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Archive for the ‘arquitectura’ Category

KLAUS

Si no nos hemos tomado mi precaución de bloquear todos los resquicios posibles en el perfil de facebook, podemos levantarnos un buen día y desayunarnos con la solicitud de amistad de un tipo con el que coincidimos en un campamento de verano allá por los ochenta (los que tenemos cierta edad) y cuyo nombre no nos dice nada hasta que recordamos que era el matón que hizo de nuestra estancia una tortura. En cambio, cuando alguien encuentra un blog, aunque sea enmascarado en el seudonimato como el mío, partimos ya de la posición ventajosa de que el hallador sabe leer, y eso da ciertas garantías.

Así, de casualidad, después de algunos años desconectados -ni él ni yo dábamos mucha importanca al e-mail cuando nos separamos, ni sabíamos exactamente qué íbamos a hacer o a deshacer-, gracias a este peculiar universo de blogs -que los Gustavo Bueno de turno consideran ya casi obsoletos, deslumbrados por el éxito de las redes sociales- un viejo amigo de la carrera y yo nos hemos reencontrado, y si él tuvo alguna duda de que era yo el disfrazado con el rostro de uno de los inoporantes más simpáticos de la historia alemana, no precisé ENIGMA para descifrar su acróstico.

No sé si el tiempo o las experiencias le habrán cambiado mucho, pues ni siquiera puedo discriminar si yo he cambiado mucho con ambos; la última vez que le vi, no había probado ni el tabaco ni el alcohol en toda su vida, y como su abstinente determinación no se debía ni a voto, promesa o causa religiosa alguna, sino más bien a terquedad, mucho me temo que, lamentablemente, seguirá igual en ese aspecto. Yo, en cambio, he sustituido el Moskovskaya con un poco de limón exprimido con que ponía a macerar mi hígado durante la carrera por cerveza negra o vino, sobre todo tinto, y una copa de calvados o de malta muy de vez en cuando.

Klaus es brillante, pero eso no debe llamar a engaño a nadie, que no se ha sentado en la puerta de su casa a esperar ver pasar el cadáver de su enemigo. Picasso decía algo sobre que la inspiración para ser eficaz debía encontrarle trabajando -como no recuerdo la cita exacta, la parefreseo y punto- y, consecuentemente, la brillantez intelectual de Klaus ha sido constantemente bruñida por su desmesurada capacidad de trabajo, tanto para los asuntos importantes como en otros más triviales; de hecho, es la única persona que conozco que supera mi capacidad de dedicar tiempo, trabajo y esfuerzo a lo pintoresco.

Hay muchas formas de demostrar inteligencia; en nuestra carrera, quizá la más importante -y difícil- es no creerse el pasodoble “Marcial, tú eres el más grande” que la escuela entera canta cuando uno sobresale en determinadas asignaturas. Y Klaus, pese a pertenecer por méritos propios a esa elite, siempre contempló con reparos esa feria de las vanidades. Quizá por eso todavía sigue cuerdo o, como mínimo, igual de loco que entonces. Muy buen dibujante y genial caricaturista, ha seguido cultivando la mirada crítida al starsystem -no sólo de la arquitectura- que ya tenía en la carrera, visión de la que se puede disfrutar en su blog,

www.klaustoon.wordpress.com

una reflexión lúcida y sagaz desde la tira cómica del mundo de las grandes estrellas de la arquitectura mundial. Si está en inglés no es por snobismo, sino simplemente porque Klaus vive allí. He aquí, por ejemplo, cómo refleja la paradoja entre el discurso de Rem Koolhaas, un gran arquitecto holandés, y su puesta en escena mediática.

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Viñeta On Starchitecture

y aquí está el verdadero Koolhaas, que personalmente me parece menos auténtico que la caricatura.

Por cierto, la sombra peluda que aparece en alguna viñeta

 

es el propio KLAUS, un amante del cine y conocedor de este arte como pocos que, supongo, homenajea a Hitschcock parodiando sus cameos. O quizá no, pero la asociación era ingeniosa y no he podido evitarla.

Si he traído este blog aquí no es sólo por recomendar una página que, objetivamente, encuentro digna se ser conocida y visitada, pues es una acertada crítica al mundo de la arquitectura y los grandes arquitectos desde dentro, una refrescante broma con la que devolvernos a la realidad a una profesión en la que tendemos a tomarnos demasiado en seria y con figuras tratadas a menudo como reencarnaciones de Buda. No sólo es eso, aunque ya sería bastante, sino por la alegría de haberme reecontrado con un viejo amigo en el que he pensado a menudo y cuya ausencia he extrañado a veces. Y no podía despedirme con otra cosa que con Pink Floyd, claro, un café para él y, haciendo una excepción, un moskovskaya en vaso helado para mí, por los viejos tiempos.

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El domingo volví de Biluba. Para los que crean que ese Macondo montaraz, escenario de mi infancia y adolescencia y ahora guarida de mis dragones, no es más que mi Yocknapatawpha, tras agradecer el cumplido de la comparación, no puedo aportar más prueba de su existencia que mi palabra y los arañazos de mis excursiones. Pero puedo describíroslo.

Biluba es un puente. Puente e iglesia existían mucho antes de que un barón y un abad, allá por el siglo XIII, se percataran de la idoneidad para emplazar allí mercado y villa, o villam de mercato, según dice el documento fundacional, encrucijada de los importantes Camino de Francia, de Norte a Sur, y el Camino de la Sal, de Este a Oeste. Se da la particularidad de que es una villa nueva en una tierra vieja, densamente habitada desde tiempos carolingios o incluso antes, de aldeas, villares y castillos, abadías godas y otras que crecieron y desaparecieron antes de que Biluba viera la luz, sin dejar más rastro que topónimos y documentos dudosos. Biluba nació por decisión señorial, sin que nadie escuchara a sus habitantes, y este rasgo fundacional ha pervivido hasta ahora, pues todos los sucesos importantes de la villa ocurrieron por decisiones que tomaron otros, nunca Biluba.

Biluba ha sido un río y cuatro barrancos, sus avenidas y sus destrozos hasta hace muy poco; canalizados, hoy lamen mansamente la larga fachada fluvial, pero los viejos aguardan la venganza del río por haberlo intentado domar; no confían en el juguetón vecino en el que ahora cabalgan botes de rafting pues todos perdieron algo en su último arranque de furia, hace cincuenta años.

También es Macondo, con una edad de oro que tal como vino se fue, y dejó tras de sí el cementerio de elefantes de fábricas y naves decrépitas, cristales rotos y puertas cegadas. Viejo Príamo que devoró a sus hijos, ahora languidece estirada, “como un trozo pequeño de mantequilla sobre demasiado pan”, sobredimensionada, esperando que, como siempre, alguien le diga el camino a seguir, pues nunca ha tomado ninguna decisión. Biluba no es antigua, es vieja. No tiene un campanario románico que fotografíen los turistas, ni casonas blasonadas de esquinas reforzadas con sillares, y lo que tuvo lo ha ido derribando por no ser suficientemente pintoresco o para levantar un Cornellá montaraz de cinco o seis plantas, ladrillo visto y balcones corridos. Biluba no sabe quién es ni qué quiere ser; la precoz especulación que ella conoce desde los años 40, le ha provocado un alzheimer urbano, y ya no recuerda cómo era. No ha crecido, simplemente se ha desparramado.

No mira atrás, pero tampoco adelante, pues sabe que la carretera que es todo su sentido ha de desaparecer y cómo, entonces, se sustituirá la placa metálica que avisa de su presencia por lápida de mármol que la recuerde. Paraíso de los enfermos terminales -un noviembre en sus calles se hace eterno-, ella misma se agosta, entre casas vacías y grúas optimistas, pasando día a día sin esperar demasiado.

Los bosques avanzan. Dos siglos atrás, Francisco de Zamora anotaba en su diario no haber encontrado forestas en sesenta millas alrededor de Biluba. Ahora, es lo único que hay. Pinos y robles han ido colonizando los pastos, los bancales yermos, las ruinas de cuadras, pueblos y templos. Liebres y jabalíes donde ramoneaban las mil cabezas ovinas del abad, vacas y bueyes y algún caballo. Por las noches, en aquellos pueblos minúsculos que la edad de oro de Biluba vació, se oyen los ladridos de perros cimarrones, el asilvestrado resultado de un regalo de navidad que en agosto molesta y se suelta en la montaña. Pero hay quien entre los gañidos distingue el aullido de algún lobo.

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Nada hay más opuesto a la verdadera Tradición que el Tradicionalismo. La Tradición es la adaptación dinámica del hombre a su entorno físico, social y cultural, basada en la experiencia de los antepasados, pero también en la innovación. El Tradicionalismo, en cambio, pretende regresar a una fecha concreta de la Tradición, a la que convierte en paradigma, sin percibir el contrasentido latente, pues la Tradición por propia esencia es atemporal y dinámica. El Tradicionalismo surge exclusivamente cuando la cesura con la Tradición es ya irremediable y pretende galvanizarla con los mecanismos de la ultraortodoxia y la historia. Y, como he dicho antes, la propia naturaleza dinámica de la Tradición la hace difícilmente compatible en la práctica con los métodos y las conclusiones de la Historia, como magníficamente explica Antonio Pizza La construcción del pasado.

El Tradicionalismo NUNCA es inocente. No estudia el pasado, sino que lo reconstruye, moldeándolo, golpeándolo hasta hacerlo encajar en sus prejuicios de cómo debería haber sido, y no de cómo fue. Y en este pasado-ficción, hábilmente ataviado de verdad histórica o de verdad tradicional, es en el que sustenta sus reivindicaciones presentes. Es, parafraseando la célebre obra de Hobsbawm y Ranger, La invención de la tradición.

Históricamente, la Tradición ha sido el argumento con que las clases subalternas se han opuesto a las pretensiones de los poderosos, mientras que el Tradicionalismo es el arma que esgrimen estas clases poderosas para exigir la subordinación de las subalternas. Así, pleitearon los habitatantes de Salás con el monasterio de Bellera (995) por unos derechos sobre comunales, y del mismo modo rechazaron los campesinos las nuevas exacciones económicas que los feudales catalanes pretendían imponerlas calificándolas de ‘malos usos’. El Tradicionalismo busca en la historia la excusa para perpetuar unos modos que favorecen a las clases dirigentes.

Cuando la Iglesia habla del ‘matrimonio tradicional’ omite cuidadosamente que esta figura no se impuso hasta la reforma gregoriana de, en el siglo XII, y aún así costó sangre, sudor y lágrimas y más de un siglo de esfuerzos. Antes de ello, el matrimonio era un contrato civil entre familias, en el que la Iglesia no intervenía, a veces concubinatos legales conocidos en el centro y norte de Europa como ‘matrimonio a la danesa’, un contrato en el que se contemplaba la rescisión, el repudio, y para el que, en plena ofensiva gregoriana, con el obispo Yves de Chartres al frente, se encontró un resquicio en forma de consanguinidad. Por supuesto, cuando los epíscopos esgrimen al Tradición al referirse al matrimonio no se refieren a la tradicional libertad de los contrayentes, sino a la histórica conquista del control eclesiástico sobre ello. (George DUBY: El caballero, la mujer y el cura. El matrimonio en la Francia feudal).

Cuando el Tradicionalismo queda despojado de una reflexión histórica o política, queda reducido a menudo a una pataleta estética, a una falsa controversia entre Tradición y Modernidad, como la establecida brillantemente por Sir Reginal Blomfield, Modernismus. O cuando Anatoly Lunacharsky, comisario de Instrucción de Lenin, en plena revolución bolchevique y en la efervescencia cultural del constructivismo declaró,

Proyecto de Iakob Chernikhov (1889-1951), imagen del blog arquitectura.mnp

para salvar muchos edificios históricos que ciertos revolucionarios querían destruir que “el pueblo también tiene derecho a columnatas”. Poco podía pensar el promotor del juicio contra Dios que su frase sería el eje del realismo soviético estalinista…

El Tradicionalismo en España tuvo en la arquitectura su sostén teórico en Diego de Reina, Ensayo sobre las directrices arquitectónicas de un estilo imperial. Claro que con esos mimbres ya podemos imaginar los cestos que saldrían, porque Blomfield es a Diego de Reina “lo que Hiperión a un sátiro”. Su reivindicación de lo escurialense como arquitectura áulica hispana abrió la veda de lo que ya se estaba haciendo, el pintoresquismo, evolución lógica de un pensamiento que nace muerto como es el Tradicionalismo.

Aunque rechacemos por anacrónicos el clasicismo de Luis Moya o el historicismo de Chueca Goitia, ambos son fruto de una reflexión teórica sobre la arquitectura, la historia y la sociedad que, como mínimo, merece ser tenida en cuenta. El pintoresquismo no necesita esta reflexión, es más, la rechaza como si le produjera alergia: se asienta en una presupuestos que están igualmente alejados de la Arquitectura Moderna como del academicismo; Heinrich Böll, Diario irlandés, dice que cuando alguien sabe que es pintoresco, deja de serlo. Lo mismo ocurre con la arquitectura, que cuando pretende ser un decorado evocador deja de ser arquitectura para ser un carísimo trampantojo, carísimo porque ,como ya denunciara Adolf Loos, hacer las cosas imitando otras suele ser mucho más caro que hacerlas honradamente.

Todos nosotros, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, donde vamos de vacaciones, podemos reconocer esa concesión pintoresquista: casas de montaña con piedra vista a lo chalet suizo, cuando lo tradicional era encalarlas para proteger el mortero de poca calidad con que se unía la piedra; masías con que ya no son de piedra seca, sino con gruesas llagas de mortero; calles completamente adoquinadas, cuando la tradición era reservar este incómodo pavimento para las caballerías, y enlosar los pasos para ‘taconear’ o pasear y así un larguísimo etcétera.

Porque la arquitectura pintoresquista pretende reconstruir un intangible: la casa de la infancia. No es la casa real, sino la casa soñada, pergeñada a partir de un collage cde imágenes, cuentos, olores… Se reconstruye una vieja casa pretendiendo resucitar en ella ‘la casa de mi abuela’, o se busca en una nueva un aire antiguo o señorial, el sueño de la princesa y el castillo encantado, adovelando puertas, coronando claves con blasones, y acabamos siendo patéticos reyes bufos de castillos de Disney en ridículas parcelas de 500 metros cuadrados.

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En algunos aspectos, la legislación española está a años luz de la mentalidad de los legislados. Por ejemplo, en lo que se refiere a los derechos de homosexuales. Esta legislación tan avanzada responde a idearios políticos a veces, pero más a menudo a planteamientos de más allá del Pirineo,

hacia el norte,

donde dicen que la gente es limpia

y noble, culta, rica, libre,

despierta y feliz. (Salvador Espriu, Assaig de càntic en el temple)

Es decir, que nos viene impuesta por directivas europeas que nos son tan ajenas como si las hubiesen dictado desde Alfa-Centauri. Y estas son las leyes de conservación del patrimonio y de conservación del medio ambiente, ambas vistas con verdadera hostilidad no sólo por empresas e instituciones, sino también por el ciudadano medio, como refleja Arqueòleg en su último post.

Tolstoi decía que hay gente que al cruzar un bosque no ve sino leña. No se me ocurre mejor definición para un pueblo que de cualquier ruina ha hecho cantera gratuita y no reflexión sobre el pasado de lo que somos, un pueblo en el que, además, se da cierta inclinación genética por la especulación como único modo de enriquecerse, pues debe seguir considerando el trabajo como un castigo divino. De ahí, supongo, la proliferación de intermediarios en cualquier ámbito en que se ponga la vista.

Aunque haya leyes marcos generales, estatales o autonómicas, el ámbito de aplicación recae en la más corrupta e ineficaz de las administraciones, la municipal, cuyos responsables, a menudo poco cualificados para las responsabilidades que la ley les atribuye, están demasiado implicados en el tejido social como para soslayar las presiones a que son sometidos, bien por vecinos que se beneficiarán de la rapiña urbanística revendiendo su huerto a precio de oro, bien por inversores foráneos que les convencen de la idoneidad de un proyecto que dista mucho de serlo. Cuando no directamente están beneficiados de todo ello, claro.

Un país que ha tenido como objetivo único enriquecerse en dos días mejor que en tres y que ha concentrado toda esta creación de riqueza en la especulación en torno al urbanismo más desaforado no puede sino ver en las leyes de conservación patrimonial o medioambiental una intolerable injerencia pública, un incomprensible poner palos en las ruedas del ‘progreso’.

Es habitual ver a alcaldes y ciudadanos haciendo frente común para defeneder como fuente de creación de riqueza y de puestos de trabajo un despropósito cualquiera, como el monstruoso hotel El Algarrobico en el parque natural del Cabo de Gata,

Imagen tomada del blog laslucesdeagosto.wordpress.com 

sin atender a que todo esto no es más que un pan para hoy y hambre para mañana. Porque el tiempo político se mide en cuatrienios; lo que ocurra después, como si es el diluvio.

El ibérico tiene una tendencia a entender la propiedad al modo romano, el derecho de usar y abusar de un bien. “Es mío, como si lo quemo”. Al mismo tiempo, la legislación es altamente punitiva, pero nunca educativa y compensatoria. Excavar una cimentación y encontrar cuatro sillares es recibido con mayores caras de desesperación que noticias de un cáncer, sin comprender que, acabada la labor de estudio, una modificación del proyecto puede hacer perfectamente compatible la conservación con la explotación del solar. Pero, lo más normal al hallar cualquier resto es oír la frase: “Tira hormigón rápido, que como se enteren te lo paran seis meses”. ¿No pueden habilitarse mecanismos de compensación, de indemnización en estos casos? Seguramente se tendría menos prisa en echar hormigón y se vería con mejores ojos a los que hacen nuestras ciudades más comprensibles.

Pero el problema está en que los responsables políticos entienden el patrimonio a los Disney. Potemkinizamos nuestros centros históricos como un inmenso decorado para turistas, restaurantes de diseño y tiendas de lujo, pero, cuando en el sótano de un hotel, o de su nuevo palacio de congresos aparecen cuatro huesos, de inmediato emprenden una campaña para desacreditar la opinión de los expertos y ponderar la necesidad urgente del equipamiento que la arqueología retrasaría. Y la ciudadanía traga, como en el caso de Lorca y su castillo, o del mencionado Algarrobico. Así, no es extraño que los políticos locales vendan como de interés general lo que no es más que una operación enconómica y especulativa privada, como la ciudad del golf de Las Navas, en Ávila, felizmente parada por el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León. O el polígono industrial que se levantará junto a las ruinas de Numancia.

Cierto es que, si se escucha atentamente, se oirán las primeras sentencias de protección -irremediablemente tarde, como siempre con la Justicia en España- y agrios debates en torno al tema del patrimonio en varios lugares de Celtiberia. Por supuesto, para oír debates sobre el patrimonio hay que tener una oído más fino que Gustavus,

aquel compañero del barón de Münchhausen, porque el ruido de la barahúnda política y del fútbol tabernario apaga cualquier eco de debate. El debate se plantea en los medios como una dialéctica entre ‘conservadores’ y ‘modernos’, cuando en realidad es entre los que ven en la ciudad un ente que debe entenderse históricamente para seguir creciendo y los que sólo ven en el urbanismo un modo de enriquecerse rápidamente. Ccomo aquel profesor de proyectos que un Congreso Internacional de Arquitectura que organicé hace unos años arremetió contra los historiadores por ‘impedir el progreso de la ciudad’ cuando sólo impedían que se llevase a cabo un proyecto suyo, un absoluto despropósito en un casco antiguo que alteraba gravemente su fisonomía sin aportar ninguna mejora de uso o de habitabilidad.

Lo más divertido es ver cómo se arrasa con la verdadera historia para suplantarla por un pintoresquismo Disney, como los quioscos a lo chulapo de plástico de Álvarez del Manzano en Madrid, o la supuesta construcción tradicional vasca de Ondarribia. O los chalets suizos en que se han convertido los pueblos de montaña junto a estaciones de esquí, arrancando el encalado tradicional con que cubrían sus muros para dejar la piedra vista que los turistas esperan de un pueblo de montaña. Que la realidad no corrija nuestros prejucios. Y cuanto menos rigurosos se sea en la recreación pintoresca, más éxito se cosechará en este intratable pueblo de cabreros. Comparemos, a modo de ejemplo, el interior de Sant Climent de Taúll, tal y como la encontró la expedición de Puig i Cadafalch en 1904

con su estado actual

Por no hablar otra vez de la Cornisa del Manzanares y el parque de las Vistillas, claro, dejadas a la voracidad de Rouco.

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Un lector, Samuel, me pedía hace unos días que, como urbanista, estudiara y diera mi opinión sobre el Plan Parcial de Reforma Interior de la Cornisa del Río Manzanares, en Madrid, que significará un cambio de uso y de propiedad. En resumen, el plan consiste en ceder 15.000 metros cuadrados de zona verde pública al arzobispado para que construya su ‘ciudad de la iglesia’, con diversos edificios, de varias plantas y hasta 140 metros de fachada; a cambio, el Ayuntamiento dice recibir una escuela infantil de 1000 metros cuadrados y unas instalaciones deportivas de 5000. Tras estudiar el tema, saco dos conclusiones, ambas bastante negativas, sobre el proyecto. Mas contextualicemos el caso, que no todos somos madrileños ni todos somos urbanistas.

 

Madrid no es una ciudad en cuyo centro histórico abunden parques y jardines, pero hay dos de especial significado, tanto histórico como paisajístico. Es el conocido como la Cornisa del Manzanares y el parque de las Vistillas, hacia la iglesia de San Francisco el Grande, que ya pintara Goya, entre otros, en 1788.

 Goya, La Pradera de San Isidro

Urbanísticamente hablando, es el último vestigio de la cerca histórica de Felipe IV, presente en toda la planimetría de Madrid desde el siglo XVII. Altamente recomendable es la lectura de esta página sobre el Madrid histórico, con abundancia de planos y mapas de fácil comprensión, donde se ve, por ejemplo, el trazado de esta cerca mandada construir en 1625 y que significó el encorsetamiento de Madrid por dos siglos.

No puede, pues, alterarse sin destruir un elemento fundamental en el urbanismo histórico madrileño, un punto que ayuda a comprender la ciudad como ser vivo histórico. No se puede construir sobre ese talud, y mucho menos un mamotreto de 140 metros de longitud de fachada sin desfigurar irreversiblemente el paisaje del Madrid histórico.

Rafael Fraguas en un reportaje publicado por El País el 18 de febrero de 2009 expone la cuestión brillantemente, aporta las unánimes opiniones de arquitectos, urbanistas, académicos de arte y de historia y describe el proyecto. A este artículo me remito para no pergeñar con peor fortuna unas líneas que Fraguas ha trazado nítidamente.

El Arzobispado de Madrid tiene una preocupante falta de sensibilidad hacia el Patrimonio, ya sea tangible o intangible. Este proyecto, calificado por José Martín Velasco en su blog El Trastevere como “Un Vaticano en las Vistillas de Madrid”, no sólo supondrá la pérdida de un espacio verde, de un paisaje histórico, de una referencia cultural, sino que acarreará además la destrucción de unos jardines del XIX que son herederos de los renacentistas del palacio de los príncipes de Mélito, y la aniquilación de cualquier resto arqueológico de este importante conjunto de mediados del siglo XVI. Ya hace años que el Arzobispado dirigido por Rouco pretendía instalar su biblioteca diocesana de San Dámaso en el interior de la Capilla del Obispo, en la plaza de la Paja

Capilla del Obispo. Foto de El Madrid de los Austrias

sin que le importara demasiado que sea, con los Jerónimos, el único vestigio del gótico tardío en la ciudad, ni que sea una de las escasísimas joyas arquitectónicas medievales.

Los que seguimos los pasos del Arzobispado de Madrid y de su titular, el cardenal Rouco, ya conocemos de su rapiña. Recordemos ahora cómo en 2002 pretendió incautarse para adornar -o quizá tapar- la monstruosidad conocida como catedral de la Almudena de 23 valiosos tapices, propiedad de la Congregación de Santa Rita de Casia. Para ello, proclamó la extinción de la congregación y se incautó de sus bienes, y el asunto está todavía en los tribunales papales. El que nos ocupa es un caso más de rapiña de Rouco con la connivencia del Ayuntamiento de Madrid, que tiene la desfachatez de definir la imposición de un robo a la ciudadanía como “la voluntad democrática del pleno“. O es un caso más de privatizaciones del PP, porque no es la primera vez que se cede suelo público al Arzobispado de Madrid, ni en la villa, ni en la Comunidad desde 1997, sino que se han cedido un total de 37 parcelas valoradas en más de  120 millones de euros, parcelas situadas muchas veces en barriadas que requieren otros equipamientos que no se construyen, como un centro de salud en Butarque (distrito de Villaverde).

Pero ahora ya no hablamos de solares, de reserva de suelo para equipamientos. Estamos hablando de ceder una zona verde consolidada (y tan consolidada, desde el siglo XVII está consolidada), estamos hablando de un expolio de la propiedad pública.

Puestos ya los antecedentes, estas son mis conclusiones sobre este triste asunto que, de momento, se ha aprobado. En primer lugar, se trata de dilapidar bienes públicos, porque ceder un parque público para que Rouco se monte su faraonada es privatizar bienes públicos que dejarán de estar al servicio de los ciudadanos. Es más, es regalar algo que al señor Gallardón no le pertenece, sino que sólo lo gestiona. Dilapidar los bienes público de esta manera es el verdadero escándalo, y no un Audi modificado. Tal vez ahora, con el dinero de todos los madrileños, talibán matutino de la COPE insulte un poquito menos al munícipe y se olvide de la Corulla.

En segundo lugar, existe en el código penal una figura que es ‘delito contra el Patrimonio’. En el entorno de la Cornisa y de las Vistillas hay varios edificios declarados Bien de Interés Cultural (BIC), según nomenclatura de Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español. Esta ley sus posteriores desarrollos autonómicos, establecen alrededor a los bienes así catalogados lo que se llama un ‘entorno BIC’, porque se entiende que el Bien de Interés Cultural es inseparable de su entorno e inexportable., ya no se puede desmontar un claustro y llevarlo a Boston. este ‘entorno BIC’ se delimita para ubicarlo en su contexto físico, histórico y social, para protegerlo, para garantizar su comprensión. Pues bien

Fotografía de los jardines y proyecto de arquitectura

como se ve en esta imagen, tomada de Lista Roja de Patrimonio, el proyecto destrozará el skyline y, por tanto, el entorno BIC de esos bienes. Por no mencionar los propios jardines, los restos arqueológicos existentes y la imagen de la ciudad. Desde el Ayuntamiento se replica que los edificios estarán ‘en su mayoría semienterrados’, con lo que el impacto visual no será tan grande como tantos urbanistas y arquitectos denuncian. Bueno, aquí dejo un edificio de un gran arquitecto y gran gurú de la ‘arquitectura enterrada’, la Universidad de Mujeres de Seúl (EWHA), de Dominique Perrault, y vosotros me decís si tiene o no impacto.

 

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Decía Kant que existen

cualidades morales que son amables y bellas, y en cuanto armonizan con la virtud pueden ser consideradas nobles, aunque no deba incluírselas en la intención virtuosa (…). Una cierta blandura, que fácilmente lleva a un cálido sentimiento de compasión, es bella y amable, pues muestra una bondadosa participación en el destino de otros hombres, a lo que llevan igualmente los principios de la virtud (Lo bello y lo sublime, cap. II)

Y no se me ocurre mejor definición para establecer los límites -y riesgos- del buenismo, porque este “interesarse delicadamente por todo hombre” -y bestia, añadiría-, del moderno solidario con VISA, lo convierte, según la afortunada expresión kantiana, con toda su bondad en un tierno holgazán. Porque el ‘buenista’ es irresolutivo, en su ensoñación no cabe que para hacer una tortilla hay que romper los huevos antes.

Pero, ¡alto!, que en nuestra sociedad Disney nadie está libre de este pecado, que asoma sus múltiples rostros en los más diversos ámbitos. La tolerancia, por ejemplo, erigida en vaca sagrada cuando es simplemente un contrato social de convivencia en sociedades o en grupos que se aceptan no uniformes. Pero la tolerancia no debe ser patente de corso, ni la dinamita para volar el concepto básico de que la ley nos afecta a todos por igual; tan injusto es que otrora el señor duque no fuera juzgado igual que maese Pérez el alfarero como que ahora se pretendan legislaciones ad hoc, a golpe de noticia, de sentimentalismo  o de una multiculturalidad malentendida como un ‘todo vale’. Es más, creo que cierta intolerancia es signo de madurez, pues aprendemos con la experiencia o con los años o con lo errores o con lo que sea qué cosas no estamos dispuestos a tolerar.

El buenismo tiende a juzgar las cosas desde el sentimientalismo, y cae tanto en la lágrima fácil como en el progrom. “La gran masa de un pueblo no está constituida por profesores ni diplomáticos. Quien se proponga ganar a las masas debe conocer la llave que le abra la puerta de su corazón. Esta llave no se llama objetividad, esto es, debilidad, sino voluntad y fuerza” (Hitler, Mi lucha, cap. XII). Los mismos que integran una manifestación contra la guerra de Irak pueden perfectamente siete días después enarbolar pancartas exigiendo la cadena perpetua.

Pocas cosas son tan peligrosas como un buenista con cuatro pájaros roussonianos sobre el “buen salvaje” bailoteándole en la cabeza. Como cierta arquitecta que nos han endilgado. Dada la parálisis absoluta de la construcción en España, tanto de las ventas como de la financiación ya acordada y ahora suspendida, en mi empresa decidieron hace un mes que la infraestructura de la oficina técnica podía ofrecer servicios externos, y a mi jefe se le ha ocurrido la insólita pero apasionante opción de ofrecérselos a no sé qué departamento de la ONU para la vivienda.; pasaríamos, si todo cuaja, de construir para ahítos y especuladores a dar viviendas a gente que realmente la necesita. Desde ese departamento, nos ponen en contacto con la AECI (Agencia Española de Cooperación Internacional) y con unas ONG que trabajan en el Caribe, para estudiar el realojamiento de una barriada de chabolas o deplazados de guerra o víctimas de un huracán o un terremoto o inundaciones o un volcán o el cambio climático o ¡qué sé yo!  Aún no me enterado, porque nuestro enlace es Anna, una arquitecta buenista que va mariposeando de un tema a otro, de un proyecto a otro, de una tragedia a otra sin que aún sepa a ciencia cierta de lo que estamos hablando, ni siquiera del país, pues no estoy seguro todavía de si se trata de Venezuela, Nicaragua, Haití o Guatemala… Lo único que tengo claro es que es un proyecto enorme, de unas tres mil viviendas, en medio de la selva, porque allí todo está en medio de la selva.

A la cuarta vez que Anna me preguntó el precio de la corbata, o el homburg, o los guantes… para circunstanciarme cuántas familias durante cuántas generaciones podrían vivir con ese dinero en las selvas del Orinoco no pude evitar hacerle la observación de que con ese dinero en esas comunidades no sobrevivirían ni un día, porque su economía no usa la moneda. Para no perder la cortesía ni los nervios, desde entonces encuentro una ocupación grave y urgente que me impide asistir a sus dispersiones cada vez que oigo el tintineo de sus abalorios subir por la escalera. Porque no la soporto, lo confieso. Me exaspera cuando habla de los afectados por esas tragedias como si fuesen sus niños, como si sin ella no pudiesen sobrevivir, con una doble superioridad moral, una hacia nosotros, pérfidos constructores reciclados, y otra hacia los que recibirían las viviendas, ‘buenos salvajes’ a los que ella evangelizará a la modernidad, pero respetando y entendiendo y aceptando y tolerando y tendiendo en cuenta que… o sea, nada. En el despacho, tan misionera, tan buena, tan sufriente por todas las tragedias del mundo, ya nos referimos a ella como “Anna Mari de Calcuta”.

-Mirad -nos enseña la enésima foto del drama humano en lugar de hablar de las infraestructuras, de las comunicaciones y de los sistemas constructivos posibles para una autoconstrucción-. Aquí estoy con Osvaldo, Nixon y Edilberto; estamos descargando un camión de cemento.

-Ya. Tú eres la del bigote, ¿verdad? -espeta Ernest.

-Cuando vayáis allá, veréis que todos hacemos de todo -le ignora Anna-. Lo mismo la comida, que descargar camiones…

-Ah, mira qué bien. ¿Todos hacen también de ingenieros y de arquitectos? Entonces estaremos como en España, rodeados de expertos- intervengo.

-Allí todos arrimamos el hombro.

-¿Los médicos también o ellos pueden ocuparse de lo suyo sin hacer el perroflauta?

-Si hay que hacerlo, se hace.

-Si hay que hacerlo, lo haré, pero te aseguro que no me haré una foto para enseñar a los amigos lo solidario que soy.

Porque, pese  a toda su palabrería y atrezzo, desde las arquigafas de pasta gruesa hasta los pantalones afganos que mejor no dijo lo que parecen, tiene la misma autenticidad que la semana étnica de El Corte Inglés. Por suerte, mi hermana, antropóloga, hace unos meses que trabaja en Bolivia para un tema de implementación de políticas públicas de salud en las zonas mineras, un proyecto con la colaboración entre  la ONU, una universidad británica y el gobierno boliviano, y me dio las directrices básicas del que está en un lugar y lo entiende:

-¿Viviendas para realojar chabolistas? Ármate de paciencia, que en dos meses las convertirán en algo parecido a la chabola que dejaron. No creo que donde las hagas sea muy distinto a Bolivia. No pongas cristales en las ventanas, porque los venderán inmediatamente; si el tejado es metálico o de madera, cuando vuelvas la mitad lo habrá sustituido por hojas de palma o paja; no pierdas el tiempo en instalaciones de cobre o metálicas, porque lo desmontan y lo venden todo; ponlas de plástico que no les es rentable. Y todas las instalaciones urbanas, bien embutidas en hormigón, que así no las desmontarán. Y sobre todo, mucha paciencia, porque ni te entenderán ni los entenderás. Y no intentes cambiarlos, que tú te irás y ellos se quedarán. Acéptalo como es y te evitarás una úlcera.

No me imagino a la misionera Anna Mari de Calcuta haciendo una análisis tan depiadado, pero tan realista. De hecho, tras cinco reuniones, no se ha hablado de ningún tema práctico. Tiemblo de pensar que, si esto sigue adelante, tengamos que amanecer Dios sabe dónde con Anna Mari de guía y coordinadora.

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A las ocho de la mañana, Elías, Ernest y yo salíamos de Vetera a Valencia, a nuestra anual visita a CEVISAMA, la feria de la cerámica y el baño. Temíamos que, dada la coyuntura, hubiera trasladado la sede del recinto ferial valenciano al muro de las lamentaciones, o que no pudiésemos entrar en un stand sin que nos salmodiaran las lamentaciones de Jeremías. No ocurrió tal, pero había ciertas señales inquietantes, o simbólicas, según se mire. En primer lugar, pudimos aparcar en la misma puerta, cuano el año anterior habíamos dejado el coche en un parking más allá del cuartel de Daoiz y Velarde -desde donde Milans del Bosch salió a defender su idea de patria el 23F-, en medio de un descamapado de pinos, y esperado al bus que nos llevase a la feria. En segundo lugar, el público. Nunca había visto tantos estudiantes de arquitectura en CEVISAMA, años anteriores pasaban la mayor parte de los stands de atenderlos, y ahora estaban en una proporción considerable… mucho me temo que se repartieron entradas y bocadillos por la ETSAV para que hiciesen bulto. De entre los compradores, los idiomas, con mucha diferencia, mejor representados, el ruso, el alemán, árabe y lenguas nórdicas.  Creo que nosotros tres éramos, como potenciales compradores, el grupo más nutrido.

Los stands raleaban en todos los pabellones del recinto, con claros convertidos en plaza en todos ellos. También habían atemperado, no sé si los diseñadores o los gestores de la marca, la puesta en escena, que alcanzaba en ediciones anteriores sonrojantes proporciones. Es decir, han sido historia en esta edición montajes como el de aquella cementera de cuyo nombre no quiero acordarme que, en 2006, animó el cotarro con azafatas en tanga y pasarelas. Supongo que cuando algún comercial orondo y engominado le preguntó a los responsbles del despropósito dónde estaban los reservados, intuyeron que se habían pasado tres pueblos. Pero el aire fallero no se diluye tan fácilmente.

Por motivos evidentes, suelo acudir a tres o cuatro ferias de la construcción o de arquitectura al año, y siempre me ha resultado chocante de CEVISAMA la organización espacial de los stands. De hecho, de un simple golpe de vista, sin conocer las marcas, cualquier observador medio puede dictaminar sin error posible qué chiringuito es ibérico y cuál foráneo, y es que en CEVISAMA el stand ibérico copia el esquema de una iglesia bizantina, ocupando la sagrada zona central, de mayor altura, superficiey prestancia, la barra de bar, atendida por maestre sala, camarares y someliers, y las mesas, sillones a menudo, en un espectacular tinglado en anfiteatro o casi plaza de toros, mientras que la exposición de los productos queda relegada a una segunda posición, marginal, en una especie de deambulatorio estrecho alrededor de este espacio central. Lo dicho, como una iglesia bizantina.

 

 

Planta de la iglesia se los Santos Sergio y Baco, en Constantinopla

Las empresas foráneas no han percibido que la cortesía de atender a posibles clientes con algo de beber requiera tanta parafernalia y siguen creyendo, ingenuos, que lo importante es la exposición.

Tres horas y media andando a paso de feria. No os podéis imaginar lo que es el paso de feria; no hay paso de Semana Santa que sean tan torturador como

Imagen del blog de la Real Hermandad de la Virgen de la Cabeza de Málaga

el de feria, un paso cansino, para poder ver todos los stands deteniéndose en los mínimos. Kilómetros y kilómetros de pasillos.

-Ese de ahí atrás tenía cosas interesantes, podríamos entrar…

-Ahora, cuando demos la vuelta y volvamos por la otra calle -porque no se da un paso atrás ni para tomar impulso.

Como estaba ya todo visto, una vuelta por tres o cuatro expositores de piedra, todos los que había, y emprendimos la vuelta. Tres horas y media más de coche hasta Vetera.

-¿Os parece que entremos a ver esto de Marina d’Or? -sugirió Elías al pasar por delante del complejo, a eso de las cinco de la tarde.

Imagen de Spanish Property News

En la lejanía, parecía una de esas urbes soviéticas surgidas de la nada en medio de la nada, entre gulag y ciudad, una arquitectura de infames bloques estalinistas, idénticos uno al otro, kruschovkas de doce plantas. Al acercarnos, la sensación fue de entrar en una ciudad abandonada, en una ciudad muerta, de haber viajado a Chernobyl.

Imagen de Ukranian web.

Cruzamos el puente que sobrevuela las vías férreas, sin tráfico alguno en todo el tiempo que estuvimos, y topamos con la primera imagen de desolación. El acopio temporal de material de construcción era un solar inmenso donde se almacenaban toneladas y toneladas de ladrillos, piedra, cemento… el bosque de grúas que sustityuera a los naranjos, almedros y olivos se agostaba desmontado en el suelo, oxidándose. Siguiendo la misma calle, se llegaba a una gran rotonda, ocupada en su totalidad por una enorme estructura abstracta que el vendaval pasado dañó y que en ese entorno habría sido más coherente sustituir por algo de realismo soviético

Escultura en Volgograd (antes Stalingrado)

Diez minutos tardamos en encontrar por las desiertas calles vestigio de vida humana, un matrimonio de jubilados ingleses, inconfundibles con sus calcetines blancos y pantalones pesqueros, que paseaban al perro bajo un viento inhóspito. esquivando ramas caídas que recordaban inquietantemente a las zarzas rodantes de los western. Un cuarto de hora después, otras cuatro personas paseaban con el ceño fruncido en la ‘zona comercial’. Y la llamo así por llamarla de alguna manera, porque en la amplia avenida comercial, jalonada de arcos de bombillas dignos de Feria de Abril o de iluminación navideña de Álvarez del Manzano

Imagel del blog lenguadetrapo

no había comercio o servicio alguno abierto, salvo el balneario, con su entrada de falsa ruina romana. Falso como todo, como la propia implantación arbitraria en un territorio virgen.

Cuadrillas de jardineros mantenían los espacios verdes en perfecto estado de revista para nadie, espacios que no lamento confesar que me parecieron de un diseño agradable y cuidado, salvo por los arbustos tallados con formas y la proliferación de falsas esculturas romanas.

El sol caminaba hacia el ocaso cuando abandonamos Chernobyl, contemplando cómo un séptimo piso no recibía luz porque le hacía sombra el edificio de enfrente, como los carteles de ‘Se vende’ o ‘Se alquila’, si bien menos numerosos de lo que habríamos esperado, no faltaban en ningún bloque. Como, al lado de este monstruo, una enorme superficie, tal vez superior a 200 hectáreas, estaba devastada, deforestada, removida… los restos del aborto, supongo, de un club de golf, de más kruschovkas alineadas junto a la costa o quizá de esa pista de esquí que se planeó alimentar con agua de trasvase. Decididamente, el ver el despropósito, comprendí porque Europa piensa que los Alpes y los Pirineos se pusieron para algo.

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