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Tardes y noches de domingo

Cuando, hace ya mucho tiempo, estudiábamos los a prioris kantianos en eso que se llamaba COU y que orietaba a poco más que a los exámentes de selectividad, nuestra profesora de filosofía desesperaba por explicarnos la intuición pura del tiempo como un tiempo eterno sin sucesos de ningún tipo; poco futbolero como soy, inmediatamente capté que el término del filósofo de Könningsberg definía perfectamente los domingos por la tarde. Vivir desde entonces en ciudades provincianas no ha hecho sino corroborar mi primera intuición, llegando a la conclusión de quizá la minúscula y salvaje Biluba sea la menos observante del descanso dominical… En Vetera son horas tan inhóspitas que sólo cabe esperar encontrarse con los matoos rodantes por la Rambla, al más puro estilo western

y ni siquiera cabe matar la sobremesa en el Casino, pues parecen todos agostados en sus madrigueras. El reto de cada domingo ha sido hallar cómo llenar esas horas, pues por más que me apasione el tema he sido incapaz hasta ahora de dedicarlas a la lectura sobre metalurgia del hierro en el Pirineo medieval. Podría encender la televisión, claro, pero puestos a exterminar neuronas, el consumo de cocaína por kilos sería menos pernicioso que la programación dominical.

-Ve al cine-me dirá alguien… Alguien que no sea de Vetera, claro, que en nuestra ilustre ciudad quedan dos salas cuyas butacas ya fueron tipificadas como potros de tortura por Nicolau Aymerich en su Directorium Inquisitorum, y cuyo criterio al elegir la cartelera parece obra de una adolescente o un sicópata… Antes de volver al cine en esas salas es probable que me presente a presidir el Vetera Fútbol Club.

-Pues ve al vídeo club, membrillo -dirá otro, que tampoco ha estado en Vetera, pues la oferta cinematográfica de alquiler responden perfectamente a las necesidades de una población que no cree necesario tener más de dos salas de cine y que vio cerrar la tercera hace pocos años con absoluta indiferencia.

Además, no me gusta improvisar, pues siempre que me he levantado preguntádome “¿Qué haré hoy?” he acabado eligiendo la opción equivocada. Irremediablemente. Me gusta crear unos hábitos que me sirvan de urdimbre sobre la que tramar mi tiempo; esto, evidentemente, no quiere decir que si es miércoles tenga que escuchar indefectiblemente a Mahler, ocurra lo que ocurra, pero sí que, si no hay otro plan, escucharé las Canciones del Camarada Errante mientras vacío documentos monásticos del siglo XI. 

Como tampoco es cuestión de meterse entre pecho y espalda la trilogía extendida de El Señor de los Anillos cada dos semanas, hace un mes estaba yo tan desesperado que, con un “Que sea lo que Dios quiera” encendí la tele por un canal insólito, de esos que no miro nunca, y de repente escuché una sintonía conocida, pero de mis años escolares, la de la magnífica interpretación de Joan Hickson para la Mrs Marple de la BBC

Pese a su excelente factura, prefiero al relamido Poirot, interpretado en otra serie recomendable por David Suchet

Si bien tanto Albert Finney, primero, Asesinato en el Orient Express, 1974, con un reparto impresionante,  y Peter Ustinov, después,

hicieron memorables interpretaciones para la gran pantalla del detective belga, me quedo sin ninguna duda con la serie de LWT y Granada productions.

Quizá los domingos se presten a la melancolía, y por eso los dedico desde ese descubrimiento fortuito a algo que mi sano juicio no haría, que es transitar la peligrosa senda del regreso al lugar donde uno ha sido feliz. Domingos de Detectives, se podrían titular. Pese a todo, mi insconscienta no es tan desmesurada como para regresar a Conan Doyle o a Agatha Christie, pues no creo que hayan mejorado desde mis doce años y prefiero el recuerdo feliz de la época en que los leí que la decepción inevitable con su relectura. No me detengo a calibrar su valor literario o argumental, sino simplemente a disfrutar de las sensaciones, tanto de la adaptación como de los recuerdos. Y no creo que haya crítico capaz de ponderlo.

Establecer del Domingo de Detectives ha cambiado alguno de mis costumbres, como la de comer fuera de casa, que ahora reservo al sábado. Prefiero el domingo comer con Kuragin y Freyja y empezar ya desde la mañana (bueno, desde las once de la mañana, no diré que madrugo) a preparar el atrezzo de la fiesta, pastelillos para el té de las cinco, sandwiches calientes para la cena… Las persianas bajadas, la pipa lista y ya todo puede empezar, dos capítulos de Mrs Marple por la tele, dos más de Poirot en DVD -God save FNAC- y ya son las nueve de la noche.

Si no hay otros planes, si X no quiere cenar fuera, o Lucas no viene a buscarme para dar cuenta de alguna botella de vino con Jaume en el Vinyes velles… desde hace dos semanas remato el domingo de detectives con mi favorito: Sherlock Holmes, primero un regalo que me hice por mi cumpleaños, la versión británica, de Granada Productions, con Jeremy Brett como un impagable detective y David Burke en la primera temporada y Edward Hardwicke

en las siguientes en el papel de un Watson menos estúpido que en otras adaptaciones

para acabar con mi último descubrimiento en adapatacines, una interesantísima serie soviética, anterior a la de Jeremy Brett, protagonizada por Vasili Livanov

Este es el principio de la serie, Estudio en Escarlata. Os aseguro que estoy esperando que llegue el domingo que viene para ver el siguiente episodio… ¿Se apunta alguien?

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