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De series históricas

Casi no veo la televisión. No es una cuestión de principios morales o de supuesta superioridad intelectual, ni tampoco medidas higiénicas o apotropaicas. Es, simplemente, un hecho. Tampoco soy un converso recién caído del caballo y que ha visto la luz de repente y que se ha impuesto esta penitencia, sino que ha sido un proceso que no sé cuándo empezó pero que ha concluido en que sólo dedico unos 45 minutos diarios a ver televisión. Tal vez empezó hace dos años; entonces yo era seguidor de CSI -evidentemente, Las Vegas; no he logrado superar la grima que me da el inexpresivo Horatio- y ni las repeticiones ni las interminables pausas de publicidad me desanimaban. Pero entonces fundamos entre tres un Club de la Pipa en el pub de Jaume; fijamos las sesiones para la noche de los lunes y CSI cayó de mi parrilla televisiva. A partir de allí, poco a poco fueron desapareciendo programas, series y películas. Lo último en desaparecer fueron las noticias y, desde entonces, vivo más feliz, no por vivir en la ignorancia, sino por no alimentar mi úlcera con la bilis que tragaría al constatar que la defunción de un cefalópodo de un acuario alemán merece mucho mayor seguimiento y tiempo de informativos que una epidemia de cólera en Haití que se ha cobrado ya más de 250 vidas.

Pero eso no quiere decir que no sepa qué ocurre al otro lado de la pantalla, por negra que dormite en mi casa. Sigo diariamante a cuatro brillantes opinadores que, con formatos y enfoques muy distintos, me permiten seguir sin mancharme el día a día de una guerra que ya no es la mía. No siempre estoy de acuerdo con su opinión, pero al menos escucho o leo algo inteligente, y ya me basta. Desde la columna diaria “Tú y yo somos tres” en El Periódico de Ferran Monegal hasta el blog 625 ranas, de Antonio Rico, pasando por la “Visto, dicho y oído” de Bob Pop en Público y la impagable Teletulia del Arucitys, en 8 tv, sección esta que consume mis 45 minutos de televisión diarios, y los cuatro se han hecho eco de la súbita irrupción de las series históricas en las pantallas.

Esto va por hornadas. Hace unos años eran las series de investigación policial, tipo CSI y sus secuelas (NAVY et allia), después fueron los vampiros a rebufo de la trilogía, tetraología o heptalogía (¡yo qué sé!) Crepúsculo, como True Blood… En 2005, HBO decidió buscar nuevos escenarios para sus guiones, y sustituyó la ya gastadita mafia y los no menos gastados vampiros por algo paradójicamente nuevo, la historia, y allí empezó “Roma”, serie donde la espectaculara ambientación no ha logrado empequeñecer la sutiliza y los diálogos exquisitos de “Yo, Claudio”. Después, han venido Los Tudor y se rumorean otras sagas.

Hace casi cuarenta años que Josep Pla dijo en una entrevista con Montserrat Roig que España es un país sin ningún rigor científico, que todo el mundo copia, aserto que podría confirmar de seguir vivo el ampurdanés si encendiera la tele -y no muriera en el intento, y es que las cadenas y productoras ibéricas son menos originales que una corbata Hermes de mercadilllo. Primero copiaron las policiales, después las series adolescentes más descerebradas o cierto modelo paranormal… todo ello con la caspa carpetovetónica que nos caracteriza. Ahora es la reinterpretación anglosajona de la historia como espectáculo la que es reinterpretada por directores y guionistas patrios; sinceramente, para echarse a temblar. Porque uno de los problemas principales es que no se está haciendo una serie histórica española, sino que se hace una adaptación de una serie anglosajona, con todos sus defectos y, desgraciadamente, con ninguna de sus virtudes, porque, afrontémoslo, el regusto a Gladiator de porexpan no nos lo quitamos ni con lingotazos de Hendrix.

Me apasiona la historia, ya lo sabéis y por lo mismo que aborrezco la novela histórica (en general, porque Guerra y Paz o El nombre de la rosa están entre mis lecturas favoritas), tengo más que reparos en acudir a estos trampantojos. Yo no le pido a nadie que haga películas ambientadas en Roma, el Toledo visigodo o la Viena del segundo asedio turco pero, si lo hacen, ¡al menos que traten con respeto a mis muertos! Coño, que no hace falta ser Gibbon para saber que los romanos no conocieron el estribo y que esa fue una de las causas del desastre de Adrianópolis contra los visigodos, 500 años más tarde de la época en que, teóricamente, se basa la película.

No pretendo que la serie incorpore un sesudo debate sobre los sistemas antroponímicos romanos y los métodos de filiación, pero un mínimo de documentación, de investigación, en fin, de decencia no estaría de más… Aunque quizá daría igual, porque estamos tan acostumbrados a ver a un actor español en un papel determinado que aunque George Duby resucitase para acompañar a Jacques Le Goff en la asesoría histórica de una serie medieval, y por digna de un BAFTA que fuera su interpretación, sería difícil ver en José Luis Gil a un trasunto lebaniego de Guillermo de Baskerville y no a Juan Cuesta

Por no hablar de cómo me imagino a la mitad de los actores más jóvenes haciendo de romanos con acento de Parla… Me temo que, de momento, seguiré con los originales, Roma y los Tudor.

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Pepe el Brujo

Pocas cosas son tan esclarecedoreas del nivel general (educativo, cultural, ético…) en que se mueve un país como los políticos y la televisión que tiene. Antes de seguir, esperaré unos minutos por si alguien quiere echarse a llorar.

Que en pleno debate presupuestario tenga menos cuota de pantalla  -pero mucha menos- la ministra de Economía que un individiuo que afirma haberle hecho vudú o echado mal de ojo a otro que se embolsa más de mil euros a la hora por cocear un pellejo de cuero hichado habría sido un gag desproporcionado en cualquier novela satírica, desestimado por excesivo. Pero en España, país que inventó la astracanada, la vida imita el arte.

Hace ya bastante tiempo que doy bastante poca credibilidad a las noticias de información general y ninguna a las deportivas, indistinguibles en formato, dinámica y profesionalidad de controversias tabernarias o de cualquier debate del corazón en una peluquería, pero que un personaje que se define a sí mismo como brujo profesional pueda encabezar la sección ha sido una vuelta de tuerca que ha sorprendido incluso a alguien como yo que ya se esperaba cualquier cosa de los Santos, Lamas, Lobatos, Abades y Saucas. Y cuando el freaky en cuestión

es ya tema recurrente durante dos semanas y cotizado tertuliano de plató en plató, uno empieza a buscar la puerta para saltar de este tren en marcha.

Poco esperaba de la prensa española, pero jamás que se le diera pábulo e incluso verosimilitud a semejante personaje y sus estrabóticas afirmaciones. ¿Qué será lo próximo? ¿La Bruja Lola encargada de la sección económica? ¿Sustituir a Montesdeoca y el satélite meteosat por Aramis Fuster leyendo las tripas de una gallina para predecir el tiempo? ¿Paco Porras en política vaticinando los resultados electorales con un caldo de apio en lugar de analizar encuestas a pie de urna? Bueno, estos dos últimos ejemplos no son muy buenos, que igual los brujos atinarían más en esos campos echando huesos de pollo que los que interpretan las fotos del satélite o los sondeos…

Lo último fue cuando se llevó al tiparraco en cuestión a un programa para que maldijera a la competencia, con la casualidad de que, en lugar de hundírsele la aundiencia a la víctima del maleficio, disfrutó del mejor resultado de la temporada. Y en esto que uno de nuestros periodistas -por favor, qué alguien me diga dónde diablos les dan el título, o si el ejercicio de la profesión requiere un previo suicidio masivo de neuronas- concluye sesudamente, entre asentimientos de sus contertulios:

-Esto demuestra que es un farsante.

Pero, ¿nos hemos vuelto todos locos? ¿Realmente era necesaria una demostración empírica de que todo era una inmensa tomadura de pelo? ¿En pleno siglo XXI gente que se supone con estudios se planteaba la posiblidad de buscar en conjuros maléficos y aquelarres de brujos la explicación a nada? ¿Dejamos la interpretación de las noticias económicas y políticas en manos de gente que necesitó falsacionar a lo Popper a un brujo para restarle credibilidad, como si el vudú fuera una teoría científica equiparable a, pongamos por caso, la teoría de la relatividad? Que España es un país sin ningún tipo de rigor científico ya lo percibió con claridad Josep Pla en una entrevista con Montserrat Roig allá por 1980, pero ni el socarrón y desengañado amupurdanés habría imaginado que casi 30 años después el nivel medio de la ciencia en el país sería tal que una interpretación mágico-ritual del mundo tendría audiencia, y no sólo entre rústicos e iletrados, sino entre universitarios. Y es que en está sociedad belenestebanizada la ignorancia empieza a ser de buen tono.

Insisto en que en Hendaya, la Junquera y Canfranc habría que sustituir las aduanas abandonadas por taquillas y vender entradas para este inmenso circo donde payasos, brujos y monstruos acaparan toda la atención de un público idiotizado. Pero a mí, por favor, que me indiquen por dónde se sale.

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Tardes y noches de domingo

Cuando, hace ya mucho tiempo, estudiábamos los a prioris kantianos en eso que se llamaba COU y que orietaba a poco más que a los exámentes de selectividad, nuestra profesora de filosofía desesperaba por explicarnos la intuición pura del tiempo como un tiempo eterno sin sucesos de ningún tipo; poco futbolero como soy, inmediatamente capté que el término del filósofo de Könningsberg definía perfectamente los domingos por la tarde. Vivir desde entonces en ciudades provincianas no ha hecho sino corroborar mi primera intuición, llegando a la conclusión de quizá la minúscula y salvaje Biluba sea la menos observante del descanso dominical… En Vetera son horas tan inhóspitas que sólo cabe esperar encontrarse con los matoos rodantes por la Rambla, al más puro estilo western

y ni siquiera cabe matar la sobremesa en el Casino, pues parecen todos agostados en sus madrigueras. El reto de cada domingo ha sido hallar cómo llenar esas horas, pues por más que me apasione el tema he sido incapaz hasta ahora de dedicarlas a la lectura sobre metalurgia del hierro en el Pirineo medieval. Podría encender la televisión, claro, pero puestos a exterminar neuronas, el consumo de cocaína por kilos sería menos pernicioso que la programación dominical.

-Ve al cine-me dirá alguien… Alguien que no sea de Vetera, claro, que en nuestra ilustre ciudad quedan dos salas cuyas butacas ya fueron tipificadas como potros de tortura por Nicolau Aymerich en su Directorium Inquisitorum, y cuyo criterio al elegir la cartelera parece obra de una adolescente o un sicópata… Antes de volver al cine en esas salas es probable que me presente a presidir el Vetera Fútbol Club.

-Pues ve al vídeo club, membrillo -dirá otro, que tampoco ha estado en Vetera, pues la oferta cinematográfica de alquiler responden perfectamente a las necesidades de una población que no cree necesario tener más de dos salas de cine y que vio cerrar la tercera hace pocos años con absoluta indiferencia.

Además, no me gusta improvisar, pues siempre que me he levantado preguntádome “¿Qué haré hoy?” he acabado eligiendo la opción equivocada. Irremediablemente. Me gusta crear unos hábitos que me sirvan de urdimbre sobre la que tramar mi tiempo; esto, evidentemente, no quiere decir que si es miércoles tenga que escuchar indefectiblemente a Mahler, ocurra lo que ocurra, pero sí que, si no hay otro plan, escucharé las Canciones del Camarada Errante mientras vacío documentos monásticos del siglo XI. 

Como tampoco es cuestión de meterse entre pecho y espalda la trilogía extendida de El Señor de los Anillos cada dos semanas, hace un mes estaba yo tan desesperado que, con un “Que sea lo que Dios quiera” encendí la tele por un canal insólito, de esos que no miro nunca, y de repente escuché una sintonía conocida, pero de mis años escolares, la de la magnífica interpretación de Joan Hickson para la Mrs Marple de la BBC

Pese a su excelente factura, prefiero al relamido Poirot, interpretado en otra serie recomendable por David Suchet

Si bien tanto Albert Finney, primero, Asesinato en el Orient Express, 1974, con un reparto impresionante,  y Peter Ustinov, después,

hicieron memorables interpretaciones para la gran pantalla del detective belga, me quedo sin ninguna duda con la serie de LWT y Granada productions.

Quizá los domingos se presten a la melancolía, y por eso los dedico desde ese descubrimiento fortuito a algo que mi sano juicio no haría, que es transitar la peligrosa senda del regreso al lugar donde uno ha sido feliz. Domingos de Detectives, se podrían titular. Pese a todo, mi insconscienta no es tan desmesurada como para regresar a Conan Doyle o a Agatha Christie, pues no creo que hayan mejorado desde mis doce años y prefiero el recuerdo feliz de la época en que los leí que la decepción inevitable con su relectura. No me detengo a calibrar su valor literario o argumental, sino simplemente a disfrutar de las sensaciones, tanto de la adaptación como de los recuerdos. Y no creo que haya crítico capaz de ponderlo.

Establecer del Domingo de Detectives ha cambiado alguno de mis costumbres, como la de comer fuera de casa, que ahora reservo al sábado. Prefiero el domingo comer con Kuragin y Freyja y empezar ya desde la mañana (bueno, desde las once de la mañana, no diré que madrugo) a preparar el atrezzo de la fiesta, pastelillos para el té de las cinco, sandwiches calientes para la cena… Las persianas bajadas, la pipa lista y ya todo puede empezar, dos capítulos de Mrs Marple por la tele, dos más de Poirot en DVD -God save FNAC- y ya son las nueve de la noche.

Si no hay otros planes, si X no quiere cenar fuera, o Lucas no viene a buscarme para dar cuenta de alguna botella de vino con Jaume en el Vinyes velles… desde hace dos semanas remato el domingo de detectives con mi favorito: Sherlock Holmes, primero un regalo que me hice por mi cumpleaños, la versión británica, de Granada Productions, con Jeremy Brett como un impagable detective y David Burke en la primera temporada y Edward Hardwicke

en las siguientes en el papel de un Watson menos estúpido que en otras adaptaciones

para acabar con mi último descubrimiento en adapatacines, una interesantísima serie soviética, anterior a la de Jeremy Brett, protagonizada por Vasili Livanov

Este es el principio de la serie, Estudio en Escarlata. Os aseguro que estoy esperando que llegue el domingo que viene para ver el siguiente episodio… ¿Se apunta alguien?

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Callejeros

Dicen que, de noche, todos los gatos son pardos, pero últimamente unos son más pardos que otros, y Marta, la camarera de Jaume en el Vinyes Velles, ya ha amenazado conque algún día llamará a Callejeros. Como últimamente ando un tanto desconectado de la televisión, no entendí el chiste que tanta gracia hizo a mi alrededor hasta que Marta me pasó este vídeo.

Si os digo que me quedé helado, mentiría. Admito que, en mi inquebrantable ingenuidad, deseaba que el programa en que se emitió ese desfile de monstruos, de actitudes tan sospechosas como el acopio de matrículas en el maletero, acabara con un tranquilizador mensaje, del tipo:

“No teman los ciudadanos, que antes de la emisión de este programa se dio copia a las Fuerzas de Seguridad del Estado para que actuaran en consecuencia. No teman, pues, encontrarse con semejante fauna por la calle, que estos cabestros ya están donde les corresponde, que es picando piedra para carreteras”

 Si de este modo esperanzador hubiera concluido la crónica del dislate, quizá habría descorchado por lo insólito un Dom Perigon, pero no fue así, como era de esperar, y es que ya pocas cosas me soprenden, y mucho menos cuando las protagoniza un tipo con plumas blanco y capucha peluda. Normalmente, cuando el Kevin de turno así ataviado anda suelto, agarrado al cuello de su Jenny, o en camaradería con algún padawan al que inicia en el uso de la Fuerza -Fuerza bruta, se entiende-, prefiero alejarme cuanto antes. Que seguro que acabo salpicado.

Que la gente es poco discreta, es un hecho. Y si un tipo como yo, con la empatía de un saco de cemento y la capacidad de observación de un topo, se dé cuenta de que hay algo extraño es que son menos sutiles que los chistes con que ser ríe George Bush jr. Porque para percibir yo sin sombra de duda alguna, entre las nieblas del tabaco, los vapores de la guiness y las humoradas de la conversación, que hay quien anda trapicheando, es que les falta poco para montar un tenderete y anunciarse a gritos como verduleras.

No quiere Jaume que, a sus años, se le descontrole el pub y empiece a tener reputaciones que nunca ha tenido, que para eso ya hay en Vetera otros lugares donde ponerse tibio, así que ha emprendido una doble campaña, para localizar y neutralizar cualquier movimiento sospechoso bajo su techo y para emprender lo que él llama una labor educativa, no contra el consumo, que para hacer de padre ya tiene una hija, y que allá cada cual que se meta lo que quiera, que mayorcitos somos todos, sino para sugerir, con la sutileza que esos cabestros puedan entender, que las ilegalidades se cometen en privado o con mucha discreción. O sea, con la sutileza de una motosierra. Así, cuando concurren circunstancias que hacen sospechar de consumo de medicamentos sin receta -como peregrinaciones al baño masculino con una asiduidad sólo explicable en casos de diarrea crónica-, el diskjockey int5roduce en la canción que suene el estribillo de aquella tan divertida de Siniestro Total, “Todo por la napia”

Cierto es que es algo más refinado que la primera sugerencia de anunciar sus intenciones coreando los habituales, la Vieja Guardia, un “¡a la rica clencha!”, pero tampoco mucho más, y consigue el objetivo de incomodar. Nada es tan difícil como explicar lo evidente, sentenciaba Descartes, y ya que a esta gente parece que no se le puede explicar que lo que se meten no es inocuo y que, por ilegal, no deben alardear de ello, al menos intentar que las caras se vuelvan todos a verles, que sientan deseos de mimetizarse con la pared del fondo.

Porque la cuestión preocupante es que no hay tanta lejanía entre la astracanada de la salida de no sé qué discoteca alicantina y lo que sin ser un Sherlock Homes puede cualquiera notar. Porque, os lo aseguro, si yo me doy cuenta es que sólo les falta que , por orden del señor alcalde, vaya anunciándolo el aguacil. Impunidad, esa es la palabra. Se sienten impunes porque nadie les persigue, a lo sumo algún control de alcoholemia, impunes para consumir, para trapichear y para declararlo a cara descubierta. Cara que mis dragones me habrían partido, y por cuya integridad (la de mi jeta) me habría guardado mucho de dar publicidad a mi borrachera con etílicas lecciones de biología ante las cámaras.

En un país de pícaros y bandoleros, parece que el desprecio más absoluto por la ley no sólo está en los genes, sino que es motivo de orgullo y de admiración. Hace pocos días, detuvieron a un importante capo mejicano tras la denuncia pública del arzobispo de Durango, monseñor Héctor González Martínez:

“Más adelante de Guanacevi, por ahí vive El Chapo. Todos lo sabemos, menos la autoridad” (El Observador)

Y la misma sensación tengo yo con el asunto en cuestión. Pues, si a los cinco meses de estar en Vetera, sin consumir yo jamás sustancia alguna que no pague impuestos, sabía cómo, cuándo, dónde y de quién conseguir más variedades de mierda de las que había oído hablar nunca, me sorprendo que sigan, tres años después, los mismos tipos en los mismos sitios. Cuando un Josua con capucha peluda sin oficio ni beneficio conocidos baja de un Audi TT,

de un Mitsubishe Eclipse

o de un BMW Z8,

por citar sólo los modelos que conozco, me chirría ya todo, ¿cómo es posible que nadie se pregunte de dónde ese indocumentado ha sacado los más de 30.000 euros que vale el cacharro de marras? Porque vale que hubo muchos Jonathanes en la construcción que se agenciaron el coche con que acabar en alguna cuneta cuando en bancos y cajas se peleaban por conceder crédito al mayor disparate, pero otros muchos no han pasado de mozo de almacén o ni siquiera eso. Supongo que acabaré en el infierno por plantearme cosas que no debo, pero al menos ahí habré de econtrar quien sepa acompañarme para cantar

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Esta casa sigue siendo una ruina

Zeppelin TV, del grupo Endemol, adaptó para la televisión y mentalidad ibéricas el programa estadounidiense  ‘Extreme Makeover Home Edition’. Si el original de la ABC, seis temporadas en pantalla, es aclamado por crítica y público por su capacidad de movilizar a una comunidad por una buena causa, no parace que la versión ibérica haya logrado lo mismo, ni siquiera que estuviera en sus planes. Quizá porque la idea de comunidad en EEUU es tan fuerte como furioso es el individualismo quasi trabucaire ibérico.

Y sólo hay que ver los diferentes encabezamientos para sospechar que el enfoque será igualmente diverso

En el original norteamericano, la carga expresiva se la lleva el aspecto constructivo, ya sea técnico como de cooperación comunitaria,

 en la versión ibérica, como no podía ser de otro modo, y mucho menos en A3, es el factor humano, entendiendo como tal el sentimentalismo exacerbado, en el que se hace hincapié, quedando la parte técnica en un segundo plano. O en plano alguno siquiera, de hacer caso a las confidencias del equipo.

Porque estábamos el fin de semana un grupo de amigos disfrutando de la cerveza y los habanos como cada fin de semana cuando llegó un numeroso grupo vestido de naranja.

-No sabía que la selección holandesa jugara en Vetera

-Parece que han abierto Guantánamo

Fueron nuestros comentarios entre risas, hasta que Anna, una de las camareras de fin de semana, nos aclaró que eran del programa de marras, “Esta casa era una ruina”, que estaban reconstruyendo una vivienda dañada por el temporal de viento cerca de Vetera. No le habríamos dado más importancia de no haberse atrincherado los de Guantánamo tan cerca de nosotros que el mérito no era seguir sus conversaciones sino no hacerlo.

El grupo eran los técnicos del programa: cámaras, técnicos de sonido, regidores… y desembarcaron en Vetera como Colón en América, buscando oro a cambio de baratijas. Jaume se caracteriza por un gusto muy refinado a la hora de elegir personal para el pub, universitarios todos, y allí fue el primer error de los de la tele, que creyeron que con decir que eran de A3, ellos los urbanitas madrileños tenían cama asegurada entre las rústicas beldades. Hermosas, desde luego, pero de rústicas nada, y de estúpidas aún menos. Así que me temo que requiebros de dudoso gusto y miradas que podrían ser calificadas en algún país como agresión sexual cayeron en saco roto.

Sólo dos chicas acompañaban a esa caterva a la que se habían sumado algún cafre local muy seguro de sus encantos, y una de ellas parecía ser la domadora del grupo. Uno se acercó a pedirme un Sublime, Edición Limitada, sin más razón ni presentación que:

-Trabajo en A3, ¿sabes?

-Son tiempos duros -respondí, comprensivo-. Un conocido mío ha tenido mejor suerte y está limpiando alcantarillas.

Dudo que lo entendiera, porque las peregrinaciones en parejas o tríos al lavabo de la mitad del grupo y agregados eran tan frecuentes que temí al principio que se hubiera desatado una epidemia de cistitis en Vetera que habría de poner en cuarentena a toda la Comarca. Uno de mis amigos sugirió con un leve gesto que otra causa menos médica, o al menos sin receta, podía estar tras tan pintoresco comportamiento.

Al lado, otros, con encomiable tesón pero armas inadecuadas, seguían empeñados en el asedio de Anna para esperarla o quedar con ella tras el trabajo o tomar una copa o lo que fuera, sin mayor éxito antes sus muros que una salva con pólvora mojada, ciegos o inmunes los asedientes a la evidencia de que los suspiros de la dama eran resoplidos de fatigosa incomodidad y no cesión al galanteo. Entre copas, tequilas y visitas al baño, las lenguas se iban desatando y esperando que una confidencia rindiera la plaza, comentaron como todo el programa no era más que un inmenso espectáculo, una enorme fantochada y que, a lo diez días de la partida del circo televisivo, las nuevas paredes ya se caían como las antiguas, que lo que era ruina volvía a su estado.

Anna se acercó a comentarlo entre risas, y entre risas respondimos que no sería para tanto, que le estaban tomando el pelo, que posiblemente son desconchones y no lienzos enteros lo que se desprende. Y ella insistía en que algo de verdad habría cuando tres distintos contaban lo mismo.

Sigo sin creerlo es su extremo, pero sí creo que en diez días -tiempo que se fijaron en Vetera- no se puede hacer una reparación masiva sin que aparezcan problemas, y es que los materiales necesitan su tiempo. Quizá sería divertido hacer una visita televisada al estado actual de las ediciones anteriores, comprobar si esas casas eran una ruina en pretérito o si siguen siendo una ruina.

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Cuando uno es periférico en todos los ámbitos y las geografías, tiende a no sentirse representado por el centro que le ha tocado, y si este centro concibe todo el territorio como su hinterland, aún menos. Es el síndrome de Coruscant,

que afecta sobre todo a políticos, pero también a amplias capas de la sociedad y que identifica territorio y ciudad, con todas las consecuencias.  Si las pulgas de las ratas fueron el trasmisor de la Peste Negra, de esta enfermadad sinecdótica de identificar el todo por una parte, el territorio por su centro, el vector es la prensa.

La prensa, como casi todas las profesiones, tiende al corporativismo, pero al tener el cuasi monopolio de la información, la repercusión de lo que le ocurre a la prensa distorsiona la percepción de la realidad de las cosas. Véase, por ejemplo, el caso del profesor Neira que, sin ser ni único ni el primero en ser agredido por defender a una mujer maltratada, ha sido casi canonizado por la prensa por tratarse de ‘uno de los nuestros’. Así, si llueve en Madrid, dirán a menudo que España se moja, y si Madrid tiene se toma puente, toda España está de vacaciones. Y lo que ocurre en Madrid, por nimio que sea, se supone que es de vital interés para todo el país.

Pero no es Madrid la única afectada por este síndrome, que una variante del virus ataca Barcelona con especial virulencia. Cierto es que la cepa madrileña manifiesta los síntomas clásicos, no distinguiendo entre España y Madrid. En este estadio de la enfermedad, el AVE se considera una línea de metro.

La cepa barcelonesa es más escurridiza y al haberse hibridado con centros excursionistas, puede pasar desapercibida al ojo del epidemiólogo despistado. Los afectados distinguen formalmente entre ciudad y territorio; incluso el agente transmisor epidémico, la prensa, recorre pormenorizada y sistemáticamente el territorio, describiendo sus peculiaridades. Pero aquí ya se percibe el primer síntoma de la enfermedad, al entender la diferencia y la peculiaridad sólo desde el punto de vista del folklore, de lo pintoresco que pueda resultar a los ojos de Barcelona; el siguiente síntoma es entender la información sobre el territorio no como un servicio a sus habitantes sino exclusivamente desde la óptica de los intereses del centro. En esta fase, la enfermedad evoluciona en la cepa barcelonesa hacia la negación de la autonomía del territorio, lo que los expertos llaman “Pauta de Roma Imperial”: todo el territorio existe únicamente con el fin de facilitar recursos, materias y sangre a un centro fagocitador, divinizado.

Cuando Barcelona necesita agua, la tomará de donde sea, del Ter o de la cabecera del Segre, sin atender a criterios medioambientales, económicos o sociales, sin compensaciones de ningún tipo, ni al territorio ni a quienes pierdan cosechas por falta de riego. Si alguna facultad periférica solicita aumentar su número de plazas en medicina, le será denegado al tiempo que se abren dos facultades nuevas en Barcelona. En los últimos años, la enfermedad, latente durante décadas, ha despertado y se extiende rápidamente a los distintos órganos. Desde Medio Ambiente, donde bosques y montañas, al margen de su titularidad, no tienen otro uso que albergar a domingueros barceloneses meapinos y robasetas, hasta Vivienda, donde los planes urbanísticos y de infraestructuras se supeditan a las necesidades habitacionales de la Roma Imperial.

Los expertos consultados no preven una remisión de la virulencia de la cepa barcelonesa en los próximos dos años, como mínimo, y se teme que cualquier cambio en las condiciones ambientales pueda reactivar síntomas ahora controlados; estos mismos expertos descartan cualquier mejoría entre los afectados por la cepa madrileña, destacando el alto nivel de toxicidad en los vectores deportivos. De los focos infecciosos de Sevilla y Bilbao se están esperando estudios específicos, para determinar las características de las cepas. Sin el control médico adecuado, el síndrome de Coruscant desemboca irremediablemente en hacer realidad los desvaríos mentales de la ecumenópolis:

Seseña

 Seseña

Marina d’Or

Costa del Sol

Palma de Mallorca

Quizá hemos llegado tarde…

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Pornografía

Archivo:Michelangelo Caravaggio 069.jpg

La muerte de la Virgen, Caravaggio, 1605-1606. Louvre. Imagen de Historiadelarte.us

Si alguien ha llegado aquí buscando en google a las cuatro de la madrugada las tetas más grandes del Asia Central, espero que la imagen introductoria le haya quitado las ganas de seguir leyendo.

Cuando me aburro, leo diccionarios y consulto libros, pero no soy tan ingenuo como para creer que las definiciones son asépticas, como ya descubrí en otro post, sino que responden a una manera de entender el mundo. Así, en la voz PORNOGRAFÍA, el diccionario de la lengua catalana Pompeu Fabra la define como:

f. [LC] Tractat sobre la prostitució.
f. [FLL] En una obra literària, artística, etc., ús i descripció de termes i de situacions majoritàriament considerats com a obscens perquè ultrapassen els límits de les convencions morals compartides.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en su vigésimo segunda edición, no se separa mucho de la acepción catalana, aunque limitando un tanto el alcance.

1. f. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas.

2. f. Obra literaria o artística de este carácter.

3. f. Tratado acerca de la prostitución.

Entendiendo por obsceno “Impúdico, torpe, ofensivo al pudor”. Pero en el avance de la vigésimo tercera edición ya simplifica enormente el ámbito de aplicación de la palabra, para referirse exclusivamente a la etimología griega (tratado de la prostitución) o al sexo: 

1. f. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.

2. f. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.

3. f. Tratado acerca de la prostitución.

Triste constatación de cómo el lenguaje se empobrece, y más triste aún asistir a la bendición de quienes deberían “limpiar, fijar y dar esplendor”…

No abro un post de pornografía con un cuadro de Caravaggio sobre la muerte de la Virgen para ofender gratuitamente a nadie, pero siempre habrá quien quiera sentirse ofendido sin esperar explicaciones ni razonamientos; por suerte, de estos no suelo tener por mi casa. El cuadro, encargado por un abogado papal para su capilla privada en Santa Maria della Scala

Iglesia carmelita de Santa Maria della Scala, Trastevere, Roma. Imagen de Iglesias de Roma.

pero fue rechazado por el escándaloso rumor de que la modelo empleada para representar a la virgen era una prostituta embarazada que había aparecido ahogada en el Tíber y que se la suponía relacionada con un cardenal. El Observatorio Antidifamación Religiosa ha entrado en cólera por mucho menos, como señaló agudamente Antonio Rico.

Mientras no se me imponga lo contrario, usaré el término que titula el post en su sentido más amplio, porque no sólo es obsceno el sexo explícito, sino que hay muchas otras cosas -me niego a definirlo como ‘obra artística’- que ultrapasan los límites de las convenciones morales compartidas, como bien dice Lajos. Y, sinceramente, la pornografía sexual me parece la más inocua de todas ellas.

Es pornográfica por impúdica la exposición pública y constante por la televisión del dolor y el sufrimiento, sin atender al más elemental respeto por la intimidad. No es nuevo, pues ya Nieves Herrero desbrozó la senda de hacer del dolor negocio, pero sí es nueva  la indiferencia con que nos desayunamos viendo a una señora en boatiné mesarse los cabellos hecha una Níobe por la muerte de una desconocida. 

Es pornográfico el seguimiento morboso de cualquier noticia cuya dimensión violenta sacude a la sociedad, con su pléyade de comentaristas inventándose su opinión, pues carecen de datos reales sobre la que sustentarla, o legiones de periodistas que irrumpen en la vida cotidiana de comunidades que querrían recuperar cuanto antes la normalidad y no verse convertidos en animales de feria. Al remover la hedionda ciénaga del crimen no se pretende dilucidar la verdad, o contextualizar nada, sólo se pretende remover la hedionda ciénaga para excitar las pasiones más bajas. Como una película pornográfica, donde el sexo no está al servicio de nada, el sexo es el fin. Y el culmen es lo que ha dado en llamar tv movies, dramatizar para la televisión estas tragedias, incluso cuando aún está pendiente de juicio el acusado, caso Mariluz.

Proliferan los programas donde perfectos desconocidos buscan sus quince minutos de fama aireando sus miserias pornográficamente. Desde el anteriormente conocido como “Diario de Patricia”, cómplice moral aunque el juez no lo juzgara así en un asesinato hasta la infamia de La Caja, de triste trayectoria. Por no mencionar haber elegido a un convicto de parricidio como concursante para, con el morbo, subir la audiencia. Ah, me dicen que en A3 no sabían nada… Claro, claro, yo me lo creo. En las ediciones españolas de GH no se emite sexo, porque en un programa para toda la familia. Nada más edificante que los niños vean el diálogo socrático con que concursantes, parientes y amigos se enzarzarn en cualquier plató convertido en lodazal, para regocijo de los porqueros que los azuzan.

Dicen los sicólogos que el consumo frecuente de pornografía sexual afecta negativamente a la vida sexual, necesitando estímulos cada vez más fuertes para reaccionar. Quizá por ello nuestra sociedad, saturada de todo tipo de pornografía sentimental y violenta no reacciona ya ante nada, ni cuando los botines insultan nuestra inteligencia, ni cuando nos amenazan con el despido libre. Pero siempre nos quedarán los linces.

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