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Archive for the ‘X’ Category

Cuando X se fue

Fue en abril cuando a X se le agotó la paciencia. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó levemente en los labios (“Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un Viernes Santo más dulce que ese beso”) y se fue. Me quedé de pie, como un patético espantapájaros, con el segundo volumen de la tercera parte de la Catalunya Carolíniga entre las manos, cerrado pero guardando con un dedo la venta de “unam vineam in castro Urritense, in loco qui dicitiur Toroccone”, documento que unos minutos antes me arrancó la primera sonrisa en meses al poder reconocer la viña objeto de comercio y que ahora ni siquiera era capaz de leer.

Un día de mayo de 2009, la crisis llamó a mi puerta. No era una desconocida, pero no la esperaba; creí, imbécil de mí, que mi experiencia laboral, mi nivel de formación y otras tantas cosas que nada significan eran sal suficiente para mantener a ese espíritu maligno lejos de mi casa y no supe encajar su visita. Además, como las morosas costumbres de la primera Elegía de Duino, “se halló a gusto entre nosotros y se quedó sin irse”. Primero fue Javier, después Josep, finalmente Elías… de los ocho de la Oficina Técnica ya sólo quedábamos Ernest y yo, mirándonos cara a cara y encogiéndonos de hombros cada vez que uno le preguntaba al otro “¿Y el mes que viene? ¿Seguiremos trabajando el més que viene?”, mientras gota a gota mis ingresos iban reduciéndose en un 50%.

Busqué trabajo por si perdía el que tenía, porque yo no tengo paro, ni finiquitos, ni sindicato que me defienda ni pariente político que me consigua una subsecretaría adjunta de la coordinadora interdepartamental adscrita a vicepresidencia segunda del Consell Comarcal del Segre Medio. Busqué y lo que encontré era tan indignante que respondía airado a las primeras ofertas, deseándoles que el dinero que se ahorraban pagando esos salarios a técnicos superiores se lo gastaran en antidepresivos o en antiretrovirales, según lo vergonzante que fuera la propuesta. Con los meses y la constatación de que nada va a cambiar, de que el progreso del país pasa por el retroceso en las condiciones de vida y laborales del 95% de sus habitantes, he asumido ya mi derrota, que quizá sea la de todos.

Con Bolonia en los talones, o entregaba mi trabajo de investigación en mayo o tenía que empezar el doctorado de cero, cuatro años perdidos, y encontré en mis cartularios medievales el refugio a los sinsabores. Poder ubicar un topónimo del siglo IX, reconocer una finca del XII, descubrir un camino del XIV eran mis alegrías. Alegrías privadas, en las que nadie tenía cabida. Ni siquiera X. La alejé de mí. Frustrado, decepcionado, amargado y deprimido no quería pagar con ella las consecuencias de deciones que yo no había tomado pero que me habían aplastado.

Pero X, con una paciencia insólita, esperó. Intentó minar el muro que, palabra a palabra, iba erigiendo, firmemente anclado en la roca de la desesperanza. Esperó hasta una mañana de sábado en la que temprano la dejé en la cama para buscar cuál era la viña que el presbítero Ansemundo, qui nuncupatur Viader, y su hermana Dacolina vendieron a ipsos monachos, y me vio sonreír el descubrirlo, la primera sonrisa en muchos meses. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó en los labios y se fue. Y el espacio que su cuerpo ocupaba en el aire de mi casa aún no se ha llenado, sólo que lo descubrí tarde.

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Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ‘sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga…

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

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Deporte de riesgo

En circunstancias menos adversas, esto es, con un clima menos riguroso, habría echado mano de cualesquiera de mis recursos dialécticos para desmontar la fría hostilidad de X de esta semana; pero el calor merma mis capacidades intelectuales y ante el silencioso acoso no he tenido más ocurrencia que responder según la cita que atribuyen al general Ferdinand Foch en el Marne:

Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!

Veamos. Soy hombre, y eso significa que mi delicadeza para manejar ciertos asuntos es parangonable a una estampida de mamuths en una tienda de porcelana así que, puestos a meter la pata, mejor que sea a conciencia y a lo grande que accidentalmente en un detalle. O sea, que puestos a morir, mejor que sea a lo brigada Pomorska, a caballo contra panzer, que escondido en una ratonera.

Mentiría si contara que maduré mi plan a lo largo de la semana, pues bastante ocupado andaba en otros menesteres como para meditar y refinar una estrategia; de hecho, ni siquiera había plan, sino que más bien era una ocurrencia que me vino de repente y así, verde aún, la arranqué del árbol y la metí en el horno, no fuese que me diera por pensarlo y me echara atrás.

Tampoco es cuestión de ser trágico y dar la sensación de que la semana fue sentimentalmente horrible, porque la verdad es que no fue así. En realidad, la cierta frialdad y los divertidos mohínes eran intelectualmente estimulantes, pues ha sido morbosamente divertido ver hasta dónde se podía bromear con el tema (por acción o por omisión) sin romper la cuerda.

Mi vida sentimental no es especialmente prolija, pues desde Natasha hasta X sólo  he tenido dos parejas y algún que otro escarceo del que, en general, mejor será no hablar. Pero la brevedad de la nómina se compensa ampliamente por lo interesantes que han sido todas y por la amistad que conservo con ellas. De hecho, este fin de semana coincidían en Barcelona  Natasha y una amiga suya, Lana, con la que se había empeñado en liarme al poco que lo dejáramos. Y, bueno, digamos que lo consiguió, pero sólo duró un año, hasta que Lana consiguió una plaza en el ballet del Metropolitan Opera, pues si mi economía me permitía sin excesos de austeridad un vuelo a Moscú mensual, a Nueva York habría resultado imposible.

Con la feliz coincidencia de que estén ambas en Barcelona la misma semana que X ha acabado sus exámenes y aún no se ha ido de vacaciones a Ibiza con sus amigas, creí que era un buen momento para exorcizar fantasmas haciendo que todas se conocieran y dejasen de darme la murga -por distintos motivos- a tres bandas. Lo esencial era que ni ellas esperaban a X ni X conocerlas cuando ayer quedamos para almorzar en un restaurante de unos amigos en Vetera.

Quiso la suerte que la tensión de las presentaciones transcurriera en la más estricta intimidad, pues no había nadie más en el hall del restaurante. Apuramos la copa de bienvenida, un Parxet Titiana rosado altamente recomendable, en un ir y venir de miradas, estando ya tan en el centro de las más hostiles, que verdaderos esfuerzos hacía por sofocar el reclamo de las risas, tantos que no sé cómo no duché a nadie en cava. Y envueltos en esa atmósfera tan densa que uno podía trocearla y llevarse una porción en un tupper a casa, entramos en el pequeño comedor, verde y burdeos.

Aunque el térmometro superaba en el exterior los 30º con holgura, tan gélido era el interior -y no sólo por el aire acondicionado- que opté entrar en calor con tres platos contundentes, foie con compota de manzana, bacalao de Islandia confitado y liebre a la Royale, todo con una garnacha del Priorato.

Apenas nos traían el foie cuando Natasha rompió el frente con una apreciación que fue coreada por Olga y X: -Eres un cabrón. Esto no se hace.

-Tampoco creo que no pasa porque un día comáis como seres humanos y no como ovejas…

-Natasha no se refiere a eso y lo sabes -me taladró con la mirada Lana.

-Creo que ahora me he perdido -me excusé con mi cara más ingenua.

-Oh, mierda, Theo, no pongas ojos de Bambi que con nosotras no cuelan -abortó X la comedia -. Odio cuando pone esa cara, porque es imposible enfadarse con él…

-Sí, dan ganas de agarrarlo como a un oso de peluche… -empezó Lana

-¡Y meterlo en la lavadora! -acabó Natasha.

-¡JUAS! -fue la respuesta de las dos. Allí empecé a pensar que tal vez no había sido tan buena idea reunirlas…

La segunda botella de garnacha acabó de desatar las lenguas y las risas, la mayoría a mi costa, pero bastante inofensivas, la verdad, creo que estaban tanteando el terreno con escaramuzas antes de desencadenar su venganza en una ofensiva en toda regla. Porque que se vengarán de ese almuerzo es algo que doy por supuesto, lo único que no sé es si la réplica será conjunta o en tres oleadas.

Un moscatto d’Asti, con un divertido toque de aguja, para acompañar el postre, mousse de chocolate con caviar de naranja, y cigarrillos Lana y X y un Uppmann fueron la conclusión inevitable y adecuada a un experimento del que salí mucho mejor parado de lo que cabría haber esperado.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó Natasha durante el café, aunque ella tomaba té.

-Porque ya estaba cansado de tener que hablar de vosotras como si anduviera sobre cristales rotos. Ahora os habéis visto, os habéis conocido y ya podéis juzgar vosotras mismas y dejarme a mí tranquilo un rato.

-¿Te das cuenta de que tu esfuerzo por hacerte la vida siempre más fácil puede habértela complicado irremediablemente? -apuntó Natasha-. Es posible, pero al menos ahora conozco al enemigo.

-¿?

-Muy sencillo, Lana. Ahora los problemas que surjan serán entre personas de carne y hueso, no con imaginaciones, suposiciones, miedos, inseguridades… con problemas reales puedo lidiar, con fantastmas no. ¿Os apetece una copa de armagnac para acabar?

****

-Son muy guapas.

-Tienen algo, es verdad. Pero te prefiero.

-Eso espero. Ah, por cierto, que casi se me olvida: como vuelvas a tenderme una encerrona así, te mato. Y esta empezarás a pagármela esta noche, así que empeiza a tomar aspirinas.

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Guerra de sexos

Que X y yo discrepamos sobre nuestra apreciación de varias cosas no es ningún secreto, pero últimamente nuestras controversias están alcanzado un insólito grado de belicosidad. Ella se empeña en sicoanalizarlo todo desde un punto de vista freudiano que, cuando tengo un buen día, me resulta indiferente; pero últimamente los buenos días escasean.

A la precariedad de que he hablado tantas veces ya y que procuraré omitir en adelante, pues hablar de ella no la va a resolver, hay que sumar todos los inconvenientes que hallo en la primavera/verano. Ya no es sólo una cuestión de inclinaciones anímicas, de que mi espíritu vibre más armónicamente con los colores del otoño y el frío del invierno, sino de salud. La física, pues soy alérgico al polen de no sé cuántas especies, herbáceas y de mayor porte,  y la mental, pues las alteraciones etológicas que sufre la mitad de mis congéneres (la mitad femenina, normal pero no exclusivamente) con la excusa de reactivaciones hormonales me desconcertaban a los quince años, me divertían a los dieciocho, me aburrían a los 21, me desesperaban a los 25 y desde los 30 me sacan profundamente de mis casillas, pues el carácter se educa y los impulsos se controlan, y ni la luna, ni el sol ni el clima me sirven de excusa para comportamientos indignos incluso entre babuinos.

Además de los okupas, X tiene, Deo gratia, otro tipo de amigos, y aunque después de la experiencia con los perroflautas no me quedaban muchas ganas de conocer más especímenes, no me quedó al fin otra alternativa que ser introducido en el peligroso mundo de sus amigas. Apenas necesité dos guiness para darme cuenta de que andaba por campo minado y de que mantener la boca cerrada era la mejor opción para sobrevivir.

El tema de discusión fue lo cabrones que somos los hombres; que hubiera un representante del género masculino no las cohibió lo más mínimo, es más, creo que les sirvió de acicate. Diré que, salvo excepciones -no sé si honrosas o no-, en las relaciones hombre/mujer los hombres no somos cabrones, sino estúpidos; y con esta observación no pretendo salvar la cara a nadie, pues si bien un cabrón puede tomarse una semana libre, un estúpido lo es las 24 horas del día.

Como apenas conocía a las amigas de X, mucho menos sabía quiénes eran los responsables de la sesión plenaria de terapia de grupo, así que poco puedo decir del lado de quién estaba la razón. Bueno, llamadme cobarde si queréis, pero aunque los conociera como a mi misma mano y supiera a ciencia cierta que la razón se inclinaba razonablemente por el lado masculino, ni de broma se me habría ocurrido romper una lanza en su favor ante semejante público. No es prudente reírse de los actores si uno también subido en el escenario.

Por lo que pude columbrar del memorial de agravios que desmenuzaron con meticulosidad, no han tenido mucha suerte con las relaciones, o quizá han tenido un ojo clínico excepcional para enamorarse de los tipos más impresentables. “Siempre hay ojos que se enamoran del legañas”, sentenciaba mi abuela -frase que dedico a su club de fans-. Aunque también esto habría que tomarlo con cierta prudencia.

Nunca he despertado tanto interés entre el género femenido como cuando he tenido pareja. Esto no es un tópico, es una constatación empírica. No sé si es que al tener pareja uno se relaja un poco y deja de comportarse como un mandril en celo y, consecuentemente, las mujres dejan de verlo como a un primate y empiezan a considerarlo persona; o quizá tal vez haya algo de comer del árbol prohibido… o quizá es aquello que Bierce, El diccionario del diablo, constataba del alma femenina al definir “hostilidad” como la que las mujeres sienten hacia todas las mujeres, especialmente hacia sus amigas. Así pues, todas ellas habían conocido a sus respectivos cabrones cuando ellos tenían ya pareja, sólo que la actuación fue distinta: una no se atrevió a atacar, y ahora hace el triste papel de la buena amiga; otra no paró hasta conquistarlo con todas las consecuencias y la otra… bueno, digamos que de momento va compartiéndolo. Vamos, que es ‘la otra’.

Por mí, que cada cual haga según su gusto, como si quieren morder candados. Pero que cada palo aguante su vela y se asuman ciertas responsabilidades; o, si se quiere, que se aplique cierta lógica elemental, y se intuya como posible que alguien que dejó a su pareja de toda la vida (cinco años, pero con las edades de las amigas de X, eso es toda la vida) por una, pueda dejar a esa una para irse con otra. En fin, es lo primero que yo me plantearía, aunque quizá yo soy demasiado cartesiano. Por supuesto, me guardé muy bien esta reflexión y ni se me ocurrió exponerla ante el consejo de Walpurgis, que no me pareció un público receptivo.

El problema de todo esto es que no estamos hablando de Jessis, Jenis y Yolis, sino de personas con inteligencia contrastada, cerebro bien amoblado, estudios universitarios brillantemente completados y una vida laboral prometedora con sólo 26 años; ellos serán unos cabrones, pero, francamente, en este asunto ellas muy listas tampoco están demostrando ser. O sea, que no entiendo nada. Y si la actitud de la primera me parece entrañable pero estúpidamente romántica, la de la segunda es la perseverancia en la ilógica creencia de que “conmigo será distinto” y “yo le haré cambiar”. Pero a quien me cuesta más entender es a la tercera, enrocada en una relación que fracasó porque la pareja, según X, tenía la madurez de una ameba; a pesar de todo, ella sigue disponible siempre que el imbécil la llama; lo que no comprendo es que ella actúa como si no tuviera alternativa, como si fuese el único hombre que tendrá en su vida, cuando no es absoluto así. O no lo sería si ella quisiera. Evidentemente, con esta perspectiva, habría estado muy ocupado para irme de acampada con ellas y ellos en San Juan aunque no hubiera tenido nada que hacer, pues una cosa es ser el mayor de un grupo y otra muy distinta es tener que ejercer de abuelo…

A todo ello, Natasha llega mañana a Barcelona; X me ha dejado bastante claro -lo ha escrito en mayúsculas sobre mi nevera- que no quiere conocerla y que si me voy a cenar con “la bailarina” (así la llama) que no me tome la molestia de llamarla en una semana. La verdad, no entiendo nada, pero supongo que eso entra dentro de lo esperable.

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X en Biluba

Llegamos el jueves cuando anochecía. Biluba, como buen pueblo que pretende ser turístico, tiene más casas que habitantes y nos recibió con la más inhóspita de sus imágenes, con las moles de los edificios aún más mastodónticas a la luz de las lámparas de sodio, las cortinas echadas, las persianas bajadas, los porticones cerrados. Una ciudad fantasma, sin luces ni ruidos.

-Smaug, Ancalagón. Os presento a X -Siempre he querido hacer una entrada triunfal; nadie sabía que X me acompañaría, ni siquiera sabían que existía X; en la Guerra de los Cien Años que es mi relación con mis padres es la primera vez que llevo la iniciativa en una batalla, convertí el Jueves de Tinieblas en mi día de San Crispín; incluso el nieto de mis padres, el caprichoso y malcriado yorkshire, la recibió juguetón y no a ladridos. 

Mi padre fue el primero en recuperarse y murmurar de soslayo un
-¿Cómo dices que se llama?
-X
-¿Y eso cómo es en español?
-X
-Tócate los cojones. ¿Otra extranjera? ¿Tú también como tu hermana? ¿Quién me mandaría a mí tener hijos tan raros?
-Papá, en la medida de lo posible, intenta no parecerte a Homer Simpson.

Mi madre, guardiana de la casa-museo, estaba completamente desubicada. ¿Cómo había podido ser tan desconsiderado de llevar a una desconocida a casa sin avisarla? No había hecho la compra (cuando dije que la creía mentimos los dos), no tenía nada en casa (salvo una despensa preparada para un invierno nuclear), estaba todo desordenado (mi padre había dejado el abrigo sobre la silla), no había preparado la habitación de invitados…
-¿Perdón? -interrumpí -¿Estoy en la casa de los Alcántara?
-Bueno, no vais a dormir juntos… cuando viene tu hermana y Jacques tampoco duermen juntos.
-Que les prepares habitaciones distintas no quiere decir que las usen.
-¿Te crees que soy tonta? Ya lo sé. Es tu padre, que es más verde que una lechuga con todo, menos cuando se trata de su hijita. Y si con ellos hacemos como que no sabemos nada, con vosotros también. Además, no la conocemos a… ¿cómo dices que se llama?
-X. Pero yo sí la conozco. En el sentido bíblico también.
-No me gusta que uses la Biblia para hacer chistes. ¿Qué estás tachando en esa libreta?
-Las frases que he adivinado que ibas a decir.
-No me gusta lo cínico que te estás volviendo.
-Ésa también estaba.

Nadie me escucha. X insistió en dar un paseo por Biluba para hacerse una idea de mi ‘lado oscuro’, por más que quise hacerle entender que era una mala idea. Semana Santa empieza el Viernes; los días anteriores, es como si no exitieran, sólo el soplar del viento y rodar de matojos como en un Western: las diez de la noche, por las calles no quedaban ni los gatos; tan solo el foro de Davos, tambaleándose hacia sus casas. El foro de Davos son dos borrachos titulares que cada tarde se reúnen para unos delirantes debates sobre economía, bolsa e inversiones en medio de una atenta parroquia que, de tanto disimular las risas con toses, parece asamblea de tísicos.

-¿Esto está siempre tan … ?
-¿Muerto? Sí, casi siempre. Menos cuando está abarrotado
-Quería decir tranquilo. No me lo imagino abarrotado, la verdad… Es tétrico.
-Qué mejor lugar para celebrar oficios de Tinieblas, entonces. Sí, se abarrota, pero eso no quiere decir que a los aborígenes les entren prisas.


-Ya he visto que tienen otro ritmo…
-Ya irás viendo otras peculiaridades… En este pueblo, Kafka sería costumbrista. ¿Vamos yendo al restaurante?
-Parecía que a tu madre no le hacía mucha gracia cenar fuera…
-Bueno, está siguiendo una dieta muy dura y no puede comer muchas cosas; además, le parece que estemos celebrando algo, y eso es del todo inapropiado para un Jueves Santo…
-Yo sólo lo he sugerido para que no tuviese que cocinar…
-Ya lo sé, amor. Pero ella es así, no le hagas mucho caso… Estas son de esas fechas en que ‘No está el horno para bollos’.
-¿El horno para bollos?
-El motivo para no hacer fiestas, ni celebrar muchas cosas, para que casi todo estuviese prohibido o mal visto o fuese inoportuno… era que ‘no estaba el horno para bollos’… Tanto tiempo pasó sin estar ‘el horno para bollos’, que me pregunté si alguna vez habíamos tenido horno. Ya hemos llegado. ¿Preparada para el Tercer Grado?
-¿Les cuento que nos conocimos en un bar tomando copas y que ya pasé esa noche contigo?
-A mi padre le haría mucha ilusión que se lo dijeses; sigue creyendo que soy gay… y mi madre… bueno, ella entendería por ‘pasar la noche’ que estuvimos jugando a cartas o al dominó.
-No creo que sea tonta…
-Es lo que querría entender y es, por tanto, lo que entendería… En fin, ánimo y al toro.
-Jajajaja! No seas trágico.

Un restaurante pequeño, apenas diez mesas, y sólo una ocupada, la nuestra. Es muy difícil cambiar una mentalidad, y en esas montañas descreídas y librepensadoras se observa un respeto casi patológico por la muerte de un Dios. La crema de setas, especialidad de la casa, con un xarel·lo de Cantallops bajaron sin mayores problemas, pero la tragedia se mascaba. Casi podía oír todos los pensamientos que a mi madre se le estaban ocurriendo; de un momento a otro, empezaría el interrogatorio. Y fue mientras nos decantaban el Jumilla para el lechal.
-Entonces, ¿en qué trabajas?
-No trabajo aún. Estoy acabando la carrera.
-Uy, qué joven eres! -al acabar de decir esto, mi madre se puso roja, X también; mi padre estalló en una sonora carcajada y yo saqué el reloj del bolsillo:
-Una hora, mamá. El subconsciente te ha traicionado en un tiempo récord. X, has batido la marca de Jacques, y eso parecía imposible.
-Bueno… yo… quería decir que… no es eso…
-Déjalo, Smaug -terció mi padre medio atragantado de la risa-, no lo arregles más. Después yo soy el metepatas de la familia…

**************************
-Debería haber contado que nos conocimos en un bar. Y que soy una amante excepcional. Ya puestos a estar en la picota, al menos moriremos matando. ¿Y tú has sobrevivido aquí? ¿Cuántos años?

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Víctima de la Ley de Murphy

Si algo puede ir mal, saldrá mal (Ley de Murphy)

Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible. (Ley de Finagle sobre la Negatividad Dinámica)

Estos tipos son unos optimistas (Corolario de Theo)

Tácitamente se infiere que los solteros, por no tener vida familiar, no tenemos vida. O quizá es que los casados quieren arrebatarnos el derecho a disfrutar de ella, vengándose en nostros del error que ellos cometieron. No suelo hacer planes, porque a mí que estoy soltero no me importará ir la semana que viene a Rumanía, a ver unos solares, con los gastos pagados, claro. Y como estoy soltero, tampoco me importará que la reunión se alargue hasta las diez de la noche, o que los casados con los que he quedado no aparezcan ni den señales porque ellos tienen familia. La última discusión con mis dragones fue por el mismo motivo.

Así pues, se acercaba Semana Santa y no tenía planes. De hecho, ando tan despistado estos meses que, cuando me pasaron el calendario laboral para el 2009, además de sorprenderme de que alcanzara más allá de junio, tuve que preguntar porqué nos daban cinco días libres en abril. Supuse que aprovecharía esos días para patear caminos y mapear la geografía de mi tesis, o para ponerme al día con un par de lecturas y una relectura. Y, por supuesto, enviar al infierno mi dieta y presupuesto con cenas y ágapes con mis amigos de Macondo. Cuando ya hube marcado los objetivos andarines y reservado las lecturas, empezaron a multplicárseme los planes -y los peces, y es que está siendo un más bastante asqueroso.

Cuando el técnico de cierta marca que no citaré por no hacerle publicidad me llamó para decirme que no había recambios y que no había nada que hacer, que tendría que comprarme una nevera nueva, consideré que era hora de cumplir con  la eternamente postergada visita a San Petersburgo que debo a unos amigos, a su dúplex de trompotocientos metros cuadrados en el canal de Fontanka

y cuyas fotos me hicieron salivar como el perro de Pavlov. Unos 120 euros ida y vuelta con una compañía de cierta solvencia, que por menos de 100 Jordanian Airlines me llevaba, pero no estoy por la labor, así que por primera vez hice algo impulsivo y lo compré. Me dolían menos que los cuatrocientos de la nevera que estaba perfectamente hasta que el técnico tocó no sé qué para descongelarla.

-Hola, Theo -me llamaba mi amigo cuando el billete se estaba imprimiendo-. ¿Te importaría venir otro día? Mi empresa me paga dos semanas en Tailandia con mi mujer para esas fechas…

-No te preocupes, no pasa nada. Pero ir a Tailandia con tu mujer suena a visitar Islandia y llevarse un bacalao…

-Sí, la verdad es que sí. ¿De veras no te importa? ¿No habías comprado aún el billete?.

-No, iba a hacerlo ahora -mentí. Llevo una semana intentando anular el pasaje y que me devuelvan el dinero; no es que sea demasiado, pero prefiero invertirlo en una cena con X que regalarlo a un desconocido, aunque me temo que más sano será darlo por perdido.

Mientras sopesaba la opción B, visitar a mi hermana, X me reprochaba no haberlas acompañado, a ella y sus amigas, a su viaje por la Patagonia. Justo lo que necesitan mis nervios, dos semanas con cuatro locas de tiendas de campaña, refugios y ni un desayuno ni una ducha decentes… Creo que a X no le ha hecho mucha gracia mi observación, o quizá el teléfono se ha cortado accidentalmente.

Esta mañana, después de dos meses sin noticias, recibo otra llamada. Esta vez es el informático que, desde hace dos meses, está intentando averiguar qué le pasa a mi portátil -más bien mi portable, pues un armatoste de 17 pulgadas no es muy manjeable para andar con él arriba y abajo- o bien pidiendo una pantalla, o la pieza que conecta a la pantalla, o torneando en cerezo teclas nuevas, qué sé yo. No sé si los duendes que lo manejan se han suicidado o si ACER incorpora mecanismos de autodestrucción a los cuatro años o si me ha mirada un tuerto, el resultado es el mismo, que intentará recuperar mis datos -por los anillos de los Siete Príncipes del Sacro Colegio que si no lo hace he de verle colgando de salva sea la parte-, pero que no hay nada que hacer, pero que por 1800 euros puedo encontrar un nuevo portable, este de 19″…

Con calma, he salido al jardín, he encendido un Edmundo, lo he paladeado durante una hora y he vuelto al trabajo, a revisar qué geografías de mi tesis delimitaré esta Semana Santa y qué lecturas quiero adelantar. No sin antes jurar y perjurar en arameo que no volveré a hacer planes con más de tres días de antelación.

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De Reencarnatione Animae

 Uno de los amigos más jóvenes que tengo en Vetera, de esos que todavía no tienen hijas en edad para querer presentarme -siempre he sido el novio ideal para las madres-, lleva por nombre desde que lo conozco Caín. Rayos, con esta capacidad para esgrimir como un Scaramouge la quijada de asno contra todo lo políticamente correcto, contra lo que no es ni frío ni caliente, sino simplemente tibio (“y como tibio que eres estoy por vomitarte de mi boca”, Apocalipsis, 3, 16), no podía venirle otro nombre tan bien como el del hijo más honrado e interesante de ese matrimonio de conveniencia entre dos pequeños burgueses que jamás habían dado un palo al agua hasta que su padre se hartó de verles haraganear y les echó a buscarse la vida con una hipoteca en forma de manzana. 

Apasionado lector de Jodorovsky -nadie es perfecto-, se enzarza con X en sesudos debates de pseudociencia que me tienen tostado. Últimamente, el tema estrella, superado lo de las virtudes taumatúrgicas de no sé qué campesina boliviana, es el maldito asunto de las reencarnacines. Desde un punto de vista de estricto análisis del fenómeno religioso, puedo conceder que, de un modo u otro, casi todas las religiones contemplan la reencarnación. Unas, como una migración de las almas de un ser a otro, siguiendo unas pautas, unas leyes; otras, sólo asumen la reencarnación cíclica de determinadas divinidades capitales en su panteón: Osiris, por ejemplo. Quizá la transubstanciación cristiana no esté muy lejos del osirismo, porque es dogma de fe católico la presencia real de Cristo durante la Eucaristía, lo que no deja de convertir a los practicantes de ese rito en una especie de teófagos (término que acuñó Ambrose Bierce, El diccionario del diablo).

Esto, que podría dar pie a interesantes conversaciones sobre folklore religioso, sobre el tiempo cíclico de los mitos frente al tiempo lineal de la realidad, pasa a aburrirme sobremanera cuando se disfraza con atavíos científico sde manos de Brian Weiss, y cuando se aposienta la charla en las consabidas regresiones, se me hincha preocupantemente una vena en la sien. Nietzsche, como epílogo de su El Anticristo, promulgó siete artículos de una “Ley contra el cristianismo”, en cuyo artículo segundo se declara

ARTÍCULO SEGUNDO: Toda participación en un servicio divino es un atentado contra la moralidad pública. Se será más duro contra los protestantes que contra los católicos, más duro contra los protestantes liberales que contra los protestantes ortodoxos. Lo que hay de criminal en el ser cristiano crece en la medida en que uno se aproxima a la ciencia. El criminal de los criminales es, por consiguiente, el filósofo.

Dios, ¡qué diría el pobre filólogo que nunca pudo ser filósofo si descubre que un científico anda de gurú por la vida, cambiando la bata blanca y las camisas de cuello duro por vaporosas túnicas y collares de cuentas como un chamán altaico o un pocholo ibicenco! Por cierto, ¿habéis oído al doctor Weiss? ¡Parece Troy Macloure! Un híbrido entre charlatán dispensador de tónicos curalotodo y vendedor de coches de segunda mano…

Pero, ¡vaya si ha vendido bien esa moto que no anda de las regresiones! Porque no creo que no haya nadie que, como mínimo, no haya oído hablar del tema, cuando no practicado. Conocí unas chicas tan obsesionadas con el tema que dejaron de hablarme porque en otra vida les hice no sé qué cosa terrible y no se fiaban de mí en esta. Cuando lo escuchaba, no sabía si reírme, llorar o si pedir ayuda urgente a un servicio de loqueros 24 horas.

La cuestión está en que casi todos hemos sido en vidas pasadas Cleopatra, Alejandro, Napoleón, maretrices sagradas en el templo de Ishtar, gladiadores célebres en las arenas del Circo Máximo cuando reinaba el divino Tiberio o esclavos poderosos de algún noble depravado o un templo ignoto… Creo que debería hacernos sospechar cuando nadie ha conducido la carruca por los duros suelos de Normandía, ni se dejó la espalda segando con la hoz los fundi de un patricio con otros cientos esclavos más del rebaño rural; o las manos son callos de hilar en la rueca y haber enterrado a más hijos de los que le han sobrevivido, ni siquiera massai por la sabana de Kenya… Todos son vikingos, pero ninguno galeote y, si alguno lo fue, se debió a tan tremebundas causas que serían argumento para una secuela espectacular de Ben-Hur; quien más quien menos, ha sido princesa o dama de compañía de un castillo que jamás recuerda ni incómodo ni maloliente ni frío ni húmedo, solazada por los cantos de trobadores que, oh curioso, sólo a ella miraban platónicamente, sin andar buscando bajo las enaguas y los refajos la recompensa a tanto acorde… y ellos cabalgaron en las huestes de Gengis Khan, asolaron con Atila la llanura Panonia o se enfrentaron acorazados en Hastings, pero ninguno blandió el martillo que forjó los cientos de miles de espadas que han quebrado a lo largo de tantas violentas reencarnaciones… Normalmente, funcionan como un mecanismo de compensación, y el que no llega a fin de mes, o le tiene asfixiado la hipoteca fue otrora un rico mercader florentino emparentado con los Médicis, cuando no el propio Lorenzo el Magnífico; el que morirá soltero -y virgen- resultó ser Casanova, y la que dejó de estudiar en segundo de carrera se descubre como Madame Curie.

¡Rayos! con el debido atrezzo (velas, incienso, alcohol, promesa de sexo) hasta yo he sido un general de la Wehrmacht enfrentado al Führer, suicidado en las llanuras polacas, o el efebo de un duque aquitano o el violín de Paganini, si se tercia… será por alcohol… Pero en realidad, como Jacques Brel, soy tan arrogante que sé que, si me reencarnase, sería en mí mismo!

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