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Nada hay más opuesto a la verdadera Tradición que el Tradicionalismo. La Tradición es la adaptación dinámica del hombre a su entorno físico, social y cultural, basada en la experiencia de los antepasados, pero también en la innovación. El Tradicionalismo, en cambio, pretende regresar a una fecha concreta de la Tradición, a la que convierte en paradigma, sin percibir el contrasentido latente, pues la Tradición por propia esencia es atemporal y dinámica. El Tradicionalismo surge exclusivamente cuando la cesura con la Tradición es ya irremediable y pretende galvanizarla con los mecanismos de la ultraortodoxia y la historia. Y, como he dicho antes, la propia naturaleza dinámica de la Tradición la hace difícilmente compatible en la práctica con los métodos y las conclusiones de la Historia, como magníficamente explica Antonio Pizza La construcción del pasado.

El Tradicionalismo NUNCA es inocente. No estudia el pasado, sino que lo reconstruye, moldeándolo, golpeándolo hasta hacerlo encajar en sus prejuicios de cómo debería haber sido, y no de cómo fue. Y en este pasado-ficción, hábilmente ataviado de verdad histórica o de verdad tradicional, es en el que sustenta sus reivindicaciones presentes. Es, parafraseando la célebre obra de Hobsbawm y Ranger, La invención de la tradición.

Históricamente, la Tradición ha sido el argumento con que las clases subalternas se han opuesto a las pretensiones de los poderosos, mientras que el Tradicionalismo es el arma que esgrimen estas clases poderosas para exigir la subordinación de las subalternas. Así, pleitearon los habitatantes de Salás con el monasterio de Bellera (995) por unos derechos sobre comunales, y del mismo modo rechazaron los campesinos las nuevas exacciones económicas que los feudales catalanes pretendían imponerlas calificándolas de ‘malos usos’. El Tradicionalismo busca en la historia la excusa para perpetuar unos modos que favorecen a las clases dirigentes.

Cuando la Iglesia habla del ‘matrimonio tradicional’ omite cuidadosamente que esta figura no se impuso hasta la reforma gregoriana de, en el siglo XII, y aún así costó sangre, sudor y lágrimas y más de un siglo de esfuerzos. Antes de ello, el matrimonio era un contrato civil entre familias, en el que la Iglesia no intervenía, a veces concubinatos legales conocidos en el centro y norte de Europa como ‘matrimonio a la danesa’, un contrato en el que se contemplaba la rescisión, el repudio, y para el que, en plena ofensiva gregoriana, con el obispo Yves de Chartres al frente, se encontró un resquicio en forma de consanguinidad. Por supuesto, cuando los epíscopos esgrimen al Tradición al referirse al matrimonio no se refieren a la tradicional libertad de los contrayentes, sino a la histórica conquista del control eclesiástico sobre ello. (George DUBY: El caballero, la mujer y el cura. El matrimonio en la Francia feudal).

Cuando el Tradicionalismo queda despojado de una reflexión histórica o política, queda reducido a menudo a una pataleta estética, a una falsa controversia entre Tradición y Modernidad, como la establecida brillantemente por Sir Reginal Blomfield, Modernismus. O cuando Anatoly Lunacharsky, comisario de Instrucción de Lenin, en plena revolución bolchevique y en la efervescencia cultural del constructivismo declaró,

Proyecto de Iakob Chernikhov (1889-1951), imagen del blog arquitectura.mnp

para salvar muchos edificios históricos que ciertos revolucionarios querían destruir que “el pueblo también tiene derecho a columnatas”. Poco podía pensar el promotor del juicio contra Dios que su frase sería el eje del realismo soviético estalinista…

El Tradicionalismo en España tuvo en la arquitectura su sostén teórico en Diego de Reina, Ensayo sobre las directrices arquitectónicas de un estilo imperial. Claro que con esos mimbres ya podemos imaginar los cestos que saldrían, porque Blomfield es a Diego de Reina “lo que Hiperión a un sátiro”. Su reivindicación de lo escurialense como arquitectura áulica hispana abrió la veda de lo que ya se estaba haciendo, el pintoresquismo, evolución lógica de un pensamiento que nace muerto como es el Tradicionalismo.

Aunque rechacemos por anacrónicos el clasicismo de Luis Moya o el historicismo de Chueca Goitia, ambos son fruto de una reflexión teórica sobre la arquitectura, la historia y la sociedad que, como mínimo, merece ser tenida en cuenta. El pintoresquismo no necesita esta reflexión, es más, la rechaza como si le produjera alergia: se asienta en una presupuestos que están igualmente alejados de la Arquitectura Moderna como del academicismo; Heinrich Böll, Diario irlandés, dice que cuando alguien sabe que es pintoresco, deja de serlo. Lo mismo ocurre con la arquitectura, que cuando pretende ser un decorado evocador deja de ser arquitectura para ser un carísimo trampantojo, carísimo porque ,como ya denunciara Adolf Loos, hacer las cosas imitando otras suele ser mucho más caro que hacerlas honradamente.

Todos nosotros, en nuestros pueblos, en nuestras ciudades, donde vamos de vacaciones, podemos reconocer esa concesión pintoresquista: casas de montaña con piedra vista a lo chalet suizo, cuando lo tradicional era encalarlas para proteger el mortero de poca calidad con que se unía la piedra; masías con que ya no son de piedra seca, sino con gruesas llagas de mortero; calles completamente adoquinadas, cuando la tradición era reservar este incómodo pavimento para las caballerías, y enlosar los pasos para ‘taconear’ o pasear y así un larguísimo etcétera.

Porque la arquitectura pintoresquista pretende reconstruir un intangible: la casa de la infancia. No es la casa real, sino la casa soñada, pergeñada a partir de un collage cde imágenes, cuentos, olores… Se reconstruye una vieja casa pretendiendo resucitar en ella ‘la casa de mi abuela’, o se busca en una nueva un aire antiguo o señorial, el sueño de la princesa y el castillo encantado, adovelando puertas, coronando claves con blasones, y acabamos siendo patéticos reyes bufos de castillos de Disney en ridículas parcelas de 500 metros cuadrados.

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Añoro la Unión Soviética

El viento, mi más odiado elemento, se alió conmigo el sábado y me dejó tirado en la estación de Vetera, sin trenes a Barcelona con que asistir al siguiente descenso en la decadencia de occidente y con la urgencia penal de comprobar que los andamios seguían en su sitio. Por suerte, no hubo que lamentar más desperfecto que algunas telas de seguridad mal aseguradas.

X no acabó de centrar resposabilidades en la climatología, y creo que sospecha de brujerías para convocar los vientos, olvidando que, de estar en mi mano, convocaría cualquier elemento menos ese; que no soy, precisamente, adorador del Wendigo. Por ver si templábamos ánimos, acudí al restaurante de un amigo mío, a la espera de una nueva sorpresa en su menú, el sábado una egregia liebre à la royal. Pero el humor de X, que aún no sabía cómo acusarme del contratiempo, no estaba para disfrutar de una ensalada tibia de calçtos con vieiras ni para degustar la obra cumbre atribuida a Carême, aquel marmitón que Talleyrand se llevara al Congreso de Viena para conseguir en la mesa para Francia lo que en rigor no le correspondía, como fue ser declarada víctima de Napoleón. En cambio, con el Pago de los Capellanes tuvo menos remilgos.

Nubes negras anunciaban una tormenta perfecta si no tomaba cartas en el asunto, por lo que hice de tripas corazón, guardé en el cajón las más de siete horas de la versión de Sergei Bondarchuk de Guerra y Paz (1962-1967)

y opté por la prudencia de una película de supuesta acción/espionaje que llevaba X días pidiendo ver. No recuerdo el título, pero al acabar llegué a una conclusión inevitable: añoro la Unión Soviética.

No sólo porque yo acabé el bachillerato (en aquel entonces, el cretácico, aún conocido como BUP) en una época en la en que de Polonia a China sólo hacía falta un visado, que de Minsk a Dusambé se estaba en un mismo país, capital Moscú y los -stanes eran patrimonio de Chiquito de la Calzada. Reconozco que no he logrado aprender más capital que Alma Ata y Dusambé de toda el Asia central, y que casi me eché a llorar cuando un amigo que trabaja en Rusia me dijo que se trasladaba de San Petersburgo a la república rusa del Tartaristán. ¡Con lo que me había costado aprenderme los los Tukemistán, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán! Las cosas eran más sencillas, afrontémoslo. Stalin era un sanguinario dictador soviético, Mijaíl Scholojov un escritor soviético que ganó el Nobel y Dzerzhinski el comunista soviético fundador de la policía secreta, Cheká, que daría origen al KGB, Mikoyán el diplomático soviético que se opuso al uso de la fuerza para reprimir la rebelión húngara de 1956. Era mucho más fácil que explicar que Stalin era georgiano (aunque en el conflicto de Osetia del Sur de este verano hubo prensa que acusó a los rusos de comportarse como Stalin), Sholojov (como Kaganovich), ucraniano, Dzerzhinski, bielorruso y Mikoyán, armenio. Era mucho más fácil.

También era mucho más fácil para el cine y la televisión cuando el malo era una némesis perfecta. Y además, con cierta estética, porque desde los nazis, no ha habido desfiles mejor montados que los soviéticos en la Plaza Roja el 9 de mayo

Imagen de La Agencia de Información Novosti

Ni tampoco prenda alguna sienta tan bien como un abrigo militar soviético largo, de solapas inglesas y doble abotonadura. Las cosas como son, porque J’appelle un chat un chat et Rolet un fripon (“Yo llamo gato a un gato y Rolet a un bribón”, BOILEAU, Sátiras), que la elegancia del espía de la KGB en un contrapunto estético esencial en cualquier película de espías medianamente decente.

Ahora, sin esta némesis tan clara, andan guionistas y escritores más perdidos Paul Blobel en el Jurado del Premio Nobel de la Paz, o que Belén Esteban en sesión plenaria de la Real Academia, porque los nuevos malos no son unos ‘malos respetables’, los turbantes, las barbas desgreñadas  y el polvo del desierto no es lo mismo para jugar a espías que los salones de un castillo en Baviera o los pasillos de mármol de la Oiranka, un smoking impecable o un uniforme feldengrau. Y eso se nota en unos diálogos que flojean bastante, sustituido el debate ideológico entre antagonistas por tiros y persecuciones y explosiones y más tiros y ¿dije ya persecuciones?. Porque, ¿alguien se imagina encontrar en Misión imposible algo parecido a la inolvidable conversación en la noria del Prater (por favor, que no se c0nfunda con otras norias) entre Orson Welles y Joseph Cotten en El tercer hombre?. Pues eso. Para no acabar con mal sabor de boca, aquí dejo esto

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