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Archive for Mai de 2009

Modas veraniegas

Esto del cambio climático se está traduciendo en una desaparición del entretiempo: pasamos del invierno al verano o viceversa sin primaveras ni otoños… así que lo de los 3/4 de manga de las abuelas es ya materia para paleoantropólogos. Cierto es que yo estoy esperando que la temperatura baje diez grados para calarme el bowler o el homburg y cenirme el abrigo de cuero, pero los hay que aún no han acabado de dar las doce del equinoccio de primavera que ya van en bermudas, tirantes y chancletas. Y no se las sacan hasta el Pilar, como los que todavía hoy llevan la camiseta del Barça, que debe oler ya a establo de cabras o a zarigüeya muerta… la mitad de ellos parecían zombis, la fiesta les debe durar aún, y si se mantienen en pie será sólo porque la acartonada camiseta les hace de exoesqueleto.

No negaré que el verano tiene sus cosas interesantes, que ya resumiera Celaya, “Momentos felices”

Cuando salgo a la calle silbando alegremente,
el pitillo en los labios, el alma disponible,
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Eso está muy bien, en teoría, pero, como dice Homer Simpson, “en teoría, el comunismo funciona”, pues no todos los cuerpos son compatibles con todas las prendas, y del mismo modo que yo no soy compatible con una camiseta de licra (sí, lo sé, alguno de vosotros pagaría por verme con una), el top ombligo visto no es obligatorio en todo fondo de armario; es más, convendría someter a algún fondo de armario al mismo escrutinio que la biblioteca de don Quijote, por el bien de la Humanidad, pues no tenemos culpa de que no tengan espejo en sus casas o que sus amigos y parientes hagan apuestas a su costa, pues ya me diréis qué otra razón esconde enfundarse en una prenda notoriamente menor a la talla requerida sin otro fin -inevitable, aunque posiblemente no deseado- que parecer un chorizo mal atado…

Tengo un conocido, primo de un buen amigo mío, con una costumbre parecida. Orgulloso de su cuerpo y encantado en general de haberse conocido, dedicándose a sí mismo el pasodoble ‘Marcial, tú eres el más grande’, lleva machacándose en el gimnasio desde que tiene uso de razón; bueno, en realidad, desde mucho antes, pues la razón hace poco que la usa, que cuando se para a pensar todavía tiene que ponerse la ‘L’

Mis trajes son talla 58, algunos incluso 60, lo cual indica que no soy precisamente estrecho de hombros, pero es mi espalda raquítica al lado de la suya; es un tipo de debería tener su propia talla: S, M, L, XL, XXL y PA (Primo de Alejandro); a pesar de todo, en cuanto abril gira la esquina él ya está buscando camisas y camisetas talla M entre boutiques de lujo (porque él lo vale), supongo que con la intención de sacarle todo el partido posible -sexual, se entiende- a la musculatura y el bronceado UVA, aunque las lleva tan ceñidas que se le marcan hasta las venas; sin duda, no será tan antiestético como yo lo percibo cuando siempre cae alguna. Ytambién  alguno lo intenta, para jolgorio de los que estamos cerca y peligro del galán, pues tanta metrosexualidad, tantas horas de gimnasio, solarium y depilación son la engañosa targeta de presentación de una persona bastante conservadora en lo político y lo social, por no llamarle directamente ‘facha’, y cuando algún incauto se confunde suele resolverlo con una diplomática rinoplastia sin anestesia.

Bajtin y Mollet  llorarían emocionado al ver cómo sus teorías de la permeabilidad cultural en la Baja Edad Media son perfectamente aplicables en el siglo XXI, y como los individuos culturalmente más primarios se han empapado de unas modas y usos que no hace muchos años se les hubiese considerado antagónicos; evidentemente, y siempre siguiendo las pautas de Bajtin, adaptándolos. Porque el caso del primo de mi amigo no es en absoluto un caso excpecional, sino una categoría social nueva: el gárrulo metrosexual, bestia que ejerce especialmente en verano; camiseta de tirantes, bermudas y chancletas es su uniforme de campaña.

Asumo que mi traje Príncipe Eduardo de lino crudo, con un Montecristi tipo fedora -aunque, últimamante, con los mimbres con los que trato, estoy tentado a llevar un gambler o un colonial- no es un atuendo habitual, y que incluso puede resultar chocante en la patria adoptiva de la camisa de cuadros, pero, por pintoresco que pueda resultar, no es notoriamente inapropiado, como sí lo es ir en moto o de fiesta con chancletas. Quizá es que yo soy hipocondríaco, pero no logro minimizar el riesgo de dejarse media planta del pie en una o de contagiarse de cualquier cosa en otra -imaginaos lo higiénico de entrar al baño masculino de una discoteca con ese calzado; sólo de pensarlo se me está levantando el estómago-.

 La camiseta de tirantes; no entraré en evaluar cómo le queda a una chica, pero desde luego que en un chico es una infamia, y cuándo el gárrulo de turno decide usarla antes de acabar con el tratamiento depilatorio axilar es para pedir asilo estético entre islandeses, a los que no creo con mejor gusto, pero sí con el sentido común suficiente de no usar esa ropa en su clima. Y si cualquier camiseta de tirantes es lamentable, la antaño conocida como imperio

debería ser eximente en un juicio por asesinato:

-¿Tiene algo que alegar el acusado en su favor?

-Señoría, vino a cenar con camiseta imperio.

-No diga más. Causa sobreseída. Se condena a la familia de la víctima a pagarle la tintorería.

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Anoche, a eso de las diez y veinte, cuando la versión para bocina y cohete de un concierto de Schönberg en la calle de mi casa descartaba la posibilidad de dormir a una hora razonable, me hallé ante dos opciones. Una era agenciarme una MG08

Imagen de Wikipedia

 

con la que atrincherarme en el balcón como avanzadilla de un comando terrorista cultural, emulando a gran escala el ejemplo de Stewie Griffin

tras su apodíctica reflexión de que sobran estúpidos. La otra era infiltrarme en el jolgorio.

Por mucho que me tentara devolverles a la waffenrock y el pickelhaube de mi colección la dignidad del uso para el que fueron concebidos, al son de la cabalgata de las Walkirias

mucho me temo que no se acabaría de apreciar la belleza de mi performance encaramado en la barandilla, sable en mano, haciendo una versión para barítono dodecafónico del

HOJOTOHO! HOJOTOHO! HEIAHA! HEIAHA!

Helmwige! Hier! Hieher mit dem Ross!

HOJOTOHO! HOJOTOHO! HEIAHA! HEIAHA!

Ciertamente, habría quedado muy deslucido todo si el colofón a tan brillante escena en lugar de una heroica entrada en el Walhala rodeado de lánguidas Walkirias hubiera sido una patética salida escoltado por los horrendos chalecos reflectantes de la policía. Así pues, es a la Estética a quién debéis acusar de que el número de imbéciles siga siendo infinito.

Si no puedes con tu enemigo, únete a él, decidí. Como la octava de Mahler seguiría hoy donde la dejé, pertrechado de dos Salomón de Partagás, mi último descubrimiento en figurados, bajé los últimos diez minutos al Vinyes Velles, aun sabiendo el pub al borde del estallido eufórico. Podría explicar la ginkana que fue llegar con la pinta de guiness a la zona de fumadores, haciendo slalon entre abrazos y roncos intentos de marcarse un We are the champions, pero lo dejaré a vuestra imaginación; sólo decir que merecí anoche oro olímpico por llegar a mi rincón sin haber derramado una gota y quien conoce mi torpeza, dotado de muñones en lugar de manos y de dos pies izquierdos, podrá certificar el milagro. Que era una noche extraordinaria lo confirmé tan pronto como en lugar de con los gestos de desagrado habituales mi habano fue recibido con una ovación y una rubia que en otras ocasiones habría puesto dos taburetes de por medio me ofreció fuego. Yo no sé cuántas equipaciones ha tenido el Barça a lo largo de la historia, pero la sala de fumadores parecía un museo: azulgranas partidas, azulgranas a barras, azules, amarillas, doradas, naranjas, rosadas… de no ser por el escudo, habría creído estar en un anuncio de Bennetton.

Mientras los eufóricos iban marcándase entre lingotazos los próximos objetivos, “¡A por el pichichi!”, “¡La intercontinental!”, “¡El año que viene la cuarta!”, “¡A Canaletes!” y un largo etcétera que no logré descifrar, yo iba mirando la entrega de premios y asombrándome de lo aldeanos que somos en este maldito país… Si el Manchester vino arropado por el príncipe Guillermo, y ya está, en el sector barcelonista la recua de autoridades era más larga que la cola de parados rellenando la primitiva:  el Rey, el Presidente del Gobierno -sí, vale, de acuerdo, es barcelonista, aceptemos pulpo como animal de compañía-, el presidente de la Federación Española de Fútbol, que ya me diréis que carajo pintaba allí, Laporta, Montilla, Hereu -el alcalde de Barcelona- y un larguísimo etcétera, consellers, regidors, presidentes de Consells Comarcals, diputados provinciales, uno del INCAVI, dos del Institut Cartogràfic… De hecho, me parece una crueldad que después de dos horas de partido pongan a riesgo de lesión por tendinitos a los jugadores forzados por cortesía a estrechar la mano a tanto millón de autoridad. Y no nos quedamos allí, que por enviar enviamos también al presidente del Parlament de Catalunya, al ministro de Trabajo, al Síndic de Greuges -el defensor del pueblo catalán-, varios diputados, TV3 en pleno… Creo que sólo faltaban la Escolania de Montserrat y els castellers de Vilafranca, que incluso la Asociación de Cazadores y Pescadores de Biluba mandó representantes, unos pintorescos aborígenes que no habiendo conseguido avión se plantaron en Roma en taxi. Con un par. Como salgan dos veces más por televisión a narrar su gesta -y su dispendio-, en Biluba les dedican una calle, que la última vez que el pueblo salió en las noticias fue cuando uno descuartizó a otra o cuando profanaron el cementerio. Con la de gente que había en Roma, me extraña que en Canaletes pudieran juntarse más de veinte… sólo espero que toda esa panda se pagasen de su bolsillo la humorada, que no cuela como gastos de representación hacer cola de autoridades para darle la mano a Cristiano Ronaldo. Lamentable y aldeano.

La gente iba comentándome como si la noticia me tuviera el más mínimo interés que Berlusconi se durmió… Seamos comprensivos,  que a pesar de liftings y tintes, el  hombre tiene ya una edad que no le permite repicar y andar en procesión, andar ligando con jovencitas y viendo fútbol… ¿Qué queréis que os diga? En su lugar, probablemente yo también habría preferido recuperar sueño durante el partido del siglo de este mes.

Etílicas confidencias que no desvelaré, amistades instantáneas… las cosas que suelen ocurrir en esta catarsis a la que asistí como observador sin acabar de entender demasiado, todo según lo previsto. Ya hacia el final,  irrumpió un tropel al grito de “Visca el Barça i visca Catalunya!”, coreado por el resto hasta quedar afónicos y yo decidí que era un buen momento para dar por finalizado mi experimento antropológico y así no retomar mi primera idea, la de la MG08 y la cabalgata de las Walkirias. Aún me estaba recuperando de la lamentable imagen del millón de autoridades cuando una tropilla de cabestros viene y me confirma que tenemos los políticos que nos merecemos… lástima que la puerta del Vinyes Velles sea temporizada, pues habría salido de allí dando un portazo, al más puro estilo Fernando Fernán Gómez,

“¡A la mierda!”

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La Ciudadela (III)

Creo que papá me ha ofrecido el puesto de pasante en su tribunal porque necesita chófer. Desde que tuvo ese estúpido accidente de caza con el doctor Aguirre (nuestro furtivo titular), dice que ha perdido visión en el ojo izquierdo y no quiere conducir. En realidad, es mamá quien no quiere, y por no discutir, papá asume como propia la decisión. Y aquí está, repantingado, boqueando el humo de esa apestosa tagarnina; cuando salga de aquí, del coche al autoclave.

-Yo no sé qué fuma-decía mi abuelo cuando era niña-, trapos manchados de gasoil o algo así…

Es cierto que no hay rendija por la que no penetre este acre olor; cuando volvía de pasar las vacaciones en casa, la ropa olía una semana a papá. Protesto, pero no me molesta; es el olor de los cuentos en sus rodillas, de leer libros juntos, de mirar sus grabados, el aroma de las noches largas y de las tostadas para desayunar en la cama los domingos de invierno. Supongo que huele a infancia feliz. ¡He extrañado tanto ese aroma estos meses!

-Papá, por favor, apaga eso, que me estoy mareando.

-No hace falta, ya hemos llegado.

-¿Por no apagar tu puro eres capaz de andar cien metros más? Si lo sé, te lo digo antes del cruce de Castelldeferro, que andar un poco no te vendría mal… ¿Cuánto hace que no te ves lo pies? ¿Recuerdas que tienes dedos como en las manos?

-Vete al cuerno. Ya tengo bastante con tu madre.

-Si le hicieses caso…

-Si le hiciese caso en esto, encontraría otra cosa que reprocharme; está en su naturaleza.

-A veces no sé cómo os pusisteis de acuerdo para hacerme.

-Piénsalo dos veces y entenderás porque eres hija única. Vamos a tomar un café, que hace un frío de mil demonios.

-Si te hubieses puesto el plumas -¡mierda! empiezo a hablar como mamá; de niña, el plumas  era lo que me ponía cuando ella tenía frío…

-Joder, Lotta, que con tu madre ya tengo bastante. Empiezo a sentir verdadera conmiseración por los polígamos. Si que trabajes conmigo significará tener un clon de tu madre en mi oficina, me voy a replantear nuestro acuerdo. ¡Y no quiero oír un ‘si hubieras…’ más! Al menos en lo que queda de mañana…

-¿No deberías decir a mamá que ya hemos llegado?

-Pon los ‘deberías…’ bajo el mismo interdicto que los ‘si hubieras…’

Un café en el Serrat. Es una tasca cutre, pero entrañable; tiene sin duda el mejor café del valle y un té excelente, pero sólo vengo con mis padres. El Serrat es el café de los padres, por eso tiene también la mejor colección de alcoholes. Cuando presenté a Owen a mis padres, comimos aquí y el buen escocés se quedó impresionado con la carta de whisky; creo que sólo con Owen he entrado en el Serrat sin papá o mamá. Éramos un desastre como pareja, sólo nos entendíamos bien entre copas o entre sábanas, pero ahora le extraño. Le extraño mucho.

Poco después de llegar nosotros, el Serrat se ha ido llenando de gente, de murmullos a media voz, risas bajo el bigote, comentarios de soslayo… Cuando suenan las campanadas de las doce, Alfonso, otro de los personajes de esta minúscula ciudad, mecánico de oficio y metomentodo de vocación, apura lo que sea que él llame ‘agüita’ y anuncia:

-Las puertas del Kremlin se han abierto. El camarada mariscal viene hacia aquí. ¡Que forme la guardia! -y otros siete impresentables como Alfonso, con la boca llena de risa, se cuadran en la terraza del Serrat, flanqueando la puerta del Banco de Comercio-. ¡Saluden al camarada mariscal! -brama desde dentro, cuando aparece doña Leonor de Merac, con su largo abrigo negro, su bastón y su rostro impasible.

-Cada lunes le hacen lo mismo a la pobre mujer, y cada vez se reúne más gente para verlo. Cualquier día de estos, declararán esta fantochada ‘fiesta de interés turísitico’ de la ciudad o algo parecido.

-Pero, ¿qué dice de esto la señora de Merac?

-¿Tú crees que a doña Leonor le importa un comino lo que pensemos el noventa por ciento de la Humanidad? Por muchas cambios de guardia que le organicen Alfonso y otros cien, ella hará siempre lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Nadie le ha torcido jamás su voluntad. Ni siquiera su difunto marido.

– Es cierto, mamá me dijo que Hermida murió en Navidades…

-El uno de enero. Una neumonía. Muy triste. Podía ser muchas cosas, el viejo Álvaro, pero siempre fue una buena persona.

-¿No había sido falangista?

-Ya te he dicho que podía ser muchas cosas. Al menos, él nunca lo negó; no como otros demócratas de toda la vida, que guardan con naftalina su camisa azul… por si acaso. Como Cullera, por ejemplo.

-No puedes ni ver a Pep…

-Todos sabemos quien ha sido Pep; que nos tome por imbéciles, diciendo que si estuvo preso por motivos políticos cuando era de Fuerza Nueva y fue por un chanchullo tan grande ni su papaíto pudo tapar, me toca las… narices, por no decir otra cosa. Pero bueno… ¿Quieres otro café o vamos a ver a tu madre?

-Vamos a casa mejor.

-Si, vamos a casa. Buenos días, doctora -saluda papá a una chica joven con gorro de punto, una chica bonita-. Yo no me molestaría en subir al taller; Alfonso sigue aquí.

-¿Médico nuevo?

-No, es doctora en no sé qué… me lo explicó alguien, el de Tabernes, creo, que todo lo sabe, pero, aunque me mataran, no podría recordarlo. Es extranjera, alemana, holandesa, sueca o algo así, tampoco me acuerdo, con uno de esos apellidos guturales que los foniatras desaconsejan pronunciar a menudo; es la novia de uno de los que está removiendo tierras en Sant Esteve, buscando quién sabe qué, un cuarentón que tu madre encuentra interesante y que se ha convertido en el héroe de medio valle, porque la doctora no está nada mal.

-Papá, ¡por favor!

-Yo te expongo los hechos, los juicios de valor los haces tú.

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El cementerio de elefantes

Hace unos meses, el melifluo Ansón reconoció en un programa tan acorde a sus méritos como es La Noria

que la prensa conservadora tomó el relevo de generales y obispos en la santa labor de salvar a España, piensen lo que piensen los españoles. La voluntad de los votantes les molestaba y decidieron que había que moldearla para conseguir sus objetivos. Por suerte, lo lograron, y de qué manera, que ahora puede uno encontrarse oximorones tan pintorescos como parados sin formación forofos de ansar. Y digo por suerte porque no creo que les hubiera importado seguir la senda del general bajito, ahogar media España en sangre si con ello la salvaban. Como el emperador Fernando II, “antes rey de un desierto que emperador de herejes”

No debe, pues, extrañarnos, que ansar, cuando se le pregunta por la crisis, ofrece como primera solución que cambie el Gobierno, menospreciando que es la voluntad libre de los ciudadanos la que le echó en 2004 pegándole una patada en el culo de Rajoy y que es la misma voluntad libre la que ha votado mayoritariamente el Gobierno que tenemos o padecemos. Ya sabemos que al desbigotado bocazas -y sus desvaríos no siempre tienen la excusa de haber sido invitado a una cata de vinos- le asoma el pelo de la dehesa falangista cada vez que una votación no da el resultado que sus cortesanos le predicen, como cuando Mayor Oreja no logró ganar en 2001 en el País Vasco, y ansar se despachó con un despectivo: “La sociedad vasca no está suficientemente madura” .

El PP ha decidido plantear ante la opinión pública que todo es un plebiscito contra el Gobierno, ya sea la crisis económica, la elección de presidente de la comunidad de 13 Rue del Percebe o el resultado de la Champions. Y lo más curioso es que a menudo consigue vender ese humo, como cuando afirma como rotunda victoria lo que fue a todas luces el clamoroso desastre electoral de las elecciones vascas, y pretenden plantear las elecciones europeas como un referéndum, como si el resultado, si les es favorable, claro, obligara a convocar elecciones. Y habremos de escuchar a González Pons exigirlo. Y,  si no, al tiempo.

¿Qué es Europa para España? Escuchando ayer el debate de Mayor Oreja y López Aguilar no pareció que ni siquiera existiese, pues las controversias fueron estrictamente españolas, con la obsesión particular del añorante de la extraordinaria placidez franquista por la Una, Grande y Libre de sus amores y el otro siguiéndole el juego. Para los políticos españoles, del color que sean, si no existiera Europa, habría que inventarla, pues todo lo malo e impopular puede achacarse a ‘directivas europeas’ y sacudirse las responsabilidades de encima, mientras debajo de la mesa extienden la mano esperando el cheque que venderán como triunfo personal. Incluso puede utilizarse Europa para golpear al Gobierno, como hizo ayer el afónico Alejo Vidal-Quadras, hablando de una política agraria que condenó el PP y que Espinosa intenta levantar como puede. Pero ya sabemos que, en política, la verdad no es imprescindible. Y mucho menos cuando las hemerotecas son menos frecuentadas que la capilla de un burdel. Para los políticos españoles, además, es el cementerio de elefantes donde mandar a los compañeros que se quiere jubilar, una canongía de lujo, que prebendas, dietas y beneficios más que jugosos. Esa sensación de que Estrasburgo es la Florida de los políticos europeos, un retiro dorado, es una astuto logro para que la gente se desentienda de estas elecciones, considerándolas baladíes, lejanas o triviales, que sólo voten los que estén convencidos, que suelen ser los forofos. Prietas las escuadras. Y error gravísimo será caer en esta trampa, pues muchas de las cosas que nos afectan se aprueban o se detienen en el Europarlamento. Por ejemplo, el famoso horario de 65 horas semanales propuesta por británicos y polacos en el Consejo de Ministros fue tumbada en Estrasburgo, y ambos amenazaron con presentarla de nuevo ‘cuando convenga’. O sea, cuando la relación de fuerzas en la cámara les garantice éxito en sus intenciones. El PP no se desmarcó entonces de la propuesta, y ahora arremete contra subsidios y derechos sociales adquiridos… ¿Soy yo el único que suma 2+2 y que se aterroriza ante la perspectiva de una mayoría ‘popular’ en la eurocámara? No entiendo como el neocon (que no conservador) es una opción de voto en esta coyuntura de crisis, cuando muchos se relamen pensando cómo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, la van a dar un recorte de espanto al Estado del bienestar. ¡Y con el beneplácito de las víctimas! La labor de la prensa de partido ha sido magnífica para domeñar conciencias y someter inteligencias, un guion que cada vez más me recuerda a cómo se aprovechó el 11-S para, con la mala excusa de la seguridad, apresurarse a recortar derechos civiles con el aplauso de la ciudadanía, debidamente aterrorizada.

¿Qué Europa queremos? ¿Una asociación comercial de Estados? ¿Un marco para que el holding industrial-financiero haga y deshaga a su voluntad? ¿Una realidad cultural, política y social? Pocas veces como ahora han sido estas elecciones europeas tan importantes, y por razones mucho más amplias y profundas que la cicatera visión local en la que se han enzarzado PP y PSOE, unos por plantearlas como unas primarias a las generales y otros por aceptar ese envenenado esquema. Curiosamente, IU y los distintos partidos nacionalistas son los que más claro tienen la trascendencia de estas elecciones, y quizá por ello apenas se les escucha -o se les deja hablar-, mucho más interesados en lo inmediato y en el ombligo ibérico que en el contexto general. Mientras nos entretienen con una versión cutre de Pimpinela desgranando sus desamores y desavenencias conyugales en el escenario, o con si Ronaldo o Messi, entre bambalinas se cuece algó mucho más grave, que es la voluntad firme de desmanteler la Europa del bienestar.

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La Ciudadela (II)

Cuando Anna se despierta, Víctor se ha ido hace rato; cubre su cabeza completamente para buscar su olor entre las sábanas, pero apenas quedan vestigios de una mezcla acre de sudor y perfume de maderas. No recuerda que se fuese hace tanto tiempo… Apenas parece que han pasado unos instantes desde que el estrépito de los hunos bajando las escaleras acabase y ella, adormecida, contemplase a Víctor atándose las botas.

-Duérmete, ratón, aún es de noche y hace frío. Volveré cuanto antes -le dijo, dejando un húmedo beso en los labios antes de desaparecer. Una magnolia en la mesa queda.

Contempla su cuerpo desnudo en el espejo, la piel erizada, los pezones enhiestos por el agua fría con que acaba siempre de ducharse. Le gusta lo que ve, y le gusta que sólo lo vea Víctor; sonríe y se viste; tal vez aún consiga desayunar.

La mañana huele a nieve, a frío. Los rizos húmedos le caen sobre los hombros y la estremecen. Tomaré sólo un chocolate, gracias. En el pequeño comedor, el que doña Leonor reserva a los clientes civilizados para protegerlos del tropel de esquiadores, que Víctor llama los hunos, están los sospechosos habituales, Lola, una mujer de mirada extraordinariamente bondadosa que mata haciendo punto las horas que pasa esperando a su sobrina;  junto al balcón, Olga y Daniel, un matrimonio de médicos uruguayos. Él, tan parecido al etílico escritor, que medio hotel los llama ya los Hemingway -el medio hotel con que se relaciona, que con los hunos procura Anna no tener trato-. Por supuesto, desayunan con pan de centeno, para desconcierto de doña Leonor, que asocia pan negro a postguerra y hambre, y no a excesiva abundancia.

-¿También hoy la dejaron sola? -se interesa cortésmente Hemingway-. Ese bacán es un insensato.

Anna entiende bien el español, pero con dificultades los modismos dialectales; sonríe y esboza una excusa:- Eso parece. Mi… Victor prefiere pasar el día con los muertos y la noche con los vivos.

-La noche es más interesante -interviene Olga, conun guiño de complicidad.

-Que se lo pregunten a mi sobrina -añade Lola-, que se ha ido a esquiar con esos salvajes sin haberse acostado.

Anna sonríe, cortés, pero no dice nada más. ¿De qué sirve protestar cada mañana del escándalo que arman los esquiadores al irse de madrugada si habrán de repetirlo al día siguiente? Además, no hace tanto tiempo que ella les habría acompañado, aunque ahora le parezca que su vida cambió hace siglos, que lleva desde siempre con Víctor -que aprovecha el escándalo para hacerle el amor antes de irse… Enciende un cigarrillo y sonríe. Llamas verdes crepitan en el fuego.

El silencio se huele en la calle. Reverbera el eco de las doce entre las columnas, bajo los soportales. ¿Quién recuerda ya que el ángelus conmemora la victoria de un rey húngaro contra los turcos?, dijera una vez Víctor y, desde entonces, no puede dejar de oír las campanadas de las doce sin pensar en todas sus victorias estériles. “Entonces, cómo me gustaría escaparme de la nostalgia”. A lo lejos, doña Leonor atraviesa el portal de Santa María con el paso firme de un Apollinaire.

-¿El Hotel del Molino? ¡Ah, vosotros estáis en el Kremlin-, les comentó el sardónico mecánico que lleva una semana asegurándoles que el coche estará listo mañana-, que aquí, a doña Leonor, la llamamos ‘el camarada mariscal’, con esos andares, esos abrigos largos y esos bigotes suyos.

-Me parece fantástico -interrumpió Víctor, aunque Anna percibió cómo se mordía los labios para ahogar la risa sobre el bozo de su anfitriona-. Pero cuando esté listo, cuando la pieza que viene de Alemania (siempre viene una pieza de Alemania) haya llegado, descuelga el telérono rojo y nos llama al kremlin. No podemos estar cinco días sin coche.

Ya iba para diez. No tiene nada mejor que hacer, así que irá a ver a ese mecánico que siempre está ocupado en muchas cosas, con el taller lleno de coches con el capó abierto, pero maldita la vez que lo ha encontrado trabajando en alguno de ellos; a pesar de todo, le cae simpático ese caradura, quizá porque está tan satisfecho de sí mismo y su propia inteligencia que es el único que no se molesta en escanearla de arriba a abajo. O tal vez sí, pero al menos no delante suyo. Además, con la visita tiene excusa para salir de la Ciudad Vieja, que detesta por falsa. Hoteles, museos, tiendas, oficinas, restaurantes, bares, clubes… pero ya casi nadie vive en ella, y una ciudad en la que no vive nadie ya no es ciudad, sino sólo un decorado. Un decorado pintoresco y carísimo, ridículo. Anna prefiere las casas decrépitas, apoyándose en sus porches como viejas corcovadas, con humedades y líquenes, pero vivas, con ruidos, humos y olores, que esas otras cuidadosamente inventadas, recreadas, incluso con falsos desconchones, que sólo se abren en vacaciones y algún fin de semana. Al pasar junto a ellas, le huelen a hospital.

Anna prefiere el ensanche, las franquicias honestas, donde todo está según un Plan, que esas teterías ‘auténticas’ que no son sino una copia degradada de lo que ya era una mala imitación. Por eso prefiere tomar un café con los viejos del Serrat.

-Buenos días, doctora; yo no me molestaría en subir al taller, Alfonso sigue aquí -le advierte alguien. En diez días, puede contar con los dedos de las manos las personas con las que ha hablado, pero ella es conocida por todos; es divertido, aunque en algún momento deberá empezar a molestarse en saber quién la saluda. Cuando iba a preguntárselo, el hombre ya salía con una chica joven.

En la barra, mientras se sacude los rizos que el gorro de punto le ha dejado un poco apelmazado, se descubre pensado que aquí sólo puede ser su hija. Desde el otro extremo del bar, Alfonso le paga el café, y con gestos, le indica que mañana estará listo el coche. Los dos saben que es mentira, pero ese sinvergüenza es divertido y ya no le importa tanto.

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La Ciudadela (I)

La campana del ángelus suena azul cobalto, pero este lunes tiene algo de cianhídrico. “Será el badajo nuevo”, piensa doña Leonor, mientras ajusta los alamares del astracán a las exigencias de su cintura. Debajo, en la faltriquera del delantal más sucio, la dalmática de su oficio, lleva cuidadosamente recogida en fajos la recaudación semanal, harto menguada por la poca nieve, los vales de empresa y ese dinero de plástico que todos llevan y que ella no acaba de entender.

“¿Cómo es posible salir de casa sin dinero suficiente ni para pagar una comida?” piensa doña Leonor mientras busca el bastón de puño de marfil, el de misa y banco, el que le regalaron sus hijas cuando cumplió setenta años. “Si los sacudiese por los pies, a la mayoría no le caería ni un céntimo. ¿Cómo se puede ir por el mundo exhibiendo penurias de esta manera?”. Entra en la cocina; el tuero arde en el trashogueo, rojo y negro, y el aire huele a burbujas de canela y azafrán. Tuerce el gesto al ver dormitar a Ramón en un rincón, indiferente a norma sanitaria alguna, y decide no pensar ahora en ello. Cuando llegó, siendo un cachorro, nadie le puso nombre; era simplemente ‘gato’. A los dos años, doña Leonor lo miró, gordo. inútil, perezoso y egoísta…

“Gato, eres como mi sobrino Ramón” le dijo. Y Ramón se llamó desde entonces, como su sobrino más querido, porque doña Leonor tiene debilidad por los hombres inútiles.

La mañana es gris y húmeda como todos los lunes desde que murió Álvaro, su marido. Alguien le dijo que cuando muere una buena persona, el año se torna lluvioso, porque el cielo le llora. Tal vez sea cierto. Álvaro fue un buen marido. Nunca entendió nada ni pretendió entenderlo; murió feliz, encabezando y bendiciendo la mesa, ignorando que había dos hipotecas sobre el hotel, y que la reforma que él, con la vaga prudencia de jinete de caballo de cartón, había intentado disuadir de acometer empezaría al mes de su funeral. Porque nada detiene a doña Leonor. Y este pensamiento le arranca una vaga sonrisa en su recio pecho montaraz.
Atraviesa el arco que cerraba al antigua villa medieval y enfila por la avenida del ensanche como en un salto en el tiempo; ella recuerda cuando ese arco era el limes con el agro, cuando pastos y cultivos se extendían donde ahora son tiendas y bloques y farolas y coches. Aprieta el paso, casi marcial, marcando que el Ensanche es sólo tierra ocupada, colonias de la concreta y constreñida villa de su infancia, tan precisa en el paisaje de su memoria como amorfa es ahora su extensión. Doña Leonor detesta lo infinito.

“Saluden al camarada mariscal” anuncia Alfonso el mecánico desde el fondo de su ‘agüita’, el gin tonic sin hielo ni limón del mediodía en el Serrat, al oír el rítmico golpeteo del bastón de caoba y marfil en los adoquines. Desde la terraza del Serrat, los habituales saludan a doña Leonor, que sólo responde con un tenue gesto de manteo de astracán antes de entrar en el sancta sanctorum de sus afanes, el Banco de Comercio.

Sale preocupada. Apenas responde a los saludos y con paso más acelerado que firme abandona el inhóspito ensanche, con sus calles anchas, sus plataneros encorsetados en maceteros y bancos y coches y farolas… Regresa a su pequeña plaza, donde asoman las copas de los cipreses del convento, y respira algo más tranquila. Van a jubilar a Augusto, su director. El director, no se lo imagina aún, pues de lo contrario se lo habría dicho, que confianza hay suficiente, pero a doña Leonor no le cabe ninguna duda, lo ha sabido de inmediato, tan pronto como Augusto ha ventilado el debate sobre un nuevo negocio bancario con un displicente: “Este fondo de inversiones de la publicidad no merece la pena; donde tiene usted el dinero está bien”.

Pues sabe doña Leonor que cuando un banquero pone los intereses de sus clientes por delante de los del banco está próximo su traslado o su jubilación.

Después de treinta años, o veinticinco… no, treinta, han sido treinta años, un nuevo director, nuevos nombres… Doña Leonor ya no quiere aprender nuevos nombres de vivos, tiene demasiados nombres de muertos que recordar.

De vuelta en la cocina, el tuero sigue ardiendo en el trashoguero y Ramón sigue dormitando, indiferente a la ley. Todo en su ciudadela sigue igual, o todo cambia para que todo siga igual. El aire huele a canela y azafrán. Ramón abre un ojo, se despereza y se acerca a doña Leonor, atento a robarle una caricia.

Mientras trajina en los fogones, añadiendo chocolate al estofado, nuez moscada al caldo, recuerda que la campana del ángelus no sonaba azul cobalto como siempre.

“Hoy sonaba azul de Prusia, debí sospecharlo”

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Bipolaridad

Es tal la inestabilidad del mercado que el ambiente de trabajo es tensamente maníaco-depresivo. Pasamos de la euforia casi desatada un jueves al decaimiento absoluto un lunes; la atmósfera se va haciendo pesada, como si intentásemos respirar a través de gelatina.

Una importante venta ha salvado casi las cuentas del 2009 de la empresa; con otras dos que parecen bien encaminadas, los números dejarán de ser rojos; a pesar de eso, creo que todos nos hemos encogido, pues las cosas son tan inestables que el plan estratégico cambia de una semana a otra. No querría estar en la piel de los administradores, aunque mis planes de futuro no ven más allá de septiembre, cuando la única obra que ahora estamos haciendo se termine.

El año pasado a estas alturas llevábamos un año sin apenas vender nada, pero aún respirábamos optimismo, pues el temor es menor cuando las cosas se hacen como es debido; desde entonces, no ha habido NADA que haya salido bien, y cuando un rayo de luz intentaba rasgar las brumas, eran legión las nubes oscuras que se aprestaban a cerrar la brecha. Si todo hubiese sido normal, con una financiación normal, con unos Ayuntamientos normales… este año habríamos empezado unas 120 viviendas en distintas promociones, pero en diciembre se cerraron puertas y grifos y créditos.

No pasa nada. Que no cunda el pánico, que hay un plan urbanístico que dará un años y medio de trabajo. O lo habría dado, si hace dos semanas el socio en este plan urbanístico no se hubiera echado atrás y todo mi trabajo fuese algo más que una bonita ordenación teórica en una linda caja, porque nadie puede decirme que no hago bonitas carátulas y presentaciones…

¿Recordáis a Anna Mari de Calcuta y el proyecto de las no sé cuántas mil viviendas para realojar a víctimas de huracanes o terremotos o violencia o qué sé yo? Bueno, pues el proyecto era en Guatemala y era el gobierno guatemalteco el que estaba interesado en ello y con quien se habían firmado los acuerdos. Sí, el mismo país que está al borde del colapso o de la guerra civil porque el Presidente cuya mano estreché en Madrid está acusado de ordenar una asesinato político. Evidentemente, su prioridad ahora no es ni cumplir los acuerdos ni dar viviendas a indígeneas y mayas. Podríamos decir que si el trabajo se hubiera hecho siguiendo el plan previsto en lugar de meditar sobre el sexo de los ángeles habríamos cobrado algo antes del colapso, pero ya no merece la pena pensar en ello…. Menos mal que tenemos un proyecto en Rumanía de hotel y viviendas que… que teníamos hasta el lunes, cuando el tsunami de la crisis financiera rumana nos salpicó o se nos llevó por delante… ¡qué sé yo! hace tanto tiempo que hago surf en mar gruesa que ya no distingo si me empapa un tsunami, otra ola o me mean encima una manada de dinosaurios. Si alguien quiere saber cuál es el próximo país que se va a tomar por saco, sólo tiene que preguntarme dónde vamos a invertir o dónde estamos invirtiendo ya… Apuesto por Ucrania.

Hace años que mi vida es un barco y yo soy su capitán. Con mejor o peor fortuna, sé dónde quiero llegar y lo llevo allí, pero en los últimos meses he cambiado el puente de mando y la gorra de plato por el traje de neopreno y hacer equilibrios sobre una tabla de surf, no sé dónde la ola me va a llevar, sólo espero no caerme. Ya no es cuestión del dinero que pueda dejar de ganar por todos los proyectos que he hecho y que no se construirán -aunque es bastante, es sólo dinero-, sino que es esta precariedad que está agotando mis nervios y devorando mis energías, ha dejado un mechón blanco en mi barba y mis músculos contracturados; cansado todo el día, pero sin poder dormir… al final, corro el riesgo de hacerle pagar los platos rotos a una pobre gata que en realidad no me molesta ni tiene culpa de nada, simplemente no quiere ni verme. Con lo que demuestra una insólita inteligencia, a prueba de sobornos alimenticios.

Hace pocos días fue mi cumpleaños. Normalmente, celebrábamos nuestros aniversarios en la Oficina Técnica yéndonos a comer; este año ni siquiera he mencionado la fecha. Sólo Elías, mi jefe, la ha recordado, anotada en el Outlook.

-Gracias, Elías. No lo comentes mucho, no me apetece demasiado…

-Te entiendo. Creo que ninguno estamos con ganas de nada; tómate la tarde libre, si quieres.

-No hace falta. Además, tengo que leer la nueva normativa de Habitabilidad.

-¡Mucho más divertido que celebrar tu cumpleaños! Empiezas a preocuparme…

Hoy nos ha entrado algo nuevo en la Oficina, un hotel en Barcelona. Tras los primeros minutos de euforia, nos hemos mirado y hemos hecho una porra sobre cuánto tardará en malograrse esto también. Y pese al tono lúgubre de este post parece que soy el más optimista, pues le he dado tres meses.

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