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Archive for the ‘personal’ Category

No pienso dejar de fumar

Aunque debería, pero no por motivos de salud, sino simplemente por joder. Si supiese como funcionan esas cosas de las redes sociales, montaría una propuesta de que todos los fumadores dejásemos de comprar tabaco durante un mes, a ver cómo le cuadran las cuentas sin nuestros impuestos. Porque fumadores y catalanes empezamos a coincidir en muchas cosas: una minoría que molesta, sospechosa de todo crimen y delito, insolidarios con el bien común y de los que sólo se espera que paguen y callen, que su dinerito bien nos viene (la última subida del tabaco pagará las exenciones fiscales a las pymes, qué malos somos los fumadores).

Fumo. Y no pienso dejar de hacerlo, no soy Saulo reconvertido en Paulo ni la ley me hará caer del caballo como a tantos otros que ya hacen propósito de enmienda y juran transmutarse el dos de enero en personas de bien y abandonar la senda del vicio y el pecado. No pienso hacerlo. No soy un delincuente por más que así pretendan que me sienta. Porque, las cosas por su nombre, que es hora de que, como Boileu, empecemos a llamar “un chat un chat, et Rolet un fripon”, y esta ley antitabaco no es más que una ley antifumadores. Porque si fuera una ley antitabaco, prohibiría su consumo o, al menos, retiraría las subvenciones a sus cultivadores.

Y sigamos desmontando falacias. ¿Qué es eso de que no se podrá fumar en espacios públicos cerrados? Que yo sepa, hace muchos años que no se puede… ahora tampoco se podrá fumar en espacios privados de uso público, que no es lo mismo. Hace dos semanas, terminé de comer en un buen restaurante donde se permite fumar y, tras el permiso del propietario, me encendí mi gran Edmundo; no tardó ni dos minutos en aparecer uno de los cinco matrimonios con críos que me habían estado dando la murga con sus gritos, carreras, llantos y pataletas, para exigirme que, habiendo niños, saliese fuera a fumar. Siendo el restaurante de amigos, no quise responderle que, siendo de fumadores, los niños no pintaban nada allí, y salí con el frío a fumar al jardín. Al poco, mi amigo salí y me sugirió que entrase de nuevo, que los saludables papás preocupados por los pulmones de sus retoños estaban fumando tranquilamente. Y si esto ocurría antes, no quiero ni imaginarme qué pasará ahora que los talibán tendrán patente de corso…

Fumo cuando disfruto de mi tiempo. Por eso no fumo nunca en casa, donde sólo paro para dormir, que si no estoy con la tesis, estoy proyectos que no puedo acabar en el despacho; tampoco escaqueo dos minutos en el trabajo para apurar un cigarrillo entumecido bajo la lluvia; ni siquiera fumo tras el café del mediodía, que poco tiempo me queda para trabajar de nuevo. Fumo por la noche, en el pub de Jaume, relajado, hablando, o jugando la partida de butifarra eterna con los amigos, o tras una comida que lo merezca. Un larga pipa, un largo habano y disfruto con el humo que el mundo está bien hecho. O estaba, porque incluso eso me han robado.

Ahora los niños estarán protegidos del tabaco, me dicen. Qué bien. Y qué falso. Porque los niños que estaban en lugares con humo no era culpa de los fumadores, sino de padres inconscientes, y la nueva ley antifumadores no les dará conciencia, pues quod natura non dat, Salamanca (o la ley) non prestat. Por cierto, ¿y quién me protege a mí de niños indomesticados y sin vacunar y de sus despreocupados padres? La semana pasada, volvía de Barcelona a Vetera cuando subieron tras de mí dos señoras con tres criaturines que se pasaron el trayecto saltando sobre los asientos, corriendo arriba y abajo, chillando como cerdos por San Martín, arrasando con cuanto se interpusiera en sus asilvestrados juegos, para desesperación  de todos los viajeros menos de sus madres, que habían logrado eliminarlos de su campo auditivo y visual -técnica secreta en la que sólo han sido iniciados los padres de salvajes- y podían charlar tranquilamente sin esa molestia. Hasta que finalmente se pusieron a saltar frente al sasiento en el que yo intentaba leer a Duby…

-Señoras, ¿estos chimpancés son suyos? -acabé interpelándolas, agotada mi paciencia-. Pues átenlos, que los animales salvajes no pueden ir sueltos y sin vacunar.

-¡Qué maleducado!

-Los únicos maleducados son esos críos a los que nadie ha educado ni domesticado.

De no haber llegado su parada, la cosa habría podido llegar a mayores, que estaban las dos ya con la vena de la sien a punto de estallarles. Pero no perdieron oportunidad de bajar sin levantarme el dedo corazón y dedicarme un cortés: “Que te jodan”

Por suerte para esos niños, el Estado se preocupa por ellos y podrán ya correr y gritar y triscar y saltar libremente por cualquier local sin riesgo de que alguien cometa el delito de estar fumando.

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Estilos

Llevo gafas sin montura desde hace años; Natasha las detestaba, diciendo que le recordaban a Miliukov

Nunca he podido desentrañar las filias y fobias de Natasha ni porqué le tenía tan atacado el hígado el pobre presidente del Partido Constitucional Democrático Ruso y líder del Bloque Progresista en la Duma. Creo que la pasión por la historia es lo único que podía tolerar de ambos.

Destrozadas tras dos años de uso no demasiado cuidadoso, no podía postergar más su jubilación y fui la semana pasada a cambiármelas a una minúscula pero exquisita óptica que me recomendó la Srta. Rottenmeier, la única de mis compañeras de trabajo que ha sobrevivido. Con esto de las gafas sin montura uno tiene que tener una sensibilidad muy sutil para apreciar diferencias entre unas y otras, así que decidir se hace complicado. Me acompañó en esa tediosa labor una amiga que necesitaba ampliar su colección de gafas de sol, eligiendo al fin unas de patrullero yankee sobre las que no diré nada si no es en presencia de mi abogada.

-Pruébate estas -me sugirió

-¡Ni de broma! No llevé arquigafas durante la carrera, no me las voy a poner ahora.

-Sólo es por ver cómo te irían. ¡Oye, te quedan muy bien!

-¿Estás de broma? Parezco Bob Pop

-Pues un cambio de estilo tampoco te iría mal

-Mi estilo es perfecto como está, no necesita cambios, sólo retoques.

-Yo no te digo que te compres un chándal, pero relájate un poco, que sólo te falta llevar bastón -y yo pensaba que tenerlo, lo tengo, pero aún no me he atrevido a pasear con él por una Vetera donde una vecina con problemas de cobro me preguntó no hace ni dos semanas si yo era de esos que persiguen a morosos, y poco antes un anciano corto y metomentodo se interesó por si trabajaba en algún programa de cámara oculta- ¿Sabes cómo te llamó mi sobrina cuando te vio? ¡Hastings!

-¡Me parece muy mal! Mi estilo es más Poirot; yo no he llevado un fedora jamás… Por cierto, ¿cómo conoce la serie si no tiene ni siete años?

 -Mi cuñado, que prefiere que vea Poirot a Bob Esponja. ¡Pero dejemos a Carlota en paz, que estamos hablando de ti!

-¿Estamos? ¿Quiénes? ¿El rey y tú? Porque a mí aún no me has dejado decir nada al respecto… Yo no me meto con los atuendos de nadie, no entiendo esa manía por meterse con mi forma de vestir. ¡Ni que fuese estrafalaria!

-¡Por favor! ¡Si viniste a la última calçotada con corbata!

-Eso es una infamia. ¿Cómo quieres que le ponga corbata a una camisa Tattersall?

-Pero ibas con traje.

-Claro. Mi traje de tweed para ir de campo, aunque en rigor no es un traje, porque la chaqueta y los breeks no son del mismo tejido y…

-Me da igual. Nadie tiene un traje para ir al campo.

-Lo que ocurre es que la mayor parte de la gente con la que te relacionas no se viste, sólo se tapa.

-¡Si hasta que te conocí pensaba que un Prince Albert era sólo un piercing genital!

-Y supongo que sigue siendo así. Los trajes que a veces llevo son Prince Edward, no Prince Albert.

-¡Lo que sea! Yo soy republicana. Ya sé que no eres un tío de barrio…

-Alto. Por ahí si que no paso. Estoy cansado de que se use ‘chico de barrio’ como eufemismo de garrulo sin vacunar; que yo sepa, la Moraleja, la Bonanova o las Arenas también son barrios, o Ciutat Vella o Abando. La palabra palabra precisa, le mot just, es ‘poligonero.’

-Como está  hoy… mejor no hablamos de la ‘princesa del pueblo’, entonces.

-Hoy no, por favor, que ma da urticaria esa moda de recuperar el término ‘pueblo’ a lo despotismo ilustrado ¿Tomamos un té?

-¿Ves? ¿No podrías proponerme un café, como todo el mundo?

-En realidad, ‘todo el mundo’ querría proponerte otra cosa, pero, por suerte, aún queda cierto sentido del ridículo… ¿Se puede saber qué pasa? ¿Es hoy el día internacional de ‘provoquemos una úlcera a Theo’? Primero los técnicos municipales y ahora tú… Un día de estos voy a salir en los periódicos, así que mejor llevo el traje a la tintorería.

-Uffff, ¿no te iría mejor una tila?

-No, mejor una copa de Evo de Mascaró. ¿Te he dicho que he encargado un homburg? Negro, por supuesto…

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Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

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La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa…

Para no arrancarme en aplausos y gritos de “¡bravo!”, tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. “Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo”, sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, “¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!”, pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.

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Cuando X se fue

Fue en abril cuando a X se le agotó la paciencia. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó levemente en los labios (“Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un Viernes Santo más dulce que ese beso”) y se fue. Me quedé de pie, como un patético espantapájaros, con el segundo volumen de la tercera parte de la Catalunya Carolíniga entre las manos, cerrado pero guardando con un dedo la venta de “unam vineam in castro Urritense, in loco qui dicitiur Toroccone”, documento que unos minutos antes me arrancó la primera sonrisa en meses al poder reconocer la viña objeto de comercio y que ahora ni siquiera era capaz de leer.

Un día de mayo de 2009, la crisis llamó a mi puerta. No era una desconocida, pero no la esperaba; creí, imbécil de mí, que mi experiencia laboral, mi nivel de formación y otras tantas cosas que nada significan eran sal suficiente para mantener a ese espíritu maligno lejos de mi casa y no supe encajar su visita. Además, como las morosas costumbres de la primera Elegía de Duino, “se halló a gusto entre nosotros y se quedó sin irse”. Primero fue Javier, después Josep, finalmente Elías… de los ocho de la Oficina Técnica ya sólo quedábamos Ernest y yo, mirándonos cara a cara y encogiéndonos de hombros cada vez que uno le preguntaba al otro “¿Y el mes que viene? ¿Seguiremos trabajando el més que viene?”, mientras gota a gota mis ingresos iban reduciéndose en un 50%.

Busqué trabajo por si perdía el que tenía, porque yo no tengo paro, ni finiquitos, ni sindicato que me defienda ni pariente político que me consigua una subsecretaría adjunta de la coordinadora interdepartamental adscrita a vicepresidencia segunda del Consell Comarcal del Segre Medio. Busqué y lo que encontré era tan indignante que respondía airado a las primeras ofertas, deseándoles que el dinero que se ahorraban pagando esos salarios a técnicos superiores se lo gastaran en antidepresivos o en antiretrovirales, según lo vergonzante que fuera la propuesta. Con los meses y la constatación de que nada va a cambiar, de que el progreso del país pasa por el retroceso en las condiciones de vida y laborales del 95% de sus habitantes, he asumido ya mi derrota, que quizá sea la de todos.

Con Bolonia en los talones, o entregaba mi trabajo de investigación en mayo o tenía que empezar el doctorado de cero, cuatro años perdidos, y encontré en mis cartularios medievales el refugio a los sinsabores. Poder ubicar un topónimo del siglo IX, reconocer una finca del XII, descubrir un camino del XIV eran mis alegrías. Alegrías privadas, en las que nadie tenía cabida. Ni siquiera X. La alejé de mí. Frustrado, decepcionado, amargado y deprimido no quería pagar con ella las consecuencias de deciones que yo no había tomado pero que me habían aplastado.

Pero X, con una paciencia insólita, esperó. Intentó minar el muro que, palabra a palabra, iba erigiendo, firmemente anclado en la roca de la desesperanza. Esperó hasta una mañana de sábado en la que temprano la dejé en la cama para buscar cuál era la viña que el presbítero Ansemundo, qui nuncupatur Viader, y su hermana Dacolina vendieron a ipsos monachos, y me vio sonreír el descubrirlo, la primera sonrisa en muchos meses. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó en los labios y se fue. Y el espacio que su cuerpo ocupaba en el aire de mi casa aún no se ha llenado, sólo que lo descubrí tarde.

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Regreso

Casi un año del último post. En este tiempo, algunas cosas positivas y bastantes negativas, alternando días muy malos con otros catastróficos. De momento, sólo he venido a limpiar la casa, que tanto tiempo cerrada olía ya a rancio y las ratas anidaban en las paredes. Incluso ha habido conato de ocupación. Ahora mismo no puedo asegurar ni una larga presencia ni asiduidad ni nada de nada, simplemente la intención de regresar. ¿Qué he dejado por el camino, además del blog? Mi relación con X, esperanzas laborales, amigos que se han mudado, compañeros que han perdido su trabajo… peino más canas que hace un año y no soy más sabio sino simplemente mayor. Gracias a Isabel, a Pepe Trujillo, a Ignatus y a Madame Rosa por interesarse por mí. Mil disculpas por no haber respondido como se merecían y un abrazo enorme. Y, por reemprender otras tradiciones, regresaremos a la vieja casa con Wagner.

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La mayoría de los que pasáis por aquí sabéis que me dedico a la construcción, así que no voy a entrar en más detalles, que ya he os he aburrido lo suficiente con mis lamentaciones. Esta semana terminaremos mi último edificio, un bloque de ocho viviendas, entre 65 y 120 metros cuadrados en pleno centro de Vetera, quizá una de las mejores esquinas de la villa.

La propiedad tiene prisa por terminar, así que las visitas de obra quincenales son diarias, que si “ponme toda la gente que necesites hasta la hora que sea, pero las barandillas las quiero montadas mañana a las diez”, o”de aquí no se mueve ni Dios hasta que el revestimiento de madera del vestíbulo esté colocado, que mañana a las nueve vienen a poner las luces”, cuando hace apenas dos años me la hubiese tenido que cortar antes de soñar con pronunciar estas frases, que con la piel tan sensible que gastaban entonces industriales y operarios del mundillo probable habría sido que me hubieran dejando más colgado que un chorizo en ese mismo instante para irse a la obra de al lado donde no les exigían tanto y tenían el viernes libre y el lunes se lo tomaban. Nada que ver con el aire que se respira estos días, con miradas de soslayo diciendo “y después de esto, ¿qué?”, y yo me encojo de hombros, pues sé tanto como ellos y me temo lo peor.

Ya nos hicimos fotos cuando desmontamos la grúa como si hubiésemos abatido el último mamut, porque me barrunto que pasará tanto tiempo antes de hacerse nuevos bloques residenciales que la gente acabará creyendo que la vivienda es una formación geológica natural, pues los habrán visto desde siempre.

Si alguien cree que el cotilleo es patrimonio femenino, debería poner una cámara oculta en una obra y se desengañaría de inmediato. Hoy mismo, mientras comprobaba que el enyesado de la planta baja está ya casi concluido y que podrá entregarse el local a su propietario mañana mismo, Jorge, el encargado, iba poniéndome al día de todos las últimas noticias, que si la mujer de uno de los bolivianos lo ha dejado y esté escondida en casa del otro boliviano, que si el ruso del pladur se ha liado con la mujer de ese que hace dos semanas que no viene, que está de baja por depresión… o su última obsesión, el ayudante del carpintero, un chico de unos 20 años:

-Que sí, hombre que sí, que te juro que es gayufo, que el viernes se agachó y le vi el tanga.

-¿Y a ti qué más te da? Hace su trabajo, ¿verdad? Pues lo que sea o deje de ser es cosa suya.

-Sí, claro, como tú no tienes que trabajar con él, te da igual. Si estuvieses todo el día en la obra, estarías como yo: me da muy mal rollo quedarme sólo con él…

-Vamos a ver, Jorge, ¿has mirado bien al chico? Me saca una cabeza y a ti dos y media, por no hablar de las espaldas que gasta… ¿Crees que tendría algún tipo de interés en un par de albondiguillas como tú y como yo? Tú, además, medio calvo… Porque si el chico es gay, venir a trabajar y encontrarse a Paco el yesero, a los machu pichu, a Jacinto y su cuadrilla de instaladores, o los soldadores de Remigio…tiene que resultarle sexualmente tan deprimente como cuando yo estaba en la escuela de arquitectura, que de mis compañeras de clase, la que no era fea, era muy fea.

No muy convencido estaba Jorge con mis argumentos, rezongándome algo sobre la diferencia metafísica entre un gay y un gayufo, cuando Paco  asomó su faria desde el andamio. Paco es tan arquetípico que su foto debería salir en la palabra ‘yesero’ en todos los diccionarios: edad indefinida entre los cuarenta y los setenta, de sempiterna tagarnina,  Cayenne en la puerta y carnet VIP de varios clubs de carretara en la cartera.

-¡Paco! ¿Cómo va el jardín? -le apostrofó Jorge

-Ahí está, creciendo la cosa… Quién me iba a decir que a mi edad estaría con estas cosas…

-Tú tranquilo, hombre, ahora la cuestión será vender.

-Eso mismo le digo yo a mi niño, “Paquito, que esto no lo vendes tú en un puesto en el mercao los sábados, que esto se hará de otra manera, que lo de venderlo como orégano estará mu visto ya.”

-¿Estabais hablando de lo que yo creo? -he preguntado a Jorge con un hilo de voz cuando Paco ha vuelto a sus labores…

-Paquito se ha quedado sin curro y sin un puto duro y se ha vuelto a casa de sus viejos; en el sótano se ha montado una plantación de maría. Oye, pero que cosa de verse, nada de cuatro macetas cutres en la balcón, sin con sus lámparas de ultravioleta, y su riego por goteo y toda la hostia, que parece el jardín de un profesional…

-Sí, el jardín de la alegría

-Lo que yo te diga, que igual les saca hasta tres cosechas por planta…

-¿Qué pasa aquí? ¿nos hemos vuelto locos? No quiero volver a oír hablar de este tema, ni quiero saber dónde viven ese par de hortelanos. ¿No sabes que todo esto es ilegal?

-Sí, bueno, también es ilegal robar y mira el Millet cómo se ríe…

-Supongo que Millet tiene mejores amigos que Paquito. Y yú deberías tener cuidado, que no creo que a tu novia le haga ninguna ilusión saber que eres un experto en el ciclo reproductor del cannabis. ¿Que no se va a enterar? ¿Y cómo te has enterado tú de lo del boliviano, el ruso y no sé qué más? Aquí si una cosa no sabéis tener es la boca cerrada…

-¡Hostia, hostia, hostia! Que Paquito conoce a un hermano de mi novia… ¡Paco! ¡Oye, dile a tu hijo que ni una palabra a nadie de que yo le monté  el gota a gota, que me cortan los huevos!… gracias por avisarme, Theo.

-Lo has resuelto muy elegante y discretamente. Seguro que ya nadie sabe nada…

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