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Cuando X se fue

Fue en abril cuando a X se le agotó la paciencia. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó levemente en los labios (“Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un Viernes Santo más dulce que ese beso”) y se fue. Me quedé de pie, como un patético espantapájaros, con el segundo volumen de la tercera parte de la Catalunya Carolíniga entre las manos, cerrado pero guardando con un dedo la venta de “unam vineam in castro Urritense, in loco qui dicitiur Toroccone”, documento que unos minutos antes me arrancó la primera sonrisa en meses al poder reconocer la viña objeto de comercio y que ahora ni siquiera era capaz de leer.

Un día de mayo de 2009, la crisis llamó a mi puerta. No era una desconocida, pero no la esperaba; creí, imbécil de mí, que mi experiencia laboral, mi nivel de formación y otras tantas cosas que nada significan eran sal suficiente para mantener a ese espíritu maligno lejos de mi casa y no supe encajar su visita. Además, como las morosas costumbres de la primera Elegía de Duino, “se halló a gusto entre nosotros y se quedó sin irse”. Primero fue Javier, después Josep, finalmente Elías… de los ocho de la Oficina Técnica ya sólo quedábamos Ernest y yo, mirándonos cara a cara y encogiéndonos de hombros cada vez que uno le preguntaba al otro “¿Y el mes que viene? ¿Seguiremos trabajando el més que viene?”, mientras gota a gota mis ingresos iban reduciéndose en un 50%.

Busqué trabajo por si perdía el que tenía, porque yo no tengo paro, ni finiquitos, ni sindicato que me defienda ni pariente político que me consigua una subsecretaría adjunta de la coordinadora interdepartamental adscrita a vicepresidencia segunda del Consell Comarcal del Segre Medio. Busqué y lo que encontré era tan indignante que respondía airado a las primeras ofertas, deseándoles que el dinero que se ahorraban pagando esos salarios a técnicos superiores se lo gastaran en antidepresivos o en antiretrovirales, según lo vergonzante que fuera la propuesta. Con los meses y la constatación de que nada va a cambiar, de que el progreso del país pasa por el retroceso en las condiciones de vida y laborales del 95% de sus habitantes, he asumido ya mi derrota, que quizá sea la de todos.

Con Bolonia en los talones, o entregaba mi trabajo de investigación en mayo o tenía que empezar el doctorado de cero, cuatro años perdidos, y encontré en mis cartularios medievales el refugio a los sinsabores. Poder ubicar un topónimo del siglo IX, reconocer una finca del XII, descubrir un camino del XIV eran mis alegrías. Alegrías privadas, en las que nadie tenía cabida. Ni siquiera X. La alejé de mí. Frustrado, decepcionado, amargado y deprimido no quería pagar con ella las consecuencias de deciones que yo no había tomado pero que me habían aplastado.

Pero X, con una paciencia insólita, esperó. Intentó minar el muro que, palabra a palabra, iba erigiendo, firmemente anclado en la roca de la desesperanza. Esperó hasta una mañana de sábado en la que temprano la dejé en la cama para buscar cuál era la viña que el presbítero Ansemundo, qui nuncupatur Viader, y su hermana Dacolina vendieron a ipsos monachos, y me vio sonreír el descubrirlo, la primera sonrisa en muchos meses. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó en los labios y se fue. Y el espacio que su cuerpo ocupaba en el aire de mi casa aún no se ha llenado, sólo que lo descubrí tarde.

Regreso

Casi un año del último post. En este tiempo, algunas cosas positivas y bastantes negativas, alternando días muy malos con otros catastróficos. De momento, sólo he venido a limpiar la casa, que tanto tiempo cerrada olía ya a rancio y las ratas anidaban en las paredes. Incluso ha habido conato de ocupación. Ahora mismo no puedo asegurar ni una larga presencia ni asiduidad ni nada de nada, simplemente la intención de regresar. ¿Qué he dejado por el camino, además del blog? Mi relación con X, esperanzas laborales, amigos que se han mudado, compañeros que han perdido su trabajo… peino más canas que hace un año y no soy más sabio sino simplemente mayor. Gracias a Isabel, a Pepe Trujillo, a Ignatus y a Madame Rosa por interesarse por mí. Mil disculpas por no haber respondido como se merecían y un abrazo enorme. Y, por reemprender otras tradiciones, regresaremos a la vieja casa con Wagner.

Decir que la operación Pretoria ha estallado cuando aún colea el caso Millet sería un eufemismo intolerable, pues en el saqueo del Palau aún no se ve el fondo, y lo que empezó en septiembre siendo una apropiación de unos 3,3 millones de euros apenas un mes más tarde ya se elevaba a un desvío superior a los 20 millones, de dónde salieron, además de jugosas donaciones a las fundaciones de casi todos los partidos políticos para que miraran a otro lado, salarios quintuplicados en un año para directivos, vacaciones de lujo en Maldivas, las bodas de las hijas de Millet… y lo que te rondaré, morena, que como sigan escarbando aún saldrá el regalo de bodas de Anita ansar, la comunión de los nietos, un mecenazgo para restaurar la catedral y un donativo a la asociación catalana de Gays y Lesbianas, que Millet parece persona de integridad y convicciones marxistas, pero de Groucho: “Estos son mis principio; si no te gustan, tengo otros”.

No, no colea el caso Millet. Está apenas asomando su cabeza en la hedionda charca de la política y la alta sociedad catalanas, donde 400 familias han manejado el cotarro o ‘remenat les cireres’ , como decimos aquí, desde quién sabe cuándo, con sus espesas redes clientelares, que antaño incluían canónigos y militares y ahora políticos de todos los colores, bien dependientes de algún modo, bien directamente vástagos de la recia prosapia.

Durante 18 años, el único coro de cámara profesional trabajó ocho horas diarias como becarios, pues ‘no había dinero para contratarles’ y es que la legislación española permite -o permitía- esta indignante figura laboral, que es tener mano de obra hipercualificada con salarios vergonzosos y sin ningún tipo de cobertura social ni sanitaria ni prestación alguna por desempleo… Descubierto esto, ¿cómo se compensará a esas personas por sus derechos robados? El que eso escribe, propone que de los bienes patrimoniales de Millet y sus secuaces se pague a la Seguridad Social todo lo que les correspondería haber cotizado y que la Seguridad Social cubra los derechos de esos trabajadores explotados y engañados. Al menos, por lo que respecta a su jubilación y demás. Pero dudo que el Estado ni sus instituciones estén por la labor de resolver rápida y eficazmente un agravio de tales características a trabajadores, sino que lo demorarán todo lo posible en los tribunales, a ver si por el camino se mueren la mitad de los demandantes…

El albañal en que nuestros líderes políticos nos querían hacer chapotear diciéndonos que eran aguas termales empieza a no poder alimentar a todos los que nadaban entre sus aguas negras, pues los casos de corrupción en este país sólo estallan cuando alguien se siente agraviado por un untamiento insuficiente y decide romper la baraja. El “après moi, le déluge” de Luis XV en cetliberia es más bien un “o follamos todos, o pinchamos las muñecas”.

En este contexto caníbal es cuando el juez Garzón, hábil pescador en peceras infestadas de pirañas y el único juez que parece que trabaja en este país, ha irrumpido en el oasis y en media mañana ha enviado a prisión a un alcalde socialista, a un ex conseller d’Economia de CiU y a otros siete sinvergüenzas más. Otra vez el pragmatismo catalán que ya veíamos en Millet, “que las ideologías no te impidan hacer un buen negocio”.

En política no existe la presunción de inocencia. Un político debe ser honrado y parecerlo, y la sombra de la sospecha debería ser motivo suficiente para presentar la dimisión y esperar el resultado final con la frente alta. Así es en países civilizados, pero el inmenso circo ibérico tiene de civilizado lo que yo de obispo anglicano: sólo la apariencia. El PSC se ha mostrado contundente y, con una velocidad que debería ser ejemplar, ha suspendido temporalmente de militancia a los implicados, mientras que CiU, fiel a la doctrina Rajoy, se enroca en eso de la ‘presunción de inocencia’ y esperar a ver qué dice La Haya… no sólo eso, sino que encima, Felip Puig secretario adjunto de CDC, en un ejercicio de desvergüenza insólito en cualquier lugar menos en la España de Gürtel y Seseña, pretende defender la indecencia de no exigir la renuncia de quien ha manchado el nombre de un partido soltando la especia de que la aplicación de medidas tan rápidas sugiere que ‘se sabe algo más’. Hace falta tener más cara que un moai para hacer esta finta sin que se te escape la risa tonta por lo indecente. Una muestra más de que en este país se fusila poco.

¿Y la opinión pública? No sabe, no contesta, unos celebrando lo de Alcorcón y otros lamentándolo, a todos les trae al pairo que nueve políticos y empresarios más estén en el trullo por corrupción (¿Cuántos van en lo que va de mes?), como les da igual que con dinero público se beneficie sin concurso a las empresas de amiguitos que regalan relojes de 20.000 euros, o las luchas de poder a navajazos en el bochornoso espectáculo de Caja Madrid. O que ni se enteró de lo del 3%, la espantada más lamentable de la  historia política catalana.

Soy nacionalista catalán, lo sabéis. Nunca lo he ocultado. Pero no toleraré que esgriman la bandera del patriotismo para hacerme callar, que una especie de omertà de pa amb tomàquet se imponga para que, con el disfraz cuatribarrado, los cuatrocientos de siempre hagan y deshagan como les viene en gana y el resto, además de cornudos y apaleados, pongamos la cama y riamos las gracias. No, amigos míos, los payasos no son los que se agitan en la pista central, los payasos somos los espectadores por no echarlos a patadas.

La mayoría de los que pasáis por aquí sabéis que me dedico a la construcción, así que no voy a entrar en más detalles, que ya he os he aburrido lo suficiente con mis lamentaciones. Esta semana terminaremos mi último edificio, un bloque de ocho viviendas, entre 65 y 120 metros cuadrados en pleno centro de Vetera, quizá una de las mejores esquinas de la villa.

La propiedad tiene prisa por terminar, así que las visitas de obra quincenales son diarias, que si “ponme toda la gente que necesites hasta la hora que sea, pero las barandillas las quiero montadas mañana a las diez”, o”de aquí no se mueve ni Dios hasta que el revestimiento de madera del vestíbulo esté colocado, que mañana a las nueve vienen a poner las luces”, cuando hace apenas dos años me la hubiese tenido que cortar antes de soñar con pronunciar estas frases, que con la piel tan sensible que gastaban entonces industriales y operarios del mundillo probable habría sido que me hubieran dejando más colgado que un chorizo en ese mismo instante para irse a la obra de al lado donde no les exigían tanto y tenían el viernes libre y el lunes se lo tomaban. Nada que ver con el aire que se respira estos días, con miradas de soslayo diciendo “y después de esto, ¿qué?”, y yo me encojo de hombros, pues sé tanto como ellos y me temo lo peor.

Ya nos hicimos fotos cuando desmontamos la grúa como si hubiésemos abatido el último mamut, porque me barrunto que pasará tanto tiempo antes de hacerse nuevos bloques residenciales que la gente acabará creyendo que la vivienda es una formación geológica natural, pues los habrán visto desde siempre.

Si alguien cree que el cotilleo es patrimonio femenino, debería poner una cámara oculta en una obra y se desengañaría de inmediato. Hoy mismo, mientras comprobaba que el enyesado de la planta baja está ya casi concluido y que podrá entregarse el local a su propietario mañana mismo, Jorge, el encargado, iba poniéndome al día de todos las últimas noticias, que si la mujer de uno de los bolivianos lo ha dejado y esté escondida en casa del otro boliviano, que si el ruso del pladur se ha liado con la mujer de ese que hace dos semanas que no viene, que está de baja por depresión… o su última obsesión, el ayudante del carpintero, un chico de unos 20 años:

-Que sí, hombre que sí, que te juro que es gayufo, que el viernes se agachó y le vi el tanga.

-¿Y a ti qué más te da? Hace su trabajo, ¿verdad? Pues lo que sea o deje de ser es cosa suya.

-Sí, claro, como tú no tienes que trabajar con él, te da igual. Si estuvieses todo el día en la obra, estarías como yo: me da muy mal rollo quedarme sólo con él…

-Vamos a ver, Jorge, ¿has mirado bien al chico? Me saca una cabeza y a ti dos y media, por no hablar de las espaldas que gasta… ¿Crees que tendría algún tipo de interés en un par de albondiguillas como tú y como yo? Tú, además, medio calvo… Porque si el chico es gay, venir a trabajar y encontrarse a Paco el yesero, a los machu pichu, a Jacinto y su cuadrilla de instaladores, o los soldadores de Remigio…tiene que resultarle sexualmente tan deprimente como cuando yo estaba en la escuela de arquitectura, que de mis compañeras de clase, la que no era fea, era muy fea.

No muy convencido estaba Jorge con mis argumentos, rezongándome algo sobre la diferencia metafísica entre un gay y un gayufo, cuando Paco  asomó su faria desde el andamio. Paco es tan arquetípico que su foto debería salir en la palabra ‘yesero’ en todos los diccionarios: edad indefinida entre los cuarenta y los setenta, de sempiterna tagarnina,  Cayenne en la puerta y carnet VIP de varios clubs de carretara en la cartera.

-¡Paco! ¿Cómo va el jardín? -le apostrofó Jorge

-Ahí está, creciendo la cosa… Quién me iba a decir que a mi edad estaría con estas cosas…

-Tú tranquilo, hombre, ahora la cuestión será vender.

-Eso mismo le digo yo a mi niño, “Paquito, que esto no lo vendes tú en un puesto en el mercao los sábados, que esto se hará de otra manera, que lo de venderlo como orégano estará mu visto ya.”

-¿Estabais hablando de lo que yo creo? -he preguntado a Jorge con un hilo de voz cuando Paco ha vuelto a sus labores…

-Paquito se ha quedado sin curro y sin un puto duro y se ha vuelto a casa de sus viejos; en el sótano se ha montado una plantación de maría. Oye, pero que cosa de verse, nada de cuatro macetas cutres en la balcón, sin con sus lámparas de ultravioleta, y su riego por goteo y toda la hostia, que parece el jardín de un profesional…

-Sí, el jardín de la alegría

-Lo que yo te diga, que igual les saca hasta tres cosechas por planta…

-¿Qué pasa aquí? ¿nos hemos vuelto locos? No quiero volver a oír hablar de este tema, ni quiero saber dónde viven ese par de hortelanos. ¿No sabes que todo esto es ilegal?

-Sí, bueno, también es ilegal robar y mira el Millet cómo se ríe…

-Supongo que Millet tiene mejores amigos que Paquito. Y yú deberías tener cuidado, que no creo que a tu novia le haga ninguna ilusión saber que eres un experto en el ciclo reproductor del cannabis. ¿Que no se va a enterar? ¿Y cómo te has enterado tú de lo del boliviano, el ruso y no sé qué más? Aquí si una cosa no sabéis tener es la boca cerrada…

-¡Hostia, hostia, hostia! Que Paquito conoce a un hermano de mi novia… ¡Paco! ¡Oye, dile a tu hijo que ni una palabra a nadie de que yo le monté  el gota a gota, que me cortan los huevos!… gracias por avisarme, Theo.

-Lo has resuelto muy elegante y discretamente. Seguro que ya nadie sabe nada…

Pepe el Brujo

Pocas cosas son tan esclarecedoreas del nivel general (educativo, cultural, ético…) en que se mueve un país como los políticos y la televisión que tiene. Antes de seguir, esperaré unos minutos por si alguien quiere echarse a llorar.

Que en pleno debate presupuestario tenga menos cuota de pantalla  -pero mucha menos- la ministra de Economía que un individiuo que afirma haberle hecho vudú o echado mal de ojo a otro que se embolsa más de mil euros a la hora por cocear un pellejo de cuero hichado habría sido un gag desproporcionado en cualquier novela satírica, desestimado por excesivo. Pero en España, país que inventó la astracanada, la vida imita el arte.

Hace ya bastante tiempo que doy bastante poca credibilidad a las noticias de información general y ninguna a las deportivas, indistinguibles en formato, dinámica y profesionalidad de controversias tabernarias o de cualquier debate del corazón en una peluquería, pero que un personaje que se define a sí mismo como brujo profesional pueda encabezar la sección ha sido una vuelta de tuerca que ha sorprendido incluso a alguien como yo que ya se esperaba cualquier cosa de los Santos, Lamas, Lobatos, Abades y Saucas. Y cuando el freaky en cuestión

es ya tema recurrente durante dos semanas y cotizado tertuliano de plató en plató, uno empieza a buscar la puerta para saltar de este tren en marcha.

Poco esperaba de la prensa española, pero jamás que se le diera pábulo e incluso verosimilitud a semejante personaje y sus estrabóticas afirmaciones. ¿Qué será lo próximo? ¿La Bruja Lola encargada de la sección económica? ¿Sustituir a Montesdeoca y el satélite meteosat por Aramis Fuster leyendo las tripas de una gallina para predecir el tiempo? ¿Paco Porras en política vaticinando los resultados electorales con un caldo de apio en lugar de analizar encuestas a pie de urna? Bueno, estos dos últimos ejemplos no son muy buenos, que igual los brujos atinarían más en esos campos echando huesos de pollo que los que interpretan las fotos del satélite o los sondeos…

Lo último fue cuando se llevó al tiparraco en cuestión a un programa para que maldijera a la competencia, con la casualidad de que, en lugar de hundírsele la aundiencia a la víctima del maleficio, disfrutó del mejor resultado de la temporada. Y en esto que uno de nuestros periodistas -por favor, qué alguien me diga dónde diablos les dan el título, o si el ejercicio de la profesión requiere un previo suicidio masivo de neuronas- concluye sesudamente, entre asentimientos de sus contertulios:

-Esto demuestra que es un farsante.

Pero, ¿nos hemos vuelto todos locos? ¿Realmente era necesaria una demostración empírica de que todo era una inmensa tomadura de pelo? ¿En pleno siglo XXI gente que se supone con estudios se planteaba la posiblidad de buscar en conjuros maléficos y aquelarres de brujos la explicación a nada? ¿Dejamos la interpretación de las noticias económicas y políticas en manos de gente que necesitó falsacionar a lo Popper a un brujo para restarle credibilidad, como si el vudú fuera una teoría científica equiparable a, pongamos por caso, la teoría de la relatividad? Que España es un país sin ningún tipo de rigor científico ya lo percibió con claridad Josep Pla en una entrevista con Montserrat Roig allá por 1980, pero ni el socarrón y desengañado amupurdanés habría imaginado que casi 30 años después el nivel medio de la ciencia en el país sería tal que una interpretación mágico-ritual del mundo tendría audiencia, y no sólo entre rústicos e iletrados, sino entre universitarios. Y es que en está sociedad belenestebanizada la ignorancia empieza a ser de buen tono.

Insisto en que en Hendaya, la Junquera y Canfranc habría que sustituir las aduanas abandonadas por taquillas y vender entradas para este inmenso circo donde payasos, brujos y monstruos acaparan toda la atención de un público idiotizado. Pero a mí, por favor, que me indiquen por dónde se sale.

De nuevo el aborto

Era 1974. Esa efervescencia antifranquista tan conocida ahora aún no había conseguido que el último dictador fascista muriera en la cama de viejo cuando mi madre, Smaug, recién estrenada su mayoría de edad legal (21 años) se quedó embarazada y tuvo que decirlo a su familia.

La reacción en su casa fue variopinta, y cada cual respondió como habría esperado cualquiera que los conociera. Una de mis tías, la mayor, amante de melodramas y escenas, se desmayó escandalizada y aparatosamente, pues en su concepción del mundo eso les ocurría a otras familias para que ella pudiera murmurar; el tiempo ha demostrado que nunca sería su rigor e integridad moral aplicable a sí misma. Mi otra tía, que siempre ha rehuido las situaciones potencialmente conflictivas, recordó en ese momento que había quedado con las amigas y desapareció. Mi abuelo con un “de las cosas de la casa de ocupa Dolors” se fue al trabajo, mientras mi bisabuela, con la perspectiva que dan los años, sentenció divertida que no entendía tanto jaleo, pues no era mi madre la primera ni sería la última a quien le ocurriera. Así que en mi abuela recayó el deber de dar la respuesta familiar a la situación. Conservadora, católica, consciente de vieja estirpe (probablemente la única en toda su familia en no olvidarlo nunca), formaba ya entonces parte de la escogida y reducida  elite económica de Biluba, y su matrimonio con un falangista había beneficiado sus aspiraciones sociales, hasta el punto de casi borrar el doble baldón de un padre cenetista y un hermano rojo y masón. Controlando una ira seguramente inevitable, evaluó la situación, para concluir que mi padre, medio andaluz, hijo de comunistas y ateos represaliados -con razón, pensaría- no era lo que esperaba, ni lo que deseaba ni lo que quería como yerno.

Mi madre y mi padre estaban de pie, esperando un estallido que no llegaba, mientras la silenciosa hostilidad de mi abuela iba solidificándose en torno a ellos. Finalmente, se levantó, descolgó el teléfono y llamó a su sobrino de Barcelona:

-Por favor, mírame cuando sale un avión a Londres y me llamas- la abuela, de rosario y novena, de misa semanal, mantilla y plato  en la mesa para el cura por Sant Esteve, se dirigió por primera vez a mi madre-. Prepara tus cosas, que te vas a Inglaterra y te sacas ‘eso’ de dentro; no quiero ni oír hablar de ninguna otra opción, es inaceptabe. Cállate, si no te han enseñado las monjas a cerrar las piernas a tiempo, al menos aprende a cerrar la boca. Y tú -se dirigió a mi padre, con tanta rabia que le temblaba el índice acusador-, pon un precio y desaparece.

Siete meses después de esta escena, es un hospital de Barcelona  nacía yo; junto a mi madre, la patrona del piso en que vivía mientras acababa la carrera y mi abuela paterna; mi padre no pudo venir, pues cabo de ingenieros, tenía órdenes de acabar el nuevo campo de tiro del cuartel de Hoyo de Manzanares donde meses después, licenciado ya, serían ejecutados los últimos fusilados del franquismo.

Esta es mi historia y quizá el motivo de que no pueda pronunciarme contundentemente sobre el tema; en otra ocasión he hablado ya de la cuestión, pero desde la lejanía que da la reflexión histórica, sin dar mi parecer. Quizá mi experiencia condicione mi posición, pero creo que el ser humano lo es desde el momento de la fecundación (y no desde los 40 días que dicen San Agustín y Santo Tomás); rechazo que el aborto sea un derecho porque en mi mundo nadie tiene derecho a disponer de ninguna vida ajena, ni el Estado a aplicar penas de muerte ni la madre con su feto. La única muerte que cada cual tiene derecho a dispensar es la propia.

El aborto no es un derecho, pero es una realidad, y enmascarar o negar las cosas nunca ha servido para resolverlas, sino todo lo contrario. Estoy harto de oír frivolidades de quienes hacen política con cualquier cosa, por impolitizable que sea, y afirman alegremente que el aborto es ahora un método anticonceptivo más, como si esta decisión por la que me cortaría un brazo con tal de no hallarme jamás en la tesitura de planteármela fuera tomada por cuatro niñas malcriadas con la misma indiferencia con la que eligen un pantalón u otro en el Zara. Estoy harto de que se criminalice a unas mujeres que, en la inmensa mayoría de los casos, han llegado a esa elección tras un dolorosísimo camino, y que esa elección les conduce a otra senda no menos dolorosa. No negaré que hay quien no se plantea nada más con el aborto que una solución rápida y fácil, pero me saca de mis casillas que se pretenda vender como norma lo que es una excepción. Y, cínicamente pensando, ¿qué futuro le esperaría al niño educado y criado por una persona con semejante ausencia de principios y de todo?

El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso. Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir? ¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir? Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking? Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día? Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia. Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.

“Algo huele a podrido en Dinamarca” (Hamlet, acto I, escena XI) reflexiona el soldado Marcelo con Horacio mientras siguen a Hamlet y al espectro del rey. Y eso mismo hace tiempo que pienso yo de este intratable pueblo de cabreros.

Me juré que no hablaría ni del caso Gürtel (traducción alemana del apellido del Don Vito de la trama, Correa) ni del caso Millet, pero a veces la realidad nos impele a romper votos y promesas. No voy a circunstanciar nada de ambos casos, pues prensa, bloggers y opinadores ya lo han hecho suficientes veces, pero aprovecharé estos casos para ilustrar por qué creo que España seguirá oliendo a podrido.

1. El corporativismo de la clase política. Ante la galería, se tirarán los trastos de los modos más indencentes, pero en la trastienda amañan las leyes para ser una casta intocable. Es más fácil demostrar científicamente la existencia de un dios con aspecto de pizza cuatro estaciones que encausar a un político español. Y tenemos el caso Fabra en Castellón, con no sé cuántos años de instrucción y habiendo visto más jueces que el Juicio Final… o el largo proceso antes de que Bárcenas declare. En la mayor parte de las democracias civilizadas, un político carece de privilegios antes los tribunales. Pensemos, por ejemplo, en el caso Clearstream en Francia, que enfrentó al entonces ministro de interior, Sarkozy, con su primer ministro, Villepin, y que ahora se está dirimiendo en el tribunal correccional parisino. Esto aquí sería ciencia ficción, y ni pensemos en eso tan europeo de dimitir por la sospecha, que aquí la doctrina Rajoy establece que un imputado no tiene que dimitir hasta condena firme, y eso, por vía de apelaciones puede llevar hasta La Haya y diez años… Evidentemente, esta doctrina digna de república bananera o soviética, a la que se han sumado casi todos los partidos, sólo es aplicable de puertas adentro, que al prójimo se le exije comportamiento británico.

2. La extraordinariamente breve vida de ciertos delitos. Los delitos económicos y políticos prescriben con una velocidad espeluznante. Y entonces, nadie puede evitar desvergüenzas como la de los Albertos que, absueltos de sus estafas del caso Urbanor por el Tribunal Constitucional (célebres en el mundo entero por la celeridad con que fallan sus sentencias) que estimó prescrito el delito, ahora exigen al Estado 4,6 millones de euros en concepto de daños. Y no me extrañaría que el mismo Constitucional ordene que amén, así sea. Con un par. Prevaricaciones, malversaciones, estafas, robos… el ciudadano de a pie, el cosido a impuestos y multas, tiene la sensación de que siempre prescriben para los de cuello blanco o carné político.

3. Las inhabilitaciones. Un político condenado a prisión por malversación de fondos públicos es también condenado a inhabilitación de cargo público. Hasta aquí, todo es correcto. El problema es el tiempo de inhabilitación. Ya que no hay la dignidad mínima de desaparecer de la vida pública tras la condena, la ley debe suplirlo inhabilitando de por vida. ¿qué eso eso de una inhabilitación de cuatro años por gastarse en prostíbulos dinero municipal? Y no me refiero sólo a los políticos. Cualquier persona condenada por delitos económicos debería quedar inhabilitada para administrar nada, y aquí es donde venimos al caso Millet. No, no os dejéis engañar por la estudiada puesta en escena de sus abogados, presentándolo como un venerable abuelito casi homeless, con americana de pata de gallo y camisa arrugadas

Félix Millet entra en el Juzgado a declarar como imputado (19 de octubre de 2009)

porque don Félix, además de presidente de la Fundación Palau de la Música-Orfeó Català de la que se han desviado más de 10 millones de euros, presidía varias otras empresas y fundaciones, y eso que ya es un viejo conocido de los juzgados, pues ya fue condenado a dos meses de arresto por falsedad documental por imprudencia en 1985 por Renta Catalana (chollo que combinaba la estafa piramidal Madoff con el timo de la estampita) y se libró por los pelos de ser condenado por apropiación indebida de 300 millones del fondo de pensiones del antiguo Banco Consolidado. ¿Cómo es posible que este tipo no estuviera desde 1984 inhabilitado para presidir incluso su comunidad de vecinos? Con el dinero de otros, untó -presuntamente- a los partidos políticos de todo el espectro ideológico a través de sus fundaciones, desde la FAES del PP hasta el anecdótico Partido Independentista de Colom, pasando por CDC y posiblemente el PSC. Así se creyó a salvo y quizá por eso las primeras irregulardiades en el Palau se vieron en 2002 pero nadie hizo nada.

En un país democráticamente sano, un político acusado de corrupción dimitiría antes de ser juzgado y asumiría la responsabilidad de las decisiones de sus subordinados. En un país democráticamente sano, la ciudadanía exigiría eso de sus gobernantes. Pero como éste es cada vez más un circo de 44 millones de habitantes (en Biarritz y la Junquera en lugar de aduanas deberían instalar taquillas para vender entradas), el político condenado por corrupción en lugar de desaparecer de la vida política, saca pecho, se presenta a la reelección y gana de nuevo, a veces ampliando la distancia.

Tal vez es que el país entero huele a podrido y no hay nada qué hacer. O quizá el problema esté en que aquí no se han cortado cabezas nunca, que no hemos tenido nuestra revolución francesa y hay mucha gente que se cree impune, que se sabe impune, no sólo políticos. Bueno, nunca es tarde para inaugurar esa sana costumbre en la plaza del pueblo; tal vez no nos salve de la crisis, pero sin duda nos mejorará el ánimo ver desfilar a toda esa caterva de sinvergüenzas, desde políticos y funcionarios corruptos a sus corruptores, pasando por jueces indignos o vagos, banqueros especuladores y demás fauna que tan fuerte ha crecido por aquí. Porque, al final, la última palabra la tenemos los ciudadanos, y parece que últimamente estamos cometiendo cierta dejación de funciones.