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Posts Tagged ‘literatura’

Disciplina

Dedico este post a Edmond y Usía, dos amigos que han perdido la fuerza y las ganas de escribir.

A veces, no tengo una mala palabra que llevarme a la boca y si actualizo es por disciplina autoimpuesta. Evidentemente, el blog se resiente y los posts resultantes no figurarán en la historia de la literatura, pero también tiene su gracia escribir sin tener nada que decir, esperando a ver qué asoma a vuelatecla.

X dice que esto de la disciplina le suena a perversión sexual inglesa y que espera no verme en las noticias con un corsé rojo y una bolsa de plástico en la cabeza, y es que es bastante indisciplinada, además de desordenada. Nunca he entendido porque van apodícticamente emparejados los sustantivos orden y disciplina, pero en X la ausencia de la una hace tándem con la ausencia del otro. Así, puede pasarse una semana leyendo 19 horas diarias hasta acabar con los cuatro volúmenes publicados de Canción de Hielo y Fuego para sumirse después en la más holmesiana apatía y no abrir un libro hasta que el polvo que acumulenn sus tapas empiece a convertirse en rocas sedimentarias. Supongo que por eso le cuesta entender que de ocho a once de la noche no quede con ella porque es el tiempo que dedico diariamente a leer para la tesis, o que el fin de semana me empeñe en levantarme antes de las nueve y dedicar toda la mañana (hasta la una) al mismo menester.

X dice que un blog es algo para divertirse, y no una obligación, `pero yo creo que con la primera letra que colgué en la red, adquirí unos deberes y afronté una responsabilidades. Por diversos motivos, durante mucho tiempo no escribí una sola letra que no tuviese un carácter académico o laboral, y vi el blog como un modo de imponerme la disciplina necesaria para recuperar el hábito de escribir. Además, el formato me ha ido ofertando desconocidas posibilidades, desde la frescura de no tener que ceñirme a ningún tema en especial hasta incorporar música e imágenes a mis textos, con lo que se enriquecían hasta el extremo de hacerlos digeribles. Tecla a tecla, post a post, me he reencontrado con una vieja pasión a la que le fui infiel.

No todos los días me levanto con el verbo brillante y el ingenio ágil, no todos los días tengo algo que decir, pero esta disciplina me ha permitido regresar una vieja idea que empezó como un cuento ya no recuerdo cuándo y sobre el que fueron acumulándose tantas cosas que ha dejado de ser un cuento. Como las viejas montañas en las que viví hasta los dieciocho años y que aún son la patria que añoro pero en la que no quiero vivir, esas palabras que fui perfilando en tinta burdeos son la patria de todo lo que he escrito después, sin darme cuenta de que todos los pequeños retazos contemplados desde cierta distancia estaban menos deslavazados de lo que yo creía.

Todo tiene su tiempo, y no escribiré ahora el cuento que debió ser acabado hace quince años, pero sí puedo regresar a los personajes que entonces esbocé, las calles que empecé a intuir, el paisaje que despuntaba entre la bruma. Porque doña Leonor,Víctor Dapifer, Joan Bernat, el juez Rocanegra, Antón, Alfonso el mecánico y tantos otros han envejecido mucho mejor que yo, y si Augusto Pérez suplicó por su vida a Unamuno, ellos me están exigiendo la suya. Tras tantos años dándoles vueltas, les he tomado cariño y temo ahora  no estar a la altura de las circunstancias, pues, como en el cuento en el que un hombre decide vender su alma al diablo y pasa a recogerla una piltrafa maltrecha del infierno que le replica, “A tal alma, tal diablo”, temo que eso mismo ocurra con ellos, los que ahora esperan que les dé voz, pues  lo bueno que puedan tener doña Leonor y los demás es mérito suyo y lo malo, imputable a mi torpeza.

Si los personajes exigen su vida, también después de tantos años reclaman su geografía las montañas de la ciudadela, que tengan nombre el congosto que el río les abre hacia las tierras bajas, y el mismo río, el que se llevó medio puente medieval de Saverri en una avenida del 18, cuyos huellas perduran tanto en los prados de ribera del valle como en la memoria. La colegiata y el claustro, los restos del castillo, las ruinas de los molinos y la fábrica de tejidos, el bosque que un incendio devastó, el club de Golf ‘Prat d’Or’ y su urbanización de adosados idénticos; el viejo barrio que la Compañía de Carbón del Noreste levantó en los cuarenta, con geranios en los balcones de las casas de los pulcras y cuidadas de los antiguos mineros, mientras que los chalets de los ingenieros se  desconchan y se pudren… todo ello pide su sitio, exige que se arranque sonido a sus calles y sus árboles. Su silencio es atronador.

Letra a letra, post a post, mis pasos me han llevado aquí. Quince años después, vuelvo a Arteran.

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Faulkner es uno de mis escritores favoritos, y si al argentino profesional de Amanece que no es poco cuando decide hacerse escritor  le sale Luz de agosto,

mis primeros pinitos literarios le debían tanto a Gambito de dama y a Los invictos que si los herederos de Faulkner no me han puesto una demanda es porque soy más pobre que un ratón de sacristía al que le ha dejado la mujer y se le ha llevado todo el queso. He necesitado años de lecturas y esfuerzo para somatizar su influencia, incorporarla a mi código genético y que el resultado, mal que bien, sea yo y no el gemelo bastardo y gilipoyas del escritor.

Aún estaba boqueando para recuperar el aliento tras la lectura de Santuario cuando cayó en mis manos Cortázar quien, por todos mis respetos por la legión de borgianos, entre quienes militaba, descabalgó de mi podium personal al bibliotecario ciego que Eco convirtiera en arquetipo con Jorge de Burgos. Desde Todos los fuegos, el fuego, los artificios simétricos y las bibliografías inventadas dejaron de apasionarme como hasta entonces. Hubo en este Götterdämerung particular mío algo de abandonar la toga pretexta, pues Borges me había fascinado desde que descubrí El libro de arena con catorce años.

Llegué a Cortázar más o menos en la misma época que a García Márquez. Ridículo sería afirmar que supe de la existencia del colombiano con 24 años, pero he de decir que hasta entonces lo mantuve lealmente apartado de mí, pues mi hermana sentenció que era su escritor favorito en una época en la que los gustos de las hermanas encabezan nuestras listas negras y, después, temí verme en la tesitura de tener que darle la razón. Antes muerto. En mi discreción, incluso llegué a cambiar las sobrecubiertas de Cien años de soledad por las de El idiota, de Dostoievsky -y de nuevo, Amanece que no es poco regresa a este post- vana precaución, pues mi hermana categorizó a Gabo como su escritor favorito habiendo leído sólo Diario de un náufrago y ya ni se acordaba de él cuando yo salí de mi armario literario.

Hace muchos años que emborrono papeles; en mi adolescencia, entonces todavía llamada adulescentia, con cada nuevo libro leído mis cuentos adaptaban un nuevo estilo, y pasé en tres meses de la fantasía épica a la epopeya napoleónica; pero ha habido cuatro autores tras los cuales he sido incapaz de juntar dos palabras durante meses, avergonzado de mis pretensiones de escritor cuando aún me queda tanto por leer. A los tres de quienes he hablado ya en este post hay que añadir otro americano, Juan Rulfo, que entró en la literatura por la puerta grande con tan sólo 300 páginas y maldita la necesidad que tiene de haber escrito una puñetera línea más.

Con estos antecedentes, no puede sino hacerme sonreír que se me acuse de antiamericano cada vez que expreso mi disconformidad con la política exterior temerariamente cortoplacista con que han jugado a la ruleta rusa las administraciones republicanas desde Reagan. Podría tomarme la molestia de intentar matizar pero mi experiencia me dice que es tiempo perdido y saliva malgastada, pues quien pretende insultar con el adjetivo ‘antiamericano’ no suele haber escuchado a Gershwin ni leído a Faulkner. Bueno, ni a Faulkner ni a ningún otro salvo quizá César Vidal o Pío Moa. Es interesante observar cómo quienes se alzan en paladines de la causa yankee (como si necesitaran ayuda de nadie) lo hacen desde posiciones de ignorancia y casi menosprecio de las formas culturales más refinadas de esa sociedad que dicen admirar y defender, posicionándose no muy lejos de postulados casi lumpen. Es el lenguaje neocon, de buenos y malos, de patriotas y traidores, que es a la retórica política clásica lo que una diatriba dominica a un diálogo platónico. De hecho, en el discurso neocon norteamericano y en su mímesis ibérica, se acusa de ‘antiamericano’ a todo lo que huela a cultura, ilustración o pensamiento crítico.

Y aquí es donde entra en escena The Boss. Una religión (y el neocon lo es, no quepa duda) necesita enemigos, ya sea el diablo, ya sean los infieles. Y mayor cohesión logrará cuanto más poderoso se pinte al enemigo; no sirve de nada arremeter contra Chomsky, al que no conoce casi nadie allá y menos aún acá, y su presencia mediátic, pues, es casi nula. Pero, ¿y contra Bruce Springsteen? Eso es harina de otro costal, ¡y menudo costal! Bruce -con Susan Sarandon, Sean Penn y otros- encarna en EEUU lo que los neocon ibéricos proclaman la AntiEspaña. El mecanismo de demonización es el mismo: en primer lugar, una concatenación de insultos y descalificaciones, sin pruebas ni argumentos ni silogismos, pues bien saben los ideológos neocon que “la gran masa del pueblo no está constiuida por profesores o diplomáticos”, como advirtiera Hitlen en Mein Kampf (y se empeñan en que siga así, claro).

El segundo paso, consiste en negarle un valor cultural y reducir su figura a su militancia más o menos política. Su obra ya no es debatida desde la crítica musical o artística, sino desde la política visceral, y de repente tienen entre sus seguidores y, sobre todo, entre sus detractores, a gente que no lo ha escuchado jamás.

El último paso de la deconstrucción es el más sutil de todos: no se hace mención alguna a ideologías, ni siquiera a las que el autor refleja expresamente en su obra, no se le descalifica, no se le cuelgan sambenitos… Por arte de alquimia moral, su música deja de ser viva para convertirse en un decorado, como la canción “Car song”, de Woody Guthrie convertida en banda sonora de un anuncio situado en las antípodas de lo que en vida representó el autor. Es el momento en que puede ser interpretada por niñatos que no entienden su letra -ni siquiera saben pronunciar su nombre, pues no lo han oído jamás- ni falta que les hace. Es el momento en que se puede perpetrar con su obra crímenes por los que en Nürenberg se habría ahorcado al responsable. Es el momento de hacer esto

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Millenium

El viernes acabé con las casi 2400 páginas que suman los tres volúmenes Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, del sueco Stieg Larsson (1954-2004).

Millenium no era una trilogía, sino una serie de siete o diez volúmenes (según las fuentes), pero la prematura muerte de Larsson dejó la cuarta novela apenas esbozada (según su compañera durante 32 años, la arquitecta Eva Gabrielsson) y ni noticias de las otras; en cualquier caso, los tres primeros volúmenes son en sí mismos una unidad cerrada, en la que el lector no aprecia flecos ni grietas que requiriesen respuesta en volúmenes posteriores.

Millenium sigue la senda desbrozada ya por los legendarios inspectores Martin Beck, de Maj Sjöwall y Per Wahlöö,

y Wallander, de Henning Mankell. Como en Déjame entrar, la crítica a una sociedad del bienestar en declive se hace desde un género supuestamente menor, en este caso la novela negra. Millenium despliega sus tramas, principales y secundarias, en un escenario de jóvenes sin acceso a trabajos ni estables ni decentemente remunerados, viviendas de precios inalcanzables, corrupción industrial, financiera y periodística, recortes sociales, junto a pobreza, marginalidad, violencia de género… paisaje que no es en absoluto desconocido en España; otros de los elementos del decorado son fantasmas del imaginario sociopolítico sueco, pero igualmente comprensibles desde España: el flirteo con el nazismo de la gran industria, movimientos neonazis, el mito de Olof Palme, la obsesión antisoviética…

En este entorno donde no hay armario que no esconda un cadáver, se mueven los protagonistas de la serie, el periodista Mikael Blomkvist y la investigadora privada Lisbeth Salander. Blomkvist es un don Quijote cuarentón, obsesionado por la verdad, que cree en el periodismo como fiscal de los poderes políticos y económicos; no es militante político, pero sí social y hay en él algo de tardosesentayochismo. En toda la trilogía se repite una y otra vez su fama de ligón y mujeriego, pero el que escribe estas líneas no le ha leído ejercer de seductor ni una sola vez, sino que simplemente las mujeres se le han echado encima y él no ha dicho que no.

Lisbeth Salander es un personaje más interesante, una especie de lado oscuro de Pipí Calzaslargas. Por su aspecto físico y su modo de interaccionar socialmente se le podrían diagnosticar varias sicopatías, desde la anorexia al síndrome de Asperger, pasando por el autismo, aunque el autor pone especial empeño en dejar claro desde muy pronto que no hay nada de todo ello: el origen de los problemas de Lisbeth no es genético, sino social, y en esta afirmación se podría resumir el leifmotiv de la serie.

La serie engancha; diálogos rápidos, tramas principales enriquecidas con otras secundarias que en absoluto son tratadas descuidadamente, protagonistas arquetípicos por los que se siente simpatía o incluso uno querría identifcarse… hacen que se pueda devorar cada libro a gran velocidad (en un día leí el tercero, de casi 850 páginas; eso sí, me acosté a las siete de la madrugada). El primero y el segundo tienen una estructura parecida:  empiezan con un caso típico de novela negra, la investigación de una antigua desaparición (Los hombres que no amaban a las mujeres) o una investigación sobre el tráfico de blancas (La chica que soñaba con una cerilla o un bidón de gasolina), tramas ambas relativamente habituales en el género; la novela se desarrolla como si esas tramas fueran el meollo durante las 150 primeras páginas (más o menos), en que se da un golpe de timón y, de repente, esa trama aparece como secundaria de otra mucho mayor, un asesino en serie en el primer libro, un cruel e importante mafioso en el segundo. La misma estructura puede encontrarse en el último, donde el juicio por varios delitos a Lisbeth Salander deja muy pronto el protagonismo a la guerra contra la corrupción policial a más alto nivel.

He dicho que la trilogía engancha y que se lee a gran velocidad, pero a cada título le sobran doscientas páginas y no se perdería nada. Explicaciones, circunloquios y reiteraciones que no llevan a ningún lado. Larsson usa un lenguaje visual, de clarísimas reminiscencias cinematográficas y cuando quiere referir cómo cada implicado percibe una misma situación -los diálogos por ordenador de Blomkvist y Salander, por ejemplo-, cosa que en el cine se resuelve rápidamente en una escena que contextualice, el autor tiene que repetir todo, ralentizando la lectura y, en cierta manera, irritando al lector.

Los personajes son planos: buenos, malos o estúpidos, y ya está. Excepto quizá Lisbeth Salander, tienen muy poca profundidad sicológica, pero no es difícil ahondar en una personalidad tan notablemente anómala, pues siempre he creído que en literatura es más fácil narrar lo extraordinario que lo cotidiano. Abundan los datos biográficos de todos los personajes, principales y secundarios, pero no dejan de tener muy poca entidad, absolutamente subordinados a la trama, a la tesis social del autor o incluso a ciertos complejos, pues no puedo evitar ver en Blomkvist a un alter ego mejorado del propio Larsson. Desde mi punto de vista literario, la complejidad de los caracteres de los personajes enriquecen y a menudo incluso configuran las tramas, pero en las novelas de género (terror, fantasía, policiacas…) los personajes solo muestran a menudo el aspecto que conviene a la trama, y es por eso que digo que Millenium es una novela negra clásica.  Henrik Vanger, Los hombres que no amaban a las mujeres, es quizá el único personaje de toda la serie con cierta complejidad, una complejidad natural, ordinaria, y no fruto de patologías propias o ajenas; con Salander es el personaje menos bidimensional y más interesante.

La crítica literaria se está llenando la boca con la trilogía, definiéndola incluso como un hito en la literatura del siglo XXI… yo no diría tanto, ni muchísimo menos, pero tiene hallazgos interesantes. En una semana pueden leerse tranquilamente los tres volúmenes, y es la velocidad de lectura su mejor aliada, pues cuando aparece un giro insólito en la trama no estamos preparados y sorprende de veras. No hay demasiado donde detenerse a paladear, sino que el ritmo te precipita a un meollo mucho más profundo que aparece de repente, pero sin estridencias. Cuando el argumento básico cambió repentinamente en la página 147 de Los hombres que no amaban a la mujeres, mi pulso se aceleró y tuve que detenerme unos minutos para resituarme, una sensación que hacía tiempo no me producía ningún libro. Aunque sólo sea por eso, a mí me han merecido la pena, pero no creo que los relea.

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OVNIS

Mi abuela murió convencida de que todos sus nietos éramos profundamente imbéciles, pues cuatro cursos durante la República le enseñaron a leer y escribir en castellano perfectamente, escribir el catalán con bastante corrección, rudimentos de francés, Matemáticas, Geografía e Historia, y no necesitó más para, años más tarde, montar un hotel y gestionarlo hasta pocos antes de morir. En cambio, nosotros, sus nietos, llevábamos toda la vida estudiando -yo tenía 23 cuando ella murió- y ni habíamos acabado nada aún ni tenía ella muchas esperanzas de que llegáramos a nada al acabar. A nada práctico, se entiende. Porque siendo mi abuela una de las mujeres más inteligentes que he conocido, el pragmatismo era el único fin de su talento. Nunca supe si era inclinación personal como la mía es todo lo contrario, o si su género ya condicionaba esa trayectoria genéticamente o si fue una decisión consciente fruto del entorno y las circunstancias o si todo ello juntamente, que quizá es lo que deba creerse; pero era una mujer sabia, aunque no docta, y maldita la falta que le hacía saber latines para echar a una camarera que le sisara o reírse en sus hocicos de un comercial que viéndola mujer y anciana la tomara por tonta, y hacerlo con tanta gracia que el comercial se sabía zaherido pero no podía menos que devolver las pullas con una sonrisa para salir corriendo cuanto antes.

Era yo muy niño -creo que Tejero no había asomado su mostacho chusquero por el Congreso- cuando Biluba vivía su efervescencia OVNI; en toda conversación salía el tema, hubiera niños o no, de los marcianos, -pues este gentilicio designó a todo extraterrestre hasta que  Spielberg estrenara ET poco después, en 1982-

(Cartel del 20 aniversario, imagen tomada de http://www.cartelia.net/e/et.htm)

para desconcierto e indiganción de mi abuela, que la recuerdo echando pestes y preguntando si los marcianos le pagarían la factura. Mi abuelo, que había montado con uno de los curas y otros aborígenes un grupo ufológico para escudriñar por turnos los cielos, no volvió a mencionar el tema en su presencia desde que mi abuela le espetara:

-Que haya marcianos me parece posible. Que se pongan en contacto con vosotros, me lo parece menos, pues si se les supone inteligentes, ¿para qué demonios querrían tener tratos con los bestias de este mundo?

Pero su pragmantismo era quijotesco, enfrentándose a una efervescencia que hay quien dice que era secuela de Encuentros en la Tercera Fase (1977), pues incluso en Biluba llegaron noticias de una película que había que ir a Barcelona a ver, y que se comentaba de boca en boca, pero yo creo que más bien era la película de Spielberg la que respondía a una moda bastante extendida que lo contrario, tan extendida que incluso la ancestral Biluba cambió las brujas por los OVNIS en todo suceso inexplicable. Y mi abuela, presidiendo inmensa la larga mesa familiar en las celebraciones, sentenciaba, para escándalo de creyentes católicos y ufológicos que:

-Vuestros marcianos son como la Virgen; nunca se aparecen a un médico o a unl notario, sino a un pastor o al tonto del pueblo. Pero bueno, supongo que creer en ovnis es menos estúpido que seguir siendo franquista a estas alturas -y mi abuelo, camisa vieja, intentaba desaparecer entre la guarnición del filete.

Recuerdo sobre todo la pasión con que se vivía, las conversaciones sotovoce, las anécdotas atropellándose unas a otras, que si luces por el Corronco o focos insólitos en la solitaria carretara a Castelldeferro. Ahora, tras varias temporadas de Iker Jímenez y sus secuaces e imitadores y otras bestias de mal vivir, no puedo sino esbozar una sonrisa de conmiserativa suficiencia al recordarlo, pero entonces era algo distinto.

Hay quien dice que en los noventa hubo un repunte del fenómeno, cuando Expediente X pretendía pasar por serie de culto, pero creo que es justamente lo contrario. En aquella niñez que ahora recuerdo (y por eso quizá tergiverse) se rodaron ciertas películas porque había un ambiente propicio a recibirlas, una especie de necesidad colectiva de creer en ello, muy ingenua, sin duda, pero espontánea.

Al final, el pragmatismo de mi abuela, su visión inquebrantablemente racional del mundo y los hombres es lo que ha prevalecido, gracias a menudo a muchos sinvergüezas que pretendieron aprovecharse de la ingeunidad. Escépticos, desengañados la hemos perdido irremediablemente; ahora estamos de vuelta de todo, nos hemos vuelto postmodernos. Las tardes no se habla de brujas ni ni duendes ni fantasmas ni hombrecitos verdes. Tampoco “de un libro de Neruda, o de lo que pasa en Jordania”, sino de Ronaldo o Kaká o Messi, o la Esteban o Paquirrín, o la crisis o la peste porcina. Hemos matado al barón de Münchhausen. Pero quizá con su muerte hemos perdido algo importante de nosostros mismos.

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En 1996, la UNESCO declaró el 23 de abril como Día Internacional del Libro, idea que había nacido en Barcelona a principios del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel Andrés propuso en la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, de la que era miembro, crear un “Día del Libro Español”. La iniciativa fue sancionada por Alfonso XIII en 1926, primero para celebrarla el 7 de octubre, fecha en que se suponía nació Cervantes, y en 1930 se trasladó al 23 de abril para pero toda España, pero sólo en Cataluña arraigó, por coincidir con la Diada de Sant Jordi. O quizá porque era surrealista celebrar una fiesta del libro en un país que en 1910 tenía una tasa de analfabetismo del 59,35% (LUZURIAGA, El analfabetismo en España, Madrid, 1919).

La fecha se escogió por se una efeméride literaria recurrente, pues en ella encajan o se hacen encajar muertes y nacimientos de escritores, pues Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso murieron el 23 de abril de 1616. Bueno, más o menos, que Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, y el de Stradford murió el 23 de abril según calendario juliano, que correponde al 3 de mayo del gregoriano, vigente ya en la España que enterró a Cervantes y se olvidó de él. William Wordsworth (1850), Alejo Carpentier (1980) y Josep Pla (1981) también creyeron que era una buena fecha para que el carpintero les hiciera de sastre. Es más, viendo la nómina de poetas, dramaturgos, novelistas y demás que murieron un 23 de abril, creo que si me dedicara a las letras en lugar de andar de fiesta hoy estaría en casa escondido arreglando mis asuntos por si la Parca decidiera venir de visita.

España es un país peculiar, no me cansaré de decirlo, y nuestra prensa es espejo de lo que somos -y Espe jode lo que somos, pero eso es otra historia-, un país de esquizofrénicos, pues sólo nosotros seríamos capaces de convertir la Fiesta de las Letras en un Baile de Cifras. Así, ni siquiera en el único día de entre 365 que está dedicado a la literatura se hablará de literatura, sino de libros vendidos, del libro más vendido, del menos vendido, quién tenía la cola más larga esperando para que le firmaran el libro… Estadísiticas, cuadros, gráficos. Cifras, cifras y cifras para el eterno debate ibérico de quién la tiene más larga, quién mea más lejos. Dos minutos para ventilar el premio Cervantes que, como de costumbre, recaerá en un autor de cuya imprescindible obra el periodista que lo reseña no podría citar un solo título sin ayuda -haberla leído ya sería para dedicarle una calle al milagro-, dubitativo incluso en la ortografía de su apellido.

 Todo esta catarata de números, de comparativas, de diagramas… este minucioso recolectar todas las anécdotas posibles, mejor cuanto más absurda sea por lo alejada de la cuestión literaria, no son sino fuegos de artificio con que enmascarar la triste realidad: que seguimos siendo una panda de analfabetos funcionales. Pero, como Fray Gerundio de Campazas, alias ‘Zotes’, “que no sabía leer y ya sabía predicar”, no haber leído nada no nos impide ponernos a escribir. Pues como me advertía hace unos años una amiga, asistente de dirección en una editorial no del todo desconocida, “si todo el que escribe un libro en España, leyera un libro, la industria editorial sería más rentable que el tráfico de armas”.

Convocado un Sandedrín de futurólogos -conociendo los criterios con que se mueven nuestras televisiones, lo supongo antes formado por Aramis Fuster, Paco Porras y Rappel que por críticos y agentes literarios-, parece que el augurio para la soleada, al menos en Vetera, jornada literaria es que el segundo volumen de la trilogía “Millenium”, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, del sueco Stieg Larsson, se alce con la mediática cabecera de la lista de ventas. No puede decirnos nada ni de este libro de ni su predecesor, Los hombres que no amaban a las mujeres, pues me he impuesto no leer ninguna trilogía más mientras no estén los tres volúmenes publicados.

Aunque todos los días son para mí el Día del Libro, como para los enamorados siempre es su día, no estará de más que dejé de lado mi snobismo para mencionar el último libro que he leído. ¡No huyáis todavía, por favor, que no tiene nada que ver con los sistemas de filiación protogermánicos en la antroponimia altomedieval!

El libro es la novela La carretera, de Cormac McCarthy, libro que me aconsejaron desde el blog Aterrizaje-forzoso.blogspot.com, y que podéis encontrar analizado allí y reseñado aquí, de donde saco la imagen de la portada, que es por cierto también la de mi edición.

El autor ha tallado con frases breves un desolador camino hacia un sur que a veces parece inexistente. Cada palabra es un golpe de cincel para una obra tan sólida que pesa como una losa al acabarla, incluso pese a un final que podría ser cuestionable.

Pero no añadiré más, pues la novela merece que se hable de ella en un post específico, y no para rellenar otro o como concesión a una fecha. Como despedida, hoy no podía menos que hacerlo con un fragmento del Llibre Vermell de Montserrat, en su interpretación por Jordi Savall.

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Me diréis, y sin duda con razón, que titular así un post es suicidar el blog, sobre todo cuando mis anteriores entradas sobre Pornografía y Prostitución han batido récords de público. Seguir en la misma línea me habría asegurado destacadas entradas en google sin demasiado esfuerzo, pero eso habría sido demasiado fácil; lo fácil lo puede hacer cualquiera, y ni vosotros ni yo somos cualesquiera. Así que a ver cómo salimos juntos de este post.

La literatura es una manera de observar el mundo, entendiendo como tal todos los mundos físicos y religiosos que existen o que el hombre pueda crear, y cada literatura encuentra en un género literario determinado su modo específicamente acertado para ver y narrar el mundo, el diapasón con el que vibra armónicamente . Y si el género no existiese, se inventa. Es el caso de la novela picaresca para le lengua castellana -fuente de la que bebe la novela negra, género en clara expansión en España, con autores de gran calidad y en la que se puede percibir una reactualización de los tópicos picarescos-, o del realismo mágico para la literatura hispanoamericana, que lejos de ser un fenómeno cronológicamente acotable o una moda es una literatura connatural.

En la literatura rusa, el género diapasón es la novela satírica, algunos de cuyos títulos son cumbres de su literatura, incluso de la literatura universal, y ha sido practicado tanto por autores específicos como por verdaderas vacas sagradas, como Dostoyevski, El burgo de Stepanchíkovo y sus habitantes. ¿Y no podría considerarse Sonata a Kreuzer, de Tolstoi, como una sátira contra el matrimonio? Y la sátira literaria rusa ha tenido su continuidad en el cine, en películas como las adaptaciones de las novelas de los hermanos Strugadski, a los que dedicaremos otro post, o a la excelentemente reseñada por Lev Mishkin, Kin-dza-dza; incluso desde el prisma de la sátira se puede observar la cínica  ambigüedad de los personajes de Los guardianes de la noche, que no es una gran película, pero sí una interesante reflexión.

La sátira sólo es posible cuando se ve a la Humanidad como es y no como debería ser, cuando la estupidez, la mezquindad, la incompetencia  y las bajas pasiones dejan de ser un accidente para, a menudo con cariño, ser el eje moral de los personajes.

Como la picaresca, la novela satírica rusa tiene sus propios tópicos. El provincianismo es su ámbito geográfico casi exclusivo (excepto en la brillante y desternillante El Maestro y Margarita, de Bulgakov, que merecerá un post propio), y es que en un imperio tan extenso y mal comunicado como el ruso o el soviético, las zonas más rurales y periféricas, sometidas rara vez a inspección o control, no pueden sino interpretar de un modo sui generis las incomprensibles órdenes, leyes y disposiciones que promulguen San Petersburgo o Moscú. Así, Lermontov sitúa las aventuras de Pechorin en Un héroe de nuestro tiempo (1839) en el Cáucaso; el Chichikov de Gogol (Almas muertas, 1842) recorre las aldeas de la Rusia más profunda, las nuevas provincias de la expansión hacia el este en su pintoresco negocio de comprar nombres de siervos muertos pero aún inscritos en el censo.

Ilf y Petrov harán que su protagonista, Ostap Bender, recorra primero la Rusia del NEP en busca de diamantes (Doce sillas, 1928) y después en la Rusia post-NEP tras un millonario clandestino (El becerro de oro, 1931). Y Voinovich pone a Chonkin, el soldado más prescindible de su regimiento, a vigilar un avión accidentado en una remota aldea justo antes de la operación Barbarroja (Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, 1974).

El segundo tópico es la naturaleza antiheroica del protagonista; Pechorin, reflejo del propio Lermontov es un oficial cínico y desengañado de todo

Archivo:Mikhail lermontov.jpg

Mijaíl Lermontov, imagen de Wikipedia.

Chichikov es un estafador, noble en las formas y mezquino en las ideas, de una fe tan profunda que reza fervorosamente ante el icono para que el cielo le sea propiocio en su negocio de más que dudosa legalidad. Ostap Bénder es el más simpático sinvergüenza y amoral de todos, posible inspiración del personaje homónimo de Futurama

 

y Chonkin… bueno, digamos que es un gañán, necio, ingenuo y simplón, sin pensamiento más complejo en toda la novela que invierno hace frío y en verano calor, pero que sí en verano hiciera frío y en invierno calor ni el verano se llamaría verano ni el invierno, invierno, pero cuyo implacable sentido común pone en jaque a toda la burocracia económica y militar soviética. Porque en la sátira rusa, como en la picaresca española, lo que la novela pierde de ‘profundidad psicológica’  en los personajes lo gana en el lúcido análisis de una realidad social y política que no queremos ver, cuyo absurdo y marginalidad superan a menudo la propia ficción.

Todos los personajes se rodean de seres aún más mezquinos, estúpidos o patanes que el héroe. Si en el héroe aún se advierte alguna virtud, no es así en sus compañeros de desventuras, como el vecino de Chonkin, o Vorovianovich, el antiguo decano provincial de la nobleza y actual “jefe de los comanches” que acaba intentado asesinar por codicia a Bender… y, por supuesto, todos los esfuerzos y empeños acaban en un estrepitoso descalabro, y las risas anteriores se secan de golpe cuando constatamos que donde fracasaron esos estúpidos no habríamos nosotros de lograr victoria alguna. Y gustamos entonces el amargo sabor de boca que Nietzsche, La genealogía de la moral, hallaba en el Quijote,

hoy leemos el Don Quijote entero con un amargo sabor en la boca, casi con una tortura

en la crueldad de hacer morir cuerdo al hidalgo de cuyas locuras nos hemos reído.

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La buena literatura merece siempre una segunda oportunidad y, a menudo, nuestra generosidad -porque nada es tan caro como aquello que nos cuesta tiempo- se ve sobradamente recompensada. No suele ocurrir así con las personas, pero, ¿qué le haremos?, y la vida tampoco suele dar segundas oportunidades.

Hoy hablaré de tres libros, de tres autores en lengua alemana, prácticamente contemporáneos, los alemanes Alfred Döblin (1878-1957) y Thoman Mann (1875-1955) y el suizo Robert Walser (1878-1956). En el ambiente snob de la Escuela de Arquitectura, había autores fundamentales que todos citaban, empezando por críticos de prestigio y pedantería equiparables, pasando por los profesores más cool -casi siempre, los de proyectos- hasta ciertos alumnos que leían sólo lo que sus gurús decían, para entresacar alguna cita con que adornar el proyecto. en la segunda mitad de los noventa, estos autores eran Robert Musil y Alfred Döblin. La obra entera de Musil -la traducida al castellano- la había devorado a los 18 y releído a los 21, incluida la enorme e inacabada El hombre sin atributos, con lo que no dejaba de hacerme sonreír, cuando no de sonrojarme con vergüenza ajena, ver a algunos de mis profesores citar al de Klagenfurth con la suficiencia del que trata de un saber sólo para inciados, un misterior eléusico entre gentiles. Ni que decir tiene que más de uno lo citaba de modo que sospecho que no lo había leído, que sólo citaba la cita que otro tomó del crítico por antonomasia, Fernández Galiano, quizá el único de todos los citantes que conocía de primera mano de lo que hablaba. Porque con Musil me ocurre lo mismo que con Proust, todo el que afirma haberlo leído cita el mismo párrafo, la estupidez de Diotima o la disgresión sobre vivienda y hospital en Musil, el aroma de las magdalenas en Proust. El otro libro obligado era Berlinalexanderplatz, de Alfred Döblin. Lo busqué, lo encargué, lo compré y lo empecé a leer. A las veinte páginas, decidí que eso era insoportable y que la vida de Franz Biberkopf, ex presidiario empeñado en no volver a delinquir, pero que no puede evitarlo, no me interesaba lo más mínimo, que malditas las ganas de hacerme perder el tiempo. Dos años más tarde, un verano caluroso de largas tardes solitarias con una cerveza de trigo, lo abrí de nuevo y lo devoré en una semana. La trama, que me exasperó primero por su trivialidad, ahora me traía sin cuidado, porque era sólo una excusa para uno de los más hermoso ejercicios de idioma que había visto nunca. Los registros más variados, el recurso a elementos heterogéneos, como un discurso político, o las estadísticas diarias del matadero de Berlín… recursos que decían más por lo que sugerían que cualquier larguísima descripción. Y además, la fina ironía que empapa toda la novela, esa ironía y sentido del humor que Viktor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final, eleva a la categoría de atributo nacional del berlinés. De la trama, hay poco que contar: Franz Biberkopf es un pequeño delincuente que, al salir de prisión, se hace la promesa de volver a delinquir. Por desgracia, por más que lo intenta, no pude escapar de ello en la Alemania de entreguerras, al fin y al cabo, todos sus contactos son del hampa. Muy wagneriano, sólo el amor logra redimir al héroe.

El desencuentro con José y sus hermanos, de Thoman Mann, sólo fue otro más en una larga lista de desencuentros, que empezara en COU con Carlotta en Weimar, y siguió con La muerte en Venecia y La montaña mágica. Compré el primer volumen, Las historias de José, por una excelente crítica en no sé qué periódico (sí lo sé, el único que leía entonces, pero dejémoslo ahí), y allí estuvo, acumulando polvo tras las primeras páginas. Tiempo más tarde, después de haber conocido a otro Mann en sus cuentos, La voluntad de ser feliz, Novela de niños… regresé a José y sus hermanos. Tal vez ahora mi ánimo era distinto, tal vez había leído más y tenía más formación, además de saber más historia… no lo sé, sólo sé que me pareció magistral, tanto en su concepción global como en su más nimio detalle, un inmenso edificio en el que se había cincelado piedra a piedra. Las pinceladas que deja ir, por ejemplo, de las ciudades son mucho más sugerentes y requieren un conocimiento más íntimo de la arquitectura antigua que el más prolijo ensayo sobre el tema; y lo mismo de la relación entre los protagonistas y Dios, un debate sobre el monoteísmo y la monolatría de gran rigor. Pero siempre al servicio de una trama exquisitamente trazada, y de unos personajes despojados de todo atributo de santidad bíblica, para dejarlos como humanos desnudos. Cuatro tomos necesitó Mann para narrar en toda su complejidad una historia que la Biblia ventila en cuarenta, y maldita la palabra que sobra.

Con Los hermanos Tanner, de Walser, la relación fue más fría. No fue un rechazo radical, ni una incompatibilidad… no. Leí el libro y lo olvidé. Sin más. Simon Tanner me parecía un niñato, Klaus Tanner un viejo prematuro y Kaspar, bueno, Kaspar ni siquiera me dejó recuerdo. Hace unos días, leí que Walser murió bajo un árbol, en uno de sus larguísimos paseos sobre la nieve, su favorita afición, y sonreí al ver que también es la mía. Y leí que había enmudecido para la literatura como Hölderlin, en 1933, y entonces decidí darme una segunda oportunidad para entender algo que entocnes se me fue. Y ha merecido la pena, descubrir la libertad absoluta de Simon Tanner, no ligado a nada ni a nadie más que a sí mismo. Y la belleza, la enorme belleza de toda la novela, sin reproches, sin dudas. Elias Cannetti decía de Walser que era el autor que menos se deja ver en su obra, que sufrió durante toda su vida, pero sus libros son siempre una sonrisa, un ‘Todo va bien’. Quizá necesitaba leer eso, que todo va bien.

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