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Posts Tagged ‘Faulkner’

El domingo volví de Biluba. Para los que crean que ese Macondo montaraz, escenario de mi infancia y adolescencia y ahora guarida de mis dragones, no es más que mi Yocknapatawpha, tras agradecer el cumplido de la comparación, no puedo aportar más prueba de su existencia que mi palabra y los arañazos de mis excursiones. Pero puedo describíroslo.

Biluba es un puente. Puente e iglesia existían mucho antes de que un barón y un abad, allá por el siglo XIII, se percataran de la idoneidad para emplazar allí mercado y villa, o villam de mercato, según dice el documento fundacional, encrucijada de los importantes Camino de Francia, de Norte a Sur, y el Camino de la Sal, de Este a Oeste. Se da la particularidad de que es una villa nueva en una tierra vieja, densamente habitada desde tiempos carolingios o incluso antes, de aldeas, villares y castillos, abadías godas y otras que crecieron y desaparecieron antes de que Biluba viera la luz, sin dejar más rastro que topónimos y documentos dudosos. Biluba nació por decisión señorial, sin que nadie escuchara a sus habitantes, y este rasgo fundacional ha pervivido hasta ahora, pues todos los sucesos importantes de la villa ocurrieron por decisiones que tomaron otros, nunca Biluba.

Biluba ha sido un río y cuatro barrancos, sus avenidas y sus destrozos hasta hace muy poco; canalizados, hoy lamen mansamente la larga fachada fluvial, pero los viejos aguardan la venganza del río por haberlo intentado domar; no confían en el juguetón vecino en el que ahora cabalgan botes de rafting pues todos perdieron algo en su último arranque de furia, hace cincuenta años.

También es Macondo, con una edad de oro que tal como vino se fue, y dejó tras de sí el cementerio de elefantes de fábricas y naves decrépitas, cristales rotos y puertas cegadas. Viejo Príamo que devoró a sus hijos, ahora languidece estirada, “como un trozo pequeño de mantequilla sobre demasiado pan”, sobredimensionada, esperando que, como siempre, alguien le diga el camino a seguir, pues nunca ha tomado ninguna decisión. Biluba no es antigua, es vieja. No tiene un campanario románico que fotografíen los turistas, ni casonas blasonadas de esquinas reforzadas con sillares, y lo que tuvo lo ha ido derribando por no ser suficientemente pintoresco o para levantar un Cornellá montaraz de cinco o seis plantas, ladrillo visto y balcones corridos. Biluba no sabe quién es ni qué quiere ser; la precoz especulación que ella conoce desde los años 40, le ha provocado un alzheimer urbano, y ya no recuerda cómo era. No ha crecido, simplemente se ha desparramado.

No mira atrás, pero tampoco adelante, pues sabe que la carretera que es todo su sentido ha de desaparecer y cómo, entonces, se sustituirá la placa metálica que avisa de su presencia por lápida de mármol que la recuerde. Paraíso de los enfermos terminales -un noviembre en sus calles se hace eterno-, ella misma se agosta, entre casas vacías y grúas optimistas, pasando día a día sin esperar demasiado.

Los bosques avanzan. Dos siglos atrás, Francisco de Zamora anotaba en su diario no haber encontrado forestas en sesenta millas alrededor de Biluba. Ahora, es lo único que hay. Pinos y robles han ido colonizando los pastos, los bancales yermos, las ruinas de cuadras, pueblos y templos. Liebres y jabalíes donde ramoneaban las mil cabezas ovinas del abad, vacas y bueyes y algún caballo. Por las noches, en aquellos pueblos minúsculos que la edad de oro de Biluba vació, se oyen los ladridos de perros cimarrones, el asilvestrado resultado de un regalo de navidad que en agosto molesta y se suelta en la montaña. Pero hay quien entre los gañidos distingue el aullido de algún lobo.

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