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Archive for the ‘historia’ Category

El domingo volví de Biluba. Para los que crean que ese Macondo montaraz, escenario de mi infancia y adolescencia y ahora guarida de mis dragones, no es más que mi Yocknapatawpha, tras agradecer el cumplido de la comparación, no puedo aportar más prueba de su existencia que mi palabra y los arañazos de mis excursiones. Pero puedo describíroslo.

Biluba es un puente. Puente e iglesia existían mucho antes de que un barón y un abad, allá por el siglo XIII, se percataran de la idoneidad para emplazar allí mercado y villa, o villam de mercato, según dice el documento fundacional, encrucijada de los importantes Camino de Francia, de Norte a Sur, y el Camino de la Sal, de Este a Oeste. Se da la particularidad de que es una villa nueva en una tierra vieja, densamente habitada desde tiempos carolingios o incluso antes, de aldeas, villares y castillos, abadías godas y otras que crecieron y desaparecieron antes de que Biluba viera la luz, sin dejar más rastro que topónimos y documentos dudosos. Biluba nació por decisión señorial, sin que nadie escuchara a sus habitantes, y este rasgo fundacional ha pervivido hasta ahora, pues todos los sucesos importantes de la villa ocurrieron por decisiones que tomaron otros, nunca Biluba.

Biluba ha sido un río y cuatro barrancos, sus avenidas y sus destrozos hasta hace muy poco; canalizados, hoy lamen mansamente la larga fachada fluvial, pero los viejos aguardan la venganza del río por haberlo intentado domar; no confían en el juguetón vecino en el que ahora cabalgan botes de rafting pues todos perdieron algo en su último arranque de furia, hace cincuenta años.

También es Macondo, con una edad de oro que tal como vino se fue, y dejó tras de sí el cementerio de elefantes de fábricas y naves decrépitas, cristales rotos y puertas cegadas. Viejo Príamo que devoró a sus hijos, ahora languidece estirada, “como un trozo pequeño de mantequilla sobre demasiado pan”, sobredimensionada, esperando que, como siempre, alguien le diga el camino a seguir, pues nunca ha tomado ninguna decisión. Biluba no es antigua, es vieja. No tiene un campanario románico que fotografíen los turistas, ni casonas blasonadas de esquinas reforzadas con sillares, y lo que tuvo lo ha ido derribando por no ser suficientemente pintoresco o para levantar un Cornellá montaraz de cinco o seis plantas, ladrillo visto y balcones corridos. Biluba no sabe quién es ni qué quiere ser; la precoz especulación que ella conoce desde los años 40, le ha provocado un alzheimer urbano, y ya no recuerda cómo era. No ha crecido, simplemente se ha desparramado.

No mira atrás, pero tampoco adelante, pues sabe que la carretera que es todo su sentido ha de desaparecer y cómo, entonces, se sustituirá la placa metálica que avisa de su presencia por lápida de mármol que la recuerde. Paraíso de los enfermos terminales -un noviembre en sus calles se hace eterno-, ella misma se agosta, entre casas vacías y grúas optimistas, pasando día a día sin esperar demasiado.

Los bosques avanzan. Dos siglos atrás, Francisco de Zamora anotaba en su diario no haber encontrado forestas en sesenta millas alrededor de Biluba. Ahora, es lo único que hay. Pinos y robles han ido colonizando los pastos, los bancales yermos, las ruinas de cuadras, pueblos y templos. Liebres y jabalíes donde ramoneaban las mil cabezas ovinas del abad, vacas y bueyes y algún caballo. Por las noches, en aquellos pueblos minúsculos que la edad de oro de Biluba vació, se oyen los ladridos de perros cimarrones, el asilvestrado resultado de un regalo de navidad que en agosto molesta y se suelta en la montaña. Pero hay quien entre los gañidos distingue el aullido de algún lobo.

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Cada cual es muy libre de hacerse las pajas mentales que quiera con lo que mejor le apetezca, pero agradecería un poco de originalidad e ingenio, que las fumadas con los templarios se me repiten más que el gazpacho después de cenar o que el villancico ese de “Los pastores, los pastores“.

Y para los que hace falta tener unas tragaderas dignas de Gargantúa es para meter en el mismo saco a los Templarios y a los masones, a los Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici, nombre oficial de los Templarios, suspendidos en 1308 y disueltos en 1312 por la Bula Vox in Excelso (22 de Marzo), aprobada en el Concilio de Varenne, y confirmada por la Bula Ad providam (2 de mayo), con los masones, aparecidos a finales del siglo XVII y cuyo origen ellos mismos establecen en los gremios de constructores medievales. (Véase, por ejemplo, la página oficial de la Gran Logia Simbólica Española) . A la leyenda esgrimida por el Gran Oriente de que el origen del Rito Escocés Antiguo y Aceptado está en unos supuestos caballeros del Temple que en 1314 lucharon junto a Robert de Bruce en Bannockburn contra Eduardo II por la independencia de Escocia no hay que darle más valor que a las genealogías ficticias de las monarquías medievales que se hacían descender del hada Melusina (los Plantagenet) o de Julio César (los Habsburgo); si el ínclito poliexperto y polidoctorado César Vidal sí lo hace, aún sabiendo que no hay continuidad alguna entre la mencionada batalla y la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717, y que la supuesta participación templaria, lejos de estar probada se ha demostrado ser una adición del siglo XVIII a la leyenda de Bruce, será cuestión de sugerir a las librerías que sus obras se pongan en los estantes junto a las de Harry Potter.

Tan absurdo es vincularlos a los masones como cortar sus hábitos a la moda new age, con afirmaciones como que “profesaban un cristianismo solar, gnóstico de raíces indoeuropeas y no judías”,  y ver en unos monjes guerreros no sé qué quintaesencia del conocimiento arcano, el esoterismo y quién sabe qué más, dando por ciertras prácticas mágicas de las que fueron absueltos. Se me hace difícil imaginar en posesión de tan sutiles conocimientos a una tropa que juraba ni siquiera bañarse sin permiso del superior.  Y ya definir la orden como hacen sus pretendidos sucesores como tolerante en materia religiosa y promotora del progreso social en el siglo XII es de ignorancia supina o de notoria desvergüenza, pues son varios los libros que destacan el endurecimiento del régimen señorial que supuso la llegada de los freires del Temple. Y que les pregunten a los judíos de Jerusalén sobre su tolerancia.

Los templarios venden. Venden tanto que las actas de su juicio (1308-1311) se han transcrito y publicado por primera vez dos veces.  Con el rigor con que nos tienen acostumbrado, la prensa se hizo eco de la publicación en una preciosa edición de 799 ejemplares de esas actas, Processus contra templarios, presentadas el 25 de octubre de 2007 por el arzobispo Raffaele Farina, archivero y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, y por el obispo Sergio Pagano, prefecto del Archivo Secreto Vaticano. En un segundo volumen, se hace una edición crítica, corrigiendo los pocos errores, de la transcripción que hizo ya en 1887 Konrad Schottmüller para Der Untergang des Templersordens, 2 vol. (El hndimiento de la orden del Temple). Así que todo lo que había que saber ya está sabido, y casi todo desde hace mucho tiempo, desde el lema que le impuso el autor de su regla, San Bernardo de Claraval, en 1128, extraído del salmo 115,

NON NOBIS,DOMINE,NON NOBIS,SED NOMINI TUO DA GLORIAM

hasta  supresión,  con sentencia no definitiva, en 1312

(…) Hace poco, Nos, hemos suprimido definitivamente y perpetuamente la Orden de la Caballería del Templo de Jerusalén a causa de los abominables, incluso impronunciables, hechos de su Maestre, hermanos y otras personas de la Orden en todas partes del mundo… Con la aprobación del sacro concilio, Nos, abolimos la constitución de la Orden, su hábito y nombre, no sin amargura en el corazón. Nos, hicimos esto no mediante sentencia definitiva, pues esto sería ilegal en conformidad con las inquisiciones y procesos seguidos, sino mediante orden o provisión apostólica. (Fragmento de la bula Ad providam)

Si vamos a la sentencia, Clemente V no excomulgó a los templarios (que recibieron los sacramentos antes de su ejecución), ni abolió ni condenó la orden, solamente la suspendió en una especie de ‘hibernación’ que ha llegado hasta hoy mismo. Pero ni sobrevivió la orden en la clandestinidad hasta configurar la masonería, como pretende la obediencia masónica del Gran Oriente ni los que ahora se proclaman templarios merecen más atención que yo vestido de Napoleón en carnavales. Es más, en rigor, todos aquellos que pretendan rehabilitarla o usen su hábito u otros signos distintivos

El prior de los supuestos templarios de Herdfordshire

 están automáticamente excomulgados, como ya se especificó en el acto de Chinon en 1308, que absolvió de herejía al gran maestre Jacques de Moley y los demás líderes templarios recluidos en ese castillo francés de la diócesis de Tours, acto recogido en el ‘Pergamino de Chinon’,

emitido el 17-20 de agosto de 1308, cuya copia todavía se conserva en el Archivo Secreto Vaticano con la signatura Archivum Arcis, Armarium D 218 (ASV, Archivum Arcis, Arm. D 217) y que ha sido publicada en el mismo volumen Processus contra Templarios, y cuya existencia ya está catalogada en 1912. Como decía, nada nuevo en realidad, por más titulares que se hagan.

El acto de Chinon, que absuelve a los templarios, queda en papel mojado por las presiones del siempre falto de fondos Felipe el Hermoso, pero Clemente V, que intentó en todo momento garantizar la supervivencia de la orden y no creyó en la acusaciones de herejía, traición y sodomía, no pudo oponerse a la voluntad del monarca francés. Pero se guardó el as en la manga de disolverla sin condenarla. En primera instancia los absolvió de las acusaciones más graves, herejía, adoración al diablo…

Como decimos, los templarios venden. Da lo mismo que no se sepa nada de ellos, que se los empareje incluso con los cátaros, unión que repugna la inteligencia del que sepa cuatro cosas mal enlazadas sobre esa herejía… Venden tan bien que, cuando hay que publicar un un raro manuscrito de hacia mediados del siglo XII que procede de la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, se vincula alegremente con la dichosa orden y se titula el CD “Les chants des Templiers”, de donde saco la antífona Crucem sanctam subiit con que termino ya.

 Crucem sanctam subiit,
qui infernum confregit,
accinctus est potentia,
surrexit die tertia.

Alleluia.

Lapidem quem reprobaverunt aedeficantes
factus est caput anguli, alleluia

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Nada hay más opuesto a la verdadera Tradición que el Tradicionalismo. La Tradición es la adaptación dinámica del hombre a su entorno físico, social y cultural, basada en la experiencia de los antepasados, pero también en la innovación. El Tradicionalismo, en cambio, pretende regresar a una fecha concreta de la Tradición, a la que convierte en paradigma, sin percibir el contrasentido latente, pues la Tradición por propia esencia es atemporal y dinámica. El Tradicionalismo surge exclusivamente cuando la cesura con la Tradición es ya irremediable y pretende galvanizarla con los mecanismos de la ultraortodoxia y la historia. Y, como he dicho antes, la propia naturaleza dinámica de la Tradición la hace difícilmente compatible en la práctica con los métodos y las conclusiones de la Historia, como magníficamente explica Antonio Pizza La construcción del pasado.

El Tradicionalismo NUNCA es inocente. No estudia el pasado, sino que lo reconstruye, moldeándolo, golpeándolo hasta hacerlo encajar en sus prejuicios de cómo debería haber sido, y no de cómo fue. Y en este pasado-ficción, hábilmente ataviado de verdad histórica o de verdad tradicional, es en el que sustenta sus reivindicaciones presentes. Es, parafraseando la célebre obra de Hobsbawm y Ranger, La invención de la tradición.

Históricamente, la Tradición ha sido el argumento con que las clases subalternas se han opuesto a las pretensiones de los poderosos, mientras que el Tradicionalismo es el arma que esgrimen estas clases poderosas para exigir la subordinación de las subalternas. Así, pleitearon los habitatantes de Salás con el monasterio de Bellera (995) por unos derechos sobre comunales, y del mismo modo rechazaron los campesinos las nuevas exacciones económicas que los feudales catalanes pretendían imponerlas calificándolas de ‘malos usos’. El Tradicionalismo busca en la historia la excusa para perpetuar unos modos que favorecen a las clases dirigentes.

Cuando la Iglesia habla del ‘matrimonio tradicional’ omite cuidadosamente que esta figura no se impuso hasta la reforma gregoriana de, en el siglo XII, y aún así costó sangre, sudor y lágrimas y más de un siglo de esfuerzos. Antes de ello, el matrimonio era un contrato civil entre familias, en el que la Iglesia no intervenía, a veces concubinatos legales conocidos en el centro y norte de Europa como ‘matrimonio a la danesa’, un contrato en el que se contemplaba la rescisión, el repudio, y para el que, en plena ofensiva gregoriana, con el obispo Yves de Chartres al frente, se encontró un resquicio en forma de consanguinidad. Por supuesto, cuando los epíscopos esgrimen al Tradición al referirse al matrimonio no se refieren a la tradicional libertad de los contrayentes, sino a la histórica conquista del control eclesiástico sobre ello. (George DUBY: El caballero, la mujer y el cura. El matrimonio en la Francia feudal).

Cuando el Tradicionalismo queda despojado de una reflexión histórica o política, queda reducido a menudo a una pataleta estética, a una falsa controversia entre Tradición y Modernidad, como la establecida brillantemente por Sir Reginal Blomfield, Modernismus. O cuando Anatoly Lunacharsky, comisario de Instrucción de Lenin, en plena revolución bolchevique y en la efervescencia cultural del constructivismo declaró,

Proyecto de Iakob Chernikhov (1889-1951), imagen del blog arquitectura.mnp

para salvar muchos edificios históricos que ciertos revolucionarios querían destruir que “el pueblo también tiene derecho a columnatas”. Poco podía pensar el promotor del juicio contra Dios que su frase sería el eje del realismo soviético estalinista…

El Tradicionalismo en España tuvo en la arquitectura su sostén teórico en Diego de Reina, Ensayo sobre las directrices arquitectónicas de un estilo imperial. Claro que con esos mimbres ya podemos imaginar los cestos que saldrían, porque Blomfield es a Diego de Reina “lo que Hiperión a un sátiro”. Su reivindicación de lo escurialense como arquitectura áulica hispana abrió la veda de lo que ya se estaba haciendo, el pintoresquismo, evolución lógica de un pensamiento que nace muerto como es el Tradicionalismo.

Aunque rechacemos por anacrónicos el clasicismo de Luis Moya o el historicismo de Chueca Goitia, ambos son fruto de una reflexión teórica sobre la arquitectura, la historia y la sociedad que, como mínimo, merece ser tenida en cuenta. El pintoresquismo no necesita esta reflexión, es más, la rechaza como si le produjera alergia: se asienta en una presupuestos que están igualmente alejados de la Arquitectura Moderna como del academicismo; Heinrich Böll, Diario irlandés, dice que cuando alguien sabe que es pintoresco, deja de serlo. Lo mismo ocurre con la arquitectura, que cuando pretende ser un decorado evocador deja de ser arquitectura para ser un carísimo trampantojo, carísimo porque ,como ya denunciara Adolf Loos, hacer las cosas imitando otras suele ser mucho más caro que hacerlas honradamente.

Todos nosotros, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, donde vamos de vacaciones, podemos reconocer esa concesión pintoresquista: casas de montaña con piedra vista a lo chalet suizo, cuando lo tradicional era encalarlas para proteger el mortero de poca calidad con que se unía la piedra; masías con que ya no son de piedra seca, sino con gruesas llagas de mortero; calles completamente adoquinadas, cuando la tradición era reservar este incómodo pavimento para las caballerías, y enlosar los pasos para ‘taconear’ o pasear y así un larguísimo etcétera.

Porque la arquitectura pintoresquista pretende reconstruir un intangible: la casa de la infancia. No es la casa real, sino la casa soñada, pergeñada a partir de un collage cde imágenes, cuentos, olores… Se reconstruye una vieja casa pretendiendo resucitar en ella ‘la casa de mi abuela’, o se busca en una nueva un aire antiguo o señorial, el sueño de la princesa y el castillo encantado, adovelando puertas, coronando claves con blasones, y acabamos siendo patéticos reyes bufos de castillos de Disney en ridículas parcelas de 500 metros cuadrados.

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Hace unos días, X me hizo un hermoso regalo. No sé cómo, porque la tecnología y yo cohabitamos en incompatibilidad, había logrado bajarse de internet unas películas que hacía muchos días que quería ver: Cromwell (Ken Hughes, 1970), 84 Charing Cross Road -La carta final (David Hugh Jones, 1987) y The Warlord, titulada aquí en insólita fidelidad al original El señor de la guerra (Franklyn Schaffner, 1965)

 

Imagen del blog  Cariño, he encogido la historia del cine.

Lamentablemente, Nicholas Cage hizo un Lord of the War que, como no he visto, no calificaré y que  aquí, olvidados ya de la película de Franklin Schaffner, titulamos igual, con notable confusión.

La historia es terriblemente sencilla, uno de los cuatro argumentos esenciales en el arte: el amor maldito. En el siglo XI, en el otoño de su vida, el caballero normando Chrysagon de la Cruz es recompensado por sus servicios con unas tierras y un castillo en la frontera, tierras de paganos asoladas por las invasiones frisias.

Imagen de Mise-en-scène Crytp

Es pues, un retiro y un encargo final, pues deberá defender las marca del duque de las invasiones. Un castillo que no es más que una torre, unas tierras que sólo son pantanos donde malvivir y unos súbditos celtas paganos que desconfían de su cristiano señor, “es nuestro señor, pero no nuestro amo”.

Sea Raiders

Acompañado de su hermano Draco y su ayudante Bors, pese a lo inhóspito del lugar, ajeno a su persona, está dispuesto a aceptarlo como es, gobernarlo y defenderlo, porque es el premio a veinte años de servicios al duque: “Veinte años he vivido con esta fría esposa, ¡Veinte años!”, se queja, refiriéndose a su espada.

Es una historia de amor -película basada en la novela Lovers, de Leslie Stevens-, en la que el caballero otoñal, ajeno al mundo que le rodea, el cristiano señor Chrysagon -Heston- conoce a la pagana joven, Bronwyn -hada, espíritu bendito en galés, Rosemary Forsyth-, se aman, pero no les corresponde estar juntos.

Frolicking sea nymph?

Cuando Bronwyn se casa con otro campesino de la aldea, Heston decide ejercer su derecho de señor y pasar la noche con ella. Ha roto las barreras que los separan y eso desencadenará la tragedia. Así, aldeanos y frisios se alían para asaltar el castillo, unos para rescatar a Bronwyn, otros para rescatar al hijo cautivo de su caudillo.

Al final, Chrysagon, gravemente herido, se dirige en compañía de su fiel Bors a rendir cuentas al duque de sus actos, tras haber matado a su hermano Draco; Bronwyn, por su lado, debe refugiarse entre los frisios. En un bosque, otoñal, los amantes se despiden, con una promesa de verse en el futuro, dudosa promesa, pues uno avanza hacia una muerte casi segura y la otra, hacia una tierra extraña.

Es una de mis películas favoritas. La ambientación, históricamente perfecta, tanto en lo que se refiere al estudio de la religión céltica en Bretaña y Normandía como del primer feudalismo. Lejos de esas coloristas ambientaciones a lo Errol Flyn, los colores son grises y pardos, y el ambiente es denso, pesado. La torre, centro del señorío de Chrysagon, es agobiante, casi el túmulo funerario del señor; de hecho, cuando llegan está abandonada y hallan el cadáver de su anterior señor. No es un gran castillo, es lo que probablemente sería casi todos los castillos, una torre y poco más. Frente a la atmósfera opresiva, pesada de la torre, con techos bajos, bóvedas casi planas, está la aldea, festiva, abierta, viva. Y el duque, alguien de quien se habla constantemente, una presencia tan opresiva como la propia torre, pero más ominosa, porque no se le puede eludir, pues es el protagonista ausente, una especie de deus otiosus al que remiten los juicios, las esperanzas y los temores. Toda la película está rodada en colores ocres, todo transcurre en otoño, porque es el otoño del protagonista. Excepto cuando aparece Bronwyn, saliendo de las aguas como la Dama del Lago. Me enamoré de Rosemary Forsyth en esta película.

Las escenas bélicas del asalto al castillo son excepcionales. Tanto por su calidad cinematográfica, expresada con sobriedad que ahora nos resulta extraña, como por su profundo conocimiento histórico, de las técnicas de asedio medievales, de las máquinas… sólo en dos ocasiones más se ha visto una ambientación tan cuidada, y es en El nombre de la Rosa, de Annaud, y en El Señor de los Anillos.

La película está llena de símbolos. Ya he hablado de los tonos ocres para marcar el otoño del protagonista, o el cadáver del anterior señor en el lecho para marcar la torre como el túmulo de Chrysagon… Juan Eduardo Cirlot, autor del imprescindible Diccionario de símbolos, en un estudio recogido póstumamente en la revista Poesía (invierno 1979-1980), señala cómo la trama de esta película es un compendio de símbolos celtas:

los nombres de los personajes como Chrysagon (suma de Chrysos, orco, y agonía, lucha) y Draco (dragón); la referencia al mito «de lo dos hermanos (Chrysagon y Draco) que forman el dios doble (Géminis)», que al mismo tiempo es «el dios de la guerra y la fecundidad, de la muerte y del nacimiento»; la analogía con la leyenda de San Jorge y el dragón (Chrysagon mata a Draco); el personaje femenino, Bronwyn: su inmersión en el agua desnuda (regeneración-resurección); las flores blancas (símbolo celta de pureza); los símbolos animales (los jabalíes, los cuervos) que configuran a Bronwyn como «la diosa que preside la paz y la guerra, la personificación del lugar santo».  (Christian Aguilera en Franklin J. Schaffner. A la sombra de los grandes artesanos, en su volumen «La generación de la televisión. La conciencia liberal del cine americano» (Editorial 2001, Barcelona, 2000), pág. 266.)

Cirlot se enamoró de Bronwyn también, y le dedicó todo un ciclo poético, el Ciclo de Bronwyn:

Lo que llamo Bronwyn es el centro del lugar que dentro de la muerte se prepara para resucitar… es lo que renace eternamente.

del que extraigo este poema,

Envuelto en la luz negra de lo blanco,
envuelto entre las rocas de las nubes,
envuelto en la luz blanca de lo gris.

Envuelto entre las nubes de los mares,
entre los mares de las rocas blancas;
cuando te contemplé, Bronwyn, entre las hierbas.

Las hierbas lo son todo y el no ser,
las hierbas son lo blanco y son la roca,
las hierbas son la nada en crecimiento.

Las hierbas son los mares de lo negro,
las hierbas son la torre y el pantano,
las hierbas son yo muerto, Bronwyn, Bronwyn.

 

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Añoro la Unión Soviética

El viento, mi más odiado elemento, se alió conmigo el sábado y me dejó tirado en la estación de Vetera, sin trenes a Barcelona con que asistir al siguiente descenso en la decadencia de occidente y con la urgencia penal de comprobar que los andamios seguían en su sitio. Por suerte, no hubo que lamentar más desperfecto que algunas telas de seguridad mal aseguradas.

X no acabó de centrar resposabilidades en la climatología, y creo que sospecha de brujerías para convocar los vientos, olvidando que, de estar en mi mano, convocaría cualquier elemento menos ese; que no soy, precisamente, adorador del Wendigo. Por ver si templábamos ánimos, acudí al restaurante de un amigo mío, a la espera de una nueva sorpresa en su menú, el sábado una egregia liebre à la royal. Pero el humor de X, que aún no sabía cómo acusarme del contratiempo, no estaba para disfrutar de una ensalada tibia de calçtos con vieiras ni para degustar la obra cumbre atribuida a Carême, aquel marmitón que Talleyrand se llevara al Congreso de Viena para conseguir en la mesa para Francia lo que en rigor no le correspondía, como fue ser declarada víctima de Napoleón. En cambio, con el Pago de los Capellanes tuvo menos remilgos.

Nubes negras anunciaban una tormenta perfecta si no tomaba cartas en el asunto, por lo que hice de tripas corazón, guardé en el cajón las más de siete horas de la versión de Sergei Bondarchuk de Guerra y Paz (1962-1967)

y opté por la prudencia de una película de supuesta acción/espionaje que llevaba X días pidiendo ver. No recuerdo el título, pero al acabar llegué a una conclusión inevitable: añoro la Unión Soviética.

No sólo porque yo acabé el bachillerato (en aquel entonces, el cretácico, aún conocido como BUP) en una época en la en que de Polonia a China sólo hacía falta un visado, que de Minsk a Dusambé se estaba en un mismo país, capital Moscú y los -stanes eran patrimonio de Chiquito de la Calzada. Reconozco que no he logrado aprender más capital que Alma Ata y Dusambé de toda el Asia central, y que casi me eché a llorar cuando un amigo que trabaja en Rusia me dijo que se trasladaba de San Petersburgo a la república rusa del Tartaristán. ¡Con lo que me había costado aprenderme los los Tukemistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán! Las cosas eran más sencillas, afrontémoslo. Stalin era un sanguinario dictador soviético, Mijaíl Scholojov un escritor soviético que ganó el Nobel y Dzerzhinski el comunista soviético fundador de la policía secreta, Cheká, que daría origen al KGB, Mikoyán el diplomático soviético que se opuso al uso de la fuerza para reprimir la rebelión húngara de 1956. Era mucho más fácil que explicar que Stalin era georgiano (aunque en el conflicto de Osetia del Sur de este verano hubo prensa que acusó a los rusos de comportarse como Stalin), Sholojov (como Kaganovich), ucraniano, Dzerzhinski, bielorruso y Mikoyán, armenio. Era mucho más fácil.

También era mucho más fácil para el cine y la televisión cuando el malo era una némesis perfecta. Y además, con cierta estética, porque desde los nazis, no ha habido desfiles mejor montados que los soviéticos en la Plaza Roja el 9 de mayo

Imagen de La Agencia de Información Novosti

Ni tampoco prenda alguna sienta tan bien como un abrigo militar soviético largo, de solapas inglesas y doble abotonadura. Las cosas como son, porque J’appelle un chat un chat et Rolet un fripon (“Yo llamo gato a un gato y Rolet a un bribón”, BOILEAU, Sátiras), que la elegancia del espía de la KGB en un contrapunto estético esencial en cualquier película de espías medianamente decente.

Ahora, sin esta némesis tan clara, andan guionistas y escritores más perdidos Paul Blobel en el Jurado del Premio Nobel de la Paz, o que Belén Esteban en sesión plenaria de la Real Academia, porque los nuevos malos no son unos ‘malos respetables’, los turbantes, las barbas desgreñadas  y el polvo del desierto no es lo mismo para jugar a espías que los salones de un castillo en Baviera o los pasillos de mármol de la Oiranka, un smoking impecable o un uniforme feldengrau. Y eso se nota en unos diálogos que flojean bastante, sustituido el debate ideológico entre antagonistas por tiros y persecuciones y explosiones y más tiros y ¿dije ya persecuciones?. Porque, ¿alguien se imagina encontrar en Misión imposible algo parecido a la inolvidable conversación en la noria del Prater (por favor, que no se c0nfunda con otras norias) entre Orson Welles y Joseph Cotten en El tercer hombre?. Pues eso. Para no acabar con mal sabor de boca, aquí dejo esto

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