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Posts Tagged ‘opinión’

No entiendo, Sócrates

No voy a unirme a las hordas de inquisidores que, recién caídos de un guindo, acaban de descubrir la verdadera catadura moral de sus héroes. No voy a sumer mi dedo cibernético a señalar a quienes hace mucho tiempo que andan retratándose. Dicen los que no saben leer sin contar que la frase que más se repite en La República de Platón es la que encabeza este post, y esta es la que se me viene a la cabeza cuando oigo tanto rechinar de dientes y rasgarse de vestiduras por algo que no me ha sorprendido.

Bien puede ocurrir que sea yo tan conspiranoico que, a fuerza de imaginar complots y ver dobles lecturas, alguna vez acierte, pues ya dijo Borges que un mono sentado durante un tiempo infinito ante una Olivetti escribiría el Quijote. Algo así será porque no me creo que haya pillado a todos con el paso cambiado lo que para mí no es más que otro coherente peldaño en una andadura vocinglera y chulesca sólidamente documentada.

Ni Pérez Reverte, ni el tándem Sánchez Dragó-Boadella, ni Jesús Neira ni el alcalde de Valladolid deberían a estas alturas sorprender a nadie. Espero que don Arturo no se enfade conmigo por hacerle encabezar semejante nómina, pero tantos años esforzándose por construirse una imagen de macarra hace que al final uno lo barrunte como ideólogo de los otros; tampoco temo mucho su enfado, pues aunque el académico mee a menudo fuera de tiesto hay que reconcerle que mea apuntando alto y dudo que pierda el tiempo en dedicar un twiter a un Juan Lanas como yo.

No entiendo los aspavientos indigandos de quienes hasta no hace mucho le reían las gracietas ocurrencias más dignas de club de carretera que de profesor universitario de Jesún Neira. Desde que nació para los micros no ha engañado a nadie sobre la naturaleza de su carácter, y mucho más dignas de escándalo me parecieron otras declaraciones suyas que la del vinillo que fue la que acabó defenestrándolo. Tampoco entiendo que llamar nenaza a un ex ministro sea tema que llevar al Congreso, cuando el autor del twitter ha soltado ex abruptos mayores sin haber despeinado a nadie ni que el anarcofascismo de Dragó resulte más digerible que unas ensoñaciones pederastas que tienen menos de recuerdo real que de alucinación hija de la senilidad, los medicamentos sin receta y de la necesidad de que hablen de él para saberse vivo aún.

En esencia, no entiendo cómo ha logrado calar tan hondo esta versión edulcorada pero igualmente gris y aburrida del puritanismo yankee que es la de lo políticamente correcto, erigida en credo por una progresía buenista que en lugar de fumarse porros le ha dado por enfundarse sayo de novicia y andar cogiéndosela con papel de fumar todo el día. El buenismo en el que andamos chapoteando es la peligrosa consecuencia de una visión Disney del mundo cada vez más extendida en una sociedad más peterpanizada en todos sus estratos.

No entiendo que el buenismo haya impuesto motivos de escándalo de primera y de segunda y que como borregos comulguemos con esas piedras de molino sin rechistar. Los de primera son causa de linchamiento público y los de segunda no tienen consecuencia ninguna, son pecadillos veniales. Lo más irritante es que lo que determina estar en uno u otro grupo es simplemente la moda, no la gravedad de la cuestión y, como en toda moda, no se persigue el origen, sino sólo sus síntomas.

El machismo y su colofón, la violencia de género, son una desgracia que debe ser resuelta desde la educación, no una moda con la que frivolizar yendo a la caza de expresiones machistas en el idioma ni violando la gramática para nombrar miembras. Mientras el buenismo nos obliga a andar agazapados escudriñando nimiedades, por detrás se cuelan los incendiarios y, cuando nos queremos dar cuenta, a nuestras espaldas arde Troya y nosotros ni nos habíamos enterado. ¿Son graves las afirmaciones de Dragó o León de Riva? Evidentemente que sí, pero son graves en sí, no porque ahora esté de moda y toque escandalizarse por eso, porque estas personas y otras parecidas llevan mucho tiempo dando señales de por dónde andan como para enterarnos ahora.

El buenismo es el credo new age que ha secuestrado el discurso de la izquierda y cuya lengua litúrgica es el lenguaje políticamente correcto. Y con esos mimbres, malos cestos vamos a hacer, porque sustuimos las ideas por las ocurrencias, la reflexión por el sentimiento y el saber por la fe. Como reflejo del Tea Party yanqui, el buenismo está creando espontáneos guardianes de la ortodoxia, peligrosos descerebrados que fácilmente podrían acabar siendo convertidos en ‘asesinos por las buenas causas’, y síntoma de este descerebramiento progresivo son esas sopas de letras tras las cuales uno no sabe qué se oculta que no saben distinguir realidad de ficción y que periódicamente lanzan sus ataques contra libros o películas al más puro estilo años 30,  Y ya advirtió von Kleist que “‘Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”

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De series históricas

Casi no veo la televisión. No es una cuestión de principios morales o de supuesta superioridad intelectual, ni tampoco medidas higiénicas o apotropaicas. Es, simplemente, un hecho. Tampoco soy un converso recién caído del caballo y que ha visto la luz de repente y que se ha impuesto esta penitencia, sino que ha sido un proceso que no sé cuándo empezó pero que ha concluido en que sólo dedico unos 45 minutos diarios a ver televisión. Tal vez empezó hace dos años; entonces yo era seguidor de CSI -evidentemente, Las Vegas; no he logrado superar la grima que me da el inexpresivo Horatio- y ni las repeticiones ni las interminables pausas de publicidad me desanimaban. Pero entonces fundamos entre tres un Club de la Pipa en el pub de Jaume; fijamos las sesiones para la noche de los lunes y CSI cayó de mi parrilla televisiva. A partir de allí, poco a poco fueron desapareciendo programas, series y películas. Lo último en desaparecer fueron las noticias y, desde entonces, vivo más feliz, no por vivir en la ignorancia, sino por no alimentar mi úlcera con la bilis que tragaría al constatar que la defunción de un cefalópodo de un acuario alemán merece mucho mayor seguimiento y tiempo de informativos que una epidemia de cólera en Haití que se ha cobrado ya más de 250 vidas.

Pero eso no quiere decir que no sepa qué ocurre al otro lado de la pantalla, por negra que dormite en mi casa. Sigo diariamante a cuatro brillantes opinadores que, con formatos y enfoques muy distintos, me permiten seguir sin mancharme el día a día de una guerra que ya no es la mía. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero al menos escucho o leo algo inteligente, y ya me basta. Desde la columna diaria “Tú y yo somos tres” en El Periódico de Ferran Monegal hasta el blog 625 ranas, de Antonio Rico, pasando por la “Visto, dicho y oído” de Bob Pop en Público y la impagable Teletulia del Arucitys, en 8 tv, sección esta que consume mis 45 minutos de televisión diarios, y los cuatro se han hecho eco de la súbita irrupción de las series históricas en las pantallas.

Esto va por hornadas. Hace unos años eran las series de investigación policial, tipo CSI y sus secuelas (NAVY et allia), después fueron los vampiros a rebufo de la trilogía, tetraología o heptalogía (¡yo qué sé!) Crepúsculo, como True Blood… En 2005, HBO decidió buscar nuevos escenarios para sus guiones, y sustituyó la ya gastadita mafia y los no menos gastados vampiros por algo paradójicamente nuevo, la historia, y allí empezó “Roma”, serie donde la espectaculara ambientación no ha logrado empequeñecer la sutiliza y los diálogos exquisitos de “Yo, Claudio”. Después, han venido Los Tudor y se rumorean otras sagas.

Hace casi cuarenta años que Josep Pla dijo en una entrevista con Montserrat Roig que España es un país sin ningún rigor científico, que todo el mundo copia, aserto que podría confirmar de seguir vivo el ampurdanés si encendiera la tele -y no muriera en el intento, y es que las cadenas y productoras ibéricas son menos originales que una corbata Hermes de mercadilllo. Primero copiaron las policiales, después las series adolescentes más descerebradas o cierto modelo paranormal… todo ello con la caspa carpetovetónica que nos caracteriza. Ahora es la reinterpretación anglosajona de la historia como espectáculo la que es reinterpretada por directores y guionistas patrios; sinceramente, para echarse a temblar. Porque uno de los problemas principales es que no se está haciendo una serie histórica española, sino que se hace una adaptación de una serie anglosajona, con todos sus defectos y, desgraciadamente, con ninguna de sus virtudes, porque, afrontémoslo, el regusto a Gladiator de porexpan no nos lo quitamos ni con lingotazos de Hendrix.

Me apasiona la historia, ya lo sabéis y por lo mismo que aborrezco la novela histórica (en general, porque Guerra y Paz o El nombre de la rosa están entre mis lecturas favoritas), tengo más que reparos en acudir a estos trampantojos. Yo no le pido a nadie que haga películas ambientadas en Roma, el Toledo visigodo o la Viena del segundo asedio turco pero, si lo hacen, ¡al menos que traten con respeto a mis muertos! Coño, que no hace falta ser Gibbon para saber que los romanos no conocieron el estribo y que esa fue una de las causas del desastre de Adrianópolis contra los visigodos, 500 años más tarde de la época en que, teóricamente, se basa la película.

No pretendo que la serie incorpore un sesudo debate sobre los sistemas antroponímicos romanos y los métodos de filiación, pero un mínimo de documentación, de investigación, en fin, de decencia no estaría de más… Aunque quizá daría igual, porque estamos tan acostumbrados a ver a un actor español en un papel determinado que aunque George Duby resucitase para acompañar a Jacques Le Goff en la asesoría histórica de una serie medieval, y por digna de un BAFTA que fuera su interpretación, sería difícil ver en José Luis Gil a un trasunto lebaniego de Guillermo de Baskerville y no a Juan Cuesta

Por no hablar de cómo me imagino a la mitad de los actores más jóvenes haciendo de romanos con acento de Parla… Me temo que, de momento, seguiré con los originales, Roma y los Tudor.

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Decir que la operación Pretoria ha estallado cuando aún colea el caso Millet sería un eufemismo intolerable, pues en el saqueo del Palau aún no se ve el fondo, y lo que empezó en septiembre siendo una apropiación de unos 3,3 millones de euros apenas un mes más tarde ya se elevaba a un desvío superior a los 20 millones, de dónde salieron, además de jugosas donaciones a las fundaciones de casi todos los partidos políticos para que miraran a otro lado, salarios quintuplicados en un año para directivos, vacaciones de lujo en Maldivas, las bodas de las hijas de Millet… y lo que te rondaré, morena, que como sigan escarbando aún saldrá el regalo de bodas de Anita ansar, la comunión de los nietos, un mecenazgo para restaurar la catedral y un donativo a la asociación catalana de Gays y Lesbianas, que Millet parece persona de integridad y convicciones marxistas, pero de Groucho: “Estos son mis principio; si no te gustan, tengo otros”.

No, no colea el caso Millet. Está apenas asomando su cabeza en la hedionda charca de la política y la alta sociedad catalanas, donde 400 familias han manejado el cotarro o ‘remenat les cireres’ , como decimos aquí, desde quién sabe cuándo, con sus espesas redes clientelares, que antaño incluían canónigos y militares y ahora políticos de todos los colores, bien dependientes de algún modo, bien directamente vástagos de la recia prosapia.

Durante 18 años, el único coro de cámara profesional trabajó ocho horas diarias como becarios, pues ‘no había dinero para contratarles’ y es que la legislación española permite -o permitía- esta indignante figura laboral, que es tener mano de obra hipercualificada con salarios vergonzosos y sin ningún tipo de cobertura social ni sanitaria ni prestación alguna por desempleo… Descubierto esto, ¿cómo se compensará a esas personas por sus derechos robados? El que eso escribe, propone que de los bienes patrimoniales de Millet y sus secuaces se pague a la Seguridad Social todo lo que les correspondería haber cotizado y que la Seguridad Social cubra los derechos de esos trabajadores explotados y engañados. Al menos, por lo que respecta a su jubilación y demás. Pero dudo que el Estado ni sus instituciones estén por la labor de resolver rápida y eficazmente un agravio de tales características a trabajadores, sino que lo demorarán todo lo posible en los tribunales, a ver si por el camino se mueren la mitad de los demandantes…

El albañal en que nuestros líderes políticos nos querían hacer chapotear diciéndonos que eran aguas termales empieza a no poder alimentar a todos los que nadaban entre sus aguas negras, pues los casos de corrupción en este país sólo estallan cuando alguien se siente agraviado por un untamiento insuficiente y decide romper la baraja. El “après moi, le déluge” de Luis XV en cetliberia es más bien un “o follamos todos, o pinchamos las muñecas”.

En este contexto caníbal es cuando el juez Garzón, hábil pescador en peceras infestadas de pirañas y el único juez que parece que trabaja en este país, ha irrumpido en el oasis y en media mañana ha enviado a prisión a un alcalde socialista, a un ex conseller d’Economia de CiU y a otros siete sinvergüenzas más. Otra vez el pragmatismo catalán que ya veíamos en Millet, “que las ideologías no te impidan hacer un buen negocio”.

En política no existe la presunción de inocencia. Un político debe ser honrado y parecerlo, y la sombra de la sospecha debería ser motivo suficiente para presentar la dimisión y esperar el resultado final con la frente alta. Así es en países civilizados, pero el inmenso circo ibérico tiene de civilizado lo que yo de obispo anglicano: sólo la apariencia. El PSC se ha mostrado contundente y, con una velocidad que debería ser ejemplar, ha suspendido temporalmente de militancia a los implicados, mientras que CiU, fiel a la doctrina Rajoy, se enroca en eso de la ‘presunción de inocencia’ y esperar a ver qué dice La Haya… no sólo eso, sino que encima, Felip Puig secretario adjunto de CDC, en un ejercicio de desvergüenza insólito en cualquier lugar menos en la España de Gürtel y Seseña, pretende defender la indecencia de no exigir la renuncia de quien ha manchado el nombre de un partido soltando la especia de que la aplicación de medidas tan rápidas sugiere que ‘se sabe algo más’. Hace falta tener más cara que un moai para hacer esta finta sin que se te escape la risa tonta por lo indecente. Una muestra más de que en este país se fusila poco.

¿Y la opinión pública? No sabe, no contesta, unos celebrando lo de Alcorcón y otros lamentándolo, a todos les trae al pairo que nueve políticos y empresarios más estén en el trullo por corrupción (¿Cuántos van en lo que va de mes?), como les da igual que con dinero público se beneficie sin concurso a las empresas de amiguitos que regalan relojes de 20.000 euros, o las luchas de poder a navajazos en el bochornoso espectáculo de Caja Madrid. O que ni se enteró de lo del 3%, la espantada más lamentable de la  historia política catalana.

Soy nacionalista catalán, lo sabéis. Nunca lo he ocultado. Pero no toleraré que esgriman la bandera del patriotismo para hacerme callar, que una especie de omertà de pa amb tomàquet se imponga para que, con el disfraz cuatribarrado, los cuatrocientos de siempre hagan y deshagan como les viene en gana y el resto, además de cornudos y apaleados, pongamos la cama y riamos las gracias. No, amigos míos, los payasos no son los que se agitan en la pista central, los payasos somos los espectadores por no echarlos a patadas.

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De nuevo el aborto

Era 1974. Esa efervescencia antifranquista tan conocida ahora aún no había conseguido que el último dictador fascista muriera en la cama de viejo cuando mi madre, Smaug, recién estrenada su mayoría de edad legal (21 años) se quedó embarazada y tuvo que decirlo a su familia.

La reacción en su casa fue variopinta, y cada cual respondió como habría esperado cualquiera que los conociera. Una de mis tías, la mayor, amante de melodramas y escenas, se desmayó escandalizada y aparatosamente, pues en su concepción del mundo eso les ocurría a otras familias para que ella pudiera murmurar; el tiempo ha demostrado que nunca sería su rigor e integridad moral aplicable a sí misma. Mi otra tía, que siempre ha rehuido las situaciones potencialmente conflictivas, recordó en ese momento que había quedado con las amigas y desapareció. Mi abuelo con un “de las cosas de la casa de ocupa Dolors” se fue al trabajo, mientras mi bisabuela, con la perspectiva que dan los años, sentenció divertida que no entendía tanto jaleo, pues no era mi madre la primera ni sería la última a quien le ocurriera. Así que en mi abuela recayó el deber de dar la respuesta familiar a la situación. Conservadora, católica, consciente de vieja estirpe (probablemente la única en toda su familia en no olvidarlo nunca), formaba ya entonces parte de la escogida y reducida  elite económica de Biluba, y su matrimonio con un falangista había beneficiado sus aspiraciones sociales, hasta el punto de casi borrar el doble baldón de un padre cenetista y un hermano rojo y masón. Controlando una ira seguramente inevitable, evaluó la situación, para concluir que mi padre, medio andaluz, hijo de comunistas y ateos represaliados -con razón, pensaría- no era lo que esperaba, ni lo que deseaba ni lo que quería como yerno.

Mi madre y mi padre estaban de pie, esperando un estallido que no llegaba, mientras la silenciosa hostilidad de mi abuela iba solidificándose en torno a ellos. Finalmente, se levantó, descolgó el teléfono y llamó a su sobrino de Barcelona:

-Por favor, mírame cuando sale un avión a Londres y me llamas- la abuela, de rosario y novena, de misa semanal, mantilla y plato  en la mesa para el cura por Sant Esteve, se dirigió por primera vez a mi madre-. Prepara tus cosas, que te vas a Inglaterra y te sacas ‘eso’ de dentro; no quiero ni oír hablar de ninguna otra opción, es inaceptabe. Cállate, si no te han enseñado las monjas a cerrar las piernas a tiempo, al menos aprende a cerrar la boca. Y tú -se dirigió a mi padre, con tanta rabia que le temblaba el índice acusador-, pon un precio y desaparece.

Siete meses después de esta escena, es un hospital de Barcelona  nacía yo; junto a mi madre, la patrona del piso en que vivía mientras acababa la carrera y mi abuela paterna; mi padre no pudo venir, pues cabo de ingenieros, tenía órdenes de acabar el nuevo campo de tiro del cuartel de Hoyo de Manzanares donde meses después, licenciado ya, serían ejecutados los últimos fusilados del franquismo.

Esta es mi historia y quizá el motivo de que no pueda pronunciarme contundentemente sobre el tema; en otra ocasión he hablado ya de la cuestión, pero desde la lejanía que da la reflexión histórica, sin dar mi parecer. Quizá mi experiencia condicione mi posición, pero creo que el ser humano lo es desde el momento de la fecundación (y no desde los 40 días que dicen San Agustín y Santo Tomás); rechazo que el aborto sea un derecho porque en mi mundo nadie tiene derecho a disponer de ninguna vida ajena, ni el Estado a aplicar penas de muerte ni la madre con su feto. La única muerte que cada cual tiene derecho a dispensar es la propia.

El aborto no es un derecho, pero es una realidad, y enmascarar o negar las cosas nunca ha servido para resolverlas, sino todo lo contrario. Estoy harto de oír frivolidades de quienes hacen política con cualquier cosa, por impolitizable que sea, y afirman alegremente que el aborto es ahora un método anticonceptivo más, como si esta decisión por la que me cortaría un brazo con tal de no hallarme jamás en la tesitura de planteármela fuera tomada por cuatro niñas malcriadas con la misma indiferencia con la que eligen un pantalón u otro en el Zara. Estoy harto de que se criminalice a unas mujeres que, en la inmensa mayoría de los casos, han llegado a esa elección tras un dolorosísimo camino, y que esa elección les conduce a otra senda no menos dolorosa. No negaré que hay quien no se plantea nada más con el aborto que una solución rápida y fácil, pero me saca de mis casillas que se pretenda vender como norma lo que es una excepción. Y, cínicamente pensando, ¿qué futuro le esperaría al niño educado y criado por una persona con semejante ausencia de principios y de todo?

El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso. Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir? ¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir? Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking? Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día? Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia. Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.

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Hay un empeño en entretenernos con una trama de sainete para que las hojas no nos dejen ver el bosque. Personajes estrafalarios con apodos que parecen salidos de una comedia de Valle-Inclán (El Bigotes, el Curita, el Albondiguilla) van protagonizando subtramas cada vez más esperpénticas en las que al final se pierde de vista el argumento principal de la operación Gürtel, que no es otro que una gran trama de corrupción que salpica al PP de media España y en la que presuntamente estarían empantanados desde el alcalde de Boadilla del Monte, Arturo González Panero, alias ‘el albondiguilla’ hasta el presindente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, alias ‘el curita’, pasando por el tesorero del PP y senador, Luis Bárcenas, el diputado por Segovia Jesús Merino y el europarlamentario Gerardo Galeote. En este último caso, ya parecen que son negocios de familia, pues papá, José Galeote, ex concejal de Boadilla, y el hermanito, Ricardo Galeote, ex concejal de Estepona, también están imputados.

Cuando ya en febrero los nombres de Camps y Costa, empezaron a sonar, el presidente valenciano negó todas las acusaciones varias veces en el Parlamento autonómico; pese a todas sus protestas de inocencia y a la convocatoria de leales para vociferar su inquebrantable adhesión, fue imputado y tuvo que declarar ante el juez el 19 de mayo. Poco debieron impresionar al juez del TSJV, José Flors, las algaradas de los leales y el desfile de altos cargos a las puertas de los juzgados, pues el lunes 6 de julio decidió que hay indicios para seguir investigando a Camps, y la posibilidad de que el molt honorable y el secretario general del PP valenciano, Ricardo Costa, acaben calentado banquillo de acusados por cohecho empieza a asumir contornos bastante definidos. Si no os habéis enterado de este auto, no es culpa vuestra, pues el día que casi estalla la guerra civil en Honduras, que en una provincia china se desata una matanza con cientos de víctimas y que a Camps se le perciben ‘indicios racionales de delito’ no hubo en las televisiones españolas noticia más importante que la presentación de Cristiano Ronaldo.

Y aquí es entonces cuando doña Rita dio el zapatazo sobre la mesa. La alcaldesa de Valencia, que hasta ahora había ejercido de figurante en el desfile de autoridades y cargos del PP en apoyo manifiesto al líder injustamente acusado por esa caterva de rojos y masones revanchistas, ha decidido que la mejor manera de disipar la amenaza de juicio es encender el ventilador y esparcir su mierda en todas las direcciones y que nos salpique a todos.

Apenas conocido el auto del juez Flors, a doña Rita, que quizá esté mejor informada que los que se encastillan en defender desde el PP la intachable inocencia de Camps y por eso hasta ahora no había dicho nada, le pilla un calentón  y decide meter en el mismo saco las anchoas que el presidente de Cantabria regala a Zapatero en sus visitas a la Moncloa que los trajes que Camps siempre ha negado que le hayan regalado. El PP de Cantabria se desmarca de las “desafortunadas declaraciones” de doña Rita -por cierto, ¿soy yo el único que piensa que esta señora en algún momento pudo haberse llamado Manolo?- y la sede de Génova se echa las manos a la cabeza. No por la infamia que representa confundir los regalos institucionales que un representante público da a otro -caso de las famosas anchoas- con unos regalos que una empresa hizo a un político a cambio de unos favores, en este caso la concesión directa de la organización de eventos que se pagan con dinero público -y el dinero público, diga lo que diga la ex ministra Calvo, no es ‘dinero de nadie’, sino de todos-. No, no es esto lo que le preocupa al PP; es más, ya le va bien que a la opinión pública se le confunda lo legal con lo ilegal, lo blanco con lo negro y se le mezclen churras con merinas en una inmensa empanada mental donde ya nadie tiene claro nada, la vieja política del PP del todo vale y todo es un arma electoral, aunque ello envíe al traste la estabilidad política e institucional del país. Lo que le preocupa a Génova es que el exabrupto de Rita Barberá -que la prensa televisiva, como de costumbre, se ha tragado acríticamente sin analizarla en absoluto- reconoce ímplicitamente el delito que se acusa al muy honorable Camps.

Doña Rita, envalentonada, no sólo no se retracta, sino que se reafirma en su dislate, y propone incluso que se cambie el artículo 426 del Código Penal:

Artículo 426.

La autoridad o funcionario público que admitiere dádiva o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente, incurrirá en la pena de multa de tres a seis meses.

¡Sí, señora, con un par! Los tiene usted mejor puestos que muchos que se afeitan en su partido: “Si las reglas que hay me perjudican, se cambian y punto”. Nadie se ha escandalizado de semejante declaración de principios sin ningún tipo de principio moral, ético o democrático o con la malversación de fondos públicos a cambio de favores en metálico o en especies… aquí, nos entretenemos en el debate entre trajes y anchoas o en dilucidar si no sé quién acabará jugando de 7 en el Sporting de Vetera o de 9 en el Thundertentrockfussballclub. Y es que, como ya dijo el presidente de la Diputación de Castellón, con más causas abiertas que Julián Muños, a los ciudadanos les da igual si Camps y Fabra son corruptos, les siguen votando. Bueno, pues que se pare esto, que si no se bajan ellos, me bajo yo, pero en el mismo tren no podemos ir.

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Por primera vez en mi vida, he coincidido con futboleros en el análisis de una noticia, pero desde puntos de partida completamente distintos; en biología, una situación análoga se denomina convergencia evolutiva. Ellos, movidos por algo parecido a la indignación por la competencia desleal, y yo empujado por un escándalo en el que, lo confieso, no hay que descartar ánimos antifutboleros. Nos preguntábamos cómo una entidad, llámese ahora Real Madrid como podría llamarse Barça o Vetera FC, con una deuda de más de 400 millones de euors podía gastarse más de 160 en contratar a dos jugadores, nóminas aparte. Finalmente, la incógnita fue despejada ayer: el Banco de Santander y Caja Madrid prestaron más de 75 millones cada uno al ser superior. Y, por cierto, Caja Madrid los presta con dos años de carencia, es decir, que hasta la temporada 2011-2012 no tendrán que empezar a abonar nada, por n o mencionar el interés preferencial euribor +2%

La respuesta de la Minstra de Economía y Segunda Vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, fue sutil y elegante, pero contundente: se mostró sorprendida, aunque no escandalizada, pues no se había cometido ninguna irregularidad, pero recordó a bancos y cajas que si ya tienen liquidez que lo noten también pymes y familias.

Ahí habría quedado todo de no haber concurrido una serie de circunstancias y declaraciones que me han hinchado tanto la la vena de la sien que temí por un momento que tuvieran que hospitalizarme por un aneurisma. El camino de la desvergüenza lo abrió ayer Jorge Valdano, detentador de no sé qué canongía en el coro angelical del dios Florentino, al replicar a los escandalizados que el fichaje en realidad era un acto de responsabilidad social reactivando la economía:

Dentro de una crisis como la que se está viviendo estos precios producen un enorme impacto, pero basta con abrir cualquier periódico económico para encontrarnos con recomendaciones de que las empresas tienen que ivertir, intentar activar la economía. Exactamente eso es lo que está haciendo el Real Madrid.

Probablemente el tipo pretenderá que concedan al equipo el Nobel de la Paz. Aún no había recuperado mi pulso su ritmo habitual tras el cabreo de leer el cinismo y la desfachatez del tiparraco ese -y la indignación de saber que no hubo un Mountazer al-Zaïdi local que le endilgase un zapatazo en toda la jeta- cuando me desayuno esta mañana con el responsable último del desaguisado declarando ignorantes a quienes definan esos fichajes como inmorales en tiempo de crisis. La verdad, ya sólo me faltaba que me insulten. Por cierto, me enteraba esta mañana cuando el croissant se me había atragantado de que Ronaldo, Kaká, Messi, Forlán y compañía pagan menos impuestos por sus nóminas millonarias que cualquier ciudadano honrado español, un 24% frente a un 43% que tributa cualquier ciudadano que gane más de 53.407euros al año. ¿El motivo? Se benefician de una ley del PP que se promulgó, en teoría, para facilitar la contratación de científicos y que en la práctica sólo ha servido para fichajes galácticos.

La obra que estamos acabando está sufriendo retrasos inesperados, pero no sorprendentes. Algunas fábricas, por haberles sido rescindida por los bancos la línea de crédito, ya no producen nada, sólo venden lo que les queda en stock, y ha habido que cambiar algunos diseños, algunos acabados… Es el caso, por ejemplo, de los muebles de baño, cuyos acabados en wengé están ahora descatalogados y que nos han obligado a cambiar los colores de las puertas, con el considerable retraso de una fábrica que funciona al 25%. Alguno de los industriales contratados no se ha presentado, pues la misma decisión unilateral de anular o dejar en la mínima expresión sus líneas de crédito no les permite hacer frente a sus responsabilidades contractuales y se han visto obligados a cerrar.

Dicen que tienes un problema si le debes un millón al banco, pero que, si le debes mil, el problema lo tiene el banco, y es bien cierto. Me gustaría ver la cara que se les ha quedado a estos pequeños y medianos empresarios, al día con Hacienda y la Seguridad Social, al día siempre con sus créditos y sus responsabilidades, cuando han visto que el mismo banco que les dice que no tiene dinero para prestar le suelta 75 millones de euros a una entidad con un agujero de otros 400. Me gustaría ver su cara, aunque, ¡vaya usted a saber!, igual está encantadísimo de que no sé quién y no sé cuál jueguen no sé dónde aunque su empresa se esté yendo por el desagüe. Todo lo surrealista es posible en un país donde 60.000 sevillanos se manifiestan no por el paro o exigiendo la reforma agraria, sino para que algún otro impresentable se largue de quién sabe qué equipo.

Pero quizá haya empresarios a los que estos grandes fichajes no les resuelvan ningún problema real y les indignen. Les indignen porque ellos, honrados y cumplidores, están al borde del colapso por la falta de liquidez de bancos y cajas que hacen cola para rendir pleitesía y bañar en euros a los equipos de fútbol. Quizá estos empresarios que acusen de agravio comparativo, de escándalo financiero el préstamo mil veces superior a la línea de crédito cuya renovación solicitaban y les fue denegada por Caja Madrid o por el Santander o por la Caixa si ésta le presta al Barça el dinero para no contratar a no sé quién… quizá ellos puedan reunirse, agenciarse unas cuantas latas de queroseno y empezar a quemar sucursales y sedes centrales. Parafraseando a Valdano, podrán decir que destruir para reconstruir es una forma de reactivar la economía, que se lo pregunten a los amigos de Bush en Irak. Y esto no es terrorismo, es justamente lo contrario: guerra contra el terrorismo financiero; todo empresario y autónomo que decidiera tomar esa decisión tendría desde aquí una tribuna abierta. Porque el crimen sería quedarnos de brazos cruzados cuando ni el Estado ni la Justicia funcionan, pues nuestro silencio e inacción sería aceptar sin rechistar que nos unzan el yugo.

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Efectivamente, la música clásica no es aburrida en absoluto. Pero no es necesario meter cañones en una sala de conciertos repleta para que se hagan cargo de la percusión de la Obertura 1812 de Chaikovsky. No, amigos míos, basta con dejar sueltos a Calixto Bieito o sus secuaces para que la música clásica ocupe portadas, abra telediarios e interese a la presidenta del club de fans de Britney Speers. Bueno, quizá no tanto, pero casi.

Ayer, para concluir el post sobre la guerra de sexos, inserté el diálogo entre los marineros y sus esposas de la ópera de Wagner “El Holandés Errante” (Der Fliegende Holländer), el celebérrimo coro “Steuerman, laβ die Wacht”. Correspondía a la representación del Teatre del Liceu (Barcelona) de abril de 2007, con Alex Rigola como director de escena.

 Confieso que al principio se me llevaron los demonios cuando vi el baile procaz con que las marineras ‘entretenían’ a sus compañeros varones y hoy iba a lanzar una serie de ex abruptos sobre la sinvergonzonería de hacer semejante patochada, de pretender desviar la atención de la música a la ocurrencia supuestamente genial del transgresor de turno; entonces recordé que tal y como se mueve ahora mismo el ambiente de la dirección musical operística – basta ver la Armida, de Christoph Willibald Gluck, que Bieito les ha endilgado en abril de este año a los berlineses-

para concluir que el contoneo reaggetoniano del montaje de Álex Rigola es tan mojigato podría haberlo coregrafiado sor Maravillas del Niño Jesús de Nazaret y la Virgen de los Alicates para la función de fin de curso de las niñas de segundo de primaria.

 Hace años que conozco los montajes de Calixto Bieito

como para que nada me sorprenda ya. Exactamente desde el estreno de Un ballo in Maschera, de Verdi, en la temporada del Liceu 2000-2001, cuando por primera vez desde que Guillermo Tell empezara la temorada 1893-1894 la ópera saltó de las páginas de Cultura a la portada de la prensa catalana. Porque yo estuve allí. Yo presencié la gran tangana.

Fue un lunes, 4 de diciembre. De casualidad, andaba por Barcelona porque quería consultar unos archivos y un amigo me ofreció acompañarle al Liceu con el abono de su pareja. He de decir que no era mi primera vez, pues me había estrenado ya en la Staatsoper de Viena ocho años antes, que es como decir que uno había perdido la virginidad entonces con Claudia Schieffer o ahora con Olivia Wilde. Pero, de igual modo que nadie en su sano juicio declinaría requiebros de Angelina Jolie, un reestreno en el Liceu tampoco es plato de segunda mesa.

La primera impresión, que no tuve en Viena, fue el apabullante desfile de pavos reales; abuelas emperifolladas como árboles de Navidad, agitando modelos que no he visto ni en las tiendas del Paseo de Gracia en las que Natasha se mortificaba, con más pintura encima que que los muros de la Capilla Sixtina y joyas de tal enevergadura que para lucirlas una simples mortal habría necesitado entrenamiento especializado con un preparador físico, desde collares de perlas del tamaño de huevos de codorniz a pedruscos que ya no se medían en quilates sino en kilos. Pero es que la vieja alta burguesía, como la vieja aristocracia, ya no son simples mortales, la eugenesis a la que se han sometido durante más de un siglo ha creado una raza especial, todos altísimos: por octogenarios que sean parecen jugadores de baloncesto. Tanto su imponente físico como el donaire natural con que pasean sus tres papadas, unido al peculiar lenguaje con que entre ellos se comunican, boqueando humo de habanos excesivos incluso para mí, sirvió sin duda de modelo para Jabba el Hut

Y entre esa pléyade de burguesones de perfil de senador romano y sus señoronas, con tantos liftings encima que tienen médicamente prohibida la sonrisa, profesores indiscutibles con chaqueta de tweed, barba y guedeja revueltas, jovencitas con minifaldas de vértigo y escotes en cuyo fondo era mejor no pensar… allí estábamos nosotros dos, tan adecuados en ese entorno como vestirse de nazi el Día del Orgullo Gay.

Ni mi amigo ni yo habíamos oído nada de Calixto Bieito jamás y creíamos que lo importante de la ópera no era  el director musical, pues música es lo que veníamos a ver y oír, por lo que nos extrañó tanta preeminencia del director de escena en el programa que una oronda alemana protestaba por estar sólo editado en “francés, inglés y el inmundo dialecto de aquí”.

Se abre el telón, y la primera escena, la trama de la conjura, transcurre en unos lavabos, una especie de metáfora de que las consipiraciones siempre ocurren en las cloacas… Exactamente, la escena en cuestión era esta: 

A mí, que entonces era muy joven y, por lo tanto, muy ortodoxo, me entró la tos. ¿Sabéis la típica tos que se oye en todos los conciertos? Pues la primera de un Ballo in maschera era mía. El resto del público también parecía que se agitaba en sus asientos, a medida que cierto rumor iba elevándose…

La ópera iba continuando, sin muchos más sobresaltos, hasta la escena de la choza de Ulrica, donde en el umbral de la cabaña las sombras de una pareja, decían los rumores que contratada en cierto célebre sala barcelonesa para caballeros y despedidas de soltero, explicitaban sin lugar a la duda o a la imaginación que eso era un burdel. Aquí, algún intelectual a la violeta se arranco por aplausos para mitigar los silbidos y broncas que desde los palcos burgueses ya no se disimulaban. Pero finalmente, la hecatombe llegó en el inicio del segundo acto, cuando unos militares violan en escena a un chapero, escena que por más que leo el libreto y veo otras interpretaciones aún no sé de dónde diablos se la sacó Bieito, o por qué creyó que había de incorporarla, porque si las otras jaimitadas con que había puesto a prueba las tragaderas su público eran difícilmente justificables, ésta última no encajaba en la ópera ni empujando con los pies.

En ese momento el Liceu estalló:

-Marranos!

-Bruts! (Sucios)

-Això és el Liceu! (Esto es el Liceo)

-Quin fàstig (¡Qué asco!) -espetó una voz femenina, a la que seguro le saltaron tres implantes y varios puntos de sutura con el improperio

-¡Gilipoyas! -le respondió desde el patio de butacas un entregado partidario del montaje.

Mi amigo y yo, hundidos en nuestras butacas, muertos de vergüenza ajena, nos esperábamos una trifulca entre gafapastas de Gràcia y patricios de la Bonanova, pero se quedó todo en una una salva de abucheos durante largos minutos que no apagaron ni los aplausos de algún enfervorizado puesto en pie y que parecía que iban a acabar con el baile antes de tiempo. Sólo el buen hacer de la orquesta y de los cantantes logró salvar la representación. El suceso fue rematado con un chiste del genial Ferreres, en El Periódico, donde el dueño de un burdel de lujo advería a sus burgueses clientes que esa era un casa respetable, que para montar jarana se fueran al Liceu.

Desde entonces, me espero cualquier cosa de Calixto Bieito. Lo que me extraña es que tenga tanto predicamente en países que consideraba civilizados, y que los éxitos se midan en provocaciones. Sea como fuere, yo sigo prefiriendo las viejas ediciones de Bayreuth o británicas

que ver convertido el espectral navío sin velas que incluso el rey británcio Jorge V o el almirante nazi Dönitz afirmaron haber visto alguna en vez de la inmensa zodiac roja cargada de ejecutivos del montaje de Bieito en Stuttgart de 2008

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