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Archive for the ‘sociedad’ Category

Salía ayer por la mañana -tan calurosa a las ocho y media que decidí desanudarme la corbata- por el portal en mi estado catatónico de siempre cuando me encontré con el primero de estos carteles pegado en el lindar de mi edificio.

y los siguientes en los lindares vecinos, de modo que besos iban acompasando mis pasos. Me ha desperezado de golpe lo inesperado de encontrarme en la conservadora y aldeana Vetera coletazos de la campaña contra la discrimación sexual que la Conselleria d’Acció Social i Ciutadana de la Generalitat emprendió con motivo del Día del Orgullo Gay (28 de junio); por un momento -ensoñaciones antes del segundo café- pensé en que ya no estaba en la Cataluña rural, sino en la cosmpolita y tolerante. Pau, un amigo andrógino bastante más femenino que muchas chicas que conozco pero que en Vetera mide tanto pasos, palabras y gestos que pasaría por leñador, dice que los armarios de la villa son como Alcatraz, no ha salido nadie.

No podía durar mucho la anomalía. Esta mañana estaban todos los carteles arrancados y susituidos por la imagen fotocopiada en papel rosa de un Cristo sacado de una estampa horrorosa

Os aseguro que la impresión ha sido fuerte y me he despejado de golpe. Sinceramente, prefiero ver imágenes de besos que de un Dios torturado.

Como yo no me entero de las fiestas locales, el repique de campanas de ayer debió ser la respuesta de las fuerzas vivas al grito de Vía fora! que algún indignado ciudadano desempolvó, porque el somatén salió y no dejó cartel vivo. Toda Vetera está plagada de las horribles fotocopias, en rosa, naranja…

Hoy no me apetece empantanarme en el debate de si el cristianismo es necesariamente homófobo o si, por el contrario, no es más que una herencia cultural judía. Me gustaría poder hacer mía la reflexión de un monje octogenario que nos rechazaba como absurdo que un Dios de amor impida a sus criaturas la posibilidad de amar, que cree seres humanos con mayores restricciones morales que otros sin más razón que su condición natural.

Es habitual que los más vociferantes contra los integrismos ajenos militen furiosamente en somatenes cristianos. De hecho, la palabra ‘integrista’ no se refiere en origen al Islam, sino que fue acuñada por el catolicismo más recalcitrante del siglo XIX para autoafirmarse políticamente desde el tradicionalismo contra las opciones conservadoras del anatemizado régimen parlamentario. Se definían como ‘católicos íntegros’ frente a los ‘mestizos’ y, ante lo que consideran una ofensiva laicista, su intención era integrar nuevamente la religión en la política. Aunque os suene a dejà vu, esto son los debates de Ramón de Nocedal y su Partido Católico Nacional desde 1888, no os estoy copiando la hoja diocesana de esta semana del arzobispado de Madrid, palabra de ex monaguillo.

Sinceramente, me da bastante pena que la vida de ciertas personas sea tan trista y amargada que no soporten la visión de un beso y quieran que el resto vivamos es misma no vida, que el resto vivamos su muerte. Los que se llenan la boca sobre ‘cultura de la muerte’ son los más empeñados en negar la vida con todas sus facetas. En desagravio por la vida, intentaré hoy besar a quien se deje (espero que sea X), y os invito a lo mismo.

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El poeta Ángel González (1925-2008) publicó en 1962 el libro Grado elemental, en el que está el poema Introducción a las fábulas para animales

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero, y perdonad la petulancia,
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejá atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal
ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente?
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.

poema que viene como anillo al dedo en estos meses, cuando se van celebrando, pueblo a pueblo, villa a villa las fiestas veraniegas, a menudo aderezadas con cualquier suerte taurina. Aunque no milito entre los antitaurinos furibundos, no hallaréis mi firma en manifiesto alguno para proteger las corridas de toros de la severa reglamentación e incluso prohibición que en algunos lugares -Cataluña, por ejemplo- se cierne sobre ellas. El hecho de que un espectáculo digno de Calígula o Cómodo sea denominado ‘fiesta nacional’ dice mucho de la barbarie hispana. Y con todo, son casi un ballet infantil si se las compara con lo que los aborígenes perpetran por esos pueblos donde Cristo perdió la alpargata y no volvió a buscarlas. Porque si las corridas de toros son bárbaras, lo que en algunos pueblos, villas y ciudades hacen, parapetados en la tradición, con los animales debería tipificarse como delito con agravantes. Como ciudadanos y como especie es una ignominia y un escándalo que miremos a otro lado. Sé que no es la brutalidad contra los animales patrimonio ibérico, basta recordar las anuales matanzas de calderones en las islas Feroe, Dinamarca,

Imagen de Matanza de calderones de Dinamarca, artículo de Mª Carmen Soria

pero no podemos esgrimir nuestro índice acusador contra foráneos cuando no solo en Dinamarca hay algo que huele a podrido.

No sé qué adjetivo usar para calificarlos, pues bárbaros y salvajes han demostrado sobradas veces mucha más humanidad que los depravados frutos de las civilizaciones más refinadas; tampoco les llamaré analfabetos, porque desde que un taxista me hizo ver que fue un analfabeto el que inventó la escritura les tengo bastante respeto. Quizá, como sugiere el poema de González, la calificación que mejor los defina sea la de ‘humanos en estado puro’.

Los hijos de siete padres que aprovechan los festejos populares para sacudirse el barniz de civilización con que se pretende simular el hedor de siglos de embrutecimiento se sirven de un término tan ambiguo y maleable como ‘tradición’. No me es argumento válido, pues hay “tradiciones que más honra perder que conservar”, como dijera Shakespeare (Hamlet, act I, escena IV), y como hemos perdido la tradición de celebrar las coronaciones regias con un auto de fe y la quema de unos cuantos herejes, también podemos perfectamente perder otras tradiciones sin que fuera menoscabo de hombría ni de patria. Y más aún cuando para alguna de ellas aún está vivo el que la inventó, como el tan pintoresco y colorista arrojar la cabra desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa (Zamora), cafrada iniciada un día de San Sebastián de los setenta y elevada ya a la categoría de antiquísima tradición de origen celta, íbero, sumerio o cualquier otro disparate.

El verano de las sociedades tradicionales viene enmarcado entre las festividades del solsticio (San Juan) y las de la recogida de la cosecha, a principios de septiembre (San Miguel, Virgen de la Vega…) y la barbarie estival ibérica se rige por los mismos ritmos. Así, en Coria (Cáceres), se da la bienvenida a los calores con el Toro de San Juan. morlaco al que se deja suelto por las calles de la ciudad, para que los lugareños disfruten acribillándolo a dardazos lanzados con cerbatanas

Las horas que se pasa corriendo por las calles, bajo la lluvia de dardos, acaban cuando, agotado, o bien revienta o bien alguien le descerraja un tiro en la cabeza.

La cosecha se celebra en Tordesillas (Valladolid) con festejos en honor a la Virgen de la Vega (segunda semana de septiembre), donde, inevitable ítem, el toro ocupa una parte tan central que de la Virgen ya no se acuerda ni el párroco. El animal, el Toro de la Vega, es empujado a lanzazos a atravesar el puente que lleva a la vega de la virgen, donde los lanzazos ya pueden ser mortales. El héroe local que lo abate puede hacerse con los atributos viriles del bravo para ornar su pica.

Entre una y otra fiesta, media España celebra sus vírgenes, santos y advocaciones varias con Toros Embolados

[embolado.jpg]

habituales en la Comunidad Valenciana y Aragón, toros ensogados o enmaromados

ignominia practicada desde Benavente a Amposta, con especial presencia en el Valle del Ebro o los toros al mar

En todos ellos, el agotamiento físico del animal es determinante, pues son horas y horas de intolerable hostigamiento hasta que desfallece o es sacrificado.

Es curioso constatar que muchas de estas prácticas estuvieron a punto de desaparecer en los setenta-ochenta, cuando la convergencia de este país con Europa parecía alcanzable. A partir de entonces, como símbolo de que España cada vez se aleja más de esa idea de Europa como lugar de derechos y libertades, no sólo se han recuperadolo que habría convenido perder para siempre, sino que estas aberraciones han renacido con un vigor inesperado y augurio de longevidad, vista la educación en ellas que reciben los niños , azuzadas por medios de comunicación que han hecho de lo monstruoso alimento cotidiano y norma.

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Carne de cañón

Los trenes de cercanías son un lugar interesante para hacer antropología, pero vistos los especímenes que últimamente me encuentro, tentado estoy de hacer el viaje con salacot y un rifle.

Ayer fui a Barcelona comer con unas amigas; en Martorell se subió un chico de no más de 19 años, con el móvil en la mano sonando flamenkito a todo trapo, para que el vagón en pleno de un momento melómano con Camela, Los Chunguitos o algo así. Descamisado -las normas mínimas de higiene y urbanidad son cosa del pleistoceno-, con las bermudas tan caídas que el Calvin Klein se leía perfectamente; unas Adidas doradas y un sello de oro en la mano que en la mía me obligaría a llevar el brazo en cabestrillo. Le llamaron y tardé 15 segundos en reconocer que sus monosílabos y gruñidos eran un lenguaje articulado basado en el castellano. Las adidas, el Calvin Klein, un móvil de los que las personas normales no compran por la vergüenza de tener que pagarlo a plazos… no le quitaba los ojos de encima a una noruega guapísima que se sentaba a mi lado, con una mirada tan sucia que la chica me susurró al oído: “Por favor, ¿podrías bajarte conmigo en Plaça Catalunya? ¿Puedo cogerte de la mano?”

Era mi parada, así que no era ninguna molestia. Y tampoco lo habría sido acompañarla hasta el final del trayecto, pues incluso yo me sentía preocupado. Lo que me extrañó es que, con mi suerte habitual, no me hayan visto de la mano de una desconocida doscientas amigas de X que estaban casualmente celebrando una convención en ese vagón…

A la vuelta, dos chicas, después de una trifulca con una anciana que le señaló a una de ellas que poner los pies en el asiento en que ella -la anciana- estaba sentada no acababa de ser de su agrado, tenían un interesante debate sobre la diferencia entre “un susto” y “un aviso”.

-A la Jessi un día de estos le van a dar un susto.

-Ya se lo dieron la semana pasada.

-Eso no fue un susto, eso fue un aviso

-Si te parece poco susto depertarse en Figueras -a 136 km de Barcelona- y no tener pelas ni para un hostal…

-No la habían violado, ¿verdad? Pues es un aviso. ¿Tienes pelas para canutos? Es que hasta el martes no me pagan y necesito uno para que se me vaya la mala ostia que me dejado la vieja esa…

Releía este fin de semana 1984. En un momento determinado, el protagonista, miembro del Partido Único, reflexiona sobre esos premios de lotería que, él lo sabe, en realidad nunca tocan, pero cuya publicidad ayuda a mantener el control por medio de la esperanza contra las clases más depauperadas de su sociedad. E, indefectiblemente, he empezado a pensar en ‘las loterías’ con que se engaña con falsos resplandores a los elementos más vulnerables de nuestra sociedad.

Esta semana pasada, con su baile de cifras escandalosas tanto de fichajes como de nóminas de ciertos deportistas que se autoproclaman de elite, ha ayudado a reflexionar sobre un proceso que no ha ocurrido de repente, sino que lleva operando en nuestra sociedad lenta pero implacablemente desde hace varios años, “sin que se note el cuidado, pero que se note el efecto”, en palabras del Felipe V. Se trata del proceso de lumpenización de las clases populares españolas, tanto clases bajas como medias.

El método es el mismo que en las loterías de premios fabulosos de 1984, que es dar la esperanza de poder pasar de lo más bajo a lo más alto de la escala social sin haberse formado ni haber dado un palo al agua, simplemente por medio de algo caído del cielo. Nuestras loterías son un poco más sutiles y, por ende, mucho más eficaces: deporte y reallyties.

Así, adolescentes de clases bajas y medias, espectadores de los lujos de una sociedad de consumo a la que ellos no están invitados, ven en la fama fácil el modo de conseguir dinero fácil, y ponen sus esperanzas en ser seleccionados para OT o GH o cualquier monstruosidad parecida; hace años, cuando se estaba haciendo el cásting de la segunda edición de OT, una responsable de márketing de la ETB comentó alarmada que se habían presentado 400.000 jóvenes. Desde entonces, se han multiplicado ediciones, programas y promesas.

Algunos sociólogos hablan de ‘generación polígono’: jóvenes de barrios y poblaciones de la periferia de grandes ciudades, con importantes polígonos industriales, que dejan de estudiar en cuanto pueden para poder trabajar como mano de obra no cualificada y participar de las migas de la sociedad de consumo con que les han bombardeado durante años. Al no tener ningún tipo de cualificación, son estos miembros de la generación polígono los primeros en caer en caso de crisis y, al mismo tiempo, son los más fácilmente absorbibles por la extrema derecha, pues un discurso en el que el culpable es el otro, el distinto, el inmigrante es mucho más digerible que reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones previas.

Salir en Gran Hermano, publicitar los escarceos sexuales con el famoso de medio pelo de turno,  mejor que mejor si es con términos que sonrojarían a la madame de un burdel, dar el cante de algún modo… todo vale. Vale para ellos y vale para sus progenitores, que ven en la joven promesa del universo Aída el billete para “salir de pobres”. Ya no dicen como el abuelito o el papá de Goytisolo en la deliciosa canción de Paco Ibáñez

“Trabaja, niño”. Ahora esperan que golpeen un balón o que canten o que bailen, o que tengan desparpajo, cara dura o lo que sea. Da igual. Almagra los ha definido como “los nuevos niños yunteros”, pues sin formación ni preparación de ningún tipo no les espera otro futuro que tirar de un arado, físico o metafórico. Que 16 años de educación obligatoria den como resultado a las dos chicas de la controversia entre aviso y susto o un semianalfabeto asalvajado es para preocuparse y mucho. Y es para preocuparse aún más la reflexión de hacia dónde va nuestra sociedad, con una capa cada vez más amplia cuidadosamente convertida en poco más que animales de tiro.

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¡Basta ya!

Hace una semana acabé Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer volumen de la trilogía Millenium, del sueco Stieg Larsson. Si uso este libro como introducción no es porque vaya a hacer una reseña, pues me reservaré mi opinión hasta leerme el conjunto, sino por una reflexión que hace uno de los protagonistas, Mikael Blomkvist, acerca de la prensa económica de su país. Según él, son unos traidores a su profesión, pues en lugar de investigar se dedican a ser meros voceros de las compañías, escribiendo artículos sin más información que la facilitada por industriales y financieros. Bien, pues eso mismo que Blomkvist reprocha a los periodistas económicos suecos se puede extender a los periodistas de TODOS los campos españoles y, en especial, a los deportivos. Estos ya ni son periodistas, son hagiógrafos.

La segunda venida del Mesías Florentino Pérez está colmando de sobras todas las espectativas escatológicas de su parroquia, como ya predijeron sus profetas, y a golpe de talonario se está contratando a jugadores reiterativamente definidos cada uno de ellos como “el mejor del mundo”. Un país que tuvo dos conciudadanos con el título de “el primer español astronauta” puede perfectamente tener un equipo formado por once jugadores, cada uno de los cuales sea “el mejor jugador del mundo”, pues el rigor hace tiempo que ni se practica ni se exige en esta sociedad aborregada hasta extremos que siguen sorprendiéndome pese a lo descreído que me han vuelto.

El coste del traspaso ha sido estratosférico; los contratos de los jugadores, de nueve millones de euros netos al año, no sé cómo definirlos, entre el despropósito y la ofensa. Ya sé que mi trabajo -sólo soy un simple arquitecto- no cumple la labor social de embrutecer y adormecer a la población, y que por eso no merezco ingresos de rajá; es más, por ser autor de un blog en el que se practica la funesta manía de pensar es probable que se me grave con un impuesto nuevo o que se me imponga una multa. Todo eso ya lo sé, pero si el mismo día en que medio país anda con la boca llena de millones y millones a mí me ofrecen cinco años de contrato como arquitecto de una empresa española en Shangai por 1500 euros brutos al mes, lo más normal es que acabe un poco quemado. Ni siquiera un médico está mejor pagado, pues con la morterada que cualquiera de esos tuercebotas se embolsará cada año se pagaria entre 200 y 300 neurocirujanos anualmente. Pero supongo que el país necesita más futbolistas que neurocirujanos.

Hace una semana que no puedo encender la televisión ni abrir un sólo periódico, pues la cara de todos ellos abre titulares, copa páginas centrales… ¿qué necesidad tengo yo de saber nada de todo ello? ¿Por qué no me dejan en paz? ¿Es que no hay programas específicos de deportes? ¿Por qué tienen que colonizar también las noticias con esta mamarrachada? Y que no me venga ningún iluminado a decir que son asuntos de interés público, porque a la gente le acaba interesando cualquier cosa que les vomiten los mercenarios a sueldo que se titulan periodistas, ensuciando una profesión digna. A la gente le interesa más saber si Belén Esteban se ha liado con el cuñado de la portera que la prescripción de los delitos de corrupción de los políticos. Pocos síntomas me parecen más significativos del grado de patología que padece nuestra sociedad.

Nadie, ni periodistas ni ‘opinión pública’ se pregunta de dónde ha salido el dinero para pagar esa locura. Ya no me voy a meter ni siquiera en la inmoralidad que supone pagar esos derechos y esas nóminas en los tiempos de inclemencia que padecemos, pues ya sabemos que el capital no tiene moral ni ética, pero al menos podría haber tenido algo de elegancia. Pues ni eso. Y ningún periodista ha dicho nada sobre la desvergüenza de alardear de chequera floja cuando medio país esta al borde del colapso y los comedores sociales no dan a basto para alimentar a clase media hiperendeudada.

¿De dónde ha salido el dinero para pagar los traspasos? Dicen los periódicos que han sido una serie de préstamos y avales… ¿Qué bancos han prestado ese dinero? ¿Los mismos que han cortado las líneas de crédito de las empresas y autónomos, llevando a muchas al cierre? ¿Los mismos que no conceden hipotecas y que están bloqueando las ayudas ICO? ¿Esos bancos? Ya hace un año que se corrían rumores de que Botín financiaba con 70 millones de euros el fichaje de Ronaldo, y el banco no se preocupó en desmentirlo. Como ciudadano, exijo saber quién ha colaborado con esa locura y desmesura, porque no quiero tener nada que ver con una entidad o varias que consideren más importante agenciarse un balón de oro que dar un balón de oxígeno a la sociedad que los enriqueció.

Si no somos capaces de preguntarnos nada de todo esto, si nos da igual, si nos importa un bledo que el aval de la operación esconda negociaciones sedretas para otro pelotazo urbanístico bajo el paraguas de Aguirre y Gallardón… nos merecemos todo lo que nos pase, y todo será poco. Si no podemos dar un golpe en la mesa y exigir que dejen de reírse de nosotros, faltará poco para que nos unzan un arado, pues no somos sino bueyes, toros castrados.

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Si en los próximos días veis en las noticias a un tipo con traje negro y reloj de bolsillo que sale tranquilamente esposado del Ayuntamiento de Vetera, tras haberla emprendido a sablazos con los servicios técnicos hasta cometer el mayor asesinato en masa desde que Himmler le dijo a Hitler “ya verás qué risas con esto del gas”… que sepáis que ese soy yo. De hecho, he mandado ya a la tintorería el traje de raya diplomática, porque las rayas adelgazan y así no me veré tan gordo en la pantalla; lo que todavía no sé es si afilar el sable o disfrutar al torturarles con una hoja mellada.

Hace pocas semanas se produjo una hecatombe política en Vetera, cuando treinta años de partido único llegaron a su fin; para ello, ha sido necesario la alianza más insólita entre el centro derecha nacionalista, ERC y los antisistema de la CUP; de hecho, la CUP ha logrado que ERC parezca una blanda congregación de monjas bernardas menopáusicas. El PP, que en esta película pinta menos que Gollum en la Guerra de las Galaxias, se limita a dar saltitos para lograr salir en la foto.

Tanto bombo y platillo, portadas, titulares y columnas ha ocupado desde que sólo era un rumor el cambio electoral en La voz de Hobbiton, boletín oficioso de la comarca, que incluso el más escéptico pudo caer en la tentación momentánea de creer que algo cambiaría. Para bien o para mal, pero que algo iba a cambiar.

La ingenuidad es un delito que acarrea su propio castigo, la inevitable decepción. Cuando la moción de censura había pasado de murmullo bisbiseado entre connaisseurs a rumor verosímil, Elías, Ernest y yo, los últimos supervivientes de la Oficina Técnica nos relamíamos con la esperanza de ver rodar ciertas cabezas de cuya incompetencia o corrupción hemos sido víctimas hasta casi la asfixia. Uno de ellos era el responsable de Vía Pública, cargo de confianza del antiguo munícipe, entre cuyos logros está haber consensuado una unánime descalificación a su gestión. Así, por ejemplo, su reordenación del tráfico en el centro de Vetera y su nuevo plano de direcciones de circulación, mereció la siguiente observación de otra de sus víctimas:

-Si al que ha hecho esto no le faltó aire al nacer es que es un sicópata.

Este tipejo es el que alumbró la gran ocurrencia de que cualquier imprevisto debía notificarse con seis días laborales de anticipación para solicitar una prórroga de ocupación de vía pública. ‘Imprevisto’ es uno de los conceptos que no tiene muy claros. Como comprenderéis, era un placer que aliviaba cualquier fatiga del espíritu imaginar en la puta calle al que había convertido en una ginkana obtener el más nimio permiso y nuestro trabajo en una sádica carrera de obstáculos. Porque en Vetera todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros, y la medida que a nosotros se nos tomaba con pie de rey a otros se tomaba con palmos, o ni se tomaba. Tanta era nuestra alegría de pensarlo cesante que planteamos al director de la empresa contratarlo un mes a nuestra costa para rematar la venganza.

No pudo ser. El equipo saliente decidió premiar los servicios prestados concediendo patentes de corso en forma de canongías vitalicias. Así que ahora suponemos que los entrantes pondrán a otro ‘de los suyos’ en Vía Pública y mantendrán en su puesto, sin responsabilidad pero con sueldo, al transmutado en funcionario. Dos perfectos incompetentes para un único puesto cuyo labor, a la postre, desempeñará un tercero.

Otra de cuyas cabezas querría pasear en el extremo de una pica, como en los buenos viejos tiempos de la Revolución Francesa, es la de la que lleva, por llamarlo de algún modo, el área de urbanismo, individua conocida en nuestra Oficina Técnica con el témino matemático Épsilon, por pequeña y despreciable, responsable directa de que en esta semana aún no haya escrito una línea, secuestrado en su despacho intentando lo más difícil, que es explicar lo evidente. Como que una línea residual de un topográfico antiguo indica una construcción inexistente, y no una alineación:

-Es que esta alineación no es correcta.

-No es una alineación. La alineación está señalada en color azul, como dice la leyenda. Es una línea del topográfico.

-Bueno, pero esta alineación no es correcta.

A la quinta vez que se repetía la tautología, empecé a sopesar sustituir el diálogo socrático como método de razonamiento por el menos sutil estrellarle la cabeza contra la mesa hasta tallar con su jeta granujienta un altorrelieve en la caoba. Durante dos años, Épsilon retrasó la aprobación de la urbanización de una calle con las más peregrinas excusas, como que la marca de farolas no era la que ella había pensado para esa calle; al principio creí que era simplemente imbécil, pero ni siquiera un funcionario municipal lo puede ser tanto, así que no me ha quedado más remedio que, con el tiempo y viendo las consecuencias de sus actos, concluir que no sólo la estupidez engrasa su labor profesional.

Dos días para explicarle un Plan Parcial. Dos días para intentar hacerle entender que las previsiones del Plan Municipal han sido superadas por legislación posterior, que por mí mejor si no hubiese que aplicarlas, pero Épsilon que no, que si el Plan Municipal dice una cosa, hay que aplicar eso… Cuando mis nervios alterados estaban a punto de hacerme protagonizar el España directo de hoy, una llamada urgente ha salvado a Épsilon.

Mientras esperaba su regreso, he echado un vistazo: el nuevo organigrama del Departamento, con un nuevo capo di capos, una pequeña circular con las prioridades -políticas- en materia urbanística… ; miro el reloj y veo que son ya la una y media: Épsilon no vuelve hasta mañana. Todo nuevo para que todo siga igual.

Al salir, el único político que conozco de Vetera me lanza un impreciso:

-Theo, tenemos que comer juntos un día.

-Que sea en un lugar discreto, que yo aún tengo fama de honrado.

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En 1996, la UNESCO declaró el 23 de abril como Día Internacional del Libro, idea que había nacido en Barcelona a principios del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel Andrés propuso en la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, de la que era miembro, crear un “Día del Libro Español”. La iniciativa fue sancionada por Alfonso XIII en 1926, primero para celebrarla el 7 de octubre, fecha en que se suponía nació Cervantes, y en 1930 se trasladó al 23 de abril para pero toda España, pero sólo en Cataluña arraigó, por coincidir con la Diada de Sant Jordi. O quizá porque era surrealista celebrar una fiesta del libro en un país que en 1910 tenía una tasa de analfabetismo del 59,35% (LUZURIAGA, El analfabetismo en España, Madrid, 1919).

La fecha se escogió por se una efeméride literaria recurrente, pues en ella encajan o se hacen encajar muertes y nacimientos de escritores, pues Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso murieron el 23 de abril de 1616. Bueno, más o menos, que Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, y el de Stradford murió el 23 de abril según calendario juliano, que correponde al 3 de mayo del gregoriano, vigente ya en la España que enterró a Cervantes y se olvidó de él. William Wordsworth (1850), Alejo Carpentier (1980) y Josep Pla (1981) también creyeron que era una buena fecha para que el carpintero les hiciera de sastre. Es más, viendo la nómina de poetas, dramaturgos, novelistas y demás que murieron un 23 de abril, creo que si me dedicara a las letras en lugar de andar de fiesta hoy estaría en casa escondido arreglando mis asuntos por si la Parca decidiera venir de visita.

España es un país peculiar, no me cansaré de decirlo, y nuestra prensa es espejo de lo que somos -y Espe jode lo que somos, pero eso es otra historia-, un país de esquizofrénicos, pues sólo nosotros seríamos capaces de convertir la Fiesta de las Letras en un Baile de Cifras. Así, ni siquiera en el único día de entre 365 que está dedicado a la literatura se hablará de literatura, sino de libros vendidos, del libro más vendido, del menos vendido, quién tenía la cola más larga esperando para que le firmaran el libro… Estadísiticas, cuadros, gráficos. Cifras, cifras y cifras para el eterno debate ibérico de quién la tiene más larga, quién mea más lejos. Dos minutos para ventilar el premio Cervantes que, como de costumbre, recaerá en un autor de cuya imprescindible obra el periodista que lo reseña no podría citar un solo título sin ayuda -haberla leído ya sería para dedicarle una calle al milagro-, dubitativo incluso en la ortografía de su apellido.

 Todo esta catarata de números, de comparativas, de diagramas… este minucioso recolectar todas las anécdotas posibles, mejor cuanto más absurda sea por lo alejada de la cuestión literaria, no son sino fuegos de artificio con que enmascarar la triste realidad: que seguimos siendo una panda de analfabetos funcionales. Pero, como Fray Gerundio de Campazas, alias ‘Zotes’, “que no sabía leer y ya sabía predicar”, no haber leído nada no nos impide ponernos a escribir. Pues como me advertía hace unos años una amiga, asistente de dirección en una editorial no del todo desconocida, “si todo el que escribe un libro en España, leyera un libro, la industria editorial sería más rentable que el tráfico de armas”.

Convocado un Sandedrín de futurólogos -conociendo los criterios con que se mueven nuestras televisiones, lo supongo antes formado por Aramis Fuster, Paco Porras y Rappel que por críticos y agentes literarios-, parece que el augurio para la soleada, al menos en Vetera, jornada literaria es que el segundo volumen de la trilogía “Millenium”, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, del sueco Stieg Larsson, se alce con la mediática cabecera de la lista de ventas. No puede decirnos nada ni de este libro de ni su predecesor, Los hombres que no amaban a las mujeres, pues me he impuesto no leer ninguna trilogía más mientras no estén los tres volúmenes publicados.

Aunque todos los días son para mí el Día del Libro, como para los enamorados siempre es su día, no estará de más que dejé de lado mi snobismo para mencionar el último libro que he leído. ¡No huyáis todavía, por favor, que no tiene nada que ver con los sistemas de filiación protogermánicos en la antroponimia altomedieval!

El libro es la novela La carretera, de Cormac McCarthy, libro que me aconsejaron desde el blog Aterrizaje-forzoso.blogspot.com, y que podéis encontrar analizado allí y reseñado aquí, de donde saco la imagen de la portada, que es por cierto también la de mi edición.

El autor ha tallado con frases breves un desolador camino hacia un sur que a veces parece inexistente. Cada palabra es un golpe de cincel para una obra tan sólida que pesa como una losa al acabarla, incluso pese a un final que podría ser cuestionable.

Pero no añadiré más, pues la novela merece que se hable de ella en un post específico, y no para rellenar otro o como concesión a una fecha. Como despedida, hoy no podía menos que hacerlo con un fragmento del Llibre Vermell de Montserrat, en su interpretación por Jordi Savall.

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Redes sociales

Sin haber llegado aún a los 35, a menudo me siento un Neanderthal, con una excelente capacidad craneal pero una nula adaptación al medio y, por tanto, próximo a la extinción. Llevo meses oyendo la monserga de las redes sociales sin saber a qué demonios se refieren, bien los contertulios de Punset cuando, académicamente mal vestidos, las relacionan con el comportamiento de no sé qué hormigas, bien una panda de nerds gafapasta y tardoadolescentes empeñados en parecer mayores y resultar ininteligibles. La verdad, no sé cuál  me da más grima. Así que me disculparéis si no me empantano yo en disgresiones sobre si este divertimento es símbolo de una sociedad cada vez más autista, o si indica que la gente es cada vez más social, o si somos todos una panda de cotillas cortando trajes en la plaza del pueblo.

Cansado de verme obligado a usar de vez en cuando un sintagma cuyo significado sólo intuía, decidí finalmente coger el toro por los cuernos e informarme. En mala hora fue, pues ya advertía Lovecraft que de algunas cosas es mejor no saber nada que saber un poco. Hombre de letras, fui en primer lugar a san Wikipedia a ver qué demonios era la cuestión que tan sesudos debates devanaba, y tras leer cuidadosamente la entrada que he enlazado al principio, acudí a un amigo para que me la decodificara, que la liturgia pascual en eslavón me es más accesible. Este amigo, Ferran, diskjockey de fin de semana en el Vinyes Velles, en una rápida respuesta a lo Jordi Sevilla, me dijo que para lo que yo necesitaba la definición, que me bastaba saber que eran sitios como facebook o myspace.

-Así que formo parte de una red social y no lo sabía. Esto de ser un hombre de las glaciaciones en la era digital me está desconcertando cada vez más.

-¿Tienes perfil en facebook?

-Si eso quiere decir que si me uní a eso, sí.

-Ah, pues ya te buscaré y te agrego.

-No, no me busques, que no me encontrarás, ya te buscaré yo.

En verano, unos amigos me invitaron a unirme a eso del facebook, martigala de la que no había oído hablar nunca o que sin duda había confundido con los e-books.

-¿Y esto qué demonios es? -pregunté con cierta prevención.

-Es una cosa nueva -mis amigos tampoco son Bill Gates, en general, ni académicos de la lengua-, que sirve para conectarte con los amigos.

-Para eso ya está el teléfono o el mail, ¿no?

-Sí, pero aquí también puedes colgar fotos.

-No me gustan las fotos.

-No sólo fotos, también vídeos, o buscar gente con aficiones parecidas a las tuyas…

-No acabo de entender el fin de todo esto…

-Venga, no seas soso, que es divertido.

Como he sido y soy miembro de algunos foros y grupos de internet, pensé que sería algo parecido, restringido, y me di de alta alegremente. Pero, como es habitual en mí, me guardé mucho de poner en mi perfil foto ninguna que pudiera reconocerme, que no quiero mi careto navegando libremente por la red.

A los dos días, estaba mi casilla de correo llena de solicitudes de amistad de amigos, parientes, conocidos, saludados, un tipo que se llama Bernard y pasaba por allí, gente de la que hacía veinte años que no sabía nada y maldita la necesidad que tenía de cambiar de situación, conocidos de saludados, gentecilla y cagamandurrias. Todas las luces de alarma se me encendieron cuando pretendió incluirme entre sus amigos Físico o Químico, personaje pintoresco de Biluba, neng de veintitantos sin oficio ni beneficio conocidos, conductor de un espectacular coche cuya financiación es aún motivo de controversia en la montaña, pues, como advirtió un amigo, y de ahí viene su mote, “Ya me contaréis cómo lo ha pagado, porque físico no es. Ni químico”.

Gente de todo tipo de repente me encontraba, o leía quién me escribía o qué hacía o qué sé yo, sin posibilidad alguna de controlar ni de discriminar, así que me puse como loco a revolver los entresijos del sintagma hasta localizar el absoluto anonimato, que sólo pueda verme quien ya me ve o a quien yo busque, y aún así he de padecer que alguien etiquete mi nombre en lo que le parezca mejor sin preguntarme opinión. Pero, al menos, la avalancha de solicitudes de “amigos” se ha detenido en seco, y ya es bastante.

Allí estoy, con mis cuarenta y tantos amigos, lista que aún he de expurgar de alguno que se coló y toleré por caridad pero que ya no pinta nada. Supongo que muchos usuarios de ese inmenso patio de vecinos virtual pensarán que soy un antisocial o algo así, sobre todo aquellos que parece que compiten a ver quién acumula más amigos, aunque para ello tengan que forzar el sentido de la palabra en castellano hasta poder hacer encajar en ella a auténticos desconocidos u hostiles conocidos. Como el jocoso pulso que en el programa de Buenafuente libraron Leopoldo Abadía y Eduardo Punset, que ganó de goleada el valenciano, 20.000 contra 5000 amigos. Así, Marta, la amiga que cuida de Kuragin cuando estoy fuera y que trabaja de camarera en Vinyes Velles, tiene un nómina más larga que la hoja policial de Julián Muñoz, y no todos, según ella misma reconoce entre risas, del todo recomendables, sino más bien lo contrario a veces. De hecho, Ferran, Xavi -otro amigo, con el que desfilamos por Carnestolendas en uniforme de la Wehrmacht, para escándalo de más de un veterense y de varios veteristas- y yo estamos planeando crear un grupo de Facebook, “Amigos no chungos de Marta”, grupo que será ciertamente selecto y poco numeroso. Que puede que de nuevas tecnologías esté más verde que un calabacín, pero si puedo valerme de ellas para una buena broma, soy capaz incluso de abrirme un fotolog. Bueno, tanto no, pero ya me entendéis. Son brillantes ocurrencias entre copas y habanos contra las que Marta -quien, con una discreción digna de encomio, no me ha etiquetado en ninguna de las fotos mías que ha colgado- no tiene más defensa que planear a qué torturas nos sometería las mañanas de resaca.

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