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Archive for Abril de 2009

Cosas de dragones

Hace más de ocho años que mi hermana, Luthien, va dando tumbos por el mundo, usando Edimburgo como piso franco al que volver. El último lugar, una zona minera boliviana cuyas óptimas condiciones de seguridad, higiene y confort se pueden apreciar en la foto que ella me envió.

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Más de ocho años en Edimburgo y mis dragones no la habían ido a ver jamás hasta el 2007, cuando casi les obligó comprándoles el billete. Y es que Ancalagón era más que reacio, pues vocinglero y echado p’alante como es él, se siente cohibido en un lugar donde no puede ejercer su facundia por desconocer el idioma ni es el rey del mambo.

-Si me pierdo, que me busquen en Biluba.

Finalmente, ¡qué remedio!, fueron a Escocia y se debieron hallar a gusto, pues desde entonces viajan a Hibernia dos o tres veces al año, para desesperación de Luthien, que en mala hora les reprochara que toda la familia de Jacques, su novio, les había visitado, incluso un tío abuelo, y sus propios padres no. Tan asiduos se han vuelto que encontraron estrecho el piso de mi hermana: -Deberías buscarte una casa más grande, con una habitación más, por lo menos, para cuando vengamos a visitarte.

Me tranquiliza saber que mi piso no es el único que no cumple con sus requisitos de establecimiento, y que Smaug en Edimburgo hace lo mismo que en Vetera, convertirse en API aficionada y escudriñar todos los alquileres en busca del piso adecuado. Porque la única palabra que conoce en inglés es rent.

Ancalagón, en cambio, es un comprador compulsivo, pero el perímetro de su cintura le obliga en España a quedarse con lo que hay, no con lo que quiere, pues sigue empeñado en no precisar los servicios de tiendas de tallas especiales. La primera vez que entró en una tienda escocesa y vio que su talla estaba en stock, incluso mayores las había, se le iluminó la cara como a un Gusiluz; además, todo rebajado… Sólo dos son los motivos por los que se le ilumna la cara: cuando se le ocurre un disparate y cuando encuentra ropa de marca rebajada. Casi hubo que llamar a los Scots Grey para sacarlo de allí y contratar porteadores para acarrear todas sus bolsas. Desde ese aciago día, las dos o tres veces al año que van a Edimburgo ya no se molesta en hacer maleta alguna, pues lo comprará todo al llegar:

-Yo voy a Escocia a comprar ropa- afirma a mis tíos, y mi hermana yo sospechamos que en el chiste la parte de broma es muy pequeña.

Si Smaug se ha aprendido el mercado inmobiliario escocés mejor que un analista, Ancalagón, superadas las primeras suspicacias de creer que, por no entenderles, todos hablaban de él, puede trazar una ruta de pubs digna del Lonely Planet, y ya pide su cerveza –a black pint, please-, de un tirón y sin ruborizarse. Eso y thanks es todo el inglés que ha aprendido, pues después de varios viajes todavía sigue preguntándose como Heinrich Böll, Diario irlandés, por quién ese señor Iamsorry del que todos hablan. Lo que no acaba de llevar bien es no poder acompañar su pinta con la tagarnina maloliente que queremos declarar Luthien y yo ‘arma de destrucción masiva’.

-Estos ingleses no tienen ni idea. ¿Cómo no se va a poder fumar en un pub?

-No puedes fumar en ningún lugar público -explica por enésima vez mi hermana-. Ni siquiera en la señal de la parada de un bus. Y no les llames ingleses, que son escoces.

-¡Si no me entienden!

Según Luthien, este diálogo es el Día de la Marmota de todas las visitas, excepto la alegre despreocupación de las capacidades lingüísticas del prójimo, pues dos cosas ha aprendido de estos viajes: que hay más españoles fuera que dentro y que conviene algo de de prudencia, ponerle sordina a su verborrea.

El lunes, mis dragones volvieron a Escocia, ocho días de visita de primavera. Antes, pasaron por mi casa, no porque tuvieran ganas de verme, sino para que les vigile al nieto, el malcriado yorkshire; a la vuelta del trabajo, me encontré a Kuragin enseñoreado de la cama del perro y al nieto, escondido bajo la cama.

No son ni Kuragin ni el nieto, pero la proporción se parece. Tres veces al día me llaman, no porque quieran hablar conmigo, que a duras penas tenemos novedades para cubrir dos llamadas semanales, sino por saber cómo anda su nieto, si come bien o si los echa en falta.

Ayer me explicaban que han coincidido con los padres y un hermano de Jacques en el apartamento nuevo -Luthien, insensata, no atendió mis consejos de hermano mayor, acabó cediendo y buscó un piso mayor para acomodar okupas-, y que eso parece un campamento gitano, cosa de la que no me cabe ninguna duda conociendo el caos en el que mi hermana y Jacques vivaquean.

-Muy majos, los padres de Jacques. Muy simpáticos y muy divertidos -me contaba Smaug, y yo pensando en la ardua labor de intérprete de Lúthien y su novio, pues de los cinco idiomas que entre las dos parejas de consuegors manejan no hay ninguno en común-. De hecho, hemos quedado para ir este verano nosotros a Francia y que después vengan ellos a Biluba.

-Smaug, este verano Luthien y Jacques van a Bolivia…

-Ya lo sé. Pero no los necesitamos para nada.

-Pero, ¿cómo diablos os vais a entender?

-Yo aún me acuerdo del francés del colegio y puedo hablarlo un poco.

-Smaug, cuando tú lo estudiaste, aún se llamaba ‘galo’. Y te aseguro que hablar conviertiendo en agudas todas las palabras no es ‘hablar francés’.

-Me pregunto a quién has salido tú, tan poco aventurero. A tu padre no, desde luego, y a mi familia tampoco. Si por ti fuera, aún viviríamos en cuevas.

 

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PANDEMIAS

Ni calentamiento global, ni la madre de todas las crisis ni una invasión alienígena: nada como una alarma sanitaria para acojonar al personal. Las hay locales, normalmente bianuales, relacionadas con productos alimenticios: vacas locas, ovejas aftosas, aceite adulterado…  Otras, en cambio, como un lúgubre Guadiana, reaparece la palabra pandemia en nuestras vidas, un memento mori cíclico relacionado últimamente con alguna extraña afección originada en un lugar remoto. No es un político quien da la alarma, sino la voz en off de unas telenoticias con que se comenta el ajetreo de unos tipos en bata blanca y mascarilla que dicen ser de la OMS, y antes de que nos demos cuenta, desde el tertuliano de sobremesa hasta la vecina del quinto ya lo están comparando con el célebre virus H1N1 de la ‘gripe española’, que diezmó la población mundial entre 1918 y 1919.

Archivo:Spanish flu death chart.png

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OVNIS

Mi abuela murió convencida de que todos sus nietos éramos profundamente imbéciles, pues cuatro cursos durante la República le enseñaron a leer y escribir en castellano perfectamente, escribir el catalán con bastante corrección, rudimentos de francés, Matemáticas, Geografía e Historia, y no necesitó más para, años más tarde, montar un hotel y gestionarlo hasta pocos antes de morir. En cambio, nosotros, sus nietos, llevábamos toda la vida estudiando -yo tenía 23 cuando ella murió- y ni habíamos acabado nada aún ni tenía ella muchas esperanzas de que llegáramos a nada al acabar. A nada práctico, se entiende. Porque siendo mi abuela una de las mujeres más inteligentes que he conocido, el pragmatismo era el único fin de su talento. Nunca supe si era inclinación personal como la mía es todo lo contrario, o si su género ya condicionaba esa trayectoria genéticamente o si fue una decisión consciente fruto del entorno y las circunstancias o si todo ello juntamente, que quizá es lo que deba creerse; pero era una mujer sabia, aunque no docta, y maldita la falta que le hacía saber latines para echar a una camarera que le sisara o reírse en sus hocicos de un comercial que viéndola mujer y anciana la tomara por tonta, y hacerlo con tanta gracia que el comercial se sabía zaherido pero no podía menos que devolver las pullas con una sonrisa para salir corriendo cuanto antes.

Era yo muy niño -creo que Tejero no había asomado su mostacho chusquero por el Congreso- cuando Biluba vivía su efervescencia OVNI; en toda conversación salía el tema, hubiera niños o no, de los marcianos, -pues este gentilicio designó a todo extraterrestre hasta que  Spielberg estrenara ET poco después, en 1982-

(Cartel del 20 aniversario, imagen tomada de http://www.cartelia.net/e/et.htm)

para desconcierto e indiganción de mi abuela, que la recuerdo echando pestes y preguntando si los marcianos le pagarían la factura. Mi abuelo, que había montado con uno de los curas y otros aborígenes un grupo ufológico para escudriñar por turnos los cielos, no volvió a mencionar el tema en su presencia desde que mi abuela le espetara:

-Que haya marcianos me parece posible. Que se pongan en contacto con vosotros, me lo parece menos, pues si se les supone inteligentes, ¿para qué demonios querrían tener tratos con los bestias de este mundo?

Pero su pragmantismo era quijotesco, enfrentándose a una efervescencia que hay quien dice que era secuela de Encuentros en la Tercera Fase (1977), pues incluso en Biluba llegaron noticias de una película que había que ir a Barcelona a ver, y que se comentaba de boca en boca, pero yo creo que más bien era la película de Spielberg la que respondía a una moda bastante extendida que lo contrario, tan extendida que incluso la ancestral Biluba cambió las brujas por los OVNIS en todo suceso inexplicable. Y mi abuela, presidiendo inmensa la larga mesa familiar en las celebraciones, sentenciaba, para escándalo de creyentes católicos y ufológicos que:

-Vuestros marcianos son como la Virgen; nunca se aparecen a un médico o a unl notario, sino a un pastor o al tonto del pueblo. Pero bueno, supongo que creer en ovnis es menos estúpido que seguir siendo franquista a estas alturas -y mi abuelo, camisa vieja, intentaba desaparecer entre la guarnición del filete.

Recuerdo sobre todo la pasión con que se vivía, las conversaciones sotovoce, las anécdotas atropellándose unas a otras, que si luces por el Corronco o focos insólitos en la solitaria carretara a Castelldeferro. Ahora, tras varias temporadas de Iker Jímenez y sus secuaces e imitadores y otras bestias de mal vivir, no puedo sino esbozar una sonrisa de conmiserativa suficiencia al recordarlo, pero entonces era algo distinto.

Hay quien dice que en los noventa hubo un repunte del fenómeno, cuando Expediente X pretendía pasar por serie de culto, pero creo que es justamente lo contrario. En aquella niñez que ahora recuerdo (y por eso quizá tergiverse) se rodaron ciertas películas porque había un ambiente propicio a recibirlas, una especie de necesidad colectiva de creer en ello, muy ingenua, sin duda, pero espontánea.

Al final, el pragmatismo de mi abuela, su visión inquebrantablemente racional del mundo y los hombres es lo que ha prevalecido, gracias a menudo a muchos sinvergüezas que pretendieron aprovecharse de la ingeunidad. Escépticos, desengañados la hemos perdido irremediablemente; ahora estamos de vuelta de todo, nos hemos vuelto postmodernos. Las tardes no se habla de brujas ni ni duendes ni fantasmas ni hombrecitos verdes. Tampoco “de un libro de Neruda, o de lo que pasa en Jordania”, sino de Ronaldo o Kaká o Messi, o la Esteban o Paquirrín, o la crisis o la peste porcina. Hemos matado al barón de Münchhausen. Pero quizá con su muerte hemos perdido algo importante de nosostros mismos.

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Anuncios de coches

No sé yo si la publicidad es una forma de arte, como pretendía convencerme cierto conocido, emocionadísimo de haber llegado a esa conclusión él solito. Pero sí creo que la publicidad usa a menudo uno de los lenguajes artísticos más refinados de los que podemos disfrutar, joven, vital, fresco y arriesgado, nada que ver con el cenagal de los ‘neos’, ‘post’ y ‘tardos’ en que chapotean otras disciplinas, empantanadas en el bizantinismo y la pose.

Hay edificios que, al margen de si nos gustan o no, de si los entendemos o no, son Arquitectura, así, con mayúsculas, mientras que otros no pasan de ser construcción. Y la construcción es algo que se le da por supuesto a la arquitectura, como el sonido se le da por supuesto a la música, sabiendo que no todo sonido es música. Algo así ocurre con la publicidad audiovisual: hay obras de arte y cosas para salir del paso, como la última campaña de promoción de Canal Satélite Digital, que mal tienen que andar las cosas en PRISA para haber llegado a esto

Entre mis favoritos, están los de coches. Hay que tener en cuenta que una persona de treinta y tantos, sin carnet de conducir ni ganas, ni coche tampoco no los ve igual que un motorizado. Aclaro lo de ‘sin coche’ porque, aunque hace unos meses me habría resultado evidente, ahora me lo parece menos, cuando uno de la obra me preguntaba si no habría trabajo para su hijo de 17 años este verano,

-Es que tiene las letras del coche nuevo, ¿sabe? A ver si saca unas pelillas para ir pagando.

-¿Letras del coche? Pero… ¿no me había dicho que tiene 17 años?

-Sí, en enero cumple los 18. Asín, cuando los cumpla, ya tendrá su coche pa celebrarlo.

-¿Y el carnet?

-¡Eso se lo saca con la minga! ¡Si lleva conduciendo desde los doce años! El carné en realidad no sirve pa’ná, es sólo un sacacuartos más de este gobierno.

Parafraseando a Oteiza, sólo que me cabe apostillar: “Este tipo está suelto. ¡Y tiene hijos! Pobre país.”

A lo que íbamos, que me disperso más que una dilución homeopática. La industria automovilística tiene suficiente peso y mueve suficiente dinero como para que cada compañía plantee sus campañas con más cuidado que el desembarco en Omaha Beach y mayor rigor y precisión que una operación de neurocirugía. Su mensaje va dirigido a un sector concreto de la población, bien los potenciales usuarios de la marca en general o de un modelo en particular. Así, yo distingo tres tipos de anuncios:

1. Berlinas de gama alta. El lema de BMW “¿Te gusta conducir?” resume la filosofía de sus campaña y es perfectamente exportable a Mercedes, Volvo, Audi… Anuncios sofisticados, con un guion en el que no es necesario mencionar ni siquiera la marca: no se vede un estilo de vida, sino un estilo de vivir la vida. La música, los paisajes, el entorno… pueden elegir como fondo de sus anuncios tanto los edificios más clásicos de una ciudad

Italdesign Nasca bmw C2 (1991) 3/4 AvantCredito Foto Sébastien MORLIERE
 

como los entornos arquitectónicamente más modernos (El pabellón Mies de Barcelona, el Guggenheim de Bilbao, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia…)

y es que estas marcas necesitan disimular un poco su aspecto clásico y conservador, limar sus aristas de clase acomodada. Resulta significativo cómo las marcas que pretenden dar el salto a la berlina de gama alta se presentan como alemanas, Citroën ahora en su publicidad del C5 lo define como “carácter alemán, espíritu francés“. Nada nuevo, hace años Rover pretendió reconquistar ese mercado con “diseño alemán, acabado inglés”.

2. Los 4x4s. Estos anuncios venden una actitud, quieren convencer a sus potenciales compradores de que, una vez dentro, el resto de conductores sabrá que la tienen más larga. Las nuevas tecnologías cinematográficas de efectos especiales han tenido un magnífico desarrollo aquí, coches que se transforman en serpientes, montañas que aparecen de la nada… Son máquinas cuyo entorno no puede ser otro que la naturaleza; pero no es un paisaje del que se disfruta porque “te gusta conducir”, escuchando Country Waltz, de Angelo Baladamenti

sino un su versión más agreste, potencialmente hostil: la música tiene que ser épica

y si pudiéramos meterle imágenes de Braveheart, pues mejor aún.

3. Los que saben que las dos anteriores no son su guerra, sino los precios. Así que mejor no perdamos el tiempo en filosofadas y vayamos a los importante, la ochenta y cuatro cuotas con que un joven mileurista puede comprarse un Toyota Lanos, el precio rebajado de un Chevrolet o las ofertas de Renault. Y si aún no llegas, pobre jovencito con sueldo de mierda del que queremos lo mitad, aún tenemos los Dacia, que valen mucho menos pero siguen siendo un coche. O al menos lo parecen.

Por supuesto, después están los que no saben lo que son o lo que quieren. SEAT, por ejemplo, que ahora ha decidido un aire casi nórdico, de colores tenues, la estética urbana, brumas invernales y unos versos de Kavafis para vender el primer modelo en años que no tiene el nombre de una ciudad española. De hecho, han suspendido la costumbre justo a tiempo de evitar que saliera un SEAT ‘Girona’ o un ‘Donosti’, y ahorrarse y ahorrarnos la controversia entre cerriles de ambos lados sobre si debiera llamarse ‘Girona’, ‘Gerona’ o ‘Gerunda’. Lo más triste de todo es que sea Kavafis el que acabe pagando nuestros platos rotos

La verdad, si he de viajar a Ítaca, prefiero que me conduzcan las notas de Serrat que confiar en un coche.

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Tangos inesperados

Con la sutil elegancia de la que sólo es capaz un hombre sabio, Ferran decidió el lunes hacer limonada cuando la vida da limones, y en lugar de lamentarse que el fin de semana hubiera acabado, prefirió empezarla con la belleza de un tango, Jeaulosy, de Jacob Gade.

Los puristas afirman que, pese a ser actualmente uno de los tangos más reconocidos del mundo, no se trata de un tango genuino, pues fue compuesto para la banda sonora de la película norteamericana D. Q, the son of the Zorro, (1925), protagonizada por Douglas Fairbanks. Y ese rigorismo late en todo el laaaaaaaargo artículo para la voz ‘Tango’ de Wikipedia, que empieza con un contundente:

El tango es un estilo musical y una danza rioplatense, característica de las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, [1] de naturaleza netamente urbana y renombre internacional. Musicalmente tiene forma binaria (tema y estribillo) y compás de cuatro cuartos (a pesar de que se le llama «el ritmo del dos por cuatro»). Clásicamente se interpreta mediante orquesta típica o sexteto y reconoce el bandoneón como su instrumento esencial.

para desarrollarlo ignorando por completo cualquier aportación no rioplatense a este complejo mundo musical. Aunque el autor de Jealousy sea un danés que no consta que pisara Buenos Aires o Montevideo jamás.

Antes de 1900, el tango ya se escuchaba y se bailaba en Europa, para escándalo de gentes como el kaiser Guillermo II, que prohibió a sus oficiales que lo bailaran de uniforme. Pero era ponerle puertas al campo, pues en el Viejo Continente si alguna vez tuvo el tango carácter arrabalero, lo perdió rápidamente, y casi de inmediato entró en lujosas salas de concierto y fue objeto de atención de los compositores considerados grandes. Así, el segundo movimiento de la composición para piano España, op. 165, del catalán Albéniz, lleva por título ‘Tango’, y fue compuesta hacia 1890. También en Francia (pues Albéniz allí residía) compuso Erik Satie en 1914 su Perpetual tango.

Pero si el algún lugar vivió el tango una verdadera Edad de Oro, veinte años antes que en Argentina, fue en Alemania y Rusia. Apasionó a compositores que podrían considerarse ‘clásicos’ o ‘consagrados’, que apasionados se adentraros en sus fascinantes posibilidades musicales, como el violinista Fritz Kreisler, o Kurt Weil con su Tango Ballade para Dreigroschenoper (libretode Berthold Brecht)

O rusos, como Stravinsky y su ballet Histoire du Soldat (1918)

Compositores clásicos, cantantes célebres, los mejores salones de ambos países disfrutaron durante los años 20 y 30 adentrándose, experimentando con el tango. Cambiar el bandoneón por el violín (como el tango de Jacob Gade), sustituir el lunfardo por alemán o ruso de baja estofa, o incluso, en una vuelta de tuerca insólita, convertirle en vehículo de sátira política o social, como los tangos cabareteros de Georg Kreisler, como su Ein ohnmächtiger Tango.

Las películas soviéticas o las que la UFA producía en Alemania introducían a menudo tangos en sus bandas sonoras, como Warum, en Der Student von Prag (1926) o el tango Sierce (Corazón) para Los felices compañeros (1934), pero ya no sería lo mismo, pues el carácter desenfadado, mordaz y transgresor con que se bailaba y escuchaba en los cabarets de los años 20 fue cuidadosamente encorsetado por ambos totalitarismos, y su ritmo original 2×4, que en Argentina estaba evolucionando hacia el actual 4×4, se asimilaba en ambos regímenes con sus marchas militares.

Pero si hay un país inesperado para escuchar tangos, ese es sin duda Finlandia, que los ha incorporado plenamente a su cultura musical, incluso a su folklore, con instrumentos, temas y metáforas muy propios, como este de Georg Malmstten, de 1938

De hecho, la ciudad finesa de Sinäjoki se proclama Segunda ciudad del tango.

Pero no quería despedirme sin uno de mis preferidos Tangos inesperados, Magnolia, compuesto en París en 1929 por el exiliado ruso Alexander Vertinsky, y cuya letra, traducida del ruso por el profesor de Física de la Universidad de Karlsruhe Igor Gornyi, es un excelente ejemplo del desenfado, el exotismo con que Europa visitió este ritmo que aún le fascina.

Banana-lemon Singapore is purely spurious:
the ocean cries and sings without words,
in dazzling azure skies the storm is furious,
pursuing strings of birds.

Banana-lemon Singapore is purely spurious,
the silence on your heart is like a stone,
the frowning of your eyebrows is injurious,
you’re always sad, alone.

And tenderly reviving
another May empyrean,
my caresses, my words, my eyes and mouth,
Yvetta, you are crying,
for our song is dying,
your heart’s no longer flying
with no flame of love.

A parrot shouts, frightening,
you’re standing still and sighing –
a lonely wild magnolia in bloom –
Yvetta, you are crying,
for our song is dying,
for somewhere summer’s soughing,
gone with dreams of doom.

Your opal-moonlight Singapore is purely spurious,
when storms tear off bananas in your dreams.
The tiger skin you sleep on is luxurious
amid the monkeys’ screams.

Banana-lemon Singapore is purely spurious.
A tropical magnolia in bloom,
you jingle with your rings and try to cure us,
you love me still, in gloom.

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En 1996, la UNESCO declaró el 23 de abril como Día Internacional del Libro, idea que había nacido en Barcelona a principios del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel Andrés propuso en la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, de la que era miembro, crear un “Día del Libro Español”. La iniciativa fue sancionada por Alfonso XIII en 1926, primero para celebrarla el 7 de octubre, fecha en que se suponía nació Cervantes, y en 1930 se trasladó al 23 de abril para pero toda España, pero sólo en Cataluña arraigó, por coincidir con la Diada de Sant Jordi. O quizá porque era surrealista celebrar una fiesta del libro en un país que en 1910 tenía una tasa de analfabetismo del 59,35% (LUZURIAGA, El analfabetismo en España, Madrid, 1919).

La fecha se escogió por se una efeméride literaria recurrente, pues en ella encajan o se hacen encajar muertes y nacimientos de escritores, pues Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso murieron el 23 de abril de 1616. Bueno, más o menos, que Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, y el de Stradford murió el 23 de abril según calendario juliano, que correponde al 3 de mayo del gregoriano, vigente ya en la España que enterró a Cervantes y se olvidó de él. William Wordsworth (1850), Alejo Carpentier (1980) y Josep Pla (1981) también creyeron que era una buena fecha para que el carpintero les hiciera de sastre. Es más, viendo la nómina de poetas, dramaturgos, novelistas y demás que murieron un 23 de abril, creo que si me dedicara a las letras en lugar de andar de fiesta hoy estaría en casa escondido arreglando mis asuntos por si la Parca decidiera venir de visita.

España es un país peculiar, no me cansaré de decirlo, y nuestra prensa es espejo de lo que somos -y Espe jode lo que somos, pero eso es otra historia-, un país de esquizofrénicos, pues sólo nosotros seríamos capaces de convertir la Fiesta de las Letras en un Baile de Cifras. Así, ni siquiera en el único día de entre 365 que está dedicado a la literatura se hablará de literatura, sino de libros vendidos, del libro más vendido, del menos vendido, quién tenía la cola más larga esperando para que le firmaran el libro… Estadísiticas, cuadros, gráficos. Cifras, cifras y cifras para el eterno debate ibérico de quién la tiene más larga, quién mea más lejos. Dos minutos para ventilar el premio Cervantes que, como de costumbre, recaerá en un autor de cuya imprescindible obra el periodista que lo reseña no podría citar un solo título sin ayuda -haberla leído ya sería para dedicarle una calle al milagro-, dubitativo incluso en la ortografía de su apellido.

 Todo esta catarata de números, de comparativas, de diagramas… este minucioso recolectar todas las anécdotas posibles, mejor cuanto más absurda sea por lo alejada de la cuestión literaria, no son sino fuegos de artificio con que enmascarar la triste realidad: que seguimos siendo una panda de analfabetos funcionales. Pero, como Fray Gerundio de Campazas, alias ‘Zotes’, “que no sabía leer y ya sabía predicar”, no haber leído nada no nos impide ponernos a escribir. Pues como me advertía hace unos años una amiga, asistente de dirección en una editorial no del todo desconocida, “si todo el que escribe un libro en España, leyera un libro, la industria editorial sería más rentable que el tráfico de armas”.

Convocado un Sandedrín de futurólogos -conociendo los criterios con que se mueven nuestras televisiones, lo supongo antes formado por Aramis Fuster, Paco Porras y Rappel que por críticos y agentes literarios-, parece que el augurio para la soleada, al menos en Vetera, jornada literaria es que el segundo volumen de la trilogía “Millenium”, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, del sueco Stieg Larsson, se alce con la mediática cabecera de la lista de ventas. No puede decirnos nada ni de este libro de ni su predecesor, Los hombres que no amaban a las mujeres, pues me he impuesto no leer ninguna trilogía más mientras no estén los tres volúmenes publicados.

Aunque todos los días son para mí el Día del Libro, como para los enamorados siempre es su día, no estará de más que dejé de lado mi snobismo para mencionar el último libro que he leído. ¡No huyáis todavía, por favor, que no tiene nada que ver con los sistemas de filiación protogermánicos en la antroponimia altomedieval!

El libro es la novela La carretera, de Cormac McCarthy, libro que me aconsejaron desde el blog Aterrizaje-forzoso.blogspot.com, y que podéis encontrar analizado allí y reseñado aquí, de donde saco la imagen de la portada, que es por cierto también la de mi edición.

El autor ha tallado con frases breves un desolador camino hacia un sur que a veces parece inexistente. Cada palabra es un golpe de cincel para una obra tan sólida que pesa como una losa al acabarla, incluso pese a un final que podría ser cuestionable.

Pero no añadiré más, pues la novela merece que se hable de ella en un post específico, y no para rellenar otro o como concesión a una fecha. Como despedida, hoy no podía menos que hacerlo con un fragmento del Llibre Vermell de Montserrat, en su interpretación por Jordi Savall.

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Redes sociales

Sin haber llegado aún a los 35, a menudo me siento un Neanderthal, con una excelente capacidad craneal pero una nula adaptación al medio y, por tanto, próximo a la extinción. Llevo meses oyendo la monserga de las redes sociales sin saber a qué demonios se refieren, bien los contertulios de Punset cuando, académicamente mal vestidos, las relacionan con el comportamiento de no sé qué hormigas, bien una panda de nerds gafapasta y tardoadolescentes empeñados en parecer mayores y resultar ininteligibles. La verdad, no sé cuál  me da más grima. Así que me disculparéis si no me empantano yo en disgresiones sobre si este divertimento es símbolo de una sociedad cada vez más autista, o si indica que la gente es cada vez más social, o si somos todos una panda de cotillas cortando trajes en la plaza del pueblo.

Cansado de verme obligado a usar de vez en cuando un sintagma cuyo significado sólo intuía, decidí finalmente coger el toro por los cuernos e informarme. En mala hora fue, pues ya advertía Lovecraft que de algunas cosas es mejor no saber nada que saber un poco. Hombre de letras, fui en primer lugar a san Wikipedia a ver qué demonios era la cuestión que tan sesudos debates devanaba, y tras leer cuidadosamente la entrada que he enlazado al principio, acudí a un amigo para que me la decodificara, que la liturgia pascual en eslavón me es más accesible. Este amigo, Ferran, diskjockey de fin de semana en el Vinyes Velles, en una rápida respuesta a lo Jordi Sevilla, me dijo que para lo que yo necesitaba la definición, que me bastaba saber que eran sitios como facebook o myspace.

-Así que formo parte de una red social y no lo sabía. Esto de ser un hombre de las glaciaciones en la era digital me está desconcertando cada vez más.

-¿Tienes perfil en facebook?

-Si eso quiere decir que si me uní a eso, sí.

-Ah, pues ya te buscaré y te agrego.

-No, no me busques, que no me encontrarás, ya te buscaré yo.

En verano, unos amigos me invitaron a unirme a eso del facebook, martigala de la que no había oído hablar nunca o que sin duda había confundido con los e-books.

-¿Y esto qué demonios es? -pregunté con cierta prevención.

-Es una cosa nueva -mis amigos tampoco son Bill Gates, en general, ni académicos de la lengua-, que sirve para conectarte con los amigos.

-Para eso ya está el teléfono o el mail, ¿no?

-Sí, pero aquí también puedes colgar fotos.

-No me gustan las fotos.

-No sólo fotos, también vídeos, o buscar gente con aficiones parecidas a las tuyas…

-No acabo de entender el fin de todo esto…

-Venga, no seas soso, que es divertido.

Como he sido y soy miembro de algunos foros y grupos de internet, pensé que sería algo parecido, restringido, y me di de alta alegremente. Pero, como es habitual en mí, me guardé mucho de poner en mi perfil foto ninguna que pudiera reconocerme, que no quiero mi careto navegando libremente por la red.

A los dos días, estaba mi casilla de correo llena de solicitudes de amistad de amigos, parientes, conocidos, saludados, un tipo que se llama Bernard y pasaba por allí, gente de la que hacía veinte años que no sabía nada y maldita la necesidad que tenía de cambiar de situación, conocidos de saludados, gentecilla y cagamandurrias. Todas las luces de alarma se me encendieron cuando pretendió incluirme entre sus amigos Físico o Químico, personaje pintoresco de Biluba, neng de veintitantos sin oficio ni beneficio conocidos, conductor de un espectacular coche cuya financiación es aún motivo de controversia en la montaña, pues, como advirtió un amigo, y de ahí viene su mote, “Ya me contaréis cómo lo ha pagado, porque físico no es. Ni químico”.

Gente de todo tipo de repente me encontraba, o leía quién me escribía o qué hacía o qué sé yo, sin posibilidad alguna de controlar ni de discriminar, así que me puse como loco a revolver los entresijos del sintagma hasta localizar el absoluto anonimato, que sólo pueda verme quien ya me ve o a quien yo busque, y aún así he de padecer que alguien etiquete mi nombre en lo que le parezca mejor sin preguntarme opinión. Pero, al menos, la avalancha de solicitudes de “amigos” se ha detenido en seco, y ya es bastante.

Allí estoy, con mis cuarenta y tantos amigos, lista que aún he de expurgar de alguno que se coló y toleré por caridad pero que ya no pinta nada. Supongo que muchos usuarios de ese inmenso patio de vecinos virtual pensarán que soy un antisocial o algo así, sobre todo aquellos que parece que compiten a ver quién acumula más amigos, aunque para ello tengan que forzar el sentido de la palabra en castellano hasta poder hacer encajar en ella a auténticos desconocidos u hostiles conocidos. Como el jocoso pulso que en el programa de Buenafuente libraron Leopoldo Abadía y Eduardo Punset, que ganó de goleada el valenciano, 20.000 contra 5000 amigos. Así, Marta, la amiga que cuida de Kuragin cuando estoy fuera y que trabaja de camarera en Vinyes Velles, tiene un nómina más larga que la hoja policial de Julián Muñoz, y no todos, según ella misma reconoce entre risas, del todo recomendables, sino más bien lo contrario a veces. De hecho, Ferran, Xavi -otro amigo, con el que desfilamos por Carnestolendas en uniforme de la Wehrmacht, para escándalo de más de un veterense y de varios veteristas- y yo estamos planeando crear un grupo de Facebook, “Amigos no chungos de Marta”, grupo que será ciertamente selecto y poco numeroso. Que puede que de nuevas tecnologías esté más verde que un calabacín, pero si puedo valerme de ellas para una buena broma, soy capaz incluso de abrirme un fotolog. Bueno, tanto no, pero ya me entendéis. Son brillantes ocurrencias entre copas y habanos contra las que Marta -quien, con una discreción digna de encomio, no me ha etiquetado en ninguna de las fotos mías que ha colgado- no tiene más defensa que planear a qué torturas nos sometería las mañanas de resaca.

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