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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ‘sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga…

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

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Verbenas

Soy bastante poco folklórico y las fiestas populares sólo me interesan en la medida en la medida que hallo rastros en ellas de creencias mucho más primitivas. Hoy, pues, víspera de San Juan, la fiesta en sí sólo me interesa en sus componentes más paganos, de fiesta de purificación y también, aunque ya mucho menos evidente, de fiesta de la naturaleza y, especialmente, de la fertilidad.

Media España arde esta noche en hogueras que sean delicia de Torquemada o de Krahe,

con una sorprendente uniformidad, al menos hasta hace poco, cuando cada pueblo buscó la ocurrencia más disparatada con que asegurarse una mención en las noticias de “la noche más larga del año” (que fue hace dos días, pero que la verdad no impida dar un buen titular). La tradición presenta ciertos matices, también es cierto, como en las montañas de mis dragones, donde las hogueras se encienden con unas enormes antorchas -las falles- que los mozos bajan encendidas como una serpiente de fuego desde una montaña determinada -llamada Faro en cada pueblo- hasta las plazas.

En la mayoría de los pueblos se ha suavizado la tradición y las fermosas damiselas de la zona acompañan a los mozos en tan pintoresca como atávica carrera bosque abajo; pero todavía quedan recalcitrantes villas que les niegan la falla, pues es bien sabido que no hay mayor tabú en cualquier fiesta de la fertilidad, desde las lupercalia hasta el Akitu, que el menstruo por lo que, para curarse en salud, mejor que ninguna mujer participe de los ritos.

Pese a mi carácter claramente invernal y hostil a todo lo que suene a ocurrencia pintoresquista o a folklore, real o recuperado y, por lo tanto falso, cuando llega esta noche no dejo de recordar aquel bellísimo “Inventario Galante” de Machado, tan hermosamente cantado por Paco Ibáñez.

Pero esta asociación es toda la sonrisa que logra arrancarme un noche a la que ni en mi más revoltosa infancia encontré gracia alguna, y cuyas complicidades olvidé completamente en mis doce años de exilio norteño, pues alguien como yo que aborrece del ruido no puede esperar con ansia la noche de todos los estallido; que lo de la crisis iba en serio me he dado cuenta ahora que aún no he oído petardo, cohete, buscapié, traca o mascletá alguna, cuando el año pasado la semana antes de la verbena de marras había tanta pólvora en suspensión que Vetera parecía Bagdad.

Las transgresiones me parecen inconstestablemente esenciales en lo cultural, pero mucho más dudosas en lo urbano. Y cuando la transgresión está tan estereotipada que ocupa fecha fija en el calendario y cumplir con sus ritos es un deber social, empieza a olerme a pelo de borrego y no a otra cosa. Con un poco de esfuerzo puedo tolerar las hordas de mocosos entre cuatro y diecisiete años torturando a los transeúntes con todo tipo de ingenio pirotécnico desde las tres de la tarde a las tres de la madrugada; pero cuando la edad del gamberro superó hace mucho la adolescencia legal, la vena de mi sien empieza a palpitar y mi diestra acude en vano a requerir el sable que nunca me decido a descolgar de la panoplia. No sólo me importuna el incivismo de quien se supone que debería estar educando a su prole y no iniciándole en la barbarie -pues salen en grupos clánicos, supongo que para asegurar que el gen ninja no se extinga. Lo que peor llevo es constatar que el cohete más grande, la traca más larga, el petardo más ensordecedor -alguno de los cuales podrá encontrarse entre las armas proscritas por la Convención de Ginebra- está siempre en manos de estos cabestros -uniformados como camiseta imperio, inevitable ítem- y que cualquier mirada de reprobación es respondida con un:

-¿Qué pasa? ¡Estamos en San Juan! -y le dan un petardo al Kevin en pañales, futuro ni-ni (ni estudia ni trabaja) para que lo arroje cerca del ciudadano incomodado.

El Bautista, que en vida moró entre bestias salvajes debe encontrarse como en casa con estos especímenes y su manto protector les cubre, pues no encuentro otra explicación a que una noche de alcohol, fuego y pólvora trasegados por adolescentes,t ardoadolescentes, ninjas y Peter Panes varios no acabe cada año en tragedia multitudinaria; en rigor, Vetera debería haberse desayunado el 24 de junio del año pasado como Faluya, después de las copas llevaban los más imbuidos de la fiesta; en cambio, apenas hubo un par de chamuscados porque tiraron el cigarrillo y se fumaron el petardo.

No sé qué haré esta noche; dormir lo descarto, pues estoy demasiado céntrico, pero no habrán de verme entre pasodobles y farolillos y víctima propiciatoria de bromas explosivas; X se va con sus amigas a celebrarlo a la playa de Sitges; antes de reunirme con el grupo ibicenco y los estrogenados del lugar creo que prefiero hacer un Cine Fórum sobre Carmen Sevilla o escuchar la discografía completa de El Fari. Supongo que acabaré tomando una guiness en el Vinyes Velles, y hoy creo que me acompañará Ernest, un compañero de trabajo que vive en un barrio que cada año abre los titulares de la prensa local del día 24 por disturbios y altercados. Supongo que la Policía tampoco entiende que “es San Juan”…

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Modas veraniegas

Esto del cambio climático se está traduciendo en una desaparición del entretiempo: pasamos del invierno al verano o viceversa sin primaveras ni otoños… así que lo de los 3/4 de manga de las abuelas es ya materia para paleoantropólogos. Cierto es que yo estoy esperando que la temperatura baje diez grados para calarme el bowler o el homburg y cenirme el abrigo de cuero, pero los hay que aún no han acabado de dar las doce del equinoccio de primavera que ya van en bermudas, tirantes y chancletas. Y no se las sacan hasta el Pilar, como los que todavía hoy llevan la camiseta del Barça, que debe oler ya a establo de cabras o a zarigüeya muerta… la mitad de ellos parecían zombis, la fiesta les debe durar aún, y si se mantienen en pie será sólo porque la acartonada camiseta les hace de exoesqueleto.

No negaré que el verano tiene sus cosas interesantes, que ya resumiera Celaya, “Momentos felices”

Cuando salgo a la calle silbando alegremente,
el pitillo en los labios, el alma disponible,
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Eso está muy bien, en teoría, pero, como dice Homer Simpson, “en teoría, el comunismo funciona”, pues no todos los cuerpos son compatibles con todas las prendas, y del mismo modo que yo no soy compatible con una camiseta de licra (sí, lo sé, alguno de vosotros pagaría por verme con una), el top ombligo visto no es obligatorio en todo fondo de armario; es más, convendría someter a algún fondo de armario al mismo escrutinio que la biblioteca de don Quijote, por el bien de la Humanidad, pues no tenemos culpa de que no tengan espejo en sus casas o que sus amigos y parientes hagan apuestas a su costa, pues ya me diréis qué otra razón esconde enfundarse en una prenda notoriamente menor a la talla requerida sin otro fin -inevitable, aunque posiblemente no deseado- que parecer un chorizo mal atado…

Tengo un conocido, primo de un buen amigo mío, con una costumbre parecida. Orgulloso de su cuerpo y encantado en general de haberse conocido, dedicándose a sí mismo el pasodoble ‘Marcial, tú eres el más grande’, lleva machacándose en el gimnasio desde que tiene uso de razón; bueno, en realidad, desde mucho antes, pues la razón hace poco que la usa, que cuando se para a pensar todavía tiene que ponerse la ‘L’

Mis trajes son talla 58, algunos incluso 60, lo cual indica que no soy precisamente estrecho de hombros, pero es mi espalda raquítica al lado de la suya; es un tipo de debería tener su propia talla: S, M, L, XL, XXL y PA (Primo de Alejandro); a pesar de todo, en cuanto abril gira la esquina él ya está buscando camisas y camisetas talla M entre boutiques de lujo (porque él lo vale), supongo que con la intención de sacarle todo el partido posible -sexual, se entiende- a la musculatura y el bronceado UVA, aunque las lleva tan ceñidas que se le marcan hasta las venas; sin duda, no será tan antiestético como yo lo percibo cuando siempre cae alguna. Ytambién  alguno lo intenta, para jolgorio de los que estamos cerca y peligro del galán, pues tanta metrosexualidad, tantas horas de gimnasio, solarium y depilación son la engañosa targeta de presentación de una persona bastante conservadora en lo político y lo social, por no llamarle directamente ‘facha’, y cuando algún incauto se confunde suele resolverlo con una diplomática rinoplastia sin anestesia.

Bajtin y Mollet  llorarían emocionado al ver cómo sus teorías de la permeabilidad cultural en la Baja Edad Media son perfectamente aplicables en el siglo XXI, y como los individuos culturalmente más primarios se han empapado de unas modas y usos que no hace muchos años se les hubiese considerado antagónicos; evidentemente, y siempre siguiendo las pautas de Bajtin, adaptándolos. Porque el caso del primo de mi amigo no es en absoluto un caso excpecional, sino una categoría social nueva: el gárrulo metrosexual, bestia que ejerce especialmente en verano; camiseta de tirantes, bermudas y chancletas es su uniforme de campaña.

Asumo que mi traje Príncipe Eduardo de lino crudo, con un Montecristi tipo fedora -aunque, últimamante, con los mimbres con los que trato, estoy tentado a llevar un gambler o un colonial- no es un atuendo habitual, y que incluso puede resultar chocante en la patria adoptiva de la camisa de cuadros, pero, por pintoresco que pueda resultar, no es notoriamente inapropiado, como sí lo es ir en moto o de fiesta con chancletas. Quizá es que yo soy hipocondríaco, pero no logro minimizar el riesgo de dejarse media planta del pie en una o de contagiarse de cualquier cosa en otra -imaginaos lo higiénico de entrar al baño masculino de una discoteca con ese calzado; sólo de pensarlo se me está levantando el estómago-.

 La camiseta de tirantes; no entraré en evaluar cómo le queda a una chica, pero desde luego que en un chico es una infamia, y cuándo el gárrulo de turno decide usarla antes de acabar con el tratamiento depilatorio axilar es para pedir asilo estético entre islandeses, a los que no creo con mejor gusto, pero sí con el sentido común suficiente de no usar esa ropa en su clima. Y si cualquier camiseta de tirantes es lamentable, la antaño conocida como imperio

debería ser eximente en un juicio por asesinato:

-¿Tiene algo que alegar el acusado en su favor?

-Señoría, vino a cenar con camiseta imperio.

-No diga más. Causa sobreseída. Se condena a la familia de la víctima a pagarle la tintorería.

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Viñeta de la muy recomendable página Calvinandhobbes

Si blasonara como tanto nuevo rico, la reflexión final de Calvin sería el lema de mi escudo: “Ya sé que la vida es injusta pero ¿por qué nunca es injusta a mí favor?” Las alegrías en mi casa duran menos que la ginebra en Buckingham Palace.

Apenas empezaba a paladear la tregua que una importante venta ha concedido al desasosiego laboral que padezco desde diciembre, próximo al quebranto, cuando me ha amargado mi dulce momento, con elogio al diseño incluido, ese maldito perfume Diesel, augurio de pérdida de tiempo, crisis de hipertensión y una cana más en mi barba, heraldo del infortunio que es siempre la visita de Anna Mari de Calcuta. Sé que alguno de vosotros echabais de menos sus pantalones afganos que parece que lleva pañales y sus arquigafas, pero maldita la falta en que la he echado estos dos meses sin saber nada de ella.

Eran las diez de la mañana cuando el tintineo de sus abalorios ibicencos nos ha puesto alerta. He mirado a Elías, que tras consultarlo con una agenda que parece hecha de palimpestos, ha negado con la cabeza que hubiera cita alguna. Ya me extrañaba, pues de haber cita, no habría llegado tan pronto.

-Buenos días y Visca el Barça!

“Empezamos bien”, pienso. Todo el que me conoce sabe que odio el fútbol, que lo que más detesto es no poder vivir sin enterarme de jugadores, partidos, equipos, sueldos y demás cotilleo. La he mirado antes de responder y, como me temía, había sustituido el jersey arcoiris por una camiseta oficial del Barça, de esas que probablemente confeccionen unos niños explotados como semiesclavos en Bangladesh, detalle en el que la tan solidaria, vegetariana y onegeística Anna Mari no parece haber reparado o, si lo hizo, no le repugnó tanto como la deforestación amazónica que provoca mi consumo de ternera de Cantabria. No me preguntéis, yo tampoco sé ver las connexiones, pero para Anna Mari de Calcuta la relación es tan clara y evidente que ha declinado compartirla con los mortales. Estaba de demasiado buen humor por haber soslayado el despido unos meses como para hacerle la observación de Bangladesh, así que me limitado a responder con un:

-Buenos días, Anna -(casi se me escapa llamarla Anna Mari…)

Visca el Barça i visca Catalunya! -insiste.

Ahí ya la vena de la sien se me ha hinchado tanto que no me habría podido calzar el homburg, porque, ¿qué cojones tendrá que ver una cosa con otra? Nunca he ocultado mi nacionalismo , pero mal andamos de autoestima nacional cuando erigimos como enseña patria a veintitantos mercenarios, el peor pagado de los cuales cobra más que cincuenta neurocirujanos.

Con el último dislate y el atavío oficial que nos llevaba, he llegado a la conclusión de que la visita de cortesía a hora tan temprana, casi intempestiva en ella, era simplemente porque aún no se había acostado, que a esas horas de la mañana tenía un par o tres de vasos de agua de menos, y si venía fumada o no, como también sospecho, no puedo afirmarlo, pues Diesel es mejor que el amoníaco para enmascarar olores. Y hedores, que pensar en lo que puede criarse en toda una noche de fiesta con esa ropa me ha puesto los pelos como escarpias.

En realidad, estoy siendo un exagerado, porque ni su aspecto ni su conversación ni su dispersión eran muy distintos hoy que en su estado anormal de siempre. La habitual controversia sobre lo bonitos que son los dibujos, pero lo difícil que es plasmar esas ideas en una construcción industrializada con elementos prefabricados como la que nos han encargado.

-En esencia, Anna, tenemos unos contenedores y con esos contenedores tenemos que intentar hacer la mejor y más digna arquitectura posible. Lo que no podemos hacer ahora es ponernos a cambiar el diseño de los contenedores, porque como ni tú ni yo tenemos ni idea del sistema, lo más seguro es que el resultado sea peor y mucho más caro que lo que ya tenemos.

-Pero dará una imagen tan uniforme, tan triste… ¿Conoces la calle Caminito, en Buenos Aires? Pues yo…

Detalle casas calle Caminito, Buenos Aires. Imagen de Guiafe

-No he estado nunca en América, ya slo sabes…  Pero espero de corazón que aspiremos a una calidad algo mejor que chapas y uralita, porque si no me bajo del proyecto ahora mismo. Y no te preocupes, que cada cual se personalizará la casa.

-Yo creo que deberíamos reinventar la choza.

-Y si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta. Nadie nos pide ni nos paga por reinventar nada, ni la choza ni las sopas de ajo, si no por dar vivienda digna, rápida y económica a víctimas de huracanes, ciclones, inundaciones, terremotos o qué sé yo.

-¡Cómo se nota que eres Tauro!

(Nota mental: marcar el acierto de ‘Astrología’ en el listado de aficiones previsibles de Anna Mari que Ernest y yo redactamos hace tres meses).

-Hoy no, Anna, por favor, que estoy muy cansado, que hasta las tres no pude dormir.

-¿También saliste a celebrar lo del Barça? ¡Qué partidazo! El sábado ya empecé la fiesta con el ….

-Odio el fútbol. No pude dormir porque los que estabais de celebración no tenéis mejor lugar donde tirar cohetes, pitar con los coches y cantar y gritar que la avenida donde vivo. ¿Qué ha ganado el Barça?

-Ha pasado a la final de la Champios; y si gana el domingo y el Madrid ha perdido el sábado…

-Y si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta. No me interesa, de verdad. ¿Todo ese jaleo sin haber ganado nada? Esto cada vez está más desquiciado.

-Eres un soso. Un partido hay que verlo con gente que lo sienta y dejarse llevar; un día de estos tienes que venir al Casal con nosotros, pero procura no ir con traje. Aunque no te imagino sin traje.

¡Los dioses me han sonreído al fin! Un resquicio, una brecha por la que romper este diálogo absurdo y ponerme a trabajar por fin. Sonrío y, con suavidad, pregunto:

-¿Para qué situación exactamente necesitas imaginarme sin traje?

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Aborto

Preguntas como “¿Has dejado de beber coñac por las mañanas?” no pueden responderse con un ‘sí’ o un ‘no’, y lo mismo ocurre con la cuestión que la ministra Aído y los epíscopos han coincidido en poner sobre la mesa como de inaplazable relevancia. Podríamos debatir aquí la curiosa coincidencia de que los grupos anti-abortistas sólo hallen motivo de manifestación cuando gobierna el PSOE, que en ocho años de gobierno del PP ni chistaron para pedir la derogación de la ley. Y también podríamos debatir cómo esas señoronas de astracanes que vociferan recién salidas de la peluquería parece que en realidad están pidiendo “Aborto sólo en Londres”, como antaño. Pero no entraré allí.

No creo que nadie en su sano juicio se plantee el aborto como un método anticonceptivo, por más que nuestros trabucaires obispos y sus voceros del PP así lo proclamen. No soy mujer (evidentemente), pero supongo que ha de ser una decisión dura de tomar y con secuelas físicas y sicológicas, por lo que criminalizar en conjunto a quien haya tomado esa decisión me parece, como mínimo, injusto. Como se hizo mediáticamente con el caso de las clínicas abortivas de Barcelona.

Las palabras significan lo que significan, y no otra cosa, y cuando se elige una palabra es para acotar al máximo el concepto, no para sembrar la confusión. Así pues, en España, por más que los grupos pro vida griten lo contrario en sus manifestaciones, el aborto no está legalizado, sino despenalizado, y aún así sólo en determinados supuestos, pues el Estado no puede considerar que matar sea legal . Se me replicará posiblemente que el resultado es el mismo, pero no hablo de resultados, sino de conceptos.

Como conceptualmente repele el draconiano rigorismo actual la Iglesia. No porque se erija en defensora de la vida, pues han pasado los tiempos de la cruzada albigense y el asalto de Beziers y posterior ejecución de los habitatnes de Beziers en 1209, cuando según la crónica de Cesáreo de Heisterbach, dijeron que el antiguo legado  papal y dirigente de la Cruzada Arnaud Amaury resolvió la cuestión de dirimir entre herejes y católicos con el ya célebre
“Matadlos a todos, pues Dios conoce a los suyos.”  Frase que, por otra parte, es posible que jamás pronunciara, pues el cronista cisterciense autor de los Dialogus miraculorum relata la campaña quince años después.

También han pasado los tiempos en que el canónigo de Salamanca, José Artero, en el acto de “reconciliación” de la catedral de Tarragona, considerada profanada (21 de enero de 1939), se despachó con un cristiano y caritativo “¡Perros catalanes, no sois dignos ni del sol que os alumbra!” (RAGUER, H: La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil española).

No debe sorprendernos la oposición de la Iglesia, pues siempre ha sido unánime en rechazar esta práctica. A lo sumo, se enzarzó en debates sobre cuándo el embrión dejaba de ser potencia para ser individuo en acto, y San Agustín (s. IV) admite que sólo a partir de los 40 días se puede hablar de persona, y Santo Tomás (s. XIII) que no es hasta esos 40 días tras la fecundación que le es infundida el “alma racional” al feto. Esta fue la posición oficial de la Iglesia desde el concilio de Trento, pero otros teólogos, basados en la autoridad de Tertuliano o de San Alberto Magno, defendían la hominización inmediata, o sea que desde la fecundación ya se trata de un ser humano en proceso. Esta tesis fue asumida por Pío IX en  la encíclica Apostolica Sedis (1869). Pero nunca fue objeto de disputa que matar a un individuo fuera pecaminoso.

Lo que desconcierta es el rigor con que determinados sectores católicos tratan la cuestión, pues la excomunión latae sententiae que prescribe el canon 1398 para quien procure el aborto -canon promulgado en 1983 durante el papado de Juan Pablo II y todavía en vigor, perfectamente coherente con la línea ultraconservadora de ese pontificado- , subvierte una tradición casi milenaria de la Iglesia católica, desde la reforma gregoriana (ss. XI-XII), en que se sustituye unas penas basadas en el pecado -la época de los Penitenciales, como el de Burchard de Worms (950-1035), verdaderos recetarios)- por otras basadas en el pecador, en el que se tienen en cuenta las circunstancias.

Y este debate está vivo entre la jerarquía eclesiástica, y ha sido azuzado últimamente por la excomunión que el arzobispo de Recife, José Cardoso Sobrinho, lanzó a la madre y a los médicos que interrumpieron la gestación de gemelos de una niña de 9 años violada su padrastro. El prelado, no contento, dio publicidad a su decisión, pues es su deber “alertar al pueblo, para que tengan temor a las leyes de Dios”. 

El presidente de la Academia Pontificia para la vida, el arzobispo Rino Fisichella,

abrió la caja de los truenos en una carta publicada en el periódico vaticano, L’Osservatore Romano:

Se ha resentido la credibilidad de nuestra enseñanza, que a muchos les ha parecido insensible, incomprensible y privada de misericordia.

 y, dirigiéndose a la niña,

son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no los que te han permitido vivir y que te ayudaron a recuperar la esperanza y la confianza.

La batalla está servida. El sector ultraconsevador, perfectamente representado en la Conferencia Episcopal Española por su presidente, el cardenal Rouco y su secretario, el obispo auxiliar de Madrid Camino,

han azuzado sus perros de la guerra mediáticos para exigir la cabeza de Fisichella. Y no habrán de parar hasta lograrlo. En esta batalla no importa frivolizar sobre la violación de la niña, relativizando crímenes con nauseabunda superficialidad, pues el aborto no es visto por ese sector ultraconservador como una cuestión doctrinal, sino como un arma más con que desmontar el Concilio Vaticano II.

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Hace unos días, Velda propuso el pequeño divertimento a imitación de otro de Asimov de escribir todos un post con el mismo título, “En blanco”. Es lo que ahora se llamaría un homenaje.

Con inquebrantable ingenuidad, uno espera que un cambio municipal suponga una especie de hoja en blanco en la que empezar a escribir las relaciones con los munícipes y su brazo armado, los funcionarios, desde cero, pero nunca es así.

Ayer, a última hora de la tarde, me confirmaron que finalmente el tercer partido en discordia se sumaba a la moción de censura contra el equipo que gobernaba en minoría el Ayuntamiento de Vetera. Bueno, lo de gobernar es un decir, pues la debilidad había sumido en inoperancia a la mayor empresa de la villa.

Confieso que de haber sabido bailar la jota, una jota me habría marcado sólo de imaginarme en la puta calle a los cargos de confianza nombrados políticamente, a dos especialmente inútiles, incompetentes, prepotentes y holgazanes. El paradigma de sátrapa de oficina municipal, en fin. De hecho, Elías, mi jefe, llegó a proponerle ayer al director de la empresa que contrate por un mes a uno de ellos, que él le paga el sueldo, sólo para devolvérselas todas y cada una de las judiadas con que nos ha torturado los últimos tres años.

¡Qué poco dura la alegría en la casa de los pobres! Esta mañana, fuentes bien informadas han echado un jarro de agua fría sobre nuestras esperanzas e ilusiones, pues el Ayuntamiento próximamente saliente paga con dinero de todos los servicios prestados, y convierte el puesto político en prebenda funcionarial, vitalicia, desde donde continuarán ejerciendo sus minúsculas y respectivas dictaduras. O no, porque el nuevo consistorio habrá de cubrir los puestos políticos vacantes con otros, vaciando de contenido la plaza funcionarial, pero no de salario. Así, al recién nombrado Director de Departamento de Vía Pública se le impondrá un Coordinador General de Área, y así sucesivamente de legislatura en legisltatura se irán acumulando personas para un único trabajo. Porque cada partido tiene un background al que contentar y unas redes clientelares que mantener y expandir.

Feliz estará el que rozará su parcelita de poder por primera vez en 30 años (partido único, era el régimen que se estilaba en Vetera), pero más aún el que seguirá cobrando sin responsabilidad alguna. ¡Bendito país este, que puede mantener a semejante caterva de zánganos! Alimentados de nuestro costillar, pues en lugar de reducir efectivos la hipertrofiada administración municipal, como haría cualquier empresa en quiebra técnica como están tantos Ayuntamientos, aumentan impuestos municipales, tasas y sanciones, que los hombros ibéricos cargan con lo que sea. Y si no basta con aumentar, se inventan exacciones nuevas, como la obligatoriedad del reciclado, bajo pena de multa, que no hay que dejar pasar la ocasión de criminalizar al ciudadano para dismular la feudal depredación a que nos someten.

Porque se han subvertido los términos, y los que en teorías son nuestros servidores públicos han devenido nuestros opresores. No hay mayores incumplidores de la ley que los Ayuntamientos, pues si un retraso en satisfacer una tasa tan arbitraria como impuesto de basuras sobre los aparcamientos supone una multa, ellos pueden perfectamente no pagar en 240 días. ¿Dónde está escrito que esto ha de ser así? Porque que me traigan ya una hoja en blanco, que redacto un contrato nuevo. Y si se muestran reluctantes, hagamos nuestra particular toma de la Bastilla, exijamos una auditoría general a todos los Ayuntamientos. A ver qué ocurre. Quizá haya que contratar personal en Alemania para suplir a todos los que acabarían en la cárcel, pues media España huele como Marbella.

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