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Archive for the ‘Tv’ Category

De series históricas

Casi no veo la televisión. No es una cuestión de principios morales o de supuesta superioridad intelectual, ni tampoco medidas higiénicas o apotropaicas. Es, simplemente, un hecho. Tampoco soy un converso recién caído del caballo y que ha visto la luz de repente y que se ha impuesto esta penitencia, sino que ha sido un proceso que no sé cuándo empezó pero que ha concluido en que sólo dedico unos 45 minutos diarios a ver televisión. Tal vez empezó hace dos años; entonces yo era seguidor de CSI -evidentemente, Las Vegas; no he logrado superar la grima que me da el inexpresivo Horatio- y ni las repeticiones ni las interminables pausas de publicidad me desanimaban. Pero entonces fundamos entre tres un Club de la Pipa en el pub de Jaume; fijamos las sesiones para la noche de los lunes y CSI cayó de mi parrilla televisiva. A partir de allí, poco a poco fueron desapareciendo programas, series y películas. Lo último en desaparecer fueron las noticias y, desde entonces, vivo más feliz, no por vivir en la ignorancia, sino por no alimentar mi úlcera con la bilis que tragaría al constatar que la defunción de un cefalópodo de un acuario alemán merece mucho mayor seguimiento y tiempo de informativos que una epidemia de cólera en Haití que se ha cobrado ya más de 250 vidas.

Pero eso no quiere decir que no sepa qué ocurre al otro lado de la pantalla, por negra que dormite en mi casa. Sigo diariamante a cuatro brillantes opinadores que, con formatos y enfoques muy distintos, me permiten seguir sin mancharme el día a día de una guerra que ya no es la mía. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero al menos escucho o leo algo inteligente, y ya me basta. Desde la columna diaria “Tú y yo somos tres” en El Periódico de Ferran Monegal hasta el blog 625 ranas, de Antonio Rico, pasando por la “Visto, dicho y oído” de Bob Pop en Público y la impagable Teletulia del Arucitys, en 8 tv, sección esta que consume mis 45 minutos de televisión diarios, y los cuatro se han hecho eco de la súbita irrupción de las series históricas en las pantallas.

Esto va por hornadas. Hace unos años eran las series de investigación policial, tipo CSI y sus secuelas (NAVY et allia), después fueron los vampiros a rebufo de la trilogía, tetraología o heptalogía (¡yo qué sé!) Crepúsculo, como True Blood… En 2005, HBO decidió buscar nuevos escenarios para sus guiones, y sustituyó la ya gastadita mafia y los no menos gastados vampiros por algo paradójicamente nuevo, la historia, y allí empezó “Roma”, serie donde la espectaculara ambientación no ha logrado empequeñecer la sutiliza y los diálogos exquisitos de “Yo, Claudio”. Después, han venido Los Tudor y se rumorean otras sagas.

Hace casi cuarenta años que Josep Pla dijo en una entrevista con Montserrat Roig que España es un país sin ningún rigor científico, que todo el mundo copia, aserto que podría confirmar de seguir vivo el ampurdanés si encendiera la tele -y no muriera en el intento, y es que las cadenas y productoras ibéricas son menos originales que una corbata Hermes de mercadilllo. Primero copiaron las policiales, después las series adolescentes más descerebradas o cierto modelo paranormal… todo ello con la caspa carpetovetónica que nos caracteriza. Ahora es la reinterpretación anglosajona de la historia como espectáculo la que es reinterpretada por directores y guionistas patrios; sinceramente, para echarse a temblar. Porque uno de los problemas principales es que no se está haciendo una serie histórica española, sino que se hace una adaptación de una serie anglosajona, con todos sus defectos y, desgraciadamente, con ninguna de sus virtudes, porque, afrontémoslo, el regusto a Gladiator de porexpan no nos lo quitamos ni con lingotazos de Hendrix.

Me apasiona la historia, ya lo sabéis y por lo mismo que aborrezco la novela histórica (en general, porque Guerra y Paz o El nombre de la rosa están entre mis lecturas favoritas), tengo más que reparos en acudir a estos trampantojos. Yo no le pido a nadie que haga películas ambientadas en Roma, el Toledo visigodo o la Viena del segundo asedio turco pero, si lo hacen, ¡al menos que traten con respeto a mis muertos! Coño, que no hace falta ser Gibbon para saber que los romanos no conocieron el estribo y que esa fue una de las causas del desastre de Adrianópolis contra los visigodos, 500 años más tarde de la época en que, teóricamente, se basa la película.

No pretendo que la serie incorpore un sesudo debate sobre los sistemas antroponímicos romanos y los métodos de filiación, pero un mínimo de documentación, de investigación, en fin, de decencia no estaría de más… Aunque quizá daría igual, porque estamos tan acostumbrados a ver a un actor español en un papel determinado que aunque George Duby resucitase para acompañar a Jacques Le Goff en la asesoría histórica de una serie medieval, y por digna de un BAFTA que fuera su interpretación, sería difícil ver en José Luis Gil a un trasunto lebaniego de Guillermo de Baskerville y no a Juan Cuesta

Por no hablar de cómo me imagino a la mitad de los actores más jóvenes haciendo de romanos con acento de Parla… Me temo que, de momento, seguiré con los originales, Roma y los Tudor.

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Pepe el Brujo

Pocas cosas son tan esclarecedoreas del nivel general (educativo, cultural, ético…) en que se mueve un país como los políticos y la televisión que tiene. Antes de seguir, esperaré unos minutos por si alguien quiere echarse a llorar.

Que en pleno debate presupuestario tenga menos cuota de pantalla  -pero mucha menos- la ministra de Economía que un individiuo que afirma haberle hecho vudú o echado mal de ojo a otro que se embolsa más de mil euros a la hora por cocear un pellejo de cuero hichado habría sido un gag desproporcionado en cualquier novela satírica, desestimado por excesivo. Pero en España, país que inventó la astracanada, la vida imita el arte.

Hace ya bastante tiempo que doy bastante poca credibilidad a las noticias de información general y ninguna a las deportivas, indistinguibles en formato, dinámica y profesionalidad de controversias tabernarias o de cualquier debate del corazón en una peluquería, pero que un personaje que se define a sí mismo como brujo profesional pueda encabezar la sección ha sido una vuelta de tuerca que ha sorprendido incluso a alguien como yo que ya se esperaba cualquier cosa de los Santos, Lamas, Lobatos, Abades y Saucas. Y cuando el freaky en cuestión

es ya tema recurrente durante dos semanas y cotizado tertuliano de plató en plató, uno empieza a buscar la puerta para saltar de este tren en marcha.

Poco esperaba de la prensa española, pero jamás que se le diera pábulo e incluso verosimilitud a semejante personaje y sus estrabóticas afirmaciones. ¿Qué será lo próximo? ¿La Bruja Lola encargada de la sección económica? ¿Sustituir a Montesdeoca y el satélite meteosat por Aramis Fuster leyendo las tripas de una gallina para predecir el tiempo? ¿Paco Porras en política vaticinando los resultados electorales con un caldo de apio en lugar de analizar encuestas a pie de urna? Bueno, estos dos últimos ejemplos no son muy buenos, que igual los brujos atinarían más en esos campos echando huesos de pollo que los que interpretan las fotos del satélite o los sondeos…

Lo último fue cuando se llevó al tiparraco en cuestión a un programa para que maldijera a la competencia, con la casualidad de que, en lugar de hundírsele la aundiencia a la víctima del maleficio, disfrutó del mejor resultado de la temporada. Y en esto que uno de nuestros periodistas -por favor, qué alguien me diga dónde diablos les dan el título, o si el ejercicio de la profesión requiere un previo suicidio masivo de neuronas- concluye sesudamente, entre asentimientos de sus contertulios:

-Esto demuestra que es un farsante.

Pero, ¿nos hemos vuelto todos locos? ¿Realmente era necesaria una demostración empírica de que todo era una inmensa tomadura de pelo? ¿En pleno siglo XXI gente que se supone con estudios se planteaba la posiblidad de buscar en conjuros maléficos y aquelarres de brujos la explicación a nada? ¿Dejamos la interpretación de las noticias económicas y políticas en manos de gente que necesitó falsacionar a lo Popper a un brujo para restarle credibilidad, como si el vudú fuera una teoría científica equiparable a, pongamos por caso, la teoría de la relatividad? Que España es un país sin ningún tipo de rigor científico ya lo percibió con claridad Josep Pla en una entrevista con Montserrat Roig allá por 1980, pero ni el socarrón y desengañado amupurdanés habría imaginado que casi 30 años después el nivel medio de la ciencia en el país sería tal que una interpretación mágico-ritual del mundo tendría audiencia, y no sólo entre rústicos e iletrados, sino entre universitarios. Y es que en está sociedad belenestebanizada la ignorancia empieza a ser de buen tono.

Insisto en que en Hendaya, la Junquera y Canfranc habría que sustituir las aduanas abandonadas por taquillas y vender entradas para este inmenso circo donde payasos, brujos y monstruos acaparan toda la atención de un público idiotizado. Pero a mí, por favor, que me indiquen por dónde se sale.

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Mi lado oscuro

A veces me acometen dudas sobre las decisiones que he tomado en mi vida, y en estos tiempos de inclemencia la sospecha de que me he equivocado en todo lo que he querido me asalta más a menudo de lo que querría. Y es entonces cuando castigo mi buen gusto con dos tazones de realidad para recordarme que, como Voltaire, “no quiero ser feliz a condición de ser imbécil”.

Cuando maldigo mi suerte por haber rechazado una militancia política que me habría asegurado poltrona, dinero y responsabilidad ninguna, es que ha llegado el momento de contextualizarme para no perder el norte, de sustituir el solomillo a la Wellington por una hamburguesa del McDonalds, la guiness por coca cola y el DVD por el TDT. Y estas son las circunstancias por las que la noche del martes en lugar de Gosford Park

(Imagen de Cartelia.net)

acabé viendo “Curso del 63”.

Ferran Monegal, crítico televisivo, en su columna de hoy de El Periódico lo califica como “Ratomaquia retro”. Yo no sé cómo etiquetar el engendro en cuestión, porque no sé si es un concurso, quien gana, quien pierde (además de mí por malgastar tiempo con eso, pudiendo ver Flashforward)… visitando la página oficial del programa en la web de A3 me tropiezo con el palabro “Docureallity”. Con un par. Creo que no hay crítico televisivo que haya acertado a calificarlo de otro modo que no sea con un resoplido y encoger los hombros.

Todo el tinglado chirría por todas partes, porque no hay quien se crea nada; los profesores no son más que caricaturas de arquetipos y sus diálogos, evidentmente guionizados, son un refrito de aquí y de allá. Por ejemplo, la conversación de la que hace de Rottenmeier de garbanzos recalentados con las mocosa que sólo sabía llorar parecía sacada de El chico y le faltó un negro de uña para acabar su alocución a lo Bruce Willis con un “bua, bua, bua, que llamen a la ambualancia“. Y el resto de profesores/actores no son mucho mejores, sino más bien todo lo contrario.

Y es que toda la recreación apesta a imitador malo de Viollet-le-Duc, aquel arquitecto del XIX que decía que “Restaurar un edificio no es mantenerlo, repararlo o rehacerlo, es restituirlo a un estado acabado que pudo no haber existido jamás en un momento determinado”. O sea, a como debería haber sido, no a como fue.

Todo en el San Severo (que de Severo tiene muy poquito) es más falso que un duro sevillano, entre otras cosas, porque sé perfectamente que  mis profesores -y yo estudié en los ochenta, no en el 63- habrían resuelto el primer atisbo de indisciplina con un capirotazo. Vamos, le sostengo yo la mirada a mis nuevo añitos a doña Teresa con la insolencia de uno de los mocosos del programa y del revés que me aventa me estorba el cielo para dar vueltas. Diez minutos más escuchando a ese desfile de cretinos y escribo al programa pidiendo que se les aplique el aborto con carácter retroactivo.

 Porque si hay algo que en todo eso no es falso son los animalicos que han puesto a dar vueltas en la jaula. Los que hayáis tenido algún contacto con la enseñanza convendréis conmigo en que, por desgracia, la ignorancia supina de la que alardean los criaturines no es absoluto ficticia y que su impermeabilidad a todo dato que apeste a conocimiento no es, ni mucho menos, excepcional. Ni tampoco sorprenderá a nadie que viva cerca de un colegio escuchar a las doncellas de este nuevo circo neoretro unas coloristas expresiones dignas de congreso de camioneros y meretrices.

Siempre según la página oficial del programa, los protagonistas de este circo, no sé si leones o payasos, tienen en torno a los 20 años, así que están ya bastante lejos de la edad escolar que pretenden representar, pero con la madurez intelectual y emocional que tienen pasan perfectamente por prepúberes de doce años. Es más, mi prima de quince, que está vegetando en segundo de primero de ESO, podría perfectamente ser su tutora. Y es que la cosa está muy malita.

La explicación a la hecatombe que representan esos veinte gasterópodos, muchos de ellos sin oficio ni beneficio pero con un excelente gusto para la ropa y la tecnología, no es un expediente X. No es necesario convocar un sesudo debate sobre la educación en España, ni recurrir a los datos de la OCDE ni al informe PISA. La verdad no está ahí fuera, sino que el mismo programa, sin querer, nos la da. Basta echar un vistazo a los progenitores de esa exposición de mantas para concluir que bastante bien han salido los angelitos.

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T5, canal de ficción

En esta época de trilogías, la mía sobre fútbol “Si no puedes con tu enemigo…”, “Basta ya”, “La liquidez discrecional de la banca” me ha consumido los nervios y la paciencia. En esta espiral de autodestrucción en la que me he embarcado fijé mi próximo objetivo en una tetralogía bufa, homenaje wagneriano en fechas próximas al festival de Bayreuth, sobre T5; mis amigos, que entendieron de inmediato que eso era una carta de suicidio neuronal, me instaron a acotar mi investigación a un solo post y reducir, por tanto, la ingesta de toxinas al mínimo.

Después de tres días siguiendo la programación de dicho canal, en la medida que mis obligaciones laborales y mi integridad intelectual me lo permitían, he llegado a la conclusión de que T5 ha alcanzado un hito en la historia de la televisión, y es que todo la programación, desde las noticias a los magazines, son los distintos programas de un inmenso canal de ficción. Es un canal temático dedicado a la ficción en distintos formatos: ficción de noticias, protagonizado por Pedro Piqueras, donde la selección de la información es esencial, ficción de deportes con Jota Jota Santos, sustituto aún en prácticas del inmenso Lobato, que ahora hace de hagiógrafo de Alonso en la Sexta… debates ficticios y entrevistas pactadas de la mano de las dos grandes divas, AR y la Campos, y el gran divo de rostro picado… telerealidad virtual, investigación imaginaria, en que los datos no importan tanto como especulación o la pura invención…

Hasta ahora, estábamos acostumbrados a ver a los actores ejerciendo en series y películas, como mucho en presentaciones, pero T5 ha dado otra vuelta de tuerca, o quizá un golpe de timón, y ha alumbrado la versión cañí del Show de Truman, mucho más económica que el original de Peter Wair, pues no ha sido necesario crear un ciudad para que los actores se muevan, sino simplemente un plató para que simulen realidades.

Amores, desamores, odios, reconciliaciones, enfados, primicias, demandas… todo es un inmenso trampantojo cuya longeva estabilidad habría sido imposible sin un genial casting de actores. Porque un genio fue el que se percató de que el tinglado abominaba de alumnos de escuela de interpretación, pues al fin y al cabo en algún momento dejan de actuar, y lo que requería era otra cosa: semiactores, una pléyade de monstruos de un único registro a partir de cuya realidad se pudiera desarrollar la ficción. Igual que en El show de Truman el pobre Truman Burbank era el único que ignoraba que era fruto de la ensoñación de un director autoproclamado Christo(f) que jugab a ser Dios y que su vida no tenía más objeto que entretener a la audiencia, también ocurre en la inmensa ficción de T5 que los más zoquetes creen que todo eso que viven de plató en plató, de programa en programa es real.

Lo que antaño fueron seres humanos, ciertamente peculiares, pero humanos al fin y al cabo, son transmutados por la alquimia de Vassile en engranajes de su inmenso show. Como Saturno devorando a sus hijos,

saturno_devorando_a_sus_hijos.jpg image by Varnitas

el inmenso show devora los hijos que ha generado y que lo mueven, primero siempre los más débiles, que apenas soportan una temporada, pero incluso los más aguerridos, como Sardà, acaban  desapareciendo. En T5 la holística queda demostrada, pues el todo es superior a sus partes, y la gran ficción puede sobrevivir a los personajes que la mueven, simplemente los sustituye sin detenerse. Show must go on. Para ello es esencial aunar la capacidad de atracción de semiactores del orbe con la producción propia.

Primero están los centros de captación de candidatos,  OT, GH, Mujeres y hombres y viceversa… que seleccionan las nuevas hornadas de semiactores que habrán de sustituir a Tamaras, Dinios, Lequios, Belenes Esteban cuando el show los haya consumido; una rigurosa criba elimina a todos los que puedan ser demasiado humanos como para dejar de ser personas y convertirse en personajes. Después, los ganadores son enviados a los ciclos de formación, tomates, montajes y demás, para acabar de pulir el único papel. Es entonces cuando ya están listos, ya se les puede soltar al mundo virtual de la gran ficción, donde sea cual sea el supuesto contenido habrán de exponer sus miserias, o las miserias del personaje, e incluso acabar de tertulianos, comentaristas y expertos.

Los primeros pasos de la ficción permanente llegaron con GH y sus cien mil hijos bastardos, cuando la vida y milagros de sus inanes concursantes coparon la parrilla televisiva, ampliándose después a padres, parientes, amigos, conocidos y saludados… pero todo esto ha sido perfeccionado hasta el extremo ahora, con amores y odios en directo, con los implicados involucrando a los semiactores de otra escena y así hasta el infinito, hasta crear lo más parecido a un eterno movimiento, sólo que circular.

Todo es una inmensa mentira, desde las retransmisiones deportivas donde da igual quién juegue y quién no, si entra el 10 aunque luzca el 12, hasta los debates moderados por la Campos o las entrevistas polémicas. Desde Mercedes Milá en papel de periodista seria o vestida de lagaterana hasta Piqueras anunciando la hecatombe de una invasión de mosquitos. Máquinas de la verdad, montajes, tomates… son sólo aspectos menores de la ficción total. La pretensión de von Musil de la novela total se ha encarnado en la T5, por fin hemos logrado el arte total. ¿Pueda la basura ser arte? Cuando la dimensión del resultado es tan descomunal sí. Arte basura, pero arte.

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Tardes y noches de domingo

Cuando, hace ya mucho tiempo, estudiábamos los a prioris kantianos en eso que se llamaba COU y que orietaba a poco más que a los exámentes de selectividad, nuestra profesora de filosofía desesperaba por explicarnos la intuición pura del tiempo como un tiempo eterno sin sucesos de ningún tipo; poco futbolero como soy, inmediatamente capté que el término del filósofo de Könningsberg definía perfectamente los domingos por la tarde. Vivir desde entonces en ciudades provincianas no ha hecho sino corroborar mi primera intuición, llegando a la conclusión de quizá la minúscula y salvaje Biluba sea la menos observante del descanso dominical… En Vetera son horas tan inhóspitas que sólo cabe esperar encontrarse con los matoos rodantes por la Rambla, al más puro estilo western

y ni siquiera cabe matar la sobremesa en el Casino, pues parecen todos agostados en sus madrigueras. El reto de cada domingo ha sido hallar cómo llenar esas horas, pues por más que me apasione el tema he sido incapaz hasta ahora de dedicarlas a la lectura sobre metalurgia del hierro en el Pirineo medieval. Podría encender la televisión, claro, pero puestos a exterminar neuronas, el consumo de cocaína por kilos sería menos pernicioso que la programación dominical.

-Ve al cine-me dirá alguien… Alguien que no sea de Vetera, claro, que en nuestra ilustre ciudad quedan dos salas cuyas butacas ya fueron tipificadas como potros de tortura por Nicolau Aymerich en su Directorium Inquisitorum, y cuyo criterio al elegir la cartelera parece obra de una adolescente o un sicópata… Antes de volver al cine en esas salas es probable que me presente a presidir el Vetera Fútbol Club.

-Pues ve al vídeo club, membrillo -dirá otro, que tampoco ha estado en Vetera, pues la oferta cinematográfica de alquiler responden perfectamente a las necesidades de una población que no cree necesario tener más de dos salas de cine y que vio cerrar la tercera hace pocos años con absoluta indiferencia.

Además, no me gusta improvisar, pues siempre que me he levantado preguntádome “¿Qué haré hoy?” he acabado eligiendo la opción equivocada. Irremediablemente. Me gusta crear unos hábitos que me sirvan de urdimbre sobre la que tramar mi tiempo; esto, evidentemente, no quiere decir que si es miércoles tenga que escuchar indefectiblemente a Mahler, ocurra lo que ocurra, pero sí que, si no hay otro plan, escucharé las Canciones del Camarada Errante mientras vacío documentos monásticos del siglo XI. 

Como tampoco es cuestión de meterse entre pecho y espalda la trilogía extendida de El Señor de los Anillos cada dos semanas, hace un mes estaba yo tan desesperado que, con un “Que sea lo que Dios quiera” encendí la tele por un canal insólito, de esos que no miro nunca, y de repente escuché una sintonía conocida, pero de mis años escolares, la de la magnífica interpretación de Joan Hickson para la Mrs Marple de la BBC

Pese a su excelente factura, prefiero al relamido Poirot, interpretado en otra serie recomendable por David Suchet

Si bien tanto Albert Finney, primero, Asesinato en el Orient Express, 1974, con un reparto impresionante,  y Peter Ustinov, después,

hicieron memorables interpretaciones para la gran pantalla del detective belga, me quedo sin ninguna duda con la serie de LWT y Granada productions.

Quizá los domingos se presten a la melancolía, y por eso los dedico desde ese descubrimiento fortuito a algo que mi sano juicio no haría, que es transitar la peligrosa senda del regreso al lugar donde uno ha sido feliz. Domingos de Detectives, se podrían titular. Pese a todo, mi insconscienta no es tan desmesurada como para regresar a Conan Doyle o a Agatha Christie, pues no creo que hayan mejorado desde mis doce años y prefiero el recuerdo feliz de la época en que los leí que la decepción inevitable con su relectura. No me detengo a calibrar su valor literario o argumental, sino simplemente a disfrutar de las sensaciones, tanto de la adaptación como de los recuerdos. Y no creo que haya crítico capaz de ponderlo.

Establecer del Domingo de Detectives ha cambiado alguno de mis costumbres, como la de comer fuera de casa, que ahora reservo al sábado. Prefiero el domingo comer con Kuragin y Freyja y empezar ya desde la mañana (bueno, desde las once de la mañana, no diré que madrugo) a preparar el atrezzo de la fiesta, pastelillos para el té de las cinco, sandwiches calientes para la cena… Las persianas bajadas, la pipa lista y ya todo puede empezar, dos capítulos de Mrs Marple por la tele, dos más de Poirot en DVD -God save FNAC- y ya son las nueve de la noche.

Si no hay otros planes, si X no quiere cenar fuera, o Lucas no viene a buscarme para dar cuenta de alguna botella de vino con Jaume en el Vinyes velles… desde hace dos semanas remato el domingo de detectives con mi favorito: Sherlock Holmes, primero un regalo que me hice por mi cumpleaños, la versión británica, de Granada Productions, con Jeremy Brett como un impagable detective y David Burke en la primera temporada y Edward Hardwicke

en las siguientes en el papel de un Watson menos estúpido que en otras adaptaciones

para acabar con mi último descubrimiento en adapatacines, una interesantísima serie soviética, anterior a la de Jeremy Brett, protagonizada por Vasili Livanov

Este es el principio de la serie, Estudio en Escarlata. Os aseguro que estoy esperando que llegue el domingo que viene para ver el siguiente episodio… ¿Se apunta alguien?

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Callejeros

Dicen que, de noche, todos los gatos son pardos, pero últimamente unos son más pardos que otros, y Marta, la camarera de Jaume en el Vinyes Velles, ya ha amenazado conque algún día llamará a Callejeros. Como últimamente ando un tanto desconectado de la televisión, no entendí el chiste que tanta gracia hizo a mi alrededor hasta que Marta me pasó este vídeo.

Si os digo que me quedé helado, mentiría. Admito que, en mi inquebrantable ingenuidad, deseaba que el programa en que se emitió ese desfile de monstruos, de actitudes tan sospechosas como el acopio de matrículas en el maletero, acabara con un tranquilizador mensaje, del tipo:

“No teman los ciudadanos, que antes de la emisión de este programa se dio copia a las Fuerzas de Seguridad del Estado para que actuaran en consecuencia. No teman, pues, encontrarse con semejante fauna por la calle, que estos cabestros ya están donde les corresponde, que es picando piedra para carreteras”

 Si de este modo esperanzador hubiera concluido la crónica del dislate, quizá habría descorchado por lo insólito un Dom Perigon, pero no fue así, como era de esperar, y es que ya pocas cosas me soprenden, y mucho menos cuando las protagoniza un tipo con plumas blanco y capucha peluda. Normalmente, cuando el Kevin de turno así ataviado anda suelto, agarrado al cuello de su Jenny, o en camaradería con algún padawan al que inicia en el uso de la Fuerza -Fuerza bruta, se entiende-, prefiero alejarme cuanto antes. Que seguro que acabo salpicado.

Que la gente es poco discreta, es un hecho. Y si un tipo como yo, con la empatía de un saco de cemento y la capacidad de observación de un topo, se dé cuenta de que hay algo extraño es que son menos sutiles que los chistes con que ser ríe George Bush jr. Porque para percibir yo sin sombra de duda alguna, entre las nieblas del tabaco, los vapores de la guiness y las humoradas de la conversación, que hay quien anda trapicheando, es que les falta poco para montar un tenderete y anunciarse a gritos como verduleras.

No quiere Jaume que, a sus años, se le descontrole el pub y empiece a tener reputaciones que nunca ha tenido, que para eso ya hay en Vetera otros lugares donde ponerse tibio, así que ha emprendido una doble campaña, para localizar y neutralizar cualquier movimiento sospechoso bajo su techo y para emprender lo que él llama una labor educativa, no contra el consumo, que para hacer de padre ya tiene una hija, y que allá cada cual que se meta lo que quiera, que mayorcitos somos todos, sino para sugerir, con la sutileza que esos cabestros puedan entender, que las ilegalidades se cometen en privado o con mucha discreción. O sea, con la sutileza de una motosierra. Así, cuando concurren circunstancias que hacen sospechar de consumo de medicamentos sin receta -como peregrinaciones al baño masculino con una asiduidad sólo explicable en casos de diarrea crónica-, el diskjockey int5roduce en la canción que suene el estribillo de aquella tan divertida de Siniestro Total, “Todo por la napia”

Cierto es que es algo más refinado que la primera sugerencia de anunciar sus intenciones coreando los habituales, la Vieja Guardia, un “¡a la rica clencha!”, pero tampoco mucho más, y consigue el objetivo de incomodar. Nada es tan difícil como explicar lo evidente, sentenciaba Descartes, y ya que a esta gente parece que no se le puede explicar que lo que se meten no es inocuo y que, por ilegal, no deben alardear de ello, al menos intentar que las caras se vuelvan todos a verles, que sientan deseos de mimetizarse con la pared del fondo.

Porque la cuestión preocupante es que no hay tanta lejanía entre la astracanada de la salida de no sé qué discoteca alicantina y lo que sin ser un Sherlock Homes puede cualquiera notar. Porque, os lo aseguro, si yo me doy cuenta es que sólo les falta que , por orden del señor alcalde, vaya anunciándolo el aguacil. Impunidad, esa es la palabra. Se sienten impunes porque nadie les persigue, a lo sumo algún control de alcoholemia, impunes para consumir, para trapichear y para declararlo a cara descubierta. Cara que mis dragones me habrían partido, y por cuya integridad (la de mi jeta) me habría guardado mucho de dar publicidad a mi borrachera con etílicas lecciones de biología ante las cámaras.

En un país de pícaros y bandoleros, parece que el desprecio más absoluto por la ley no sólo está en los genes, sino que es motivo de orgullo y de admiración. Hace pocos días, detuvieron a un importante capo mejicano tras la denuncia pública del arzobispo de Durango, monseñor Héctor González Martínez:

“Más adelante de Guanacevi, por ahí vive El Chapo. Todos lo sabemos, menos la autoridad” (El Observador)

Y la misma sensación tengo yo con el asunto en cuestión. Pues, si a los cinco meses de estar en Vetera, sin consumir yo jamás sustancia alguna que no pague impuestos, sabía cómo, cuándo, dónde y de quién conseguir más variedades de mierda de las que había oído hablar nunca, me sorprendo que sigan, tres años después, los mismos tipos en los mismos sitios. Cuando un Josua con capucha peluda sin oficio ni beneficio conocidos baja de un Audi TT,

de un Mitsubishe Eclipse

o de un BMW Z8,

por citar sólo los modelos que conozco, me chirría ya todo, ¿cómo es posible que nadie se pregunte de dónde ese indocumentado ha sacado los más de 30.000 euros que vale el cacharro de marras? Porque vale que hubo muchos Jonathanes en la construcción que se agenciaron el coche con que acabar en alguna cuneta cuando en bancos y cajas se peleaban por conceder crédito al mayor disparate, pero otros muchos no han pasado de mozo de almacén o ni siquiera eso. Supongo que acabaré en el infierno por plantearme cosas que no debo, pero al menos ahí habré de econtrar quien sepa acompañarme para cantar

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Esta casa sigue siendo una ruina

Zeppelin TV, del grupo Endemol, adaptó para la televisión y mentalidad ibéricas el programa estadounidiense  ‘Extreme Makeover Home Edition’. Si el original de la ABC, seis temporadas en pantalla, es aclamado por crítica y público por su capacidad de movilizar a una comunidad por una buena causa, no parace que la versión ibérica haya logrado lo mismo, ni siquiera que estuviera en sus planes. Quizá porque la idea de comunidad en EEUU es tan fuerte como furioso es el individualismo quasi trabucaire ibérico.

Y sólo hay que ver los diferentes encabezamientos para sospechar que el enfoque será igualmente diverso

En el original norteamericano, la carga expresiva se la lleva el aspecto constructivo, ya sea técnico como de cooperación comunitaria,

 en la versión ibérica, como no podía ser de otro modo, y mucho menos en A3, es el factor humano, entendiendo como tal el sentimentalismo exacerbado, en el que se hace hincapié, quedando la parte técnica en un segundo plano. O en plano alguno siquiera, de hacer caso a las confidencias del equipo.

Porque estábamos el fin de semana un grupo de amigos disfrutando de la cerveza y los habanos como cada fin de semana cuando llegó un numeroso grupo vestido de naranja.

-No sabía que la selección holandesa jugara en Vetera

-Parece que han abierto Guantánamo

Fueron nuestros comentarios entre risas, hasta que Anna, una de las camareras de fin de semana, nos aclaró que eran del programa de marras, “Esta casa era una ruina”, que estaban reconstruyendo una vivienda dañada por el temporal de viento cerca de Vetera. No le habríamos dado más importancia de no haberse atrincherado los de Guantánamo tan cerca de nosotros que el mérito no era seguir sus conversaciones sino no hacerlo.

El grupo eran los técnicos del programa: cámaras, técnicos de sonido, regidores… y desembarcaron en Vetera como Colón en América, buscando oro a cambio de baratijas. Jaume se caracteriza por un gusto muy refinado a la hora de elegir personal para el pub, universitarios todos, y allí fue el primer error de los de la tele, que creyeron que con decir que eran de A3, ellos los urbanitas madrileños tenían cama asegurada entre las rústicas beldades. Hermosas, desde luego, pero de rústicas nada, y de estúpidas aún menos. Así que me temo que requiebros de dudoso gusto y miradas que podrían ser calificadas en algún país como agresión sexual cayeron en saco roto.

Sólo dos chicas acompañaban a esa caterva a la que se habían sumado algún cafre local muy seguro de sus encantos, y una de ellas parecía ser la domadora del grupo. Uno se acercó a pedirme un Sublime, Edición Limitada, sin más razón ni presentación que:

-Trabajo en A3, ¿sabes?

-Son tiempos duros -respondí, comprensivo-. Un conocido mío ha tenido mejor suerte y está limpiando alcantarillas.

Dudo que lo entendiera, porque las peregrinaciones en parejas o tríos al lavabo de la mitad del grupo y agregados eran tan frecuentes que temí al principio que se hubiera desatado una epidemia de cistitis en Vetera que habría de poner en cuarentena a toda la Comarca. Uno de mis amigos sugirió con un leve gesto que otra causa menos médica, o al menos sin receta, podía estar tras tan pintoresco comportamiento.

Al lado, otros, con encomiable tesón pero armas inadecuadas, seguían empeñados en el asedio de Anna para esperarla o quedar con ella tras el trabajo o tomar una copa o lo que fuera, sin mayor éxito antes sus muros que una salva con pólvora mojada, ciegos o inmunes los asedientes a la evidencia de que los suspiros de la dama eran resoplidos de fatigosa incomodidad y no cesión al galanteo. Entre copas, tequilas y visitas al baño, las lenguas se iban desatando y esperando que una confidencia rindiera la plaza, comentaron como todo el programa no era más que un inmenso espectáculo, una enorme fantochada y que, a lo diez días de la partida del circo televisivo, las nuevas paredes ya se caían como las antiguas, que lo que era ruina volvía a su estado.

Anna se acercó a comentarlo entre risas, y entre risas respondimos que no sería para tanto, que le estaban tomando el pelo, que posiblemente son desconchones y no lienzos enteros lo que se desprende. Y ella insistía en que algo de verdad habría cuando tres distintos contaban lo mismo.

Sigo sin creerlo es su extremo, pero sí creo que en diez días -tiempo que se fijaron en Vetera- no se puede hacer una reparación masiva sin que aparezcan problemas, y es que los materiales necesitan su tiempo. Quizá sería divertido hacer una visita televisada al estado actual de las ediciones anteriores, comprobar si esas casas eran una ruina en pretérito o si siguen siendo una ruina.

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