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Archive for Juliol de 2009

Salía ayer por la mañana -tan calurosa a las ocho y media que decidí desanudarme la corbata- por el portal en mi estado catatónico de siempre cuando me encontré con el primero de estos carteles pegado en el lindar de mi edificio.

y los siguientes en los lindares vecinos, de modo que besos iban acompasando mis pasos. Me ha desperezado de golpe lo inesperado de encontrarme en la conservadora y aldeana Vetera coletazos de la campaña contra la discrimación sexual que la Conselleria d’Acció Social i Ciutadana de la Generalitat emprendió con motivo del Día del Orgullo Gay (28 de junio); por un momento -ensoñaciones antes del segundo café- pensé en que ya no estaba en la Cataluña rural, sino en la cosmpolita y tolerante. Pau, un amigo andrógino bastante más femenino que muchas chicas que conozco pero que en Vetera mide tanto pasos, palabras y gestos que pasaría por leñador, dice que los armarios de la villa son como Alcatraz, no ha salido nadie.

No podía durar mucho la anomalía. Esta mañana estaban todos los carteles arrancados y susituidos por la imagen fotocopiada en papel rosa de un Cristo sacado de una estampa horrorosa

Os aseguro que la impresión ha sido fuerte y me he despejado de golpe. Sinceramente, prefiero ver imágenes de besos que de un Dios torturado.

Como yo no me entero de las fiestas locales, el repique de campanas de ayer debió ser la respuesta de las fuerzas vivas al grito de Vía fora! que algún indignado ciudadano desempolvó, porque el somatén salió y no dejó cartel vivo. Toda Vetera está plagada de las horribles fotocopias, en rosa, naranja…

Hoy no me apetece empantanarme en el debate de si el cristianismo es necesariamente homófobo o si, por el contrario, no es más que una herencia cultural judía. Me gustaría poder hacer mía la reflexión de un monje octogenario que nos rechazaba como absurdo que un Dios de amor impida a sus criaturas la posibilidad de amar, que cree seres humanos con mayores restricciones morales que otros sin más razón que su condición natural.

Es habitual que los más vociferantes contra los integrismos ajenos militen furiosamente en somatenes cristianos. De hecho, la palabra ‘integrista’ no se refiere en origen al Islam, sino que fue acuñada por el catolicismo más recalcitrante del siglo XIX para autoafirmarse políticamente desde el tradicionalismo contra las opciones conservadoras del anatemizado régimen parlamentario. Se definían como ‘católicos íntegros’ frente a los ‘mestizos’ y, ante lo que consideran una ofensiva laicista, su intención era integrar nuevamente la religión en la política. Aunque os suene a dejà vu, esto son los debates de Ramón de Nocedal y su Partido Católico Nacional desde 1888, no os estoy copiando la hoja diocesana de esta semana del arzobispado de Madrid, palabra de ex monaguillo.

Sinceramente, me da bastante pena que la vida de ciertas personas sea tan trista y amargada que no soporten la visión de un beso y quieran que el resto vivamos es misma no vida, que el resto vivamos su muerte. Los que se llenan la boca sobre ‘cultura de la muerte’ son los más empeñados en negar la vida con todas sus facetas. En desagravio por la vida, intentaré hoy besar a quien se deje (espero que sea X), y os invito a lo mismo.

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Temores políticos

Como casi todos sabéis, soy catalán. Pero, por muy nacionalista que sea, que lo soy, nunca he sido tan chovinista como para aceptar que el amplio paraguas de la patria cobija cualquier cosa, sea buena o mala. Y hay tendencias que asoman en la lontananza que me ponen los pelos de punta.

En 1833, Javier de Burgos, secretario de Fomento en el gobierno de Cea Bermúdez, establece una división territorial de España por provincias que, con muy pocas modificaciones, y estas mínimas, ha llegado hasta nuestros días. La división de Javier de Burgos es, básicamente, la que el gobierno del trienio liberal (1820-1823) intentó imponer en 1822 para sustituir la vieja división en reinos, pero que cayó antes de lograrlo.

Esta división provincial se hace sin apenas concesiones a la historia, por criterios geográficos y demográficos, nunca económicos -la economía nunca ha sido el fuerte de los políticos españoles-. El Estatuto de Cataluña de 2006 propone recuperar una vieja division administrativa catalana, en principio mucho más acorde con los distintos vínculos económicos, culturales e históricos que se dan en el territorio. Es la división en veguerías:

Mapa de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

Digo ‘en principio’ porque la realidad es que la división sigue primando los intereses de las ciudades frente al territorio, de manera que una veguería natural como sería la Penedès, integrada por el Alt y el Baix Penedès y el Garraf, con una fuerte identidad económica, histórica, geogràfica y climática, queda repartida entre otras dos entidades, Barcelona y Tarragona.

Administrativamente, Cataluña se organiza, ascendentemente, en municipios, comarcas y provincias, división esta que encontramos también en Aragón, Galicia (donde los municipios, además, se organizan en parroquias), Cantabria… en Navarra se habla de merindades, pero es lo mismo. El resultado está en que el ciudadano medio sostiene sobre sus hombros una administración municipal, otra comarcal, la diputación provincial, la administración autonómica, la central y la europea. Luego habrá quien se pregunte cómo hacemos los españoles para tener unas espaldas como remeros del Volga…

Por eso, la división en entidades menores no me parecía mala si sustituía a Comarcas y Provincias, y esto es lo que se dejó entrever durante la campaña del referéndum. El Consejero de Gobernación y Administración Pública, Jordi Ausàs, afirmaba todavía en noviembre de 2008 que las veguerías harían desaparecer a las diputaciones provinciales, aunque por motivos prácticos deberían convivir con la división provincial (distritos electorales), con lo que uno, que ya va conociendo el pelaje de nuestros políticos, se barrunta que aquí no desaparecerá nada y sufriremos otra administración sobre nuestras espaldas. Porque la cuestión hace mucho tiempo que dejo de ser resolver los problemas de los ciudadanos para pasar a ser un juego de las sillas musicales donde cada vez aparecen más culos candidatos y para los que hay que ampliar el número y el tamaño de las poltronas, y esto es como el precio del suelo en los años dorados del boom inmobiliario, que el ciudadano acaba pagándolo todo.

Con lo ocurrentes que son nuestros políticos en materia de inventarse puestos, prestos a nombrar un Ober Haupt General-Stats Canal-Navigations-Rath que dirija el tráfico fluvial en el canal Segarra-Garrigues (que se dedica sólo al riego), y el desencuentro entre el llano y la montaña, la costa y la tierra firme, encuentro más que verosímil la posibilidad de que la veguería de l’Alt Pirineu acabe abriendo oficinas diplomáticas y nombrando cónsul en Terres de l’Ebre y que las comarcas gerundenses intercambien legados con la veguería de Ponent. 

No contentos con endilgarnos un mamotreto más, se han devanado los sesos para ver cómo podían exprimir aún más una geografía no demasiado generosa en quilómetros cuadrados; ensayarán los frutos de ese esfuerzo en la veguería Alt Pirineu-Arán, y si el resultado es el esperado, vaticino una rápida implantación en el territorio. La ocurrencia es la capitalidad compartida -Tremp, Seu d’Urgell y Puigcerdà en Alt Pirineu-, y ya veremos cómo se adapta la realidad nacional aranesa en ese encaje de bolillos, que hace tiempo que dicen que esto de la veguería no va con ellos, que ellos son nación.

Por supuesto, esta organigrama septuplicado que haría suspirar de emoción al director general de la escuela de burocracia soviética se nutrirá de las nunca exagües reservas de parásitos que vivaquean en todos los partidos pegando carteles desde los catorce años, esperando una prebenda. Bien por oposición restringida, por artículo 33, puesto de confianza o cargo político, ya podemos prepararnos para lo peor. Lo que me extraña es que esta oficina de recolocación de tanto millón de inútiles que hay en todos los partidos políticos no haya sido inmediatamente adaptada al resto de administraciones españolas.

Todos con su coche oficial, claro, que hay más coches oficiales en España que en media Europa, y da igual del partido de donde se venga, de derechas, izquierdas o al tresbolillo, que catar poltrona y pedir chófer  se separan una semana. Quizá ese sea el plan contra la crisis del automóvil que meditado en despachos gubernamentales, aumentar la flota de coches oficiales…

Hoy me habla mi hermana de un pariente lejanoal que ya menté, que tardó siete años en hacer filolofía hispánica o catalana o historia o filosofía o qué sé yo, que se cambió tantas veces de carrera que podría abrir una oficina de orientación univesitaria. El tipo, bondadoso pero no especialmente brillante -intento suavizarlo-, metido en las juventudes de no sé qué partido desde poco después de destetarse, ha pasado de ser coordinador de distrito para la Tercera Edad (cargo real, por si alguien se reía de lo del Ober Haupt General-Stats Canal-Navigations-Rath bismarckiano) a adjunto de parlamentario, y ya me gustaría saber cuánto le pagarán por nada. No, mejor será que no lo sepa, porque la famosa escena de Apocalypse now parecerá el desfile del día del Orgullo Gay comparado con la que puedo organizar.

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El domingo a las siete de la madrugada me levantaba; ni eran las escatológicas huellas de una noche de guiness ni tenía que tomar un avión. Simplemente, había que cortar una de las principales avenidas para desmontar la grúa, y aunque la presencia del arquitecto no es preceptiva, allí estaba yo con mi Panamá y la pipa a horas en que Vetera parece tomada por un ejército de zombies.

Desmontar una grúa sólo requiere -además de los que trabajan- al coordinador se seguridad y al aparejador-, pero esta ocasión convocó a la oficina técnica en pleno, y es que había algo de despedida; con ella, el bosque de hierros que en era el centro de Vetera como el de cualquier otra ciudad, villa o aldea hispana queda reducida a dos míseros ejemplares de una obra pública. Además, no sabemos cuándo volveremos a construir algo o si lo haremos siquiera juntos, así que incluso nos sacamos fotos sobre los tramos desmontados como si acabáramos de abatir un mamuth.

En Vetera, un domingo a las ocho de la mañana, no están ni las farolas en la calle, con lo que cortar la avenida era un problema viario casi insignificante. O lo habría sido si el funcionario de turno de vía pública hubiera hecho su trabajo, desviando el tráfico de autobuses y demás, instalando dos patrullas de municipales… en fin, todo eso en que cualquiera con dos dedos de frente habría pensado de inmediato. En Vetera no. Teníamos ya el brazo de la grúa en el suelo cuando Jorge tuvo que arrancar a correr para que el autobús de la Hispano Veterense diera la vuelta antes de bloquear el cruce y montar un circo… la patrulla municipal llegó en ese momento, no a poner orden, pues estando todo en regla no había multas que imputar y no valía la pena abandonar la comodidad de su aire acondicionado, sino simplemente a indicar que se les avisara cuando todo acabase para anotarlo en el libro del día.

La verdad es que eso fue lo más entretenido de la operación; a la una ya estaba todo cargado y rumbo al almacén y, nosotros, rumbo a una mariscada en la costa, que levantarse un domingo a las siete de la mañana para trabajar gratis et amore bien merece alguna compensación, lleno hay que tener el estómago para afrontar la semana que acecha.

Algo extraño había el lunes en el ambiente. Al principio, me costaba identificarlo: tal vez la excesiva humedad ambiental, la ausencia de algarabía de criaturines chapoteando en la piscina bajo mi despacho, chica nueva de limpieza -un día de estos dedicaré un post a nuestra Choches, la antigua limpiadora-. Aunque había algo de todo ello, nada justificaba mi sensación, y fui dándole vueltas mientras intentaba encajar un hotel de cuatro estrellas donde primero hubo pisos, luego apartamentos y al final tal vez nada. No fue hasta las diez y media, la hora del café, en que di un contorno definido a las borrosas sensaciones anteriores, y es que era el único imbécil de la Oficina Técnica que estaba trabajando ese lunes. Diréis que tuve hora y media para darme cuenta antes, pero, además de que mis biorritmos matutinos no despiertan hasta el café, en mi descargo está que no comparto despacho con nadie y que la música de Bach amortigua cualquier sonido que venga de los vecinos.

Y allí estaba yo a las diez y media, no sabiendo si ir sólo a tomar el café al bar de en frente, ‘comme toujours’ o si acpetar la invitación y apuntarme al descanso de Mr Potato y la srta Rottenmeyer, a riesgo de sufrir el empacho de anécdotas infantiles que es el monotema de Mr Potato, a quien cualquier tema, incluso un estudio sobre antroponimia pirenaica medieval, le da pie a pormenorizar las truculencias cotidianas de sus vástagos hasta monopolizar la conversación y abortar cualquier intento de disidencia. Elías, mi jefe, que hoy inscribía en el registro como propio al hijo que acaba de tener su mujer -sin prueba de ADN no afirmaré que él sea el padre, pues aunque ella es más casta que Lucrecia en la paternidad no hay certeza y es mejor no atribuirlas alegremente para después no desdecirse-, me pedía poco antes del feliz acontecimiento que le impedirá dormir tranquilo los próximos 18 años que le pegase un tiro en la nuca si alguna vez se volvía como Mr Potato.

Creo que estaba en piloto automático de respuesta monosilábica a no sé qué historia que ambas, Mr Potato y srta Rottenmeyer, encontraban muy divertida, sobre no sé qué caramelo que una señora le daba al hijo pequeño de una de ellas y el niño pidió otro más -no me preguntéis, supongo que hay que ser padre para encontrarle la vis cómica a esa estupidez- cuando el director de la empresa asomó por allí y se exclamó:

-¿qué haces por aquí, Theo? ¿No te has tomado el lunes libre como los demás? ¡Te vamos a hacer empleado de la semana!

Como los efectos del café habían sido contrarrestados eficazmente por las apasionantes historias de los hijos de Mr Potato, supongo que nadie percibió en mi rostro emoción alguna, pero por dentro me sentía tan idiota como Homer Simpson el día que hacía empleado del mes a una una inanimada barra de carbono.

Imagen de http://www.lossimpsons.net/planta-nuclear-de-springfield

En fin, ya que estábamos, tampoco iba a irme a casa a las once… así que, al menos, he logrado encajar siete habitaciones más de dimensiones generosas en esa planta endemoniada. Pero la próxima grúa la desmontará quien yo so diga.

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Hay un empeño en entretenernos con una trama de sainete para que las hojas no nos dejen ver el bosque. Personajes estrafalarios con apodos que parecen salidos de una comedia de Valle-Inclán (El Bigotes, el Curita, el Albondiguilla) van protagonizando subtramas cada vez más esperpénticas en las que al final se pierde de vista el argumento principal de la operación Gürtel, que no es otro que una gran trama de corrupción que salpica al PP de media España y en la que presuntamente estarían empantanados desde el alcalde de Boadilla del Monte, Arturo González Panero, alias ‘el albondiguilla’ hasta el presindente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, alias ‘el curita’, pasando por el tesorero del PP y senador, Luis Bárcenas, el diputado por Segovia Jesús Merino y el europarlamentario Gerardo Galeote. En este último caso, ya parecen que son negocios de familia, pues papá, José Galeote, ex concejal de Boadilla, y el hermanito, Ricardo Galeote, ex concejal de Estepona, también están imputados.

Cuando ya en febrero los nombres de Camps y Costa, empezaron a sonar, el presidente valenciano negó todas las acusaciones varias veces en el Parlamento autonómico; pese a todas sus protestas de inocencia y a la convocatoria de leales para vociferar su inquebrantable adhesión, fue imputado y tuvo que declarar ante el juez el 19 de mayo. Poco debieron impresionar al juez del TSJV, José Flors, las algaradas de los leales y el desfile de altos cargos a las puertas de los juzgados, pues el lunes 6 de julio decidió que hay indicios para seguir investigando a Camps, y la posibilidad de que el molt honorable y el secretario general del PP valenciano, Ricardo Costa, acaben calentado banquillo de acusados por cohecho empieza a asumir contornos bastante definidos. Si no os habéis enterado de este auto, no es culpa vuestra, pues el día que casi estalla la guerra civil en Honduras, que en una provincia china se desata una matanza con cientos de víctimas y que a Camps se le perciben ‘indicios racionales de delito’ no hubo en las televisiones españolas noticia más importante que la presentación de Cristiano Ronaldo.

Y aquí es entonces cuando doña Rita dio el zapatazo sobre la mesa. La alcaldesa de Valencia, que hasta ahora había ejercido de figurante en el desfile de autoridades y cargos del PP en apoyo manifiesto al líder injustamente acusado por esa caterva de rojos y masones revanchistas, ha decidido que la mejor manera de disipar la amenaza de juicio es encender el ventilador y esparcir su mierda en todas las direcciones y que nos salpique a todos.

Apenas conocido el auto del juez Flors, a doña Rita, que quizá esté mejor informada que los que se encastillan en defender desde el PP la intachable inocencia de Camps y por eso hasta ahora no había dicho nada, le pilla un calentón  y decide meter en el mismo saco las anchoas que el presidente de Cantabria regala a Zapatero en sus visitas a la Moncloa que los trajes que Camps siempre ha negado que le hayan regalado. El PP de Cantabria se desmarca de las “desafortunadas declaraciones” de doña Rita -por cierto, ¿soy yo el único que piensa que esta señora en algún momento pudo haberse llamado Manolo?- y la sede de Génova se echa las manos a la cabeza. No por la infamia que representa confundir los regalos institucionales que un representante público da a otro -caso de las famosas anchoas- con unos regalos que una empresa hizo a un político a cambio de unos favores, en este caso la concesión directa de la organización de eventos que se pagan con dinero público -y el dinero público, diga lo que diga la ex ministra Calvo, no es ‘dinero de nadie’, sino de todos-. No, no es esto lo que le preocupa al PP; es más, ya le va bien que a la opinión pública se le confunda lo legal con lo ilegal, lo blanco con lo negro y se le mezclen churras con merinas en una inmensa empanada mental donde ya nadie tiene claro nada, la vieja política del PP del todo vale y todo es un arma electoral, aunque ello envíe al traste la estabilidad política e institucional del país. Lo que le preocupa a Génova es que el exabrupto de Rita Barberá -que la prensa televisiva, como de costumbre, se ha tragado acríticamente sin analizarla en absoluto- reconoce ímplicitamente el delito que se acusa al muy honorable Camps.

Doña Rita, envalentonada, no sólo no se retracta, sino que se reafirma en su dislate, y propone incluso que se cambie el artículo 426 del Código Penal:

Artículo 426.

La autoridad o funcionario público que admitiere dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente, incurrirá en la pena de multa de tres a seis meses.

¡Sí, señora, con un par! Los tiene usted mejor puestos que muchos que se afeitan en su partido: “Si las reglas que hay me perjudican, se cambian y punto”. Nadie se ha escandalizado de semejante declaración de principios sin ningún tipo de principio moral, ético o democrático o con la malversación de fondos públicos a cambio de favores en metálico o en especies… aquí, nos entretenemos en el debate entre trajes y anchoas o en dilucidar si no sé quién acabará jugando de 7 en el Sporting de Vetera o de 9 en el Thundertentrockfussballclub. Y es que, como ya dijo el presidente de la Diputación de Castellón, con más causas abiertas que Julián Muños, a los ciudadanos les da igual si Camps y Fabra son corruptos, les siguen votando. Bueno, pues que se pare esto, que si no se bajan ellos, me bajo yo, pero en el mismo tren no podemos ir.

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La prensa española, especialmente la deportiva, tiene la curiosa habilidad de lograr que medio país acabe odiando a cualquier profesional que despunte un poco. Da lo mismo que hablemos de cineastas, escritores, arquitectos, actores, tenistas o pilotos de F1. Además, su capacidad para decir una cosa y la contraria sin que nadie les reproche la incoherencia, merece, con la nariz tapada por le hedor, cierta admiración. Pese a todo, he decidido con este post inaugurar una sección nueva en el blog, “Con patatas”, aquellas noticias o declaraciones que políticos o periodistas deberían haberse comido con patatas por falsas o, como mínimo, precipitadas. Claro que esto sólo sería posible si tuviésemos una prensa y una sociedad democráticamente maduras, con lo que nos tendremos que conformar con lo que cuatro bloggers locos hagamos.

El deporte me importa bastante poco, y sólo lo sigo desde un punto de vista cultural; no me interesa tanto el partido como la retransmisión. Viktor Klemperer, en su célebre LTI: La Lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, recogió con meticulosidad y sentido del humor -detalle éste altamente encomiable en alguien cuya superviviencia en ese terror era poco menos de improbable- la evolución semántica y los giros lingüísticos que iban produciéndose en los 12 años del milenario Reich, la alteración del idioma alemán para introudicir las ideas nacionalsocionalistas en el pueblo a través de la lengua; esta obra dedesbrozaba el camino de una posterior sociología de la retórica autoritaria que jamás se ha emprendido, pero que sería altamente significativa. Supongo que por eso no se ha hecho.

Pero a mí si me interesa analizar el idioma que usa la prensa, pues en este neofeudalismo en el que vamos precipitándonos ella ocupa el lugar de la Iglesia como domeñadora de conciencias en la concepción tripartita de la sociedad.

La construcción de un idolo en España es un fenómeno complejo, donde los elementos irracionales desplazan como en ningún otra parte cualquier análisis cartesiano. Se ama o se odia visceralmente; Brenan, El laberinto español, decía que la historia del siglo XIX español se resumía con el pueblo detrás de los curas, bien llevando cruces en procesiones, bien estacas en revoluciones, pero sin ningún tipo de reflexión que sustentara la acción. Y es en esta visceralidad, poco dada a la introspección y al examen de conciencia, donde pone sus huevos el basilisco ibérico en sus dos aspectos más manifiestos: el jingoísmo, que desprecia todo lo ajeno aún cuando lo ignore, y un feroz individualismo que no haya otra forma de ensalzar lo propio que denostando lo… ¡caramba, qué coincidencia!

Cuando el calvinismo concibe el éxito profesional como una garantía escatólgica, pues se considera el trabajo como una forma de práctica religiosa, la contrarreforma ibérica es entendida por campos y aldeas como un dejarse en manos de la providencia, la consagración del principio de la Campana de Huesca de cortar la cabeza al que descuella.

Así, oscilando entre jingoísmo e individualismo cainita, vivimos en la esquizofrenia de felicitarnos por los triunfos como propios de un Pepito Gómez cualquiera, candidata al Nobel de Química o campeón mundial de petanca, al tiempo que gozamos desmontándolo en todos sus aspectos profesionales y personales. La prensa supuestamente seria se encarga de fomentar lo primero, “hemos ganado siete medallas de oro en los europeos de parchís”, mientras que la rosa o amarilla azuza las bajas pasiones de lo segundo. Quizá ahí encontremos parte de la explicación del porqué del éxito de ese tipo de periodismo.

Cuando el 1 de febrero de este año, Nadal se alzaba con el gran premio de Australia, los comentarios de la prensa, sobre todo la televisiva, merecerían figurar en el acta de una reunión de taxistas y no en la hemeroteca de titulares compuestos por profesionales de la información. Dedicaron más tiempo a las lágrimas de Federer que al triunfo del mallorquín, con titulares objetivos e imparciales:

Cambio de época

“Federer es historia”

“Ha empezado el reinado de nuestro Nadal”,

Que no engañaban a nadie del forofo que había escrito la crónica:

El llanto del suizo dejó bien a las claras que los momentos de gloria para Federer difícilmente se podrán repetir en un torneo en el que compita Nadal. (Álvaro Bretón, Diario de Navarra, 2 de febrero de 2009)

Rafa Nadal volvió a exhibir hoy su carácter tirano en la pista. De nuevo ante su ya eterno rival, el suizo de oro Roger Federer, que acabó sollozando desconsolado en la emotiva entrega de premios. Su sueño de superar los 14 títulos de Grand Slam de su amigo Pete Sampras empieza a desvanecerse fruto de su ansiedad y del pánico que le genera la imagen de Nadal al otro lado de la red. (Tomás de Cos, As, 2- febrero-2009)

Cinco meses y dos grandes premios después, Federer recupera el número 1 de la ATP, bate el record de Sampras de 14 triunfos y ya nadie se acuerda de lo que vomitó en febrero fruto del calentón patriotero. Y los mismos que en febrero ya estaban enterrando al suizo, ahora lo proclaman “El más grande“, sin importarles demasiado a supuestos profesionales del idioma que el castellano no permita esa construcción. Lo peor de todo es que nadie les recuerde a estos listos sus palabras y le invite a comérselas con patatas. Sé que los que me visitan suelen ver con añoranza de juveniles ardores o conmiseración por lo mal que mi ingenuidad me lo hará pasar mi exigencia de una prensa, ya que no libre, al menos rigurosa.

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Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ‘sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga…

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

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Ya no recuerdo aquellos tiempos en que los días se clasificaban en ‘buenos’ y ‘malos’; desde hace dos años, eran ‘malos’ o ‘muy malos’, para pasar los últimos ocho meses a ser ‘muy malos’ o ‘catastróficos’.

Ayer me convocó el director financiero de la empresa. Sin lugar a negociaciones, mis honorarios directos quedaban reducidos con carácter inmediato un 30%, sin que se vislumbrara recuperación ninguna; como tampoco hay previsión de empezar obra nueva en, al menos un año, quedan también cancelados incentivos, primas y comisiones. Todo ello supondrá una reducción de ingresos de alrededor del 50%.

No diré que en la Oficina Técnica no estuviésemos pasando los últimos meses con cierto desasosiego, pues la única obra que tenemos en ejecución se acabará en octubre, y no hay nada previsto después de eso. Personalmente, esperaba el ajuste, pero no tan drástico (suponía un 20%) ni tan innegociable. Gracias al Cielo o al Infierno, he seguido con la política de no hacer ni puñetero caso a mis dragones que tan buenos frutos me ha dado desde los 18 años y ni tengo un alquiler más caro, ni una hipoteca, ni un coche ni cargas familiares. Pese a todo, el ajuste presupuestario que me espera para los próximos 18 meses -si conservo el trabajo ese tiempo- será doloroso, aunque no trágico, pues, pese al descalabro financiero, no soy un mileurista, aunque una vez descontados alquiler, facturas e impuestos esa sea exactamente la cifra que dispondré para vivir. Supongo que es lo que le corresponde a alguien que no es futbolista y tiene 34 años, ocho de experiencia laboral, dos carreras universitarias, un doctorado en ejecución y seis idiomas: como en España no se vive en ningún sitio.

Recuperado del shock que me supuso la noticia de ayer, que no por esperada fue menos impactante, me he dado esta mañana de baja en el RACC y he cancelado el ADSL; no es mucho, pero son gastos prescindibles. Tanto el sello ‘Casa de la Habana’ como Guiness verán reflejadas las consecuencias en su cuenta de resultados del segundo semestre.

Porque mi situación laboral ha retrocedido, como mínimo, cinco años, y esto es lo que peor me sienta. No es tanto el dinero, pues es sólo dinero y tengo aún margen de maniobra, sino que la pérdida de categoría no es coyuntural, no me cabe la esperanza de que cuando esto pase recuperaré mi anterior posición, sino que empezaré otra vez de cero o casi y tendré que volver a ganármela, si es que jamás lo consigo. Porque en las escasas ofertas laborales que recibo, ante la posibilidad de que ni el ajuste salarial salve las cuentas de la empresa, las condiciones son absolutamente inaceptables, entorno a los 1500 euros al mes, exigiiendo incluso disponibilidad para desplazamientos al extranjero.

Me llamaréis clasista, pero antes de trabajar como arquitecto por 1500 euros al mes, trabajo de camarero por 900. Ya no es una cuestión de dinero, sino de dignidad: no he dedicado tiempo y esfuerzo a mi formación para que me tomen el pelo, para que me esclavicen; además, si ahora aceptara esa oferta, ya nunca más obtendría otra mejor, pues estaría aceptando que se puede contratar a un arquitecto por el salario de un reponedor. Antes camarero, pastor, o dependiente en una zapataría de mujeres.

Esta es la situación. El sector de la construcción está absolutamente devastado y, encima, desprestigiado. La actitud de individuos que muy a menudo no eran profesionales del sector, sino especuladores que entraron solo a dar el pelotazo y después largarse con los beneficios ha dañado muchísimo la imagen de los que intentamos hacer las cosas honradamente. Han sido Poceros, Nozaledas, Martín, Jové, etc, pero también el joyero del pueblo, el del bar de barrio de toda la vida, el tendero metido a promotor… El sector no verá la luz al final del túnel hasta 2011, y no sé cuántas empresas resistirán esta travesía por el desierto, me temo que muy pocas, con lo que todo quedará concentrado en muy pocas manos.

Los primeros empeñados en que no haya luz son los bancos, acaparadores de stock al que tienen que dar salida, un stock en muchas ocasiones de calidad más que discreta, bien por los acabados, bien por las ubicaciones, y, por tanto, muy poco interesados en que se hagan nuevas viviendas de mejor calidad y situación que les dificulten deshacerse de los chollos que se han tenido que comer con patatas por haber financiado dislates de cualquier indocumentado. Al menos, me cabe la torva sonrisa de saber que sus resultados para el 2010 serán mucho menos espectaculares que los que ahora presumen, cuando tengan que cobrar las hipotecas al precio del euríbor real y no al usurero 7% que ahora cobran por arrastrar los mismos tipos desde enero.

Pese a todo, muchos nos quedaremos por el camino, y a veces temo que no habrá ni siquiera un último que pueda apagar la luz. Pero yo no voy a rendirme, no voy a dedicarme a recoger cadáveres ni a contar los muertos de la devacle, sino que, personalmente, prometo venganza. Y los primeros a quienes visitaré cuando llegue mi día de los cuchillos largos son ciertos técnicos municipales cuya documentación para una demanda por prevaricación no hace sino crecer cada día que pasa.

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