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Posts Tagged ‘Biluba’

En un alarmante caso de sincronicidad que daría para diecisiete mesas redondas en Cuarto Milenio, a muchos de mis amigos y conocidos, en Vetera, en Biluba y de la Universidad, les ha dado por embarazarse, o quizá se han encontrado con ello y han decidido ponerle al mal tiempo buena cara. En el trabajo, una compañera está de baja por maternidad, mi jefe, Elías, ha cedido finalmente a los requerimientos de su pareja -capitulación que Ernest y yo sabíamos inmediata desde que vendiera su moto-, y otras dos anunciaron en marzo su gravidez; tanto pánico me entró de que fuera epidemia contagiosa que durante dos semanas, no hubo  noche que X se quedara en que yo no padediera un espantoso dolor de cabeza. También en Biluba son cuatro los que esperan los retoños para uno, dos y tres meses; otros, sabios o cobardes, prefirieron echarse como pareja a alguien con los deberes ya hechos y el mocoso crecidito, que empezamos a no tener edad para andar trasegando biberones de madrugada. Como no frecuentan mi casa los políticamente correctos asesinos de la gramática, me ahorraré y os ahorraré el fárrago de duplicar el discurso con lo de mocoso/mocosa crecidito/crecidita. O las retoñas, claro. Porque puestos a elegir modelos literarios, prefiero atender el consejo de Cervantes

—Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días: dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada. (Quijote, 1ª parte, cap. XX)

que las ocurrencias de la ministra de Flamenco.

Curiosa me resulta esta moda reciente de dar la noticia tomados de la mano, con beatífica sonrisa, por medio de una construcción biológica y gramaticalmente imposible:

-Estamos embarazados.

Pues no. Ella está embarzada y él confía en ser el padre. En el caso de Rodolfo y Alejandra, mis amigos bichólogos de Biluba, incluso podríamos precisar con un:

-Alejandra está embarzada y tú, Rodolfo, estás hecho un cebón, que desde que volviste a Biluba te mueves menos que un francés con un burdel en la puerta de al lado.

Yo, que de estas cosas, como de tantas otras, sólo sé lo que vi en una película, leí en un libro o me contó un amigo, acabo de descubrir que no sienta el embarazo igual a todas las mujeres -otra cruz en el listado de pros de la vasectomía-, y que la radiante sonrisa con que Alejandra aguarda la hecatombe de su vida social, puede perfectamente trocarse en amargada reclusión y casi enfermedad para Silvia. Con mi más absoluta ignorancia y haciendo uso de esa malevolencia que me atribuyen, observé que quizá no era tanto cosa de embarazos como de embarazadas, pues Alejandra sigue trabajando a un mes del final y doce kilos nuevos, mientras que Silvia lleva de baja desde el segundo mes, y hace ya cuatro que el paciente Octavio le ata los zapatos porque un sobrepeso de cinco kilos le incomoda.

Ya he mencionado lo de la hecatombe social, pues como víctima de paternidades ajenas siempre me ha parecido que hay quien se lo toma como si le hubiera caído la perpetua y que, con un poco de suerte, confía en obtener la condicional en siete u ocho años; Octavio y Silvia, previsores, llevan ya como entrenamiento varios meses enclaustrados, imposible quedar con ellos más allá de las diez de la noche. Rodolfo y Alejandra no parecen de la misma pasta, pero ya no ponemos la mano en el fuego por nadie, que torres más altas han caído, y el viernes fuimos a celebrar su futura paternidad; como X pretendía esquiar el sábado, declinó acompañarnos, pues sabe o sospecha de nuestras francachelas.

Joan, Daniel, Jordi y yo fuimos la vieja guardia que escoltó a Rodolfo en tan magna noche; Octavio, como era de esperar, no vino, pero mandó una adhesión, participando en el regalo conjunto, un l’Ermita de 1999, en botella magnum

que Rodolfo insistió en vaciar esa misma noche. En plena exaltación de la amistad y entre humo de Sublimes de Montecristo,

comprendimos que la noche no podía acabar sin visitar la nutrida bodega de maltas y espirituosos de Emeterio, y no sé si fueron tres o cuatro las botellas de escocés de las que dimos cuenta los seis, pues Emeterio no había de quedarse atrás.

-¿Ves, Octavio, como no podías ir a cenar con estos? Habrías vuelto borracho a las cinco y yo pasé muy mala noche -fue la observación de Silvia el sábado cuando Alejandra preguntó por la juerga.

-Aquí nadie acabó borracho, sólo perjudicados -replicó Joan, que se acababa de meter un chuletón entre pecho y espalda como remedio para la resaca y de quien se rumorea que en el puerto de Barcelona, no hace muchos años, tumbó a vodkas a un marinero ruso.

-Sí, y seguro que todos fumabais.

-¿Y a ti que más te da, Silvia, si no ibas a salir? Ni siquiera estabas invitada.

-Porque después la ropa de Octavio apesta tanto que toso sólo de olerla.

-No me jodas, Silvia, que empezaste a fumar hace veinte años -cortó Daniel, que no suele tenerle mucha simpatía.

Octavio y Alejandro callaban, y allí empezamos a percibir la vieja guardia que se estaba formando un clan, el de los padres, del que estábamos claramente excluidos y, por si no lo habíamos notados, Silvia lo manifestó dándonos la espalda para intentar debatir con Alejandra sobre el carro más adecuado para el clima riguroso de Biluba y sus mal adoquinadas calles.

-Pues no he pensado en ello. Uno que tenga cuatro ruedas, supongo -fue su aportación más larga en el monólogo de Silvia.

-¿Cómo no vas a pensarlo? Nosotros hemos encontrado tres muy monos, ¿verdad, Octavio? y al final hemos elegido el Bugaboo, que es un poco caro, pero es el mejor, y en Biluba nadie lo tiene.

-Y, por curiosidad, ¿cuánto vale? -preguntó Rodolfo

-Casi mil euros. Pero es el mejor, ¿verdad, Octavio?

-Yo no digo nada. ¿Echamos una partida?

-No te sientes. Acompáñame a casa, que no me encuentro muy bien.

-Pobre Octavio, me da pena -comentó Alejandra

-Sí, parecía que Silvia se había moderado con el tiempo, pero el embarazo le ha devuelto su viejo carácter -matizaba Rodolfo.

-Su viejo carácter de bruja -apostilló Daniel-. Todas las brujas se encuentran un calzonazos. Acordaos de Eugenia y Tobías

-¿Se sabe algo de ellos? -pregunté-. No he vuelto a verlos desde la boda…

-Creo que ella está esperando gemelas.

-Silvia también -dijo, Alejandra, sorprendida-. La que les espera a Tobías y a Octavio…

-Uno y otro van a acabar saliendo en las noticias. ¿Nos apostamos algo? -fue la solución de Rodolfo-. ¿Hacemos una porra? Pongo cinco euros a que Tobías es el primero, y antes de diez años.

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X en Biluba

Llegamos el jueves cuando anochecía. Biluba, como buen pueblo que pretende ser turístico, tiene más casas que habitantes y nos recibió con la más inhóspita de sus imágenes, con las moles de los edificios aún más mastodónticas a la luz de las lámparas de sodio, las cortinas echadas, las persianas bajadas, los porticones cerrados. Una ciudad fantasma, sin luces ni ruidos.

-Smaug, Ancalagón. Os presento a X -Siempre he querido hacer una entrada triunfal; nadie sabía que X me acompañaría, ni siquiera sabían que existía X; en la Guerra de los Cien Años que es mi relación con mis padres es la primera vez que llevo la iniciativa en una batalla, convertí el Jueves de Tinieblas en mi día de San Crispín; incluso el nieto de mis padres, el caprichoso y malcriado yorkshire, la recibió juguetón y no a ladridos. 

Mi padre fue el primero en recuperarse y murmurar de soslayo un
-¿Cómo dices que se llama?
-X
-¿Y eso cómo es en español?
-X
-Tócate los cojones. ¿Otra extranjera? ¿Tú también como tu hermana? ¿Quién me mandaría a mí tener hijos tan raros?
-Papá, en la medida de lo posible, intenta no parecerte a Homer Simpson.

Mi madre, guardiana de la casa-museo, estaba completamente desubicada. ¿Cómo había podido ser tan desconsiderado de llevar a una desconocida a casa sin avisarla? No había hecho la compra (cuando dije que la creía mentimos los dos), no tenía nada en casa (salvo una despensa preparada para un invierno nuclear), estaba todo desordenado (mi padre había dejado el abrigo sobre la silla), no había preparado la habitación de invitados…
-¿Perdón? -interrumpí -¿Estoy en la casa de los Alcántara?
-Bueno, no vais a dormir juntos… cuando viene tu hermana y Jacques tampoco duermen juntos.
-Que les prepares habitaciones distintas no quiere decir que las usen.
-¿Te crees que soy tonta? Ya lo sé. Es tu padre, que es más verde que una lechuga con todo, menos cuando se trata de su hijita. Y si con ellos hacemos como que no sabemos nada, con vosotros también. Además, no la conocemos a… ¿cómo dices que se llama?
-X. Pero yo sí la conozco. En el sentido bíblico también.
-No me gusta que uses la Biblia para hacer chistes. ¿Qué estás tachando en esa libreta?
-Las frases que he adivinado que ibas a decir.
-No me gusta lo cínico que te estás volviendo.
-Ésa también estaba.

Nadie me escucha. X insistió en dar un paseo por Biluba para hacerse una idea de mi ‘lado oscuro’, por más que quise hacerle entender que era una mala idea. Semana Santa empieza el Viernes; los días anteriores, es como si no exitieran, sólo el soplar del viento y rodar de matojos como en un Western: las diez de la noche, por las calles no quedaban ni los gatos; tan solo el foro de Davos, tambaleándose hacia sus casas. El foro de Davos son dos borrachos titulares que cada tarde se reúnen para unos delirantes debates sobre economía, bolsa e inversiones en medio de una atenta parroquia que, de tanto disimular las risas con toses, parece asamblea de tísicos.

-¿Esto está siempre tan … ?
-¿Muerto? Sí, casi siempre. Menos cuando está abarrotado
-Quería decir tranquilo. No me lo imagino abarrotado, la verdad… Es tétrico.
-Qué mejor lugar para celebrar oficios de Tinieblas, entonces. Sí, se abarrota, pero eso no quiere decir que a los aborígenes les entren prisas.


-Ya he visto que tienen otro ritmo…
-Ya irás viendo otras peculiaridades… En este pueblo, Kafka sería costumbrista. ¿Vamos yendo al restaurante?
-Parecía que a tu madre no le hacía mucha gracia cenar fuera…
-Bueno, está siguiendo una dieta muy dura y no puede comer muchas cosas; además, le parece que estemos celebrando algo, y eso es del todo inapropiado para un Jueves Santo…
-Yo sólo lo he sugerido para que no tuviese que cocinar…
-Ya lo sé, amor. Pero ella es así, no le hagas mucho caso… Estas son de esas fechas en que ‘No está el horno para bollos’.
-¿El horno para bollos?
-El motivo para no hacer fiestas, ni celebrar muchas cosas, para que casi todo estuviese prohibido o mal visto o fuese inoportuno… era que ‘no estaba el horno para bollos’… Tanto tiempo pasó sin estar ‘el horno para bollos’, que me pregunté si alguna vez habíamos tenido horno. Ya hemos llegado. ¿Preparada para el Tercer Grado?
-¿Les cuento que nos conocimos en un bar tomando copas y que ya pasé esa noche contigo?
-A mi padre le haría mucha ilusión que se lo dijeses; sigue creyendo que soy gay… y mi madre… bueno, ella entendería por ‘pasar la noche’ que estuvimos jugando a cartas o al dominó.
-No creo que sea tonta…
-Es lo que querría entender y es, por tanto, lo que entendería… En fin, ánimo y al toro.
-Jajajaja! No seas trágico.

Un restaurante pequeño, apenas diez mesas, y sólo una ocupada, la nuestra. Es muy difícil cambiar una mentalidad, y en esas montañas descreídas y librepensadoras se observa un respeto casi patológico por la muerte de un Dios. La crema de setas, especialidad de la casa, con un xarel·lo de Cantallops bajaron sin mayores problemas, pero la tragedia se mascaba. Casi podía oír todos los pensamientos que a mi madre se le estaban ocurriendo; de un momento a otro, empezaría el interrogatorio. Y fue mientras nos decantaban el Jumilla para el lechal.
-Entonces, ¿en qué trabajas?
-No trabajo aún. Estoy acabando la carrera.
-Uy, qué joven eres! -al acabar de decir esto, mi madre se puso roja, X también; mi padre estalló en una sonora carcajada y yo saqué el reloj del bolsillo:
-Una hora, mamá. El subconsciente te ha traicionado en un tiempo récord. X, has batido la marca de Jacques, y eso parecía imposible.
-Bueno… yo… quería decir que… no es eso…
-Déjalo, Smaug -terció mi padre medio atragantado de la risa-, no lo arregles más. Después yo soy el metepatas de la familia…

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-Debería haber contado que nos conocimos en un bar. Y que soy una amante excepcional. Ya puestos a estar en la picota, al menos moriremos matando. ¿Y tú has sobrevivido aquí? ¿Cuántos años?

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El domingo volví de Biluba. Para los que crean que ese Macondo montaraz, escenario de mi infancia y adolescencia y ahora guarida de mis dragones, no es más que mi Yocknapatawpha, tras agradecer el cumplido de la comparación, no puedo aportar más prueba de su existencia que mi palabra y los arañazos de mis excursiones. Pero puedo describíroslo.

Biluba es un puente. Puente e iglesia existían mucho antes de que un barón y un abad, allá por el siglo XIII, se percataran de la idoneidad para emplazar allí mercado y villa, o villam de mercato, según dice el documento fundacional, encrucijada de los importantes Camino de Francia, de Norte a Sur, y el Camino de la Sal, de Este a Oeste. Se da la particularidad de que es una villa nueva en una tierra vieja, densamente habitada desde tiempos carolingios o incluso antes, de aldeas, villares y castillos, abadías godas y otras que crecieron y desaparecieron antes de que Biluba viera la luz, sin dejar más rastro que topónimos y documentos dudosos. Biluba nació por decisión señorial, sin que nadie escuchara a sus habitantes, y este rasgo fundacional ha pervivido hasta ahora, pues todos los sucesos importantes de la villa ocurrieron por decisiones que tomaron otros, nunca Biluba.

Biluba ha sido un río y cuatro barrancos, sus avenidas y sus destrozos hasta hace muy poco; canalizados, hoy lamen mansamente la larga fachada fluvial, pero los viejos aguardan la venganza del río por haberlo intentado domar; no confían en el juguetón vecino en el que ahora cabalgan botes de rafting pues todos perdieron algo en su último arranque de furia, hace cincuenta años.

También es Macondo, con una edad de oro que tal como vino se fue, y dejó tras de sí el cementerio de elefantes de fábricas y naves decrépitas, cristales rotos y puertas cegadas. Viejo Príamo que devoró a sus hijos, ahora languidece estirada, “como un trozo pequeño de mantequilla sobre demasiado pan”, sobredimensionada, esperando que, como siempre, alguien le diga el camino a seguir, pues nunca ha tomado ninguna decisión. Biluba no es antigua, es vieja. No tiene un campanario románico que fotografíen los turistas, ni casonas blasonadas de esquinas reforzadas con sillares, y lo que tuvo lo ha ido derribando por no ser suficientemente pintoresco o para levantar un Cornellá montaraz de cinco o seis plantas, ladrillo visto y balcones corridos. Biluba no sabe quién es ni qué quiere ser; la precoz especulación que ella conoce desde los años 40, le ha provocado un alzheimer urbano, y ya no recuerda cómo era. No ha crecido, simplemente se ha desparramado.

No mira atrás, pero tampoco adelante, pues sabe que la carretera que es todo su sentido ha de desaparecer y cómo, entonces, se sustituirá la placa metálica que avisa de su presencia por lápida de mármol que la recuerde. Paraíso de los enfermos terminales -un noviembre en sus calles se hace eterno-, ella misma se agosta, entre casas vacías y grúas optimistas, pasando día a día sin esperar demasiado.

Los bosques avanzan. Dos siglos atrás, Francisco de Zamora anotaba en su diario no haber encontrado forestas en sesenta millas alrededor de Biluba. Ahora, es lo único que hay. Pinos y robles han ido colonizando los pastos, los bancales yermos, las ruinas de cuadras, pueblos y templos. Liebres y jabalíes donde ramoneaban las mil cabezas ovinas del abad, vacas y bueyes y algún caballo. Por las noches, en aquellos pueblos minúsculos que la edad de oro de Biluba vació, se oyen los ladridos de perros cimarrones, el asilvestrado resultado de un regalo de navidad que en agosto molesta y se suelta en la montaña. Pero hay quien entre los gañidos distingue el aullido de algún lobo.

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Neorrurales

España es un país que ha llegado tarde a casi todo, y la urbanización ha sido tan tardía que casi todos tenemos un mi pueblo al que volver, una casa familiar en la que reunirse para discutir por las trivialidades más nimias; quizá, como en el poema de León Felipe, no sea una casa solariega y blasonada, ni tenga sobre la chimenea el retrato de un mi abuelo, con una mano es la espalda y la otra apoyada en el puño de una espada. Otros, entre los que me incluyo, somos, directamente, de pueblo, sin ambages ni generaciones intermedias.

Y para nosotros, acostumbrados a que el tiempo transcurra de otro modo en las montañas, nada resulta más incomprensible que esa nueva casta que está colonizando nuestras ruinas como tumularios o larvas, los neorrurales.

Tras varios años de estudio de campo, los sabios de Biluba, la guarida de mis dragones, reunidos en Sanedrín en la tasca de Emeterio, concluyeron, vino va, vino viene, que pese a unos rasgos comunes en sus modos sociales, habría que establecer una doble clasificación, según su origen y según sus usos.

Según ser origen, se distinguen entre guaites y aviams. El guaita es el urbanita de decimoséptima generación que, de repente, siente la llamada del bosque y se va al campo creyendo que es como las películas; al principio, todo le parece exótico y de hecho, cree estar de safari y tratando con salvajes. Raro que todavía ninguno haya venido con salacot…

 

Por el contrario, el aviam es el converso que regresa al pueblo en su jubilación para ilustrar a los bárbaros que no han conocido la civilización. Si aquéllos nunca supieron lo que es el agro, éstos lo han olvidado cuidadosa y concienzudamente, y el resultado suele ser igualmente irritante.

En cuanto a sus usos, la nomenclatura está todavía en discusión; si bien en un principio pareció afortunada la aséptica distinción entre bruts (sucios) y nets (limpios), el contacto hace el cariño y con el tiempo se han ido imponiendo los más precisos y sonoros grenyuts (melenudos) y torracollons (tocapelotas). No puede decirse que todos los guaitas sean grenyuts, pero la experiencia demuestra que casi todos los aviams son torracollons.

Grave error sería considerar que todo el que va a vivir al campo, a la montaña… es un neorrural, pues no es la geografía sino la vocación misionera lo que los define. Un médico que acabó la carrera, sacó plaza en el CAP de Biluba y allí se quedó treinta años puede perfectamente ser mucho menos neorrural (o no serlo en absoluto) que un dominguero con casa para ir a esquiar. El neorrural busca en el agro su propia salvación; si entendemos como pagano al habitante del pagus, el campo, es su deber evangelizarnos y convertirnos a la fe urbana. Y si no queremos ser salvados, todo misionero tiene derecho a usar de hoguera. 

Al poco de desembarcar, no hay club, asociación o grupo al que no se haya apuntado, y si no lo hay, lo funda. Conocedor de las últimas moderneces urbanas con que epatar a los rústicos, prepara su asalto al poder en menos de tres meses, ya sea en candidatura municipal o a la presidencia de la Asociación de Macramé, amparado en estatutos que conoce mejor que el que los redactó, quien los copió de algo que se bajó de la página web de la Generalitat para cumplir con el expediente, cambiándole las palabras adecuadas (y no siempre). Porque grenyut o torracollons, el neorrural llega pertrechado de más leyes que el código de Justiniano, que el que no parece abogado debió ser expulsado de la facultad por listo.

Pero, al año, grenyuts y torracollons tienen el mismo problema, y es que el pueblo no es lo que ellos pensaban. A los primeros suele desconcertarles e indignarles que incluso en aquellos remotos valles la posibilidad de vivir como un salvaje esté limitada por la ley, que en sus comunas no puedan hacer de su capa un sayo con todo, empezando por la escolarización de sus hijos y que, sobre todo, por muy abandonado que esté un pueblo, lo más probable es que sus casas tengan propietarios. Los torracollons sobrellevan muy mal que la realidad no sea como la postal que se imaginaron, que el campo huela, que las vacas caguen y los perros ladren. Uno de ellos compró una vieja borda y bajo el epígrafe de ‘consolidación de estructura’, se ha hecho una casa de tres plantas, asunto que no habría tenido mayor importancia en un valle en el que incumplir ciertas leyes se considera motivo de orgullo, de no haber decidido el morador de la cuadra devenida casa que el resto de establos atentaban a su egregio olfato y que operaban en la ilegalidad por estar tan cerca de viviendas; con pocas ovejas y menos vacas, decidieron los ganaderos que el cerdo se quedará como vecino único, salvo uno, testarudo, Perot, que argumentó tener incluso derechos de paso sobre la finca transubstanciada. La última noticia es que el terco octogenario había sido llevado a juicio y sus bienes congelados ante la demanda interpuesta. En mala hora buscó las cosquillas donde no debía, pues si él puede convertir una borda en vivienda, Biluba ha trasmutado su portal en mingitorio, su jardín en basurero y su coche… mejor no entramos en detalles con lo que le ha ocurrido al coche.

Pues es en el momento en que la tozuda realidad se empeña en recordarles la imperfección cuando suelen aparecer los problemas. Hiperactivos, una vez han fundado el grupo ecologista, nutrido abundantemente de guaites y aviams, las cinco candidaturas municipales, alcanzado la presidencia del AMPA y montado una obra de teatro contemporáneo, de las de muchos tacos, pueden caer en el error de creer que son sus propios méritos y no la apatía aborigen por los cargos –“ya se lo harán”- lo que los ha encumbrado y que por ser ellos tan listos ya han encontrado su feudo entre hobbits. Y de allí, a la catástrofe. O a las ocurrencias de los grenuyts de Corronco, que se han erigido en microestado libertario para solaz de todo el valle, que cuando no tiene nada de qué hablar en las largas tardes de invierno se pregunta si las cabras ecológicas votaron a favor o en contra de la independencia, y que si los quesos y verduras que venden los jueves en el mercado deberían pagar aranceles.

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