuya lengua litúrgica es el lenguaje políticamente correcto. Y con esos mimbres, malos cestos vamos a hacer, porque sustuimos las ideas por las ocurrencias, la reflexión por el sentimiento y el saber por la fe. Como reflejo del Tea Party yanqui, el buenismo está creando espontáneos guardianes de la ortodoxia, peligrosos descerebrados que fácilmente podrían acabar siendo convertidos en ‘asesinos por las buenas causas’, y síntoma de este descerebramiento progresivo son esas sopas de letras tras las cuales uno no sabe qué se oculta que no saben distinguir realidad de ficción y que periódicamente lanzan sus ataques contra libros o películas al más puro estilo años 30,  Y ya advirtió von Kleist que “‘Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”

De series históricas

Casi no veo la televisión. No es una cuestión de principios morales o de supuesta superioridad intelectual, ni tampoco medidas higiénicas o apotropaicas. Es, simplemente, un hecho. Tampoco soy un converso recién caído del caballo y que ha visto la luz de repente y que se ha impuesto esta penitencia, sino que ha sido un proceso que no sé cuándo empezó pero que ha concluido en que sólo dedico unos 45 minutos diarios a ver televisión. Tal vez empezó hace dos años; entonces yo era seguidor de CSI -evidentemente, Las Vegas; no he logrado superar la grima que me da el inexpresivo Horatio- y ni las repeticiones ni las interminables pausas de publicidad me desanimaban. Pero entonces fundamos entre tres un Club de la Pipa en el pub de Jaume; fijamos las sesiones para la noche de los lunes y CSI cayó de mi parrilla televisiva. A partir de allí, poco a poco fueron desapareciendo programas, series y películas. Lo último en desaparecer fueron las noticias y, desde entonces, vivo más feliz, no por vivir en la ignorancia, sino por no alimentar mi úlcera con la bilis que tragaría al constatar que la defunción de un cefalópodo de un acuario alemán merece mucho mayor seguimiento y tiempo de informativos que una epidemia de cólera en Haití que se ha cobrado ya más de 250 vidas.

Pero eso no quiere decir que no sepa qué ocurre al otro lado de la pantalla, por negra que dormite en mi casa. Sigo diariamante a cuatro brillantes opinadores que, con formatos y enfoques muy distintos, me permiten seguir sin mancharme el día a día de una guerra que ya no es la mía. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero al menos escucho o leo algo inteligente, y ya me basta. Desde la columna diaria “Tú y yo somos tres” en El Periódico de Ferran Monegal hasta el blog 625 ranas, de Antonio Rico, pasando por la “Visto, dicho y oído” de Bob Pop en Público y la impagable Teletulia del Arucitys, en 8 tv, sección esta que consume mis 45 minutos de televisión diarios, y los cuatro se han hecho eco de la súbita irrupción de las series históricas en las pantallas.

Esto va por hornadas. Hace unos años eran las series de investigación policial, tipo CSI y sus secuelas (NAVY et allia), después fueron los vampiros a rebufo de la trilogía, tetraología o heptalogía (¡yo qué sé!) Crepúsculo, como True Blood… En 2005, HBO decidió buscar nuevos escenarios para sus guiones, y sustituyó la ya gastadita mafia y los no menos gastados vampiros por algo paradójicamente nuevo, la historia, y allí empezó “Roma”, serie donde la espectaculara ambientación no ha logrado empequeñecer la sutiliza y los diálogos exquisitos de “Yo, Claudio”. Después, han venido Los Tudor y se rumorean otras sagas.

Hace casi cuarenta años que Josep Pla dijo en una entrevista con Montserrat Roig que España es un país sin ningún rigor científico, que todo el mundo copia, aserto que podría confirmar de seguir vivo el ampurdanés si encendiera la tele -y no muriera en el intento, y es que las cadenas y productoras ibéricas son menos originales que una corbata Hermes de mercadilllo. Primero copiaron las policiales, después las series adolescentes más descerebradas o cierto modelo paranormal… todo ello con la caspa carpetovetónica que nos caracteriza. Ahora es la reinterpretación anglosajona de la historia como espectáculo la que es reinterpretada por directores y guionistas patrios; sinceramente, para echarse a temblar. Porque uno de los problemas principales es que no se está haciendo una serie histórica española, sino que se hace una adaptación de una serie anglosajona, con todos sus defectos y, desgraciadamente, con ninguna de sus virtudes, porque, afrontémoslo, el regusto a Gladiator de porexpan no nos lo quitamos ni con lingotazos de Hendrix.

Me apasiona la historia, ya lo sabéis y por lo mismo que aborrezco la novela histórica (en general, porque Guerra y Paz o El nombre de la rosa están entre mis lecturas favoritas), tengo más que reparos en acudir a estos trampantojos. Yo no le pido a nadie que haga películas ambientadas en Roma, el Toledo visigodo o la Viena del segundo asedio turco pero, si lo hacen, ¡al menos que traten con respeto a mis muertos! Coño, que no hace falta ser Gibbon para saber que los romanos no conocieron el estribo y que esa fue una de las causas del desastre de Adrianópolis contra los visigodos, 500 años más tarde de la época en que, teóricamente, se basa la película.

No pretendo que la serie incorpore un sesudo debate sobre los sistemas antroponímicos romanos y los métodos de filiación, pero un mínimo de documentación, de investigación, en fin, de decencia no estaría de más… Aunque quizá daría igual, porque estamos tan acostumbrados a ver a un actor español en un papel determinado que aunque George Duby resucitase para acompañar a Jacques Le Goff en la asesoría histórica de una serie medieval, y por digna de un BAFTA que fuera su interpretación, sería difícil ver en José Luis Gil a un trasunto lebaniego de Guillermo de Baskerville y no a Juan Cuesta

Por no hablar de cómo me imagino a la mitad de los actores más jóvenes haciendo de romanos con acento de Parla… Me temo que, de momento, seguiré con los originales, Roma y los Tudor.

Estilos

Llevo gafas sin montura desde hace años; Natasha las detestaba, diciendo que le recordaban a Miliukov

Nunca he podido desentrañar las filias y fobias de Natasha ni porqué le tenía tan atacado el hígado el pobre presidente del Partido Constitucional Democrático Ruso y líder del Bloque Progresista en la Duma. Creo que la pasión por la historia es lo único que podía tolerar de ambos.

Destrozadas tras dos años de uso no demasiado cuidadoso, no podía postergar más su jubilación y fui la semana pasada a cambiármelas a una minúscula pero exquisita óptica que me recomendó la Srta. Rottenmeier, la única de mis compañeras de trabajo que ha sobrevivido. Con esto de las gafas sin montura uno tiene que tener una sensibilidad muy sutil para apreciar diferencias entre unas y otras, así que decidir se hace complicado. Me acompañó en esa tediosa labor una amiga que necesitaba ampliar su colección de gafas de sol, eligiendo al fin unas de patrullero yankee sobre las que no diré nada si no es en presencia de mi abogada.

-Pruébate estas -me sugirió

-¡Ni de broma! No llevé arquigafas durante la carrera, no me las voy a poner ahora.

-Sólo es por ver cómo te irían. ¡Oye, te quedan muy bien!

-¿Estás de broma? Parezco Bob Pop

-Pues un cambio de estilo tampoco te iría mal

-Mi estilo es perfecto como está, no necesita cambios, sólo retoques.

-Yo no te digo que te compres un chándal, pero relájate un poco, que sólo te falta llevar bastón -y yo pensaba que tenerlo, lo tengo, pero aún no me he atrevido a pasear con él por una Vetera donde una vecina con problemas de cobro me preguntó no hace ni dos semanas si yo era de esos que persiguen a morosos, y poco antes un anciano corto y metomentodo se interesó por si trabajaba en algún programa de cámara oculta- ¿Sabes cómo te llamó mi sobrina cuando te vio? ¡Hastings!

-¡Me parece muy mal! Mi estilo es más Poirot; yo no he llevado un fedora jamás… Por cierto, ¿cómo conoce la serie si no tiene ni siete años?

 -Mi cuñado, que prefiere que vea Poirot a Bob Esponja. ¡Pero dejemos a Carlota en paz, que estamos hablando de ti!

-¿Estamos? ¿Quiénes? ¿El rey y tú? Porque a mí aún no me has dejado decir nada al respecto… Yo no me meto con los atuendos de nadie, no entiendo esa manía por meterse con mi forma de vestir. ¡Ni que fuese estrafalaria!

-¡Por favor! ¡Si viniste a la última calçotada con corbata!

-Eso es una infamia. ¿Cómo quieres que le ponga corbata a una camisa Tattersall?

-Pero ibas con traje.

-Claro. Mi traje de tweed para ir de campo, aunque en rigor no es un traje, porque la chaqueta y los breeks no son del mismo tejido y…

-Me da igual. Nadie tiene un traje para ir al campo.

-Lo que ocurre es que la mayor parte de la gente con la que te relacionas no se viste, sólo se tapa.

-¡Si hasta que te conocí pensaba que un Prince Albert era sólo un piercing genital!

-Y supongo que sigue siendo así. Los trajes que a veces llevo son Prince Edward, no Prince Albert.

-¡Lo que sea! Yo soy republicana. Ya sé que no eres un tío de barrio…

-Alto. Por ahí si que no paso. Estoy cansado de que se use ‘chico de barrio’ como eufemismo de garrulo sin vacunar; que yo sepa, la Moraleja, la Bonanova o las Arenas también son barrios, o Ciutat Vella o Abando. La palabra palabra precisa, le mot just, es ‘poligonero.’

-Como está  hoy… mejor no hablamos de la ‘princesa del pueblo’, entonces.

-Hoy no, por favor, que ma da urticaria esa moda de recuperar el término ‘pueblo’ a lo despotismo ilustrado ¿Tomamos un té?

-¿Ves? ¿No podrías proponerme un café, como todo el mundo?

-En realidad, ‘todo el mundo’ querría proponerte otra cosa, pero, por suerte, aún queda cierto sentido del ridículo… ¿Se puede saber qué pasa? ¿Es hoy el día internacional de ‘provoquemos una úlcera a Theo’? Primero los técnicos municipales y ahora tú… Un día de estos voy a salir en los periódicos, así que mejor llevo el traje a la tintorería.

-Uffff, ¿no te iría mejor una tila?

-No, mejor una copa de Evo de Mascaró. ¿Te he dicho que he encargado un homburg? Negro, por supuesto…

El otro lado de la barra

Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

Desintoxicación

No soy supersticioso, pues trae mala suerte, pero me gusta empezar el día con gestos y actos tan repetidos en el tiempo que ya son una especie de ritual apotropaico. O al menos, eso era antes.

De mis acostumbrados desayunos de mantel de hilo, croissant recién hecho con mermelada de rosas, té, Bach y periódico y rosa blanca sólo quedan mantel, Bach y té. Años de heroica dedicación a la gastronomía y menosprecio de cualquier otra actividad física que no sea el levantamiento de vidrio en barra fija no han contribuido precisamente a lucir la forma óptima para correr -y acabar- una maratón. Así que desde enero estoy observando una dieta que, además de quince quilos, se ha llevado por delante las liebres royal, el rabo de toro y las doscientas variedades de chocolate belga con que celebraba San Hoy es Hoy, entre otras muchas añoradas delicias. Mis desayunos son ahora más frugales, té sin azúcar y pieza de fruta; ¡quién te ha visto y quién te ve, Theo!, desayunarse con peras, manzanas o melocotones el que acuñó la frase “comer fruta fresca es cosa digna de animales o de salvajes, que por algo el hombre civilizado ha aprendido a hacer mermelada.” Dicen que si practicara algún deporte no tendría que ser la dieta tan rigurosa, pero como aún no he encontrado el modo de hacerlo sin tener que vestir de mamarracho, seguiré mordisqueando troncos de apio y zanahorias como un conejo hipertrofiado. No es que pretenda postularme a portada del próximo catálogo de Abercrombie ni que el abandono de X me haya sumido en una tardoadolescencia, pero confieso que recuperar tallas que hacía cinco años que había descartado me ha proporcionado mayor alegría de la que al principio supuse; a pesar de todo, sigo sin encontrarle ningún tipo de gracia, sabor o gozo a ensaladas, verduras y pescados hervidos o carnes a la plancha sin aceite ni sal, y suspiro de añoranza ante el aroma de unos callos con garbanzos, la textura del milhojas de foie con manzana caramelizada o el recuerdo del sabor del filete de a la Wellington. Porque, desgraciadamente, he dejado de comer para simplemente alimentarme y, como todo yonki, nunca sanaré del todo

Por los mismos motivos de salud -sino inmediata, sin duda a medio plazo- he dejado también de ver noticiarios y leer periódicos, adicción ésta de la que me ha costado librarme aún más que de las garras de Apicio, Carenne o Brillant Savarin. Leía cada día ElPaís, El Periódico, Público, La Vanguardia, El Mundo, ABC, Avui y dos periódicos locales de mi desde lejos querida Biluba. Siempre he sido consciente de las limitaciones de la prensa y las carencias de los periodistas, pero quizá en los últimos meses mi nivel de tolerancia a la incompetencia ha disminuido lo suficiente como para no seguir tolerando despropósitos y, tras constatar que no hay tema del que yo tenga mínimo conocimiento que sea tratado de manera documentada, con rigor, imparcialidad o precisión, temiéndome que lo mismo ocurra con los muchos temas de que nada sé, he optado por dejar de leer o escuchar nada, que para que me cuenten cuentos, prefiero que lo haga Hoffmann o Chejov, que son profesionales.

¿Cuál fue el detonante? No podría muy bien decirlo… supongo que fue un cúmulo de situaciones en poco tiempo que colmaron el vaso de chupito de mi paciencia. Ya sé que a la mayor parte de los periodistas esto de los números les viene grande, pero convendría que aprendiesen a utilizar las unidades como es debido y que las 500.000 hectáreas que este verano ardieron en Rusia, con todo y ser mucho, no equivalen a la superficie de España, como dicharacheramente dictaminaron los alegres muchachos de T5, sino a una centésima parte, que 500.000 hectáreas no son 500.000 quilómetros cuadrados. Contento tengo que estar, al menos, de que usaran unidades de superficie para referirse a superficies, y no dijesen que se había quemado un Terabite o 500.000 metros cúbicos, que este que escribe ha escuchado mensurar la copa de un castaño centenario en “doscientos metros cuadrados de diámetro.” Pocos días después, una noticia en prensa se refería al auge en televisión de las series históricas y, entre las futuras, incorporaba “Canción de Hielo y Fuego”, saga fantástica de George R. R. Martin que de histórica no tiene más que caballos y armaduras y castillos, motivo que al autor del artículo le pareció suficiente para “sostenella y no enmendalla”. Pero creo que el motivo definitivo fue la más que deficiente cobertura que se dio al conflicto minero de Potosí -Bolivia- que estalló a finales de julio de este año, donde no hubo noticia, las pocas que hubo, que tuviese remoto parecido con la realidad, y donde las fuentes de información elegidas distaban mucho de tener algo razonable y razonado que decir. Estaba yo comiendo cualquiera de esas porquerías insípidas que entristecen mis mediodías cuando oí en las noticias: “Tres turistas catalanas atrapadas en el conflicto de Potosí”; al dar el nombre de las turistas y oír el de mi hermana, que lleva diez meses allí con el trabajo de campo de su tesis, me levanté, apagué la televisión, cerré el periódico y no he vuelto a encenderla ni a abrirlos. Desde entonces, los 40 escasos minutos de mis mediodías los invierto viendo el Arucitis en lugar de malgastarlos escuchando noticias ficción.

Diálogos familiares

La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa…

Para no arrancarme en aplausos y gritos de “¡bravo!”, tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. “Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo”, sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, “¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!”, pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.

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