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Posts Tagged ‘religión’

Una interesante creencia germánica que ha pervivido de un modo u otro hasta nuestros días, y que tiene paralelismos con otras creencias similares célticas y romanas, es la del Ejército de los Muertos, también conocido Ejército de Wottan o la Cacería Salvaje. Cabalga de noche este ejército, acopañado de perros y lobos, anunciando desgracias y catástrofes. O simplemente esperando una respuesta, como el ejército con el que Jung habló durante siete noches, Septem sermones ad mortuos, 1916.

Especialmente peligrosas eran las Raunächten, la Noches Rudas, de los doce días de Jul, del 21 de diciembre al 3 de enero, en que los reinos de los muertos abrían sus puertas y estos cabalgaban (si venían de Asgard) o vagaban (si salían de Helheim) o acechaban las costas (si eran huéspedes de Ranna), y mataban o se llevaban a su reino a cualquiera que fuera tan incuauto de permanecer sin protección días tan infaustos.

Si bien es llamado ‘Ejército de Wotan’, varias sagas dicen que lo guía la diosa Hell, y por eso se llamó Hell-tegn o Hellekin o Heirlekin, ‘el séquito de Hell’; en la Edad Media, perdido el significado original, se le incorporó el término ‘mesnada’ que, en rigor, no es sino un pleonasmo, dando la célebre Mesnie Hellekin o Mesnie Hierlekin. Y de aquí toma su nombre la fígura triste y trágica de la Commedia dell’Arte, el Arlequín.

Picasso, “Los tres músicos” (1921). (MOMA). Los músicos son Apollinaire (Arlequín), Pierrot (Picasso) y Max Jacob (El monje). Apollinaire había muerto en 1918.

El mito de la Caza Salvaje lo encontramos todavía en Inglaterra, en Alemania, en Francia, en Escandinavia… pero también en España, en la figura catalana del Conde Arnau, condenado a cabalgar eternamente sobre un caballo negro al que le salen llamas por los ojos y la boca, acompañado de un séquito de perros diabólicos y una tropa de condenados, salidos del infierno la Noche de San Juan.

Pero el Conde Arnau, así como sus homólogos el conde Arnald de Borgonya, o la cacería de la reina Berta, no sólo es heraldo de infortunios. Antes de ser perfectamente demonizadas todas estas apariciones por la religiosidad organizada de la Iglesia Católica, se veía en estos espectros y sus huestes a héroes de la independencia del país (Arnau moriría luchando contra sarracenos, la Reina Berta contra invasores del lombardos…)

En muchas partes de Europa, estas huestes de salvajes guerreros liderados por un importante señor salen cada cierto tiempo de sus túmulos o montañas para cumplir un cometido.  La montaña es el túmulo por excelencia, y allí duerme todavía el emperador Federico Barbarroja antes de su regreso. Y no olvidemos en Tolkien los muertos de la montaña (El retorno del Rey).

Este ejército de muertos, azuzando sus perros por los cielos nocturnos, tiene su paralelismo celta en Cŵn Annwn, literalmente los ‘Perros del Inframundo’, dirigidos por Gwyn ap Nudd, rey de los Tylwith Teg, el Pueblo Encantado (elfos, genios, hadas…, pero nada edulcorados). El rey Gwyp ap Nudd escolta las almas de los muertos hasta Annwn, con un papel psicopompo evidente y que otros han querido ver en la gallega Santa Compaña. Durante el Samhain, el año nuevo celta (del 31 de octubre al 7 de noviembre, a medio camino entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno), una de las dos grandes fiestas anuales celtas, de una semana, que concluían con la ‘fiesta de los espíritus’; se suponía que, como en el Jul germánico, las puertas de Annwn se abrían para que los vivos pudieran hablar con sus antepasados, aunque también salían del inframundo al mundo seres no tan benévolos, cuya caza y regreso se ecomendaba al rey Gwyp ap Nudd y sus perros.

También para los romanos había tres días al año en que los muertos vagaban libremente, el 24 de agosto, el 5 de octubre y el 8 de noviembre, cuando se abría las puertas del ‘mundus’, el monumento sagrado más arcaico de Roma, un pozo al pie del Capitolio, cubierto por un templo y que ponía en relación a la ciudad con sus muertos, al mundus con el inframundus. Con las rituales palabras mundus patet, abría durante tres días al año y los manes salían libremente de la boca del pozo.

Para celtas, germanos y romanos, los habitantes del inframundo son potencialmente peligrosos; con el fin de aplacarlos, los romanos celebraban del 13 al 21 de febrero las parentalia o Fiestas Parentales, en honor de los parientes difuntos, visitando sus tumbas y celebrando sobre ellas sacrificios ofrendas y banquetes, que concluían el 21 de febrero honrando a los manes, espíritus de los antepasados, y con un sacrificio a Mania Técita, diosa de la muerte. Los rituales eran muy precisos y cuenta Tácito que un año que no se desarrollaron como se debía, los muertos se rebelaron exigiendo el debido respeto, y tan asentada estaba la tradición en la mentalidad romana que el obispo Cesáreo de Arles (470-543), transcurridos más de 100 años tras la proclamación por Teodosio del cristianismo como única religión oficial, en sus homilias reprochaba a sus conciudadanos que siguieran practicando banquetes rituales sobre las tumbas de sus muertos ( GIORDANO, Oronzo: La religiosidad popular en la alta edad media).

Los germanos seguían también rituales complejos en sus funerales, sobre todo con los muertos que en vida habían sido de difícil trato, tomaban especiales medidas de protección, como clavarlos con una estaca en el suelo para que no se movieran y regresaran a molestar a los vivos, a alimentarse de ellos.

Temor y familiaridad al mismo tiempo, pero celtas, romanos y germanos tienen un mismo tabú al respecto: si bien el inframundo puede ponerse en contacto con el mundo, nunca debe aceptarse nada de lo que los muertos ofrezcan. Perséfone no debía comer nada para poder marchar libremente del Hades, ni debe tampoco provarse comida del reino de las hadas. En Galicia, si alguien se encuentra en una solitaria iglesia una Misa de Ánimas no debe aceptar nada de sus asistentes, ni agua bendita, ni un rosario, ni una flor, pues lentamente acabará incorporado a la Santa Compaña. Los muertos recalcitratnes, aquellos que no fueron buenos vivos y no saben ser buenos muertos, tienden trampas a los vivos en todas las tradiciones, porque se sienten solos, o porque añoran la vida que tuvieron, o para nutrirse de vidas ajenas… y por eso conviene rechazar sus regalos, sus ofertas y sus tratos, pues no tienen otro bien que el suyo propio, y no suele coincidir con el de los vivos.

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Aborto

Preguntas como “¿Has dejado de beber coñac por las mañanas?” no pueden responderse con un ‘sí’ o un ‘no’, y lo mismo ocurre con la cuestión que la ministra Aído y los epíscopos han coincidido en poner sobre la mesa como de inaplazable relevancia. Podríamos debatir aquí la curiosa coincidencia de que los grupos anti-abortistas sólo hallen motivo de manifestación cuando gobierna el PSOE, que en ocho años de gobierno del PP ni chistaron para pedir la derogación de la ley. Y también podríamos debatir cómo esas señoronas de astracanes que vociferan recién salidas de la peluquería parece que en realidad están pidiendo “Aborto sólo en Londres”, como antaño. Pero no entraré allí.

No creo que nadie en su sano juicio se plantee el aborto como un método anticonceptivo, por más que nuestros trabucaires obispos y sus voceros del PP así lo proclamen. No soy mujer (evidentemente), pero supongo que ha de ser una decisión dura de tomar y con secuelas físicas y sicológicas, por lo que criminalizar en conjunto a quien haya tomado esa decisión me parece, como mínimo, injusto. Como se hizo mediáticamente con el caso de las clínicas abortivas de Barcelona.

Las palabras significan lo que significan, y no otra cosa, y cuando se elige una palabra es para acotar al máximo el concepto, no para sembrar la confusión. Así pues, en España, por más que los grupos pro vida griten lo contrario en sus manifestaciones, el aborto no está legalizado, sino despenalizado, y aún así sólo en determinados supuestos, pues el Estado no puede considerar que matar sea legal . Se me replicará posiblemente que el resultado es el mismo, pero no hablo de resultados, sino de conceptos.

Como conceptualmente repele el draconiano rigorismo actual la Iglesia. No porque se erija en defensora de la vida, pues han pasado los tiempos de la cruzada albigense y el asalto de Beziers y posterior ejecución de los habitatnes de Beziers en 1209, cuando según la crónica de Cesáreo de Heisterbach, dijeron que el antiguo legado  papal y dirigente de la Cruzada Arnaud Amaury resolvió la cuestión de dirimir entre herejes y católicos con el ya célebre
“Matadlos a todos, pues Dios conoce a los suyos.”  Frase que, por otra parte, es posible que jamás pronunciara, pues el cronista cisterciense autor de los Dialogus miraculorum relata la campaña quince años después.

También han pasado los tiempos en que el canónigo de Salamanca, José Artero, en el acto de “reconciliación” de la catedral de Tarragona, considerada profanada (21 de enero de 1939), se despachó con un cristiano y caritativo “¡Perros catalanes, no sois dignos ni del sol que os alumbra!” (RAGUER, H: La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil española).

No debe sorprendernos la oposición de la Iglesia, pues siempre ha sido unánime en rechazar esta práctica. A lo sumo, se enzarzó en debates sobre cuándo el embrión dejaba de ser potencia para ser individuo en acto, y San Agustín (s. IV) admite que sólo a partir de los 40 días se puede hablar de persona, y Santo Tomás (s. XIII) que no es hasta esos 40 días tras la fecundación que le es infundida el “alma racional” al feto. Esta fue la posición oficial de la Iglesia desde el concilio de Trento, pero otros teólogos, basados en la autoridad de Tertuliano o de San Alberto Magno, defendían la hominización inmediata, o sea que desde la fecundación ya se trata de un ser humano en proceso. Esta tesis fue asumida por Pío IX en  la encíclica Apostolica Sedis (1869). Pero nunca fue objeto de disputa que matar a un individuo fuera pecaminoso.

Lo que desconcierta es el rigor con que determinados sectores católicos tratan la cuestión, pues la excomunión latae sententiae que prescribe el canon 1398 para quien procure el aborto -canon promulgado en 1983 durante el papado de Juan Pablo II y todavía en vigor, perfectamente coherente con la línea ultraconservadora de ese pontificado- , subvierte una tradición casi milenaria de la Iglesia católica, desde la reforma gregoriana (ss. XI-XII), en que se sustituye unas penas basadas en el pecado -la época de los Penitenciales, como el de Burchard de Worms (950-1035), verdaderos recetarios)- por otras basadas en el pecador, en el que se tienen en cuenta las circunstancias.

Y este debate está vivo entre la jerarquía eclesiástica, y ha sido azuzado últimamente por la excomunión que el arzobispo de Recife, José Cardoso Sobrinho, lanzó a la madre y a los médicos que interrumpieron la gestación de gemelos de una niña de 9 años violada su padrastro. El prelado, no contento, dio publicidad a su decisión, pues es su deber “alertar al pueblo, para que tengan temor a las leyes de Dios”. 

El presidente de la Academia Pontificia para la vida, el arzobispo Rino Fisichella,

abrió la caja de los truenos en una carta publicada en el periódico vaticano, L’Osservatore Romano:

Se ha resentido la credibilidad de nuestra enseñanza, que a muchos les ha parecido insensible, incomprensible y privada de misericordia.

 y, dirigiéndose a la niña,

son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no los que te han permitido vivir y que te ayudaron a recuperar la esperanza y la confianza.

La batalla está servida. El sector ultraconsevador, perfectamente representado en la Conferencia Episcopal Española por su presidente, el cardenal Rouco y su secretario, el obispo auxiliar de Madrid Camino,

han azuzado sus perros de la guerra mediáticos para exigir la cabeza de Fisichella. Y no habrán de parar hasta lograrlo. En esta batalla no importa frivolizar sobre la violación de la niña, relativizando crímenes con nauseabunda superficialidad, pues el aborto no es visto por ese sector ultraconservador como una cuestión doctrinal, sino como un arma más con que desmontar el Concilio Vaticano II.

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Yo no duermo, caigo inconsciente. Por lo tanto, nunca recuerdo nada de lo que sueño. A lo sumo, siento vagamente al despertar como se deshilachan y desvanecen las hebras de un pensamiento extraño, y lo atribuyo o bien al rastro de un sueño, bien a una cena indigesta. Por eso ando toda la semana perplejo de recordar aún con viveza ciertos detalles con los que me desperté el domingo.

Decía Freud que las tres grandes humillaciones que había sufrido la humanidad fueron cuando Galileo demostró que no somos el centro del universo, cuando Darwin descubrió que no somos la cumbre de la creación y cuando él mismo, Freud, determinó que no controlamos nuestra propia mente. 

No sé si es la humillación de no entender los códigos que nosotros mismos creamos o la esperanza de hallar mensajes ocultos que revelen nuestro futuro el que nos lleva a empeñarnos en interpretar los sueños. Y es que si algo se nos da francamente mal a la Humanidad es predecir el futuro, incluso con el apoyo de las mejores técnicas y de la tecnología más avanzada, véase, si no, las predicciones meteorológicas o las de los analistas económicos. Las de la Bruja Lola tienen la misma credibilidad.

La tradición judeocristiana tiene una relación ambivalente con los sueños. Sus libros sagrados, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, recogen más de 1500 referencias a sueños y visiones, unos positivos y otros negativos, unos de mensaje clarísimo, como el que conmina a José a llevarse a Jesús y a María a Egipto para evitar la persecución de Herodes (Mt, 2: 13-23); otros, son mensajes más o menos obvios, como los sueños de José que le costaron acabar en el fondo de un pozo (Gn, 37:1-11). Otros en cambio, requieren ya del concurso de los sabios y profetas para desentrañar su significado, los que interpreta José en Egipto (Gn 40, Gn 41), el sueño de Baltasar, (Daniel 5: 1-31)… Para la Cabala, al ser el mundo sensible una ilusión y una residencia temporal, los sueños y los ‘estados de sueño’ son igual de importantes que nuestros estados conscientes, y establece que la interpretación es más importante que el sueño en sí mismo. Es interesante señalar cómo la interpretación recae no sólo en los grandes profetas y sabios, sino a menudo en el jefe de la familia, como es el caso de Jacob en Gn. 37, 1-11.

El sueño de Jacob, José de Ribera, 1639 (Museo del Prado)

Y es que el padre de familia hebreo, como el pater familias romano o el bondi nórdico es quien dirige el culto privado del grupo familiar -grupo extenso, que agrupa a familias asociadas, criados, esclavos…-, con ciertas atribuciones sacerdotales. Entre ellas, la adivinación.

En Grecia y Roma se distinguen claramente dos tipos de sueños, los que son fruto de las actividades cotidianas y los que estarían inspirados por los dioses. Hipnos, hijo de Nix, la noche, es el sueño, y tuvo mil hijos, los Oniros, personificaciones de lo que ocurre en los sueños, de los que concemos el nombre de Morfeo, Iquelo, Fantaso y Alcíone, los principales, que se encargan de los sueños de los dioses y los reyes, dejando para los otros oneiros las noches del resto de los mortales. Iquelo, llamado por los mortales Fobetor, “el que espanta” que se aparecía en los sueños de los dioses como serpiente, dándoles pues, un significado profético (referencia a la Pitón del oráculo de Delfos). Las pesadillas, en cambio, tanto para romanos como para germánicos, estaban asociadas a espíritus malignos, a veces muertos recalcitrantes o larvas. Los romanos llamaban a estos espíritus incubus( literalmente, ‘el que se acuesta sobre alguien’), pues, según la creencia popular, provocaban las pesadillas posándose sobre el pecho de los durmientes. En castellano (‘pesadilla’), y en portugués (pesadelo), más que su origen demoníaco, recalcamos  la sensación de peso u opresión como causa de las pesadillas. Otros idiomas conservan la relación de la pesadilla con el espíritu nocturno, el maron en germánico antiguo, origindando ‘nightmare’ en inglés, ‘cauchemar’ en francés (cauchemar)…

En el cristianismo, el pater familias, cuya figura ya he señalado que guarda similitudes con equivalentes de otras culturas, semitas y germánicas, es despojado de toda función sacerdotal, cuya exclusividad recae en una burocracia sacerdotal, y lo mismo ocurre con los sueños, que son observados con suspicacia, incluso con manifiesta hostilidad. Muy pronto, distingue la Iglesia en los sueños tres categorías, los sueños fruto de la actividad humana, los demoníacos y los de inspiración divina, para cuya distinción la Iglesia es alza en única interpretadora válida. Es general, desconfiará siempre de los sueños, los considerará mucho más a menudo fruto del deseo del Maligno por confundir que mensajes de Dios. Quizá porque la Iglesia cree que Dios ya no necesita hablar, o que, al menos, no necesita hablar por sueños de simples teniendo a sus obispos, cuyos sueños siguen teniendo carácter inspirado. Podemos recordar, por ejemplo, como en el siglo XI el obispo Alvito encontró la tumba de Isidoro de Sevilla después de que el santo se le apareciera en sueños repetidas veces (SÁNCHEZ CALDEIRA, Alfonso: Castilla y León en el siglo XI. Estudio del reinado de Fernando I)

Después de mil quinientos años de sueños vergonzantes y demonizados, llega Freud y los humaniza. Despojada la Iglesia del privilegio exclusivo de interpretarlos, habrían adquirido una dimensión psicológica y antropológica de no haberse apoderado de ellos de inmediato los teósofos, una curiosa caterva de iluminados, buenistas, charlatanes y farsantes, con Madame Blavastky a la cabeza, padres putativos de nuestro new age. Y es cuando los sueños dejan de ser formas de explicar una parte desconocida del ser humano para ser un complejo código que, debidamente desentrañado, nos da mensajes sobre nuestro porvernir, pululando todo tipo de diccionarios de interpretaciones, perfectamente sistematizados, a los que uno puede acudir como quien conecta Enigma.

Para mi suerte, más allá del tema de las reencarnaciones, X manifiesta un saludable escepticismo hacia la versión new age de muchas cosas, entre ellas los sueños, y se rio conmigo de lo absurdo de la compañía que frecuentaba en ese sueño y se sorprendió de la precisión de los detalles. Por suerte, su amiga Raquel no estaba con nosotros, que me habría cargado con abundante bibliografía para entender que la escalera significa que asciendes o desciendes, según la subas o la bajes, y que el sótano indica que estás por debajo de lo que hay encima. ¡Qué altas llegarían las llamas con que quemaría los textos innecesarios!

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De Reencarnatione Animae

 Uno de los amigos más jóvenes que tengo en Vetera, de esos que todavía no tienen hijas en edad para querer presentarme -siempre he sido el novio ideal para las madres-, lleva por nombre desde que lo conozco Caín. Rayos, con esta capacidad para esgrimir como un Scaramouge la quijada de asno contra todo lo políticamente correcto, contra lo que no es ni frío ni caliente, sino simplemente tibio (“y como tibio que eres estoy por vomitarte de mi boca”, Apocalipsis, 3, 16), no podía venirle otro nombre tan bien como el del hijo más honrado e interesante de ese matrimonio de conveniencia entre dos pequeños burgueses que jamás habían dado un palo al agua hasta que su padre se hartó de verles haraganear y les echó a buscarse la vida con una hipoteca en forma de manzana. 

Apasionado lector de Jodorovsky -nadie es perfecto-, se enzarza con X en sesudos debates de pseudociencia que me tienen tostado. Últimamente, el tema estrella, superado lo de las virtudes taumatúrgicas de no sé qué campesina boliviana, es el maldito asunto de las reencarnacines. Desde un punto de vista de estricto análisis del fenómeno religioso, puedo conceder que, de un modo u otro, casi todas las religiones contemplan la reencarnación. Unas, como una migración de las almas de un ser a otro, siguiendo unas pautas, unas leyes; otras, sólo asumen la reencarnación cíclica de determinadas divinidades capitales en su panteón: Osiris, por ejemplo. Quizá la transubstanciación cristiana no esté muy lejos del osirismo, porque es dogma de fe católico la presencia real de Cristo durante la Eucaristía, lo que no deja de convertir a los practicantes de ese rito en una especie de teófagos (término que acuñó Ambrose Bierce, El diccionario del diablo).

Esto, que podría dar pie a interesantes conversaciones sobre folklore religioso, sobre el tiempo cíclico de los mitos frente al tiempo lineal de la realidad, pasa a aburrirme sobremanera cuando se disfraza con atavíos científico sde manos de Brian Weiss, y cuando se aposienta la charla en las consabidas regresiones, se me hincha preocupantemente una vena en la sien. Nietzsche, como epílogo de su El Anticristo, promulgó siete artículos de una “Ley contra el cristianismo”, en cuyo artículo segundo se declara

ARTÍCULO SEGUNDO: Toda participación en un servicio divino es un atentado contra la moralidad pública. Se será más duro contra los protestantes que contra los católicos, más duro contra los protestantes liberales que contra los protestantes ortodoxos. Lo que hay de criminal en el ser cristiano crece en la medida en que uno se aproxima a la ciencia. El criminal de los criminales es, por consiguiente, el filósofo.

Dios, ¡qué diría el pobre filólogo que nunca pudo ser filósofo si descubre que un científico anda de gurú por la vida, cambiando la bata blanca y las camisas de cuello duro por vaporosas túnicas y collares de cuentas como un chamán altaico o un pocholo ibicenco! Por cierto, ¿habéis oído al doctor Weiss? ¡Parece Troy Macloure! Un híbrido entre charlatán dispensador de tónicos curalotodo y vendedor de coches de segunda mano…

Pero, ¡vaya si ha vendido bien esa moto que no anda de las regresiones! Porque no creo que no haya nadie que, como mínimo, no haya oído hablar del tema, cuando no practicado. Conocí unas chicas tan obsesionadas con el tema que dejaron de hablarme porque en otra vida les hice no sé qué cosa terrible y no se fiaban de mí en esta. Cuando lo escuchaba, no sabía si reírme, llorar o si pedir ayuda urgente a un servicio de loqueros 24 horas.

La cuestión está en que casi todos hemos sido en vidas pasadas Cleopatra, Alejandro, Napoleón, maretrices sagradas en el templo de Ishtar, gladiadores célebres en las arenas del Circo Máximo cuando reinaba el divino Tiberio o esclavos poderosos de algún noble depravado o un templo ignoto… Creo que debería hacernos sospechar cuando nadie ha conducido la carruca por los duros suelos de Normandía, ni se dejó la espalda segando con la hoz los fundi de un patricio con otros cientos esclavos más del rebaño rural; o las manos son callos de hilar en la rueca y haber enterrado a más hijos de los que le han sobrevivido, ni siquiera massai por la sabana de Kenya… Todos son vikingos, pero ninguno galeote y, si alguno lo fue, se debió a tan tremebundas causas que serían argumento para una secuela espectacular de Ben-Hur; quien más quien menos, ha sido princesa o dama de compañía de un castillo que jamás recuerda ni incómodo ni maloliente ni frío ni húmedo, solazada por los cantos de trobadores que, oh curioso, sólo a ella miraban platónicamente, sin andar buscando bajo las enaguas y los refajos la recompensa a tanto acorde… y ellos cabalgaron en las huestes de Gengis Khan, asolaron con Atila la llanura Panonia o se enfrentaron acorazados en Hastings, pero ninguno blandió el martillo que forjó los cientos de miles de espadas que han quebrado a lo largo de tantas violentas reencarnaciones… Normalmente, funcionan como un mecanismo de compensación, y el que no llega a fin de mes, o le tiene asfixiado la hipoteca fue otrora un rico mercader florentino emparentado con los Médicis, cuando no el propio Lorenzo el Magnífico; el que morirá soltero -y virgen- resultó ser Casanova, y la que dejó de estudiar en segundo de carrera se descubre como Madame Curie.

¡Rayos! con el debido atrezzo (velas, incienso, alcohol, promesa de sexo) hasta yo he sido un general de la Wehrmacht enfrentado al Führer, suicidado en las llanuras polacas, o el efebo de un duque aquitano o el violín de Paganini, si se tercia… será por alcohol… Pero en realidad, como Jacques Brel, soy tan arrogante que sé que, si me reencarnase, sería en mí mismo!

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