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Archive for the ‘Kuragin’ Category

Hace unos meses que Kuragin y yo compartimos espacio y manías con la que era en principio una invitada y que, con el paso de los días y las circunstancias, tiene pinta de que, como la denmorada lealtad de una costumbre de Rilke, “se halla a gusto entre nosotros y se  queda sin irse”.

Una ex compañera de trabajo concluyó una tormentosa relación como sólo era posible concluirla sin salir en las noticias, pero el precio de su salud mental y, quizá, de su integridad física fue su independencia, pues habiéndose quedado sin trabajo y con el cabestro convertido en su enemigo no tuvo otra alternativa que poner a la venta su piso y, tras seis años, regresar a la casa familiar. Pero la generosidad con que se recibió a la hija no se extendió a Freyja, su gata. Y aquí es donde Kuragin y yo entramos en escena, haciéndonos cargo temporalmente del pobre bicho, minúsculo y asustado, “sólo por unas semanas, mientras encuentro otro trabajo y otro piso” .

Las semanas se han convertido en meses y mucho me temo que los meses serán años antes de que nadie reclame a Freyja, pues no está la situación laboral de mi ex compañera como para preocuparse de su gata, con trámites judiciales tanto con su ex pareja por cabestro como con el banco por impagos.

La gata no es Freyja, pero es asombrosamente parecida. Lo especifíco más que nada para que no se me imputen responsabilidades por la alfombra.

 

Poco puedo explicar de Freyja, pues ocho meses después aún no sé qué tacto tiene su piel. Cuando llegó a casa, despareció durante semanas; si mi piso fuera el de la Preysler, podría entender que no coincidiéramos en la misma hectárea, pero en un lugar donde un nuevo libro sólo cabe haciendo de peana de un Pickelhaube prusiano

el asunto empieza a ser digno de un Jiménez, ya sea Iker o del Oso. Las semanas iban transcurriendo y la casa no olía a muerto, así que supuse que, o bien se había escapado teletrasportándose, porque mis ventanas están siempre cerradas o las persianas bajadas, o bien permanecía en una dimensión intermedia, más propia de hadas y duendes que de gatos. La explicación final resultó no ser cosa de otro mundo, sino que su prosaioco escondrijo no era otro que el interior de un cajón cerrado al que había accedido colándose por debajo de un armario y aprovechando el fondo más bajo que lo cerraba.

Si creí que este podía ser el principio de una gran amistad, andaba errado, lo cual no sé si es grave o no, pues bien dice Quevedo que errar es humano, pero andar herrado de bestias. Si bien desde entonces no ha vuelto a practicar el arte de la desaparición, no tolera que el espacio que entrambos tercie sea menor de dos metros, siendo cosa digna de verse los brincos que da para escapar cuando me levanto del sofá a cambiar de canal -he dejado sin pilas el mando a distancia para obligarme a hacer algo de ejercicio-.

Confesaré que son muchas las chicas que me habrían rechazado de haberles pedido algo, pero jamás esperaba tanta desafección de una gata, aunque debiera haberlo sospechado, pues entre felinidad y feminidad no hay mucha diferencia. Al principio estuve tentado de dejar la ventana abierta y que hiciera lo que mejor le pareciera, pues no quiero condenar con mi compañía a quien prefirió pasar un mes en un cajón encerrada que verme la cara, pero poco a poco vi que Kuragin la extrañaría, y no por cuestión de sexo, pues en estos menesteres el gato salió al dueño y ambos necesitamos del concurso de extrañas conjunciones planetarias para no preferir el chocolate -X se desespera-, sino que se acicalan el uno al otro, juguetean, se persiguen, muerden, lamen… Afrontemos que Kuragin no es muy listo, pues aún no ha entendido ninguna de las señales, e incluso yo me he dado cuenta de que se le están insinuando. Pero, antes de que se caiga del guindo y me conviertan el uno y la otra la casa en una inmensa bola de pelos parecida al dormitorio de Hellboy, decidí cortar por lo sano, y el azar que dio cara decidió que fuera Freyja la premiada con una visita al veterinario. Meterla en el transportín en un tiempo razonable requirió la sincronización de toda mi habilidad, agilidad y buena estrella, así que, efectivamente, tardé dos horas en lograrlo y salí de la experiencia cojeando tras dejarme medio menisco contra la esquina de la cama… por no mencionar el estado lamentable en que quedaron mis manos y brazos, que necesitaron que el veterinario me diera puntos de sutura en dos de los arañazos, y prefiero que no haya comentarios sobre el hecho cierto de que sea menescal y no médico quien me trate. Os juro que sólo para no enviar a Anna Mari de Calcuta a tomar viento fresco he necesitado hacer más acopio de autocontrol que para no moler a palos a Freyja después de la controversia del transportín. Total para nada, ni arazños ni esfuerzos, pues el albéitar coincidió con el sanedrín de expertos en gatos que me aconsejaban permitir una primera camada antes de optar por la esterilización por la bien de la salud de la gata.

-¿Le importa hacerle una revisión a la gata? de lo que sea, la vendré a buscar mañana cuando se me haya pasado el enfado…

-Hombre, si es tan agresiva quizá debieras meditar otras alternativas…

-No, sólo es agresiva cuano quiero tocarla.

-Entonces como mi mujer.

-No tengo criterio para comparar: a su mujer no he querido tocarla nunca, caballero.

-Tú has salido de la experiencia con unos arañazos; yo casado, creo que pierdo…

-Fascinante. ¿Se puede hacer algo para resolver nuestros desencuentros?

-Hay sicólogos felinos, que pueden ayudarte… si quieres, te busco uno…

-Mejor lo dejamos aquí, que podré sobrellevar que no venga a dormir en mi regazo. Dejaré escrito que me peguen un tiro en la nuca el día que lleve un gato a un psicólogo. O estaré abducido o me habré vuelto loco, en ambos casos, lo mejor será quitarme de en medio…

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Cuando salgo del trabajo, a eso de las ocho de la tarde, suelo encontrarme con Carlos y Lucas para tomar unos vinos en el pub de Jaume, que está recién abierto. Hay días, como ayer, que entre vinos -del Somontano-, humo y risas nos dan las diez de la noche, y Carlos y Lucas salen en estampida hacia sus casas, al grito de

-¡Hoy me matan! Salí para comprar tabaco a las cuatro de la tarde…

-Hoy me encuentro las maletas en la puerta. ¡Qué suerte tienes de estar soltero! Mi mujer no me dejará salir más contigo, Theo.

Y a las diez nos quedamos Jaume, Marta, la camarera y yo, con el vino sin terminar y ganas de seguir la conversación mientras no llegaba nadie más a la pequeña fiesta de disfraces para despedir el carnaval. En esos momentos, Jaume suele cambiar a Amy Macdonald por Amaral -aún no he descubierto dónde está la mejoría- o por un refrito de óperas que se dejan escuchar bastante bien

y de un armario disimulado en el empanelado de las paredes empieza a sacar todo tipo de viandas: queso, salmón, langostinos, navajas frescas, foie… que distribuye sobre improvisadas bandejas o cocina en una plancha oculta bajo la barra, como en el poema “Momentos felices”, de Celaya

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

A veces, como ayer, algún distribuidor se suma al ágape en la barra, y Rogelio llegó, si no con un pan debajo del brazo, sí con su Milesimé de Juvé&Camps y un tupper con rabo de buey, gentileza de Marc, el cocinero can Collera. Tenía su gracia ver al afable y reservado Rogelio ceñido con una torera azul y tocado con sombrero cordobés

-¡Baja a Kuragin! -sugirió/ordenó Jaume, con su enorme peluca de Jackson five.-. Hace días que no lo veo y hoy no hay nadie aún.

Como ya he dicho, mi piso está a tres minutos andando de trabajo y justo encima del pub. Mi hermana, en su primera visita, me felicitó:

-¡Puedes ir a buscar las cervezas en pijama! Bueno, podrías hacerlo si fueses otro tipo de persona. Jacques y yo lo haríamos.

-Jacques y tú lo hacéis en vuestra casa de Edinburg

-Pues eso, que has elegido un buen piso.

No es Kuragin, pero es un gato con una guiness

Desde pequeño, Kuragin está acostumbrado al pub de Jaume y a la gente, y se adapta con indolente indiferencia a cualquier cambio o novedad. Se pasea por la barra con la elegante torpeza de su enorme tamaño y elige a alguien en cuyo regazo dormitar después, lo conozca o no. Ayer, Rogelio, que sigue creyendo que es imposible un gato así. Incluso Fidel, el discjockey, tiene a Kuragin en un paréntesis en su animadversión con los felinos. Además, Jaume lo tiene sobornado, que siempre hay listo salmón noruego -Kuragin me dice que el de DIA me lo coma yo- para festejar sus visitas. Así que, cuando nos quisimos dar cuenta, eran más de las once y habíamos cenado todos, Kuragin incluido.

Cuando la gente empieza a llegar, la indulgencia hacia los fumadores se termina, y nos llega el tiempo del éxodo a la zona de humos. Ayer, Kuragin estaba tan cómodo que también nos acompañó al exilio, él con un plato de leche, yo con una guiness, y ahí nos quedamos, en la esquina más disimulada de la barra de fumadores, él sentado en un taburete, hiératico como una esfinge, yo de pie a su lado, Marta enfrente preparando cócteles, cuyo contenido resultaba sospechoso con su traje de enfermera.

Tres horas se estuvo en la misma posición, inmóvil como gato de escayola, mientras iban llegando X, ataviada de Mata-Hari y unos amigos, disfrazados también, uno de la Wehrmacht y otro de las SS y tercero, disidente, de El Cuervo,

a tomar la guiness de rigor, consciente de la atención que sustcitaba y atento al galanteo y las caricias de cuanta chica pasaba cerca, dotadas de un agudo sentido de la observación:

-Oh, ¿es un gato?

-No, es un rinoceronte.

Menos afinidades suele tener con los cabestros que ven en su larga cola una invitación a tirar de ella, pero ni aún así los araña, pues eso es privilegio exclusivo de X y mío. Uno de ellos, con un atuendo indefinido entre churrero y burbuja de Freixenet, aunque insistiera que el suyo era uniforme de piloto americano en Pearl Harbour, comentó impresionado del porte altivo de Kuragin:

-¡Ostia, tú! ¡qué gato más guapo! Es de marca, ¿verdad?

-Sí, es de raza pura.

-Yo también tengo una gata, una siamesa. A lo mejor le puede echar un quiqui el tuyo…

-No creo, está castrado -mentira, pero no quiero ni imaginarme la descendencia

-¿Y cuánto te ha valío? Porque estos son caros

Por suerte, intervino la novia con un delicado y oportuno: -¡Joder, Jeremy, tampoco tienes que preguntarlo todo! -porque nada detesto más que me pregunten cuánto cuesta algo que no le importa a nadie.

Lo mejor de llevarse a Kuragin de Guiness no fueron las chicas que se me presentaban espontáneamente a lo largo de la noche a darme conversación -para crujir y rechinar de dientes de X, que es más celosa de lo que me gustaría-, circunstancia en absoluto habitual en mi día a día, sino que mi disfraz de Generaloberst de la Wehrmacht pasó más o menos desapercibido y logré no encontrarme a mucha gente que identificara mi disfraz con su forma de pensar, mas no terminé la noche sin marcar alguna muesca en la preocupante lista de criptonazis menores de 25 años que pretendieron toda la noche pagarme las guiness “por tener los cojones de decir lo que pienso también”

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