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Posts Tagged ‘música’

Vetera celebró el fin de semana un festival de vino y jazz. Entre que no tenía el cuerpo para muchos festejos, que el maldito calor me está dejando del todo aplatanado y que mi capacidad de tolerancia del jazz es bastante limitada, decidí mantenerme alejado de casetas de vinos y cavas y escenarios. Además, aún recuerdo cómo el año pasado, con eso de que conocía ya a algunos bodegueros que participaban del maridaje, acabé a las dos de la madrugada con algún problema para mantener la verticalidad y muchos para no cerrar los ojos en cualquier banco después de no sé cuántos, pero muchos, “tienes que probar este sumoll que acabamos de sacar”, “dime qué te parece este rosado de pinod noir”, “creo que estarás de acuerdo en que hemos acertado con este xarel·lo”. Hasta el año pasado, podía levantarme activo y despejado a una la mañana de un sábado aunque la noche anterior hubiera llegado a casa agarrándome por las paredes. Pero eso era antaño, cuando aún era joven, que este año me apunto un viernes a semejante festival del humor y el domingo todavía estoy vegetando en casa con las persianas bajadas y las neuronas en desintoxicación. Estuve el sábado a punto de ceder a la tentación con Lucas, pero era tan larga la cola de los tickets que desistí con sólo verla.

El vino me gusta, pero el petardeo pedante de expertos, connaisseurs y aficionados me es insufrible. Siempre me ha sorprendido que la cantidad de matices que se le escuentran a un vino depende en gran medida de factores exógenos tan dispares como el número de chicas que rodee a la nariz de turno, si hay prensa cerca o si hay otro gallo en el gallinero. Yogur, mantequilla, frutas del bosque, pimiento verde… son fragancias comodín para describir un vino; curiosamente, huele a todo menos a uva y a vino.

Yo puedo imaginarme el desconcierto de alguien de apenas 20 años que quiera introducirse en este mundo por curiosidad, tradición, afán cultural o lo que sea cuando el experto de turno empieza llamándole ‘caldo’ a algo que se sirve frío. Si encima, después le aturulla con “se perciben claramento los tostados de vainilla de la barrica de roble”, “tiene un toque a macedonia de frutas del bosque”, “textura de terciopelo de Flandes”, “retorno en boca a cuera de Prusia”, el pobre interesado, si antes no le ha entrado un ataque de risa histérica, decide que ese mundo es muy complicado y que mejor se vuelve a la cerveza. Y es que con este afán de pretender que el vino huela y sepa a cualquier cosa menos a vino estamos consiguiendo que la gente más joven huya de él como de una ópera. Porque en todo este palabrerío -premio nacional de poesía habrían de dar al que compone las descripciones del merlot o tempranillo de turno en las botellas- a poco que uno se pare a pensar, cuando ya han dejado de bombardearle con adjetivos y adverbios, el olor que percibe no es el de cuero de Prusia o sotobosque en otoño, sino el de monja que fuma y cabrón vestido de lagarterana, y que la mitad de todo eso quizá sea un gran bluff.

De los miembros del Club de la Buena Vida, unos dieciocho, sólo Elías, Lucas y yo no estamos relacionados de una manera u otra con el mundo de las viñas, el resto, si no són enólogos, catadores, bodegueros o sumillers son periodistas especializados en vino o narices privilegiadas. Preguntándoles por cuántos estarían el fin de semana, sólo los bodegueros y los periodistas confirmaron su asistencia -por motivos evidentes ambos-, mientras que el resto se fue excusando de un modo u otro, y es que en este mundo de la verborrea fácil son todos ellos rara avis, pues evitan utilizar símiles o alegorías para definir ningún vino, ciñéndose a menudo a datos técnicos y químicosX y una amiga suya me explicaban una cata de la que recién salían -la voz algo pastosa, pues nadie les había dicho que en una cata el vino se escupe-; la amiga, mucho más inteligente de lo que la sonrisa tonta que tiene me hizo suponer cuando la conocí, se desternillaba de risa con las ‘notas de cata’ que les dieron, como ‘sabor a hierba recién cortada’, ‘olor a tierra mojada en primavera’ y similares.

-Te lo prometo, esto no me lo invento, nos lo ha dicho él. ¿Cómo describirías tú un vino? -me preguntó

-No sé… si me hubiese tomado tantos como vosotras, los últimos probablemente serían “Este está muy bueno”, “Este está cojonudo”, ” Espera, que no me acuerdo si he probado ese”.

-¡Jajajajajaja! Sí, al final todos estaban buenos.

-¿No os avisaron de que se escupe el vino?

-¡Sí, hombre! ¿Dónde lo escupo? ¿En el suelo? ¡Menudo asco!

-Normalmente hay unas cubiteras para no convertir el suelo en un barrizal…

-Ah, ¿para eso eran las cubiteras? Nosotras metimos el vino tinto para que estuviera más fresco.

-¿El… vino… tinto? ¿Y el que dirigía la cata no os dijo nada?

Los primeros acordes de la jam session a la que insistieron en invitarme empezaban antes de que pudiese responderme; la banda, por lo visto, era muy famosa, pero mis conocimientos de jazz acaban en Duke Ellington y Louis Armstrong, así que no puedo decir ni su nombre. Sólo sé que ni X ni su amiga se enteraron de nada, pues cuando llevábamos ya media hora de solo improvisado de saxo -quizá fue menos, pero se me hizo eterno-, ya cabeceaban ambas; así que, antes de que una u otra contrapunteara con un solo de ronquido, sugerí que era hora de irse.

-No sé si podré conducir mucho -decía X

-No, no podrás. Quédate en mi casa.

-Es que tengo que llevar a mi amiga…

-Que se pida un taxi. O quedaos en mi casa las dos, ya dormiré en el sofá.

-¿Seguro que no te molesta? Eres el mejor… bueno, lo que seamos del mundo.

Improvisación de Django Reinhardt para el concierto para dos violines, cuerdas y continuo de Bach, BWV 1043

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Faulkner es uno de mis escritores favoritos, y si al argentino profesional de Amanece que no es poco cuando decide hacerse escritor  le sale Luz de agosto,

mis primeros pinitos literarios le debían tanto a Gambito de dama y a Los invictos que si los herederos de Faulkner no me han puesto una demanda es porque soy más pobre que un ratón de sacristía al que le ha dejado la mujer y se le ha llevado todo el queso. He necesitado años de lecturas y esfuerzo para somatizar su influencia, incorporarla a mi código genético y que el resultado, mal que bien, sea yo y no el gemelo bastardo y gilipoyas del escritor.

Aún estaba boqueando para recuperar el aliento tras la lectura de Santuario cuando cayó en mis manos Cortázar quien, por todos mis respetos por la legión de borgianos, entre quienes militaba, descabalgó de mi podium personal al bibliotecario ciego que Eco convirtiera en arquetipo con Jorge de Burgos. Desde Todos los fuegos, el fuego, los artificios simétricos y las bibliografías inventadas dejaron de apasionarme como hasta entonces. Hubo en este Götterdämerung particular mío algo de abandonar la toga pretexta, pues Borges me había fascinado desde que descubrí El libro de arena con catorce años.

Llegué a Cortázar más o menos en la misma época que a García Márquez. Ridículo sería afirmar que supe de la existencia del colombiano con 24 años, pero he de decir que hasta entonces lo mantuve lealmente apartado de mí, pues mi hermana sentenció que era su escritor favorito en una época en la que los gustos de las hermanas encabezan nuestras listas negras y, después, temí verme en la tesitura de tener que darle la razón. Antes muerto. En mi discreción, incluso llegué a cambiar las sobrecubiertas de Cien años de soledad por las de El idiota, de Dostoievsky -y de nuevo, Amanece que no es poco regresa a este post- vana precaución, pues mi hermana categorizó a Gabo como su escritor favorito habiendo leído sólo Diario de un náufrago y ya ni se acordaba de él cuando yo salí de mi armario literario.

Hace muchos años que emborrono papeles; en mi adolescencia, entonces todavía llamada adulescentia, con cada nuevo libro leído mis cuentos adaptaban un nuevo estilo, y pasé en tres meses de la fantasía épica a la epopeya napoleónica; pero ha habido cuatro autores tras los cuales he sido incapaz de juntar dos palabras durante meses, avergonzado de mis pretensiones de escritor cuando aún me queda tanto por leer. A los tres de quienes he hablado ya en este post hay que añadir otro americano, Juan Rulfo, que entró en la literatura por la puerta grande con tan sólo 300 páginas y maldita la necesidad que tiene de haber escrito una puñetera línea más.

Con estos antecedentes, no puede sino hacerme sonreír que se me acuse de antiamericano cada vez que expreso mi disconformidad con la política exterior temerariamente cortoplacista con que han jugado a la ruleta rusa las administraciones republicanas desde Reagan. Podría tomarme la molestia de intentar matizar pero mi experiencia me dice que es tiempo perdido y saliva malgastada, pues quien pretende insultar con el adjetivo ‘antiamericano’ no suele haber escuchado a Gershwin ni leído a Faulkner. Bueno, ni a Faulkner ni a ningún otro salvo quizá César Vidal o Pío Moa. Es interesante observar cómo quienes se alzan en paladines de la causa yankee (como si necesitaran ayuda de nadie) lo hacen desde posiciones de ignorancia y casi menosprecio de las formas culturales más refinadas de esa sociedad que dicen admirar y defender, posicionándose no muy lejos de postulados casi lumpen. Es el lenguaje neocon, de buenos y malos, de patriotas y traidores, que es a la retórica política clásica lo que una diatriba dominica a un diálogo platónico. De hecho, en el discurso neocon norteamericano y en su mímesis ibérica, se acusa de ‘antiamericano’ a todo lo que huela a cultura, ilustración o pensamiento crítico.

Y aquí es donde entra en escena The Boss. Una religión (y el neocon lo es, no quepa duda) necesita enemigos, ya sea el diablo, ya sean los infieles. Y mayor cohesión logrará cuanto más poderoso se pinte al enemigo; no sirve de nada arremeter contra Chomsky, al que no conoce casi nadie allá y menos aún acá, y su presencia mediátic, pues, es casi nula. Pero, ¿y contra Bruce Springsteen? Eso es harina de otro costal, ¡y menudo costal! Bruce -con Susan Sarandon, Sean Penn y otros- encarna en EEUU lo que los neocon ibéricos proclaman la AntiEspaña. El mecanismo de demonización es el mismo: en primer lugar, una concatenación de insultos y descalificaciones, sin pruebas ni argumentos ni silogismos, pues bien saben los ideológos neocon que “la gran masa del pueblo no está constiuida por profesores o diplomáticos”, como advirtiera Hitlen en Mein Kampf (y se empeñan en que siga así, claro).

El segundo paso, consiste en negarle un valor cultural y reducir su figura a su militancia más o menos política. Su obra ya no es debatida desde la crítica musical o artística, sino desde la política visceral, y de repente tienen entre sus seguidores y, sobre todo, entre sus detractores, a gente que no lo ha escuchado jamás.

El último paso de la deconstrucción es el más sutil de todos: no se hace mención alguna a ideologías, ni siquiera a las que el autor refleja expresamente en su obra, no se le descalifica, no se le cuelgan sambenitos… Por arte de alquimia moral, su música deja de ser viva para convertirse en un decorado, como la canción “Car song”, de Woody Guthrie convertida en banda sonora de un anuncio situado en las antípodas de lo que en vida representó el autor. Es el momento en que puede ser interpretada por niñatos que no entienden su letra -ni siquiera saben pronunciar su nombre, pues no lo han oído jamás- ni falta que les hace. Es el momento en que se puede perpetrar con su obra crímenes por los que en Nürenberg se habría ahorcado al responsable. Es el momento de hacer esto

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Efectivamente, la música clásica no es aburrida en absoluto. Pero no es necesario meter cañones en una sala de conciertos repleta para que se hagan cargo de la percusión de la Obertura 1812 de Chaikovsky. No, amigos míos, basta con dejar sueltos a Calixto Bieito o sus secuaces para que la música clásica ocupe portadas, abra telediarios e interese a la presidenta del club de fans de Britney Speers. Bueno, quizá no tanto, pero casi.

Ayer, para concluir el post sobre la guerra de sexos, inserté el diálogo entre los marineros y sus esposas de la ópera de Wagner “El Holandés Errante” (Der Fliegende Holländer), el celebérrimo coro “Steuerman, laβ die Wacht”. Correspondía a la representación del Teatre del Liceu (Barcelona) de abril de 2007, con Alex Rigola como director de escena.

 Confieso que al principio se me llevaron los demonios cuando vi el baile procaz con que las marineras ‘entretenían’ a sus compañeros varones y hoy iba a lanzar una serie de ex abruptos sobre la sinvergonzonería de hacer semejante patochada, de pretender desviar la atención de la música a la ocurrencia supuestamente genial del transgresor de turno; entonces recordé que tal y como se mueve ahora mismo el ambiente de la dirección musical operística – basta ver la Armida, de Christoph Willibald Gluck, que Bieito les ha endilgado en abril de este año a los berlineses-

para concluir que el contoneo reaggetoniano del montaje de Álex Rigola es tan mojigato podría haberlo coregrafiado sor Maravillas del Niño Jesús de Nazaret y la Virgen de los Alicates para la función de fin de curso de las niñas de segundo de primaria.

 Hace años que conozco los montajes de Calixto Bieito

como para que nada me sorprenda ya. Exactamente desde el estreno de Un ballo in Maschera, de Verdi, en la temporada del Liceu 2000-2001, cuando por primera vez desde que Guillermo Tell empezara la temorada 1893-1894 la ópera saltó de las páginas de Cultura a la portada de la prensa catalana. Porque yo estuve allí. Yo presencié la gran tangana.

Fue un lunes, 4 de diciembre. De casualidad, andaba por Barcelona porque quería consultar unos archivos y un amigo me ofreció acompañarle al Liceu con el abono de su pareja. He de decir que no era mi primera vez, pues me había estrenado ya en la Staatsoper de Viena ocho años antes, que es como decir que uno había perdido la virginidad entonces con Claudia Schieffer o ahora con Olivia Wilde. Pero, de igual modo que nadie en su sano juicio declinaría requiebros de Angelina Jolie, un reestreno en el Liceu tampoco es plato de segunda mesa.

La primera impresión, que no tuve en Viena, fue el apabullante desfile de pavos reales; abuelas emperifolladas como árboles de Navidad, agitando modelos que no he visto ni en las tiendas del Paseo de Gracia en las que Natasha se mortificaba, con más pintura encima que que los muros de la Capilla Sixtina y joyas de tal enevergadura que para lucirlas una simples mortal habría necesitado entrenamiento especializado con un preparador físico, desde collares de perlas del tamaño de huevos de codorniz a pedruscos que ya no se medían en quilates sino en kilos. Pero es que la vieja alta burguesía, como la vieja aristocracia, ya no son simples mortales, la eugenesis a la que se han sometido durante más de un siglo ha creado una raza especial, todos altísimos: por octogenarios que sean parecen jugadores de baloncesto. Tanto su imponente físico como el donaire natural con que pasean sus tres papadas, unido al peculiar lenguaje con que entre ellos se comunican, boqueando humo de habanos excesivos incluso para mí, sirvió sin duda de modelo para Jabba el Hut

Y entre esa pléyade de burguesones de perfil de senador romano y sus señoronas, con tantos liftings encima que tienen médicamente prohibida la sonrisa, profesores indiscutibles con chaqueta de tweed, barba y guedeja revueltas, jovencitas con minifaldas de vértigo y escotes en cuyo fondo era mejor no pensar… allí estábamos nosotros dos, tan adecuados en ese entorno como vestirse de nazi el Día del Orgullo Gay.

Ni mi amigo ni yo habíamos oído nada de Calixto Bieito jamás y creíamos que lo importante de la ópera no era  el director musical, pues música es lo que veníamos a ver y oír, por lo que nos extrañó tanta preeminencia del director de escena en el programa que una oronda alemana protestaba por estar sólo editado en “francés, inglés y el inmundo dialecto de aquí”.

Se abre el telón, y la primera escena, la trama de la conjura, transcurre en unos lavabos, una especie de metáfora de que las consipiraciones siempre ocurren en las cloacas… Exactamente, la escena en cuestión era esta: 

A mí, que entonces era muy joven y, por lo tanto, muy ortodoxo, me entró la tos. ¿Sabéis la típica tos que se oye en todos los conciertos? Pues la primera de un Ballo in maschera era mía. El resto del público también parecía que se agitaba en sus asientos, a medida que cierto rumor iba elevándose…

La ópera iba continuando, sin muchos más sobresaltos, hasta la escena de la choza de Ulrica, donde en el umbral de la cabaña las sombras de una pareja, decían los rumores que contratada en cierto célebre sala barcelonesa para caballeros y despedidas de soltero, explicitaban sin lugar a la duda o a la imaginación que eso era un burdel. Aquí, algún intelectual a la violeta se arranco por aplausos para mitigar los silbidos y broncas que desde los palcos burgueses ya no se disimulaban. Pero finalmente, la hecatombe llegó en el inicio del segundo acto, cuando unos militares violan en escena a un chapero, escena que por más que leo el libreto y veo otras interpretaciones aún no sé de dónde diablos se la sacó Bieito, o por qué creyó que había de incorporarla, porque si las otras jaimitadas con que había puesto a prueba las tragaderas su público eran difícilmente justificables, ésta última no encajaba en la ópera ni empujando con los pies.

En ese momento el Liceu estalló:

-Marranos!

-Bruts! (Sucios)

-Això és el Liceu! (Esto es el Liceo)

-Quin fàstig (¡Qué asco!) -espetó una voz femenina, a la que seguro le saltaron tres implantes y varios puntos de sutura con el improperio

-¡Gilipoyas! -le respondió desde el patio de butacas un entregado partidario del montaje.

Mi amigo y yo, hundidos en nuestras butacas, muertos de vergüenza ajena, nos esperábamos una trifulca entre gafapastas de Gràcia y patricios de la Bonanova, pero se quedó todo en una una salva de abucheos durante largos minutos que no apagaron ni los aplausos de algún enfervorizado puesto en pie y que parecía que iban a acabar con el baile antes de tiempo. Sólo el buen hacer de la orquesta y de los cantantes logró salvar la representación. El suceso fue rematado con un chiste del genial Ferreres, en El Periódico, donde el dueño de un burdel de lujo advería a sus burgueses clientes que esa era un casa respetable, que para montar jarana se fueran al Liceu.

Desde entonces, me espero cualquier cosa de Calixto Bieito. Lo que me extraña es que tenga tanto predicamente en países que consideraba civilizados, y que los éxitos se midan en provocaciones. Sea como fuere, yo sigo prefiriendo las viejas ediciones de Bayreuth o británicas

que ver convertido el espectral navío sin velas que incluso el rey británcio Jorge V o el almirante nazi Dönitz afirmaron haber visto alguna en vez de la inmensa zodiac roja cargada de ejecutivos del montaje de Bieito en Stuttgart de 2008

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Un día Brahms

Hace unos años, en un grupo de amigos y conocidos nos enviaban unos larguísimos tests (algunos de más de 200 preguntas) ‘para conocernos mejor’, aunque nunca he entendido muy bien en qué me ayuda a conocer mejor a una persona saber si prefiere McDonalds o Burger King, sobre todo cuando no le das la opción ‘chuletón de buey en asador vasco’, por ejemplo. Evidentemente, al final pasaba que estos tests se repetían más que el gazpacho, y uno intentaba que sus respuestas fueran lo más ingeniosas posibles, para acabar realmente fatigado. Eso pasó a la historia, Gott sei Dank, pero en el universo blog ha tomado el relevo una nueva forma, el llamado meme, término tomado, pero no sé si entendido, de Richard Dawkins, El gen egoísta (1976) y para cuya definición en la teoría de la comunicación remito a Jordi Cortés Morató, Introducción general a la teoría de memes, texto del que se ha nutrido el correspondiente artículo de Wikipedia con un simple corta y pega.

Ignorante yo del universo blog y de la teoría de los memes, creí que esos post en cadena así llamados era una especie de lavadero público donde cada uno iba contando sus intimidades, cuando lo constituye el meme no es tanto el contenido como la capacidad de replicarse en la red, de ser respondido por otro meme del mismo tipo en otro blog. Que a la pregunta “¿qué canción serías?” yo responda “Una noche en el monte pelado” es menos importante que diecisiete de mis lectores hagan el meme.

¿A qué viene todo esto? A que hace unos días me enviaron uno de estos memes por el facebook sobre una especie de identificación cultural: “Si fueras un libro, si fueras una canción, si fueras una película…” Uno puede responder de dos maneras a esa pregunta, o bien entendiéndola como cuál es su canción, libro o película favoritos o bien identificando su vida en uno de ellos. Puede que El Quijote sea mi libro favorito, pero mi vida es más como… ¡caramba, qué coincidencia! ¿He dicho dos? En realidad, hay una tercera manera de responder, que es la que yo usé: pasar del tema.

Cada momento, cada día, tiene su música para mí, y el libro que hoy me parece magnífico posiblemente lo dejara por imposible hace un año, y posiblemente ocurra lo mismo con una película, que no siempre tiene uno el estómago para liebre royal y tomarse de postre a Dreyer,

Vampyr, 1932. Imagen de Theartwolf.com

 

sino que el cuerpo nos pide a veces una hamburguesa con patatas para ver Demolition man. Pues hoy es un día Brahms; gris, algo más fresco que ayer, con augurio cierto de lluvia -es miércoles, toca colada: inevitablemente, tenía que llover-, desde que me he despertado (desde que Kuragin me ha despertado saltando sobre mi estómago) necesitaba al hamburgués, y ya me han acompañado las danzas húngaras desde el té y el croissant hasta maldecir la mala costumbre de torder el día desde el principio por leer la prensa. A veces me pregunto si no sería más saludable para los pacientes espectadores que el debate sobre el Estado de la Nación no se hiciera más en el Congreso de los Diputados, sino en una piscina de barro o un circo romano… no notaríamos la diferencia, salvo que no habría duda sobre quién ha ganado o perdido el ‘debate’.

Mientras escribo esto, Wilhelm Furtwängler me acompaña con la Cuarta Sinfonía de Brahms, en su interpretación magistral de Londres, 1948

Y espero ansioso la tercera, que mi ordenador me castiga con el orden aleatorio de las narices. Tal vez mañana sea Rhapsody, o Wolkenstein, o Brel, pero hoy es Brahms,; no podría responder jamás a la pregunta “¿qué canción eres?”, pues hoy es Brahms y yo soy su tercera sinfonía,

pero mañana no sé quién seré. Porque no sé vosotros, pero a mí me es imposible sintetizar mi vida en una única canción, libro, película o comida. Posiblemente porque no puedo abstrerme de mi propia vida, verla con perspectiva, aunque sin duda uno que me conozca poco tardaría dos segundos en definirme como “La cabalgata de las Walkirias“, La casa de los espíritus, El manantial o esturión ahumado, por decir algo. Y quizá este podría ser un juego divertido, no tanto qué película, libro, canción o personaje soy sino quién creéis que soy.

¿Os animáis?

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Tangos inesperados

Con la sutil elegancia de la que sólo es capaz un hombre sabio, Ferran decidió el lunes hacer limonada cuando la vida da limones, y en lugar de lamentarse que el fin de semana hubiera acabado, prefirió empezarla con la belleza de un tango, Jeaulosy, de Jacob Gade.

Los puristas afirman que, pese a ser actualmente uno de los tangos más reconocidos del mundo, no se trata de un tango genuino, pues fue compuesto para la banda sonora de la película norteamericana D. Q, the son of the Zorro, (1925), protagonizada por Douglas Fairbanks. Y ese rigorismo late en todo el laaaaaaaargo artículo para la voz ‘Tango’ de Wikipedia, que empieza con un contundente:

El tango es un estilo musical y una danza rioplatense, característica de las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, [1] de naturaleza netamente urbana y renombre internacional. Musicalmente tiene forma binaria (tema y estribillo) y compás de cuatro cuartos (a pesar de que se le llama «el ritmo del dos por cuatro»). Clásicamente se interpreta mediante orquesta típica o sexteto y reconoce el bandoneón como su instrumento esencial.

para desarrollarlo ignorando por completo cualquier aportación no rioplatense a este complejo mundo musical. Aunque el autor de Jealousy sea un danés que no consta que pisara Buenos Aires o Montevideo jamás.

Antes de 1900, el tango ya se escuchaba y se bailaba en Europa, para escándalo de gentes como el kaiser Guillermo II, que prohibió a sus oficiales que lo bailaran de uniforme. Pero era ponerle puertas al campo, pues en el Viejo Continente si alguna vez tuvo el tango carácter arrabalero, lo perdió rápidamente, y casi de inmediato entró en lujosas salas de concierto y fue objeto de atención de los compositores considerados grandes. Así, el segundo movimiento de la composición para piano España, op. 165, del catalán Albéniz, lleva por título ‘Tango’, y fue compuesta hacia 1890. También en Francia (pues Albéniz allí residía) compuso Erik Satie en 1914 su Perpetual tango.

Pero si el algún lugar vivió el tango una verdadera Edad de Oro, veinte años antes que en Argentina, fue en Alemania y Rusia. Apasionó a compositores que podrían considerarse ‘clásicos’ o ‘consagrados’, que apasionados se adentraros en sus fascinantes posibilidades musicales, como el violinista Fritz Kreisler, o Kurt Weil con su Tango Ballade para Dreigroschenoper (libretode Berthold Brecht)

O rusos, como Stravinsky y su ballet Histoire du Soldat (1918)

Compositores clásicos, cantantes célebres, los mejores salones de ambos países disfrutaron durante los años 20 y 30 adentrándose, experimentando con el tango. Cambiar el bandoneón por el violín (como el tango de Jacob Gade), sustituir el lunfardo por alemán o ruso de baja estofa, o incluso, en una vuelta de tuerca insólita, convertirle en vehículo de sátira política o social, como los tangos cabareteros de Georg Kreisler, como su Ein ohnmächtiger Tango.

Las películas soviéticas o las que la UFA producía en Alemania introducían a menudo tangos en sus bandas sonoras, como Warum, en Der Student von Prag (1926) o el tango Sierce (Corazón) para Los felices compañeros (1934), pero ya no sería lo mismo, pues el carácter desenfadado, mordaz y transgresor con que se bailaba y escuchaba en los cabarets de los años 20 fue cuidadosamente encorsetado por ambos totalitarismos, y su ritmo original 2×4, que en Argentina estaba evolucionando hacia el actual 4×4, se asimilaba en ambos regímenes con sus marchas militares.

Pero si hay un país inesperado para escuchar tangos, ese es sin duda Finlandia, que los ha incorporado plenamente a su cultura musical, incluso a su folklore, con instrumentos, temas y metáforas muy propios, como este de Georg Malmstten, de 1938

De hecho, la ciudad finesa de Sinäjoki se proclama Segunda ciudad del tango.

Pero no quería despedirme sin uno de mis preferidos Tangos inesperados, Magnolia, compuesto en París en 1929 por el exiliado ruso Alexander Vertinsky, y cuya letra, traducida del ruso por el profesor de Física de la Universidad de Karlsruhe Igor Gornyi, es un excelente ejemplo del desenfado, el exotismo con que Europa visitió este ritmo que aún le fascina.

Banana-lemon Singapore is purely spurious:
the ocean cries and sings without words,
in dazzling azure skies the storm is furious,
pursuing strings of birds.

Banana-lemon Singapore is purely spurious,
the silence on your heart is like a stone,
the frowning of your eyebrows is injurious,
you’re always sad, alone.

And tenderly reviving
another May empyrean,
my caresses, my words, my eyes and mouth,
Yvetta, you are crying,
for our song is dying,
your heart’s no longer flying
with no flame of love.

A parrot shouts, frightening,
you’re standing still and sighing –
a lonely wild magnolia in bloom –
Yvetta, you are crying,
for our song is dying,
for somewhere summer’s soughing,
gone with dreams of doom.

Your opal-moonlight Singapore is purely spurious,
when storms tear off bananas in your dreams.
The tiger skin you sleep on is luxurious
amid the monkeys’ screams.

Banana-lemon Singapore is purely spurious.
A tropical magnolia in bloom,
you jingle with your rings and try to cure us,
you love me still, in gloom.

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