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Archive for the ‘opinión’ Category

No entiendo, Sócrates

No voy a unirme a las hordas de inquisidores que, recién caídos de un guindo, acaban de descubrir la verdadera catadura moral de sus héroes. No voy a sumer mi dedo cibernético a señalar a quienes hace mucho tiempo que andan retratándose. Dicen los que no saben leer sin contar que la frase que más se repite en La República de Platón es la que encabeza este post, y esta es la que se me viene a la cabeza cuando oigo tanto rechinar de dientes y rasgarse de vestiduras por algo que no me ha sorprendido.

Bien puede ocurrir que sea yo tan conspiranoico que, a fuerza de imaginar complots y ver dobles lecturas, alguna vez acierte, pues ya dijo Borges que un mono sentado durante un tiempo infinito ante una Olivetti escribiría el Quijote. Algo así será porque no me creo que haya pillado a todos con el paso cambiado lo que para mí no es más que otro coherente peldaño en una andadura vocinglera y chulesca sólidamente documentada.

Ni Pérez Reverte, ni el tándem Sánchez Dragó-Boadella, ni Jesús Neira ni el alcalde de Valladolid deberían a estas alturas sorprender a nadie. Espero que don Arturo no se enfade conmigo por hacerle encabezar semejante nómina, pero tantos años esforzándose por construirse una imagen de macarra hace que al final uno lo barrunte como ideólogo de los otros; tampoco temo mucho su enfado, pues aunque el académico mee a menudo fuera de tiesto hay que reconcerle que mea apuntando alto y dudo que pierda el tiempo en dedicar un twiter a un Juan Lanas como yo.

No entiendo los aspavientos indigandos de quienes hasta no hace mucho le reían las gracietas ocurrencias más dignas de club de carretera que de profesor universitario de Jesún Neira. Desde que nació para los micros no ha engañado a nadie sobre la naturaleza de su carácter, y mucho más dignas de escándalo me parecieron otras declaraciones suyas que la del vinillo que fue la que acabó defenestrándolo. Tampoco entiendo que llamar nenaza a un ex ministro sea tema que llevar al Congreso, cuando el autor del twitter ha soltado ex abruptos mayores sin haber despeinado a nadie ni que el anarcofascismo de Dragó resulte más digerible que unas ensoñaciones pederastas que tienen menos de recuerdo real que de alucinación hija de la senilidad, los medicamentos sin receta y de la necesidad de que hablen de él para saberse vivo aún.

En esencia, no entiendo cómo ha logrado calar tan hondo esta versión edulcorada pero igualmente gris y aburrida del puritanismo yankee que es la de lo políticamente correcto, erigida en credo por una progresía buenista que en lugar de fumarse porros le ha dado por enfundarse sayo de novicia y andar cogiéndosela con papel de fumar todo el día. El buenismo en el que andamos chapoteando es la peligrosa consecuencia de una visión Disney del mundo cada vez más extendida en una sociedad más peterpanizada en todos sus estratos.

No entiendo que el buenismo haya impuesto motivos de escándalo de primera y de segunda y que como borregos comulguemos con esas piedras de molino sin rechistar. Los de primera son causa de linchamiento público y los de segunda no tienen consecuencia ninguna, son pecadillos veniales. Lo más irritante es que lo que determina estar en uno u otro grupo es simplemente la moda, no la gravedad de la cuestión y, como en toda moda, no se persigue el origen, sino sólo sus síntomas.

El machismo y su colofón, la violencia de género, son una desgracia que debe ser resuelta desde la educación, no una moda con la que frivolizar yendo a la caza de expresiones machistas en el idioma ni violando la gramática para nombrar miembras. Mientras el buenismo nos obliga a andar agazapados escudriñando nimiedades, por detrás se cuelan los incendiarios y, cuando nos queremos dar cuenta, a nuestras espaldas arde Troya y nosotros ni nos habíamos enterado. ¿Son graves las afirmaciones de Dragó o León de Riva? Evidentemente que sí, pero son graves en sí, no porque ahora esté de moda y toque escandalizarse por eso, porque estas personas y otras parecidas llevan mucho tiempo dando señales de por dónde andan como para enterarnos ahora.

El buenismo es el credo new age que ha secuestrado el discurso de la izquierda y cuya lengua litúrgica es el lenguaje políticamente correcto. Y con esos mimbres, malos cestos vamos a hacer, porque sustuimos las ideas por las ocurrencias, la reflexión por el sentimiento y el saber por la fe. Como reflejo del Tea Party yanqui, el buenismo está creando espontáneos guardianes de la ortodoxia, peligrosos descerebrados que fácilmente podrían acabar siendo convertidos en ‘asesinos por las buenas causas’, y síntoma de este descerebramiento progresivo son esas sopas de letras tras las cuales uno no sabe qué se oculta que no saben distinguir realidad de ficción y que periódicamente lanzan sus ataques contra libros o películas al más puro estilo años 30,  Y ya advirtió von Kleist que “‘Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”

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De series históricas

Casi no veo la televisión. No es una cuestión de principios morales o de supuesta superioridad intelectual, ni tampoco medidas higiénicas o apotropaicas. Es, simplemente, un hecho. Tampoco soy un converso recién caído del caballo y que ha visto la luz de repente y que se ha impuesto esta penitencia, sino que ha sido un proceso que no sé cuándo empezó pero que ha concluido en que sólo dedico unos 45 minutos diarios a ver televisión. Tal vez empezó hace dos años; entonces yo era seguidor de CSI -evidentemente, Las Vegas; no he logrado superar la grima que me da el inexpresivo Horatio- y ni las repeticiones ni las interminables pausas de publicidad me desanimaban. Pero entonces fundamos entre tres un Club de la Pipa en el pub de Jaume; fijamos las sesiones para la noche de los lunes y CSI cayó de mi parrilla televisiva. A partir de allí, poco a poco fueron desapareciendo programas, series y películas. Lo último en desaparecer fueron las noticias y, desde entonces, vivo más feliz, no por vivir en la ignorancia, sino por no alimentar mi úlcera con la bilis que tragaría al constatar que la defunción de un cefalópodo de un acuario alemán merece mucho mayor seguimiento y tiempo de informativos que una epidemia de cólera en Haití que se ha cobrado ya más de 250 vidas.

Pero eso no quiere decir que no sepa qué ocurre al otro lado de la pantalla, por negra que dormite en mi casa. Sigo diariamante a cuatro brillantes opinadores que, con formatos y enfoques muy distintos, me permiten seguir sin mancharme el día a día de una guerra que ya no es la mía. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero al menos escucho o leo algo inteligente, y ya me basta. Desde la columna diaria “Tú y yo somos tres” en El Periódico de Ferran Monegal hasta el blog 625 ranas, de Antonio Rico, pasando por la “Visto, dicho y oído” de Bob Pop en Público y la impagable Teletulia del Arucitys, en 8 tv, sección esta que consume mis 45 minutos de televisión diarios, y los cuatro se han hecho eco de la súbita irrupción de las series históricas en las pantallas.

Esto va por hornadas. Hace unos años eran las series de investigación policial, tipo CSI y sus secuelas (NAVY et allia), después fueron los vampiros a rebufo de la trilogía, tetraología o heptalogía (¡yo qué sé!) Crepúsculo, como True Blood… En 2005, HBO decidió buscar nuevos escenarios para sus guiones, y sustituyó la ya gastadita mafia y los no menos gastados vampiros por algo paradójicamente nuevo, la historia, y allí empezó “Roma”, serie donde la espectaculara ambientación no ha logrado empequeñecer la sutiliza y los diálogos exquisitos de “Yo, Claudio”. Después, han venido Los Tudor y se rumorean otras sagas.

Hace casi cuarenta años que Josep Pla dijo en una entrevista con Montserrat Roig que España es un país sin ningún rigor científico, que todo el mundo copia, aserto que podría confirmar de seguir vivo el ampurdanés si encendiera la tele -y no muriera en el intento, y es que las cadenas y productoras ibéricas son menos originales que una corbata Hermes de mercadilllo. Primero copiaron las policiales, después las series adolescentes más descerebradas o cierto modelo paranormal… todo ello con la caspa carpetovetónica que nos caracteriza. Ahora es la reinterpretación anglosajona de la historia como espectáculo la que es reinterpretada por directores y guionistas patrios; sinceramente, para echarse a temblar. Porque uno de los problemas principales es que no se está haciendo una serie histórica española, sino que se hace una adaptación de una serie anglosajona, con todos sus defectos y, desgraciadamente, con ninguna de sus virtudes, porque, afrontémoslo, el regusto a Gladiator de porexpan no nos lo quitamos ni con lingotazos de Hendrix.

Me apasiona la historia, ya lo sabéis y por lo mismo que aborrezco la novela histórica (en general, porque Guerra y Paz o El nombre de la rosa están entre mis lecturas favoritas), tengo más que reparos en acudir a estos trampantojos. Yo no le pido a nadie que haga películas ambientadas en Roma, el Toledo visigodo o la Viena del segundo asedio turco pero, si lo hacen, ¡al menos que traten con respeto a mis muertos! Coño, que no hace falta ser Gibbon para saber que los romanos no conocieron el estribo y que esa fue una de las causas del desastre de Adrianópolis contra los visigodos, 500 años más tarde de la época en que, teóricamente, se basa la película.

No pretendo que la serie incorpore un sesudo debate sobre los sistemas antroponímicos romanos y los métodos de filiación, pero un mínimo de documentación, de investigación, en fin, de decencia no estaría de más… Aunque quizá daría igual, porque estamos tan acostumbrados a ver a un actor español en un papel determinado que aunque George Duby resucitase para acompañar a Jacques Le Goff en la asesoría histórica de una serie medieval, y por digna de un BAFTA que fuera su interpretación, sería difícil ver en José Luis Gil a un trasunto lebaniego de Guillermo de Baskerville y no a Juan Cuesta

Por no hablar de cómo me imagino a la mitad de los actores más jóvenes haciendo de romanos con acento de Parla… Me temo que, de momento, seguiré con los originales, Roma y los Tudor.

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Decir que la operación Pretoria ha estallado cuando aún colea el caso Millet sería un eufemismo intolerable, pues en el saqueo del Palau aún no se ve el fondo, y lo que empezó en septiembre siendo una apropiación de unos 3,3 millones de euros apenas un mes más tarde ya se elevaba a un desvío superior a los 20 millones, de dónde salieron, además de jugosas donaciones a las fundaciones de casi todos los partidos políticos para que miraran a otro lado, salarios quintuplicados en un año para directivos, vacaciones de lujo en Maldivas, las bodas de las hijas de Millet… y lo que te rondaré, morena, que como sigan escarbando aún saldrá el regalo de bodas de Anita ansar, la comunión de los nietos, un mecenazgo para restaurar la catedral y un donativo a la asociación catalana de Gays y Lesbianas, que Millet parece persona de integridad y convicciones marxistas, pero de Groucho: “Estos son mis principio; si no te gustan, tengo otros”.

No, no colea el caso Millet. Está apenas asomando su cabeza en la hedionda charca de la política y la alta sociedad catalanas, donde 400 familias han manejado el cotarro o ‘remenat les cireres’ , como decimos aquí, desde quién sabe cuándo, con sus espesas redes clientelares, que antaño incluían canónigos y militares y ahora políticos de todos los colores, bien dependientes de algún modo, bien directamente vástagos de la recia prosapia.

Durante 18 años, el único coro de cámara profesional trabajó ocho horas diarias como becarios, pues ‘no había dinero para contratarles’ y es que la legislación española permite -o permitía- esta indignante figura laboral, que es tener mano de obra hipercualificada con salarios vergonzosos y sin ningún tipo de cobertura social ni sanitaria ni prestación alguna por desempleo… Descubierto esto, ¿cómo se compensará a esas personas por sus derechos robados? El que eso escribe, propone que de los bienes patrimoniales de Millet y sus secuaces se pague a la Seguridad Social todo lo que les correspondería haber cotizado y que la Seguridad Social cubra los derechos de esos trabajadores explotados y engañados. Al menos, por lo que respecta a su jubilación y demás. Pero dudo que el Estado ni sus instituciones estén por la labor de resolver rápida y eficazmente un agravio de tales características a trabajadores, sino que lo demorarán todo lo posible en los tribunales, a ver si por el camino se mueren la mitad de los demandantes…

El albañal en que nuestros líderes políticos nos querían hacer chapotear diciéndonos que eran aguas termales empieza a no poder alimentar a todos los que nadaban entre sus aguas negras, pues los casos de corrupción en este país sólo estallan cuando alguien se siente agraviado por un untamiento insuficiente y decide romper la baraja. El “après moi, le déluge” de Luis XV en cetliberia es más bien un “o follamos todos, o pinchamos las muñecas”.

En este contexto caníbal es cuando el juez Garzón, hábil pescador en peceras infestadas de pirañas y el único juez que parece que trabaja en este país, ha irrumpido en el oasis y en media mañana ha enviado a prisión a un alcalde socialista, a un ex conseller d’Economia de CiU y a otros siete sinvergüenzas más. Otra vez el pragmatismo catalán que ya veíamos en Millet, “que las ideologías no te impidan hacer un buen negocio”.

En política no existe la presunción de inocencia. Un político debe ser honrado y parecerlo, y la sombra de la sospecha debería ser motivo suficiente para presentar la dimisión y esperar el resultado final con la frente alta. Así es en países civilizados, pero el inmenso circo ibérico tiene de civilizado lo que yo de obispo anglicano: sólo la apariencia. El PSC se ha mostrado contundente y, con una velocidad que debería ser ejemplar, ha suspendido temporalmente de militancia a los implicados, mientras que CiU, fiel a la doctrina Rajoy, se enroca en eso de la ‘presunción de inocencia’ y esperar a ver qué dice La Haya… no sólo eso, sino que encima, Felip Puig secretario adjunto de CDC, en un ejercicio de desvergüenza insólito en cualquier lugar menos en la España de Gürtel y Seseña, pretende defender la indecencia de no exigir la renuncia de quien ha manchado el nombre de un partido soltando la especia de que la aplicación de medidas tan rápidas sugiere que ‘se sabe algo más’. Hace falta tener más cara que un moai para hacer esta finta sin que se te escape la risa tonta por lo indecente. Una muestra más de que en este país se fusila poco.

¿Y la opinión pública? No sabe, no contesta, unos celebrando lo de Alcorcón y otros lamentándolo, a todos les trae al pairo que nueve políticos y empresarios más estén en el trullo por corrupción (¿Cuántos van en lo que va de mes?), como les da igual que con dinero público se beneficie sin concurso a las empresas de amiguitos que regalan relojes de 20.000 euros, o las luchas de poder a navajazos en el bochornoso espectáculo de Caja Madrid. O que ni se enteró de lo del 3%, la espantada más lamentable de la  historia política catalana.

Soy nacionalista catalán, lo sabéis. Nunca lo he ocultado. Pero no toleraré que esgriman la bandera del patriotismo para hacerme callar, que una especie de omertà de pa amb tomàquet se imponga para que, con el disfraz cuatribarrado, los cuatrocientos de siempre hagan y deshagan como les viene en gana y el resto, además de cornudos y apaleados, pongamos la cama y riamos las gracias. No, amigos míos, los payasos no son los que se agitan en la pista central, los payasos somos los espectadores por no echarlos a patadas.

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De nuevo el aborto

Era 1974. Esa efervescencia antifranquista tan conocida ahora aún no había conseguido que el último dictador fascista muriera en la cama de viejo cuando mi madre, Smaug, recién estrenada su mayoría de edad legal (21 años) se quedó embarazada y tuvo que decirlo a su familia.

La reacción en su casa fue variopinta, y cada cual respondió como habría esperado cualquiera que los conociera. Una de mis tías, la mayor, amante de melodramas y escenas, se desmayó escandalizada y aparatosamente, pues en su concepción del mundo eso les ocurría a otras familias para que ella pudiera murmurar; el tiempo ha demostrado que nunca sería su rigor e integridad moral aplicable a sí misma. Mi otra tía, que siempre ha rehuido las situaciones potencialmente conflictivas, recordó en ese momento que había quedado con las amigas y desapareció. Mi abuelo con un “de las cosas de la casa de ocupa Dolors” se fue al trabajo, mientras mi bisabuela, con la perspectiva que dan los años, sentenció divertida que no entendía tanto jaleo, pues no era mi madre la primera ni sería la última a quien le ocurriera. Así que en mi abuela recayó el deber de dar la respuesta familiar a la situación. Conservadora, católica, consciente de vieja estirpe (probablemente la única en toda su familia en no olvidarlo nunca), formaba ya entonces parte de la escogida y reducida  elite económica de Biluba, y su matrimonio con un falangista había beneficiado sus aspiraciones sociales, hasta el punto de casi borrar el doble baldón de un padre cenetista y un hermano rojo y masón. Controlando una ira seguramente inevitable, evaluó la situación, para concluir que mi padre, medio andaluz, hijo de comunistas y ateos represaliados -con razón, pensaría- no era lo que esperaba, ni lo que deseaba ni lo que quería como yerno.

Mi madre y mi padre estaban de pie, esperando un estallido que no llegaba, mientras la silenciosa hostilidad de mi abuela iba solidificándose en torno a ellos. Finalmente, se levantó, descolgó el teléfono y llamó a su sobrino de Barcelona:

-Por favor, mírame cuando sale un avión a Londres y me llamas- la abuela, de rosario y novena, de misa semanal, mantilla y plato  en la mesa para el cura por Sant Esteve, se dirigió por primera vez a mi madre-. Prepara tus cosas, que te vas a Inglaterra y te sacas ‘eso’ de dentro; no quiero ni oír hablar de ninguna otra opción, es inaceptabe. Cállate, si no te han enseñado las monjas a cerrar las piernas a tiempo, al menos aprende a cerrar la boca. Y tú -se dirigió a mi padre, con tanta rabia que le temblaba el índice acusador-, pon un precio y desaparece.

Siete meses después de esta escena, es un hospital de Barcelona  nacía yo; junto a mi madre, la patrona del piso en que vivía mientras acababa la carrera y mi abuela paterna; mi padre no pudo venir, pues cabo de ingenieros, tenía órdenes de acabar el nuevo campo de tiro del cuartel de Hoyo de Manzanares donde meses después, licenciado ya, serían ejecutados los últimos fusilados del franquismo.

Esta es mi historia y quizá el motivo de que no pueda pronunciarme contundentemente sobre el tema; en otra ocasión he hablado ya de la cuestión, pero desde la lejanía que da la reflexión histórica, sin dar mi parecer. Quizá mi experiencia condicione mi posición, pero creo que el ser humano lo es desde el momento de la fecundación (y no desde los 40 días que dicen San Agustín y Santo Tomás); rechazo que el aborto sea un derecho porque en mi mundo nadie tiene derecho a disponer de ninguna vida ajena, ni el Estado a aplicar penas de muerte ni la madre con su feto. La única muerte que cada cual tiene derecho a dispensar es la propia.

El aborto no es un derecho, pero es una realidad, y enmascarar o negar las cosas nunca ha servido para resolverlas, sino todo lo contrario. Estoy harto de oír frivolidades de quienes hacen política con cualquier cosa, por impolitizable que sea, y afirman alegremente que el aborto es ahora un método anticonceptivo más, como si esta decisión por la que me cortaría un brazo con tal de no hallarme jamás en la tesitura de planteármela fuera tomada por cuatro niñas malcriadas con la misma indiferencia con la que eligen un pantalón u otro en el Zara. Estoy harto de que se criminalice a unas mujeres que, en la inmensa mayoría de los casos, han llegado a esa elección tras un dolorosísimo camino, y que esa elección les conduce a otra senda no menos dolorosa. No negaré que hay quien no se plantea nada más con el aborto que una solución rápida y fácil, pero me saca de mis casillas que se pretenda vender como norma lo que es una excepción. Y, cínicamente pensando, ¿qué futuro le esperaría al niño educado y criado por una persona con semejante ausencia de principios y de todo?

El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso. Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir? ¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir? Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking? Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día? Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia. Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.

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Religiosidad

Releía este fin de semana, aprovechando que finalmente el clima ha empezado a ceder en su terquedad ante el calendario, La palabra del predicador. Contrarreforma y superstición en Cataluña (ss. XVII-XVIII) del historiador Martí Gelabertó, publicado por ed. Milenio en 2005. La labor científica del dr. Gelabertó se ha centrado en un aspecto de la historia de las mentalidades que es la religiosidad y las creencias de las clases populares, de clases que, como dicen Raimon, “llaman subalternas (…), de gente sin místicos ni grandes capitanes, que nacen y mueren en el anonimato”. Ginzburg, Bajtin, Mollet desbrozaron el camino allá por los setenta iniciándolo en la Baja Edad Media y el Renacimiento, camino que a algunos les ha llevado a la Alta Edad Media (ORONZO, Giordano: Religiosidad popular en la Alta Edad Media) y al dr. Gelabertó a la Edad Moderna.

Mi pasión por la historia no justificaría la petulancia de pretender reseñar el libro que cito ni la trayectoria científica del autor, cuyas aportaciones, pese a lo aparentemente locales, son capitales para la historia global de esa historia de las mentalidades en la Edad Moderna. Por si a alguien le interesa, dejo el enlace de un artículo suyo que puede encontrarse fácilmente en internet.

Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales. Aspectos mágico-religiosos de la cultura en la Alta Edad Moderna”, en Manuscrits: Revista d’Història Moderna, nº 9 (1991)

¿A qué viene esta larga introducción? A ello voy, a ello voy. Cita Gelabertó a un dominico que, de viaje pastoral por el Pirineo catalán, se lamenta de que, preguntando a esos crisitanos viejos por las personas de Dios, responden que son

una, cuatro, cien o cualquier otro disparate.

y es que la formación religiosa de las clases populares había sido bastante más que desatendida durante siglos, empantanados en elitistas disputas teologales. Franciscanos, jeusitas y dominicos emprendieron lo que denominaron ‘misiones interiores’, un intento de reevangelización rural, pues las prácticas religiosas de fieles y sacerdotes estaban más cerca de la magia que de la fe. Un ejemplo típico de práctica de magia simpática -lo semejante provoca lo semejante- que ha perdurado hasta nuestros días era el de asperjar agua bendita sobre la imagen del santo o virgen para obtener lluvia sobre las cosechas…

Los misioneros reconocían el fracaso de sus expediciones al agro; si ni siquiera lograban que los sacerdotes renunciasen a la práctica de doblar las campanas para ahuyentar tormentas, mucho menos podían conseguir de los fieles que no le reclamasen esos y otros conjuros a su párraco, devenido casi chamán.

¿Qué es lo interesante de esta historia? Pues que este pueblo analfabeto en lo doctrinal pasó de ser algo vergonzante para sus obispos a paradigma de buen cristiano en apenas dos décadas, cuando se echaron al monte, trabuco al hombro, en nombre de la religión y la fe sin entender una ni otra, contra franceses primero y en la partidas carlistas después. El adoctrinamiento de esta España rural ya no era tan importante como su uso político, y quienes décadas antes habían escandalizado a los predicadores por su ignorancia absoluta de las cuestiones más elementales de la fe, por arte de birlibirloque, se habían convertido en depositarios de las esencias del cristianismo ibérico y de la verdadera fe. No es que hubiese habido en tierra hispana una segunda venida del Espíritu Santo que hiciera que los Bartolos, Joaniquets, Patxis y Xosés dejaran de despiojarse a la sombra de un roble o una encina para ponerse a debatir de repente sobre el origen de la soberanía o el dogma de la Inamculada Concepción, sino que, simplemente, el mundo había cambiado y ellos no, y los que no querían que el mundo cambiara hallaron en ellos instrumento adecuado a sus propósitos.

¿A qué viene todo esto? ¿Por qué todas estas reflexiones? Por la manifestación del sábado. No por ridiculizar a los que lícitamente se oponen a la modificación de la ley del aborto, sino por meditar sobre el origen genítido cultural de quienes fueron allí sin saber muy bien a lo que iban, cargados en autobuses bajo promesa de bocata como hace unos años fueron cargados contra la ley que denominaba matrimonio a las uniones heterosexuales y homosexuales, y como dos siglos antes habrían sido reclutados en partidas carlistas por sesudos teólogos de reconocido prestigio como el cura Merino o el Trapense… Bastaba oír las declaraciones de los que iban allí para ver que o no se habían enterado de nada o alguien se había empeñado en que no se enteraran de nada. Pero, en cualquier caso, tampoco hacía falta mucho, que lo importante era estar cerca del líder mundial, del mesías desbigotado, tocar el manto a quien, bajo cuyo mandato se provocaron 500.000 abortos sin que los organizadores del festival del sábado considerasen que hubiera que protestar, pues, “no vamos a salir a la calle todos los días“. Otro día hablaremos del sistema métrico popular.

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Hay un empeño en entretenernos con una trama de sainete para que las hojas no nos dejen ver el bosque. Personajes estrafalarios con apodos que parecen salidos de una comedia de Valle-Inclán (El Bigotes, el Curita, el Albondiguilla) van protagonizando subtramas cada vez más esperpénticas en las que al final se pierde de vista el argumento principal de la operación Gürtel, que no es otro que una gran trama de corrupción que salpica al PP de media España y en la que presuntamente estarían empantanados desde el alcalde de Boadilla del Monte, Arturo González Panero, alias ‘el albondiguilla’ hasta el presindente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, alias ‘el curita’, pasando por el tesorero del PP y senador, Luis Bárcenas, el diputado por Segovia Jesús Merino y el europarlamentario Gerardo Galeote. En este último caso, ya parecen que son negocios de familia, pues papá, José Galeote, ex concejal de Boadilla, y el hermanito, Ricardo Galeote, ex concejal de Estepona, también están imputados.

Cuando ya en febrero los nombres de Camps y Costa, empezaron a sonar, el presidente valenciano negó todas las acusaciones varias veces en el Parlamento autonómico; pese a todas sus protestas de inocencia y a la convocatoria de leales para vociferar su inquebrantable adhesión, fue imputado y tuvo que declarar ante el juez el 19 de mayo. Poco debieron impresionar al juez del TSJV, José Flors, las algaradas de los leales y el desfile de altos cargos a las puertas de los juzgados, pues el lunes 6 de julio decidió que hay indicios para seguir investigando a Camps, y la posibilidad de que el molt honorable y el secretario general del PP valenciano, Ricardo Costa, acaben calentado banquillo de acusados por cohecho empieza a asumir contornos bastante definidos. Si no os habéis enterado de este auto, no es culpa vuestra, pues el día que casi estalla la guerra civil en Honduras, que en una provincia china se desata una matanza con cientos de víctimas y que a Camps se le perciben ‘indicios racionales de delito’ no hubo en las televisiones españolas noticia más importante que la presentación de Cristiano Ronaldo.

Y aquí es entonces cuando doña Rita dio el zapatazo sobre la mesa. La alcaldesa de Valencia, que hasta ahora había ejercido de figurante en el desfile de autoridades y cargos del PP en apoyo manifiesto al líder injustamente acusado por esa caterva de rojos y masones revanchistas, ha decidido que la mejor manera de disipar la amenaza de juicio es encender el ventilador y esparcir su mierda en todas las direcciones y que nos salpique a todos.

Apenas conocido el auto del juez Flors, a doña Rita, que quizá esté mejor informada que los que se encastillan en defender desde el PP la intachable inocencia de Camps y por eso hasta ahora no había dicho nada, le pilla un calentón  y decide meter en el mismo saco las anchoas que el presidente de Cantabria regala a Zapatero en sus visitas a la Moncloa que los trajes que Camps siempre ha negado que le hayan regalado. El PP de Cantabria se desmarca de las “desafortunadas declaraciones” de doña Rita -por cierto, ¿soy yo el único que piensa que esta señora en algún momento pudo haberse llamado Manolo?- y la sede de Génova se echa las manos a la cabeza. No por la infamia que representa confundir los regalos institucionales que un representante público da a otro -caso de las famosas anchoas- con unos regalos que una empresa hizo a un político a cambio de unos favores, en este caso la concesión directa de la organización de eventos que se pagan con dinero público -y el dinero público, diga lo que diga la ex ministra Calvo, no es ‘dinero de nadie’, sino de todos-. No, no es esto lo que le preocupa al PP; es más, ya le va bien que a la opinión pública se le confunda lo legal con lo ilegal, lo blanco con lo negro y se le mezclen churras con merinas en una inmensa empanada mental donde ya nadie tiene claro nada, la vieja política del PP del todo vale y todo es un arma electoral, aunque ello envíe al traste la estabilidad política e institucional del país. Lo que le preocupa a Génova es que el exabrupto de Rita Barberá -que la prensa televisiva, como de costumbre, se ha tragado acríticamente sin analizarla en absoluto- reconoce ímplicitamente el delito que se acusa al muy honorable Camps.

Doña Rita, envalentonada, no sólo no se retracta, sino que se reafirma en su dislate, y propone incluso que se cambie el artículo 426 del Código Penal:

Artículo 426.

La autoridad o funcionario público que admitiere dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente, incurrirá en la pena de multa de tres a seis meses.

¡Sí, señora, con un par! Los tiene usted mejor puestos que muchos que se afeitan en su partido: “Si las reglas que hay me perjudican, se cambian y punto”. Nadie se ha escandalizado de semejante declaración de principios sin ningún tipo de principio moral, ético o democrático o con la malversación de fondos públicos a cambio de favores en metálico o en especies… aquí, nos entretenemos en el debate entre trajes y anchoas o en dilucidar si no sé quién acabará jugando de 7 en el Sporting de Vetera o de 9 en el Thundertentrockfussballclub. Y es que, como ya dijo el presidente de la Diputación de Castellón, con más causas abiertas que Julián Muños, a los ciudadanos les da igual si Camps y Fabra son corruptos, les siguen votando. Bueno, pues que se pare esto, que si no se bajan ellos, me bajo yo, pero en el mismo tren no podemos ir.

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El poeta Ángel González (1925-2008) publicó en 1962 el libro Grado elemental, en el que está el poema Introducción a las fábulas para animales

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero, y perdonad la petulancia,
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejá atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal
ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente?
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.

poema que viene como anillo al dedo en estos meses, cuando se van celebrando, pueblo a pueblo, villa a villa las fiestas veraniegas, a menudo aderezadas con cualquier suerte taurina. Aunque no milito entre los antitaurinos furibundos, no hallaréis mi firma en manifiesto alguno para proteger las corridas de toros de la severa reglamentación e incluso prohibición que en algunos lugares -Cataluña, por ejemplo- se cierne sobre ellas. El hecho de que un espectáculo digno de Calígula o Cómodo sea denominado ‘fiesta nacional’ dice mucho de la barbarie hispana. Y con todo, son casi un ballet infantil si se las compara con lo que los aborígenes perpetran por esos pueblos donde Cristo perdió la alpargata y no volvió a buscarlas. Porque si las corridas de toros son bárbaras, lo que en algunos pueblos, villas y ciudades hacen, parapetados en la tradición, con los animales debería tipificarse como delito con agravantes. Como ciudadanos y como especie es una ignominia y un escándalo que miremos a otro lado. Sé que no es la brutalidad contra los animales patrimonio ibérico, basta recordar las anuales matanzas de calderones en las islas Feroe, Dinamarca,

Imagen de Matanza de calderones de Dinamarca, artículo de Mª Carmen Soria

pero no podemos esgrimir nuestro índice acusador contra foráneos cuando no solo en Dinamarca hay algo que huele a podrido.

No sé qué adjetivo usar para calificarlos, pues bárbaros y salvajes han demostrado sobradas veces mucha más humanidad que los depravados frutos de las civilizaciones más refinadas; tampoco les llamaré analfabetos, porque desde que un taxista me hizo ver que fue un analfabeto el que inventó la escritura les tengo bastante respeto. Quizá, como sugiere el poema de González, la calificación que mejor los defina sea la de ‘humanos en estado puro’.

Los hijos de siete padres que aprovechan los festejos populares para sacudirse el barniz de civilización con que se pretende simular el hedor de siglos de embrutecimiento se sirven de un término tan ambiguo y maleable como ‘tradición’. No me es argumento válido, pues hay “tradiciones que más honra perder que conservar”, como dijera Shakespeare (Hamlet, act I, escena IV), y como hemos perdido la tradición de celebrar las coronaciones regias con un auto de fe y la quema de unos cuantos herejes, también podemos perfectamente perder otras tradiciones sin que fuera menoscabo de hombría ni de patria. Y más aún cuando para alguna de ellas aún está vivo el que la inventó, como el tan pintoresco y colorista arrojar la cabra desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa (Zamora), cafrada iniciada un día de San Sebastián de los setenta y elevada ya a la categoría de antiquísima tradición de origen celta, íbero, sumerio o cualquier otro disparate.

El verano de las sociedades tradicionales viene enmarcado entre las festividades del solsticio (San Juan) y las de la recogida de la cosecha, a principios de septiembre (San Miguel, Virgen de la Vega…) y la barbarie estival ibérica se rige por los mismos ritmos. Así, en Coria (Cáceres), se da la bienvenida a los calores con el Toro de San Juan. morlaco al que se deja suelto por las calles de la ciudad, para que los lugareños disfruten acribillándolo a dardazos lanzados con cerbatanas

Las horas que se pasa corriendo por las calles, bajo la lluvia de dardos, acaban cuando, agotado, o bien revienta o bien alguien le descerraja un tiro en la cabeza.

La cosecha se celebra en Tordesillas (Valladolid) con festejos en honor a la Virgen de la Vega (segunda semana de septiembre), donde, inevitable ítem, el toro ocupa una parte tan central que de la Virgen ya no se acuerda ni el párroco. El animal, el Toro de la Vega, es empujado a lanzazos a atravesar el puente que lleva a la vega de la virgen, donde los lanzazos ya pueden ser mortales. El héroe local que lo abate puede hacerse con los atributos viriles del bravo para ornar su pica.

Entre una y otra fiesta, media España celebra sus vírgenes, santos y advocaciones varias con Toros Embolados

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habituales en la Comunidad Valenciana y Aragón, toros ensogados o enmaromados

ignominia practicada desde Benavente a Amposta, con especial presencia en el Valle del Ebro o los toros al mar

En todos ellos, el agotamiento físico del animal es determinante, pues son horas y horas de intolerable hostigamiento hasta que desfallece o es sacrificado.

Es curioso constatar que muchas de estas prácticas estuvieron a punto de desaparecer en los setenta-ochenta, cuando la convergencia de este país con Europa parecía alcanzable. A partir de entonces, como símbolo de que España cada vez se aleja más de esa idea de Europa como lugar de derechos y libertades, no sólo se han recuperadolo que habría convenido perder para siempre, sino que estas aberraciones han renacido con un vigor inesperado y augurio de longevidad, vista la educación en ellas que reciben los niños , azuzadas por medios de comunicación que han hecho de lo monstruoso alimento cotidiano y norma.

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