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Archive for the ‘Cuento’ Category

La Ciudadela (III)

Creo que papá me ha ofrecido el puesto de pasante en su tribunal porque necesita chófer. Desde que tuvo ese estúpido accidente de caza con el doctor Aguirre (nuestro furtivo titular), dice que ha perdido visión en el ojo izquierdo y no quiere conducir. En realidad, es mamá quien no quiere, y por no discutir, papá asume como propia la decisión. Y aquí está, repantingado, boqueando el humo de esa apestosa tagarnina; cuando salga de aquí, del coche al autoclave.

-Yo no sé qué fuma-decía mi abuelo cuando era niña-, trapos manchados de gasoil o algo así…

Es cierto que no hay rendija por la que no penetre este acre olor; cuando volvía de pasar las vacaciones en casa, la ropa olía una semana a papá. Protesto, pero no me molesta; es el olor de los cuentos en sus rodillas, de leer libros juntos, de mirar sus grabados, el aroma de las noches largas y de las tostadas para desayunar en la cama los domingos de invierno. Supongo que huele a infancia feliz. ¡He extrañado tanto ese aroma estos meses!

-Papá, por favor, apaga eso, que me estoy mareando.

-No hace falta, ya hemos llegado.

-¿Por no apagar tu puro eres capaz de andar cien metros más? Si lo sé, te lo digo antes del cruce de Castelldeferro, que andar un poco no te vendría mal… ¿Cuánto hace que no te ves lo pies? ¿Recuerdas que tienes dedos como en las manos?

-Vete al cuerno. Ya tengo bastante con tu madre.

-Si le hicieses caso…

-Si le hiciese caso en esto, encontraría otra cosa que reprocharme; está en su naturaleza.

-A veces no sé cómo os pusisteis de acuerdo para hacerme.

-Piénsalo dos veces y entenderás porque eres hija única. Vamos a tomar un café, que hace un frío de mil demonios.

-Si te hubieses puesto el plumas -¡mierda! empiezo a hablar como mamá; de niña, el plumas  era lo que me ponía cuando ella tenía frío…

-Joder, Lotta, que con tu madre ya tengo bastante. Empiezo a sentir verdadera conmiseración por los polígamos. Si que trabajes conmigo significará tener un clon de tu madre en mi oficina, me voy a replantear nuestro acuerdo. ¡Y no quiero oír un ‘si hubieras…’ más! Al menos en lo que queda de mañana…

-¿No deberías decir a mamá que ya hemos llegado?

-Pon los ‘deberías…’ bajo el mismo interdicto que los ‘si hubieras…’

Un café en el Serrat. Es una tasca cutre, pero entrañable; tiene sin duda el mejor café del valle y un té excelente, pero sólo vengo con mis padres. El Serrat es el café de los padres, por eso tiene también la mejor colección de alcoholes. Cuando presenté a Owen a mis padres, comimos aquí y el buen escocés se quedó impresionado con la carta de whisky; creo que sólo con Owen he entrado en el Serrat sin papá o mamá. Éramos un desastre como pareja, sólo nos entendíamos bien entre copas o entre sábanas, pero ahora le extraño. Le extraño mucho.

Poco después de llegar nosotros, el Serrat se ha ido llenando de gente, de murmullos a media voz, risas bajo el bigote, comentarios de soslayo… Cuando suenan las campanadas de las doce, Alfonso, otro de los personajes de esta minúscula ciudad, mecánico de oficio y metomentodo de vocación, apura lo que sea que él llame ‘agüita’ y anuncia:

-Las puertas del Kremlin se han abierto. El camarada mariscal viene hacia aquí. ¡Que forme la guardia! -y otros siete impresentables como Alfonso, con la boca llena de risa, se cuadran en la terraza del Serrat, flanqueando la puerta del Banco de Comercio-. ¡Saluden al camarada mariscal! -brama desde dentro, cuando aparece doña Leonor de Merac, con su largo abrigo negro, su bastón y su rostro impasible.

-Cada lunes le hacen lo mismo a la pobre mujer, y cada vez se reúne más gente para verlo. Cualquier día de estos, declararán esta fantochada ‘fiesta de interés turísitico’ de la ciudad o algo parecido.

-Pero, ¿qué dice de esto la señora de Merac?

-¿Tú crees que a doña Leonor le importa un comino lo que pensemos el noventa por ciento de la Humanidad? Por muchas cambios de guardia que le organicen Alfonso y otros cien, ella hará siempre lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Nadie le ha torcido jamás su voluntad. Ni siquiera su difunto marido.

– Es cierto, mamá me dijo que Hermida murió en Navidades…

-El uno de enero. Una neumonía. Muy triste. Podía ser muchas cosas, el viejo Álvaro, pero siempre fue una buena persona.

-¿No había sido falangista?

-Ya te he dicho que podía ser muchas cosas. Al menos, él nunca lo negó; no como otros demócratas de toda la vida, que guardan con naftalina su camisa azul… por si acaso. Como Cullera, por ejemplo.

-No puedes ni ver a Pep…

-Todos sabemos quien ha sido Pep; que nos tome por imbéciles, diciendo que si estuvo preso por motivos políticos cuando era de Fuerza Nueva y fue por un chanchullo tan grande ni su papaíto pudo tapar, me toca las… narices, por no decir otra cosa. Pero bueno… ¿Quieres otro café o vamos a ver a tu madre?

-Vamos a casa mejor.

-Si, vamos a casa. Buenos días, doctora -saluda papá a una chica joven con gorro de punto, una chica bonita-. Yo no me molestaría en subir al taller; Alfonso sigue aquí.

-¿Médico nuevo?

-No, es doctora en no sé qué… me lo explicó alguien, el de Tabernes, creo, que todo lo sabe, pero, aunque me mataran, no podría recordarlo. Es extranjera, alemana, holandesa, sueca o algo así, tampoco me acuerdo, con uno de esos apellidos guturales que los foniatras desaconsejan pronunciar a menudo; es la novia de uno de los que está removiendo tierras en Sant Esteve, buscando quién sabe qué, un cuarentón que tu madre encuentra interesante y que se ha convertido en el héroe de medio valle, porque la doctora no está nada mal.

-Papá, ¡por favor!

-Yo te expongo los hechos, los juicios de valor los haces tú.

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La Ciudadela (II)

Cuando Anna se despierta, Víctor se ha ido hace rato; cubre su cabeza completamente para buscar su olor entre las sábanas, pero apenas quedan vestigios de una mezcla acre de sudor y perfume de maderas. No recuerda que se fuese hace tanto tiempo… Apenas parece que han pasado unos instantes desde que el estrépito de los hunos bajando las escaleras acabase y ella, adormecida, contemplase a Víctor atándose las botas.

-Duérmete, ratón, aún es de noche y hace frío. Volveré cuanto antes -le dijo, dejando un húmedo beso en los labios antes de desaparecer. Una magnolia en la mesa queda.

Contempla su cuerpo desnudo en el espejo, la piel erizada, los pezones enhiestos por el agua fría con que acaba siempre de ducharse. Le gusta lo que ve, y le gusta que sólo lo vea Víctor; sonríe y se viste; tal vez aún consiga desayunar.

La mañana huele a nieve, a frío. Los rizos húmedos le caen sobre los hombros y la estremecen. Tomaré sólo un chocolate, gracias. En el pequeño comedor, el que doña Leonor reserva a los clientes civilizados para protegerlos del tropel de esquiadores, que Víctor llama los hunos, están los sospechosos habituales, Lola, una mujer de mirada extraordinariamente bondadosa que mata haciendo punto las horas que pasa esperando a su sobrina;  junto al balcón, Olga y Daniel, un matrimonio de médicos uruguayos. Él, tan parecido al etílico escritor, que medio hotel los llama ya los Hemingway -el medio hotel con que se relaciona, que con los hunos procura Anna no tener trato-. Por supuesto, desayunan con pan de centeno, para desconcierto de doña Leonor, que asocia pan negro a postguerra y hambre, y no a excesiva abundancia.

-¿También hoy la dejaron sola? -se interesa cortésmente Hemingway-. Ese bacán es un insensato.

Anna entiende bien el español, pero con dificultades los modismos dialectales; sonríe y esboza una excusa:- Eso parece. Mi… Victor prefiere pasar el día con los muertos y la noche con los vivos.

-La noche es más interesante -interviene Olga, conun guiño de complicidad.

-Que se lo pregunten a mi sobrina -añade Lola-, que se ha ido a esquiar con esos salvajes sin haberse acostado.

Anna sonríe, cortés, pero no dice nada más. ¿De qué sirve protestar cada mañana del escándalo que arman los esquiadores al irse de madrugada si habrán de repetirlo al día siguiente? Además, no hace tanto tiempo que ella les habría acompañado, aunque ahora le parezca que su vida cambió hace siglos, que lleva desde siempre con Víctor -que aprovecha el escándalo para hacerle el amor antes de irse… Enciende un cigarrillo y sonríe. Llamas verdes crepitan en el fuego.

El silencio se huele en la calle. Reverbera el eco de las doce entre las columnas, bajo los soportales. ¿Quién recuerda ya que el ángelus conmemora la victoria de un rey húngaro contra los turcos?, dijera una vez Víctor y, desde entonces, no puede dejar de oír las campanadas de las doce sin pensar en todas sus victorias estériles. “Entonces, cómo me gustaría escaparme de la nostalgia”. A lo lejos, doña Leonor atraviesa el portal de Santa María con el paso firme de un Apollinaire.

-¿El Hotel del Molino? ¡Ah, vosotros estáis en el Kremlin-, les comentó el sardónico mecánico que lleva una semana asegurándoles que el coche estará listo mañana-, que aquí, a doña Leonor, la llamamos ‘el camarada mariscal’, con esos andares, esos abrigos largos y esos bigotes suyos.

-Me parece fantástico -interrumpió Víctor, aunque Anna percibió cómo se mordía los labios para ahogar la risa sobre el bozo de su anfitriona-. Pero cuando esté listo, cuando la pieza que viene de Alemania (siempre viene una pieza de Alemania) haya llegado, descuelga el telérono rojo y nos llama al kremlin. No podemos estar cinco días sin coche.

Ya iba para diez. No tiene nada mejor que hacer, así que irá a ver a ese mecánico que siempre está ocupado en muchas cosas, con el taller lleno de coches con el capó abierto, pero maldita la vez que lo ha encontrado trabajando en alguno de ellos; a pesar de todo, le cae simpático ese caradura, quizá porque está tan satisfecho de sí mismo y su propia inteligencia que es el único que no se molesta en escanearla de arriba a abajo. O tal vez sí, pero al menos no delante suyo. Además, con la visita tiene excusa para salir de la Ciudad Vieja, que detesta por falsa. Hoteles, museos, tiendas, oficinas, restaurantes, bares, clubes… pero ya casi nadie vive en ella, y una ciudad en la que no vive nadie ya no es ciudad, sino sólo un decorado. Un decorado pintoresco y carísimo, ridículo. Anna prefiere las casas decrépitas, apoyándose en sus porches como viejas corcovadas, con humedades y líquenes, pero vivas, con ruidos, humos y olores, que esas otras cuidadosamente inventadas, recreadas, incluso con falsos desconchones, que sólo se abren en vacaciones y algún fin de semana. Al pasar junto a ellas, le huelen a hospital.

Anna prefiere el ensanche, las franquicias honestas, donde todo está según un Plan, que esas teterías ‘auténticas’ que no son sino una copia degradada de lo que ya era una mala imitación. Por eso prefiere tomar un café con los viejos del Serrat.

-Buenos días, doctora; yo no me molestaría en subir al taller, Alfonso sigue aquí -le advierte alguien. En diez días, puede contar con los dedos de las manos las personas con las que ha hablado, pero ella es conocida por todos; es divertido, aunque en algún momento deberá empezar a molestarse en saber quién la saluda. Cuando iba a preguntárselo, el hombre ya salía con una chica joven.

En la barra, mientras se sacude los rizos que el gorro de punto le ha dejado un poco apelmazado, se descubre pensado que aquí sólo puede ser su hija. Desde el otro extremo del bar, Alfonso le paga el café, y con gestos, le indica que mañana estará listo el coche. Los dos saben que es mentira, pero ese sinvergüenza es divertido y ya no le importa tanto.

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La Ciudadela (I)

La campana del ángelus suena azul cobalto, pero este lunes tiene algo de cianhídrico. “Será el badajo nuevo”, piensa doña Leonor, mientras ajusta los alamares del astracán a las exigencias de su cintura. Debajo, en la faltriquera del delantal más sucio, la dalmática de su oficio, lleva cuidadosamente recogida en fajos la recaudación semanal, harto menguada por la poca nieve, los vales de empresa y ese dinero de plástico que todos llevan y que ella no acaba de entender.

“¿Cómo es posible salir de casa sin dinero suficiente ni para pagar una comida?” piensa doña Leonor mientras busca el bastón de puño de marfil, el de misa y banco, el que le regalaron sus hijas cuando cumplió setenta años. “Si los sacudiese por los pies, a la mayoría no le caería ni un céntimo. ¿Cómo se puede ir por el mundo exhibiendo penurias de esta manera?”. Entra en la cocina; el tuero arde en el trashogueo, rojo y negro, y el aire huele a burbujas de canela y azafrán. Tuerce el gesto al ver dormitar a Ramón en un rincón, indiferente a norma sanitaria alguna, y decide no pensar ahora en ello. Cuando llegó, siendo un cachorro, nadie le puso nombre; era simplemente ‘gato’. A los dos años, doña Leonor lo miró, gordo. inútil, perezoso y egoísta…

“Gato, eres como mi sobrino Ramón” le dijo. Y Ramón se llamó desde entonces, como su sobrino más querido, porque doña Leonor tiene debilidad por los hombres inútiles.

La mañana es gris y húmeda como todos los lunes desde que murió Álvaro, su marido. Alguien le dijo que cuando muere una buena persona, el año se torna lluvioso, porque el cielo le llora. Tal vez sea cierto. Álvaro fue un buen marido. Nunca entendió nada ni pretendió entenderlo; murió feliz, encabezando y bendiciendo la mesa, ignorando que había dos hipotecas sobre el hotel, y que la reforma que él, con la vaga prudencia de jinete de caballo de cartón, había intentado disuadir de acometer empezaría al mes de su funeral. Porque nada detiene a doña Leonor. Y este pensamiento le arranca una vaga sonrisa en su recio pecho montaraz.
Atraviesa el arco que cerraba al antigua villa medieval y enfila por la avenida del ensanche como en un salto en el tiempo; ella recuerda cuando ese arco era el limes con el agro, cuando pastos y cultivos se extendían donde ahora son tiendas y bloques y farolas y coches. Aprieta el paso, casi marcial, marcando que el Ensanche es sólo tierra ocupada, colonias de la concreta y constreñida villa de su infancia, tan precisa en el paisaje de su memoria como amorfa es ahora su extensión. Doña Leonor detesta lo infinito.

“Saluden al camarada mariscal” anuncia Alfonso el mecánico desde el fondo de su ‘agüita’, el gin tonic sin hielo ni limón del mediodía en el Serrat, al oír el rítmico golpeteo del bastón de caoba y marfil en los adoquines. Desde la terraza del Serrat, los habituales saludan a doña Leonor, que sólo responde con un tenue gesto de manteo de astracán antes de entrar en el sancta sanctorum de sus afanes, el Banco de Comercio.

Sale preocupada. Apenas responde a los saludos y con paso más acelerado que firme abandona el inhóspito ensanche, con sus calles anchas, sus plataneros encorsetados en maceteros y bancos y coches y farolas… Regresa a su pequeña plaza, donde asoman las copas de los cipreses del convento, y respira algo más tranquila. Van a jubilar a Augusto, su director. El director, no se lo imagina aún, pues de lo contrario se lo habría dicho, que confianza hay suficiente, pero a doña Leonor no le cabe ninguna duda, lo ha sabido de inmediato, tan pronto como Augusto ha ventilado el debate sobre un nuevo negocio bancario con un displicente: “Este fondo de inversiones de la publicidad no merece la pena; donde tiene usted el dinero está bien”.

Pues sabe doña Leonor que cuando un banquero pone los intereses de sus clientes por delante de los del banco está próximo su traslado o su jubilación.

Después de treinta años, o veinticinco… no, treinta, han sido treinta años, un nuevo director, nuevos nombres… Doña Leonor ya no quiere aprender nuevos nombres de vivos, tiene demasiados nombres de muertos que recordar.

De vuelta en la cocina, el tuero sigue ardiendo en el trashoguero y Ramón sigue dormitando, indiferente a la ley. Todo en su ciudadela sigue igual, o todo cambia para que todo siga igual. El aire huele a canela y azafrán. Ramón abre un ojo, se despereza y se acerca a doña Leonor, atento a robarle una caricia.

Mientras trajina en los fogones, añadiendo chocolate al estofado, nuez moscada al caldo, recuerda que la campana del ángelus no sonaba azul cobalto como siempre.

“Hoy sonaba azul de Prusia, debí sospecharlo”

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