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Posts Tagged ‘comic’

Quiero disculparme por la arrogancia de escribir sobre un género que conozco poco y un tema del que no soy un experto. No pretenderá este post ser un sesudo análisis del cómic en cuanto tal, porque no estoy ni capacitado ni formado para ello, ni tampoco vomitaré datos de una erudición que algunos calificarían freaky y que puede encontrarse en Wikipedia sin esfuerzo alguno. Es una simple disgresión o paja mental sobre los aspectos del cómic que más me interesan, entre ellos el la figura del héroe de cómic como actualización del mito heroico, de un arquetipo. Para un análisis del cómic con seriedad, rigor y un profundo conocimiento y documentación, remito a los artículos de Koldo Lus Arana, arquitecto, crítico y excelente dibujante.

Batman, Spiderman, Superman… Pueden parecernos iguales, pero, en realidad, cada uno representa un modo distinto de afrontar el fenómeno heroico. Dos características tienen en común; una, su carácter netamente urbano, ligados casi en exclusiva a una ciudad, al menos originalmente: Gotham City (Batman), Nueva York (Spiderman) o Metrópolis (Superman). La segunda, el concepto de la doble identidad, de la doble vida.

La doble identidad había ya sido ensayada con éxito en la literatura de aventuras desde principios del siglo XX; La Pimpinela Escarlata, de la baronesa d’Orczy (1905), y en el Zorro, La madición de Capistrano (1919), de Johnston McCulley o Scaramouche, de Rafael Sabatini (1923) serían sólo ejemplos que después el cine multiplicaría en las adaptaciones de Dick Turpin o de Tulipán negro, por citar sólo dos clásicos. El recurso a la doble identidad puede verse como una actualización de uno de los aspectos del mito heroico: el héroe acepta su tarea, su destino a regañadientes -pensemos, como mitos recientes, la reticencia de Aragorn en aceptar la corona de Gondor, las dudas de Harry Potter o, en mitos clásicos, Lanzarote o Tristán-. El héroe duda, porque sabe que cuando asuma su papel cruzará un puerta para la que no hay vuelta atrás , nacerá a una nueva vida. A menudo, las figuras heroicas de corte más clásico sufren una iniciación, a veces simbólica, como la Dama del Lago entregando Excalibur a Arturo, o la estancia en el palacio subacuático de Lanzarote -en ambas, el agua como elemento de tránsito, de muerte y renacimiento, elementos que están presentes en el bautismo cristiano-; a veces, en cambio, este morir para nacer a una nueva vida, a un nuevo destino, tiene tintes dramáticos, ya sea la muerte propiamente dicha en los mitos vampíricos -entendiendo el vampiro como un héroe oscuro, pero un héroe-, la muerte de un ser muy cercano y querido -Batman-, una conversión -Spiderman-. El mantenimiento de una doble identidad es mantener la ficción de una vida que pudo haber sido, pero que se ha abandonado para siempre. El caso de Superman, por sus características específicas de origen extraterrestre, plantea una divertida paradoja, y es que, si bien Batman o Spiderman se ‘disfrazan’ para salir a la lucha, Superman se disfraza para vivir. Las máscaras heroicas de unos se convierten en las gafas de Clark Kent. Superman adopta un rol débil, torpe y lento de entendederas como alter ego quizá porque se supone que así debería juzgar a la humanidad un ser de sus características.

Una vez alumbrado a la nueva vida, el héroe necesita ser educado en su nuevo camino. En la mitología clásica, esta labor ‘educativa’ la ejercían los centauros; en los relatos medievales, como el ciclo artúrico, son seres que viven en el bosque, ermitaños, carboneros… seres marginales, que viven en el reino por excelencia de lo mágico y lo salvaje en el imaginario medieval: la foresta, esa foresta que , hasta el siglo XI, apenas estaba interrumpida por calveros donde se arañaban cereales al suelo. El centauro y hombre del bosque como introductores se convierten en el gigante Hagrid en Harry Potter, en el extraño Tom Bombadil para Frodo o en el montaraz maestro tibetano que adiestra a Bruce Wayne. El papel, actualizado, siempre es interpretado por un ser, o bien no totalmente humano, o bien deshumanizado en parte, un ser marginal con conocimientos distintos, a menudo mucho más naturales. El héroe sale de la civilización y, antes de volver a ella para cumplir su misión, debe aprender de la naturaleza. Y por eso Superman vivó en el Kansas más rural hasta los 18 años.

Batman y Superman, muy próximos en el tiempo -aparecen, respectivamente, en 1939 y 1938- presentan los rasgos heroicos más opuestos. Batman renueva el uniforme clásico, pero no deja de ser un héroe al uso, donde se pueden reconocer todos los aspectos míticos de quienes le han precedido; Superman plantea otras cuestiones: en primer lugar, ya no es humano y está dotado de poderes superiores. Esto ya fuerza el universo mítico y crea un nuevo personaje: ya no es un héroe, es un superhéroe, igual que ya no es un hombre, sino un superhombre. Superman no necesita los gadgets de Batman, ni tampoco recurrir tanto al intelecto; tampoco necesita compañeros o ayudantes. Se convierte, pues, en un héroe mucho más estático, con menos posibilidades de desarrollo. Es excecesivamente intransitivo y, al mismo tiempo, es el primer superhéroe que abandona la soledad para tener una pareja estable. Ni Héctor, ni Lanzarote, ni Frodo ni Batman la tienen: ellos salvan el mundo para la Humanidad, no para ellos.

El gran compañero de Batman no es Robin. Es Gotham. La ciudad como un personaje; no es un decorado como Metropolis, o como la Nueva York de Spiderman. Es un ser vivo, tan vivo como Basin City. La arquitectura, la ciudad no se entiende como aséptica, sino como el escenario en el que se desarrollan los hechos y, por tanto, puede modificar los hechos o puede empaparse del significado de los hechos. La ciudad no es neutral, como no lo es en los héroes anteriores, pero eso es ya otra historia.

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