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Posts Tagged ‘Döblin’

La buena literatura merece siempre una segunda oportunidad y, a menudo, nuestra generosidad -porque nada es tan caro como aquello que nos cuesta tiempo- se ve sobradamente recompensada. No suele ocurrir así con las personas, pero, ¿qué le haremos?, y la vida tampoco suele dar segundas oportunidades.

Hoy hablaré de tres libros, de tres autores en lengua alemana, prácticamente contemporáneos, los alemanes Alfred Döblin (1878-1957) y Thoman Mann (1875-1955) y el suizo Robert Walser (1878-1956). En el ambiente snob de la Escuela de Arquitectura, había autores fundamentales que todos citaban, empezando por críticos de prestigio y pedantería equiparables, pasando por los profesores más cool -casi siempre, los de proyectos- hasta ciertos alumnos que leían sólo lo que sus gurús decían, para entresacar alguna cita con que adornar el proyecto. en la segunda mitad de los noventa, estos autores eran Robert Musil y Alfred Döblin. La obra entera de Musil -la traducida al castellano- la había devorado a los 18 y releído a los 21, incluida la enorme e inacabada El hombre sin atributos, con lo que no dejaba de hacerme sonreír, cuando no de sonrojarme con vergüenza ajena, ver a algunos de mis profesores citar al de Klagenfurth con la suficiencia del que trata de un saber sólo para inciados, un misterior eléusico entre gentiles. Ni que decir tiene que más de uno lo citaba de modo que sospecho que no lo había leído, que sólo citaba la cita que otro tomó del crítico por antonomasia, Fernández Galiano, quizá el único de todos los citantes que conocía de primera mano de lo que hablaba. Porque con Musil me ocurre lo mismo que con Proust, todo el que afirma haberlo leído cita el mismo párrafo, la estupidez de Diotima o la disgresión sobre vivienda y hospital en Musil, el aroma de las magdalenas en Proust. El otro libro obligado era Berlinalexanderplatz, de Alfred Döblin. Lo busqué, lo encargué, lo compré y lo empecé a leer. A las veinte páginas, decidí que eso era insoportable y que la vida de Franz Biberkopf, ex presidiario empeñado en no volver a delinquir, pero que no puede evitarlo, no me interesaba lo más mínimo, que malditas las ganas de hacerme perder el tiempo. Dos años más tarde, un verano caluroso de largas tardes solitarias con una cerveza de trigo, lo abrí de nuevo y lo devoré en una semana. La trama, que me exasperó primero por su trivialidad, ahora me traía sin cuidado, porque era sólo una excusa para uno de los más hermoso ejercicios de idioma que había visto nunca. Los registros más variados, el recurso a elementos heterogéneos, como un discurso político, o las estadísticas diarias del matadero de Berlín… recursos que decían más por lo que sugerían que cualquier larguísima descripción. Y además, la fina ironía que empapa toda la novela, esa ironía y sentido del humor que Viktor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final, eleva a la categoría de atributo nacional del berlinés. De la trama, hay poco que contar: Franz Biberkopf es un pequeño delincuente que, al salir de prisión, se hace la promesa de volver a delinquir. Por desgracia, por más que lo intenta, no pude escapar de ello en la Alemania de entreguerras, al fin y al cabo, todos sus contactos son del hampa. Muy wagneriano, sólo el amor logra redimir al héroe.

El desencuentro con José y sus hermanos, de Thoman Mann, sólo fue otro más en una larga lista de desencuentros, que empezara en COU con Carlotta en Weimar, y siguió con La muerte en Venecia y La montaña mágica. Compré el primer volumen, Las historias de José, por una excelente crítica en no sé qué periódico (sí lo sé, el único que leía entonces, pero dejémoslo ahí), y allí estuvo, acumulando polvo tras las primeras páginas. Tiempo más tarde, después de haber conocido a otro Mann en sus cuentos, La voluntad de ser feliz, Novela de niños… regresé a José y sus hermanos. Tal vez ahora mi ánimo era distinto, tal vez había leído más y tenía más formación, además de saber más historia… no lo sé, sólo sé que me pareció magistral, tanto en su concepción global como en su más nimio detalle, un inmenso edificio en el que se había cincelado piedra a piedra. Las pinceladas que deja ir, por ejemplo, de las ciudades son mucho más sugerentes y requieren un conocimiento más íntimo de la arquitectura antigua que el más prolijo ensayo sobre el tema; y lo mismo de la relación entre los protagonistas y Dios, un debate sobre el monoteísmo y la monolatría de gran rigor. Pero siempre al servicio de una trama exquisitamente trazada, y de unos personajes despojados de todo atributo de santidad bíblica, para dejarlos como humanos desnudos. Cuatro tomos necesitó Mann para narrar en toda su complejidad una historia que la Biblia ventila en cuarenta, y maldita la palabra que sobra.

Con Los hermanos Tanner, de Walser, la relación fue más fría. No fue un rechazo radical, ni una incompatibilidad… no. Leí el libro y lo olvidé. Sin más. Simon Tanner me parecía un niñato, Klaus Tanner un viejo prematuro y Kaspar, bueno, Kaspar ni siquiera me dejó recuerdo. Hace unos días, leí que Walser murió bajo un árbol, en uno de sus larguísimos paseos sobre la nieve, su favorita afición, y sonreí al ver que también es la mía. Y leí que había enmudecido para la literatura como Hölderlin, en 1933, y entonces decidí darme una segunda oportunidad para entender algo que entocnes se me fue. Y ha merecido la pena, descubrir la libertad absoluta de Simon Tanner, no ligado a nada ni a nadie más que a sí mismo. Y la belleza, la enorme belleza de toda la novela, sin reproches, sin dudas. Elias Cannetti decía de Walser que era el autor que menos se deja ver en su obra, que sufrió durante toda su vida, pero sus libros son siempre una sonrisa, un ‘Todo va bien’. Quizá necesitaba leer eso, que todo va bien.

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