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Archive for the ‘Humor’ Category

Estilos

Llevo gafas sin montura desde hace años; Natasha las detestaba, diciendo que le recordaban a Miliukov

Nunca he podido desentrañar las filias y fobias de Natasha ni porqué le tenía tan atacado el hígado el pobre presidente del Partido Constitucional Democrático Ruso y líder del Bloque Progresista en la Duma. Creo que la pasión por la historia es lo único que podía tolerar de ambos.

Destrozadas tras dos años de uso no demasiado cuidadoso, no podía postergar más su jubilación y fui la semana pasada a cambiármelas a una minúscula pero exquisita óptica que me recomendó la Srta. Rottenmeier, la única de mis compañeras de trabajo que ha sobrevivido. Con esto de las gafas sin montura uno tiene que tener una sensibilidad muy sutil para apreciar diferencias entre unas y otras, así que decidir se hace complicado. Me acompañó en esa tediosa labor una amiga que necesitaba ampliar su colección de gafas de sol, eligiendo al fin unas de patrullero yankee sobre las que no diré nada si no es en presencia de mi abogada.

-Pruébate estas -me sugirió

-¡Ni de broma! No llevé arquigafas durante la carrera, no me las voy a poner ahora.

-Sólo es por ver cómo te irían. ¡Oye, te quedan muy bien!

-¿Estás de broma? Parezco Bob Pop

-Pues un cambio de estilo tampoco te iría mal

-Mi estilo es perfecto como está, no necesita cambios, sólo retoques.

-Yo no te digo que te compres un chándal, pero relájate un poco, que sólo te falta llevar bastón -y yo pensaba que tenerlo, lo tengo, pero aún no me he atrevido a pasear con él por una Vetera donde una vecina con problemas de cobro me preguntó no hace ni dos semanas si yo era de esos que persiguen a morosos, y poco antes un anciano corto y metomentodo se interesó por si trabajaba en algún programa de cámara oculta- ¿Sabes cómo te llamó mi sobrina cuando te vio? ¡Hastings!

-¡Me parece muy mal! Mi estilo es más Poirot; yo no he llevado un fedora jamás… Por cierto, ¿cómo conoce la serie si no tiene ni siete años?

 -Mi cuñado, que prefiere que vea Poirot a Bob Esponja. ¡Pero dejemos a Carlota en paz, que estamos hablando de ti!

-¿Estamos? ¿Quiénes? ¿El rey y tú? Porque a mí aún no me has dejado decir nada al respecto… Yo no me meto con los atuendos de nadie, no entiendo esa manía por meterse con mi forma de vestir. ¡Ni que fuese estrafalaria!

-¡Por favor! ¡Si viniste a la última calçotada con corbata!

-Eso es una infamia. ¿Cómo quieres que le ponga corbata a una camisa Tattersall?

-Pero ibas con traje.

-Claro. Mi traje de tweed para ir de campo, aunque en rigor no es un traje, porque la chaqueta y los breeks no son del mismo tejido y…

-Me da igual. Nadie tiene un traje para ir al campo.

-Lo que ocurre es que la mayor parte de la gente con la que te relacionas no se viste, sólo se tapa.

-¡Si hasta que te conocí pensaba que un Prince Albert era sólo un piercing genital!

-Y supongo que sigue siendo así. Los trajes que a veces llevo son Prince Edward, no Prince Albert.

-¡Lo que sea! Yo soy republicana. Ya sé que no eres un tío de barrio…

-Alto. Por ahí si que no paso. Estoy cansado de que se use ‘chico de barrio’ como eufemismo de garrulo sin vacunar; que yo sepa, la Moraleja, la Bonanova o las Arenas también son barrios, o Ciutat Vella o Abando. La palabra palabra precisa, le mot just, es ‘poligonero.’

-Como está  hoy… mejor no hablamos de la ‘princesa del pueblo’, entonces.

-Hoy no, por favor, que ma da urticaria esa moda de recuperar el término ‘pueblo’ a lo despotismo ilustrado ¿Tomamos un té?

-¿Ves? ¿No podrías proponerme un café, como todo el mundo?

-En realidad, ‘todo el mundo’ querría proponerte otra cosa, pero, por suerte, aún queda cierto sentido del ridículo… ¿Se puede saber qué pasa? ¿Es hoy el día internacional de ‘provoquemos una úlcera a Theo’? Primero los técnicos municipales y ahora tú… Un día de estos voy a salir en los periódicos, así que mejor llevo el traje a la tintorería.

-Uffff, ¿no te iría mejor una tila?

-No, mejor una copa de Evo de Mascaró. ¿Te he dicho que he encargado un homburg? Negro, por supuesto…

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La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa…

Para no arrancarme en aplausos y gritos de “¡bravo!”, tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. “Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo”, sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, “¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!”, pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.

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Temores políticos

Como casi todos sabéis, soy catalán. Pero, por muy nacionalista que sea, que lo soy, nunca he sido tan chovinista como para aceptar que el amplio paraguas de la patria cobija cualquier cosa, sea buena o mala. Y hay tendencias que asoman en la lontananza que me ponen los pelos de punta.

En 1833, Javier de Burgos, secretario de Fomento en el gobierno de Cea Bermúdez, establece una división territorial de España por provincias que, con muy pocas modificaciones, y estas mínimas, ha llegado hasta nuestros días. La división de Javier de Burgos es, básicamente, la que el gobierno del trienio liberal (1820-1823) intentó imponer en 1822 para sustituir la vieja división en reinos, pero que cayó antes de lograrlo.

Esta división provincial se hace sin apenas concesiones a la historia, por criterios geográficos y demográficos, nunca económicos -la economía nunca ha sido el fuerte de los políticos españoles-. El Estatuto de Cataluña de 2006 propone recuperar una vieja division administrativa catalana, en principio mucho más acorde con los distintos vínculos económicos, culturales e históricos que se dan en el territorio. Es la división en veguerías:

Mapa de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

Digo ‘en principio’ porque la realidad es que la división sigue primando los intereses de las ciudades frente al territorio, de manera que una veguería natural como sería la Penedès, integrada por el Alt y el Baix Penedès y el Garraf, con una fuerte identidad económica, histórica, geogràfica y climática, queda repartida entre otras dos entidades, Barcelona y Tarragona.

Administrativamente, Cataluña se organiza, ascendentemente, en municipios, comarcas y provincias, división esta que encontramos también en Aragón, Galicia (donde los municipios, además, se organizan en parroquias), Cantabria… en Navarra se habla de merindades, pero es lo mismo. El resultado está en que el ciudadano medio sostiene sobre sus hombros una administración municipal, otra comarcal, la diputación provincial, la administración autonómica, la central y la europea. Luego habrá quien se pregunte cómo hacemos los españoles para tener unas espaldas como remeros del Volga…

Por eso, la división en entidades menores no me parecía mala si sustituía a Comarcas y Provincias, y esto es lo que se dejó entrever durante la campaña del referéndum. El Consejero de Gobernación y Administración Pública, Jordi Ausàs, afirmaba todavía en noviembre de 2008 que las veguerías harían desaparecer a las diputaciones provinciales, aunque por motivos prácticos deberían convivir con la división provincial (distritos electorales), con lo que uno, que ya va conociendo el pelaje de nuestros políticos, se barrunta que aquí no desaparecerá nada y sufriremos otra administración sobre nuestras espaldas. Porque la cuestión hace mucho tiempo que dejo de ser resolver los problemas de los ciudadanos para pasar a ser un juego de las sillas musicales donde cada vez aparecen más culos candidatos y para los que hay que ampliar el número y el tamaño de las poltronas, y esto es como el precio del suelo en los años dorados del boom inmobiliario, que el ciudadano acaba pagándolo todo.

Con lo ocurrentes que son nuestros políticos en materia de inventarse puestos, prestos a nombrar un Ober Haupt General-Stats Canal-Navigations-Rath que dirija el tráfico fluvial en el canal Segarra-Garrigues (que se dedica sólo al riego), y el desencuentro entre el llano y la montaña, la costa y la tierra firme, encuentro más que verosímil la posibilidad de que la veguería de l’Alt Pirineu acabe abriendo oficinas diplomáticas y nombrando cónsul en Terres de l’Ebre y que las comarcas gerundenses intercambien legados con la veguería de Ponent. 

No contentos con endilgarnos un mamotreto más, se han devanado los sesos para ver cómo podían exprimir aún más una geografía no demasiado generosa en quilómetros cuadrados; ensayarán los frutos de ese esfuerzo en la veguería Alt Pirineu-Arán, y si el resultado es el esperado, vaticino una rápida implantación en el territorio. La ocurrencia es la capitalidad compartida -Tremp, Seu d’Urgell y Puigcerdà en Alt Pirineu-, y ya veremos cómo se adapta la realidad nacional aranesa en ese encaje de bolillos, que hace tiempo que dicen que esto de la veguería no va con ellos, que ellos son nación.

Por supuesto, esta organigrama septuplicado que haría suspirar de emoción al director general de la escuela de burocracia soviética se nutrirá de las nunca exagües reservas de parásitos que vivaquean en todos los partidos pegando carteles desde los catorce años, esperando una prebenda. Bien por oposición restringida, por artículo 33, puesto de confianza o cargo político, ya podemos prepararnos para lo peor. Lo que me extraña es que esta oficina de recolocación de tanto millón de inútiles que hay en todos los partidos políticos no haya sido inmediatamente adaptada al resto de administraciones españolas.

Todos con su coche oficial, claro, que hay más coches oficiales en España que en media Europa, y da igual del partido de donde se venga, de derechas, izquierdas o al tresbolillo, que catar poltrona y pedir chófer  se separan una semana. Quizá ese sea el plan contra la crisis del automóvil que meditado en despachos gubernamentales, aumentar la flota de coches oficiales…

Hoy me habla mi hermana de un pariente lejanoal que ya menté, que tardó siete años en hacer filolofía hispánica o catalana o historia o filosofía o qué sé yo, que se cambió tantas veces de carrera que podría abrir una oficina de orientación univesitaria. El tipo, bondadoso pero no especialmente brillante -intento suavizarlo-, metido en las juventudes de no sé qué partido desde poco después de destetarse, ha pasado de ser coordinador de distrito para la Tercera Edad (cargo real, por si alguien se reía de lo del Ober Haupt General-Stats Canal-Navigations-Rath bismarckiano) a adjunto de parlamentario, y ya me gustaría saber cuánto le pagarán por nada. No, mejor será que no lo sepa, porque la famosa escena de Apocalypse now parecerá el desfile del día del Orgullo Gay comparado con la que puedo organizar.

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La prensa española, especialmente la deportiva, tiene la curiosa habilidad de lograr que medio país acabe odiando a cualquier profesional que despunte un poco. Da lo mismo que hablemos de cineastas, escritores, arquitectos, actores, tenistas o pilotos de F1. Además, su capacidad para decir una cosa y la contraria sin que nadie les reproche la incoherencia, merece, con la nariz tapada por le hedor, cierta admiración. Pese a todo, he decidido con este post inaugurar una sección nueva en el blog, “Con patatas”, aquellas noticias o declaraciones que políticos o periodistas deberían haberse comido con patatas por falsas o, como mínimo, precipitadas. Claro que esto sólo sería posible si tuviésemos una prensa y una sociedad democráticamente maduras, con lo que nos tendremos que conformar con lo que cuatro bloggers locos hagamos.

El deporte me importa bastante poco, y sólo lo sigo desde un punto de vista cultural; no me interesa tanto el partido como la retransmisión. Viktor Klemperer, en su célebre LTI: La Lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, recogió con meticulosidad y sentido del humor -detalle éste altamente encomiable en alguien cuya superviviencia en ese terror era poco menos de improbable- la evolución semántica y los giros lingüísticos que iban produciéndose en los 12 años del milenario Reich, la alteración del idioma alemán para introudicir las ideas nacionalsocionalistas en el pueblo a través de la lengua; esta obra dedesbrozaba el camino de una posterior sociología de la retórica autoritaria que jamás se ha emprendido, pero que sería altamente significativa. Supongo que por eso no se ha hecho.

Pero a mí si me interesa analizar el idioma que usa la prensa, pues en este neofeudalismo en el que vamos precipitándonos ella ocupa el lugar de la Iglesia como domeñadora de conciencias en la concepción tripartita de la sociedad.

La construcción de un idolo en España es un fenómeno complejo, donde los elementos irracionales desplazan como en ningún otra parte cualquier análisis cartesiano. Se ama o se odia visceralmente; Brenan, El laberinto español, decía que la historia del siglo XIX español se resumía con el pueblo detrás de los curas, bien llevando cruces en procesiones, bien estacas en revoluciones, pero sin ningún tipo de reflexión que sustentara la acción. Y es en esta visceralidad, poco dada a la introspección y al examen de conciencia, donde pone sus huevos el basilisco ibérico en sus dos aspectos más manifiestos: el jingoísmo, que desprecia todo lo ajeno aún cuando lo ignore, y un feroz individualismo que no haya otra forma de ensalzar lo propio que denostando lo… ¡caramba, qué coincidencia!

Cuando el calvinismo concibe el éxito profesional como una garantía escatólgica, pues se considera el trabajo como una forma de práctica religiosa, la contrarreforma ibérica es entendida por campos y aldeas como un dejarse en manos de la providencia, la consagración del principio de la Campana de Huesca de cortar la cabeza al que descuella.

Así, oscilando entre jingoísmo e individualismo cainita, vivimos en la esquizofrenia de felicitarnos por los triunfos como propios de un Pepito Gómez cualquiera, candidata al Nobel de Química o campeón mundial de petanca, al tiempo que gozamos desmontándolo en todos sus aspectos profesionales y personales. La prensa supuestamente seria se encarga de fomentar lo primero, “hemos ganado siete medallas de oro en los europeos de parchís”, mientras que la rosa o amarilla azuza las bajas pasiones de lo segundo. Quizá ahí encontremos parte de la explicación del porqué del éxito de ese tipo de periodismo.

Cuando el 1 de febrero de este año, Nadal se alzaba con el gran premio de Australia, los comentarios de la prensa, sobre todo la televisiva, merecerían figurar en el acta de una reunión de taxistas y no en la hemeroteca de titulares compuestos por profesionales de la información. Dedicaron más tiempo a las lágrimas de Federer que al triunfo del mallorquín, con titulares objetivos e imparciales:

Cambio de época

“Federer es historia”

“Ha empezado el reinado de nuestro Nadal”,

Que no engañaban a nadie del forofo que había escrito la crónica:

El llanto del suizo dejó bien a las claras que los momentos de gloria para Federer difícilmente se podrán repetir en un torneo en el que compita Nadal. (Álvaro Bretón, Diario de Navarra, 2 de febrero de 2009)

Rafa Nadal volvió a exhibir hoy su carácter tirano en la pista. De nuevo ante su ya eterno rival, el suizo de oro Roger Federer, que acabó sollozando desconsolado en la emotiva entrega de premios. Su sueño de superar los 14 títulos de Grand Slam de su amigo Pete Sampras empieza a desvanecerse fruto de su ansiedad y del pánico que le genera la imagen de Nadal al otro lado de la red. (Tomás de Cos, As, 2- febrero-2009)

Cinco meses y dos grandes premios después, Federer recupera el número 1 de la ATP, bate el record de Sampras de 14 triunfos y ya nadie se acuerda de lo que vomitó en febrero fruto del calentón patriotero. Y los mismos que en febrero ya estaban enterrando al suizo, ahora lo proclaman “El más grande“, sin importarles demasiado a supuestos profesionales del idioma que el castellano no permita esa construcción. Lo peor de todo es que nadie les recuerde a estos listos sus palabras y le invite a comérselas con patatas. Sé que los que me visitan suelen ver con añoranza de juveniles ardores o conmiseración por lo mal que mi ingenuidad me lo hará pasar mi exigencia de una prensa, ya que no libre, al menos rigurosa.

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Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ‘sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga…

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

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Faulkner es uno de mis escritores favoritos, y si al argentino profesional de Amanece que no es poco cuando decide hacerse escritor  le sale Luz de agosto,

mis primeros pinitos literarios le debían tanto a Gambito de dama y a Los invictos que si los herederos de Faulkner no me han puesto una demanda es porque soy más pobre que un ratón de sacristía al que le ha dejado la mujer y se le ha llevado todo el queso. He necesitado años de lecturas y esfuerzo para somatizar su influencia, incorporarla a mi código genético y que el resultado, mal que bien, sea yo y no el gemelo bastardo y gilipoyas del escritor.

Aún estaba boqueando para recuperar el aliento tras la lectura de Santuario cuando cayó en mis manos Cortázar quien, por todos mis respetos por la legión de borgianos, entre quienes militaba, descabalgó de mi podium personal al bibliotecario ciego que Eco convirtiera en arquetipo con Jorge de Burgos. Desde Todos los fuegos, el fuego, los artificios simétricos y las bibliografías inventadas dejaron de apasionarme como hasta entonces. Hubo en este Götterdämerung particular mío algo de abandonar la toga pretexta, pues Borges me había fascinado desde que descubrí El libro de arena con catorce años.

Llegué a Cortázar más o menos en la misma época que a García Márquez. Ridículo sería afirmar que supe de la existencia del colombiano con 24 años, pero he de decir que hasta entonces lo mantuve lealmente apartado de mí, pues mi hermana sentenció que era su escritor favorito en una época en la que los gustos de las hermanas encabezan nuestras listas negras y, después, temí verme en la tesitura de tener que darle la razón. Antes muerto. En mi discreción, incluso llegué a cambiar las sobrecubiertas de Cien años de soledad por las de El idiota, de Dostoievsky -y de nuevo, Amanece que no es poco regresa a este post- vana precaución, pues mi hermana categorizó a Gabo como su escritor favorito habiendo leído sólo Diario de un náufrago y ya ni se acordaba de él cuando yo salí de mi armario literario.

Hace muchos años que emborrono papeles; en mi adolescencia, entonces todavía llamada adulescentia, con cada nuevo libro leído mis cuentos adaptaban un nuevo estilo, y pasé en tres meses de la fantasía épica a la epopeya napoleónica; pero ha habido cuatro autores tras los cuales he sido incapaz de juntar dos palabras durante meses, avergonzado de mis pretensiones de escritor cuando aún me queda tanto por leer. A los tres de quienes he hablado ya en este post hay que añadir otro americano, Juan Rulfo, que entró en la literatura por la puerta grande con tan sólo 300 páginas y maldita la necesidad que tiene de haber escrito una puñetera línea más.

Con estos antecedentes, no puede sino hacerme sonreír que se me acuse de antiamericano cada vez que expreso mi disconformidad con la política exterior temerariamente cortoplacista con que han jugado a la ruleta rusa las administraciones republicanas desde Reagan. Podría tomarme la molestia de intentar matizar pero mi experiencia me dice que es tiempo perdido y saliva malgastada, pues quien pretende insultar con el adjetivo ‘antiamericano’ no suele haber escuchado a Gershwin ni leído a Faulkner. Bueno, ni a Faulkner ni a ningún otro salvo quizá César Vidal o Pío Moa. Es interesante observar cómo quienes se alzan en paladines de la causa yankee (como si necesitaran ayuda de nadie) lo hacen desde posiciones de ignorancia y casi menosprecio de las formas culturales más refinadas de esa sociedad que dicen admirar y defender, posicionándose no muy lejos de postulados casi lumpen. Es el lenguaje neocon, de buenos y malos, de patriotas y traidores, que es a la retórica política clásica lo que una diatriba dominica a un diálogo platónico. De hecho, en el discurso neocon norteamericano y en su mímesis ibérica, se acusa de ‘antiamericano’ a todo lo que huela a cultura, ilustración o pensamiento crítico.

Y aquí es donde entra en escena The Boss. Una religión (y el neocon lo es, no quepa duda) necesita enemigos, ya sea el diablo, ya sean los infieles. Y mayor cohesión logrará cuanto más poderoso se pinte al enemigo; no sirve de nada arremeter contra Chomsky, al que no conoce casi nadie allá y menos aún acá, y su presencia mediátic, pues, es casi nula. Pero, ¿y contra Bruce Springsteen? Eso es harina de otro costal, ¡y menudo costal! Bruce -con Susan Sarandon, Sean Penn y otros- encarna en EEUU lo que los neocon ibéricos proclaman la AntiEspaña. El mecanismo de demonización es el mismo: en primer lugar, una concatenación de insultos y descalificaciones, sin pruebas ni argumentos ni silogismos, pues bien saben los ideológos neocon que “la gran masa del pueblo no está constiuida por profesores o diplomáticos”, como advirtiera Hitlen en Mein Kampf (y se empeñan en que siga así, claro).

El segundo paso, consiste en negarle un valor cultural y reducir su figura a su militancia más o menos política. Su obra ya no es debatida desde la crítica musical o artística, sino desde la política visceral, y de repente tienen entre sus seguidores y, sobre todo, entre sus detractores, a gente que no lo ha escuchado jamás.

El último paso de la deconstrucción es el más sutil de todos: no se hace mención alguna a ideologías, ni siquiera a las que el autor refleja expresamente en su obra, no se le descalifica, no se le cuelgan sambenitos… Por arte de alquimia moral, su música deja de ser viva para convertirse en un decorado, como la canción “Car song”, de Woody Guthrie convertida en banda sonora de un anuncio situado en las antípodas de lo que en vida representó el autor. Es el momento en que puede ser interpretada por niñatos que no entienden su letra -ni siquiera saben pronunciar su nombre, pues no lo han oído jamás- ni falta que les hace. Es el momento en que se puede perpetrar con su obra crímenes por los que en Nürenberg se habría ahorcado al responsable. Es el momento de hacer esto

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Deporte de riesgo

En circunstancias menos adversas, esto es, con un clima menos riguroso, habría echado mano de cualesquiera de mis recursos dialécticos para desmontar la fría hostilidad de X de esta semana; pero el calor merma mis capacidades intelectuales y ante el silencioso acoso no he tenido más ocurrencia que responder según la cita que atribuyen al general Ferdinand Foch en el Marne:

Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!

Veamos. Soy hombre, y eso significa que mi delicadeza para manejar ciertos asuntos es parangonable a una estampida de mamuths en una tienda de porcelana así que, puestos a meter la pata, mejor que sea a conciencia y a lo grande que accidentalmente en un detalle. O sea, que puestos a morir, mejor que sea a lo brigada Pomorska, a caballo contra panzer, que escondido en una ratonera.

Mentiría si contara que maduré mi plan a lo largo de la semana, pues bastante ocupado andaba en otros menesteres como para meditar y refinar una estrategia; de hecho, ni siquiera había plan, sino que más bien era una ocurrencia que me vino de repente y así, verde aún, la arranqué del árbol y la metí en el horno, no fuese que me diera por pensarlo y me echara atrás.

Tampoco es cuestión de ser trágico y dar la sensación de que la semana fue sentimentalmente horrible, porque la verdad es que no fue así. En realidad, la cierta frialdad y los divertidos mohínes eran intelectualmente estimulantes, pues ha sido morbosamente divertido ver hasta dónde se podía bromear con el tema (por acción o por omisión) sin romper la cuerda.

Mi vida sentimental no es especialmente prolija, pues desde Natasha hasta X sólo  he tenido dos parejas y algún que otro escarceo del que, en general, mejor será no hablar. Pero la brevedad de la nómina se compensa ampliamente por lo interesantes que han sido todas y por la amistad que conservo con ellas. De hecho, este fin de semana coincidían en Barcelona  Natasha y una amiga suya, Lana, con la que se había empeñado en liarme al poco que lo dejáramos. Y, bueno, digamos que lo consiguió, pero sólo duró un año, hasta que Lana consiguió una plaza en el ballet del Metropolitan Opera, pues si mi economía me permitía sin excesos de austeridad un vuelo a Moscú mensual, a Nueva York habría resultado imposible.

Con la feliz coincidencia de que estén ambas en Barcelona la misma semana que X ha acabado sus exámenes y aún no se ha ido de vacaciones a Ibiza con sus amigas, creí que era un buen momento para exorcizar fantasmas haciendo que todas se conocieran y dejasen de darme la murga -por distintos motivos- a tres bandas. Lo esencial era que ni ellas esperaban a X ni X conocerlas cuando ayer quedamos para almorzar en un restaurante de unos amigos en Vetera.

Quiso la suerte que la tensión de las presentaciones transcurriera en la más estricta intimidad, pues no había nadie más en el hall del restaurante. Apuramos la copa de bienvenida, un Parxet Titiana rosado altamente recomendable, en un ir y venir de miradas, estando ya tan en el centro de las más hostiles, que verdaderos esfuerzos hacía por sofocar el reclamo de las risas, tantos que no sé cómo no duché a nadie en cava. Y envueltos en esa atmósfera tan densa que uno podía trocearla y llevarse una porción en un tupper a casa, entramos en el pequeño comedor, verde y burdeos.

Aunque el térmometro superaba en el exterior los 30º con holgura, tan gélido era el interior -y no sólo por el aire acondicionado- que opté entrar en calor con tres platos contundentes, foie con compota de manzana, bacalao de Islandia confitado y liebre a la Royale, todo con una garnacha del Priorato.

Apenas nos traían el foie cuando Natasha rompió el frente con una apreciación que fue coreada por Olga y X: -Eres un cabrón. Esto no se hace.

-Tampoco creo que no pasa porque un día comáis como seres humanos y no como ovejas…

-Natasha no se refiere a eso y lo sabes -me taladró con la mirada Lana.

-Creo que ahora me he perdido -me excusé con mi cara más ingenua.

-Oh, mierda, Theo, no pongas ojos de Bambi que con nosotras no cuelan -abortó X la comedia -. Odio cuando pone esa cara, porque es imposible enfadarse con él…

-Sí, dan ganas de agarrarlo como a un oso de peluche… -empezó Lana

-¡Y meterlo en la lavadora! -acabó Natasha.

-¡JUAS! -fue la respuesta de las dos. Allí empecé a pensar que tal vez no había sido tan buena idea reunirlas…

La segunda botella de garnacha acabó de desatar las lenguas y las risas, la mayoría a mi costa, pero bastante inofensivas, la verdad, creo que estaban tanteando el terreno con escaramuzas antes de desencadenar su venganza en una ofensiva en toda regla. Porque que se vengarán de ese almuerzo es algo que doy por supuesto, lo único que no sé es si la réplica será conjunta o en tres oleadas.

Un moscatto d’Asti, con un divertido toque de aguja, para acompañar el postre, mousse de chocolate con caviar de naranja, y cigarrillos Lana y X y un Uppmann fueron la conclusión inevitable y adecuada a un experimento del que salí mucho mejor parado de lo que cabría haber esperado.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó Natasha durante el café, aunque ella tomaba té.

-Porque ya estaba cansado de tener que hablar de vosotras como si anduviera sobre cristales rotos. Ahora os habéis visto, os habéis conocido y ya podéis juzgar vosotras mismas y dejarme a mí tranquilo un rato.

-¿Te das cuenta de que tu esfuerzo por hacerte la vida siempre más fácil puede habértela complicado irremediablemente? -apuntó Natasha-. Es posible, pero al menos ahora conozco al enemigo.

-¿?

-Muy sencillo, Lana. Ahora los problemas que surjan serán entre personas de carne y hueso, no con imaginaciones, suposiciones, miedos, inseguridades… con problemas reales puedo lidiar, con fantastmas no. ¿Os apetece una copa de armagnac para acabar?

****

-Son muy guapas.

-Tienen algo, es verdad. Pero te prefiero.

-Eso espero. Ah, por cierto, que casi se me olvida: como vuelvas a tenderme una encerrona así, te mato. Y esta empezarás a pagármela esta noche, así que empeiza a tomar aspirinas.

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