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Archive for the ‘trabajo’ Category

Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

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La mayoría de los que pasáis por aquí sabéis que me dedico a la construcción, así que no voy a entrar en más detalles, que ya he os he aburrido lo suficiente con mis lamentaciones. Esta semana terminaremos mi último edificio, un bloque de ocho viviendas, entre 65 y 120 metros cuadrados en pleno centro de Vetera, quizá una de las mejores esquinas de la villa.

La propiedad tiene prisa por terminar, así que las visitas de obra quincenales son diarias, que si “ponme toda la gente que necesites hasta la hora que sea, pero las barandillas las quiero montadas mañana a las diez”, o”de aquí no se mueve ni Dios hasta que el revestimiento de madera del vestíbulo esté colocado, que mañana a las nueve vienen a poner las luces”, cuando hace apenas dos años me la hubiese tenido que cortar antes de soñar con pronunciar estas frases, que con la piel tan sensible que gastaban entonces industriales y operarios del mundillo probable habría sido que me hubieran dejando más colgado que un chorizo en ese mismo instante para irse a la obra de al lado donde no les exigían tanto y tenían el viernes libre y el lunes se lo tomaban. Nada que ver con el aire que se respira estos días, con miradas de soslayo diciendo “y después de esto, ¿qué?”, y yo me encojo de hombros, pues sé tanto como ellos y me temo lo peor.

Ya nos hicimos fotos cuando desmontamos la grúa como si hubiésemos abatido el último mamut, porque me barrunto que pasará tanto tiempo antes de hacerse nuevos bloques residenciales que la gente acabará creyendo que la vivienda es una formación geológica natural, pues los habrán visto desde siempre.

Si alguien cree que el cotilleo es patrimonio femenino, debería poner una cámara oculta en una obra y se desengañaría de inmediato. Hoy mismo, mientras comprobaba que el enyesado de la planta baja está ya casi concluido y que podrá entregarse el local a su propietario mañana mismo, Jorge, el encargado, iba poniéndome al día de todos las últimas noticias, que si la mujer de uno de los bolivianos lo ha dejado y esté escondida en casa del otro boliviano, que si el ruso del pladur se ha liado con la mujer de ese que hace dos semanas que no viene, que está de baja por depresión… o su última obsesión, el ayudante del carpintero, un chico de unos 20 años:

-Que sí, hombre que sí, que te juro que es gayufo, que el viernes se agachó y le vi el tanga.

-¿Y a ti qué más te da? Hace su trabajo, ¿verdad? Pues lo que sea o deje de ser es cosa suya.

-Sí, claro, como tú no tienes que trabajar con él, te da igual. Si estuvieses todo el día en la obra, estarías como yo: me da muy mal rollo quedarme sólo con él…

-Vamos a ver, Jorge, ¿has mirado bien al chico? Me saca una cabeza y a ti dos y media, por no hablar de las espaldas que gasta… ¿Crees que tendría algún tipo de interés en un par de albondiguillas como tú y como yo? Tú, además, medio calvo… Porque si el chico es gay, venir a trabajar y encontrarse a Paco el yesero, a los machu pichu, a Jacinto y su cuadrilla de instaladores, o los soldadores de Remigio…tiene que resultarle sexualmente tan deprimente como cuando yo estaba en la escuela de arquitectura, que de mis compañeras de clase, la que no era fea, era muy fea.

No muy convencido estaba Jorge con mis argumentos, rezongándome algo sobre la diferencia metafísica entre un gay y un gayufo, cuando Paco  asomó su faria desde el andamio. Paco es tan arquetípico que su foto debería salir en la palabra ‘yesero’ en todos los diccionarios: edad indefinida entre los cuarenta y los setenta, de sempiterna tagarnina,  Cayenne en la puerta y carnet VIP de varios clubs de carretara en la cartera.

-¡Paco! ¿Cómo va el jardín? -le apostrofó Jorge

-Ahí está, creciendo la cosa… Quién me iba a decir que a mi edad estaría con estas cosas…

-Tú tranquilo, hombre, ahora la cuestión será vender.

-Eso mismo le digo yo a mi niño, “Paquito, que esto no lo vendes tú en un puesto en el mercao los sábados, que esto se hará de otra manera, que lo de venderlo como orégano estará mu visto ya.”

-¿Estabais hablando de lo que yo creo? -he preguntado a Jorge con un hilo de voz cuando Paco ha vuelto a sus labores…

-Paquito se ha quedado sin curro y sin un puto duro y se ha vuelto a casa de sus viejos; en el sótano se ha montado una plantación de maría. Oye, pero que cosa de verse, nada de cuatro macetas cutres en la balcón, sin con sus lámparas de ultravioleta, y su riego por goteo y toda la hostia, que parece el jardín de un profesional…

-Sí, el jardín de la alegría

-Lo que yo te diga, que igual les saca hasta tres cosechas por planta…

-¿Qué pasa aquí? ¿nos hemos vuelto locos? No quiero volver a oír hablar de este tema, ni quiero saber dónde viven ese par de hortelanos. ¿No sabes que todo esto es ilegal?

-Sí, bueno, también es ilegal robar y mira el Millet cómo se ríe…

-Supongo que Millet tiene mejores amigos que Paquito. Y yú deberías tener cuidado, que no creo que a tu novia le haga ninguna ilusión saber que eres un experto en el ciclo reproductor del cannabis. ¿Que no se va a enterar? ¿Y cómo te has enterado tú de lo del boliviano, el ruso y no sé qué más? Aquí si una cosa no sabéis tener es la boca cerrada…

-¡Hostia, hostia, hostia! Que Paquito conoce a un hermano de mi novia… ¡Paco! ¡Oye, dile a tu hijo que ni una palabra a nadie de que yo le monté  el gota a gota, que me cortan los huevos!… gracias por avisarme, Theo.

-Lo has resuelto muy elegante y discretamente. Seguro que ya nadie sabe nada…

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El domingo a las siete de la madrugada me levantaba; ni eran las escatológicas huellas de una noche de guiness ni tenía que tomar un avión. Simplemente, había que cortar una de las principales avenidas para desmontar la grúa, y aunque la presencia del arquitecto no es preceptiva, allí estaba yo con mi Panamá y la pipa a horas en que Vetera parece tomada por un ejército de zombies.

Desmontar una grúa sólo requiere -además de los que trabajan- al coordinador se seguridad y al aparejador-, pero esta ocasión convocó a la oficina técnica en pleno, y es que había algo de despedida; con ella, el bosque de hierros que en era el centro de Vetera como el de cualquier otra ciudad, villa o aldea hispana queda reducida a dos míseros ejemplares de una obra pública. Además, no sabemos cuándo volveremos a construir algo o si lo haremos siquiera juntos, así que incluso nos sacamos fotos sobre los tramos desmontados como si acabáramos de abatir un mamuth.

En Vetera, un domingo a las ocho de la mañana, no están ni las farolas en la calle, con lo que cortar la avenida era un problema viario casi insignificante. O lo habría sido si el funcionario de turno de vía pública hubiera hecho su trabajo, desviando el tráfico de autobuses y demás, instalando dos patrullas de municipales… en fin, todo eso en que cualquiera con dos dedos de frente habría pensado de inmediato. En Vetera no. Teníamos ya el brazo de la grúa en el suelo cuando Jorge tuvo que arrancar a correr para que el autobús de la Hispano Veterense diera la vuelta antes de bloquear el cruce y montar un circo… la patrulla municipal llegó en ese momento, no a poner orden, pues estando todo en regla no había multas que imputar y no valía la pena abandonar la comodidad de su aire acondicionado, sino simplemente a indicar que se les avisara cuando todo acabase para anotarlo en el libro del día.

La verdad es que eso fue lo más entretenido de la operación; a la una ya estaba todo cargado y rumbo al almacén y, nosotros, rumbo a una mariscada en la costa, que levantarse un domingo a las siete de la mañana para trabajar gratis et amore bien merece alguna compensación, lleno hay que tener el estómago para afrontar la semana que acecha.

Algo extraño había el lunes en el ambiente. Al principio, me costaba identificarlo: tal vez la excesiva humedad ambiental, la ausencia de algarabía de criaturines chapoteando en la piscina bajo mi despacho, chica nueva de limpieza -un día de estos dedicaré un post a nuestra Choches, la antigua limpiadora-. Aunque había algo de todo ello, nada justificaba mi sensación, y fui dándole vueltas mientras intentaba encajar un hotel de cuatro estrellas donde primero hubo pisos, luego apartamentos y al final tal vez nada. No fue hasta las diez y media, la hora del café, en que di un contorno definido a las borrosas sensaciones anteriores, y es que era el único imbécil de la Oficina Técnica que estaba trabajando ese lunes. Diréis que tuve hora y media para darme cuenta antes, pero, además de que mis biorritmos matutinos no despiertan hasta el café, en mi descargo está que no comparto despacho con nadie y que la música de Bach amortigua cualquier sonido que venga de los vecinos.

Y allí estaba yo a las diez y media, no sabiendo si ir sólo a tomar el café al bar de en frente, ‘comme toujours’ o si acpetar la invitación y apuntarme al descanso de Mr Potato y la srta Rottenmeyer, a riesgo de sufrir el empacho de anécdotas infantiles que es el monotema de Mr Potato, a quien cualquier tema, incluso un estudio sobre antroponimia pirenaica medieval, le da pie a pormenorizar las truculencias cotidianas de sus vástagos hasta monopolizar la conversación y abortar cualquier intento de disidencia. Elías, mi jefe, que hoy inscribía en el registro como propio al hijo que acaba de tener su mujer -sin prueba de ADN no afirmaré que él sea el padre, pues aunque ella es más casta que Lucrecia en la paternidad no hay certeza y es mejor no atribuirlas alegremente para después no desdecirse-, me pedía poco antes del feliz acontecimiento que le impedirá dormir tranquilo los próximos 18 años que le pegase un tiro en la nuca si alguna vez se volvía como Mr Potato.

Creo que estaba en piloto automático de respuesta monosilábica a no sé qué historia que ambas, Mr Potato y srta Rottenmeyer, encontraban muy divertida, sobre no sé qué caramelo que una señora le daba al hijo pequeño de una de ellas y el niño pidió otro más -no me preguntéis, supongo que hay que ser padre para encontrarle la vis cómica a esa estupidez- cuando el director de la empresa asomó por allí y se exclamó:

-¿qué haces por aquí, Theo? ¿No te has tomado el lunes libre como los demás? ¡Te vamos a hacer empleado de la semana!

Como los efectos del café habían sido contrarrestados eficazmente por las apasionantes historias de los hijos de Mr Potato, supongo que nadie percibió en mi rostro emoción alguna, pero por dentro me sentía tan idiota como Homer Simpson el día que hacía empleado del mes a una una inanimada barra de carbono.

Imagen de http://www.lossimpsons.net/planta-nuclear-de-springfield

En fin, ya que estábamos, tampoco iba a irme a casa a las once… así que, al menos, he logrado encajar siete habitaciones más de dimensiones generosas en esa planta endemoniada. Pero la próxima grúa la desmontará quien yo so diga.

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Ya no recuerdo aquellos tiempos en que los días se clasificaban en ‘buenos’ y ‘malos’; desde hace dos años, eran ‘malos’ o ‘muy malos’, para pasar los últimos ocho meses a ser ‘muy malos’ o ‘catastróficos’.

Ayer me convocó el director financiero de la empresa. Sin lugar a negociaciones, mis honorarios directos quedaban reducidos con carácter inmediato un 30%, sin que se vislumbrara recuperación ninguna; como tampoco hay previsión de empezar obra nueva en, al menos un año, quedan también cancelados incentivos, primas y comisiones. Todo ello supondrá una reducción de ingresos de alrededor del 50%.

No diré que en la Oficina Técnica no estuviésemos pasando los últimos meses con cierto desasosiego, pues la única obra que tenemos en ejecución se acabará en octubre, y no hay nada previsto después de eso. Personalmente, esperaba el ajuste, pero no tan drástico (suponía un 20%) ni tan innegociable. Gracias al Cielo o al Infierno, he seguido con la política de no hacer ni puñetero caso a mis dragones que tan buenos frutos me ha dado desde los 18 años y ni tengo un alquiler más caro, ni una hipoteca, ni un coche ni cargas familiares. Pese a todo, el ajuste presupuestario que me espera para los próximos 18 meses -si conservo el trabajo ese tiempo- será doloroso, aunque no trágico, pues, pese al descalabro financiero, no soy un mileurista, aunque una vez descontados alquiler, facturas e impuestos esa sea exactamente la cifra que dispondré para vivir. Supongo que es lo que le corresponde a alguien que no es futbolista y tiene 34 años, ocho de experiencia laboral, dos carreras universitarias, un doctorado en ejecución y seis idiomas: como en España no se vive en ningún sitio.

Recuperado del shock que me supuso la noticia de ayer, que no por esperada fue menos impactante, me he dado esta mañana de baja en el RACC y he cancelado el ADSL; no es mucho, pero son gastos prescindibles. Tanto el sello ‘Casa de la Habana’ como Guiness verán reflejadas las consecuencias en su cuenta de resultados del segundo semestre.

Porque mi situación laboral ha retrocedido, como mínimo, cinco años, y esto es lo que peor me sienta. No es tanto el dinero, pues es sólo dinero y tengo aún margen de maniobra, sino que la pérdida de categoría no es coyuntural, no me cabe la esperanza de que cuando esto pase recuperaré mi anterior posición, sino que empezaré otra vez de cero o casi y tendré que volver a ganármela, si es que jamás lo consigo. Porque en las escasas ofertas laborales que recibo, ante la posibilidad de que ni el ajuste salarial salve las cuentas de la empresa, las condiciones son absolutamente inaceptables, entorno a los 1500 euros al mes, exigiiendo incluso disponibilidad para desplazamientos al extranjero.

Me llamaréis clasista, pero antes de trabajar como arquitecto por 1500 euros al mes, trabajo de camarero por 900. Ya no es una cuestión de dinero, sino de dignidad: no he dedicado tiempo y esfuerzo a mi formación para que me tomen el pelo, para que me esclavicen; además, si ahora aceptara esa oferta, ya nunca más obtendría otra mejor, pues estaría aceptando que se puede contratar a un arquitecto por el salario de un reponedor. Antes camarero, pastor, o dependiente en una zapataría de mujeres.

Esta es la situación. El sector de la construcción está absolutamente devastado y, encima, desprestigiado. La actitud de individuos que muy a menudo no eran profesionales del sector, sino especuladores que entraron solo a dar el pelotazo y después largarse con los beneficios ha dañado muchísimo la imagen de los que intentamos hacer las cosas honradamente. Han sido Poceros, Nozaledas, Martín, Jové, etc, pero también el joyero del pueblo, el del bar de barrio de toda la vida, el tendero metido a promotor… El sector no verá la luz al final del túnel hasta 2011, y no sé cuántas empresas resistirán esta travesía por el desierto, me temo que muy pocas, con lo que todo quedará concentrado en muy pocas manos.

Los primeros empeñados en que no haya luz son los bancos, acaparadores de stock al que tienen que dar salida, un stock en muchas ocasiones de calidad más que discreta, bien por los acabados, bien por las ubicaciones, y, por tanto, muy poco interesados en que se hagan nuevas viviendas de mejor calidad y situación que les dificulten deshacerse de los chollos que se han tenido que comer con patatas por haber financiado dislates de cualquier indocumentado. Al menos, me cabe la torva sonrisa de saber que sus resultados para el 2010 serán mucho menos espectaculares que los que ahora presumen, cuando tengan que cobrar las hipotecas al precio del euríbor real y no al usurero 7% que ahora cobran por arrastrar los mismos tipos desde enero.

Pese a todo, muchos nos quedaremos por el camino, y a veces temo que no habrá ni siquiera un último que pueda apagar la luz. Pero yo no voy a rendirme, no voy a dedicarme a recoger cadáveres ni a contar los muertos de la devacle, sino que, personalmente, prometo venganza. Y los primeros a quienes visitaré cuando llegue mi día de los cuchillos largos son ciertos técnicos municipales cuya documentación para una demanda por prevaricación no hace sino crecer cada día que pasa.

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Cosas de la obra

Salgo de cada visita de obra más convencido de que esos momentos lumpen deberían convalidárseme como clases prácticas de sociología, antropología y, en algunos casos, incluso de paleoantropología, porque algunos de los especímenes que andan sueltos por los andamios representan una clara involución desde el homo antecessor. Algunas de las situaciones son cómicas, pero otras son para sacudirse el polvo de las alpargatas y, como Enoc, echar a andar y no parar, porque este mundo no tiene remedio.

En la obra, la comunicación es a gritos, ya estemos acribillando los tímpanos con un martillo neumático o simplemente barriendo, y el experto en eso es Jorge, nuestro gruísta, el terror del vecindario, que los tiene ya crujidos a todos con sus alaridos desde las ocho de la mañana triscando por la cubierta para reclamar la atención de alguno de los albañiles, instaladores, picapedreros, peones o de cualquier otro gremio. Jorge tiene la peculiaridad de que jamás llama a nadie por su nombre, sino que le cuelga a cada cual un sambenito el día que entra y con él se queda hasta el día que sale de la obra, incluso más. Lo peor de todo es que, a los dos meses, incluso entre ellos ya se llaman con el mote, y que yo mismo, para mi desesperación, tengo que hacer esfuerzos para referirme a un encofrador de Huelva como Manolo Requena y no como ‘Pescaíto frito’, o para recordar que el herrero es Eusebio en lugar de Buster Keaton, por más que se parezca, o que el nigeriano se llama… como quiera Dios que se pronuncie su apellido, pero no Etoo’0.

Precisamente, Etoo’o ha sido el último fichaje para las performance que Jorge monta en las obras, para desconcierto de transeúntes, descojono general de los obreros y rubor mío. A eso de las doce, cuando más gente transita por la céntrica avenida donde tenemos la obra, Jorge sale a hacer algún recado, real o imaginario, y a la vuelta, idefectiblemente, berrea desde la acera:

-¡Etoo’o! ¡Etoo’o!

Y el nigeriano se asoma a una balconera a gritar, golpeando la pared, el estribillo de esa canción del Crakovia, “Copa, Liga i Champions” 

para que Jorge, en medio de la calle, interprete un solo de guitarra on air digno de youtube, acompañado a menudo por espontáneos de la calle en medio de la euforia que la realidad aún no ha diluido o por otros obreros a lo largo de la fachada… Si no fuese por la vergüenza que siento cada vez que paso por la obra en medio del espectáculo, hay que reconocer el mérito de la coreografía internacional.

Porque si algo tenemos asegurado con Jorge, es la vergüenza; en la última inspección de trabajo, mientras iba facilitando a la inspectora la documentación de todos, Jorge, en perfecto acento magrebí, empezó a increparme,

-¡Amo no paga! ¡Amo racista! Yo sin papeles por culpa amo

-Tranquilo, arquitecto, que Jorgito y yo nos conocemos hace años -abortó la inspectora mi inmediato infarto.

-Jorge, te juro que si me haces otra de estas, te meteré la grúa de supositorio-le susurré en un tono suficientemente bajo como para que tomara en serio mi promesa-. ¡Y haz el favor de llamar al de la cuadrilla de cara vista señor Fung y no “Arroz tres delicias” si no quieres que sea yo quien te convierta en cerdo agridulce!

Claro que a veces Jorge también tiene ideas mucho más saludables, como esta mañana, que después de una hora escuchando a Rocío Jurado -siempre me ha sorprendido la querencia de los obreros de la construcción por músicas que sonrojarían a la maruja más carpetovetónica-, ha resuelto el problema con un “Me cago en la puta”, haciendo del CD un frisbee.

-No pasa na’. Tengo más -amenazó el torturador, un veinteañero con pircings, tatuajes y el pelo de punta.

-¿Y el casco donde lo tiene, señor…?

-Pumuki. Es que hace calor, joder, y aquí dentro no se me va a caer na’ en la chola.

Paso de dar más explicaciones, estoy ya cansado: -Me da igual, o se lo pone o se larga a casa. Jorge, no quiero oír ni un mote más en esta obra.

-No, tío, si asín me llaman mís colegas -intercedió el aludido.

-Es verdad, Theo, que yo le llamé Kalvinklein porque todo el día va con los pantalones enseñando los gayumbos.

-Maravilloso. Ahora que lo sé, podré dormir tranquilo esta noche…

-A las tías les mola.

-No a las que me interesa conocer.

-Seguro que follo más yo que tú.

-No es cuestión de cantidad, sino de calidad. Además, no pienso entrar en ese debate.

-Tú hazme caso, que me caes de puta madre, déjate de corbatas y gorros, que a las tías lo que les pone de verdad es tío con un tanque to’o tunea’o. Ahora que en julio me baja la hipoteca 300 leuros, me meteré en un coche a cinco años por 250 al mes, y encima ahorro 50.

Al margen de preguntarme qué delito he cometido para caerle bien, el hecho de que semejante energúmeno tenga una hipoteca nos da una idea del nivel de profesionalidad de los responsables de banca que hemos sufrido. Porque el crédito para el tanque ya se lo han dado, claro, como le sobretasaron el piso para que con la hipoteca pudiera comprarse los muebles, o como le dieron un crédito para irse de vacaciones a Cuba con los colegas…

Con la certeza de que yo me apeo de esto cuanto antes, me he limitado a pedirle a Jorge:

-Que se suba los pantalones, no quiero que se mate por llevarlos arrastrando y que me hagan pagar por bueno algo defectuoso. Y si no tiene cinturón, que se ate una cuerda, pero modas carcelarias, las justas.

-Muy listo no es -concedió Jorge-. Le digo a mi novia de pedir otro crédito para un coche y me corta los huevos.

-Que él no sea muy listo, es problema suyo; pero que los de los bancos sean imbéciles o criminales lo estamos pagando todos.

-No creas, la novia de Pumuki trabaja en la caja… tenías que verla, es colega de mi hermana desde el colegio y…

-No quiero saber más, de verdad. Por hoy, he tenido bastante terapia de choque sin terapia.

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Bipolaridad

Es tal la inestabilidad del mercado que el ambiente de trabajo es tensamente maníaco-depresivo. Pasamos de la euforia casi desatada un jueves al decaimiento absoluto un lunes; la atmósfera se va haciendo pesada, como si intentásemos respirar a través de gelatina.

Una importante venta ha salvado casi las cuentas del 2009 de la empresa; con otras dos que parecen bien encaminadas, los números dejarán de ser rojos; a pesar de eso, creo que todos nos hemos encogido, pues las cosas son tan inestables que el plan estratégico cambia de una semana a otra. No querría estar en la piel de los administradores, aunque mis planes de futuro no ven más allá de septiembre, cuando la única obra que ahora estamos haciendo se termine.

El año pasado a estas alturas llevábamos un año sin apenas vender nada, pero aún respirábamos optimismo, pues el temor es menor cuando las cosas se hacen como es debido; desde entonces, no ha habido NADA que haya salido bien, y cuando un rayo de luz intentaba rasgar las brumas, eran legión las nubes oscuras que se aprestaban a cerrar la brecha. Si todo hubiese sido normal, con una financiación normal, con unos Ayuntamientos normales… este año habríamos empezado unas 120 viviendas en distintas promociones, pero en diciembre se cerraron puertas y grifos y créditos.

No pasa nada. Que no cunda el pánico, que hay un plan urbanístico que dará un años y medio de trabajo. O lo habría dado, si hace dos semanas el socio en este plan urbanístico no se hubiera echado atrás y todo mi trabajo fuese algo más que una bonita ordenación teórica en una linda caja, porque nadie puede decirme que no hago bonitas carátulas y presentaciones…

¿Recordáis a Anna Mari de Calcuta y el proyecto de las no sé cuántas mil viviendas para realojar a víctimas de huracanes o terremotos o violencia o qué sé yo? Bueno, pues el proyecto era en Guatemala y era el gobierno guatemalteco el que estaba interesado en ello y con quien se habían firmado los acuerdos. Sí, el mismo país que está al borde del colapso o de la guerra civil porque el Presidente cuya mano estreché en Madrid está acusado de ordenar una asesinato político. Evidentemente, su prioridad ahora no es ni cumplir los acuerdos ni dar viviendas a indígeneas y mayas. Podríamos decir que si el trabajo se hubiera hecho siguiendo el plan previsto en lugar de meditar sobre el sexo de los ángeles habríamos cobrado algo antes del colapso, pero ya no merece la pena pensar en ello…. Menos mal que tenemos un proyecto en Rumanía de hotel y viviendas que… que teníamos hasta el lunes, cuando el tsunami de la crisis financiera rumana nos salpicó o se nos llevó por delante… ¡qué sé yo! hace tanto tiempo que hago surf en mar gruesa que ya no distingo si me empapa un tsunami, otra ola o me mean encima una manada de dinosaurios. Si alguien quiere saber cuál es el próximo país que se va a tomar por saco, sólo tiene que preguntarme dónde vamos a invertir o dónde estamos invirtiendo ya… Apuesto por Ucrania.

Hace años que mi vida es un barco y yo soy su capitán. Con mejor o peor fortuna, sé dónde quiero llegar y lo llevo allí, pero en los últimos meses he cambiado el puente de mando y la gorra de plato por el traje de neopreno y hacer equilibrios sobre una tabla de surf, no sé dónde la ola me va a llevar, sólo espero no caerme. Ya no es cuestión del dinero que pueda dejar de ganar por todos los proyectos que he hecho y que no se construirán -aunque es bastante, es sólo dinero-, sino que es esta precariedad que está agotando mis nervios y devorando mis energías, ha dejado un mechón blanco en mi barba y mis músculos contracturados; cansado todo el día, pero sin poder dormir… al final, corro el riesgo de hacerle pagar los platos rotos a una pobre gata que en realidad no me molesta ni tiene culpa de nada, simplemente no quiere ni verme. Con lo que demuestra una insólita inteligencia, a prueba de sobornos alimenticios.

Hace pocos días fue mi cumpleaños. Normalmente, celebrábamos nuestros aniversarios en la Oficina Técnica yéndonos a comer; este año ni siquiera he mencionado la fecha. Sólo Elías, mi jefe, la ha recordado, anotada en el Outlook.

-Gracias, Elías. No lo comentes mucho, no me apetece demasiado…

-Te entiendo. Creo que ninguno estamos con ganas de nada; tómate la tarde libre, si quieres.

-No hace falta. Además, tengo que leer la nueva normativa de Habitabilidad.

-¡Mucho más divertido que celebrar tu cumpleaños! Empiezas a preocuparme…

Hoy nos ha entrado algo nuevo en la Oficina, un hotel en Barcelona. Tras los primeros minutos de euforia, nos hemos mirado y hemos hecho una porra sobre cuánto tardará en malograrse esto también. Y pese al tono lúgubre de este post parece que soy el más optimista, pues le he dado tres meses.

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Viñeta de la muy recomendable página Calvinandhobbes

Si blasonara como tanto nuevo rico, la reflexión final de Calvin sería el lema de mi escudo: “Ya sé que la vida es injusta pero ¿por qué nunca es injusta a mí favor?” Las alegrías en mi casa duran menos que la ginebra en Buckingham Palace.

Apenas empezaba a paladear la tregua que una importante venta ha concedido al desasosiego laboral que padezco desde diciembre, próximo al quebranto, cuando me ha amargado mi dulce momento, con elogio al diseño incluido, ese maldito perfume Diesel, augurio de pérdida de tiempo, crisis de hipertensión y una cana más en mi barba, heraldo del infortunio que es siempre la visita de Anna Mari de Calcuta. Sé que alguno de vosotros echabais de menos sus pantalones afganos que parece que lleva pañales y sus arquigafas, pero maldita la falta en que la he echado estos dos meses sin saber nada de ella.

Eran las diez de la mañana cuando el tintineo de sus abalorios ibicencos nos ha puesto alerta. He mirado a Elías, que tras consultarlo con una agenda que parece hecha de palimpestos, ha negado con la cabeza que hubiera cita alguna. Ya me extrañaba, pues de haber cita, no habría llegado tan pronto.

-Buenos días y Visca el Barça!

“Empezamos bien”, pienso. Todo el que me conoce sabe que odio el fútbol, que lo que más detesto es no poder vivir sin enterarme de jugadores, partidos, equipos, sueldos y demás cotilleo. La he mirado antes de responder y, como me temía, había sustituido el jersey arcoiris por una camiseta oficial del Barça, de esas que probablemente confeccionen unos niños explotados como semiesclavos en Bangladesh, detalle en el que la tan solidaria, vegetariana y onegeística Anna Mari no parece haber reparado o, si lo hizo, no le repugnó tanto como la deforestación amazónica que provoca mi consumo de ternera de Cantabria. No me preguntéis, yo tampoco sé ver las connexiones, pero para Anna Mari de Calcuta la relación es tan clara y evidente que ha declinado compartirla con los mortales. Estaba de demasiado buen humor por haber soslayado el despido unos meses como para hacerle la observación de Bangladesh, así que me limitado a responder con un:

-Buenos días, Anna -(casi se me escapa llamarla Anna Mari…)

Visca el Barça i visca Catalunya! -insiste.

Ahí ya la vena de la sien se me ha hinchado tanto que no me habría podido calzar el homburg, porque, ¿qué cojones tendrá que ver una cosa con otra? Nunca he ocultado mi nacionalismo , pero mal andamos de autoestima nacional cuando erigimos como enseña patria a veintitantos mercenarios, el peor pagado de los cuales cobra más que cincuenta neurocirujanos.

Con el último dislate y el atavío oficial que nos llevaba, he llegado a la conclusión de que la visita de cortesía a hora tan temprana, casi intempestiva en ella, era simplemente porque aún no se había acostado, que a esas horas de la mañana tenía un par o tres de vasos de agua de menos, y si venía fumada o no, como también sospecho, no puedo afirmarlo, pues Diesel es mejor que el amoníaco para enmascarar olores. Y hedores, que pensar en lo que puede criarse en toda una noche de fiesta con esa ropa me ha puesto los pelos como escarpias.

En realidad, estoy siendo un exagerado, porque ni su aspecto ni su conversación ni su dispersión eran muy distintos hoy que en su estado anormal de siempre. La habitual controversia sobre lo bonitos que son los dibujos, pero lo difícil que es plasmar esas ideas en una construcción industrializada con elementos prefabricados como la que nos han encargado.

-En esencia, Anna, tenemos unos contenedores y con esos contenedores tenemos que intentar hacer la mejor y más digna arquitectura posible. Lo que no podemos hacer ahora es ponernos a cambiar el diseño de los contenedores, porque como ni tú ni yo tenemos ni idea del sistema, lo más seguro es que el resultado sea peor y mucho más caro que lo que ya tenemos.

-Pero dará una imagen tan uniforme, tan triste… ¿Conoces la calle Caminito, en Buenos Aires? Pues yo…

Detalle casas calle Caminito, Buenos Aires. Imagen de Guiafe

-No he estado nunca en América, ya slo sabes…  Pero espero de corazón que aspiremos a una calidad algo mejor que chapas y uralita, porque si no me bajo del proyecto ahora mismo. Y no te preocupes, que cada cual se personalizará la casa.

-Yo creo que deberíamos reinventar la choza.

-Y si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta. Nadie nos pide ni nos paga por reinventar nada, ni la choza ni las sopas de ajo, si no por dar vivienda digna, rápida y económica a víctimas de huracanes, ciclones, inundaciones, terremotos o qué sé yo.

-¡Cómo se nota que eres Tauro!

(Nota mental: marcar el acierto de ‘Astrología’ en el listado de aficiones previsibles de Anna Mari que Ernest y yo redactamos hace tres meses).

-Hoy no, Anna, por favor, que estoy muy cansado, que hasta las tres no pude dormir.

-¿También saliste a celebrar lo del Barça? ¡Qué partidazo! El sábado ya empecé la fiesta con el ….

-Odio el fútbol. No pude dormir porque los que estabais de celebración no tenéis mejor lugar donde tirar cohetes, pitar con los coches y cantar y gritar que la avenida donde vivo. ¿Qué ha ganado el Barça?

-Ha pasado a la final de la Champios; y si gana el domingo y el Madrid ha perdido el sábado…

-Y si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta. No me interesa, de verdad. ¿Todo ese jaleo sin haber ganado nada? Esto cada vez está más desquiciado.

-Eres un soso. Un partido hay que verlo con gente que lo sienta y dejarse llevar; un día de estos tienes que venir al Casal con nosotros, pero procura no ir con traje. Aunque no te imagino sin traje.

¡Los dioses me han sonreído al fin! Un resquicio, una brecha por la que romper este diálogo absurdo y ponerme a trabajar por fin. Sonrío y, con suavidad, pregunto:

-¿Para qué situación exactamente necesitas imaginarme sin traje?

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