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Archive for gener de 2009

Madridgate

Red de espionaje en Madrid. La trama, al principio, tenía visos de guion de Hitchcock, un inquietante aire Nixon y cierto regusto a novela de Tom Clancy. Pero, señores, estamos en España, el país donde “Los hombres de Paco” no es una comedia, una astracanada, sino una serie costumbrista, casi un documental. A medida que se ha ido profundizando en el asunto, el perfume holliwoodiense ha ido diluyendo en el acre hedor patrio a garbanzos recalentados, a adaptación chusca de “El caso Bourne” interpretada por Anacleto, agente secreto

Pero por zafio y torpe que sea, que lo es, y mucho, por mucho que nos recuerde más a Torrente que a Enemigo público, no debemos perder de vista la enorme gravedad de las acusaciones, debe preocuparnos la perspectiva de cómo los responsables podrían usar los resortes del Estado en beneficio propio de tenerlos de nuevo a su alcance. Ni debe tampoco tranquilizarnos que estas redes se espionaje las hayan tejido los discípulos torpes de Mortadelo y Filemón.

Y digo redes y no red porque, en mi opinión, tres son las tramas que han convertido la Alcaldía y la Comunidad de Madrid en foco de atención, chismorreo y pitorreo de medio mundo, desde el Corriere della Sera, hasta la Patagonia, pasando por Le Figaro. La prensa, en especial El País, cuya labor de investigación es digna de todo elogio, ha ido destapando un escándalo por capítulos, de manera que se los datos se superponen ,  haciendo casi imposible de desentrañar el hilo de la madeja del escándalo de la Villa y Corte. Y es casi imposible porque son, en mi opinión, tres madejas, y no una.

Primera madeja: Doña Esperanza, Espe, condesa consorte de Murillo, se titula liberal y como tal la proclaman sus voceros de la COPE y Telemadrid, pero en el asalto al poder ha preferido el stalinismo como modus operandi, expurgar de su satrapía a todo lo que huela a rajoyismo. Sus incondicionales jaleaban su candidatura urbi et orbe, y ella amagó, pero no salió finalmente, una retirada a tiempo de envitar un descalabro del que quizá no se recuperaría, porque fuera de Madrid tiene menos apoyos que un Goldstein a presidir un partido neonazi. En este estado de cosas, convenía a la lideresa -o quizá así lo interpretaron sus más inmediatos colaboradores, concedámosle el beneficio de la ignorancia- afianzar su posición local antes de asaltar los cielos. Para ello no bastaba con destituir fulminantemente a los trostkistas, perdón, rajoyistas, como Prada: había que destruirlos políticamente. Operación Nacht und Nebel. Al devanar esta madeja, es el nombre de Granados el que suena cada vez con más fuerza, y cada vez atrapado en mayores cenagales.

Segunda madeja: Llamar ‘desencuentros’ la relación entre el Gobierno de Madrid y la alcaldía es tan eufemístico como llamar escaramuza a la batalla del Somme. Entre la Puerta del Sol y la Plaza de la Villa hay una guerra encarnizada a bayoneta calada y a degüello. No hay prisioneros. El hombre fuerte de Gallardón, Cobos,  habría sido el objetivo de esta segunda red, eliminando el más firme y quizá el único apoyo de Gallardón dentro de la cúpula del PP. El propio alcalde manifestaba el 22 de enero que la unidad que seguía a Cobos estaba dentro del ejecutivo autonómico, ante la estupefacción de una ciudadanía que contemplaba una pelea barriobajera a navajazos. De mar de fondo, la batalla por el control de Caja Madrid, donde la reforma que Aguirre quiere imponer disminuiría el poder del Ayuntamiento de un 70% actual a un 30%.

Tercera madeja. La llegada al poder de Esperanza Aguirre no pudo ser más sospechosa. Tras la defección de Tamayo y Sanz se sospechó de sobornos de ciertos empresarios. Estos mismos empresarios parecen ahora descontentos por la manera con que se han adjudicado ciertas obras públicas, ciertas concesiones a las que quizás se creían con mejores derechos. Y esta es la tercera red, la que pretende desacreditar al vicepresidente, González, por unas adjudicaciones sospechosas y unas amistades aún más sospechosas, hecho que, siempre según El País, Álvaro Lapuerta, tesorero del PP, ya habría comentado en Génova.

Tres tramas, no una. Tres redes de espionaje (o unidades de Seguridad, según Granados) para tres guerras distintas: una, afianzar posiciones ante la previsible batalla por la sucesión de Rajoy si las europeas y las gallegas no acaban con triunfo popular; dos, la guerra de Madrid y, en especial, caja Madrid, y tres, la guerra entre las distintos lobbies económicos que sostienen el entramado.

El escándalo pilla a Génova con el paso cambiado. Cospedal inicia una ronda de interrogatorios, los medios de la derecha no saben cómo reaccionar, incluso Aguirre tiene que reprender a la COPE: “Cuanto más se habla de esto, más les beneficia a ellos (el PSOE)”. González Pons fue el primero en intentar echar balones fuera, implicando al Ministerio de Interior: “Ciertos datos sólo pueden obtenerse con la connivencia de alguien del Ministerio”. Veamos: si la TIA madrileña está constituida, com afirma El País, por ex agentes de policía y ex guardias civiles que, con seguridad, mantendrán amistades y contactos en activo que les facilitarán los datos sin que Rubalcaba tenga que firmar orden alguna. El miedo de Aguirre es el miedo de todo usurpador, de todo tirano  que alquien le eche del poder usando las mismas armas con que lo alcanzó: traición, violencia, veneno.  En cualquier país civilizado, dimitirían, como mínimo, el consejero cuyo departamento está implicado, bien por organizarlo, bien por desconocer lo que hacían sus subordinados. Pero España aún no es un país civilizado.

Rajoy huele a muerto y ansar prepara su segunda venida.

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Anteanoche asaltaron nuestra oficina de ventas. Discretos, lo que se dice discretos, no fueron, porque el boquete que abrieron en la pared no se hace escarbando con una cucharilla de café mientras se silba un aria de Rigoletto, y porque antes tuvieron que reventar una puerta de chapa metálica que con sólo rozarla resuena como un gong. La alarma no saltó -o eso dicen los de la compañía de Seguridad-, tal vez quedara dañada por el vendaval del fin de semana, y la policía tampoco se enteró de nada, porque nadie vio ni oyó nada, y si alguien vio u oyó algo, corrió las cortinas y aquí paz y después gloria.

Un portátil con alimentador a carbón de puro viejo, una cadena de música de las que regalan con tres cartones de chococrispies, un radiador portátil para no entrar en hibernación y una mininevera sin cerveza es todo el botín que se llevaron, poco el beneficio y mucho el daño, porque en la búsqueda insólita de joyas o dinero en una oficina de ventas de una constructura removieron Roma con Santiago, y no hay archivador cuyo contenido no haya sido esparcido por el suelo a la espera de hallar quién sabe qué. ¿Acaso creían que escondíamos los billetes de 500 euros en el doble fondo de la silla? Porque las han rajado todas. Mucha película es lo que se ha visto por aquí.

Por suerte, la anterior comercial, una chica encantadora y dulce, pero algo pusilánime, se nos había ido ya y había sido sustituida por… un chico, Antonio. Sí, ya lo sé, es muy eficaz, con carácter, sabe moverse… todo lo que queráis, pero ¡es un hombre! ¿Qué costaba contratar una rubia de piernas interminables, aunque no supiese ni el idioma? Si es por el trabajo, da lo mismo, no se vende nada, pero al menos sería un aliciente para los que todavía estamos en la porra de cuál será el próximo en caer. A este paso, la próxima cena de empresa la podremos celebrar en un club de carretara, como sugiere el departamento de obras.

Ayer porla mañana, Antonio llegó, vio y se fue a la Comisaría de los Mossos a denunciar el asalto. Tres cuartos de hora esperando que lo atendieran para que, muy amablemente, eso sí, le indicaran que, al tratarse de un robo con fuerza, debía esperar en ‘el lugar de los hechos’ la llegada de la patrulla policial. Vuelta, pues, a la oficina de ventas, que, sin el radiador, resultaba más inhóspita que la tarde de un domingo. Tomo la precaución de preguntar antes cuándo pasaría la patrulla, por si le daba tiempo de tomar un café.

-Pronto-respondiera la amable recepcionista.

La Policía, como la Administración, tiene un concepto del tiempo muy flexible; cuando el ciudadano debe cumplir sus trámites, se rije por un reloj atómico y puntualidad prusiana; cuando el ciudadano debe recibir un servicio en la que todo lo que sea menos de tres horas es ‘pronto’. Porque dos horas y media tardó la pareja de mossos en llegar al ‘lugar de los hechos’, que el lenguaje oficial lo tienen bien aprendido.  Bajaron, se calaron profesionalmente la gorra, uno se arregló la cintura del pantalón y otro se hurgó la nariz y. tras un concienzudo examen de tres minutos, dictaminaron:

-Esto ha sido robo con fuerza. La científica vendrá está tarde a tomar huellas.

-¿A qué hora?- preguntó Antonio, con la boca llena de risa

-A las tres.

-Se van a cagar. Van a encontrar las huellas de media Vetera-se reía Antonio cuando se fueron. Y es que, en el ínterin, por la oficina habíamos pasado los técnicos, los de obra, tres o cuatro peones buscando material, el director de la empresa… y un señor que se llama Bernard y pasaba por allí. No menos, pues, de veinte personas-. Lo que te digo, media Vetera.

Puntualmente a las cuatro y media, llegó la científica. Si alguien esperaba ver bajar a Grissom y compañía, con maletines enormes, gafas especiales y lo que fuera, que se olvide. Debieron suponer que no era el asalto noticia de gran trascendencia ni su resolución asunto prioritario porque nos enviaron al becario o al más torpe del lugar, que tras pasar los polvos y la escobilla por el pomo de la puerta que los veinte habíamos tocado, concluyó:

-Esta limpio. No hay huellas.

Ciertamente, esto no es Las Vegas, aunque otros personajes cinematográficos sí encontramos, al volver a Comisaría a formalizar la denuncia -antes lo habíamos intentado hacer por internet pero, cuando ya estaba todo respondido, apareció un mensaje de error: “Robo con fuerza no admite denuncia virtual”-, y tomó declaració a Antonio el trasunto ibérico del jefe Wiggum

 

aporreando el ordenador como con patas de cabra, con dos y dos dedos, poniendo tanto énfasis que temimos que acabase atravesando, no ya el teclado, cuya vida de martirio no podía ser muy larga, sino incluso la mesa. Tomó la declaración en castellano, “porque yo fui Guardia Civil y, aunque tengo el nivel C, me desenvuelvo mejor en español” y, cuando nos la dio a firmar, preferí que sólo Antonio diese testimonio del desaguisado, pues no había línea sin falta ortográfica, ni signo de puntuación bien puesto, salvo el punto y final. Habría pagado por verle escribir en catalán.

-¿Y estos van a encontrar nada? Si dudo que encontrasen la salida de una calle recta… -dijo Antonio

-¡Qué van a encontrar si ni siquiera van a buscar! ¿Por un ordenador y una nevera? Si los asesinatos los resuelven con ‘ajuste de cuentas’, ya me dirás qué van a investigar aquí. Al menos, espero que el seguro nos cubra el ordenador… Menos mal que no quedaban cervezas en la nevera, que eso sí habría sido un crimen.

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Esta obra del sueco John Ajvide Lindqvist, publicada por Espasa en 2008 con una magnífica traducción de Gemma Pecharromán, llegó a nuestro país precedida por el éxito en el festival de Tribeca de su adaptación al cine Lat den ratte komma in -Deja que lo correcto entre, literalmente, pero titulada en castellano Déjame entrar-,  del también sueco Tomas Alfredson.

La sinopsis, muy breve, la copio de la página ofcial en castellano:

Oskar, un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo, tiene una curiosa afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad.

¿Otra novela de vampiros? Rotundamente, no. Es una novela de monstruos, uno de cuyos personajes es un vampiro. Sería fácil ponerlo en relación con el éxito editorial de los últimos años, la saga de Stephenie Mayer Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer, saga que ha sido definida como “de vampiros dirigida a un público adolescente”. Fácil, pero deshonesto, porque ni he leído todavía la saga ni he visto la adaptación homónima del primer volumen. En cuanto al algo peyorativo término ‘público adolescente’, hay un aforismo que unos refieren de Borges y otros de CS Lewis -me inclino más por esta última opción-. que dice que la “Literatura infantil y juvenil es la que también pueden leer los niños”. No caeré en la vanidosa condescendencia de decir “Un libro que haga que miles de niños y adolescentes se enganchen a doscientas páginas y esperen ansiosos que salga el siguiente volumen, de trescientas, merece todo mi respeto por poco valor literario que tenga”. No lo diré, porqué eso mismo dije de Harry Potter cuando salió y después era yo el que estaba enganchado a un mamotreto de seiscientas páginas esperando que saliese el de novecientas.

Volviendo a Déjame entrar. Hay novelas cuya calidad trasciende a la temática elegida, los géneros que ese Sanedrín de intelectuales de obra desconocida, si no inexistente, clasifican en ‘mayores’ y ‘menores’. Así, el terror, la fantasía, los detectives… son géneros menores. Oscar Wilde decía que no hay obras morales o inmorales, sino sólo libros bien o mal escritos. Lo mismo puede aplicarse con los géneros: no hay géneros mayores o menores, sólo hay libros mayores o menores. Y Déjame entrar es un libro mayor. Si hemos visto en la saga Canción de Hielo y Fuego la descripción más realista de personajes desde Dostoyevsky, incluso más -recuerdo ahora el plano e insulso Aliosha de Los hermanos Karamazov-, en Déjame entrar tenemos una vívida descripción del bullyng, el acoso escolar, desde los ojos de la víctima. Pero también la vida cotidiana de la clase media-baja sueca de los ochenta, en los grises barrios de las afueras, una clase que, salvo por el clima, quizá no se distinga demasiado de sus homólogas de cualquier otro país.

El terror puede habitar todas partes, ya ha salido desde hace años de las ruinas de abadías, de los castillos o caserones, incluso de los tejados puntiagudos de Arkham y Providence, pero pocas descripciones son más desasosegantes que el anodino Blackeberg, en el primer capítulo. Pero al terror, como a los vampiros, hay que franquearle el paso, somos nosotros los que invitamos a la catástrofe. Quizá en otra ocasión hablemos de esta necesidad de la invitación previa.

Los personajes, acosadores, alcohólicos, pederastas, violentos a veces… no son nunca juzgados. Sólo son expuestos, con sus miserias, con sus complejidades y contradicciones. En un párrafo, el contexto del personaje queda perfectamente delimitado, sin tener que recurrir ni a artificios ni a construcciones lacrimógenas para ponerlos como víctimas de una sociedad burguesa. Cada cual, incluso un niño de doce años, es dueño de sus decisiones. Tal vez el menos monstruo sea el menos humano de todos ellos, y esto es lo me acongoja, porque en la línea del doctor Cardero, Muertos, monstruos y dioses oscuros, el más oscuro de los dioses es el hombre.

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Hace unos años, cuando apenas daba sus primeros pasos en T5 “Moros y cristianos” ese primer experimento de cómo montar un programa sólo con gritos,  Paco Umbral

Imagen de Diario de un Transeúnte

escribió en 1997 en su columna de El Mundo  varios artículos sobre la telebasura, de los que selecciono dos:  “La Teleasco“, el 19 de febrero, y “Teleteratología”, el 2 de octubre. Las hemerotecas de internet tienen un problema, y es que a vuela tecla descubres las vergüenzas de los maestros, y Umbral compartía con Borges la de escribir dos veces, sino el mismo cuento, sí el mismo artículo. Pero la reiteración no lo hace menos cierto, y plagiarse a sí mismo es la forma más honesta de plagio, y más si la frasa es afortuanda.

Habla, entre otras cosas, de esos periodistas cámara en ristre que buscan ‘la opinión de la calle’, bien sea para aniquilar a un famosillo cuyo nombre no saben ni pronunciar

Pero nunca preguntan a un notario, a un cirujano ilustre, a un archivero/bibliotecario, a una juez, a un académico, a un experto en nada, a un experto en todo, que también son la gente. Preguntan a «la horda», como decía Foxá, y la horda es la masa que los políticos y los ricos dueños de las televisiones han dejado sin alfabetizar.  Nuestro socialismo no llegó nunca al macizo de la raza, a la plazoleta de la aldea ágrafa de los sinescuela. Quienes han llegado han sido los televisivos que no aportan nada y que sólo buscan efectismos infectos y eso que ellos llaman, con horrible palabra, «lo pintoresco», para que luego todos los burgueses nos riamos mucho con esa galería de desdentados, brutalizadas, tartamudos mentales y otros personajes del analfabetismo obsceno. (Teleasco)

 

 

 o bien para despertar un supuesto debate social sobre temas de actualidad:

anapixel
anapixel

La trampa está en anunciar temas sociales, de ésos que interesan a todo el mundo, como el divorcio o el paro, para luego darle a la cosa un giro cómico/recreativo y acuático/puteal, sin la menor intención de sacar nada en limpio, como no sea la exhibición de toda la escoria humana que desgraciadamente segrega cualquier sociedad, más los monstruos peatonales que van atracando por la calle, con la cámara, porque en la calle nuncan preguntan a un notario, a un sacerdote o a cualquier otra persona de criterio, sino a quienes pueden quedar más graciosos en su ignorancia y lejanía del tema en cuestión. Dicen que esto es lo que vende y lo que quiere ver la familia cristiana. A lo mejor. (Teleteratología)

Debate que, a menudo, la sociedad ni siquiera se ha planteado, pero que de repente, por arte de birlibirloque de una cansina reiteración informativa, se asienta en el centro de nuestras vidas, como un convidado más a la mesa. La verdad es que, visto en perspectiva, Umbral no fue poeta, sino profeta.

¿A qué viene esto?, me preguntaréis. Supongo que conocéis la triste noticia de que, a consecuencia de las fuertes rachas de viento del sábado, un pabellón deportivo se vino abajo en Sant Boi de Llobregat (Barcelona), aplastando a quienes habían buscado refugio de la inclemencia. Cuatro niños menores de doce años han muerto.

En un ejemplo de periodismo digno del Curso de ética periodística que Juanjo de la Iglesia impartía en la única edición de CQC que mereció la pena, la del Gran Wyomming en T5,

Imagen del blog de Manuel Espada

A3, esa cadena a rebufo de T5, en audiencia a calidad -lo que ya es triste-, dio la noticia en sus informativos del mediodía con su habitual estilo gore, buscando la lágrima en pantalla, el vociferador y exigiendo responsabilidades. No se ha esperado al informe pericial pertinente, ni se ha hablado con un técnico competente, ingeniero, arquitecto o arquitecto técnico… ¿Para qué? Si el que pasa por la calle, y su vecino, y su cuñada tienen ya su opinión… y así diez minutos escuchando lo que tenían que decir sobre estructuras de muro de bloque de hormigón personas que no tienen nada que decir sobre estructuras de muro de bloque de hormigón. Pero quedaban bien en cámara, indignados, señalando… porque hacía frío, que sino habrían salido ellos a opinar en camiseta imperio y ellas en boatiné y rulos. ¿A opinar? Más bien a pontificar, a sentar cátedra. Y no es corporativismo, es simplemente exigir un mínimo de veracidad y de decoro a la información.

Porque en este país existe la tendencia avalada por cierta prensa amarilla que es al periodismo lo que un huevo a una castaña a confundir las cosas. Confundir la libertad de expresión, un derecho, con que todas las opiniones valen lo mismo, una estupidez. Cortázar en un cuento cuyo título no recuerdo tenía el siguiente diálogo:

-Ha venido el tío Lucas. Dice que ve mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

En nuestra España actual, la única opinión que no tendría valor sería la del médico.

La legislación suele ir a remolque de las desgracias -y los legisladores, dictan a golpe de ‘opinión pública’, cosa entre peligrosa y patética-. El pabellón arrasado fue construido en 2002, cumpliendo la legislación del momento; la actual legislación es más restrictiva y a partir de esta desgracia, probablemente lo sea más, pues hay un dato nuevo que añadir a las variables, el dato de una tormenta que hasta ahora no había constancia de que hubiera afectado jamás estas tierras. Pero a lo mejor hay quien espera abrir unas noticias con dos o tres técnicos acudiendo esposados a declarar, y así, de paso, desviar la atención de las purgas estalinistas que la lideresa estaba haciendo por Madrid a golpe de Cheká castiza, ilegal, para asegurarse el control de Caja Madrid. Por cierto, Caja Madrid es el principal acreedor, con 900 millones de euros, de MARTINSA-FADESA, la empresa de Fernando Martín, ese que fue vicepresidente del Real Madrid con Florentino, ese otro que dicen que ahora vuelve, pero con ansar de vicepresidente… Conspiranoias mías. 

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Añoro la Unión Soviética

El viento, mi más odiado elemento, se alió conmigo el sábado y me dejó tirado en la estación de Vetera, sin trenes a Barcelona con que asistir al siguiente descenso en la decadencia de occidente y con la urgencia penal de comprobar que los andamios seguían en su sitio. Por suerte, no hubo que lamentar más desperfecto que algunas telas de seguridad mal aseguradas.

X no acabó de centrar resposabilidades en la climatología, y creo que sospecha de brujerías para convocar los vientos, olvidando que, de estar en mi mano, convocaría cualquier elemento menos ese; que no soy, precisamente, adorador del Wendigo. Por ver si templábamos ánimos, acudí al restaurante de un amigo mío, a la espera de una nueva sorpresa en su menú, el sábado una egregia liebre à la royal. Pero el humor de X, que aún no sabía cómo acusarme del contratiempo, no estaba para disfrutar de una ensalada tibia de calçtos con vieiras ni para degustar la obra cumbre atribuida a Carême, aquel marmitón que Talleyrand se llevara al Congreso de Viena para conseguir en la mesa para Francia lo que en rigor no le correspondía, como fue ser declarada víctima de Napoleón. En cambio, con el Pago de los Capellanes tuvo menos remilgos.

Nubes negras anunciaban una tormenta perfecta si no tomaba cartas en el asunto, por lo que hice de tripas corazón, guardé en el cajón las más de siete horas de la versión de Sergei Bondarchuk de Guerra y Paz (1962-1967)

y opté por la prudencia de una película de supuesta acción/espionaje que llevaba X días pidiendo ver. No recuerdo el título, pero al acabar llegué a una conclusión inevitable: añoro la Unión Soviética.

No sólo porque yo acabé el bachillerato (en aquel entonces, el cretácico, aún conocido como BUP) en una época en la en que de Polonia a China sólo hacía falta un visado, que de Minsk a Dusambé se estaba en un mismo país, capital Moscú y los -stanes eran patrimonio de Chiquito de la Calzada. Reconozco que no he logrado aprender más capital que Alma Ata y Dusambé de toda el Asia central, y que casi me eché a llorar cuando un amigo que trabaja en Rusia me dijo que se trasladaba de San Petersburgo a la república rusa del Tartaristán. ¡Con lo que me había costado aprenderme los los Tukemistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán! Las cosas eran más sencillas, afrontémoslo. Stalin era un sanguinario dictador soviético, Mijaíl Scholojov un escritor soviético que ganó el Nobel y Dzerzhinski el comunista soviético fundador de la policía secreta, Cheká, que daría origen al KGB, Mikoyán el diplomático soviético que se opuso al uso de la fuerza para reprimir la rebelión húngara de 1956. Era mucho más fácil que explicar que Stalin era georgiano (aunque en el conflicto de Osetia del Sur de este verano hubo prensa que acusó a los rusos de comportarse como Stalin), Sholojov (como Kaganovich), ucraniano, Dzerzhinski, bielorruso y Mikoyán, armenio. Era mucho más fácil.

También era mucho más fácil para el cine y la televisión cuando el malo era una némesis perfecta. Y además, con cierta estética, porque desde los nazis, no ha habido desfiles mejor montados que los soviéticos en la Plaza Roja el 9 de mayo

Imagen de La Agencia de Información Novosti

Ni tampoco prenda alguna sienta tan bien como un abrigo militar soviético largo, de solapas inglesas y doble abotonadura. Las cosas como son, porque J’appelle un chat un chat et Rolet un fripon (“Yo llamo gato a un gato y Rolet a un bribón”, BOILEAU, Sátiras), que la elegancia del espía de la KGB en un contrapunto estético esencial en cualquier película de espías medianamente decente.

Ahora, sin esta némesis tan clara, andan guionistas y escritores más perdidos Paul Blobel en el Jurado del Premio Nobel de la Paz, o que Belén Esteban en sesión plenaria de la Real Academia, porque los nuevos malos no son unos ‘malos respetables’, los turbantes, las barbas desgreñadas  y el polvo del desierto no es lo mismo para jugar a espías que los salones de un castillo en Baviera o los pasillos de mármol de la Oiranka, un smoking impecable o un uniforme feldengrau. Y eso se nota en unos diálogos que flojean bastante, sustituido el debate ideológico entre antagonistas por tiros y persecuciones y explosiones y más tiros y ¿dije ya persecuciones?. Porque, ¿alguien se imagina encontrar en Misión imposible algo parecido a la inolvidable conversación en la noria del Prater (por favor, que no se c0nfunda con otras norias) entre Orson Welles y Joseph Cotten en El tercer hombre?. Pues eso. Para no acabar con mal sabor de boca, aquí dejo esto

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TATUAJES

Decía Adolf Loos, arquitecto austriaco de obra teórica más interesante quizá que la construida, en un célebre artículo suyo, Ornamento y delito (1910):

El embrión humano pasa, en el claustro materno, por todas las fases evolutivas del reino animal. Cuando nace un ser humano, sus impresiones sensoriales son iguales a las de un perro recién nacido. Su infancia pasa por todas las transformaciones que corresponden a aquellas por las que pasó la historia del género humano. A los dos años, lo ve todo como si fuera un papúa. A los cuatro, como un germano. A los seis, como Sócrates y a los ocho como Voltaire. Cuando tiene ocho años, percibe el violeta, color que fue descubierto en el siglo XVIII, pues antes el violeta era azul y el púrpura era rojo. El físico señala que hay otros colores, en el espectro solar, que ya tienen nombres, pero el comprenderlo se reserva al hombre del futuro.

El niño es amoral. El papúa también lo es para nosotros. El papúa despedaza a sus enemigos y los devora. No es un delincuente, pero cuando el hombre moderno despedaza y devora a alguien entonces es un delincuente o un degenerado. El papúa se hace tatuajes en la piel, en el bote que emplea, en los remos, en fin, en todo lo que tiene a su alcance. No es un delincuente. El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado. Hay cárceles donde un 80 %  de los detenidos presentan tatuajes. Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto unos años antes de cometer un asesinato. (…) La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual.” 

Fue en tercero de carrera cuando descubrí a este autor, y en cuarto cuando devoré todo cuanto escribió, porque su reflexión sobre la arquitectura y la sociedad me parecía de una brillante intuición y claridad, y sigo suscribiendo el fondo de muchas de las cosas que dice, aunque matizaría -y mucho- las formas.

X quiere que este sábado la acompañe a una fiesta de sus amigos a las afueras de  Barcelona y yo ya estoy buscando excusas para soslayarlo. No soy especialmente maniático de la limpieza, como ya he dicho, pero puedo prometeros que es más higiénico hacer una operación a corazón abierto en el suelo del lavabo de una discoteca un sábado a las seis de la mañana que lavarse los dientes en el baño del antro de esa gente. Sólo de pensarlo, ya me pica todo el cuerpo.  Como ya han sido varias las veces que no he podido acompañarla a la versión perro-flauta de la Franja de Gaza porque tenía mucho trabajo, había quedado para comer-cenar con amigos, debía acabar urgentemente un trabajo para los cursos de doctorado, leer un libro para la tesis o tenía un jabalí en el horno… X me ha amenazado con montar una fiesta en mi casa. Y si defino ‘invasión de dragones’ a la visita de mis padres, podéis suponer que ver pulular por mi refugio antibarbarie a veinte trolls con pañuelo palestino, pantalones bombachos, pelo a lo rasta y mugre ya solidificada me causaría cierta desazón. Vamos, que al día siguiente saldría en los periódicos por el mayor asesinato en masa desde la invención de la guillotina. Así que mucho me temo que tendré que transigir, ponerme ropa que después pueda quemar y admirar los nuevos tatuajes tribales del clan.

Porque esa es otra. X quiere hacerse un tatuaje, como sus amigos, un hada, un duende o una letra china. Por más que le repita el fragmento de Loos citado al incio, no logro convencerla de lo desatinado de la ocurrencia; al menos, ha desistido ya de grabarse mi nombre ante la amenaza de que ese mismo día la dejaría. A ver qué haría entonces marcada como ganado.  Todos sus amigos han recuperado la estética del hotentote, con tatuajes, pircings y cierta falta de higiene, disculpable en la sabana pero no tanto con agua corriente, y X insiste en lo de la letra china de las narices. Porque esto de las letras chinas es como lo de las reencarnaciones, que todos han sido Napoleón o prostituta sagrada en el templo de Ishtar, pero nadie campesino o barragana de cura de pueblo. Ídem con las letras chinas, que todas significan una parrafada espiritual del copón de Ambrosia, del tipo “la luz de las estrellas anida en tu espíritu libre”, aunque nadie sepa chino y tenga que fiarse de la palabra del tipo de la tienda de tatoos. Ya sé que las apariencias engañan, pero no suelen tener pinta de doctores en sinología.

Otra de las opciones que X baraja, ahora muy en sintonía con el clan del oso cavernario (porque esa casa apesta como el cubil de un oso que acaba de despertarse de la hibernación) son las hadas, duendes, elfos… ¡Cuánto daño has hecho, Peter Jackson!

-Xavi se ha tatuado unas letras en élfico.

-Habla con propiedad, X. Xavi no se ha tatuado nada, se lo han tallado en la mugre. ¡Por Dios, si empieza a tener ya una costra de roca sedimentaria!

-No seas clasista. Pues los versos son muy bonitos.

-Sí claro, el tatuador es también experto en élfico. ¿El verso es en Quenya o en Sindarin?

Con lo de los versos en élfico recordé una anécdota que me contó NilVS sobre un amigo suyo, catalán también,  que, queriendo estudiar un idioma, dudaba entre euskera y élfico. ¿Cómo diablos consiguen estas personas que la realidad no las contamine? Otro amigo, profesor, me contaba que ha llegado a su colegio un niño de tres años que se llama Éomer.

-¿Eómer, hijo de Kevin?-pregunté

-No. Pero no vas desencaminado: Éomer, hijo de Jonathan.

-La madre que lo parió.

-¿Al niño? La Jenni. Está embarazada otra vez, con 21 años.

-De Arwen, supongo.

-Supones bien. Peter Jackson, ¡cuánto daño has hecho!

-¿Por qué no quieres que me tatúe nada? -interrumpió X mis disquisiciones.

-Lo que yo quiera o deje de querer no tiene nada que ver. Es tu cuerpo y puedes hacer lo que quieras. Pero creo que es un error y, sobre todo, si lo haces por snobismo, como todos esos alternativos tan auténticos, que ahora es una letra china, mañana un verso en élfico y pasado quizá una svástica, porque seguirán sin entender nada.

-Eres un viejo

-Prefiero que me llames antiguo.

-Desde luego. Si sigues así, cuando te pongas enfermo, en lugar del médico, vendrá a atenderte un arqueólogo. Pero el sábado vendrás, ¿verdad?

-Si no hay más remedio.

-No. No lo hay. Porque si no vienes me tatuaré tu nombre en élfico y en chino. Y en árabe.

-Vale. ya lo he entendido. ¿Les llevo vino rosado?

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Anno primo regnante Obama

Y yo ya estoy hasta más arriba de… las narices. El nivel de papanatismo de la prensa española ha alcanzado cotas difícilmente superables, y eso que el listón andaba alto tras la boda del duque de Girona (y príncipe de Asturias y de Viana). Cuando ayer empecé a zappear en busca de algo que no fuera Obama y me encontré de frente a Gabilondo desentrañando el menú del almuerzo de coronación (ragú de marisco, pato, tarta de mananzas), la mandíbula se me desencajó y pensé que estamos en el fin de los tiempos. Y ya cuando me comentaron, todos y cada uno de los medios de comunicación vistos, precio, peso y blindaje del coche oficial pensé que era una broma de El Intermedio.

De hecho, me ha extrañado hoy que los diarios hayan salido fechados según el obsoleto método ab Incarnatione Christi y no en función del  nuevo Mesías.

como se fechaba en los condados catalanes en función de los años de reinado del correspondiente rey de Francia, hasta la prohibición que hizo el arzobispo Berenguer en el sínodo de Tarragona (1180). O quizá todavía no han decidio si elegirán como día de la Circuncisión -primero de enero-el 2 de noviembre -día de la victoria-o el 20 de enero -día de la entrada en Washington, a lomos de un cadillac en lugar de una burra, pero entre cánticos de Obama, Hosanna (y tal vez algún Osama, ¿quién sabe?-. Tal vez, el Consejo Universal de Papanatas esté reunido todavía debatiendo si habría que usar un cómputo al mos florentinus, de modo que hoy es día uno del año 1, o si bien redundaría en mayor alabanza del Señor el mos pisanus, y estamos a día 1 del año 2, porque el año 1 concluyó ayer. Probablemente, está aguardándose para tomar una decisión a los dictámentes del celtíbero Consejo de Estado paralelo (o para lelos), elaborado a partir de las ponencias de las distintas mesas, expertas en esa y todas las materias: Rahola y Cuní desde Els matins, Ana Rosa, Belén Esteban, el conde Lequio, Jordi González y Violeta Santander desde T5, Cantizano y Mariñas desde A3, un especial de Mira quién baila desde la 1.

Analistas de todo tipo desmenuzaron el discurso y. como con los oráculos de la pitonisa de Delfos, cada cual oyó en las palabras del Dios lo que quería escuchar. Menos la COPE, claro, que ya lo habían hecho pariente de Bin Laden y adorador del Bafomet hace meses y ahora no iban a desdecirse. El resto, le reza cada cual para que le haga su milagro personal: que pare el cambio climático, que resuelva la economía, que intervenga sin intevernir, pero interviniedo -«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura», Quijote I, cap 1-, que salga de Irak, que resuelva la situación de Irak y de Afganistán… y desde Gustavo de Arístegui hasta Saramago están encantados, así que me pregunto si ninguno de ellos escuchó el discurso, o si Obama pronunció diecisiete distintos o si, simplemente, yo soy tonto. Porque no oí nada que me confirmase nada. Porque sólo vi la ilusión de contemplar con ilusión como Bush se largaba, pero sin evaluar las consecuencias a largo plazo de su política, que quizá paguemos todavía dentro de 30 años como ahora pagamos las desrregularizaciones de Reagan y Thatcher en los ochenta.

Porque sólo vi la ilusión de contemplar con ilusión como Bush se largaba, pero sin evaluar las consecuencias a largo plazo de su política, que quizá paguemos todavía dentro de 30 años como ahora pagamos las desrregularizaciones de Reagan y Thatcher en los ochenta. Porque ya sabemos que sólo que Bush se vaya ya es una buena noticia, y que un facóquero será mejor presidente que él. Pero tenemos excesivas esperanzas puestas.

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Imagen de Wikipedia

Porque el miedo a ser acusado de ‘socialista’ le impedirá llamar ‘nacionalización’ a esas ‘ayudas públicas a la banca, el sector del automóvil…’, ni siquiera creará una banca pública que haga el trabajo que no hace la banca privada. Ni tampoco un sistema universal de salud, ni es previsible que luche activamente contra el cambio climático si eso supone cierta presión sobre la industria americana. Ni tampoco dejará de mirar a otro lado en Palestina. Porque, al fin y al cabo, es un nuevo jugador que se sienta cuando las cartas ya están repartidas.

Pero todavía estamos en el primer año del reinado de Obama. Ante diem XI kalendas Februariis, anno primo regante Obama rege. Hablamos el anno II regnante Obama.

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