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Archive for the ‘filosofía’ Category

Decía Kant que existen

cualidades morales que son amables y bellas, y en cuanto armonizan con la virtud pueden ser consideradas nobles, aunque no deba incluírselas en la intención virtuosa (…). Una cierta blandura, que fácilmente lleva a un cálido sentimiento de compasión, es bella y amable, pues muestra una bondadosa participación en el destino de otros hombres, a lo que llevan igualmente los principios de la virtud (Lo bello y lo sublime, cap. II)

Y no se me ocurre mejor definición para establecer los límites -y riesgos- del buenismo, porque este “interesarse delicadamente por todo hombre” -y bestia, añadiría-, del moderno solidario con VISA, lo convierte, según la afortunada expresión kantiana, con toda su bondad en un tierno holgazán. Porque el ‘buenista’ es irresolutivo, en su ensoñación no cabe que para hacer una tortilla hay que romper los huevos antes.

Pero, ¡alto!, que en nuestra sociedad Disney nadie está libre de este pecado, que asoma sus múltiples rostros en los más diversos ámbitos. La tolerancia, por ejemplo, erigida en vaca sagrada cuando es simplemente un contrato social de convivencia en sociedades o en grupos que se aceptan no uniformes. Pero la tolerancia no debe ser patente de corso, ni la dinamita para volar el concepto básico de que la ley nos afecta a todos por igual; tan injusto es que otrora el señor duque no fuera juzgado igual que maese Pérez el alfarero como que ahora se pretendan legislaciones ad hoc, a golpe de noticia, de sentimentalismo  o de una multiculturalidad malentendida como un ‘todo vale’. Es más, creo que cierta intolerancia es signo de madurez, pues aprendemos con la experiencia o con los años o con lo errores o con lo que sea qué cosas no estamos dispuestos a tolerar.

El buenismo tiende a juzgar las cosas desde el sentimientalismo, y cae tanto en la lágrima fácil como en el progrom. “La gran masa de un pueblo no está constituida por profesores ni diplomáticos. Quien se proponga ganar a las masas debe conocer la llave que le abra la puerta de su corazón. Esta llave no se llama objetividad, esto es, debilidad, sino voluntad y fuerza” (Hitler, Mi lucha, cap. XII). Los mismos que integran una manifestación contra la guerra de Irak pueden perfectamente siete días después enarbolar pancartas exigiendo la cadena perpetua.

Pocas cosas son tan peligrosas como un buenista con cuatro pájaros roussonianos sobre el “buen salvaje” bailoteándole en la cabeza. Como cierta arquitecta que nos han endilgado. Dada la parálisis absoluta de la construcción en España, tanto de las ventas como de la financiación ya acordada y ahora suspendida, en mi empresa decidieron hace un mes que la infraestructura de la oficina técnica podía ofrecer servicios externos, y a mi jefe se le ha ocurrido la insólita pero apasionante opción de ofrecérselos a no sé qué departamento de la ONU para la vivienda.; pasaríamos, si todo cuaja, de construir para ahítos y especuladores a dar viviendas a gente que realmente la necesita. Desde ese departamento, nos ponen en contacto con la AECI (Agencia Española de Cooperación Internacional) y con unas ONG que trabajan en el Caribe, para estudiar el realojamiento de una barriada de chabolas o deplazados de guerra o víctimas de un huracán o un terremoto o inundaciones o un volcán o el cambio climático o ¡qué sé yo!  Aún no me enterado, porque nuestro enlace es Anna, una arquitecta buenista que va mariposeando de un tema a otro, de un proyecto a otro, de una tragedia a otra sin que aún sepa a ciencia cierta de lo que estamos hablando, ni siquiera del país, pues no estoy seguro todavía de si se trata de Venezuela, Nicaragua, Haití o Guatemala… Lo único que tengo claro es que es un proyecto enorme, de unas tres mil viviendas, en medio de la selva, porque allí todo está en medio de la selva.

A la cuarta vez que Anna me preguntó el precio de la corbata, o el homburg, o los guantes… para circunstanciarme cuántas familias durante cuántas generaciones podrían vivir con ese dinero en las selvas del Orinoco no pude evitar hacerle la observación de que con ese dinero en esas comunidades no sobrevivirían ni un día, porque su economía no usa la moneda. Para no perder la cortesía ni los nervios, desde entonces encuentro una ocupación grave y urgente que me impide asistir a sus dispersiones cada vez que oigo el tintineo de sus abalorios subir por la escalera. Porque no la soporto, lo confieso. Me exaspera cuando habla de los afectados por esas tragedias como si fuesen sus niños, como si sin ella no pudiesen sobrevivir, con una doble superioridad moral, una hacia nosotros, pérfidos constructores reciclados, y otra hacia los que recibirían las viviendas, ‘buenos salvajes’ a los que ella evangelizará a la modernidad, pero respetando y entendiendo y aceptando y tolerando y tendiendo en cuenta que… o sea, nada. En el despacho, tan misionera, tan buena, tan sufriente por todas las tragedias del mundo, ya nos referimos a ella como “Anna Mari de Calcuta”.

-Mirad -nos enseña la enésima foto del drama humano en lugar de hablar de las infraestructuras, de las comunicaciones y de los sistemas constructivos posibles para una autoconstrucción-. Aquí estoy con Osvaldo, Nixon y Edilberto; estamos descargando un camión de cemento.

-Ya. Tú eres la del bigote, ¿verdad? -espeta Ernest.

-Cuando vayáis allá, veréis que todos hacemos de todo -le ignora Anna-. Lo mismo la comida, que descargar camiones…

-Ah, mira qué bien. ¿Todos hacen también de ingenieros y de arquitectos? Entonces estaremos como en España, rodeados de expertos- intervengo.

-Allí todos arrimamos el hombro.

-¿Los médicos también o ellos pueden ocuparse de lo suyo sin hacer el perroflauta?

-Si hay que hacerlo, se hace.

-Si hay que hacerlo, lo haré, pero te aseguro que no me haré una foto para enseñar a los amigos lo solidario que soy.

Porque, pese  a toda su palabrería y atrezzo, desde las arquigafas de pasta gruesa hasta los pantalones afganos que mejor no dijo lo que parecen, tiene la misma autenticidad que la semana étnica de El Corte Inglés. Por suerte, mi hermana, antropóloga, hace unos meses que trabaja en Bolivia para un tema de implementación de políticas públicas de salud en las zonas mineras, un proyecto con la colaboración entre  la ONU, una universidad británica y el gobierno boliviano, y me dio las directrices básicas del que está en un lugar y lo entiende:

-¿Viviendas para realojar chabolistas? Ármate de paciencia, que en dos meses las convertirán en algo parecido a la chabola que dejaron. No creo que donde las hagas sea muy distinto a Bolivia. No pongas cristales en las ventanas, porque los venderán inmediatamente; si el tejado es metálico o de madera, cuando vuelvas la mitad lo habrá sustituido por hojas de palma o paja; no pierdas el tiempo en instalaciones de cobre o metálicas, porque lo desmontan y lo venden todo; ponlas de plástico que no les es rentable. Y todas las instalaciones urbanas, bien embutidas en hormigón, que así no las desmontarán. Y sobre todo, mucha paciencia, porque ni te entenderán ni los entenderás. Y no intentes cambiarlos, que tú te irás y ellos se quedarán. Acéptalo como es y te evitarás una úlcera.

No me imagino a la misionera Anna Mari de Calcuta haciendo una análisis tan depiadado, pero tan realista. De hecho, tras cinco reuniones, no se ha hablado de ningún tema práctico. Tiemblo de pensar que, si esto sigue adelante, tengamos que amanecer Dios sabe dónde con Anna Mari de guía y coordinadora.

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