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Archive for Juny de 2009

Disciplina

Dedico este post a Edmond y Usía, dos amigos que han perdido la fuerza y las ganas de escribir.

A veces, no tengo una mala palabra que llevarme a la boca y si actualizo es por disciplina autoimpuesta. Evidentemente, el blog se resiente y los posts resultantes no figurarán en la historia de la literatura, pero también tiene su gracia escribir sin tener nada que decir, esperando a ver qué asoma a vuelatecla.

X dice que esto de la disciplina le suena a perversión sexual inglesa y que espera no verme en las noticias con un corsé rojo y una bolsa de plástico en la cabeza, y es que es bastante indisciplinada, además de desordenada. Nunca he entendido porque van apodícticamente emparejados los sustantivos orden y disciplina, pero en X la ausencia de la una hace tándem con la ausencia del otro. Así, puede pasarse una semana leyendo 19 horas diarias hasta acabar con los cuatro volúmenes publicados de Canción de Hielo y Fuego para sumirse después en la más holmesiana apatía y no abrir un libro hasta que el polvo que acumulenn sus tapas empiece a convertirse en rocas sedimentarias. Supongo que por eso le cuesta entender que de ocho a once de la noche no quede con ella porque es el tiempo que dedico diariamente a leer para la tesis, o que el fin de semana me empeñe en levantarme antes de las nueve y dedicar toda la mañana (hasta la una) al mismo menester.

X dice que un blog es algo para divertirse, y no una obligación, `pero yo creo que con la primera letra que colgué en la red, adquirí unos deberes y afronté una responsabilidades. Por diversos motivos, durante mucho tiempo no escribí una sola letra que no tuviese un carácter académico o laboral, y vi el blog como un modo de imponerme la disciplina necesaria para recuperar el hábito de escribir. Además, el formato me ha ido ofertando desconocidas posibilidades, desde la frescura de no tener que ceñirme a ningún tema en especial hasta incorporar música e imágenes a mis textos, con lo que se enriquecían hasta el extremo de hacerlos digeribles. Tecla a tecla, post a post, me he reencontrado con una vieja pasión a la que le fui infiel.

No todos los días me levanto con el verbo brillante y el ingenio ágil, no todos los días tengo algo que decir, pero esta disciplina me ha permitido regresar una vieja idea que empezó como un cuento ya no recuerdo cuándo y sobre el que fueron acumulándose tantas cosas que ha dejado de ser un cuento. Como las viejas montañas en las que viví hasta los dieciocho años y que aún son la patria que añoro pero en la que no quiero vivir, esas palabras que fui perfilando en tinta burdeos son la patria de todo lo que he escrito después, sin darme cuenta de que todos los pequeños retazos contemplados desde cierta distancia estaban menos deslavazados de lo que yo creía.

Todo tiene su tiempo, y no escribiré ahora el cuento que debió ser acabado hace quince años, pero sí puedo regresar a los personajes que entonces esbocé, las calles que empecé a intuir, el paisaje que despuntaba entre la bruma. Porque doña Leonor,Víctor Dapifer, Joan Bernat, el juez Rocanegra, Antón, Alfonso el mecánico y tantos otros han envejecido mucho mejor que yo, y si Augusto Pérez suplicó por su vida a Unamuno, ellos me están exigiendo la suya. Tras tantos años dándoles vueltas, les he tomado cariño y temo ahora  no estar a la altura de las circunstancias, pues, como en el cuento en el que un hombre decide vender su alma al diablo y pasa a recogerla una piltrafa maltrecha del infierno que le replica, “A tal alma, tal diablo”, temo que eso mismo ocurra con ellos, los que ahora esperan que les dé voz, pues  lo bueno que puedan tener doña Leonor y los demás es mérito suyo y lo malo, imputable a mi torpeza.

Si los personajes exigen su vida, también después de tantos años reclaman su geografía las montañas de la ciudadela, que tengan nombre el congosto que el río les abre hacia las tierras bajas, y el mismo río, el que se llevó medio puente medieval de Saverri en una avenida del 18, cuyos huellas perduran tanto en los prados de ribera del valle como en la memoria. La colegiata y el claustro, los restos del castillo, las ruinas de los molinos y la fábrica de tejidos, el bosque que un incendio devastó, el club de Golf ‘Prat d’Or’ y su urbanización de adosados idénticos; el viejo barrio que la Compañía de Carbón del Noreste levantó en los cuarenta, con geranios en los balcones de las casas de los pulcras y cuidadas de los antiguos mineros, mientras que los chalets de los ingenieros se  desconchan y se pudren… todo ello pide su sitio, exige que se arranque sonido a sus calles y sus árboles. Su silencio es atronador.

Letra a letra, post a post, mis pasos me han llevado aquí. Quince años después, vuelvo a Arteran.

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Faulkner es uno de mis escritores favoritos, y si al argentino profesional de Amanece que no es poco cuando decide hacerse escritor  le sale Luz de agosto,

mis primeros pinitos literarios le debían tanto a Gambito de dama y a Los invictos que si los herederos de Faulkner no me han puesto una demanda es porque soy más pobre que un ratón de sacristía al que le ha dejado la mujer y se le ha llevado todo el queso. He necesitado años de lecturas y esfuerzo para somatizar su influencia, incorporarla a mi código genético y que el resultado, mal que bien, sea yo y no el gemelo bastardo y gilipoyas del escritor.

Aún estaba boqueando para recuperar el aliento tras la lectura de Santuario cuando cayó en mis manos Cortázar quien, por todos mis respetos por la legión de borgianos, entre quienes militaba, descabalgó de mi podium personal al bibliotecario ciego que Eco convirtiera en arquetipo con Jorge de Burgos. Desde Todos los fuegos, el fuego, los artificios simétricos y las bibliografías inventadas dejaron de apasionarme como hasta entonces. Hubo en este Götterdämerung particular mío algo de abandonar la toga pretexta, pues Borges me había fascinado desde que descubrí El libro de arena con catorce años.

Llegué a Cortázar más o menos en la misma época que a García Márquez. Ridículo sería afirmar que supe de la existencia del colombiano con 24 años, pero he de decir que hasta entonces lo mantuve lealmente apartado de mí, pues mi hermana sentenció que era su escritor favorito en una época en la que los gustos de las hermanas encabezan nuestras listas negras y, después, temí verme en la tesitura de tener que darle la razón. Antes muerto. En mi discreción, incluso llegué a cambiar las sobrecubiertas de Cien años de soledad por las de El idiota, de Dostoievsky -y de nuevo, Amanece que no es poco regresa a este post- vana precaución, pues mi hermana categorizó a Gabo como su escritor favorito habiendo leído sólo Diario de un náufrago y ya ni se acordaba de él cuando yo salí de mi armario literario.

Hace muchos años que emborrono papeles; en mi adolescencia, entonces todavía llamada adulescentia, con cada nuevo libro leído mis cuentos adaptaban un nuevo estilo, y pasé en tres meses de la fantasía épica a la epopeya napoleónica; pero ha habido cuatro autores tras los cuales he sido incapaz de juntar dos palabras durante meses, avergonzado de mis pretensiones de escritor cuando aún me queda tanto por leer. A los tres de quienes he hablado ya en este post hay que añadir otro americano, Juan Rulfo, que entró en la literatura por la puerta grande con tan sólo 300 páginas y maldita la necesidad que tiene de haber escrito una puñetera línea más.

Con estos antecedentes, no puede sino hacerme sonreír que se me acuse de antiamericano cada vez que expreso mi disconformidad con la política exterior temerariamente cortoplacista con que han jugado a la ruleta rusa las administraciones republicanas desde Reagan. Podría tomarme la molestia de intentar matizar pero mi experiencia me dice que es tiempo perdido y saliva malgastada, pues quien pretende insultar con el adjetivo ‘antiamericano’ no suele haber escuchado a Gershwin ni leído a Faulkner. Bueno, ni a Faulkner ni a ningún otro salvo quizá César Vidal o Pío Moa. Es interesante observar cómo quienes se alzan en paladines de la causa yankee (como si necesitaran ayuda de nadie) lo hacen desde posiciones de ignorancia y casi menosprecio de las formas culturales más refinadas de esa sociedad que dicen admirar y defender, posicionándose no muy lejos de postulados casi lumpen. Es el lenguaje neocon, de buenos y malos, de patriotas y traidores, que es a la retórica política clásica lo que una diatriba dominica a un diálogo platónico. De hecho, en el discurso neocon norteamericano y en su mímesis ibérica, se acusa de ‘antiamericano’ a todo lo que huela a cultura, ilustración o pensamiento crítico.

Y aquí es donde entra en escena The Boss. Una religión (y el neocon lo es, no quepa duda) necesita enemigos, ya sea el diablo, ya sean los infieles. Y mayor cohesión logrará cuanto más poderoso se pinte al enemigo; no sirve de nada arremeter contra Chomsky, al que no conoce casi nadie allá y menos aún acá, y su presencia mediátic, pues, es casi nula. Pero, ¿y contra Bruce Springsteen? Eso es harina de otro costal, ¡y menudo costal! Bruce -con Susan Sarandon, Sean Penn y otros- encarna en EEUU lo que los neocon ibéricos proclaman la AntiEspaña. El mecanismo de demonización es el mismo: en primer lugar, una concatenación de insultos y descalificaciones, sin pruebas ni argumentos ni silogismos, pues bien saben los ideológos neocon que “la gran masa del pueblo no está constiuida por profesores o diplomáticos”, como advirtiera Hitlen en Mein Kampf (y se empeñan en que siga así, claro).

El segundo paso, consiste en negarle un valor cultural y reducir su figura a su militancia más o menos política. Su obra ya no es debatida desde la crítica musical o artística, sino desde la política visceral, y de repente tienen entre sus seguidores y, sobre todo, entre sus detractores, a gente que no lo ha escuchado jamás.

El último paso de la deconstrucción es el más sutil de todos: no se hace mención alguna a ideologías, ni siquiera a las que el autor refleja expresamente en su obra, no se le descalifica, no se le cuelgan sambenitos… Por arte de alquimia moral, su música deja de ser viva para convertirse en un decorado, como la canción “Car song”, de Woody Guthrie convertida en banda sonora de un anuncio situado en las antípodas de lo que en vida representó el autor. Es el momento en que puede ser interpretada por niñatos que no entienden su letra -ni siquiera saben pronunciar su nombre, pues no lo han oído jamás- ni falta que les hace. Es el momento en que se puede perpetrar con su obra crímenes por los que en Nürenberg se habría ahorcado al responsable. Es el momento de hacer esto

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Millenium

El viernes acabé con las casi 2400 páginas que suman los tres volúmenes Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, del sueco Stieg Larsson (1954-2004).

Millenium no era una trilogía, sino una serie de siete o diez volúmenes (según las fuentes), pero la prematura muerte de Larsson dejó la cuarta novela apenas esbozada (según su compañera durante 32 años, la arquitecta Eva Gabrielsson) y ni noticias de las otras; en cualquier caso, los tres primeros volúmenes son en sí mismos una unidad cerrada, en la que el lector no aprecia flecos ni grietas que requiriesen respuesta en volúmenes posteriores.

Millenium sigue la senda desbrozada ya por los legendarios inspectores Martin Beck, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö,

y Wallander, de Henning Mankell. Como en Déjame entrar, la crítica a una sociedad del bienestar en declive se hace desde un género supuestamente menor, en este caso la novela negra. Millenium despliega sus tramas, principales y secundarias, en un escenario de jóvenes sin acceso a trabajos ni estables ni decentemente remunerados, viviendas de precios inalcanzables, corrupción industrial, financiera y periodística, recortes sociales, junto a pobreza, marginalidad, violencia de género… paisaje que no es en absoluto desconocido en España; otros de los elementos del decorado son fantasmas del imaginario sociopolítico sueco, pero igualmente comprensibles desde España: el flirteo con el nazismo de la gran industria, movimientos neonazis, el mito de Olof Palme, la obsesión antisoviética…

En este entorno donde no hay armario que no esconda un cadáver, se mueven los protagonistas de la serie, el periodista Mikael Blomkvist y la investigadora privada Lisbeth Salander. Blomkvist es un don Quijote cuarentón, obsesionado por la verdad, que cree en el periodismo como fiscal de los poderes políticos y económicos; no es militante político, pero sí social y hay en él algo de tardosesentayochismo. En toda la trilogía se repite una y otra vez su fama de ligón y mujeriego, pero el que escribe estas líneas no le ha leído ejercer de seductor ni una sola vez, sino que simplemente las mujeres se le han echado encima y él no ha dicho que no.

Lisbeth Salander es un personaje más interesante, una especie de lado oscuro de Pipí Calzaslargas. Por su aspecto físico y su modo de interaccionar socialmente se le podrían diagnosticar varias sicopatías, desde la anorexia al síndrome de Asperger, pasando por el autismo, aunque el autor pone especial empeño en dejar claro desde muy pronto que no hay nada de todo ello: el origen de los problemas de Lisbeth no es genético, sino social, y en esta afirmación se podría resumir el leifmotiv de la serie.

La serie engancha; diálogos rápidos, tramas principales enriquecidas con otras secundarias que en absoluto son tratadas descuidadamente, protagonistas arquetípicos por los que se siente simpatía o incluso uno querría identifcarse… hacen que se pueda devorar cada libro a gran velocidad (en un día leí el tercero, de casi 850 páginas; eso sí, me acosté a las siete de la madrugada). El primero y el segundo tienen una estructura parecida:  empiezan con un caso típico de novela negra, la investigación de una antigua desaparición (Los hombres que no amaban a las mujeres) o una investigación sobre el tráfico de blancas (La chica que soñaba con una cerilla o un bidón de gasolina), tramas ambas relativamente habituales en el género; la novela se desarrolla como si esas tramas fueran el meollo durante las 150 primeras páginas (más o menos), en que se da un golpe de timón y, de repente, esa trama aparece como secundaria de otra mucho mayor, un asesino en serie en el primer libro, un cruel e importante mafioso en el segundo. La misma estructura puede encontrarse en el último, donde el juicio por varios delitos a Lisbeth Salander deja muy pronto el protagonismo a la guerra contra la corrupción policial a más alto nivel.

He dicho que la trilogía engancha y que se lee a gran velocidad, pero a cada título le sobran doscientas páginas y no se perdería nada. Explicaciones, circunloquios y reiteraciones que no llevan a ningún lado. Larsson usa un lenguaje visual, de clarísimas reminiscencias cinematográficas y cuando quiere referir cómo cada implicado percibe una misma situación -los diálogos por ordenador de Blomkvist y Salander, por ejemplo-, cosa que en el cine se resuelve rápidamente en una escena que contextualice, el autor tiene que repetir todo, ralentizando la lectura y, en cierta manera, irritando al lector.

Los personajes son planos: buenos, malos o estúpidos, y ya está. Excepto quizá Lisbeth Salander, tienen muy poca profundidad sicológica, pero no es difícil ahondar en una personalidad tan notablemente anómala, pues siempre he creído que en literatura es más fácil narrar lo extraordinario que lo cotidiano. Abundan los datos biográficos de todos los personajes, principales y secundarios, pero no dejan de tener muy poca entidad, absolutamente subordinados a la trama, a la tesis social del autor o incluso a ciertos complejos, pues no puedo evitar ver en Blomkvist a un alter ego mejorado del propio Larsson. Desde mi punto de vista literario, la complejidad de los caracteres de los personajes enriquecen y a menudo incluso configuran las tramas, pero en las novelas de género (terror, fantasía, policiacas…) los personajes solo muestran a menudo el aspecto que conviene a la trama, y es por eso que digo que Millenium es una novela negra clásica.  Henrik Vanger, Los hombres que no amaban a las mujeres, es quizá el único personaje de toda la serie con cierta complejidad, una complejidad natural, ordinaria, y no fruto de patologías propias o ajenas; con Salander es el personaje menos bidimensional y más interesante.

La crítica literaria se está llenando la boca con la trilogía, definiéndola incluso como un hito en la literatura del siglo XXI… yo no diría tanto, ni muchísimo menos, pero tiene hallazgos interesantes. En una semana pueden leerse tranquilamente los tres volúmenes, y es la velocidad de lectura su mejor aliada, pues cuando aparece un giro insólito en la trama no estamos preparados y sorprende de veras. No hay demasiado donde detenerse a paladear, sino que el ritmo te precipita a un meollo mucho más profundo que aparece de repente, pero sin estridencias. Cuando el argumento básico cambió repentinamente en la página 147 de Los hombres que no amaban a la mujeres, mi pulso se aceleró y tuve que detenerme unos minutos para resituarme, una sensación que hacía tiempo no me producía ningún libro. Aunque sólo sea por eso, a mí me han merecido la pena, pero no creo que los relea.

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Verbenas

Soy bastante poco folklórico y las fiestas populares sólo me interesan en la medida en la medida que hallo rastros en ellas de creencias mucho más primitivas. Hoy, pues, víspera de San Juan, la fiesta en sí sólo me interesa en sus componentes más paganos, de fiesta de purificación y también, aunque ya mucho menos evidente, de fiesta de la naturaleza y, especialmente, de la fertilidad.

Media España arde esta noche en hogueras que sean delicia de Torquemada o de Krahe,

con una sorprendente uniformidad, al menos hasta hace poco, cuando cada pueblo buscó la ocurrencia más disparatada con que asegurarse una mención en las noticias de “la noche más larga del año” (que fue hace dos días, pero que la verdad no impida dar un buen titular). La tradición presenta ciertos matices, también es cierto, como en las montañas de mis dragones, donde las hogueras se encienden con unas enormes antorchas -las falles- que los mozos bajan encendidas como una serpiente de fuego desde una montaña determinada -llamada Faro en cada pueblo- hasta las plazas.

En la mayoría de los pueblos se ha suavizado la tradición y las fermosas damiselas de la zona acompañan a los mozos en tan pintoresca como atávica carrera bosque abajo; pero todavía quedan recalcitrantes villas que les niegan la falla, pues es bien sabido que no hay mayor tabú en cualquier fiesta de la fertilidad, desde las lupercalia hasta el Akitu, que el menstruo por lo que, para curarse en salud, mejor que ninguna mujer participe de los ritos.

Pese a mi carácter claramente invernal y hostil a todo lo que suene a ocurrencia pintoresquista o a folklore, real o recuperado y, por lo tanto falso, cuando llega esta noche no dejo de recordar aquel bellísimo “Inventario Galante” de Machado, tan hermosamente cantado por Paco Ibáñez.

Pero esta asociación es toda la sonrisa que logra arrancarme un noche a la que ni en mi más revoltosa infancia encontré gracia alguna, y cuyas complicidades olvidé completamente en mis doce años de exilio norteño, pues alguien como yo que aborrece del ruido no puede esperar con ansia la noche de todos los estallido; que lo de la crisis iba en serio me he dado cuenta ahora que aún no he oído petardo, cohete, buscapié, traca o mascletá alguna, cuando el año pasado la semana antes de la verbena de marras había tanta pólvora en suspensión que Vetera parecía Bagdad.

Las transgresiones me parecen inconstestablemente esenciales en lo cultural, pero mucho más dudosas en lo urbano. Y cuando la transgresión está tan estereotipada que ocupa fecha fija en el calendario y cumplir con sus ritos es un deber social, empieza a olerme a pelo de borrego y no a otra cosa. Con un poco de esfuerzo puedo tolerar las hordas de mocosos entre cuatro y diecisiete años torturando a los transeúntes con todo tipo de ingenio pirotécnico desde las tres de la tarde a las tres de la madrugada; pero cuando la edad del gamberro superó hace mucho la adolescencia legal, la vena de mi sien empieza a palpitar y mi diestra acude en vano a requerir el sable que nunca me decido a descolgar de la panoplia. No sólo me importuna el incivismo de quien se supone que debería estar educando a su prole y no iniciándole en la barbarie -pues salen en grupos clánicos, supongo que para asegurar que el gen ninja no se extinga. Lo que peor llevo es constatar que el cohete más grande, la traca más larga, el petardo más ensordecedor -alguno de los cuales podrá encontrarse entre las armas proscritas por la Convención de Ginebra- está siempre en manos de estos cabestros -uniformados como camiseta imperio, inevitable ítem- y que cualquier mirada de reprobación es respondida con un:

-¿Qué pasa? ¡Estamos en San Juan! -y le dan un petardo al Kevin en pañales, futuro ni-ni (ni estudia ni trabaja) para que lo arroje cerca del ciudadano incomodado.

El Bautista, que en vida moró entre bestias salvajes debe encontrarse como en casa con estos especímenes y su manto protector les cubre, pues no encuentro otra explicación a que una noche de alcohol, fuego y pólvora trasegados por adolescentes,t ardoadolescentes, ninjas y Peter Panes varios no acabe cada año en tragedia multitudinaria; en rigor, Vetera debería haberse desayunado el 24 de junio del año pasado como Faluya, después de las copas llevaban los más imbuidos de la fiesta; en cambio, apenas hubo un par de chamuscados porque tiraron el cigarrillo y se fumaron el petardo.

No sé qué haré esta noche; dormir lo descarto, pues estoy demasiado céntrico, pero no habrán de verme entre pasodobles y farolillos y víctima propiciatoria de bromas explosivas; X se va con sus amigas a celebrarlo a la playa de Sitges; antes de reunirme con el grupo ibicenco y los estrogenados del lugar creo que prefiero hacer un Cine Fórum sobre Carmen Sevilla o escuchar la discografía completa de El Fari. Supongo que acabaré tomando una guiness en el Vinyes Velles, y hoy creo que me acompañará Ernest, un compañero de trabajo que vive en un barrio que cada año abre los titulares de la prensa local del día 24 por disturbios y altercados. Supongo que la Policía tampoco entiende que “es San Juan”…

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Deporte de riesgo

En circunstancias menos adversas, esto es, con un clima menos riguroso, habría echado mano de cualesquiera de mis recursos dialécticos para desmontar la fría hostilidad de X de esta semana; pero el calor merma mis capacidades intelectuales y ante el silencioso acoso no he tenido más ocurrencia que responder según la cita que atribuyen al general Ferdinand Foch en el Marne:

Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!

Veamos. Soy hombre, y eso significa que mi delicadeza para manejar ciertos asuntos es parangonable a una estampida de mamuths en una tienda de porcelana así que, puestos a meter la pata, mejor que sea a conciencia y a lo grande que accidentalmente en un detalle. O sea, que puestos a morir, mejor que sea a lo brigada Pomorska, a caballo contra panzer, que escondido en una ratonera.

Mentiría si contara que maduré mi plan a lo largo de la semana, pues bastante ocupado andaba en otros menesteres como para meditar y refinar una estrategia; de hecho, ni siquiera había plan, sino que más bien era una ocurrencia que me vino de repente y así, verde aún, la arranqué del árbol y la metí en el horno, no fuese que me diera por pensarlo y me echara atrás.

Tampoco es cuestión de ser trágico y dar la sensación de que la semana fue sentimentalmente horrible, porque la verdad es que no fue así. En realidad, la cierta frialdad y los divertidos mohínes eran intelectualmente estimulantes, pues ha sido morbosamente divertido ver hasta dónde se podía bromear con el tema (por acción o por omisión) sin romper la cuerda.

Mi vida sentimental no es especialmente prolija, pues desde Natasha hasta X sólo  he tenido dos parejas y algún que otro escarceo del que, en general, mejor será no hablar. Pero la brevedad de la nómina se compensa ampliamente por lo interesantes que han sido todas y por la amistad que conservo con ellas. De hecho, este fin de semana coincidían en Barcelona  Natasha y una amiga suya, Lana, con la que se había empeñado en liarme al poco que lo dejáramos. Y, bueno, digamos que lo consiguió, pero sólo duró un año, hasta que Lana consiguió una plaza en el ballet del Metropolitan Opera, pues si mi economía me permitía sin excesos de austeridad un vuelo a Moscú mensual, a Nueva York habría resultado imposible.

Con la feliz coincidencia de que estén ambas en Barcelona la misma semana que X ha acabado sus exámenes y aún no se ha ido de vacaciones a Ibiza con sus amigas, creí que era un buen momento para exorcizar fantasmas haciendo que todas se conocieran y dejasen de darme la murga -por distintos motivos- a tres bandas. Lo esencial era que ni ellas esperaban a X ni X conocerlas cuando ayer quedamos para almorzar en un restaurante de unos amigos en Vetera.

Quiso la suerte que la tensión de las presentaciones transcurriera en la más estricta intimidad, pues no había nadie más en el hall del restaurante. Apuramos la copa de bienvenida, un Parxet Titiana rosado altamente recomendable, en un ir y venir de miradas, estando ya tan en el centro de las más hostiles, que verdaderos esfuerzos hacía por sofocar el reclamo de las risas, tantos que no sé cómo no duché a nadie en cava. Y envueltos en esa atmósfera tan densa que uno podía trocearla y llevarse una porción en un tupper a casa, entramos en el pequeño comedor, verde y burdeos.

Aunque el térmometro superaba en el exterior los 30º con holgura, tan gélido era el interior -y no sólo por el aire acondicionado- que opté entrar en calor con tres platos contundentes, foie con compota de manzana, bacalao de Islandia confitado y liebre a la Royale, todo con una garnacha del Priorato.

Apenas nos traían el foie cuando Natasha rompió el frente con una apreciación que fue coreada por Olga y X: -Eres un cabrón. Esto no se hace.

-Tampoco creo que no pasa porque un día comáis como seres humanos y no como ovejas…

-Natasha no se refiere a eso y lo sabes -me taladró con la mirada Lana.

-Creo que ahora me he perdido -me excusé con mi cara más ingenua.

-Oh, mierda, Theo, no pongas ojos de Bambi que con nosotras no cuelan -abortó X la comedia -. Odio cuando pone esa cara, porque es imposible enfadarse con él…

-Sí, dan ganas de agarrarlo como a un oso de peluche… -empezó Lana

-¡Y meterlo en la lavadora! -acabó Natasha.

-¡JUAS! -fue la respuesta de las dos. Allí empecé a pensar que tal vez no había sido tan buena idea reunirlas…

La segunda botella de garnacha acabó de desatar las lenguas y las risas, la mayoría a mi costa, pero bastante inofensivas, la verdad, creo que estaban tanteando el terreno con escaramuzas antes de desencadenar su venganza en una ofensiva en toda regla. Porque que se vengarán de ese almuerzo es algo que doy por supuesto, lo único que no sé es si la réplica será conjunta o en tres oleadas.

Un moscatto d’Asti, con un divertido toque de aguja, para acompañar el postre, mousse de chocolate con caviar de naranja, y cigarrillos Lana y X y un Uppmann fueron la conclusión inevitable y adecuada a un experimento del que salí mucho mejor parado de lo que cabría haber esperado.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó Natasha durante el café, aunque ella tomaba té.

-Porque ya estaba cansado de tener que hablar de vosotras como si anduviera sobre cristales rotos. Ahora os habéis visto, os habéis conocido y ya podéis juzgar vosotras mismas y dejarme a mí tranquilo un rato.

-¿Te das cuenta de que tu esfuerzo por hacerte la vida siempre más fácil puede habértela complicado irremediablemente? -apuntó Natasha-. Es posible, pero al menos ahora conozco al enemigo.

-¿?

-Muy sencillo, Lana. Ahora los problemas que surjan serán entre personas de carne y hueso, no con imaginaciones, suposiciones, miedos, inseguridades… con problemas reales puedo lidiar, con fantastmas no. ¿Os apetece una copa de armagnac para acabar?

****

-Son muy guapas.

-Tienen algo, es verdad. Pero te prefiero.

-Eso espero. Ah, por cierto, que casi se me olvida: como vuelvas a tenderme una encerrona así, te mato. Y esta empezarás a pagármela esta noche, así que empeiza a tomar aspirinas.

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T5, canal de ficción

En esta época de trilogías, la mía sobre fútbol “Si no puedes con tu enemigo…”, “Basta ya”, “La liquidez discrecional de la banca” me ha consumido los nervios y la paciencia. En esta espiral de autodestrucción en la que me he embarcado fijé mi próximo objetivo en una tetralogía bufa, homenaje wagneriano en fechas próximas al festival de Bayreuth, sobre T5; mis amigos, que entendieron de inmediato que eso era una carta de suicidio neuronal, me instaron a acotar mi investigación a un solo post y reducir, por tanto, la ingesta de toxinas al mínimo.

Después de tres días siguiendo la programación de dicho canal, en la medida que mis obligaciones laborales y mi integridad intelectual me lo permitían, he llegado a la conclusión de que T5 ha alcanzado un hito en la historia de la televisión, y es que todo la programación, desde las noticias a los magazines, son los distintos programas de un inmenso canal de ficción. Es un canal temático dedicado a la ficción en distintos formatos: ficción de noticias, protagonizado por Pedro Piqueras, donde la selección de la información es esencial, ficción de deportes con Jota Jota Santos, sustituto aún en prácticas del inmenso Lobato, que ahora hace de hagiógrafo de Alonso en la Sexta… debates ficticios y entrevistas pactadas de la mano de las dos grandes divas, AR y la Campos, y el gran divo de rostro picado… telerealidad virtual, investigación imaginaria, en que los datos no importan tanto como especulación o la pura invención…

Hasta ahora, estábamos acostumbrados a ver a los actores ejerciendo en series y películas, como mucho en presentaciones, pero T5 ha dado otra vuelta de tuerca, o quizá un golpe de timón, y ha alumbrado la versión cañí del Show de Truman, mucho más económica que el original de Peter Wair, pues no ha sido necesario crear un ciudad para que los actores se muevan, sino simplemente un plató para que simulen realidades.

Amores, desamores, odios, reconciliaciones, enfados, primicias, demandas… todo es un inmenso trampantojo cuya longeva estabilidad habría sido imposible sin un genial casting de actores. Porque un genio fue el que se percató de que el tinglado abominaba de alumnos de escuela de interpretación, pues al fin y al cabo en algún momento dejan de actuar, y lo que requería era otra cosa: semiactores, una pléyade de monstruos de un único registro a partir de cuya realidad se pudiera desarrollar la ficción. Igual que en El show de Truman el pobre Truman Burbank era el único que ignoraba que era fruto de la ensoñación de un director autoproclamado Christo(f) que jugab a ser Dios y que su vida no tenía más objeto que entretener a la audiencia, también ocurre en la inmensa ficción de T5 que los más zoquetes creen que todo eso que viven de plató en plató, de programa en programa es real.

Lo que antaño fueron seres humanos, ciertamente peculiares, pero humanos al fin y al cabo, son transmutados por la alquimia de Vassile en engranajes de su inmenso show. Como Saturno devorando a sus hijos,

saturno_devorando_a_sus_hijos.jpg image by Varnitas

el inmenso show devora los hijos que ha generado y que lo mueven, primero siempre los más débiles, que apenas soportan una temporada, pero incluso los más aguerridos, como Sardà, acaban  desapareciendo. En T5 la holística queda demostrada, pues el todo es superior a sus partes, y la gran ficción puede sobrevivir a los personajes que la mueven, simplemente los sustituye sin detenerse. Show must go on. Para ello es esencial aunar la capacidad de atracción de semiactores del orbe con la producción propia.

Primero están los centros de captación de candidatos,  OT, GH, Mujeres y hombres y viceversa… que seleccionan las nuevas hornadas de semiactores que habrán de sustituir a Tamaras, Dinios, Lequios, Belenes Esteban cuando el show los haya consumido; una rigurosa criba elimina a todos los que puedan ser demasiado humanos como para dejar de ser personas y convertirse en personajes. Después, los ganadores son enviados a los ciclos de formación, tomates, montajes y demás, para acabar de pulir el único papel. Es entonces cuando ya están listos, ya se les puede soltar al mundo virtual de la gran ficción, donde sea cual sea el supuesto contenido habrán de exponer sus miserias, o las miserias del personaje, e incluso acabar de tertulianos, comentaristas y expertos.

Los primeros pasos de la ficción permanente llegaron con GH y sus cien mil hijos bastardos, cuando la vida y milagros de sus inanes concursantes coparon la parrilla televisiva, ampliándose después a padres, parientes, amigos, conocidos y saludados… pero todo esto ha sido perfeccionado hasta el extremo ahora, con amores y odios en directo, con los implicados involucrando a los semiactores de otra escena y así hasta el infinito, hasta crear lo más parecido a un eterno movimiento, sólo que circular.

Todo es una inmensa mentira, desde las retransmisiones deportivas donde da igual quién juegue y quién no, si entra el 10 aunque luzca el 12, hasta los debates moderados por la Campos o las entrevistas polémicas. Desde Mercedes Milá en papel de periodista seria o vestida de lagaterana hasta Piqueras anunciando la hecatombe de una invasión de mosquitos. Máquinas de la verdad, montajes, tomates… son sólo aspectos menores de la ficción total. La pretensión de von Musil de la novela total se ha encarnado en la T5, por fin hemos logrado el arte total. ¿Pueda la basura ser arte? Cuando la dimensión del resultado es tan descomunal sí. Arte basura, pero arte.

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Por primera vez en mi vida, he coincidido con futboleros en el análisis de una noticia, pero desde puntos de partida completamente distintos; en biología, una situación análoga se denomina convergencia evolutiva. Ellos, movidos por algo parecido a la indignación por la competencia desleal, y yo empujado por un escándalo en el que, lo confieso, no hay que descartar ánimos antifutboleros. Nos preguntábamos cómo una entidad, llámese ahora Real Madrid como podría llamarse Barça o Vetera FC, con una deuda de más de 400 millones de euors podía gastarse más de 160 en contratar a dos jugadores, nóminas aparte. Finalmente, la incógnita fue despejada ayer: el Banco de Santander y Caja Madrid prestaron más de 75 millones cada uno al ser superior. Y, por cierto, Caja Madrid los presta con dos años de carencia, es decir, que hasta la temporada 2011-2012 no tendrán que empezar a abonar nada, por n o mencionar el interés preferencial euribor +2%

La respuesta de la Minstra de Economía y Segunda Vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, fue sutil y elegante, pero contundente: se mostró sorprendida, aunque no escandalizada, pues no se había cometido ninguna irregularidad, pero recordó a bancos y cajas que si ya tienen liquidez que lo noten también pymes y familias.

Ahí habría quedado todo de no haber concurrido una serie de circunstancias y declaraciones que me han hinchado tanto la la vena de la sien que temí por un momento que tuvieran que hospitalizarme por un aneurisma. El camino de la desvergüenza lo abrió ayer Jorge Valdano, detentador de no sé qué canongía en el coro angelical del dios Florentino, al replicar a los escandalizados que el fichaje en realidad era un acto de responsabilidad social reactivando la economía:

Dentro de una crisis como la que se está viviendo estos precios producen un enorme impacto, pero basta con abrir cualquier periódico económico para encontrarnos con recomendaciones de que las empresas tienen que ivertir, intentar activar la economía. Exactamente eso es lo que está haciendo el Real Madrid.

Probablemente el tipo pretenderá que concedan al equipo el Nobel de la Paz. Aún no había recuperado mi pulso su ritmo habitual tras el cabreo de leer el cinismo y la desfachatez del tiparraco ese -y la indignación de saber que no hubo un Mountazer al-Zaïdi local que le endilgase un zapatazo en toda la jeta- cuando me desayuno esta mañana con el responsable último del desaguisado declarando ignorantes a quienes definan esos fichajes como inmorales en tiempo de crisis. La verdad, ya sólo me faltaba que me insulten. Por cierto, me enteraba esta mañana cuando el croissant se me había atragantado de que Ronaldo, Kaká, Messi, Forlán y compañía pagan menos impuestos por sus nóminas millonarias que cualquier ciudadano honrado español, un 24% frente a un 43% que tributa cualquier ciudadano que gane más de 53.407euros al año. ¿El motivo? Se benefician de una ley del PP que se promulgó, en teoría, para facilitar la contratación de científicos y que en la práctica sólo ha servido para fichajes galácticos.

La obra que estamos acabando está sufriendo retrasos inesperados, pero no sorprendentes. Algunas fábricas, por haberles sido rescindida por los bancos la línea de crédito, ya no producen nada, sólo venden lo que les queda en stock, y ha habido que cambiar algunos diseños, algunos acabados… Es el caso, por ejemplo, de los muebles de baño, cuyos acabados en wengé están ahora descatalogados y que nos han obligado a cambiar los colores de las puertas, con el considerable retraso de una fábrica que funciona al 25%. Alguno de los industriales contratados no se ha presentado, pues la misma decisión unilateral de anular o dejar en la mínima expresión sus líneas de crédito no les permite hacer frente a sus responsabilidades contractuales y se han visto obligados a cerrar.

Dicen que tienes un problema si le debes un millón al banco, pero que, si le debes mil, el problema lo tiene el banco, y es bien cierto. Me gustaría ver la cara que se les ha quedado a estos pequeños y medianos empresarios, al día con Hacienda y la Seguridad Social, al día siempre con sus créditos y sus responsabilidades, cuando han visto que el mismo banco que les dice que no tiene dinero para prestar le suelta 75 millones de euros a una entidad con un agujero de otros 400. Me gustaría ver su cara, aunque, ¡vaya usted a saber!, igual está encantadísimo de que no sé quién y no sé cuál jueguen no sé dónde aunque su empresa se esté yendo por el desagüe. Todo lo surrealista es posible en un país donde 60.000 sevillanos se manifiestan no por el paro o exigiendo la reforma agraria, sino para que algún otro impresentable se largue de quién sabe qué equipo.

Pero quizá haya empresarios a los que estos grandes fichajes no les resuelvan ningún problema real y les indignen. Les indignen porque ellos, honrados y cumplidores, están al borde del colapso por la falta de liquidez de bancos y cajas que hacen cola para rendir pleitesía y bañar en euros a los equipos de fútbol. Quizá estos empresarios que acusen de agravio comparativo, de escándalo financiero el préstamo mil veces superior a la línea de crédito cuya renovación solicitaban y les fue denegada por Caja Madrid o por el Santander o por la Caixa si ésta le presta al Barça el dinero para no contratar a no sé quién… quizá ellos puedan reunirse, agenciarse unas cuantas latas de queroseno y empezar a quemar sucursales y sedes centrales. Parafraseando a Valdano, podrán decir que destruir para reconstruir es una forma de reactivar la economía, que se lo pregunten a los amigos de Bush en Irak. Y esto no es terrorismo, es justamente lo contrario: guerra contra el terrorismo financiero; todo empresario y autónomo que decidiera tomar esa decisión tendría desde aquí una tribuna abierta. Porque el crimen sería quedarnos de brazos cruzados cuando ni el Estado ni la Justicia funcionan, pues nuestro silencio e inacción sería aceptar sin rechistar que nos unzan el yugo.

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