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Estilos

Llevo gafas sin montura desde hace años; Natasha las detestaba, diciendo que le recordaban a Miliukov

Nunca he podido desentrañar las filias y fobias de Natasha ni porqué le tenía tan atacado el hígado el pobre presidente del Partido Constitucional Democrático Ruso y líder del Bloque Progresista en la Duma. Creo que la pasión por la historia es lo único que podía tolerar de ambos.

Destrozadas tras dos años de uso no demasiado cuidadoso, no podía postergar más su jubilación y fui la semana pasada a cambiármelas a una minúscula pero exquisita óptica que me recomendó la Srta. Rottenmeier, la única de mis compañeras de trabajo que ha sobrevivido. Con esto de las gafas sin montura uno tiene que tener una sensibilidad muy sutil para apreciar diferencias entre unas y otras, así que decidir se hace complicado. Me acompañó en esa tediosa labor una amiga que necesitaba ampliar su colección de gafas de sol, eligiendo al fin unas de patrullero yankee sobre las que no diré nada si no es en presencia de mi abogada.

-Pruébate estas -me sugirió

-¡Ni de broma! No llevé arquigafas durante la carrera, no me las voy a poner ahora.

-Sólo es por ver cómo te irían. ¡Oye, te quedan muy bien!

-¿Estás de broma? Parezco Bob Pop

-Pues un cambio de estilo tampoco te iría mal

-Mi estilo es perfecto como está, no necesita cambios, sólo retoques.

-Yo no te digo que te compres un chándal, pero relájate un poco, que sólo te falta llevar bastón -y yo pensaba que tenerlo, lo tengo, pero aún no me he atrevido a pasear con él por una Vetera donde una vecina con problemas de cobro me preguntó no hace ni dos semanas si yo era de esos que persiguen a morosos, y poco antes un anciano corto y metomentodo se interesó por si trabajaba en algún programa de cámara oculta- ¿Sabes cómo te llamó mi sobrina cuando te vio? ¡Hastings!

-¡Me parece muy mal! Mi estilo es más Poirot; yo no he llevado un fedora jamás… Por cierto, ¿cómo conoce la serie si no tiene ni siete años?

 -Mi cuñado, que prefiere que vea Poirot a Bob Esponja. ¡Pero dejemos a Carlota en paz, que estamos hablando de ti!

-¿Estamos? ¿Quiénes? ¿El rey y tú? Porque a mí aún no me has dejado decir nada al respecto… Yo no me meto con los atuendos de nadie, no entiendo esa manía por meterse con mi forma de vestir. ¡Ni que fuese estrafalaria!

-¡Por favor! ¡Si viniste a la última calçotada con corbata!

-Eso es una infamia. ¿Cómo quieres que le ponga corbata a una camisa Tattersall?

-Pero ibas con traje.

-Claro. Mi traje de tweed para ir de campo, aunque en rigor no es un traje, porque la chaqueta y los breeks no son del mismo tejido y…

-Me da igual. Nadie tiene un traje para ir al campo.

-Lo que ocurre es que la mayor parte de la gente con la que te relacionas no se viste, sólo se tapa.

-¡Si hasta que te conocí pensaba que un Prince Albert era sólo un piercing genital!

-Y supongo que sigue siendo así. Los trajes que a veces llevo son Prince Edward, no Prince Albert.

-¡Lo que sea! Yo soy republicana. Ya sé que no eres un tío de barrio…

-Alto. Por ahí si que no paso. Estoy cansado de que se use ‘chico de barrio’ como eufemismo de garrulo sin vacunar; que yo sepa, la Moraleja, la Bonanova o las Arenas también son barrios, o Ciutat Vella o Abando. La palabra palabra precisa, le mot just, es ‘poligonero.’

-Como está  hoy… mejor no hablamos de la ‘princesa del pueblo’, entonces.

-Hoy no, por favor, que ma da urticaria esa moda de recuperar el término ‘pueblo’ a lo despotismo ilustrado ¿Tomamos un té?

-¿Ves? ¿No podrías proponerme un café, como todo el mundo?

-En realidad, ‘todo el mundo’ querría proponerte otra cosa, pero, por suerte, aún queda cierto sentido del ridículo… ¿Se puede saber qué pasa? ¿Es hoy el día internacional de ‘provoquemos una úlcera a Theo’? Primero los técnicos municipales y ahora tú… Un día de estos voy a salir en los periódicos, así que mejor llevo el traje a la tintorería.

-Uffff, ¿no te iría mejor una tila?

-No, mejor una copa de Evo de Mascaró. ¿Te he dicho que he encargado un homburg? Negro, por supuesto…

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Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

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La tía Milagros, hermana de mi abuela, hablaba con los muertos. No vestía tules y chales, ni tintineaban los abalorios a su paso ni se hacía llamar Madame Savoy ni, por supuesto, católica y apostólica ella, había leído jamás nada de gnósticos o espiritistas; no era una médium, pero cada noche, después de rezar el rosario, se sentaba en la cocina y hablaba largamente con sus muertos, su marido y su hijo. Nunca supe si le respondían.

-Parece que entre los viejos de Carlá se lleva eso de hablar solo, ¿eh, mamá? -observó chistosa mi tía Raquel a mi abuela, porque el tío Enrique, su hermano mayor, llevaba apasionadas discusiones con los presentadores del telediario y, sobre todo, con los hombres del tiempo, y ella misma, mi abuela, solía pasarse el día rezongando por lo bajo -o no tan bajo.

-Milagros habla con sus muertos para no volverse loca de pena; Enrique discute con la tele para no volverse loco escuchando a la harpía de su mujer.

-¿Y tú, mamá?

-Yo hablo sola para asegurarme una conversación inteligente, porque en esta casa…

Para no arrancarme en aplausos y gritos de “¡bravo!”, tuve que recordar que algo urgente me reclamaba en la otra punta de la casa.

En poco tiempo, los tres hemanos de la casa de Carlá murieron. Primero fue mi abuela, de un infarto. Poco después, el tío Enric, tras una larga y penosa enfermedad en la que pese a todo, mantuvo el suficiente control sobre su cuerpo y su cerebro para no depender de nadie en lo más íntimo, especialmente de Lola, esa extraña esposa suya de la que nunca supe porque todos, incluido tío Enrique, detestaban tan cordialmente. “Lola no podrá presumir de haber tenido que secarme las babas o limpiarme el culo”, sonreía satisfecho dos días antes de morir. Estoy seguro que, de haber podido, habría ido a morirse a lo Tolstoi a cualquier Astapovo ibérico. La última fue tía Milagros en brazos de una fulminante dolencia cuyo avance era visible día a día. Cinco semanas mediaron entre el diagnóstico y el funeral.

Para bien o para mal, mi abuela dividió en vida bienes y posesiones, así que poco más quedaba sobre lo que discutir que algunas -muchas- joyas, sobre las que, inoponidamente, no hubo discusión alguna y fueron a parar todas a mi hermana, única nieta de la matriarca, para su desconcierto e incomodidad, pues prefiere mi hermana un brazalete de coco tallado por indios amazónicos que un collar de platino y azabache y, sobre todo, su hippy estilo de colores y flores mal combina con los barrocos diseños en que encastaba mi abuela sus pedruscos.

Parece imposible que haya gente que a los ochenta años la muerte todavía les pille por sorpresa, “¡Rayos, la Parca y yo con estos pelos!”, pero así es. Los hijos de tío Enrique, que tuvo toda su larga enfermedad para poner en orden sus cuatro cosas, aún están a la greña por qué surco delimita la porción de olivar que corresponde a cada cuál -olivar del que, por cierto, nunca habían querido saber nada y que si vale una cuarte parte de lo que se han gastado en abogados yo soy Tom Cruise-, y durante meses sólo se hablaron por intermediarios, los primos que asistían a tan edificante espectáculo con morbosa sorpresa. Hasta que murió tía Milagros intestada, momento en que cada primo vio en los otros a voraces buitres que acechaban lo que cada primo estaba convencido que legítimamente le correspondía y por lo que no iba a dar su brazo a torcer. Al año de sólo hablarse por burofax, mi madre, Smaug, hizo rápidas cuentas de cuánto tocaría a cada cual y cuánto habrían de pagar de derechos y abogados y en diez minutos tenía redactada la renuncia, para escándalo de Ancalagón, mi padre. Mientras, merodeando los bienes de Tía Milagros, a los sobrinos propios de la difunta se fueron incorporando nuevos fichajes, los políticos y otros parientes lejanos, alguno incluso venido de Argentina con patente falsificada o juramento de promesa verbal, con eternas discusiones dignas de sobremesa de T5, embrutecidos por unos bienes cuyo reparto no hará rico a ninguno, pero que es cuestión de honor que no se lleve otro una migaja más.

Alejado del gratificante debate, cada vez que subo a Biluba tengo de gritar para impedir que tirios y troyanos me cuenten las infinitas versiones de las mismas miserias, al tiempo que recordarles que las tasaciones que piden no serán gratis por ser pariente. Y en medio del griterío y el cruce de burofaxes y citaciones y personas interpuestas, extraño el sereno diálogo de tía Milagros con los muertos, de tío Enric con la tele o de mi abuela consigo misma, porque estoy seguro que sus interlocutores escuchaban a los viejos de la casa de Carlá con más atención de la que sus herederos lo hacen entre sí.

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Cuando X se fue

Fue en abril cuando a X se le agotó la paciencia. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó levemente en los labios (“Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado/ y que hay un Viernes Santo más dulce que ese beso”) y se fue. Me quedé de pie, como un patético espantapájaros, con el segundo volumen de la tercera parte de la Catalunya Carolíniga entre las manos, cerrado pero guardando con un dedo la venta de “unam vineam in castro Urritense, in loco qui dicitiur Toroccone”, documento que unos minutos antes me arrancó la primera sonrisa en meses al poder reconocer la viña objeto de comercio y que ahora ni siquiera era capaz de leer.

Un día de mayo de 2009, la crisis llamó a mi puerta. No era una desconocida, pero no la esperaba; creí, imbécil de mí, que mi experiencia laboral, mi nivel de formación y otras tantas cosas que nada significan eran sal suficiente para mantener a ese espíritu maligno lejos de mi casa y no supe encajar su visita. Además, como las morosas costumbres de la primera Elegía de Duino, “se halló a gusto entre nosotros y se quedó sin irse”. Primero fue Javier, después Josep, finalmente Elías… de los ocho de la Oficina Técnica ya sólo quedábamos Ernest y yo, mirándonos cara a cara y encogiéndonos de hombros cada vez que uno le preguntaba al otro “¿Y el mes que viene? ¿Seguiremos trabajando el més que viene?”, mientras gota a gota mis ingresos iban reduciéndose en un 50%.

Busqué trabajo por si perdía el que tenía, porque yo no tengo paro, ni finiquitos, ni sindicato que me defienda ni pariente político que me consigua una subsecretaría adjunta de la coordinadora interdepartamental adscrita a vicepresidencia segunda del Consell Comarcal del Segre Medio. Busqué y lo que encontré era tan indignante que respondía airado a las primeras ofertas, deseándoles que el dinero que se ahorraban pagando esos salarios a técnicos superiores se lo gastaran en antidepresivos o en antiretrovirales, según lo vergonzante que fuera la propuesta. Con los meses y la constatación de que nada va a cambiar, de que el progreso del país pasa por el retroceso en las condiciones de vida y laborales del 95% de sus habitantes, he asumido ya mi derrota, que quizá sea la de todos.

Con Bolonia en los talones, o entregaba mi trabajo de investigación en mayo o tenía que empezar el doctorado de cero, cuatro años perdidos, y encontré en mis cartularios medievales el refugio a los sinsabores. Poder ubicar un topónimo del siglo IX, reconocer una finca del XII, descubrir un camino del XIV eran mis alegrías. Alegrías privadas, en las que nadie tenía cabida. Ni siquiera X. La alejé de mí. Frustrado, decepcionado, amargado y deprimido no quería pagar con ella las consecuencias de deciones que yo no había tomado pero que me habían aplastado.

Pero X, con una paciencia insólita, esperó. Intentó minar el muro que, palabra a palabra, iba erigiendo, firmemente anclado en la roca de la desesperanza. Esperó hasta una mañana de sábado en la que temprano la dejé en la cama para buscar cuál era la viña que el presbítero Ansemundo, qui nuncupatur Viader, y su hermana Dacolina vendieron a ipsos monachos, y me vio sonreír el descubrirlo, la primera sonrisa en muchos meses. Acarició a Kuragin, recogió su cepillo de dientes, me besó en los labios y se fue. Y el espacio que su cuerpo ocupaba en el aire de mi casa aún no se ha llenado, sólo que lo descubrí tarde.

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De nuevo el aborto

Era 1974. Esa efervescencia antifranquista tan conocida ahora aún no había conseguido que el último dictador fascista muriera en la cama de viejo cuando mi madre, Smaug, recién estrenada su mayoría de edad legal (21 años) se quedó embarazada y tuvo que decirlo a su familia.

La reacción en su casa fue variopinta, y cada cual respondió como habría esperado cualquiera que los conociera. Una de mis tías, la mayor, amante de melodramas y escenas, se desmayó escandalizada y aparatosamente, pues en su concepción del mundo eso les ocurría a otras familias para que ella pudiera murmurar; el tiempo ha demostrado que nunca sería su rigor e integridad moral aplicable a sí misma. Mi otra tía, que siempre ha rehuido las situaciones potencialmente conflictivas, recordó en ese momento que había quedado con las amigas y desapareció. Mi abuelo con un “de las cosas de la casa de ocupa Dolors” se fue al trabajo, mientras mi bisabuela, con la perspectiva que dan los años, sentenció divertida que no entendía tanto jaleo, pues no era mi madre la primera ni sería la última a quien le ocurriera. Así que en mi abuela recayó el deber de dar la respuesta familiar a la situación. Conservadora, católica, consciente de vieja estirpe (probablemente la única en toda su familia en no olvidarlo nunca), formaba ya entonces parte de la escogida y reducida  elite económica de Biluba, y su matrimonio con un falangista había beneficiado sus aspiraciones sociales, hasta el punto de casi borrar el doble baldón de un padre cenetista y un hermano rojo y masón. Controlando una ira seguramente inevitable, evaluó la situación, para concluir que mi padre, medio andaluz, hijo de comunistas y ateos represaliados -con razón, pensaría- no era lo que esperaba, ni lo que deseaba ni lo que quería como yerno.

Mi madre y mi padre estaban de pie, esperando un estallido que no llegaba, mientras la silenciosa hostilidad de mi abuela iba solidificándose en torno a ellos. Finalmente, se levantó, descolgó el teléfono y llamó a su sobrino de Barcelona:

-Por favor, mírame cuando sale un avión a Londres y me llamas- la abuela, de rosario y novena, de misa semanal, mantilla y plato  en la mesa para el cura por Sant Esteve, se dirigió por primera vez a mi madre-. Prepara tus cosas, que te vas a Inglaterra y te sacas ‘eso’ de dentro; no quiero ni oír hablar de ninguna otra opción, es inaceptabe. Cállate, si no te han enseñado las monjas a cerrar las piernas a tiempo, al menos aprende a cerrar la boca. Y tú -se dirigió a mi padre, con tanta rabia que le temblaba el índice acusador-, pon un precio y desaparece.

Siete meses después de esta escena, es un hospital de Barcelona  nacía yo; junto a mi madre, la patrona del piso en que vivía mientras acababa la carrera y mi abuela paterna; mi padre no pudo venir, pues cabo de ingenieros, tenía órdenes de acabar el nuevo campo de tiro del cuartel de Hoyo de Manzanares donde meses después, licenciado ya, serían ejecutados los últimos fusilados del franquismo.

Esta es mi historia y quizá el motivo de que no pueda pronunciarme contundentemente sobre el tema; en otra ocasión he hablado ya de la cuestión, pero desde la lejanía que da la reflexión histórica, sin dar mi parecer. Quizá mi experiencia condicione mi posición, pero creo que el ser humano lo es desde el momento de la fecundación (y no desde los 40 días que dicen San Agustín y Santo Tomás); rechazo que el aborto sea un derecho porque en mi mundo nadie tiene derecho a disponer de ninguna vida ajena, ni el Estado a aplicar penas de muerte ni la madre con su feto. La única muerte que cada cual tiene derecho a dispensar es la propia.

El aborto no es un derecho, pero es una realidad, y enmascarar o negar las cosas nunca ha servido para resolverlas, sino todo lo contrario. Estoy harto de oír frivolidades de quienes hacen política con cualquier cosa, por impolitizable que sea, y afirman alegremente que el aborto es ahora un método anticonceptivo más, como si esta decisión por la que me cortaría un brazo con tal de no hallarme jamás en la tesitura de planteármela fuera tomada por cuatro niñas malcriadas con la misma indiferencia con la que eligen un pantalón u otro en el Zara. Estoy harto de que se criminalice a unas mujeres que, en la inmensa mayoría de los casos, han llegado a esa elección tras un dolorosísimo camino, y que esa elección les conduce a otra senda no menos dolorosa. No negaré que hay quien no se plantea nada más con el aborto que una solución rápida y fácil, pero me saca de mis casillas que se pretenda vender como norma lo que es una excepción. Y, cínicamente pensando, ¿qué futuro le esperaría al niño educado y criado por una persona con semejante ausencia de principios y de todo?

El aborto no es un derecho, pero es una realidad a la que hay que atender caso por caso. Las señoronas de astracanes, embarcadas en autobuses, que entre consignas contra el Gobierno de vez en cuando gritaban un ‘No al aborto’, ¿qué querían decir? ¿Suponen quizá que por prohibirlo dejarán de ocurrir? Prohibido estaba en el 74 cuando mi católica abuela quería que su hija fuera a Londres a acabar con lo que para ella era una situación inaceptable que no estaba dispuesta a tolerar. ¿Tenemos que volver a ello? ¿A los abortos para ricos en clínicas privadas extranjeras y para los demás, abortos clandestinos cometidos por carniceros en un parking? Cuando gritan ‘No al aborto’, sin haberse enterado de nada, ¿qué es lo que piden? ¿Que a la madre que aborta, además del dolor que conlleva esa decisión, se le apliquen veinte años y un día? Apesta demasiado a integrismo ibérico, a pretender que la sea la Iglesia y no el Parlamento la que dicte nuestras leyes, y que el Estado confirme con penas de carcel las excomuniones y condenas de la Iglesia. Por suerte, el tren de la Historia no tiene marcha atrás, aunque a veces lo parezca.

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El domingo a las siete de la madrugada me levantaba; ni eran las escatológicas huellas de una noche de guiness ni tenía que tomar un avión. Simplemente, había que cortar una de las principales avenidas para desmontar la grúa, y aunque la presencia del arquitecto no es preceptiva, allí estaba yo con mi Panamá y la pipa a horas en que Vetera parece tomada por un ejército de zombies.

Desmontar una grúa sólo requiere -además de los que trabajan- al coordinador se seguridad y al aparejador-, pero esta ocasión convocó a la oficina técnica en pleno, y es que había algo de despedida; con ella, el bosque de hierros que en era el centro de Vetera como el de cualquier otra ciudad, villa o aldea hispana queda reducida a dos míseros ejemplares de una obra pública. Además, no sabemos cuándo volveremos a construir algo o si lo haremos siquiera juntos, así que incluso nos sacamos fotos sobre los tramos desmontados como si acabáramos de abatir un mamuth.

En Vetera, un domingo a las ocho de la mañana, no están ni las farolas en la calle, con lo que cortar la avenida era un problema viario casi insignificante. O lo habría sido si el funcionario de turno de vía pública hubiera hecho su trabajo, desviando el tráfico de autobuses y demás, instalando dos patrullas de municipales… en fin, todo eso en que cualquiera con dos dedos de frente habría pensado de inmediato. En Vetera no. Teníamos ya el brazo de la grúa en el suelo cuando Jorge tuvo que arrancar a correr para que el autobús de la Hispano Veterense diera la vuelta antes de bloquear el cruce y montar un circo… la patrulla municipal llegó en ese momento, no a poner orden, pues estando todo en regla no había multas que imputar y no valía la pena abandonar la comodidad de su aire acondicionado, sino simplemente a indicar que se les avisara cuando todo acabase para anotarlo en el libro del día.

La verdad es que eso fue lo más entretenido de la operación; a la una ya estaba todo cargado y rumbo al almacén y, nosotros, rumbo a una mariscada en la costa, que levantarse un domingo a las siete de la mañana para trabajar gratis et amore bien merece alguna compensación, lleno hay que tener el estómago para afrontar la semana que acecha.

Algo extraño había el lunes en el ambiente. Al principio, me costaba identificarlo: tal vez la excesiva humedad ambiental, la ausencia de algarabía de criaturines chapoteando en la piscina bajo mi despacho, chica nueva de limpieza -un día de estos dedicaré un post a nuestra Choches, la antigua limpiadora-. Aunque había algo de todo ello, nada justificaba mi sensación, y fui dándole vueltas mientras intentaba encajar un hotel de cuatro estrellas donde primero hubo pisos, luego apartamentos y al final tal vez nada. No fue hasta las diez y media, la hora del café, en que di un contorno definido a las borrosas sensaciones anteriores, y es que era el único imbécil de la Oficina Técnica que estaba trabajando ese lunes. Diréis que tuve hora y media para darme cuenta antes, pero, además de que mis biorritmos matutinos no despiertan hasta el café, en mi descargo está que no comparto despacho con nadie y que la música de Bach amortigua cualquier sonido que venga de los vecinos.

Y allí estaba yo a las diez y media, no sabiendo si ir sólo a tomar el café al bar de en frente, ‘comme toujours’ o si acpetar la invitación y apuntarme al descanso de Mr Potato y la srta Rottenmeyer, a riesgo de sufrir el empacho de anécdotas infantiles que es el monotema de Mr Potato, a quien cualquier tema, incluso un estudio sobre antroponimia pirenaica medieval, le da pie a pormenorizar las truculencias cotidianas de sus vástagos hasta monopolizar la conversación y abortar cualquier intento de disidencia. Elías, mi jefe, que hoy inscribía en el registro como propio al hijo que acaba de tener su mujer -sin prueba de ADN no afirmaré que él sea el padre, pues aunque ella es más casta que Lucrecia en la paternidad no hay certeza y es mejor no atribuirlas alegremente para después no desdecirse-, me pedía poco antes del feliz acontecimiento que le impedirá dormir tranquilo los próximos 18 años que le pegase un tiro en la nuca si alguna vez se volvía como Mr Potato.

Creo que estaba en piloto automático de respuesta monosilábica a no sé qué historia que ambas, Mr Potato y srta Rottenmeyer, encontraban muy divertida, sobre no sé qué caramelo que una señora le daba al hijo pequeño de una de ellas y el niño pidió otro más -no me preguntéis, supongo que hay que ser padre para encontrarle la vis cómica a esa estupidez- cuando el director de la empresa asomó por allí y se exclamó:

-¿qué haces por aquí, Theo? ¿No te has tomado el lunes libre como los demás? ¡Te vamos a hacer empleado de la semana!

Como los efectos del café habían sido contrarrestados eficazmente por las apasionantes historias de los hijos de Mr Potato, supongo que nadie percibió en mi rostro emoción alguna, pero por dentro me sentía tan idiota como Homer Simpson el día que hacía empleado del mes a una una inanimada barra de carbono.

Imagen de http://www.lossimpsons.net/planta-nuclear-de-springfield

En fin, ya que estábamos, tampoco iba a irme a casa a las once… así que, al menos, he logrado encajar siete habitaciones más de dimensiones generosas en esa planta endemoniada. Pero la próxima grúa la desmontará quien yo so diga.

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Ya no recuerdo aquellos tiempos en que los días se clasificaban en ‘buenos’ y ‘malos’; desde hace dos años, eran ‘malos’ o ‘muy malos’, para pasar los últimos ocho meses a ser ‘muy malos’ o ‘catastróficos’.

Ayer me convocó el director financiero de la empresa. Sin lugar a negociaciones, mis honorarios directos quedaban reducidos con carácter inmediato un 30%, sin que se vislumbrara recuperación ninguna; como tampoco hay previsión de empezar obra nueva en, al menos un año, quedan también cancelados incentivos, primas y comisiones. Todo ello supondrá una reducción de ingresos de alrededor del 50%.

No diré que en la Oficina Técnica no estuviésemos pasando los últimos meses con cierto desasosiego, pues la única obra que tenemos en ejecución se acabará en octubre, y no hay nada previsto después de eso. Personalmente, esperaba el ajuste, pero no tan drástico (suponía un 20%) ni tan innegociable. Gracias al Cielo o al Infierno, he seguido con la política de no hacer ni puñetero caso a mis dragones que tan buenos frutos me ha dado desde los 18 años y ni tengo un alquiler más caro, ni una hipoteca, ni un coche ni cargas familiares. Pese a todo, el ajuste presupuestario que me espera para los próximos 18 meses -si conservo el trabajo ese tiempo- será doloroso, aunque no trágico, pues, pese al descalabro financiero, no soy un mileurista, aunque una vez descontados alquiler, facturas e impuestos esa sea exactamente la cifra que dispondré para vivir. Supongo que es lo que le corresponde a alguien que no es futbolista y tiene 34 años, ocho de experiencia laboral, dos carreras universitarias, un doctorado en ejecución y seis idiomas: como en España no se vive en ningún sitio.

Recuperado del shock que me supuso la noticia de ayer, que no por esperada fue menos impactante, me he dado esta mañana de baja en el RACC y he cancelado el ADSL; no es mucho, pero son gastos prescindibles. Tanto el sello ‘Casa de la Habana’ como Guiness verán reflejadas las consecuencias en su cuenta de resultados del segundo semestre.

Porque mi situación laboral ha retrocedido, como mínimo, cinco años, y esto es lo que peor me sienta. No es tanto el dinero, pues es sólo dinero y tengo aún margen de maniobra, sino que la pérdida de categoría no es coyuntural, no me cabe la esperanza de que cuando esto pase recuperaré mi anterior posición, sino que empezaré otra vez de cero o casi y tendré que volver a ganármela, si es que jamás lo consigo. Porque en las escasas ofertas laborales que recibo, ante la posibilidad de que ni el ajuste salarial salve las cuentas de la empresa, las condiciones son absolutamente inaceptables, entorno a los 1500 euros al mes, exigiiendo incluso disponibilidad para desplazamientos al extranjero.

Me llamaréis clasista, pero antes de trabajar como arquitecto por 1500 euros al mes, trabajo de camarero por 900. Ya no es una cuestión de dinero, sino de dignidad: no he dedicado tiempo y esfuerzo a mi formación para que me tomen el pelo, para que me esclavicen; además, si ahora aceptara esa oferta, ya nunca más obtendría otra mejor, pues estaría aceptando que se puede contratar a un arquitecto por el salario de un reponedor. Antes camarero, pastor, o dependiente en una zapataría de mujeres.

Esta es la situación. El sector de la construcción está absolutamente devastado y, encima, desprestigiado. La actitud de individuos que muy a menudo no eran profesionales del sector, sino especuladores que entraron solo a dar el pelotazo y después largarse con los beneficios ha dañado muchísimo la imagen de los que intentamos hacer las cosas honradamente. Han sido Poceros, Nozaledas, Martín, Jové, etc, pero también el joyero del pueblo, el del bar de barrio de toda la vida, el tendero metido a promotor… El sector no verá la luz al final del túnel hasta 2011, y no sé cuántas empresas resistirán esta travesía por el desierto, me temo que muy pocas, con lo que todo quedará concentrado en muy pocas manos.

Los primeros empeñados en que no haya luz son los bancos, acaparadores de stock al que tienen que dar salida, un stock en muchas ocasiones de calidad más que discreta, bien por los acabados, bien por las ubicaciones, y, por tanto, muy poco interesados en que se hagan nuevas viviendas de mejor calidad y situación que les dificulten deshacerse de los chollos que se han tenido que comer con patatas por haber financiado dislates de cualquier indocumentado. Al menos, me cabe la torva sonrisa de saber que sus resultados para el 2010 serán mucho menos espectaculares que los que ahora presumen, cuando tengan que cobrar las hipotecas al precio del euríbor real y no al usurero 7% que ahora cobran por arrastrar los mismos tipos desde enero.

Pese a todo, muchos nos quedaremos por el camino, y a veces temo que no habrá ni siquiera un último que pueda apagar la luz. Pero yo no voy a rendirme, no voy a dedicarme a recoger cadáveres ni a contar los muertos de la devacle, sino que, personalmente, prometo venganza. Y los primeros a quienes visitaré cuando llegue mi día de los cuchillos largos son ciertos técnicos municipales cuya documentación para una demanda por prevaricación no hace sino crecer cada día que pasa.

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