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Posts Tagged ‘amigos’

Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

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KLAUS

Si no nos hemos tomado mi precaución de bloquear todos los resquicios posibles en el perfil de facebook, podemos levantarnos un buen día y desayunarnos con la solicitud de amistad de un tipo con el que coincidimos en un campamento de verano allá por los ochenta (los que tenemos cierta edad) y cuyo nombre no nos dice nada hasta que recordamos que era el matón que hizo de nuestra estancia una tortura. En cambio, cuando alguien encuentra un blog, aunque sea enmascarado en el seudonimato como el mío, partimos ya de la posición ventajosa de que el hallador sabe leer, y eso da ciertas garantías.

Así, de casualidad, después de algunos años desconectados -ni él ni yo dábamos mucha importanca al e-mail cuando nos separamos, ni sabíamos exactamente qué íbamos a hacer o a deshacer-, gracias a este peculiar universo de blogs -que los Gustavo Bueno de turno consideran ya casi obsoletos, deslumbrados por el éxito de las redes sociales- un viejo amigo de la carrera y yo nos hemos reencontrado, y si él tuvo alguna duda de que era yo el disfrazado con el rostro de uno de los inoporantes más simpáticos de la historia alemana, no precisé ENIGMA para descifrar su acróstico.

No sé si el tiempo o las experiencias le habrán cambiado mucho, pues ni siquiera puedo discriminar si yo he cambiado mucho con ambos; la última vez que le vi, no había probado ni el tabaco ni el alcohol en toda su vida, y como su abstinente determinación no se debía ni a voto, promesa o causa religiosa alguna, sino más bien a terquedad, mucho me temo que, lamentablemente, seguirá igual en ese aspecto. Yo, en cambio, he sustituido el Moskovskaya con un poco de limón exprimido con que ponía a macerar mi hígado durante la carrera por cerveza negra o vino, sobre todo tinto, y una copa de calvados o de malta muy de vez en cuando.

Klaus es brillante, pero eso no debe llamar a engaño a nadie, que no se ha sentado en la puerta de su casa a esperar ver pasar el cadáver de su enemigo. Picasso decía algo sobre que la inspiración para ser eficaz debía encontrarle trabajando -como no recuerdo la cita exacta, la parefreseo y punto- y, consecuentemente, la brillantez intelectual de Klaus ha sido constantemente bruñida por su desmesurada capacidad de trabajo, tanto para los asuntos importantes como en otros más triviales; de hecho, es la única persona que conozco que supera mi capacidad de dedicar tiempo, trabajo y esfuerzo a lo pintoresco.

Hay muchas formas de demostrar inteligencia; en nuestra carrera, quizá la más importante -y difícil- es no creerse el pasodoble “Marcial, tú eres el más grande” que la escuela entera canta cuando uno sobresale en determinadas asignaturas. Y Klaus, pese a pertenecer por méritos propios a esa elite, siempre contempló con reparos esa feria de las vanidades. Quizá por eso todavía sigue cuerdo o, como mínimo, igual de loco que entonces. Muy buen dibujante y genial caricaturista, ha seguido cultivando la mirada crítida al starsystem -no sólo de la arquitectura- que ya tenía en la carrera, visión de la que se puede disfrutar en su blog,

www.klaustoon.wordpress.com

una reflexión lúcida y sagaz desde la tira cómica del mundo de las grandes estrellas de la arquitectura mundial. Si está en inglés no es por snobismo, sino simplemente porque Klaus vive allí. He aquí, por ejemplo, cómo refleja la paradoja entre el discurso de Rem Koolhaas, un gran arquitecto holandés, y su puesta en escena mediática.

pkool-hope-def

Viñeta On Starchitecture

y aquí está el verdadero Koolhaas, que personalmente me parece menos auténtico que la caricatura.

Por cierto, la sombra peluda que aparece en alguna viñeta

 

es el propio KLAUS, un amante del cine y conocedor de este arte como pocos que, supongo, homenajea a Hitschcock parodiando sus cameos. O quizá no, pero la asociación era ingeniosa y no he podido evitarla.

Si he traído este blog aquí no es sólo por recomendar una página que, objetivamente, encuentro digna se ser conocida y visitada, pues es una acertada crítica al mundo de la arquitectura y los grandes arquitectos desde dentro, una refrescante broma con la que devolvernos a la realidad a una profesión en la que tendemos a tomarnos demasiado en seria y con figuras tratadas a menudo como reencarnaciones de Buda. No sólo es eso, aunque ya sería bastante, sino por la alegría de haberme reecontrado con un viejo amigo en el que he pensado a menudo y cuya ausencia he extrañado a veces. Y no podía despedirme con otra cosa que con Pink Floyd, claro, un café para él y, haciendo una excepción, un moskovskaya en vaso helado para mí, por los viejos tiempos.

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Redes sociales

Sin haber llegado aún a los 35, a menudo me siento un Neanderthal, con una excelente capacidad craneal pero una nula adaptación al medio y, por tanto, próximo a la extinción. Llevo meses oyendo la monserga de las redes sociales sin saber a qué demonios se refieren, bien los contertulios de Punset cuando, académicamente mal vestidos, las relacionan con el comportamiento de no sé qué hormigas, bien una panda de nerds gafapasta y tardoadolescentes empeñados en parecer mayores y resultar ininteligibles. La verdad, no sé cuál  me da más grima. Así que me disculparéis si no me empantano yo en disgresiones sobre si este divertimento es símbolo de una sociedad cada vez más autista, o si indica que la gente es cada vez más social, o si somos todos una panda de cotillas cortando trajes en la plaza del pueblo.

Cansado de verme obligado a usar de vez en cuando un sintagma cuyo significado sólo intuía, decidí finalmente coger el toro por los cuernos e informarme. En mala hora fue, pues ya advertía Lovecraft que de algunas cosas es mejor no saber nada que saber un poco. Hombre de letras, fui en primer lugar a san Wikipedia a ver qué demonios era la cuestión que tan sesudos debates devanaba, y tras leer cuidadosamente la entrada que he enlazado al principio, acudí a un amigo para que me la decodificara, que la liturgia pascual en eslavón me es más accesible. Este amigo, Ferran, diskjockey de fin de semana en el Vinyes Velles, en una rápida respuesta a lo Jordi Sevilla, me dijo que para lo que yo necesitaba la definición, que me bastaba saber que eran sitios como facebook o myspace.

-Así que formo parte de una red social y no lo sabía. Esto de ser un hombre de las glaciaciones en la era digital me está desconcertando cada vez más.

-¿Tienes perfil en facebook?

-Si eso quiere decir que si me uní a eso, sí.

-Ah, pues ya te buscaré y te agrego.

-No, no me busques, que no me encontrarás, ya te buscaré yo.

En verano, unos amigos me invitaron a unirme a eso del facebook, martigala de la que no había oído hablar nunca o que sin duda había confundido con los e-books.

-¿Y esto qué demonios es? -pregunté con cierta prevención.

-Es una cosa nueva -mis amigos tampoco son Bill Gates, en general, ni académicos de la lengua-, que sirve para conectarte con los amigos.

-Para eso ya está el teléfono o el mail, ¿no?

-Sí, pero aquí también puedes colgar fotos.

-No me gustan las fotos.

-No sólo fotos, también vídeos, o buscar gente con aficiones parecidas a las tuyas…

-No acabo de entender el fin de todo esto…

-Venga, no seas soso, que es divertido.

Como he sido y soy miembro de algunos foros y grupos de internet, pensé que sería algo parecido, restringido, y me di de alta alegremente. Pero, como es habitual en mí, me guardé mucho de poner en mi perfil foto ninguna que pudiera reconocerme, que no quiero mi careto navegando libremente por la red.

A los dos días, estaba mi casilla de correo llena de solicitudes de amistad de amigos, parientes, conocidos, saludados, un tipo que se llama Bernard y pasaba por allí, gente de la que hacía veinte años que no sabía nada y maldita la necesidad que tenía de cambiar de situación, conocidos de saludados, gentecilla y cagamandurrias. Todas las luces de alarma se me encendieron cuando pretendió incluirme entre sus amigos Físico o Químico, personaje pintoresco de Biluba, neng de veintitantos sin oficio ni beneficio conocidos, conductor de un espectacular coche cuya financiación es aún motivo de controversia en la montaña, pues, como advirtió un amigo, y de ahí viene su mote, “Ya me contaréis cómo lo ha pagado, porque físico no es. Ni químico”.

Gente de todo tipo de repente me encontraba, o leía quién me escribía o qué hacía o qué sé yo, sin posibilidad alguna de controlar ni de discriminar, así que me puse como loco a revolver los entresijos del sintagma hasta localizar el absoluto anonimato, que sólo pueda verme quien ya me ve o a quien yo busque, y aún así he de padecer que alguien etiquete mi nombre en lo que le parezca mejor sin preguntarme opinión. Pero, al menos, la avalancha de solicitudes de “amigos” se ha detenido en seco, y ya es bastante.

Allí estoy, con mis cuarenta y tantos amigos, lista que aún he de expurgar de alguno que se coló y toleré por caridad pero que ya no pinta nada. Supongo que muchos usuarios de ese inmenso patio de vecinos virtual pensarán que soy un antisocial o algo así, sobre todo aquellos que parece que compiten a ver quién acumula más amigos, aunque para ello tengan que forzar el sentido de la palabra en castellano hasta poder hacer encajar en ella a auténticos desconocidos u hostiles conocidos. Como el jocoso pulso que en el programa de Buenafuente libraron Leopoldo Abadía y Eduardo Punset, que ganó de goleada el valenciano, 20.000 contra 5000 amigos. Así, Marta, la amiga que cuida de Kuragin cuando estoy fuera y que trabaja de camarera en Vinyes Velles, tiene un nómina más larga que la hoja policial de Julián Muñoz, y no todos, según ella misma reconoce entre risas, del todo recomendables, sino más bien lo contrario a veces. De hecho, Ferran, Xavi -otro amigo, con el que desfilamos por Carnestolendas en uniforme de la Wehrmacht, para escándalo de más de un veterense y de varios veteristas- y yo estamos planeando crear un grupo de Facebook, “Amigos no chungos de Marta”, grupo que será ciertamente selecto y poco numeroso. Que puede que de nuevas tecnologías esté más verde que un calabacín, pero si puedo valerme de ellas para una buena broma, soy capaz incluso de abrirme un fotolog. Bueno, tanto no, pero ya me entendéis. Son brillantes ocurrencias entre copas y habanos contra las que Marta -quien, con una discreción digna de encomio, no me ha etiquetado en ninguna de las fotos mías que ha colgado- no tiene más defensa que planear a qué torturas nos sometería las mañanas de resaca.

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En un alarmante caso de sincronicidad que daría para diecisiete mesas redondas en Cuarto Milenio, a muchos de mis amigos y conocidos, en Vetera, en Biluba y de la Universidad, les ha dado por embarazarse, o quizá se han encontrado con ello y han decidido ponerle al mal tiempo buena cara. En el trabajo, una compañera está de baja por maternidad, mi jefe, Elías, ha cedido finalmente a los requerimientos de su pareja -capitulación que Ernest y yo sabíamos inmediata desde que vendiera su moto-, y otras dos anunciaron en marzo su gravidez; tanto pánico me entró de que fuera epidemia contagiosa que durante dos semanas, no hubo  noche que X se quedara en que yo no padediera un espantoso dolor de cabeza. También en Biluba son cuatro los que esperan los retoños para uno, dos y tres meses; otros, sabios o cobardes, prefirieron echarse como pareja a alguien con los deberes ya hechos y el mocoso crecidito, que empezamos a no tener edad para andar trasegando biberones de madrugada. Como no frecuentan mi casa los políticamente correctos asesinos de la gramática, me ahorraré y os ahorraré el fárrago de duplicar el discurso con lo de mocoso/mocosa crecidito/crecidita. O las retoñas, claro. Porque puestos a elegir modelos literarios, prefiero atender el consejo de Cervantes

—Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días: dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada. (Quijote, 1ª parte, cap. XX)

que las ocurrencias de la ministra de Flamenco.

Curiosa me resulta esta moda reciente de dar la noticia tomados de la mano, con beatífica sonrisa, por medio de una construcción biológica y gramaticalmente imposible:

-Estamos embarazados.

Pues no. Ella está embarzada y él confía en ser el padre. En el caso de Rodolfo y Alejandra, mis amigos bichólogos de Biluba, incluso podríamos precisar con un:

-Alejandra está embarzada y tú, Rodolfo, estás hecho un cebón, que desde que volviste a Biluba te mueves menos que un francés con un burdel en la puerta de al lado.

Yo, que de estas cosas, como de tantas otras, sólo sé lo que vi en una película, leí en un libro o me contó un amigo, acabo de descubrir que no sienta el embarazo igual a todas las mujeres -otra cruz en el listado de pros de la vasectomía-, y que la radiante sonrisa con que Alejandra aguarda la hecatombe de su vida social, puede perfectamente trocarse en amargada reclusión y casi enfermedad para Silvia. Con mi más absoluta ignorancia y haciendo uso de esa malevolencia que me atribuyen, observé que quizá no era tanto cosa de embarazos como de embarazadas, pues Alejandra sigue trabajando a un mes del final y doce kilos nuevos, mientras que Silvia lleva de baja desde el segundo mes, y hace ya cuatro que el paciente Octavio le ata los zapatos porque un sobrepeso de cinco kilos le incomoda.

Ya he mencionado lo de la hecatombe social, pues como víctima de paternidades ajenas siempre me ha parecido que hay quien se lo toma como si le hubiera caído la perpetua y que, con un poco de suerte, confía en obtener la condicional en siete u ocho años; Octavio y Silvia, previsores, llevan ya como entrenamiento varios meses enclaustrados, imposible quedar con ellos más allá de las diez de la noche. Rodolfo y Alejandra no parecen de la misma pasta, pero ya no ponemos la mano en el fuego por nadie, que torres más altas han caído, y el viernes fuimos a celebrar su futura paternidad; como X pretendía esquiar el sábado, declinó acompañarnos, pues sabe o sospecha de nuestras francachelas.

Joan, Daniel, Jordi y yo fuimos la vieja guardia que escoltó a Rodolfo en tan magna noche; Octavio, como era de esperar, no vino, pero mandó una adhesión, participando en el regalo conjunto, un l’Ermita de 1999, en botella magnum

que Rodolfo insistió en vaciar esa misma noche. En plena exaltación de la amistad y entre humo de Sublimes de Montecristo,

comprendimos que la noche no podía acabar sin visitar la nutrida bodega de maltas y espirituosos de Emeterio, y no sé si fueron tres o cuatro las botellas de escocés de las que dimos cuenta los seis, pues Emeterio no había de quedarse atrás.

-¿Ves, Octavio, como no podías ir a cenar con estos? Habrías vuelto borracho a las cinco y yo pasé muy mala noche -fue la observación de Silvia el sábado cuando Alejandra preguntó por la juerga.

-Aquí nadie acabó borracho, sólo perjudicados -replicó Joan, que se acababa de meter un chuletón entre pecho y espalda como remedio para la resaca y de quien se rumorea que en el puerto de Barcelona, no hace muchos años, tumbó a vodkas a un marinero ruso.

-Sí, y seguro que todos fumabais.

-¿Y a ti que más te da, Silvia, si no ibas a salir? Ni siquiera estabas invitada.

-Porque después la ropa de Octavio apesta tanto que toso sólo de olerla.

-No me jodas, Silvia, que empezaste a fumar hace veinte años -cortó Daniel, que no suele tenerle mucha simpatía.

Octavio y Alejandro callaban, y allí empezamos a percibir la vieja guardia que se estaba formando un clan, el de los padres, del que estábamos claramente excluidos y, por si no lo habíamos notados, Silvia lo manifestó dándonos la espalda para intentar debatir con Alejandra sobre el carro más adecuado para el clima riguroso de Biluba y sus mal adoquinadas calles.

-Pues no he pensado en ello. Uno que tenga cuatro ruedas, supongo -fue su aportación más larga en el monólogo de Silvia.

-¿Cómo no vas a pensarlo? Nosotros hemos encontrado tres muy monos, ¿verdad, Octavio? y al final hemos elegido el Bugaboo, que es un poco caro, pero es el mejor, y en Biluba nadie lo tiene.

-Y, por curiosidad, ¿cuánto vale? -preguntó Rodolfo

-Casi mil euros. Pero es el mejor, ¿verdad, Octavio?

-Yo no digo nada. ¿Echamos una partida?

-No te sientes. Acompáñame a casa, que no me encuentro muy bien.

-Pobre Octavio, me da pena -comentó Alejandra

-Sí, parecía que Silvia se había moderado con el tiempo, pero el embarazo le ha devuelto su viejo carácter -matizaba Rodolfo.

-Su viejo carácter de bruja -apostilló Daniel-. Todas las brujas se encuentran un calzonazos. Acordaos de Eugenia y Tobías

-¿Se sabe algo de ellos? -pregunté-. No he vuelto a verlos desde la boda…

-Creo que ella está esperando gemelas.

-Silvia también -dijo, Alejandra, sorprendida-. La que les espera a Tobías y a Octavio…

-Uno y otro van a acabar saliendo en las noticias. ¿Nos apostamos algo? -fue la solución de Rodolfo-. ¿Hacemos una porra? Pongo cinco euros a que Tobías es el primero, y antes de diez años.

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La mayor parte de mis amigos del casino provincial son maestros y profesores de secundaria, prejubilados o casi, aunque también los hay cuerentones e incluso uno apenas cinco años mayor que yo, y basta con verles la cara al coger las cartas para saber cómo les ha ido el día. Dos o tres veces al año hacen terapia de grupo en forma de amistosa comilona, y este sábado fui invitado al más excepcional estofado de jabalí que he probado jamás.

-Lo peor, amigo mío, ya no son los niños, que nos los traen sin vacunar. Ni siquiera los padres, serios candidatos la mitad de ellos a la esterilización terapéutica. No, amigo mío, lo peor ahora son los compañeros -fue la observación de Enrique, alto, bigotudo, sesentón y de baja desde hace unos meses, azuzando las primeras llamas, porque no hay reunión  masculina en que pueda faltar el crepitar de un buen fuego donde asar alcachofas y reventar morcillas.

-Estoy hasta las narices de niñatos-convino Roberto, el que aún no tiene 40 años- y de sus teorías psicopedagógicas modernas, de no coartar y no no sé qué y no no sé cuántos. Hay que marcar límites a los niños si se les quiere convertir en ciudadanos, enseñárles que no todo vale lo mismo…

-Cuéntales el Carnaval -intervino Lucas, que nos traía el porrón de ribeiro.

-Pues decidieron que este año los profesores también teníamos que ir disfrazados a clase el martes de Carnaval, y llevar el mismo disfraz que los alumnos; ya me contaréis qué sentido tiene eso -el resto asentía, víctimas de situaciones parecidas-, que nosotros estamos para enseñarles, no para entretenerles.

-Pues yo me conformo con que no me incordien -dijo Ramiro

-Es que tú ya estás mayor. A esta panda de modernos no se les ocurre otra estupidez que ‘preguntemos a los niños de qué quieren que nos difracemos todos’, como si no pudiéramos imaginarnos la sarta de dislates que saldrá de semejante encuesta. Claro que uno siempre confía en que una inteligencia superior sabrá discriminar el grano de la paja. Pues no. Preguntaron y lo que les pareció más interesante a esa panda de idiotas fue la ‘fresca y espontánea’ sugerencia de un niño de cuatro años de ir todos con las bragas o calzoncillos por sombrero. 

Imagen de la BBC, último capítulo de la cuarta parte de Blackadder.

Los  pocos de los presentes que no conocíamos la historia, duchamos al resto en vino: -Eso no es posible-murmuré.

-Pues lo es. Así que el martes estaban todos recibiendo a los padres con bragas y calzoncillos en la cabeza. Mis alumnos de sexto, todavía cabales, me preguntaron si les iba a obligar a llevar eso. “Esto es una fiesta, que cada cual haga lo que mejor le parezca”. Y como ninguno de ellos siguió el despropósito, ni yo tampoco, ahora me acusan de ‘promover la sedición’ y me están haciendo cierto vacío. Que por mí  mejor, desde luego, eso que me ahorro.

-Pero, ¿a quién se le pudo ocurrir semejante estupidez?

-Gilipollez, Theo, la palabra exacta es gilipollez -sentenció Enrique.

-Se le puede ocurrir a cualquiera de esas psicopedagogas llenas de teorías y ocurrencias pero que en una clase son más tiernas que una mata de habas, de las que después voy recogiendo por los pasillos llorando porque una alumna la ha llamado puta, otro le ha escupido.

-Es que Ramiro es un caballero. A la última que me vino llorando porque la llamaron ‘puta’, cuando le pregunté que había hecho y me respondió que nada, le di una palmadita en la espalda y le dije: “Pues nada, chica, sigue así, que no acabas el curso” -contaba Lucas, a la búsqueda de mas tajadas de jabalí-. Después, una de estas en la sala de profesores me reprochó que mi clase estuviera en absoluto silencio, que eso ‘coartaba la naturaleza de los adolescentes’.

-Bueno, pues que se maten a pajas en clase, que también forma parte de la naturaleza de los adolescentes -redujo al absurdo Cigales, recién jubilado.

-Tú no des ideas, Cigales, que ya te has ido.

-6000 euros me ha costado la prejubilación, pero es el dinero mejor gastado de mi vida. Me da pena acabar así mi vida profesional, con la ilusión con que empecé y seguí durante tantos años, pero al final ya era imposible seguir. Ahí iba yo a quedarme, entre locas y salvajes.

-No me hables de locas -se lamentaba Lucas-, que tengo reunión de evaluación la semana que viene y ya me tiemblan las piernas… En lugar de poner las notas en común y se acabó, se recrean en escuchar su propia voz, en comentar todas las penas y desgracias: “Este niño, yo no sé qué puedo hacer con este niño, ¿sabéis si tiene algún problema en casa?” “Ah, pues me han dicho que los padres se iban a separar” “Es que se le nota, porque el comportamiento…” ¿No pueden ocuparse de su clase y sus problemas sin hacernos participar a los demás? ¿Es una reunión de evalaución o sesión de lavadero? La última, cuatro horas y media duró. Como se me crucen los cables, les hago lo mismo con cada uno de mis 29 alumnos y ya veremos qué gracia les hace.

-Lucas, lo que tienes que hacer es como yo, quitarte de en medio antes de buscarte un problema.

-En tu situación, ahora estaría en la cárcel, Enrique, no habría sabido tener tu sangre fría.

-¿Qué ocurrió? -pregunté al fin, pues nunca supe el motivo de la baja de Enrique.

– Un cabestro de quince años se lió a golpes y patadas conmigo en clase cuando le exigí que se sentara y dejara de comportarse como un chimpancé. Para no estrellarle la cabeza contra la pizarra, salí de la clase, pedí al profesor de guardia que se hiciera cargo y fue a Dirección a exigir su expulsión inmediata y por seis meses. Pueden hacerlo, pero los directores tienen urticaria a posibles confilictos con los padres, y me ofreció amonestación por dos días. “Tú verás lo que haces, pero podemos salir en los periódicos”, le dije, “porque en este momento me da igual estrellarle la cabeza al mocoso o a ti por tolerarlo”. Desde entonces, llevo cinco meses de baja. Otros cuatro y me jubilo ya.

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Vitali

La última vez que vi a Vitali, hace unos nueve meses, me comentó, entre calada y calada de Belomorkanal, esos horribles cigarrillos rusos de boquilla de cartón, los papirosa, que le habían encontrado cáncer.

Archivo:Belomorkanal.JPG

-No hace falta que digas nada -rompió mi silencio con su castellano de Cuba con acento ruso-. Ya sé que lo sientes, por eso te lo cuento. De momento, estoy en tratamiento y es posible que puedan operarme.

Conocí a Vitali hace varios años, nueve exactamente, cuando yo trabajaba en un proyecto urbanístico en el Sur de Rusia y él era oficial en una de las divisiones rusas en las que la corrupción se mantenía en niveles aceptables, lejos de la dramática afirmación que haría en 2002 el jefe del Estado Mayor conjunto, general Anatoli Kvashin, de que  las tropas bajo su mando estaban “acosadas por el crimen y la pobreza, con soldados regularmente robando armas y vendiéndolas abiertamente”. Años más tarde, lo reencontré en una ciudad del Norte de España, ejerciendo de jefe de seguridad de un empresario ruso. Más tarde, con ese mismo empresario, vivía en Alicante, desde donde abandonó el país siguiendo los pasos de su patrón cuando la Audiencia Nacional empezó a cerrarles el lazo, no sin antes pasar por Vetera para despedirse. Ya no volvería a verle.

Pese a que cuando lo conocí me pareció un hombre refrescantemente sencillo, ahora me resulta difícil explicar cómo era, se me antoja complejo, con zonas oscuras en las que no quise indagar; en el 2000, junto a la Makarov reglamentaria, llevaba un mazo de tarot; en el 2004, había cambiado la Makarov por una Yariquin, y en el 2008 se había agenciado una Gurzà, pero seguía llevando el mismo mazo de tarot. El tercer día que nos vimos, me las tiró y debió de gustarle lo que vio, pues a las pocas semanas me invitaría a pasar diez días en una casita que tenía en Sochi, junto al Mar Negro. Yo, que estaba de tiendas de campaña y el mar de lodo del deshielo primaveral, la Rasputitsa, hasta más arriba de las narices, acepté sin dudarlo, y en la incomodidad de un T-72 modificado hicimos el trayecto.

La Rasputitsa durante la II Guerra Mundial. Imagen del blog Instituto de Estudios Solarísticos

En Sochi conocí a Natasha, su hija. Bailaba en el Mariinsky, en San Petersburgo (el antiguo Kirov), plaza que se le había resistido varias veces por su origen familiar de  ‘член семьи изменника Родины’, “Miembro de familia traidora a la Patria”, el mismo motivo que retrasaba los ascensos de Vitali; después de cenar, mientras Vitali buscaba vasos helados de vodka, Natasha me estampó el beso más espectacular que me habían dado hasta entonces -lo cual tampoco es decir mucho- y allí empezaron tres de los años más complejos de mi vida.

-No me gusta que te acuestes con mi hija- observó con el mismo tono con que me indicaba dónde había un bisonte, pasándome la petaca con cognac armenio.

Yo me quedé blanco. No sabíá qué responderle, porque no me pareció adecuado ir con la verdad por delante: “Ya me gustaría, pero aún no lo he conseguido” -Vitali me sacaba 20 cm en todas las dimensiones-. Miró mi azoramiento y estalló en una carcajada, golpeándose el muslo y palmeándome la espalda con su amistosa manaza, que habría derribado las puertas de Jericó-. Era una broma, me gustas, y si Tasha está bien contigo, me parece perfecto.

-Natasha me gusta mucho -confesé con un hilo de voz, sonrojado. Nunca me imaginé con 25 pidiéndole la mano a nadie.

-Esta noche lo celebraremos. Nos iremos de putas. ¡No pongas esa cara, alguien tendrá que enseñarte a tratar a una mujer como es debido!

¿Le habrían dicho las cartas que yo era virgen todavía? Seguí siéndolo esa noche, y todas las noches que estuve en Sochi, sólo al volver a España con Natasha, que se había matriculado en Filosofía en mi universidad, dejé de serlo.

Este era Vitali. En otra ocasión, le pedí una Tokarev TT-33 para mi colección; aplastó el cartón del cigarrillo antes de responder y ofreció: -Si tienes que darle un susto a alguien, sólo dímelo-. Sonrió y me ofreció fuego para la pipa: -Eres muy blando, Theo, este mundo no se ha hecho para gente como tú.

Durante un tiempo de encontronazos con la incompetencia, cuando no corrupción, de ciertos técnicos municipales, no sabía cuánto tiempo resistiría antes de llamar a Vitali.

Durante otra cena en un argentino de Barcelona me comentó que en determinados ámbitos su nombre sonaba entre otros varios oficiales a investigar por reacciones desproporcionadas en Chechenia, un eufemismo burocrático.

-No creo que seas el responsable, pero tamboco creo que seas del todo inocente.

-¿Eso es mejor o peor?

-Supongo que mejor.

-Supones mal. Si tienen que juzgarte por algo, al menos que seas responsable de ello, y no un tonto útil.

-¿Entonces?

-Natasha te podrá confirmar que nunca he sido muy listo. Por cierto, ¿cómo está?

Hacía años que Natasha y Vitali no se hablaban; de hecho, dejaron de hacerlo poco después de que ella viniera a España; por un tiempo temí que fuera el culpable de ello, pero después descubrí que no tenía yo nada que ver, que ellos necesitaban odiarse durante un tiempo para volver a quererse, que era su enfermiza relación libérrima, enfadándose en lo que estaban de acuerdo y reprochándose en lo que coincidía, y que yo les hacía de puente. Les estuve haciendo de puente hasta el sábado, cuando Natasha me llamó, embarazadísima. Vitali había muerto durante un tiroteo, como ella esperaba, como todos esperábamos, el cáncer habría sido una anomalía en su biografía.

-Por cierto, aquí me ha dejado una Tokarev para ti. Te la llevaré en junio, cuando vaya a España de nuevo. ¿Seguro que sabes usarla? Si tienes que darle un susto a alguien, sólo dímelo…

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Cortinas

-Theo, ¿cómo estás?

-¿César? ¡Cuánto tiempo!

Y así, después de más de un año, estuvimos más de una hora hablando de todo lo humano y lo divino que si apenas hubiera pasado una semana que no nos veíamos. Desgraciadamente, no es así.

César en un muy buen amigo de la Universidad; compartimos piso los seis años que él tardó en hacer Medicina pero, desde entonces, apenas nos vemos una vez al año; él vive en Madrid, casado con otra médico y es más difícil hacer encajar las agendas de los tres que obtener una alineación planetaria favorable y, como es comprensible, cuando logran acompasar un tiempo libre entre ellos, tienen mejores cosas que hacer que visitar el agro de Vetera.  Sobre todo cuando aún no he logrado una cartera de bodegas a visitar suficientemente amplia y surtida.

Íbamos hablando de las vidas mutuas, de la tesis para la que Ruth -la mujer de César- ya busca tribunal, de la que César no acaba de despegar, de la que yo empezaré el año que viene, en cuanto termine el trabajo de investigación… de los hijos que no tenemos, de la hipoteca que no sufro, del coche que se han cambiado, de la invasión georgiana de Osetia, de Espe, de libros… sobre todo, de libros. Nuestros encuentros son a menudo como aquel fragmento del poema “Momentos felices”, de Gabriel Celaya

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Porque César es una joya entre los médicos, si se me permite parafrasear a Tolkien, de una cultura e intereses que abarcan mucho más allá de los gruesos volúmenes del Sobota o el Harrison, y fue él quien me descubrió al magnífico escritor italiano Gesualdo Bufalino, de quien hablaré en otra ocasión y con quien he mantenido los debates más apasionantes y apasionados sobre Thoman Mann. Por mi parte, le introduje en Tolkien, el arte de la pipa y la degustación de Armagnac. Creo que he salido ganando.

Concluidos los grandes temas -tenemos ambos método en nuestra locura, y coherencia en nuestro desorden, siempre abordamos el contexto antes de entrar en los detalles-, empezamos con los pequeños asuntos cotidianos, amigos comunes, un nuevo restaurante, alguna película. sobre mi vida sentimental hace tiempo que César prefirió no preguntar nada hasta que le anuncie una fecha de boda, así que le conté la incorporación accidental de Freyja a la convivencia entre Kuragin y mía…

-¿Tienes dos gatos? ¿Y qué pasa con las cortinas?

Unos segundos de silencio incómodo antes de aclarar: -César, yo no tengo cortinas…

-JAJAJAJAJA! Te prometo que mientras estaba preguntándotelo, me estaba diciendo que me responderías eso.

– La vida de casado te está haciendo mucho daño, César, que no hace mucho jamás me habrías preguntado por las cortinas.

-Supongo que tienes razón, que me fino en cosas a las que nunca había prestado atención. Nos hemos cambiado de sofá y Ruth quiere cambiar también las cortinas y llevamos dos semanas buscando las que mejor combinen con la tapicería y con las sillas…

-No sé si quiero seguir escuchándolo, César, me está entrando vértigo.

-Ya sabes lo que dijo cierto profesor de Berkeley: “les gustamos, porque somos bohemios, pero luego, en casa, quieren un director de banco”.

-Sólo espero que no me digas que TÚ llevas los zapatos a juego con el cinturón-unos segundos de delator silencio-. Los llevas. ¿Qué han hecho de ti, amigo mío?

-¡La culpa es de los que me abandonasteis cuando me casé! -bromea-. Por cierto, ¿sigues jugando al rol?

-Hace ocho años de la última partida…

-¿Montamos una el miércoles? Los habanos los pongo yo…

-Pero, ¿no habías dejado de fumar?

-Un día es un día

-Ruth me matará. El miércoles hay partida.

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