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Viajes de amigos

Eso tan habitual de que un grupo de amigos decida irse de vacaciones juntos  me ha parecido siempre jugar a la ruleta rusa, y si en esas vacaciones se incluyen las parejas, hay cinco balas en el tambor. Y es que no todo el mundo conoce tan bien las propias manías como para tolerar las ajenas.

Cuando acabábamos la carrera, un grupo de amigos y amigas alquilamos una furgoneta y nos fuimos de Biarritz a Mónaco, con un plan de ruta tan meticulosamente trazado que un mes antes ya estábamos buscando qué cafeterías hay en Fréjus para desayunar junto a Saint Leonce cuando llegásemos el martes a las 10:35. Porque esa era la hora prevista de llegada a Fréjus, y esa fue la hora a la que llegamos a Fréjus, faltaría más, buena era la autora del guion para permitir que la realidad alterara sus planes.

Siete personas de veintitantos años metidos en una furgoneta con un presupuesto digamos que ajustado: este era el contexto. El maletero habría servido para testar la calidad de cualquier acero, porque acompañaban a nuestros siete maletones el desayuno, la comida y la cena de casi todos los días del viaje, además de un camping gas, platos, cubiertos, cazuelas, sartenes y no sé cuántas cosas más que, evidentemente, maldita la vez que las utilizamos.

La situación más surrealista nos ocurrió en Aigues-mortes,

Murallas perimetrales de la ciudad, imagen de la UPF

 

cuando la lluvia nos pilló mientras estábamos preparando la comida en una plaza solitaria, calentando unas albóndigas de lata en el hornillo. Corrimos a refugiarnos bajo un balcón para continuar con la tarea, mientras el cocinero, gaditano, iba rezóngando que estábamos montando una escena digna del paso del estrecho. Muy mala pinta no tendríamos -aunque al único que dejarían entrar en el casino de Montecarlo fue a mí, supongo que por no ir en chancletas- y pena daríamos bastante cuando un francés que nos vio, nos abrió la puerta de su garage para que terminaramos con la operación y comiéramos con tranquilidad. Y es que, contra la opinión general, los franceses que nos encontramos fueron simpáticos, amables y extremadamente corteses, hasta el punto de que otro de los compañeros de viaje se barruntaba que si a la vuelta reconocía la bonhomía gala, en su casa, en Huelva, le harían comer un camión entero de fresas, ruedas incluidas.

El único encontronazo que tuvimos fue con un italiano que regentaba un albergue en Niza; mala suerte la nuestra, encontrarnos con él, pues fue la única ciudad de todo el viaje donde no habíamos podido reservar hotel y la segunda noche tuvimos que pasarla en el Albergue de la Juventud (sí, yo también he sido joven). El italiano, un gigantón con perilla y voz de barítono, debía tratar habitualmente con escolares asilvestrados, porque llevaba el albergue como un cuartel, con toque de queda incluido. Con veintitantos años, recorrer los pasillos de puntillas con las botellas de ron  y cola hacia la habitación de las chicas, escondiéndonos por el camino ante cualquier ruido, fue un hilarante regreso a la adolescencia. Eso sí, el que pretenda vida nocturna por Francia, que se lo piense dos veces antes de ir, que un jueves por la noche en Avignon sólo estaba abierto un local gay, y abierto es un decir, que entre timbres, cuchicheos y consultas pasaron diez minutos antes de que nos tolerasen.

Con estos viajes ocurre a menudo que todos nos sentimos como el protagonista de la canción de Brel de este post, que cuando uno quiere ver Vesoul, vemos Vesoul; cuando otro quiere ver Hamburgo, vemos Hamburgo, pero cuando yo quiero ver Amberes, volvemos a ver Hamburgo; al decimoséptimo edificio de revista de arquitectura reccorrido en tres días yo ya prefería que la siguiente visita fuera la abadía de Fontfroide

y, por todos los dioses, que a nadie se le ocurriese meterme en Cannes en una playa, pues tan meticulosa era la hoja de ruta, todos juntos de la mano, -a veces, más que un viaje de amigos, parecía la gira americana de un ballet soviético-, que incluso estaba estipulado tiempo para playa. Y yo, que ni en la canícula más rigurosa ve el sol mis brazos, decidí que hasta allí habíamos llegado, que tras siete días en la excesiva intimidad de la furgoneta necesitaba un poco de tiempo para mí mismo, y que mi estómago reclamaba una compensación comme il faut después de una semana de latas y bocadillos. Me miraron como a un extraterrestre y, entre displicientes y ofendidos, me concedieron el tercer grado de tres horas, que empleé en un almuerzo de tres platos, una botella de borgoña y media de tokay para el postre.

Ahora, diez años después, pretenden repetir la experiencia para conmemorar la efeméride. Teniendo en cuenta que dos se han casado entre ellos, que otros y otras contra otros, otras y otros, que éramos pocos pero variados y que varios han puesto remedio al peligro de extinción de nuestra especie… teniendo en cuenta todo esto, me limité a observar que en una furgoneta no cabíamos. De hecho, con la gente e impedimenta que la ocurrencia movilizaría, más que viaje de amigos parecería una gira de los Rolling. Tras mucho meditarlo -mentira, en dos segundos tenía clarísima cuál era mi única opción- he decidido dispensarles de mi compañía, a lo sumo apareceré el fin de semana donde estén, que ya reservaré yo hotel, pues en diez días de campings, caravanas, tiendas de campaña y metido en la carretera con criaturines el mayor de los cuales no llega a los siete años puedo inspirar el más jugoso guion imaginable de una road movie a lo Tarantino. Con traje de lino y sombrero panamá.

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