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Posts Tagged ‘educación’

La mayor parte de mis amigos del casino provincial son maestros y profesores de secundaria, prejubilados o casi, aunque también los hay cuerentones e incluso uno apenas cinco años mayor que yo, y basta con verles la cara al coger las cartas para saber cómo les ha ido el día. Dos o tres veces al año hacen terapia de grupo en forma de amistosa comilona, y este sábado fui invitado al más excepcional estofado de jabalí que he probado jamás.

-Lo peor, amigo mío, ya no son los niños, que nos los traen sin vacunar. Ni siquiera los padres, serios candidatos la mitad de ellos a la esterilización terapéutica. No, amigo mío, lo peor ahora son los compañeros -fue la observación de Enrique, alto, bigotudo, sesentón y de baja desde hace unos meses, azuzando las primeras llamas, porque no hay reunión  masculina en que pueda faltar el crepitar de un buen fuego donde asar alcachofas y reventar morcillas.

-Estoy hasta las narices de niñatos-convino Roberto, el que aún no tiene 40 años- y de sus teorías psicopedagógicas modernas, de no coartar y no no sé qué y no no sé cuántos. Hay que marcar límites a los niños si se les quiere convertir en ciudadanos, enseñárles que no todo vale lo mismo…

-Cuéntales el Carnaval -intervino Lucas, que nos traía el porrón de ribeiro.

-Pues decidieron que este año los profesores también teníamos que ir disfrazados a clase el martes de Carnaval, y llevar el mismo disfraz que los alumnos; ya me contaréis qué sentido tiene eso -el resto asentía, víctimas de situaciones parecidas-, que nosotros estamos para enseñarles, no para entretenerles.

-Pues yo me conformo con que no me incordien -dijo Ramiro

-Es que tú ya estás mayor. A esta panda de modernos no se les ocurre otra estupidez que ‘preguntemos a los niños de qué quieren que nos difracemos todos’, como si no pudiéramos imaginarnos la sarta de dislates que saldrá de semejante encuesta. Claro que uno siempre confía en que una inteligencia superior sabrá discriminar el grano de la paja. Pues no. Preguntaron y lo que les pareció más interesante a esa panda de idiotas fue la ‘fresca y espontánea’ sugerencia de un niño de cuatro años de ir todos con las bragas o calzoncillos por sombrero. 

Imagen de la BBC, último capítulo de la cuarta parte de Blackadder.

Los  pocos de los presentes que no conocíamos la historia, duchamos al resto en vino: -Eso no es posible-murmuré.

-Pues lo es. Así que el martes estaban todos recibiendo a los padres con bragas y calzoncillos en la cabeza. Mis alumnos de sexto, todavía cabales, me preguntaron si les iba a obligar a llevar eso. “Esto es una fiesta, que cada cual haga lo que mejor le parezca”. Y como ninguno de ellos siguió el despropósito, ni yo tampoco, ahora me acusan de ‘promover la sedición’ y me están haciendo cierto vacío. Que por mí  mejor, desde luego, eso que me ahorro.

-Pero, ¿a quién se le pudo ocurrir semejante estupidez?

-Gilipollez, Theo, la palabra exacta es gilipollez -sentenció Enrique.

-Se le puede ocurrir a cualquiera de esas psicopedagogas llenas de teorías y ocurrencias pero que en una clase son más tiernas que una mata de habas, de las que después voy recogiendo por los pasillos llorando porque una alumna la ha llamado puta, otro le ha escupido.

-Es que Ramiro es un caballero. A la última que me vino llorando porque la llamaron ‘puta’, cuando le pregunté que había hecho y me respondió que nada, le di una palmadita en la espalda y le dije: “Pues nada, chica, sigue así, que no acabas el curso” -contaba Lucas, a la búsqueda de mas tajadas de jabalí-. Después, una de estas en la sala de profesores me reprochó que mi clase estuviera en absoluto silencio, que eso ‘coartaba la naturaleza de los adolescentes’.

-Bueno, pues que se maten a pajas en clase, que también forma parte de la naturaleza de los adolescentes -redujo al absurdo Cigales, recién jubilado.

-Tú no des ideas, Cigales, que ya te has ido.

-6000 euros me ha costado la prejubilación, pero es el dinero mejor gastado de mi vida. Me da pena acabar así mi vida profesional, con la ilusión con que empecé y seguí durante tantos años, pero al final ya era imposible seguir. Ahí iba yo a quedarme, entre locas y salvajes.

-No me hables de locas -se lamentaba Lucas-, que tengo reunión de evaluación la semana que viene y ya me tiemblan las piernas… En lugar de poner las notas en común y se acabó, se recrean en escuchar su propia voz, en comentar todas las penas y desgracias: “Este niño, yo no sé qué puedo hacer con este niño, ¿sabéis si tiene algún problema en casa?” “Ah, pues me han dicho que los padres se iban a separar” “Es que se le nota, porque el comportamiento…” ¿No pueden ocuparse de su clase y sus problemas sin hacernos participar a los demás? ¿Es una reunión de evalaución o sesión de lavadero? La última, cuatro horas y media duró. Como se me crucen los cables, les hago lo mismo con cada uno de mis 29 alumnos y ya veremos qué gracia les hace.

-Lucas, lo que tienes que hacer es como yo, quitarte de en medio antes de buscarte un problema.

-En tu situación, ahora estaría en la cárcel, Enrique, no habría sabido tener tu sangre fría.

-¿Qué ocurrió? -pregunté al fin, pues nunca supe el motivo de la baja de Enrique.

– Un cabestro de quince años se lió a golpes y patadas conmigo en clase cuando le exigí que se sentara y dejara de comportarse como un chimpancé. Para no estrellarle la cabeza contra la pizarra, salí de la clase, pedí al profesor de guardia que se hiciera cargo y fue a Dirección a exigir su expulsión inmediata y por seis meses. Pueden hacerlo, pero los directores tienen urticaria a posibles confilictos con los padres, y me ofreció amonestación por dos días. “Tú verás lo que haces, pero podemos salir en los periódicos”, le dije, “porque en este momento me da igual estrellarle la cabeza al mocoso o a ti por tolerarlo”. Desde entonces, llevo cinco meses de baja. Otros cuatro y me jubilo ya.

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