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Posts Tagged ‘trabajo’

Dicen que “En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, pero creo que en pocos lugares queda tan retratado el gañán o el gentilhombre como en un bar de copas. Y las muchas vacaciones y navidades que pasé de camarero en el negocio familiar dan cierta autoridad a mi observación, y no como a la del tío Lucas del cuento de Cortázar:

-El tío Lucas dice que ha visto mejor a mamá.

-Lástima que el tío Lucas no sea médico, porque entonces su opinión tendría valor.

Es quizá por ello que tengo la piel un poco más sensible contra la desconsideración hacia las personas que trabajan para que yo salga de fiesta, aunque, en general, nunca he soportado la mala educación.

Hay clientes que piensan y actúan como si la barra fuese una muralla intelectual, que al otro lado no hay personas sino cosas con inteligencia ligeramente superior a las botellas que trasiegan. Otros, cuando el camarero es camarera, confunden trabajar en un bar de noche con trabajar en un bar de señoras que fuman y así les luce el pelo. Y los que confunden ‘servir’ con ‘servidumbre’ son legión y en más de una ocasión he estado tentado a agradecer que me hayan perdonado la vida.

Una de mis mejores amigas en Vetera, Marta, es la encargada del pub de mi amigo Jaume. Decir de ella que tiene carácter es quedarse tan corto como llamar escaramuza a la batalla de Kursk; desde junio, además de amiga es compañera de trabajo, y es que cuando constaté que la reducción de gastos no bastaría para enjuagar la sangría de ingresos acepté la oferta de Jaume de preparar públicamente los cocktails que ya hacía en privado y que, si me concedéis la inmodestia, no se me daba mal. A esta nueva ocupación mía le debo el haber podido incorporar a mi biblioteca doctoral los ocho volúmenes de Joseph-Marie Canivez,  Statuta Capitulorum Generalium Ordinis Cisterciensis ab anno 1116 ad annum 1786, editados en Lovaina en los años treinta y localizados tras sangre, sudor y lágrimas cibernéticas en una recóndita librería de viejo escocesa.

Durante la semana, a veces incluso me permito aconsejar a quien me lo pide, superando mi patológica timidez. El fin de semana, en cambio, con una clientela absolutamente distinta, cuidadoso empeño ha puesto Marta estos meses en que los cocktails me sean pedidos por los camareros y no por los clientes, no sé si para protegerme de la dudosa educación de la muchachada de fin de semana o para protegerlos a ellos de mi previsible reacción, aunque no siempre puede conseguirlo. Por cierto, el que crea que monto con las botellas y cocteleras números acrobáticos, que se lo quite de la cabeza, que mi sicomotricidad apenas da para caminar y masticar chicle al mismo tiempo, como para esperar alardes.

Lo malo de los cocktails es que elegirlos requiere el esfuerzo de leer y eso queda mucho más allá de las posibilidades de la mitad de los analfabetos funcionales con los que me toca lidiar viernes y sábados.

-¡Oh, este cocktail sabe a plátano!

-Es que lleva plátano

-No me gusta el plátano. ¡Yo qué sabía que lleva plátano!

-Bueno, la carta ya lo dice. Además, se llama Banana Cow…

-Es que no sé inglés.

-Lo comprendo. La palabra ‘Banana’ es absolutamente indescifrable para todo aquel que no tenga el Firs Certificate, como mínimo.

Por no hablar de a quienes les disgusta encontrar menta -entrar en matices de hierbabuena es saliva malgastada- en el mojito, porque, ahora mismo, el cocktail de moda es el mojito, el que hay que pedir aunque no se sepa ni lo que es, y en este país de expertos en todo eso es una tortura, porque no hay noche en que no aparezca el entendido de turno pontificando que “el mojito se prepara de otra manera, que no sé dónde hacen el mejor mojito.” Que si uno quiere soda, otro ginger ale, que si sólo con hielo picado, que si trozos de lima, que si azúcar blanco o azúcar moreno, que si ron añejo o no… si tuviera que atender todas las exigencias, sólo las variantes de mojito llenarían una carta, así que opté por un inapelable “Este es el mojito de este pub. En otro sitio, los hacen a su manera”, porque habría acabado loco en dos días o, lo que es más probable, en portada de diarios, que Marta sabe bien que cuando empiezo una frase con la muletilla “Veamos…”, lo más prudente es quitarse de en medio.

Cada vez estoy más convencido de que este mal karma que me persigue es castigo por una vida anterior en la que tuve que ser criminal de guerra nazi o violador de monjas o letrista de copla, porque no entiendo cómo todos los imbéciles me tocan a mí, desde la que pide “lo que toman en Sexo en Nueva York, pero sin lo rojo” (traducido: un cosmopolitan sin zumo de arándanos, brevaje anodino y absurdo) hasta el que fue alternando Manhattans y After Dinner hasta salir trastabillando y después pretendía de malos modos imputarme responsabildades en la multa que le cayó por tener un bajo índice de sangre en el alcohol.

Por suerte, esto suele ocurrir sólo los fines de semana; entre semana, puedo experimentar con nuevos cocktails, jugar con ingredientes y cantidades hasta encontrar la proporción más ajustada… de hecho, esta semana he incorporado tres nuevas entradas a la carta, la Caipirinha de kiwi, el daikiri de mango y el Red Buttler, un cocktails de bourbon y frutos rojos. ¿Alquien se apunta? 

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El domingo a las siete de la madrugada me levantaba; ni eran las escatológicas huellas de una noche de guiness ni tenía que tomar un avión. Simplemente, había que cortar una de las principales avenidas para desmontar la grúa, y aunque la presencia del arquitecto no es preceptiva, allí estaba yo con mi Panamá y la pipa a horas en que Vetera parece tomada por un ejército de zombies.

Desmontar una grúa sólo requiere -además de los que trabajan- al coordinador se seguridad y al aparejador-, pero esta ocasión convocó a la oficina técnica en pleno, y es que había algo de despedida; con ella, el bosque de hierros que en era el centro de Vetera como el de cualquier otra ciudad, villa o aldea hispana queda reducida a dos míseros ejemplares de una obra pública. Además, no sabemos cuándo volveremos a construir algo o si lo haremos siquiera juntos, así que incluso nos sacamos fotos sobre los tramos desmontados como si acabáramos de abatir un mamuth.

En Vetera, un domingo a las ocho de la mañana, no están ni las farolas en la calle, con lo que cortar la avenida era un problema viario casi insignificante. O lo habría sido si el funcionario de turno de vía pública hubiera hecho su trabajo, desviando el tráfico de autobuses y demás, instalando dos patrullas de municipales… en fin, todo eso en que cualquiera con dos dedos de frente habría pensado de inmediato. En Vetera no. Teníamos ya el brazo de la grúa en el suelo cuando Jorge tuvo que arrancar a correr para que el autobús de la Hispano Veterense diera la vuelta antes de bloquear el cruce y montar un circo… la patrulla municipal llegó en ese momento, no a poner orden, pues estando todo en regla no había multas que imputar y no valía la pena abandonar la comodidad de su aire acondicionado, sino simplemente a indicar que se les avisara cuando todo acabase para anotarlo en el libro del día.

La verdad es que eso fue lo más entretenido de la operación; a la una ya estaba todo cargado y rumbo al almacén y, nosotros, rumbo a una mariscada en la costa, que levantarse un domingo a las siete de la mañana para trabajar gratis et amore bien merece alguna compensación, lleno hay que tener el estómago para afrontar la semana que acecha.

Algo extraño había el lunes en el ambiente. Al principio, me costaba identificarlo: tal vez la excesiva humedad ambiental, la ausencia de algarabía de criaturines chapoteando en la piscina bajo mi despacho, chica nueva de limpieza -un día de estos dedicaré un post a nuestra Choches, la antigua limpiadora-. Aunque había algo de todo ello, nada justificaba mi sensación, y fui dándole vueltas mientras intentaba encajar un hotel de cuatro estrellas donde primero hubo pisos, luego apartamentos y al final tal vez nada. No fue hasta las diez y media, la hora del café, en que di un contorno definido a las borrosas sensaciones anteriores, y es que era el único imbécil de la Oficina Técnica que estaba trabajando ese lunes. Diréis que tuve hora y media para darme cuenta antes, pero, además de que mis biorritmos matutinos no despiertan hasta el café, en mi descargo está que no comparto despacho con nadie y que la música de Bach amortigua cualquier sonido que venga de los vecinos.

Y allí estaba yo a las diez y media, no sabiendo si ir sólo a tomar el café al bar de en frente, ‘comme toujours’ o si acpetar la invitación y apuntarme al descanso de Mr Potato y la srta Rottenmeyer, a riesgo de sufrir el empacho de anécdotas infantiles que es el monotema de Mr Potato, a quien cualquier tema, incluso un estudio sobre antroponimia pirenaica medieval, le da pie a pormenorizar las truculencias cotidianas de sus vástagos hasta monopolizar la conversación y abortar cualquier intento de disidencia. Elías, mi jefe, que hoy inscribía en el registro como propio al hijo que acaba de tener su mujer -sin prueba de ADN no afirmaré que él sea el padre, pues aunque ella es más casta que Lucrecia en la paternidad no hay certeza y es mejor no atribuirlas alegremente para después no desdecirse-, me pedía poco antes del feliz acontecimiento que le impedirá dormir tranquilo los próximos 18 años que le pegase un tiro en la nuca si alguna vez se volvía como Mr Potato.

Creo que estaba en piloto automático de respuesta monosilábica a no sé qué historia que ambas, Mr Potato y srta Rottenmeyer, encontraban muy divertida, sobre no sé qué caramelo que una señora le daba al hijo pequeño de una de ellas y el niño pidió otro más -no me preguntéis, supongo que hay que ser padre para encontrarle la vis cómica a esa estupidez- cuando el director de la empresa asomó por allí y se exclamó:

-¿qué haces por aquí, Theo? ¿No te has tomado el lunes libre como los demás? ¡Te vamos a hacer empleado de la semana!

Como los efectos del café habían sido contrarrestados eficazmente por las apasionantes historias de los hijos de Mr Potato, supongo que nadie percibió en mi rostro emoción alguna, pero por dentro me sentía tan idiota como Homer Simpson el día que hacía empleado del mes a una una inanimada barra de carbono.

Imagen de http://www.lossimpsons.net/planta-nuclear-de-springfield

En fin, ya que estábamos, tampoco iba a irme a casa a las once… así que, al menos, he logrado encajar siete habitaciones más de dimensiones generosas en esa planta endemoniada. Pero la próxima grúa la desmontará quien yo so diga.

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Cosas de la obra

Salgo de cada visita de obra más convencido de que esos momentos lumpen deberían convalidárseme como clases prácticas de sociología, antropología y, en algunos casos, incluso de paleoantropología, porque algunos de los especímenes que andan sueltos por los andamios representan una clara involución desde el homo antecessor. Algunas de las situaciones son cómicas, pero otras son para sacudirse el polvo de las alpargatas y, como Enoc, echar a andar y no parar, porque este mundo no tiene remedio.

En la obra, la comunicación es a gritos, ya estemos acribillando los tímpanos con un martillo neumático o simplemente barriendo, y el experto en eso es Jorge, nuestro gruísta, el terror del vecindario, que los tiene ya crujidos a todos con sus alaridos desde las ocho de la mañana triscando por la cubierta para reclamar la atención de alguno de los albañiles, instaladores, picapedreros, peones o de cualquier otro gremio. Jorge tiene la peculiaridad de que jamás llama a nadie por su nombre, sino que le cuelga a cada cual un sambenito el día que entra y con él se queda hasta el día que sale de la obra, incluso más. Lo peor de todo es que, a los dos meses, incluso entre ellos ya se llaman con el mote, y que yo mismo, para mi desesperación, tengo que hacer esfuerzos para referirme a un encofrador de Huelva como Manolo Requena y no como ‘Pescaíto frito’, o para recordar que el herrero es Eusebio en lugar de Buster Keaton, por más que se parezca, o que el nigeriano se llama… como quiera Dios que se pronuncie su apellido, pero no Etoo’0.

Precisamente, Etoo’o ha sido el último fichaje para las performance que Jorge monta en las obras, para desconcierto de transeúntes, descojono general de los obreros y rubor mío. A eso de las doce, cuando más gente transita por la céntrica avenida donde tenemos la obra, Jorge sale a hacer algún recado, real o imaginario, y a la vuelta, idefectiblemente, berrea desde la acera:

-¡Etoo’o! ¡Etoo’o!

Y el nigeriano se asoma a una balconera a gritar, golpeando la pared, el estribillo de esa canción del Crakovia, “Copa, Liga i Champions” 

para que Jorge, en medio de la calle, interprete un solo de guitarra on air digno de youtube, acompañado a menudo por espontáneos de la calle en medio de la euforia que la realidad aún no ha diluido o por otros obreros a lo largo de la fachada… Si no fuese por la vergüenza que siento cada vez que paso por la obra en medio del espectáculo, hay que reconocer el mérito de la coreografía internacional.

Porque si algo tenemos asegurado con Jorge, es la vergüenza; en la última inspección de trabajo, mientras iba facilitando a la inspectora la documentación de todos, Jorge, en perfecto acento magrebí, empezó a increparme,

-¡Amo no paga! ¡Amo racista! Yo sin papeles por culpa amo

-Tranquilo, arquitecto, que Jorgito y yo nos conocemos hace años -abortó la inspectora mi inmediato infarto.

-Jorge, te juro que si me haces otra de estas, te meteré la grúa de supositorio-le susurré en un tono suficientemente bajo como para que tomara en serio mi promesa-. ¡Y haz el favor de llamar al de la cuadrilla de cara vista señor Fung y no “Arroz tres delicias” si no quieres que sea yo quien te convierta en cerdo agridulce!

Claro que a veces Jorge también tiene ideas mucho más saludables, como esta mañana, que después de una hora escuchando a Rocío Jurado -siempre me ha sorprendido la querencia de los obreros de la construcción por músicas que sonrojarían a la maruja más carpetovetónica-, ha resuelto el problema con un “Me cago en la puta”, haciendo del CD un frisbee.

-No pasa na’. Tengo más -amenazó el torturador, un veinteañero con pircings, tatuajes y el pelo de punta.

-¿Y el casco donde lo tiene, señor…?

-Pumuki. Es que hace calor, joder, y aquí dentro no se me va a caer na’ en la chola.

Paso de dar más explicaciones, estoy ya cansado: -Me da igual, o se lo pone o se larga a casa. Jorge, no quiero oír ni un mote más en esta obra.

-No, tío, si asín me llaman mís colegas -intercedió el aludido.

-Es verdad, Theo, que yo le llamé Kalvinklein porque todo el día va con los pantalones enseñando los gayumbos.

-Maravilloso. Ahora que lo sé, podré dormir tranquilo esta noche…

-A las tías les mola.

-No a las que me interesa conocer.

-Seguro que follo más yo que tú.

-No es cuestión de cantidad, sino de calidad. Además, no pienso entrar en ese debate.

-Tú hazme caso, que me caes de puta madre, déjate de corbatas y gorros, que a las tías lo que les pone de verdad es tío con un tanque to’o tunea’o. Ahora que en julio me baja la hipoteca 300 leuros, me meteré en un coche a cinco años por 250 al mes, y encima ahorro 50.

Al margen de preguntarme qué delito he cometido para caerle bien, el hecho de que semejante energúmeno tenga una hipoteca nos da una idea del nivel de profesionalidad de los responsables de banca que hemos sufrido. Porque el crédito para el tanque ya se lo han dado, claro, como le sobretasaron el piso para que con la hipoteca pudiera comprarse los muebles, o como le dieron un crédito para irse de vacaciones a Cuba con los colegas…

Con la certeza de que yo me apeo de esto cuanto antes, me he limitado a pedirle a Jorge:

-Que se suba los pantalones, no quiero que se mate por llevarlos arrastrando y que me hagan pagar por bueno algo defectuoso. Y si no tiene cinturón, que se ate una cuerda, pero modas carcelarias, las justas.

-Muy listo no es -concedió Jorge-. Le digo a mi novia de pedir otro crédito para un coche y me corta los huevos.

-Que él no sea muy listo, es problema suyo; pero que los de los bancos sean imbéciles o criminales lo estamos pagando todos.

-No creas, la novia de Pumuki trabaja en la caja… tenías que verla, es colega de mi hermana desde el colegio y…

-No quiero saber más, de verdad. Por hoy, he tenido bastante terapia de choque sin terapia.

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Bipolaridad

Es tal la inestabilidad del mercado que el ambiente de trabajo es tensamente maníaco-depresivo. Pasamos de la euforia casi desatada un jueves al decaimiento absoluto un lunes; la atmósfera se va haciendo pesada, como si intentásemos respirar a través de gelatina.

Una importante venta ha salvado casi las cuentas del 2009 de la empresa; con otras dos que parecen bien encaminadas, los números dejarán de ser rojos; a pesar de eso, creo que todos nos hemos encogido, pues las cosas son tan inestables que el plan estratégico cambia de una semana a otra. No querría estar en la piel de los administradores, aunque mis planes de futuro no ven más allá de septiembre, cuando la única obra que ahora estamos haciendo se termine.

El año pasado a estas alturas llevábamos un año sin apenas vender nada, pero aún respirábamos optimismo, pues el temor es menor cuando las cosas se hacen como es debido; desde entonces, no ha habido NADA que haya salido bien, y cuando un rayo de luz intentaba rasgar las brumas, eran legión las nubes oscuras que se aprestaban a cerrar la brecha. Si todo hubiese sido normal, con una financiación normal, con unos Ayuntamientos normales… este año habríamos empezado unas 120 viviendas en distintas promociones, pero en diciembre se cerraron puertas y grifos y créditos.

No pasa nada. Que no cunda el pánico, que hay un plan urbanístico que dará un años y medio de trabajo. O lo habría dado, si hace dos semanas el socio en este plan urbanístico no se hubiera echado atrás y todo mi trabajo fuese algo más que una bonita ordenación teórica en una linda caja, porque nadie puede decirme que no hago bonitas carátulas y presentaciones…

¿Recordáis a Anna Mari de Calcuta y el proyecto de las no sé cuántas mil viviendas para realojar a víctimas de huracanes o terremotos o violencia o qué sé yo? Bueno, pues el proyecto era en Guatemala y era el gobierno guatemalteco el que estaba interesado en ello y con quien se habían firmado los acuerdos. Sí, el mismo país que está al borde del colapso o de la guerra civil porque el Presidente cuya mano estreché en Madrid está acusado de ordenar una asesinato político. Evidentemente, su prioridad ahora no es ni cumplir los acuerdos ni dar viviendas a indígeneas y mayas. Podríamos decir que si el trabajo se hubiera hecho siguiendo el plan previsto en lugar de meditar sobre el sexo de los ángeles habríamos cobrado algo antes del colapso, pero ya no merece la pena pensar en ello…. Menos mal que tenemos un proyecto en Rumanía de hotel y viviendas que… que teníamos hasta el lunes, cuando el tsunami de la crisis financiera rumana nos salpicó o se nos llevó por delante… ¡qué sé yo! hace tanto tiempo que hago surf en mar gruesa que ya no distingo si me empapa un tsunami, otra ola o me mean encima una manada de dinosaurios. Si alguien quiere saber cuál es el próximo país que se va a tomar por saco, sólo tiene que preguntarme dónde vamos a invertir o dónde estamos invirtiendo ya… Apuesto por Ucrania.

Hace años que mi vida es un barco y yo soy su capitán. Con mejor o peor fortuna, sé dónde quiero llegar y lo llevo allí, pero en los últimos meses he cambiado el puente de mando y la gorra de plato por el traje de neopreno y hacer equilibrios sobre una tabla de surf, no sé dónde la ola me va a llevar, sólo espero no caerme. Ya no es cuestión del dinero que pueda dejar de ganar por todos los proyectos que he hecho y que no se construirán -aunque es bastante, es sólo dinero-, sino que es esta precariedad que está agotando mis nervios y devorando mis energías, ha dejado un mechón blanco en mi barba y mis músculos contracturados; cansado todo el día, pero sin poder dormir… al final, corro el riesgo de hacerle pagar los platos rotos a una pobre gata que en realidad no me molesta ni tiene culpa de nada, simplemente no quiere ni verme. Con lo que demuestra una insólita inteligencia, a prueba de sobornos alimenticios.

Hace pocos días fue mi cumpleaños. Normalmente, celebrábamos nuestros aniversarios en la Oficina Técnica yéndonos a comer; este año ni siquiera he mencionado la fecha. Sólo Elías, mi jefe, la ha recordado, anotada en el Outlook.

-Gracias, Elías. No lo comentes mucho, no me apetece demasiado…

-Te entiendo. Creo que ninguno estamos con ganas de nada; tómate la tarde libre, si quieres.

-No hace falta. Además, tengo que leer la nueva normativa de Habitabilidad.

-¡Mucho más divertido que celebrar tu cumpleaños! Empiezas a preocuparme…

Hoy nos ha entrado algo nuevo en la Oficina, un hotel en Barcelona. Tras los primeros minutos de euforia, nos hemos mirado y hemos hecho una porra sobre cuánto tardará en malograrse esto también. Y pese al tono lúgubre de este post parece que soy el más optimista, pues le he dado tres meses.

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Okupas

Hace unos años, antes de que yo desembarcara en Vetera, mi empresa constituyó una sociedad con una caja de ahorros cuyo nombre omitiré para desarrollar un PAU -Polígono de Actuación Urbanística- en el sur de Vetera, varios bloques de más de 50 viviendas cada bloque.

Esta sociedad constituyó un cuantitativo salto hacia adelante de la empresa, y también una apuesta arriesgada. Pasó de pequeños bloques en los centros urbanos, de no más de 24 viviendas, pero en ubicaciones muy señaladas, casi siempre en esquina, y es que la esquina ofrece unas grandes posibilidades de diseño -otra cosa es que se aprovechen o no-, una fuerza plástica que es inmejorable tarjeta de presentación.

File:CasaLleoMorera-Full.jpg

Casa Lleó Morera, del arquitecto modernista Lluís Domènech i  Montaner, en Passeig de Gràcia con Consell de Cent.

Estos bloques, en cambio, rompían con la filosofía de la empresa, porque estaban alejados del centro urbano, eran la conversión de un barrio industrial en zona residencial. De los cinco edificios previstos, sólo uno se ha construido, y otros dos se fueron cancelados una semana antes de empezar las obras. Nuestro socio, la caja, o no podía o no quería hacer frente a sus compromisos económicos y denegó la financiación. Esto ocurrió en diciembre.

Tras dos meses de arduas negociaciones, chocando siempre contra el ‘NO’ de la caja, se ha decidido romper la sociedad con esos impresentables; la caja se queda con los solares e indemnizará con su precio de coste, no con su valor actual de mercado. Por el camino, yo he perdido los 40.000 euros que me correspondían de prima de haberse construido los dos bloques aprobados.

El bloque construido es hermoso, pero triste. Un edificio nuevo, de cristal, piedra y ladrillo, en medio de una estepa desolada de naves industriales obsoletas, de ruinas y escombros y de los descampados resultado de una urbanización abortada. Una imagen a pequeña escala de Detroit

Detroit, foto de Camilo Vergara, 1995, tomada del blog “Una cuestión personal”

Es cerca de este edificio donde tenemos la oficina de ventas asaltada en enero y de la que, como era de esperar, no se ha resuelto nada. Una de las naves se renconvirtió en almacén y la propia lejanía del centro urbano, el entorno deshabitado o casi y el largo invierno la ha convertido en habitual refugio de okupas, pero de los de verdad, no de hippies con visa.

Uno de los vecinos que compró cinco pisos en el bloque esperando revenderlos por 30.000 euros más cada uno y que ahora se los está comiendo con patatas -imagíneseme aquí la más maligna de mis sonrisas-, no tiene nada mejor que hacer que pasar las horas y los días esperando que una mosca cague para enviar un buró fax de desperfectos, una manera como cualquier otra de buscar otros culpables para nuestros errores. Aburrido y amargado, su deporte es buscar problemas a la vecindad; escudriña por la ventana, medio oculto por los visillos -él si tiene cortinas-, para hacer un pormenorizado seguimiento de quién entra y sale de parcelas ajenas y, con motivo o sin él, llama de inmediato a la Policía.

Esta mañana, nuestros CSI nos han llamado de una denuncia de este vecino por tener la nave okupada. De nuevo.

-Es sólo una nota informativa. Nosotros no podemos hacer nada más, ni siquiera echarlos aunque nos lo pidáis -nos aclara el cabo, azorado por venir a molestar con las cuitas del que ya es conocido como el Loco de la Colina, oteando en la terraza de su ático.

Así que a las nueve y media hemos ido allá cuatro de los cinco hombres de la empresa. No es que seamos muy resistentes, pero sí voluminosos y el número puede intimidar si la situación se pone tensa.

-Pero, ¿todo esto no se lo ha quedado la caja? ¿Por qué no se encargan ellos y nos dejan en paz a nosotros? -pregunta Ernest, mientras vamos de camino.

-Creo que la caja asumirá la plena propiedad la semana que viene. Y, mira, si me mandan, yo hago y no pregunto -responde Elías, el jefe. No sé si por la preocupaciones laborales o si por haber cometido el error de ir a buscar -y encontrar- un niño ha envejecido notablemente estos meses.

-Al menos, podríamos haber enviado a Theo con su uniforma a que abriera camino.

Una vez en el almacén, no habían cambiado la cerradura y entramos sin problema; tres magrebíes dormían aún, tan envueltos en mantas que parecían canelones; enganchados a la red eléctrica de no quiero saber quién, echufaban una estufa y un hornillo, y todo el almacén olía a amoníaco y desinfectante, los okupas más limpios que hemos tenido, con diferencia. Sobre una mesa de Coca-cola, platos, cubiertos y un largo cuchillo del que no podíamos apartar la vista.

-Buenos días. Tienen que irse de aquí -les despierta Elías, encendiendo y apagando la luz.

-Amigo, una semana, sólo una semana. Encontramos otro sitio y nos vamos, amigo -responde uno, no sé si el jefe o simplemente el que mejor hablaba el idioma.

Ernest da unos ligeros toques en el hombro de Elías. Consejo de crisis: -Oye, has dicho que la semana que viene se hacen cargo de todo esto los hijos de puta de la caja, ¿no? Ya se entenderán entre ellos

Elías sonríe. Sugerencia captada: -No pueden quedarse aquí, antes de un mes tienen que irse.

Y con la satisfacción del trabajo bien hecho, volvemos a la oficina.

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