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Posts Tagged ‘humor negro’

La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa…

Para no arrancarme en aplausos y gritos de “¡bravo!”, tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. “Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo”, sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, “¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!”, pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.

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PANDEMIAS

Ni calentamiento global, ni la madre de todas las crisis ni una invasión alienígena: nada como una alarma sanitaria para acojonar al personal. Las hay locales, normalmente bianuales, relacionadas con productos alimenticios: vacas locas, ovejas aftosas, aceite adulterado…  Otras, en cambio, como un lúgubre Guadiana, reaparece la palabra pandemia en nuestras vidas, un memento mori cíclico relacionado últimamente con alguna extraña afección originada en un lugar remoto. No es un político quien da la alarma, sino la voz en off de unas telenoticias con que se comenta el ajetreo de unos tipos en bata blanca y mascarilla que dicen ser de la OMS, y antes de que nos demos cuenta, desde el tertuliano de sobremesa hasta la vecina del quinto ya lo están comparando con el célebre virus H1N1 de la ‘gripe española’, que diezmó la población mundial entre 1918 y 1919.

Archivo:Spanish flu death chart.png

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En un alarmante caso de sincronicidad que daría para diecisiete mesas redondas en Cuarto Milenio, a muchos de mis amigos y conocidos, en Vetera, en Biluba y de la Universidad, les ha dado por embarazarse, o quizá se han encontrado con ello y han decidido ponerle al mal tiempo buena cara. En el trabajo, una compañera está de baja por maternidad, mi jefe, Elías, ha cedido finalmente a los requerimientos de su pareja -capitulación que Ernest y yo sabíamos inmediata desde que vendiera su moto-, y otras dos anunciaron en marzo su gravidez; tanto pánico me entró de que fuera epidemia contagiosa que durante dos semanas, no hubo  noche que X se quedara en que yo no padediera un espantoso dolor de cabeza. También en Biluba son cuatro los que esperan los retoños para uno, dos y tres meses; otros, sabios o cobardes, prefirieron echarse como pareja a alguien con los deberes ya hechos y el mocoso crecidito, que empezamos a no tener edad para andar trasegando biberones de madrugada. Como no frecuentan mi casa los políticamente correctos asesinos de la gramática, me ahorraré y os ahorraré el fárrago de duplicar el discurso con lo de mocoso/mocosa crecidito/crecidita. O las retoñas, claro. Porque puestos a elegir modelos literarios, prefiero atender el consejo de Cervantes

—Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días: dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada. (Quijote, 1ª parte, cap. XX)

que las ocurrencias de la ministra de Flamenco.

Curiosa me resulta esta moda reciente de dar la noticia tomados de la mano, con beatífica sonrisa, por medio de una construcción biológica y gramaticalmente imposible:

-Estamos embarazados.

Pues no. Ella está embarzada y él confía en ser el padre. En el caso de Rodolfo y Alejandra, mis amigos bichólogos de Biluba, incluso podríamos precisar con un:

-Alejandra está embarzada y tú, Rodolfo, estás hecho un cebón, que desde que volviste a Biluba te mueves menos que un francés con un burdel en la puerta de al lado.

Yo, que de estas cosas, como de tantas otras, sólo sé lo que vi en una película, leí en un libro o me contó un amigo, acabo de descubrir que no sienta el embarazo igual a todas las mujeres -otra cruz en el listado de pros de la vasectomía-, y que la radiante sonrisa con que Alejandra aguarda la hecatombe de su vida social, puede perfectamente trocarse en amargada reclusión y casi enfermedad para Silvia. Con mi más absoluta ignorancia y haciendo uso de esa malevolencia que me atribuyen, observé que quizá no era tanto cosa de embarazos como de embarazadas, pues Alejandra sigue trabajando a un mes del final y doce kilos nuevos, mientras que Silvia lleva de baja desde el segundo mes, y hace ya cuatro que el paciente Octavio le ata los zapatos porque un sobrepeso de cinco kilos le incomoda.

Ya he mencionado lo de la hecatombe social, pues como víctima de paternidades ajenas siempre me ha parecido que hay quien se lo toma como si le hubiera caído la perpetua y que, con un poco de suerte, confía en obtener la condicional en siete u ocho años; Octavio y Silvia, previsores, llevan ya como entrenamiento varios meses enclaustrados, imposible quedar con ellos más allá de las diez de la noche. Rodolfo y Alejandra no parecen de la misma pasta, pero ya no ponemos la mano en el fuego por nadie, que torres más altas han caído, y el viernes fuimos a celebrar su futura paternidad; como X pretendía esquiar el sábado, declinó acompañarnos, pues sabe o sospecha de nuestras francachelas.

Joan, Daniel, Jordi y yo fuimos la vieja guardia que escoltó a Rodolfo en tan magna noche; Octavio, como era de esperar, no vino, pero mandó una adhesión, participando en el regalo conjunto, un l’Ermita de 1999, en botella magnum

que Rodolfo insistió en vaciar esa misma noche. En plena exaltación de la amistad y entre humo de Sublimes de Montecristo,

comprendimos que la noche no podía acabar sin visitar la nutrida bodega de maltas y espirituosos de Emeterio, y no sé si fueron tres o cuatro las botellas de escocés de las que dimos cuenta los seis, pues Emeterio no había de quedarse atrás.

-¿Ves, Octavio, como no podías ir a cenar con estos? Habrías vuelto borracho a las cinco y yo pasé muy mala noche -fue la observación de Silvia el sábado cuando Alejandra preguntó por la juerga.

-Aquí nadie acabó borracho, sólo perjudicados -replicó Joan, que se acababa de meter un chuletón entre pecho y espalda como remedio para la resaca y de quien se rumorea que en el puerto de Barcelona, no hace muchos años, tumbó a vodkas a un marinero ruso.

-Sí, y seguro que todos fumabais.

-¿Y a ti que más te da, Silvia, si no ibas a salir? Ni siquiera estabas invitada.

-Porque después la ropa de Octavio apesta tanto que toso sólo de olerla.

-No me jodas, Silvia, que empezaste a fumar hace veinte años -cortó Daniel, que no suele tenerle mucha simpatía.

Octavio y Alejandro callaban, y allí empezamos a percibir la vieja guardia que se estaba formando un clan, el de los padres, del que estábamos claramente excluidos y, por si no lo habíamos notados, Silvia lo manifestó dándonos la espalda para intentar debatir con Alejandra sobre el carro más adecuado para el clima riguroso de Biluba y sus mal adoquinadas calles.

-Pues no he pensado en ello. Uno que tenga cuatro ruedas, supongo -fue su aportación más larga en el monólogo de Silvia.

-¿Cómo no vas a pensarlo? Nosotros hemos encontrado tres muy monos, ¿verdad, Octavio? y al final hemos elegido el Bugaboo, que es un poco caro, pero es el mejor, y en Biluba nadie lo tiene.

-Y, por curiosidad, ¿cuánto vale? -preguntó Rodolfo

-Casi mil euros. Pero es el mejor, ¿verdad, Octavio?

-Yo no digo nada. ¿Echamos una partida?

-No te sientes. Acompáñame a casa, que no me encuentro muy bien.

-Pobre Octavio, me da pena -comentó Alejandra

-Sí, parecía que Silvia se había moderado con el tiempo, pero el embarazo le ha devuelto su viejo carácter -matizaba Rodolfo.

-Su viejo carácter de bruja -apostilló Daniel-. Todas las brujas se encuentran un calzonazos. Acordaos de Eugenia y Tobías

-¿Se sabe algo de ellos? -pregunté-. No he vuelto a verlos desde la boda…

-Creo que ella está esperando gemelas.

-Silvia también -dijo, Alejandra, sorprendida-. La que les espera a Tobías y a Octavio…

-Uno y otro van a acabar saliendo en las noticias. ¿Nos apostamos algo? -fue la solución de Rodolfo-. ¿Hacemos una porra? Pongo cinco euros a que Tobías es el primero, y antes de diez años.

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El domingo volví de Biluba. Para los que crean que ese Macondo montaraz, escenario de mi infancia y adolescencia y ahora guarida de mis dragones, no es más que mi Yocknapatawpha, tras agradecer el cumplido de la comparación, no puedo aportar más prueba de su existencia que mi palabra y los arañazos de mis excursiones. Pero puedo describíroslo.

Biluba es un puente. Puente e iglesia existían mucho antes de que un barón y un abad, allá por el siglo XIII, se percataran de la idoneidad para emplazar allí mercado y villa, o villam de mercato, según dice el documento fundacional, encrucijada de los importantes Camino de Francia, de Norte a Sur, y el Camino de la Sal, de Este a Oeste. Se da la particularidad de que es una villa nueva en una tierra vieja, densamente habitada desde tiempos carolingios o incluso antes, de aldeas, villares y castillos, abadías godas y otras que crecieron y desaparecieron antes de que Biluba viera la luz, sin dejar más rastro que topónimos y documentos dudosos. Biluba nació por decisión señorial, sin que nadie escuchara a sus habitantes, y este rasgo fundacional ha pervivido hasta ahora, pues todos los sucesos importantes de la villa ocurrieron por decisiones que tomaron otros, nunca Biluba.

Biluba ha sido un río y cuatro barrancos, sus avenidas y sus destrozos hasta hace muy poco; canalizados, hoy lamen mansamente la larga fachada fluvial, pero los viejos aguardan la venganza del río por haberlo intentado domar; no confían en el juguetón vecino en el que ahora cabalgan botes de rafting pues todos perdieron algo en su último arranque de furia, hace cincuenta años.

También es Macondo, con una edad de oro que tal como vino se fue, y dejó tras de sí el cementerio de elefantes de fábricas y naves decrépitas, cristales rotos y puertas cegadas. Viejo Príamo que devoró a sus hijos, ahora languidece estirada, “como un trozo pequeño de mantequilla sobre demasiado pan”, sobredimensionada, esperando que, como siempre, alguien le diga el camino a seguir, pues nunca ha tomado ninguna decisión. Biluba no es antigua, es vieja. No tiene un campanario románico que fotografíen los turistas, ni casonas blasonadas de esquinas reforzadas con sillares, y lo que tuvo lo ha ido derribando por no ser suficientemente pintoresco o para levantar un Cornellá montaraz de cinco o seis plantas, ladrillo visto y balcones corridos. Biluba no sabe quién es ni qué quiere ser; la precoz especulación que ella conoce desde los años 40, le ha provocado un alzheimer urbano, y ya no recuerda cómo era. No ha crecido, simplemente se ha desparramado.

No mira atrás, pero tampoco adelante, pues sabe que la carretera que es todo su sentido ha de desaparecer y cómo, entonces, se sustituirá la placa metálica que avisa de su presencia por lápida de mármol que la recuerde. Paraíso de los enfermos terminales -un noviembre en sus calles se hace eterno-, ella misma se agosta, entre casas vacías y grúas optimistas, pasando día a día sin esperar demasiado.

Los bosques avanzan. Dos siglos atrás, Francisco de Zamora anotaba en su diario no haber encontrado forestas en sesenta millas alrededor de Biluba. Ahora, es lo único que hay. Pinos y robles han ido colonizando los pastos, los bancales yermos, las ruinas de cuadras, pueblos y templos. Liebres y jabalíes donde ramoneaban las mil cabezas ovinas del abad, vacas y bueyes y algún caballo. Por las noches, en aquellos pueblos minúsculos que la edad de oro de Biluba vació, se oyen los ladridos de perros cimarrones, el asilvestrado resultado de un regalo de navidad que en agosto molesta y se suelta en la montaña. Pero hay quien entre los gañidos distingue el aullido de algún lobo.

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La muerte montaraz

Decía el gran Flavià en una de sus astracanadas que la muerte nos entristece porque somos unos egocéntricos y pensamos en la propia, que si pensásemos en la de otros nos apenaría menos, o incluso nos arrancaría una esperanzadora sonrisa. Pero eso lo dice porque no conoce mi cobarde, vieja, pobre  y salvaje tierra en que no vivo, casi tan pequeña como la patria que rodea la tapia del cementerio. Salvo mi familia, que observa un riguroso culto a la muerte, el resto del valle convive con ella entre risotadas y chistes de gusto cuestionable. Desde luego, la Muerte no se ha vuelto salvaje en mis montañas como Ariès, La muerte en Occidente. De la Edad Media a nuestros días, ha detectado en el mundo civilizado. Quizá porque siempre estuvo tan salvaje como sus huéspedes. O quizá porque mis montañas están todavía sin civilizar. Al menos, así pensaba un amigo mío, extremadamente religioso, cuando le comenté que el cura no pudo montar un año el Belén viviente porque no había encontrado una virgen en todo el colegio.

-Tu pueblo es tierra de misión-concluyó, sacudiendo la cabeza.

Ya sea con mis dragones o con mis amigos, cuando contacto con mi Macondo montaraz las conversaciones empiezan con el listado de los que han colmat (han colmado) o a quienes el carpintero les hace de sastre, términos jocosos para afrontar la realidad de unos valles donde el más joven hizo el servicio militar con lanza y cualquier concentración se percibe como calvas jaspeando un mar de canas. Nunca se ha temido reírse de la Muerte, propia o ajena; las bromas más afortunadas, la carcajada más segura la tienen como actriz o como protagonista, y no es un mecanismo de defensa contemporáneo, pues ya era así en mi infancia, cuando los valles aún no se habían despoblado. Quizá por eso me chocaba tanto la reverencia familiar a lo que el resto se tomaba a broma.

La hilera de rostros circunspectos que desfilan para dar el pésame -los hombre a los hombres, las mujeres a las mujeres, separados en los funerales a derecha e izquierda del altar- apenas disimulan un bisbiseo de risas apagadas y chascarrillos que la severidad del entorno hace aún más divertidos, como cuando el impasible taxista de rostro de palo que me seguía en el pésame a un ex-alcalde aficionado a las tragaperras se inclinó ligeramente y me susurró al oído:

CIRSA ha enviado una corona.

Y regresó a su puesto, sin apenas una sonrisa tras la animalada, a la lenta marcha hacia las condolencias. O en el funeral de mi tío abuelo Morgan, llamado así por volver de la guerra civil con una pata de palo, cuando desde la fila de atrás me preguntó mi primo si el cura estaba consagrando vino o, en honor al difunto, ron del bueno. Aún no sé cómo sofoqué la risotada al imaginarme a don Justo entonando el “ron, ron, ron, la botella de ron…”  en lugar de salmodiar lo de “Este es el cáliz…”. O esa otra ocasión en que en el cementerio se nos acercó la hija del difunto al que despedíamos y murmuró:

-Ya tenemos la lápida. Pone: “Aquí sigue descansando Federico”.

Y nos dejó con la boca llena de risa, como en el responso por  la dueña de un hotel, cuando el antiguo párroco, que en tantos años en Macondo ya se había imbuido del surrealismo local, aseguró que iría al cielo, pues había observado el mandato divino de dar de comer al hambriento y cama al cansado, que en ningún lugar de la Biblia decía que no se podía cobrar por ello.

Poco después, el viudo, un anciano ganadero que recogía sus ovejas vestido con traje negro y camisa blanca, recordaba durante una partida de butifarra como en su juventud la tuberculosis mató a la mitad de su familia:

-¡Suerte tuvimos que dio por las personas! Que llega a dar por los animales y nos arruina -masculló, entre gestos de aprobación del auditorio.

Una gripe mató al abuelo de una familia del pueblo acostumbrada a no pagar y, con criterio estrictamente empresarial,  Joan, gerente de pompas fúnebres y de una tienda de muebles, se negó a ir a buscar el cadáver al hospital que lo custodiaba:

-Aún me deben los muebles de la cocina -explicó con su voz cavernosa cuando llegaron el alcalde y el jefe del yerno del difunto.

-A ver cómo podemos arreglar esto, Joan -medió el munícipe-, que no quiero volver a salir en los periódicos (tres veces en dos meses, por motivos a cada cual más morboso).

-Si el Ayuntamiento paga una mitad, yo pongo la otra -ofreció el empresario-. y tú, Joan, hazme buen precio, que el muerto no es mío.

-Tampoco hace falta que la caja sea de cartón -se alarmó el alcalde-, algo que sea digno.

-Sí, claro, como el dinero no es tuyo…

Como alcalde, empresario y enterrador representan a tres de las cuatro fuerzas políticas del Ayuntamiento, se enzarzaron en una dsiputa que a poco se olvidan del abuelo.

Confieso que tener un amigo como Joan, gerente de la Agencia ‘El Último viaje’ según su tarjeta, no contribuye precisamente a ver con más gravedad el asunto, aunque creo que pocas veces se superará el listón de estas navidades, cuando Joan y tres más iban a una boda en el mismo coche cuando vieron cómo el coche de delante se salía de la carretera y se precipitaba barranco abajo. Pararon en seco y, con los trajes negros con que todo hombre asiste a una boda, descendieron por matorrales, boj y nieve hasta ver el maletero asomar entre robles jóvenes.

-Llama a mi hermano, que creo que es el coche de mi sobrino -ordenó Joan-. Espera, no llames aún…

-Noto que he pillado hielo, el coche culea y me salgo de la carretara. Cierro los ojos y, cuando los abro, lo primero que oigo es la voz de mi tío. “Ya está”, pienso, “me he muerto” -nos explicaba el percance Enric, el sobrino, entre risas y copas esa misma noche.

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Dos son las ocasiones en que los tópicos más manidos son el eje de la mayor parte de las conversaciones celtíberas: el 23 de diciembre y el entorno de un funeral. Ya sabemos que el 23 de diciembre es el día de la salud, porque, como a nadie le ha tocado la lotería, es más, muy pocos han recuperado, siquiera parcialmente, lo invertido, pues se consuelan los unos a los otros con ‘Mientras no falte la salud’, ‘La salud es la única lotería’ y similares. Ruinoso negocio, por otra parte, ese de invertir en boletos y más boletos para nada, y reincidir a la próxima con igual suerte. Nunca he logrado entender esa obsesión por la lotería de Navidad, por atesorar números de los lugares más remotos, por encargarlos al vecino que se va de boda a Orejilla del Sordete o por cambiar con el cuñado un número de la Puebla de don Fadrique por otro de Betanzos. Y ya lo de la Bruixa d’Or, con su peregrinaje de jubilados, viajes ex professo y colas dignas de tienda soviética prefiero no comentarlo, porque si reflexiono sobre ello quizá acabara pegándole fuego al país.

Después están los funerales. Por desgracia, los conozco bien. Durante años, “Asunto familiar grave” era la escueta nota con que mi madre justificaba una falta escolar, hasta que un día me cansé de la frase:

-¿Qué quieres que ponga, entonces?

-¡Yo qué sé! Pon “Climatología adversa” -y el resto de ausencias se justificaron de ese modo.

Hay gente discreta que se limita a dar la mano, o un beso, o un abrazo, con o sin lágrimas, pero sin decir nada, porque no hay nada que decir. Pero después están los que sienten horror vacui ante la muerte y deben llenarlo de palabras y más palabras. Y siempre son las mismas, que no resistirían el más mínimo análisis racional.

Unos no tienen mejor ocurrencia que preguntarle al deudo más cercano “¿Cómo estás?”. ¿Cómo van a estar? Pues mal, evidentemente. ¿Qué respuesta esperan que les den? No hace muchos meses, era tanta mi rabia por una muerte injustamente prematura que al imbécil que me preguntó eso estuve a punto de responderle: “Cojonudamente. De hecho, cuando se acabe este tostón, me iré de putas”, pero mi madre, que no se fiaba ni se fía de mi excelente criterio, estaba demasiado cerca con sus ojos hinchados como para soltar el exabrupto y salir indemne.

Otros hamletizan en torno al “no somos nada”, “Esto es una lotería”, “Hoy estás y mañana no estás”, Para empezar, esto no es una lotería, porque este premio si nos cae a todos. Para seguir, este estoicismo de salón y tirar de repertorio tiene mucho de no haberse enterado de nada. Personalmente, sabiendo que es un camino que seguiremos todos, prefiero que me preceden otros, de hecho tengo un listado muy claro; cuando oigo lo del “le puede tocar a cualquiera”, sólo pienso, “¡Rayos! ¿Y por qué no le ha tocado a ansar?” Y es que aprendí muy bien de mi abuela, una regia dama, que cuando el fontanero le intentó timar en una factura por énesima vez, le espetó, al tiempo que la desmenuzaba,

-¡Qué injusta es la vida, Aceituno! Tanta gente buena que se muere por el mundo y que tú sigas dando por saco…

Hay quien concibe el funeral como un encuentro social, sobre todo familiar, y es que como la mayor parte de las familias no se aguantan prefieren encontrarse lo mínimo posible. “Sólo nos vemos aquí”, suele la expresión canónica. Oiga, ¿qué puedo decirle?, me parece bastante triste… ¿o es que en su familia no hay bodas, bautizos ni comuniones? Los hay que sólo se desplazan para los funerales, a veces creo que es más por el morboso e inconfesado placer de saberse aún vivo pese a todo que por un genuino deseo de honrar la memoria del difunto, cuya despedida ventilan en un pis-pas para enzarzarse de inmediato en conversación con otros que también están “porque había que estar”. “Son tus fiestas los funerales”, dice el poema de Joan Maragall Oda a Espanya, y a menudo parece que eso mismo sienten, renuentes a acudir a celebración alguna que no sea luctuosa. Incluso se puede percibir un deje de decepción en el “¡Qué enteros están!” de alguno -de acuerdo, más bien de alguna-, como si hubiesen esperado un melodrama, que es a lo que han venido.

Tampoco faltan aquí los negacionistas. “No puede ser, no puede ser”. No, claro que no; hemos montado todo este tinglado sólo como broma de cámara oculta, es que mi familia tenemos un peculiar sentido del humor… “Pero, ¡si hace dos semanas que lo vi!” Ya. Es que se murió ayer; lo interesante será que lo veas dentro de dos semanas.

Pero, de todas las situaciones surrealistas, ninguna superará la de ayer. Nos dirigíamos al funeral; yo iba con María, ambos vestidos completamente de negro, ella con un largo abrigo negro y yo con el homburg y un ramo de rosas blancas. Subíamos a su coche, un descapotable rojo, cuando dos ancianas que pasaban por allí nos gritaron:

-¡Que vaya bien el casamiento! ¡Que seáis muy felices!

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