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Cortinas

-Theo, ¿cómo estás?

-¿César? ¡Cuánto tiempo!

Y así, después de más de un año, estuvimos más de una hora hablando de todo lo humano y lo divino que si apenas hubiera pasado una semana que no nos veíamos. Desgraciadamente, no es así.

César en un muy buen amigo de la Universidad; compartimos piso los seis años que él tardó en hacer Medicina pero, desde entonces, apenas nos vemos una vez al año; él vive en Madrid, casado con otra médico y es más difícil hacer encajar las agendas de los tres que obtener una alineación planetaria favorable y, como es comprensible, cuando logran acompasar un tiempo libre entre ellos, tienen mejores cosas que hacer que visitar el agro de Vetera.  Sobre todo cuando aún no he logrado una cartera de bodegas a visitar suficientemente amplia y surtida.

Íbamos hablando de las vidas mutuas, de la tesis para la que Ruth -la mujer de César- ya busca tribunal, de la que César no acaba de despegar, de la que yo empezaré el año que viene, en cuanto termine el trabajo de investigación… de los hijos que no tenemos, de la hipoteca que no sufro, del coche que se han cambiado, de la invasión georgiana de Osetia, de Espe, de libros… sobre todo, de libros. Nuestros encuentros son a menudo como aquel fragmento del poema “Momentos felices”, de Gabriel Celaya

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Porque César es una joya entre los médicos, si se me permite parafrasear a Tolkien, de una cultura e intereses que abarcan mucho más allá de los gruesos volúmenes del Sobota o el Harrison, y fue él quien me descubrió al magnífico escritor italiano Gesualdo Bufalino, de quien hablaré en otra ocasión y con quien he mantenido los debates más apasionantes y apasionados sobre Thoman Mann. Por mi parte, le introduje en Tolkien, el arte de la pipa y la degustación de Armagnac. Creo que he salido ganando.

Concluidos los grandes temas -tenemos ambos método en nuestra locura, y coherencia en nuestro desorden, siempre abordamos el contexto antes de entrar en los detalles-, empezamos con los pequeños asuntos cotidianos, amigos comunes, un nuevo restaurante, alguna película. sobre mi vida sentimental hace tiempo que César prefirió no preguntar nada hasta que le anuncie una fecha de boda, así que le conté la incorporación accidental de Freyja a la convivencia entre Kuragin y mía…

-¿Tienes dos gatos? ¿Y qué pasa con las cortinas?

Unos segundos de silencio incómodo antes de aclarar: -César, yo no tengo cortinas…

-JAJAJAJAJA! Te prometo que mientras estaba preguntándotelo, me estaba diciendo que me responderías eso.

– La vida de casado te está haciendo mucho daño, César, que no hace mucho jamás me habrías preguntado por las cortinas.

-Supongo que tienes razón, que me fino en cosas a las que nunca había prestado atención. Nos hemos cambiado de sofá y Ruth quiere cambiar también las cortinas y llevamos dos semanas buscando las que mejor combinen con la tapicería y con las sillas…

-No sé si quiero seguir escuchándolo, César, me está entrando vértigo.

-Ya sabes lo que dijo cierto profesor de Berkeley: “les gustamos, porque somos bohemios, pero luego, en casa, quieren un director de banco”.

-Sólo espero que no me digas que TÚ llevas los zapatos a juego con el cinturón-unos segundos de delator silencio-. Los llevas. ¿Qué han hecho de ti, amigo mío?

-¡La culpa es de los que me abandonasteis cuando me casé! -bromea-. Por cierto, ¿sigues jugando al rol?

-Hace ocho años de la última partida…

-¿Montamos una el miércoles? Los habanos los pongo yo…

-Pero, ¿no habías dejado de fumar?

-Un día es un día

-Ruth me matará. El miércoles hay partida.

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