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Posts Tagged ‘historia medieval’

Cada cual es muy libre de hacerse las pajas mentales que quiera con lo que mejor le apetezca, pero agradecería un poco de originalidad e ingenio, que las fumadas con los templarios se me repiten más que el gazpacho después de cenar o que el villancico ese de “Los pastores, los pastores“.

Y para los que hace falta tener unas tragaderas dignas de Gargantúa es para meter en el mismo saco a los Templarios y a los masones, a los Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici, nombre oficial de los Templarios, suspendidos en 1308 y disueltos en 1312 por la Bula Vox in Excelso (22 de Marzo), aprobada en el Concilio de Varenne, y confirmada por la Bula Ad providam (2 de mayo), con los masones, aparecidos a finales del siglo XVII y cuyo origen ellos mismos establecen en los gremios de constructores medievales. (Véase, por ejemplo, la página oficial de la Gran Logia Simbólica Española) . A la leyenda esgrimida por el Gran Oriente de que el origen del Rito Escocés Antiguo y Aceptado está en unos supuestos caballeros del Temple que en 1314 lucharon junto a Robert de Bruce en Bannockburn contra Eduardo II por la independencia de Escocia no hay que darle más valor que a las genealogías ficticias de las monarquías medievales que se hacían descender del hada Melusina (los Plantagenet) o de Julio César (los Habsburgo); si el ínclito poliexperto y polidoctorado César Vidal sí lo hace, aún sabiendo que no hay continuidad alguna entre la mencionada batalla y la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717, y que la supuesta participación templaria, lejos de estar probada se ha demostrado ser una adición del siglo XVIII a la leyenda de Bruce, será cuestión de sugerir a las librerías que sus obras se pongan en los estantes junto a las de Harry Potter.

Tan absurdo es vincularlos a los masones como cortar sus hábitos a la moda new age, con afirmaciones como que “profesaban un cristianismo solar, gnóstico de raíces indoeuropeas y no judías”,  y ver en unos monjes guerreros no sé qué quintaesencia del conocimiento arcano, el esoterismo y quién sabe qué más, dando por ciertras prácticas mágicas de las que fueron absueltos. Se me hace difícil imaginar en posesión de tan sutiles conocimientos a una tropa que juraba ni siquiera bañarse sin permiso del superior.  Y ya definir la orden como hacen sus pretendidos sucesores como tolerante en materia religiosa y promotora del progreso social en el siglo XII es de ignorancia supina o de notoria desvergüenza, pues son varios los libros que destacan el endurecimiento del régimen señorial que supuso la llegada de los freires del Temple. Y que les pregunten a los judíos de Jerusalén sobre su tolerancia.

Los templarios venden. Venden tanto que las actas de su juicio (1308-1311) se han transcrito y publicado por primera vez dos veces.  Con el rigor con que nos tienen acostumbrado, la prensa se hizo eco de la publicación en una preciosa edición de 799 ejemplares de esas actas, Processus contra templarios, presentadas el 25 de octubre de 2007 por el arzobispo Raffaele Farina, archivero y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, y por el obispo Sergio Pagano, prefecto del Archivo Secreto Vaticano. En un segundo volumen, se hace una edición crítica, corrigiendo los pocos errores, de la transcripción que hizo ya en 1887 Konrad Schottmüller para Der Untergang des Templersordens, 2 vol. (El hndimiento de la orden del Temple). Así que todo lo que había que saber ya está sabido, y casi todo desde hace mucho tiempo, desde el lema que le impuso el autor de su regla, San Bernardo de Claraval, en 1128, extraído del salmo 115,

NON NOBIS,DOMINE,NON NOBIS,SED NOMINI TUO DA GLORIAM

hasta  supresión,  con sentencia no definitiva, en 1312

(…) Hace poco, Nos, hemos suprimido definitivamente y perpetuamente la Orden de la Caballería del Templo de Jerusalén a causa de los abominables, incluso impronunciables, hechos de su Maestre, hermanos y otras personas de la Orden en todas partes del mundo… Con la aprobación del sacro concilio, Nos, abolimos la constitución de la Orden, su hábito y nombre, no sin amargura en el corazón. Nos, hicimos esto no mediante sentencia definitiva, pues esto sería ilegal en conformidad con las inquisiciones y procesos seguidos, sino mediante orden o provisión apostólica. (Fragmento de la bula Ad providam)

Si vamos a la sentencia, Clemente V no excomulgó a los templarios (que recibieron los sacramentos antes de su ejecución), ni abolió ni condenó la orden, solamente la suspendió en una especie de ‘hibernación’ que ha llegado hasta hoy mismo. Pero ni sobrevivió la orden en la clandestinidad hasta configurar la masonería, como pretende la obediencia masónica del Gran Oriente ni los que ahora se proclaman templarios merecen más atención que yo vestido de Napoleón en carnavales. Es más, en rigor, todos aquellos que pretendan rehabilitarla o usen su hábito u otros signos distintivos

El prior de los supuestos templarios de Herdfordshire

 están automáticamente excomulgados, como ya se especificó en el acto de Chinon en 1308, que absolvió de herejía al gran maestre Jacques de Moley y los demás líderes templarios recluidos en ese castillo francés de la diócesis de Tours, acto recogido en el ‘Pergamino de Chinon’,

emitido el 17-20 de agosto de 1308, cuya copia todavía se conserva en el Archivo Secreto Vaticano con la signatura Archivum Arcis, Armarium D 218 (ASV, Archivum Arcis, Arm. D 217) y que ha sido publicada en el mismo volumen Processus contra Templarios, y cuya existencia ya está catalogada en 1912. Como decía, nada nuevo en realidad, por más titulares que se hagan.

El acto de Chinon, que absuelve a los templarios, queda en papel mojado por las presiones del siempre falto de fondos Felipe el Hermoso, pero Clemente V, que intentó en todo momento garantizar la supervivencia de la orden y no creyó en la acusaciones de herejía, traición y sodomía, no pudo oponerse a la voluntad del monarca francés. Pero se guardó el as en la manga de disolverla sin condenarla. En primera instancia los absolvió de las acusaciones más graves, herejía, adoración al diablo…

Como decimos, los templarios venden. Da lo mismo que no se sepa nada de ellos, que se los empareje incluso con los cátaros, unión que repugna la inteligencia del que sepa cuatro cosas mal enlazadas sobre esa herejía… Venden tan bien que, cuando hay que publicar un un raro manuscrito de hacia mediados del siglo XII que procede de la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, se vincula alegremente con la dichosa orden y se titula el CD “Les chants des Templiers”, de donde saco la antífona Crucem sanctam subiit con que termino ya.

 Crucem sanctam subiit,
qui infernum confregit,
accinctus est potentia,
surrexit die tertia.

Alleluia.

Lapidem quem reprobaverunt aedeficantes
factus est caput anguli, alleluia

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Hace unos días, X me hizo un hermoso regalo. No sé cómo, porque la tecnología y yo cohabitamos en incompatibilidad, había logrado bajarse de internet unas películas que hacía muchos días que quería ver: Cromwell (Ken Hughes, 1970), 84 Charing Cross Road -La carta final (David Hugh Jones, 1987) y The Warlord, titulada aquí en insólita fidelidad al original El señor de la guerra (Franklyn Schaffner, 1965)

 

Imagen del blog  Cariño, he encogido la historia del cine.

Lamentablemente, Nicholas Cage hizo un Lord of the War que, como no he visto, no calificaré y que  aquí, olvidados ya de la película de Franklin Schaffner, titulamos igual, con notable confusión.

La historia es terriblemente sencilla, uno de los cuatro argumentos esenciales en el arte: el amor maldito. En el siglo XI, en el otoño de su vida, el caballero normando Chrysagon de la Cruz es recompensado por sus servicios con unas tierras y un castillo en la frontera, tierras de paganos asoladas por las invasiones frisias.

Imagen de Mise-en-scène Crytp

Es pues, un retiro y un encargo final, pues deberá defender las marca del duque de las invasiones. Un castillo que no es más que una torre, unas tierras que sólo son pantanos donde malvivir y unos súbditos celtas paganos que desconfían de su cristiano señor, “es nuestro señor, pero no nuestro amo”.

Sea Raiders

Acompañado de su hermano Draco y su ayudante Bors, pese a lo inhóspito del lugar, ajeno a su persona, está dispuesto a aceptarlo como es, gobernarlo y defenderlo, porque es el premio a veinte años de servicios al duque: “Veinte años he vivido con esta fría esposa, ¡Veinte años!”, se queja, refiriéndose a su espada.

Es una historia de amor -película basada en la novela Lovers, de Leslie Stevens-, en la que el caballero otoñal, ajeno al mundo que le rodea, el cristiano señor Chrysagon -Heston- conoce a la pagana joven, Bronwyn -hada, espíritu bendito en galés, Rosemary Forsyth-, se aman, pero no les corresponde estar juntos.

Frolicking sea nymph?

Cuando Bronwyn se casa con otro campesino de la aldea, Heston decide ejercer su derecho de señor y pasar la noche con ella. Ha roto las barreras que los separan y eso desencadenará la tragedia. Así, aldeanos y frisios se alían para asaltar el castillo, unos para rescatar a Bronwyn, otros para rescatar al hijo cautivo de su caudillo.

Al final, Chrysagon, gravemente herido, se dirige en compañía de su fiel Bors a rendir cuentas al duque de sus actos, tras haber matado a su hermano Draco; Bronwyn, por su lado, debe refugiarse entre los frisios. En un bosque, otoñal, los amantes se despiden, con una promesa de verse en el futuro, dudosa promesa, pues uno avanza hacia una muerte casi segura y la otra, hacia una tierra extraña.

Es una de mis películas favoritas. La ambientación, históricamente perfecta, tanto en lo que se refiere al estudio de la religión céltica en Bretaña y Normandía como del primer feudalismo. Lejos de esas coloristas ambientaciones a lo Errol Flyn, los colores son grises y pardos, y el ambiente es denso, pesado. La torre, centro del señorío de Chrysagon, es agobiante, casi el túmulo funerario del señor; de hecho, cuando llegan está abandonada y hallan el cadáver de su anterior señor. No es un gran castillo, es lo que probablemente sería casi todos los castillos, una torre y poco más. Frente a la atmósfera opresiva, pesada de la torre, con techos bajos, bóvedas casi planas, está la aldea, festiva, abierta, viva. Y el duque, alguien de quien se habla constantemente, una presencia tan opresiva como la propia torre, pero más ominosa, porque no se le puede eludir, pues es el protagonista ausente, una especie de deus otiosus al que remiten los juicios, las esperanzas y los temores. Toda la película está rodada en colores ocres, todo transcurre en otoño, porque es el otoño del protagonista. Excepto cuando aparece Bronwyn, saliendo de las aguas como la Dama del Lago. Me enamoré de Rosemary Forsyth en esta película.

Las escenas bélicas del asalto al castillo son excepcionales. Tanto por su calidad cinematográfica, expresada con sobriedad que ahora nos resulta extraña, como por su profundo conocimiento histórico, de las técnicas de asedio medievales, de las máquinas… sólo en dos ocasiones más se ha visto una ambientación tan cuidada, y es en El nombre de la Rosa, de Annaud, y en El Señor de los Anillos.

La película está llena de símbolos. Ya he hablado de los tonos ocres para marcar el otoño del protagonista, o el cadáver del anterior señor en el lecho para marcar la torre como el túmulo de Chrysagon… Juan Eduardo Cirlot, autor del imprescindible Diccionario de símbolos, en un estudio recogido póstumamente en la revista Poesía (invierno 1979-1980), señala cómo la trama de esta película es un compendio de símbolos celtas:

los nombres de los personajes como Chrysagon (suma de Chrysos, orco, y agonía, lucha) y Draco (dragón); la referencia al mito «de lo dos hermanos (Chrysagon y Draco) que forman el dios doble (Géminis)», que al mismo tiempo es «el dios de la guerra y la fecundidad, de la muerte y del nacimiento»; la analogía con la leyenda de San Jorge y el dragón (Chrysagon mata a Draco); el personaje femenino, Bronwyn: su inmersión en el agua desnuda (regeneración-resurección); las flores blancas (símbolo celta de pureza); los símbolos animales (los jabalíes, los cuervos) que configuran a Bronwyn como «la diosa que preside la paz y la guerra, la personificación del lugar santo».  (Christian Aguilera en Franklin J. Schaffner. A la sombra de los grandes artesanos, en su volumen «La generación de la televisión. La conciencia liberal del cine americano» (Editorial 2001, Barcelona, 2000), pág. 266.)

Cirlot se enamoró de Bronwyn también, y le dedicó todo un ciclo poético, el Ciclo de Bronwyn:

Lo que llamo Bronwyn es el centro del lugar que dentro de la muerte se prepara para resucitar… es lo que renace eternamente.

del que extraigo este poema,

Envuelto en la luz negra de lo blanco,
envuelto entre las rocas de las nubes,
envuelto en la luz blanca de lo gris.

Envuelto entre las nubes de los mares,
entre los mares de las rocas blancas;
cuando te contemplé, Bronwyn, entre las hierbas.

Las hierbas lo son todo y el no ser,
las hierbas son lo blanco y son la roca,
las hierbas son la nada en crecimiento.

Las hierbas son los mares de lo negro,
las hierbas son la torre y el pantano,
las hierbas son yo muerto, Bronwyn, Bronwyn.

 

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