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Carne de cañón

Los trenes de cercanías son un lugar interesante para hacer antropología, pero vistos los especímenes que últimamente me encuentro, tentado estoy de hacer el viaje con salacot y un rifle.

Ayer fui a Barcelona comer con unas amigas; en Martorell se subió un chico de no más de 19 años, con el móvil en la mano sonando flamenkito a todo trapo, para que el vagón en pleno de un momento melómano con Camela, Los Chunguitos o algo así. Descamisado -las normas mínimas de higiene y urbanidad son cosa del pleistoceno-, con las bermudas tan caídas que el Calvin Klein se leía perfectamente; unas Adidas doradas y un sello de oro en la mano que en la mía me obligaría a llevar el brazo en cabestrillo. Le llamaron y tardé 15 segundos en reconocer que sus monosílabos y gruñidos eran un lenguaje articulado basado en el castellano. Las adidas, el Calvin Klein, un móvil de los que las personas normales no compran por la vergüenza de tener que pagarlo a plazos… no le quitaba los ojos de encima a una noruega guapísima que se sentaba a mi lado, con una mirada tan sucia que la chica me susurró al oído: “Por favor, ¿podrías bajarte conmigo en Plaça Catalunya? ¿Puedo cogerte de la mano?”

Era mi parada, así que no era ninguna molestia. Y tampoco lo habría sido acompañarla hasta el final del trayecto, pues incluso yo me sentía preocupado. Lo que me extrañó es que, con mi suerte habitual, no me hayan visto de la mano de una desconocida doscientas amigas de X que estaban casualmente celebrando una convención en ese vagón…

A la vuelta, dos chicas, después de una trifulca con una anciana que le señaló a una de ellas que poner los pies en el asiento en que ella -la anciana- estaba sentada no acababa de ser de su agrado, tenían un interesante debate sobre la diferencia entre “un susto” y “un aviso”.

-A la Jessi un día de estos le van a dar un susto.

-Ya se lo dieron la semana pasada.

-Eso no fue un susto, eso fue un aviso

-Si te parece poco susto depertarse en Figueras -a 136 km de Barcelona- y no tener pelas ni para un hostal…

-No la habían violado, ¿verdad? Pues es un aviso. ¿Tienes pelas para canutos? Es que hasta el martes no me pagan y necesito uno para que se me vaya la mala ostia que me dejado la vieja esa…

Releía este fin de semana 1984. En un momento determinado, el protagonista, miembro del Partido Único, reflexiona sobre esos premios de lotería que, él lo sabe, en realidad nunca tocan, pero cuya publicidad ayuda a mantener el control por medio de la esperanza contra las clases más depauperadas de su sociedad. E, indefectiblemente, he empezado a pensar en ‘las loterías’ con que se engaña con falsos resplandores a los elementos más vulnerables de nuestra sociedad.

Esta semana pasada, con su baile de cifras escandalosas tanto de fichajes como de nóminas de ciertos deportistas que se autoproclaman de elite, ha ayudado a reflexionar sobre un proceso que no ha ocurrido de repente, sino que lleva operando en nuestra sociedad lenta pero implacablemente desde hace varios años, “sin que se note el cuidado, pero que se note el efecto”, en palabras del Felipe V. Se trata del proceso de lumpenización de las clases populares españolas, tanto clases bajas como medias.

El método es el mismo que en las loterías de premios fabulosos de 1984, que es dar la esperanza de poder pasar de lo más bajo a lo más alto de la escala social sin haberse formado ni haber dado un palo al agua, simplemente por medio de algo caído del cielo. Nuestras loterías son un poco más sutiles y, por ende, mucho más eficaces: deporte y reallyties.

Así, adolescentes de clases bajas y medias, espectadores de los lujos de una sociedad de consumo a la que ellos no están invitados, ven en la fama fácil el modo de conseguir dinero fácil, y ponen sus esperanzas en ser seleccionados para OT o GH o cualquier monstruosidad parecida; hace años, cuando se estaba haciendo el cásting de la segunda edición de OT, una responsable de márketing de la ETB comentó alarmada que se habían presentado 400.000 jóvenes. Desde entonces, se han multiplicado ediciones, programas y promesas.

Algunos sociólogos hablan de ‘generación polígono’: jóvenes de barrios y poblaciones de la periferia de grandes ciudades, con importantes polígonos industriales, que dejan de estudiar en cuanto pueden para poder trabajar como mano de obra no cualificada y participar de las migas de la sociedad de consumo con que les han bombardeado durante años. Al no tener ningún tipo de cualificación, son estos miembros de la generación polígono los primeros en caer en caso de crisis y, al mismo tiempo, son los más fácilmente absorbibles por la extrema derecha, pues un discurso en el que el culpable es el otro, el distinto, el inmigrante es mucho más digerible que reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones previas.

Salir en Gran Hermano, publicitar los escarceos sexuales con el famoso de medio pelo de turno,  mejor que mejor si es con términos que sonrojarían a la madame de un burdel, dar el cante de algún modo… todo vale. Vale para ellos y vale para sus progenitores, que ven en la joven promesa del universo Aída el billete para “salir de pobres”. Ya no dicen como el abuelito o el papá de Goytisolo en la deliciosa canción de Paco Ibáñez

“Trabaja, niño”. Ahora esperan que golpeen un balón o que canten o que bailen, o que tengan desparpajo, cara dura o lo que sea. Da igual. Almagra los ha definido como “los nuevos niños yunteros”, pues sin formación ni preparación de ningún tipo no les espera otro futuro que tirar de un arado, físico o metafórico. Que 16 años de educación obligatoria den como resultado a las dos chicas de la controversia entre aviso y susto o un semianalfabeto asalvajado es para preocuparse y mucho. Y es para preocuparse aún más la reflexión de hacia dónde va nuestra sociedad, con una capa cada vez más amplia cuidadosamente convertida en poco más que animales de tiro.

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¡Basta ya!

Hace una semana acabé Los hombres que no amaban a las mujeres, el primer volumen de la trilogía Millenium, del sueco Stieg Larsson. Si uso este libro como introducción no es porque vaya a hacer una reseña, pues me reservaré mi opinión hasta leerme el conjunto, sino por una reflexión que hace uno de los protagonistas, Mikael Blomkvist, acerca de la prensa económica de su país. Según él, son unos traidores a su profesión, pues en lugar de investigar se dedican a ser meros voceros de las compañías, escribiendo artículos sin más información que la facilitada por industriales y financieros. Bien, pues eso mismo que Blomkvist reprocha a los periodistas económicos suecos se puede extender a los periodistas de TODOS los campos españoles y, en especial, a los deportivos. Estos ya ni son periodistas, son hagiógrafos.

La segunda venida del Mesías Florentino Pérez está colmando de sobras todas las espectativas escatológicas de su parroquia, como ya predijeron sus profetas, y a golpe de talonario se está contratando a jugadores reiterativamente definidos cada uno de ellos como “el mejor del mundo”. Un país que tuvo dos conciudadanos con el título de “el primer español astronauta” puede perfectamente tener un equipo formado por once jugadores, cada uno de los cuales sea “el mejor jugador del mundo”, pues el rigor hace tiempo que ni se practica ni se exige en esta sociedad aborregada hasta extremos que siguen sorprendiéndome pese a lo descreído que me han vuelto.

El coste del traspaso ha sido estratosférico; los contratos de los jugadores, de nueve millones de euros netos al año, no sé cómo definirlos, entre el despropósito y la ofensa. Ya sé que mi trabajo -sólo soy un simple arquitecto- no cumple la labor social de embrutecer y adormecer a la población, y que por eso no merezco ingresos de rajá; es más, por ser autor de un blog en el que se practica la funesta manía de pensar es probable que se me grave con un impuesto nuevo o que se me imponga una multa. Todo eso ya lo sé, pero si el mismo día en que medio país anda con la boca llena de millones y millones a mí me ofrecen cinco años de contrato como arquitecto de una empresa española en Shangai por 1500 euros brutos al mes, lo más normal es que acabe un poco quemado. Ni siquiera un médico está mejor pagado, pues con la morterada que cualquiera de esos tuercebotas se embolsará cada año se pagaria entre 200 y 300 neurocirujanos anualmente. Pero supongo que el país necesita más futbolistas que neurocirujanos.

Hace una semana que no puedo encender la televisión ni abrir un sólo periódico, pues la cara de todos ellos abre titulares, copa páginas centrales… ¿qué necesidad tengo yo de saber nada de todo ello? ¿Por qué no me dejan en paz? ¿Es que no hay programas específicos de deportes? ¿Por qué tienen que colonizar también las noticias con esta mamarrachada? Y que no me venga ningún iluminado a decir que son asuntos de interés público, porque a la gente le acaba interesando cualquier cosa que les vomiten los mercenarios a sueldo que se titulan periodistas, ensuciando una profesión digna. A la gente le interesa más saber si Belén Esteban se ha liado con el cuñado de la portera que la prescripción de los delitos de corrupción de los políticos. Pocos síntomas me parecen más significativos del grado de patología que padece nuestra sociedad.

Nadie, ni periodistas ni ‘opinión pública’ se pregunta de dónde ha salido el dinero para pagar esa locura. Ya no me voy a meter ni siquiera en la inmoralidad que supone pagar esos derechos y esas nóminas en los tiempos de inclemencia que padecemos, pues ya sabemos que el capital no tiene moral ni ética, pero al menos podría haber tenido algo de elegancia. Pues ni eso. Y ningún periodista ha dicho nada sobre la desvergüenza de alardear de chequera floja cuando medio país esta al borde del colapso y los comedores sociales no dan a basto para alimentar a clase media hiperendeudada.

¿De dónde ha salido el dinero para pagar los traspasos? Dicen los periódicos que han sido una serie de préstamos y avales… ¿Qué bancos han prestado ese dinero? ¿Los mismos que han cortado las líneas de crédito de las empresas y autónomos, llevando a muchas al cierre? ¿Los mismos que no conceden hipotecas y que están bloqueando las ayudas ICO? ¿Esos bancos? Ya hace un año que se corrían rumores de que Botín financiaba con 70 millones de euros el fichaje de Ronaldo, y el banco no se preocupó en desmentirlo. Como ciudadano, exijo saber quién ha colaborado con esa locura y desmesura, porque no quiero tener nada que ver con una entidad o varias que consideren más importante agenciarse un balón de oro que dar un balón de oxígeno a la sociedad que los enriqueció.

Si no somos capaces de preguntarnos nada de todo esto, si nos da igual, si nos importa un bledo que el aval de la operación esconda negociaciones sedretas para otro pelotazo urbanístico bajo el paraguas de Aguirre y Gallardón… nos merecemos todo lo que nos pase, y todo será poco. Si no podemos dar un golpe en la mesa y exigir que dejen de reírse de nosotros, faltará poco para que nos unzan un arado, pues no somos sino bueyes, toros castrados.

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Anoche, a eso de las diez y veinte, cuando la versión para bocina y cohete de un concierto de Schönberg en la calle de mi casa descartaba la posibilidad de dormir a una hora razonable, me hallé ante dos opciones. Una era agenciarme una MG08

Imagen de Wikipedia

 

con la que atrincherarme en el balcón como avanzadilla de un comando terrorista cultural, emulando a gran escala el ejemplo de Stewie Griffin

tras su apodíctica reflexión de que sobran estúpidos. La otra era infiltrarme en el jolgorio.

Por mucho que me tentara devolverles a la waffenrock y el pickelhaube de mi colección la dignidad del uso para el que fueron concebidos, al son de la cabalgata de las Walkirias

mucho me temo que no se acabaría de apreciar la belleza de mi performance encaramado en la barandilla, sable en mano, haciendo una versión para barítono dodecafónico del

HOJOTOHO! HOJOTOHO! HEIAHA! HEIAHA!

Helmwige! Hier! Hieher mit dem Ross!

HOJOTOHO! HOJOTOHO! HEIAHA! HEIAHA!

Ciertamente, habría quedado muy deslucido todo si el colofón a tan brillante escena en lugar de una heroica entrada en el Walhala rodeado de lánguidas Walkirias hubiera sido una patética salida escoltado por los horrendos chalecos reflectantes de la policía. Así pues, es a la Estética a quién debéis acusar de que el número de imbéciles siga siendo infinito.

Si no puedes con tu enemigo, únete a él, decidí. Como la octava de Mahler seguiría hoy donde la dejé, pertrechado de dos Salomón de Partagás, mi último descubrimiento en figurados, bajé los últimos diez minutos al Vinyes Velles, aun sabiendo el pub al borde del estallido eufórico. Podría explicar la ginkana que fue llegar con la pinta de guiness a la zona de fumadores, haciendo slalon entre abrazos y roncos intentos de marcarse un We are the champions, pero lo dejaré a vuestra imaginación; sólo decir que merecí anoche oro olímpico por llegar a mi rincón sin haber derramado una gota y quien conoce mi torpeza, dotado de muñones en lugar de manos y de dos pies izquierdos, podrá certificar el milagro. Que era una noche extraordinaria lo confirmé tan pronto como en lugar de con los gestos de desagrado habituales mi habano fue recibido con una ovación y una rubia que en otras ocasiones habría puesto dos taburetes de por medio me ofreció fuego. Yo no sé cuántas equipaciones ha tenido el Barça a lo largo de la historia, pero la sala de fumadores parecía un museo: azulgranas partidas, azulgranas a barras, azules, amarillas, doradas, naranjas, rosadas… de no ser por el escudo, habría creído estar en un anuncio de Bennetton.

Mientras los eufóricos iban marcándase entre lingotazos los próximos objetivos, “¡A por el pichichi!”, “¡La intercontinental!”, “¡El año que viene la cuarta!”, “¡A Canaletes!” y un largo etcétera que no logré descifrar, yo iba mirando la entrega de premios y asombrándome de lo aldeanos que somos en este maldito país… Si el Manchester vino arropado por el príncipe Guillermo, y ya está, en el sector barcelonista la recua de autoridades era más larga que la cola de parados rellenando la primitiva:  el Rey, el Presidente del Gobierno -sí, vale, de acuerdo, es barcelonista, aceptemos pulpo como animal de compañía-, el presidente de la Federación Española de Fútbol, que ya me diréis que carajo pintaba allí, Laporta, Montilla, Hereu -el alcalde de Barcelona- y un larguísimo etcétera, consellers, regidors, presidentes de Consells Comarcals, diputados provinciales, uno del INCAVI, dos del Institut Cartogràfic… De hecho, me parece una crueldad que después de dos horas de partido pongan a riesgo de lesión por tendinitos a los jugadores forzados por cortesía a estrechar la mano a tanto millón de autoridad. Y no nos quedamos allí, que por enviar enviamos también al presidente del Parlament de Catalunya, al ministro de Trabajo, al Síndic de Greuges -el defensor del pueblo catalán-, varios diputados, TV3 en pleno… Creo que sólo faltaban la Escolania de Montserrat y els castellers de Vilafranca, que incluso la Asociación de Cazadores y Pescadores de Biluba mandó representantes, unos pintorescos aborígenes que no habiendo conseguido avión se plantaron en Roma en taxi. Con un par. Como salgan dos veces más por televisión a narrar su gesta -y su dispendio-, en Biluba les dedican una calle, que la última vez que el pueblo salió en las noticias fue cuando uno descuartizó a otra o cuando profanaron el cementerio. Con la de gente que había en Roma, me extraña que en Canaletes pudieran juntarse más de veinte… sólo espero que toda esa panda se pagasen de su bolsillo la humorada, que no cuela como gastos de representación hacer cola de autoridades para darle la mano a Cristiano Ronaldo. Lamentable y aldeano.

La gente iba comentándome como si la noticia me tuviera el más mínimo interés que Berlusconi se durmió… Seamos comprensivos,  que a pesar de liftings y tintes, el  hombre tiene ya una edad que no le permite repicar y andar en procesión, andar ligando con jovencitas y viendo fútbol… ¿Qué queréis que os diga? En su lugar, probablemente yo también habría preferido recuperar sueño durante el partido del siglo de este mes.

Etílicas confidencias que no desvelaré, amistades instantáneas… las cosas que suelen ocurrir en esta catarsis a la que asistí como observador sin acabar de entender demasiado, todo según lo previsto. Ya hacia el final,  irrumpió un tropel al grito de “Visca el Barça i visca Catalunya!”, coreado por el resto hasta quedar afónicos y yo decidí que era un buen momento para dar por finalizado mi experimento antropológico y así no retomar mi primera idea, la de la MG08 y la cabalgata de las Walkirias. Aún me estaba recuperando de la lamentable imagen del millón de autoridades cuando una tropilla de cabestros viene y me confirma que tenemos los políticos que nos merecemos… lástima que la puerta del Vinyes Velles sea temporizada, pues habría salido de allí dando un portazo, al más puro estilo Fernando Fernán Gómez,

“¡A la mierda!”

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